Calsi en Valencia

Calsi

Los próximos días 9 y 10 de marzo, si el tiempo y la nasciturus no lo impiden, estaré en Valencia asistiendo al VIII Workshop CALSI. CALSI responde a las siglas de Contenidos y Aspectos Legales de la Sociedad de la Información. Me invitó Javier «Catorze» Leiva a participar en una mesa redonda sobre «Modelos de negocio en red» (¿el segundo día, después de comer? ¡Ouch!) junto a Javier «Loogic» Martín, Angel María «Bubok» Herrera y Javier «Dosdoce» Celaya.
El Congreso tiene pinta de estar interesante. Y encima en esas fechas empiezan las fallas. Va a ser una lástima tener que ir tan apurado de tiempo, pero bueno, qué se le va a hacer: las circunstancias mandan.

Fotografía macro: primeros experimentos

Trabilla vaquera
Este año los Reyes han tenido a bien regalarme un objetivo macro para la cámara… y ahí ando, experimentando con él. La fotografía macro siempre me ha llamado mucho la atención: esa capacidad para sacar los detalles que cuesta ver a simple vista me fascina. Me pasa un poco como con el teleobjetivo y su capacidad para aislar detalles del conjunto. Aquí es lo mismo. De hecho, en un libro que me regaló mi hermana, hablan de las dos como de fotografía de aproximación.
De momento mis experimentos no me han llevado muy lejos. Lo justo para empezar a apreciar la dificultad intrínseca de este tipo de fotografía, que tiene que ver sobre todo con la profundidad de campo; con una distancia focal tan corta, la parte que queda bien enfocada es muy pequeña, y hay que aprender a regular «a mano» el enfoque para poder «hacer foco» justo donde quieres.
Por lo demás, muy contento. Hay cientos de motivos que se me ocurre fotografíar (mira, bichos no me hacen demasiada ilusión: igual es porque tampoco tengo paciencia para atraerlos). Aunque claro, como pasa casi siempre, cuando más profundizas más vas echando en falta cosas: una buena iluminación, una caja de luz… pero bueno, poco a poco. Primero experimentar, luego gastar.

Los bancos, los créditos y el Gobierno

Bueno, pues venga, a completar mi semana neoliberal y neocon. Hoy, los bancos y los créditos.
En los últimos días asistimos en España a una pugna entre el Gobierno que presiona a los bancos para que den más créditos (que ayudarían a reactivar la economía española… aunque sea a corto plazo) y los bancos que dicen que ellos encantados, pero que prestarán a quien ellos quieran que para eso es su dinero, y que es una irresponsabilidad dar créditos a diestro y siniestro.
Ya lo adelanto, voy con los bancos.
Veamos, los bancos no son un instrumento de la política monetaria del Gobierno, ni son una ONG. Son un agente económico independiente, negocios que buscan su máxima rentabilidad. Toman un dinero prestado a un tipo de interés (y si no te gustan sus condiciones, no les des el dinero y te lo guardas debajo del colchón), y lo prestan a otro tipo de interés más alto (y si no te gusta, pues vive con el dinero que tengas en vez de adelantar el dinero que ganarás, presuntamente, en el futuro). El tipo de interés que fijan para sus operaciones es el que quieren, no está regulado: lo que sí existe es competencia entre ellos (y surgen las carreras por dar depósitos más caros, o por dar hipotecas más baratas), que es lo que viene a estabilizar un tipo de interés «de mercado» (porque si alguno se sale de madre, perderá clientes).
La crisis financiera de 2008 surge cuando algunas entidades, atraídas por el «caramelo» de las altas rentabilidades, invirtieron en activos «peligrosos» (las hipotecas subprime) incurriendo en un riesgo excesivo. Ellas pensaban que lo controlaban, pero se les fue la mano. En principio, tampoco debería haber habido mayor problema: el que invirtió mal, que se fastidie y asuma las pérdidas, fin de la historia.
El problema, aparte de las pérdidas (más o menos cuantiosas), se transformó en un problema de liquidez. Los bancos necesitaban el dinero fresco que pensaban ganar para pagar, a su vez, sus deudas. Al no recibirlo, se encontraban con que no podían pagar. Tenían falta de liquidez. La forma de arreglarlo era pidiendo dinero a otros bancos… pero claro, los otros bancos se mosquean, «a ver si éstos luego no van a poder devolverme» y les suben los tipos de interés. «Si quieres te dejo dinero, pero me pagas más intereses». Aun así, muchos bancos decidieron que mejor no prestar a nadie.
Esta situación tuvo un efecto triple:
a) Como no tenemos mucha liquidez, dejamos de dar créditos. Nos gustaría, pero no tenemos «suelto». Muchas empresas, que dependen de ese crédito para financiar sus operaciones (necesitan dinero para pagar sus deudas mientras que ellos cobran las suyas) de repente se ven sin ese recurso… y empiezan a retrasar sus propios pagos, a no poder hacer frente a ellos… mientras que a su vez ven que quienes les debían dinero no les pagan.
b) Como los tipos de interés de mercado suben, el euribor (que no es más que un reflejo de esos tipos, nada más) también sube y encarece las hipotecas.
c) Algunas entidades van tan justas de liquidez que corren el riesgo de no poder devolver los depósitos de sus clientes. Y eso sería el acabose, porque significaría que la gente no podría recuperar sus ahorros… muy mal rollo.
Ante esta situación, los Gobiernos hicieron cuatro cosas principalmente:
a) Actuar como prestamista de los bancos: como entre vosotros no os dejáis dinero, voy a abrir yo líneas de crédito para inyectar liquidez al sistema. Me lo tenéis que devolver, por supuesto, pero de momento solucionamos la papeleta a corto plazo.
b) Bajar los tipos de interés oficiales: no sólo os presto dinero, sino que además lo hago a un tipo de interés más reducido que el de mercado. Aunque con un cierto tiempo de decalaje, eso se traslada a los tipos de interés de los préstamos entre los bancos (porque si las Administraciones me prestan a X, no te voy a pedir dinero a ti a X+2%) y acaba repercutiendo en el euribor, aflojando la presión sobre los hipotecados.
c) Ampliar el límite de aseguramiento de los depósitos de los usuarios con el famoso «Fondo de garantía»: no creemos que suceda eso de que los bancos no os puedan pagar los depósitos. Pero si sucede, no os preocupéis que el Estado os respaldará. Al final, el objetivo era tranquilizar a la opinión pública y evitar que, víctimas del pánico, se lanzasen en masa a retirar sus depósitos (situación para la que, ni en condiciones normales, ningún banco está preparado: no tienen tu dinero allí esperándote, sino que lo utilizan para prestarlo a otros, etc…)
d) Inyectar aún más liquidez a los bancos comprándoles activos. Vale, yo os doy para que tengáis dinero «suelto», pero a cambio nos tenéis que dar esos activos.
Prestemos atención. Entre todas estas medidas, en ningún sitio el gobierno ha dado dinero «por la cara» a los bancos. Se lo han prestado (a cambio de que lo devuelvan en el futuro) o se lo han cambiado por otras cosas. En ningún caso «se les han cubierto sus pérdidas», «les dan nuestro dinero a los bancos», «cuando los bancos pierden pagamos todos, pero cuando ganan se lo quedan ellos», etc. Que son cosas que he oído con cierta frecuencia en estos tiempos (incluídas personas presuntamente preparadas), y simplemente no es verdad. El objetivo era que los bancos pudieran recuperar la situación de liquidez que necesitan para hacer negocios, y evitar el riesgo de que esa falta de liquidez pudiese tranformarse en impagos.
Bueno, pues después de estas actuaciones, se supone que los bancos pueden estar jodidos (porque las malas inversiones que hicieron se las tienen que comer, son pérdidas o menos beneficios para ellos) pero tienen liquidez. En teoría, tienen dinerito fresco para seguir prestando, pagando sus deudas… y seguir haciendo su actividad habitual de intermediación.
Pero hete aquí que, entre tanto, la situación de la economía real se ha deteriorado. En parte por la crisis de crédito, y en parte (en mi opinión, en España de forma muy notable; por eso estamos sensiblemente peor que otros países de nuestro entorno, a los que la crisis de crédito también ha afectado pero no tenían «el extra» del problema estructural) por el propio agotamiento del modelo económico. Las empresas no es ya que tengan problemas de financiación; es que tienen problemas para vender. Y no sólo porque sus compradores «no tengan dinero», sino porque aunque lo tengan no quieren comprar, visto cómo está el panorama. Y si las empresas no venden, los empleos se destruyen: quien está en el paro no va a dedicarse a gastar alegremente, y quien todavía tiene trabajo prefiere guardar «por si acaso».
En este contexto, los bancos que ya tienen «dinerito fresco» dicen… coño, ahora no lo presto. Porque si lo presto, corro el riesgo de que no me lo devuelvan. ¿Cómo le voy a prestar dinero a esta empresa, si veo que se está yendo al hoyo? ¿Cómo le voy a prestar dinero a este individuo, si creo que su puesto de trabajo peligra? Normal. Es su dinero (recordemos; nadie les ha regalado dinero de las cuentas públicas), y ellos deciden el riesgo que quieren asumir (que es más bien poco, y más después de haber patinado con los «subprime» y de haber encajado las pérdidas).
El Gobierno se encabrona. Dice que «los bancos tienen que prestar» y que «se les acaba la paciencia». Coño, qué fácil es decirle a los demás lo que tienen que hacer con su propio dinero. Los bancos, lógicamente, se resisten: que preste el Gobierno su propio dinero si quiere; o que asuman el riesgo de los impagos; que ellos no tienen por qué hacerlo.
Detrás de esto, al final, está la creencia del Gobierno de que «si inundamos el mercado de crédito, el consumo se reactivará, las empresas volverán a funcionar, contratarán a gente y todo volverá a ser como antes». Algo que yo pienso que es falso; el sector inmobiliario y constructor no va a ser como era antes, el sector industrial seguirá erosionándose en el contexto de globalización, etc, etc. La crisis de crédito es coyuntural, pero la crisis gorda es la estructural. Los bancos, me da la impresión, piensan como yo. Por eso no prestan dinero, porque saben que no es verdad que «todo volverá a ser como antes», y que en los próximos años va a ser difícil recuperar una buena parte de lo que presten ahora.
Luego están los que opinan que «los bancos son los culpables de la crisis, ahora que apechuguen». De nuevo, bajo la concepción de que aquí el único problema ha sido financiero (en el que los bancos sí han tenido un protagonismo claro) y que tienen una especie de «deuda moral» con la sociedad. Pero lo cierto es que los bancos ya están apechugando, comiéndose las pérdidas derivadas de su exposición a activos tóxicos (unos más, y otros menos; cada uno en función de lo aplicado que fuera en la gestión de sus riesgos), y en buena lógica hasta ahí llega su responsabilidad: lo de las «deudas morales» es muy subjetivo y no entra en ningún balance.
Obligarles ahora por decreto a dar créditos de los que saben que no van a recuperar una parte es completamente ajeno al estado de derecho, un paso peligroso para la seguridad jurídica necesaria para la actividad económica. Hacerlo indirectamente mediante la presión (señalándoles con el dedo para que el público en general se les eche encima) no es, evidentemente, mucho mejor. Pero lo peor de todo es que, aunque acabaran claudicando e inundando el mercado de créditos… no estaríamos nada más que poniendo un parche a corto plazo, gestando una nueva crisis subprime (gente que no devuelve sus créditos fue la base de todo el problema) y sin arreglar los problemas de fondo.

El marasmo del emprendedor

desinflado

Marasmo es, según la RAE, «suspensión, paralización, inmovilidad, en lo moral o en lo físico».
Hoy hablaba con alguien que, recientemente, ha dado el paso de dejar la empresa en la que estaba para lanzarse a impulsar su proyecto. Y me contaba que, desde que se puso con ello en enero, sentía que se le había ido el tiempo sin tener muy claro si había avanzado o no… No me ha costado reconocer la sensación. A mí me pasó cuando, en septiembre, empecé a impulsar la idea de Digitalycia. Otros me lo habían dicho ya en algún momento: «es peligroso, se te pasan los meses sin darte cuenta».
Cuando uno está por cuenta ajena en una empresa en marcha, los objetivos, las prioridades, las urgencias… las marcan otros. Puedes llenar el día «sacando faena» que te marca tu jefe, que te marcan los clientes (ahora una nueva propuesta, ahora una llamada, ahora unas tareas pendientes), o tus compañeros, o la propia empresa… no digo que seas productivo ni eficiente, pero «haces algo». Es como ir en una bicicleta tandem en la que otros dan pedales y tus pies, sin necesidad de hacer esfuerzo, se mueven; puedes dejarte llevar y, aun así, las cosas avanzan. ¿En la dirección correcta? Puede que sí o puede que no, pero al menos no estás parado.
Sin embargo, cuando monta su propia iniciativa (aunque también lo podemos asimilar a quien se queda en el paro, por ejemplo), si tú no das pedales no los da nadie. Nadie marca objetivos ni prioridades, nadie te pide cuentas, no tienes clientes que te exijan. Si te dejas llevar… nada avanza. Empiezas una cosa, la dejas a medias, hoy crees que la prioridad es esto, mañana que es aquello, no sabes por dónde avanzar, te distraes, te entran las dudas y vuelves para atrás, vas, vienes…
Darse cuenta de todo esto cuesta. Algo que a priori es fantástico, porque te permite todos los grados de libertad del mundo, te puede llevar a la parálisis si no aprendes a gestionarte a ti mismo.
¿Cómo? Esfuerzo de planificación, y grandes dosis de disciplina para ejecutar los planes que te marcas. Actuar con uno mismo con la misma exigencia que lo haría un tercero. Claro que es más fácil decirlo que hacerlo; hace falta llegar a un profundo convencimiento para conseguir dominar la propia voluntad, para dar pedales incluso cuando las circunstancias no invitan a ello, para no dejarse vencer por las dudas o el desánimo.
Hoy, dándole vueltas al tema, he llegado a la conclusión de que es una habilidad que a mí me falta por desarrollar en gran medida. Como dirían en el cole, «necesita mejorar».
Foto | Rob Gallop

Análisis y dramas humanos

Llevo con este tema en la cabeza desde hace un tiempo, y lo recuerdo cada vez que veo en los medios un «reportaje humano» en el que se centra la historia sobre personas concretas, de carne y hueso, y se nos narran sus miserias con nombres y apellidos. Puede ser una víctima de los bombardeos en Gaza, puede ser una familia con todos sus miembros en paro, puede ser un enganchado a las drogas, puede ser el afectado por un terrible error médico, o el que vive en un piso de 10 metros cuadrados, o los habitantes de un barrio marginal, o…
Personificar los dramas humanos tiene un indudable poder de comunicar emociones. Resulta difícil no empatizar con quienes sufren cualquier tipo de padecimiento. Y sin embargo, es una táctica engañosa porque se corre el riesgo de nublar la capacidad de análisis haciendo que se tome la parte por el todo.
Aunque suene frío e inhumano, los análisis tienen que evadirse de los dramas personales. Hay que ver números, tendencias, datos globales… para tener una visión equilibrada de la realidad.
«Detrás de los números hay personas», dirá alguno. «No son de mentira, existen». Claro que sí. El problema es que un drama personal puede sesgar la visión de la realidad, impidiendo que se tomen decisiones acertadas.
Claro, que bien lo saben esto en los medios de comunicación. Saben del poder del drama humano, y saben que siempre pueden encontrar a alguien que enfatice, a través de su experiencia personal, prácticamente cualquier postura que quieran promover; independientemente de que responda a una visión «objetiva» de la realidad o a una excepción. Y a partir de esa emoción comunicada, fabricar una corriente de opinión que sirva a sus intereses.

La broma de Wyoming y los inocentes perpetuos

Antecedentes:
«El intermedio» es un programa de laSexta presentado por El Gran Wyoming. «Más se perdió en Cuba» es un programa de Intereconomía presentado por… no sé quién, y viene a dar igual. El caso es que los últimos (tirando a «derechosos») y los primeros (tirando a «izquierdosos») llevan enzarzados durante un tiempo, despreciándose públicamente con más o menos gracia a base de videos y puyazos cruzados. Unos y otros se desprecian, fundamentalmente, por lo que representan: a los «derechosos» no les gustan los «izquierdosos», y viceversa (así nos luce el pelo, por cierto).
Los hechos:
Hace unos días, el programa «derechoso» publica un video aparentemente grabado con un móvil durante unos ensayos en el programa «izquierdoso», en el que el Wyoming echaba una descomunal bronca a una becaria. En internet se distribuye como la pólvora, se debate si será verdad o no… y resultó que no, que era una treta preparada por los «izquierdosos» para hacer quedar mal a los «derechosos» (en la que cayeron de boca, todo sea dicho de paso).
Mi conclusión:
No me ha gustado la historia. No tiene nada que ver con si unos son «izquierdosos» y otros «derechosos», ni con el propio contenido del video, ni en si es denigrante ni nada por el estilo sino por el nivel al que se ha llevado la manipulación. Como dicen en este comentario, «esto rompe una barrera y a partir de ahora todo vale. No os extrañe que nos encontremos revienta-programas cada dos por tres con el afan de ridiculizar al contrario.» Y me explico.
El argumento:
La justificación que han dado los de El Intermedio para todo esto era que querían «cazar» a los otros con un señuelo para demostrar que no verifican sus fuentes, que vaya periodistas que están hechos, etc. Y esto es lo que a mí no me gusta, porque me parece un argumento retorcible hasta límites insospechados.
Si nos ponemos a crear señuelos para que otros piquen, y tenemos recursos suficientes… podemos crear un señuelo tan grande como sea necesario. Imaginemos que «los otros» en vez de lanzarse a poner el video (babeando de gusto por haber «pillado» a su archienemigo) se dedican a contrastar fuentes (más allá de un video que están viendo con sus propios ojos, que ya es contrastar). Imaginemos que buscan a la becaria… y ésta, que está en el ajo, ¿qué va a decir? «Es verdad, me humilló, fue horrible», y a seguir engordando el señuelo. Vale, no es suficiente, sigamos contrastando. Wyoming no contesta al teléfono, pero sí el director del programa, que también está en el ajo, ¿qué va a decir? «Fue un momento difícil, pero Wyoming tiene ese caracter de vez en cuando»… Vale, imaginemos que tampoco aun así se da por válido, se contacta con los directivos de la cadena que dicen que «están pensando en tomar medidas contra Wyoming». En este punto deciden que la información está suficientemente contrastada y publican, y en ese momento salen todos los de laSexta (el Wyoming, la becaria, el director del programa, el directivo de la cadena…) diciendo «¡ah, era un montaje y habéis picado!»
No sé si se me entiende por dónde voy. Si el objetivo es crear un señuelo para que otros piquen, no hay sistema razonable de verificación de fuentes que lo detecte, porque por cada verificación se puede poner engordar un poquito más el señuelo metiendo a más gente en el ajo. ¿Cómo funcionan las bromas de «Inocente, Inocente»? Creando un entorno artificial en el que todo lo que rodea al «puteado» (el escenario, la gente que le rodea que en realidad son todos actores, incluso sus propios amigos que actúan de cebo) está preparado para engañarle. Cada vez que el «puteado» cree que eso «no puede ser verdad» y busca algo a lo que agarrarse… allí está el productor metiéndole el señuelo más adentro. Hasta que al final acaba rindiéndose a las «evidencias» y dando por válida la versión artificial. Es verdad, luego hay «inocentes» que tragan con cualquier chapuza, y otros más incrédulos. Pero si se hace bien (con buena planificación y buenos recursos) cualquiera acaba cayendo.
Por eso, todo este tema me parece «tramposo», y no vale para sacar conclusiones como muchos están haciendo sobre si unos verifican más y otros menos. Es verdad que en este caso los «derechosos» pecaron de pardillos a los que les perdieron sus ganas de «cazar» (qué casualidad, justo les llega a ellos nada más un video tan jugoso); pero estoy convencido de que si no lo hubieran aceptado de buenas a primeras, alguien de laSexta habría colgado el video en youtube, se hubiera difundido por internet, lo hubieran publicado… y les acusarían de lo mismo. Y si hubieran hecho más contraste, hubieran contactado con la becaria… etc. Da igual hasta dónde hubieran llevado sus cautelas, que los otros hubieran seguido engordando el señuelo hasta cazarles, porque ése era el objetivo. La pieza ha caído fácilmente, de otra forma hubiese costado más. Pero era sólo cuestión de ver hasta dónde estaban dispuestos a presionar.
Es una senda que me parece peligrosa. Si ponemos de moda el crear señuelos para «hacer gracia» (y no me cabe duda que hay brillantes creativos capaces de hacerlo con gran verosimilitud; y gente con recursos y contactos que permitan montarlos a lo grande) nos deslizamos a una especie de «día de los inocentes» perpetuo, donde hay que estar permanentemente desconfiando de todo (¿este video será verdad, o es montaje? ¿lo que me dice mi amigo será cierto o está compinchado también? etc.) El 28 de diciembre puede tener su gracia (aunque a mí nunca me lo ha hecho) porque suelen ser chorradillas sin malicia y además ya estás con la mosca detrás de la oreja. Pero si se hace con objetivos más «tocapelotas» en cualquier momento del año… mal vamos.

P2P y cine español

Una afilada reflexión a cuenta de los Goya

¿De verdad alguien se baja por P2P cine español? Los que llevan paginas de elinks dicen que no le interesa a nadie. Ni gratis se ve

Antonio Delgado

Y mientras, la cuchipandi del cine español diciendo que les va mal «por culpa de la piratería». No hay más ciego que el que no quiere ver. Pero bueno, mientras el Estado les llene el cazo a base de subvenciones hala, a seguir viviendo a la sopa boba y fabricando productos que no ven ni amigos y familiares.
Lo que me fastidia del asunto es que para «chupar del bote» se definen como «cultura»; pero luego no hacen más que mirar de reojo a la taquilla y los espectadores (y a frustrarse por no comerse una rosca). No sé, si yo hiciese cine «por amor al arte» me conformaria con rodar mi película, costearla dignamente (con subvenciones si hace falta) y luego hala, a disposición del público en filmotecas y demás espacios de exhibición gratuitos con mi aspiración artística colmada. Lo que no veo coherente es a jugar a las dos cosas a la vez: que me subvencionen como si fuera arte, pero luego yo quiero cobrar como si fuera un producto comercial.
Pues hay que decidirse, si quieren hacer «producto comercial» con la aspiración de arrasar en las taquillas toca olvidarse de subvenciones y de pose cultureta, hacer películas que gusten al público, y jugársela en el mercado como cualquier otro hijo de vecino. Y si quieren ser «arte» consigan sus subvenciones, hagan sus experimentos pero olvídense del circuito comercial.
Pero eso de pretender forzarnos por decreto a tragarnos algo que no queremos ver…

Usan mis fotos

Ha coincidido, en los últimos tiempos, que varias personas han decidido que mis fotos les gustaban como para usarlas para ilustrar sus contenidos. Pasó con esta noticia en Soitu, con este post en Pymesyautonomos, con esta poesía en gallego… pero antes también había pasado con este balón de fútbol, o con el Ritz en esta guía de Madrid, o ser la «imagen del día» en Actibva.
Me encanta que la gente encuentre mis fotos interesantes y que las use tanto como quieran. Todas las fotos están licenciadas con Creative Commons BY (es decir, que me vale con que den una correcta atribución de la autoría de la foto), y como dije en su momento, «que alguien considere tus fotos lo suficientemente buenas como para utilizarlas en alguna iniciativa debe ser ES una más que agradable e inesperada recompensa. Y una fuente de visibilidad y reconocimiento, y un incentivo para seguir haciendo fotos».
Es verdad que luego hay gente que es una «pirata», que coge las fotos como si fueran suyas. A mí no me ha pasado o, en su defecto, no me he enterado; pero tiene que ser un poco decepcionante / encabronante. Pero mientras lo hagan «por derecho», citándote… yo estoy verdaderamente encantado.

Es hora de beneficios

El otro día no quise ver ni un minuto del «Tengo una pregunta para usted» con ZP. Sabía que me iba a poner de mal café de ver caritas de cordero degollado, mensajes vacíos de cara a la galería y argumentos de «yo no tengo la culpa de ná». Pero claro, el día después no pude evadirme de los resúmenes en prensa, radio o televisión.
Y una de las cosas que más me sorprendió fue el argumento de «no es hora de grandes beneficios«. Ay, madre…
Pues por supuesto que es hora de grandes beneficios. Los grandes beneficios son la consecuencia de empresas competitivas y productivas. Empresas que no necesitan subvenciones para vender productos y servicios con una relación calidad/precio que se gane el favor de los consumidores. Empresas que se han esforzado por tener procesos eficientes que redunden en una mayor capacidad competitiva. Las empresas que no tienen beneficios es porque no son competitivas y/o eficientes.
Deberíamos tener muchas empresas con grandes beneficios, y el Gobierno debería trabajar para que así fuera. Cuantas más empresas con beneficios tengamos, señal de más empresas competitivas y productivas, y mejor será la salud económica del país a medio y largo plazo, más empleo se generará, más se exportará, más inversiones se atraerán. Mantener de forma artificial empresas que no son competitivas ni eficientes es poner parches a corto plazo a costa del desarrollo a largo plazo. Pero claro, eso del largo plazo a quién le importa…
Por otro lado, he escuchado varias veces en estos meses un argumento fascinante, por parte de ciudadanos de a pié pero, lo más preocupante, también por tertulianos, políticos o periodistas. «Cuando las empresas tienen beneficios, no los reparten». ¿Nadie ha oido hablar del Impuesto de Sociedades? ¿Ignoran que cuando una empresa tiene beneficios, el 30% va a parar a las arcas del Estado? Si eso no es repartir… No es ya sólo que las empresas creen empleo para los trabajadores (lo expresó lúcidamente hace poco Felipe González: «los empleos los dan los empleadores«) y riqueza para los accionistas, sino que además contribuyen al bien común a través de los impuestos, tanto los directos suyos como los que gravan las rentas de empleados y accionistas.
Por lo tanto, soy incapaz de entender una afirmación del tipo «no es tiempo de grandes beneficios». Ójala lo fuera.

Muy pesimista con la crisis

Gafas rotas

Soy muy pesimista con la crisis, y más cada día que pasa y cada declaración que escucho a los políticos. Cuando les oigo decir que «todo viene de fuera» y que «hay que tener confianza», tiemblo. Decir que la crisis es totalmente exógena y que si no fuera por eso estaríamos en la «champions league» me provoca escalofríos, porque implica un diagnóstico tan superficial e insuficiente que es imposible que, ni de casualidad, puedan darse soluciones reales a los problemas. Y claro, así se explican los remedios que se proponen: parches de gasto público (a costa del endeudamiento futuro) sin ton ni son, y sentarse a esperar a que se pase la tormenta apelando a la confianza; poco menos que «Dios proveerá».
Que los encargados de dirigir la nave muestren ese nivel de obstinación en no ver la realidad y verles dar los consiguientes palos de ciego es lo que me hace ser más pesimista.
Siempre he defendido que España no tiene una crisis, sino dos. Una está vinculada con la crisis financiera internacional, la restricción de crédito, etc, etc. Es verdad, es de origen internacional y la sufrimos todos. Pero hay otra crisis, estructural, más grave y profunda. Hoy, cuando tenía este runrun en la cabeza, me he encontrado con este artículo en El Confidencial que lo resume perfectamente:
«Aunque no hay modelos cerrados, como lo demuestra la integración económica mundial (estamos hablando de la primera recesión de carácter global en el planeta), lo cierto es que cada país tiene su propio perfil, lo que le permite mejorar su posición competitiva en un mundo cada vez más globalizado […] ¿Y España? ¿Sabe usted a qué jugamos? Gobierno y oposición en lugar de estar todo el día tirándose los trastos a la cabeza, deberían estar trabajando ya en identificar el modelo económico español para los próximos treinta o cuarenta años, que necesariamente tendrá que ser muy distinto al que nos ha servido para salir del subdesarrollo en los últimos 50 años. En los años sesenta y setenta, España se aprovechó de los bajos precios interiores para atraer turismo y fábricas de coches que hoy representan la tercera parte de nuestras exportaciones. En los ochenta y noventa, España se benefició de los fondos estructurales para dar la vuelta al país a cambio de un desarme arancelario brutal que explica buena parte de nuestro elevado déficit comercial. Pero todos esos ‘shocks’ son los que ya se han agotado, lo que quiere decir que este país tendrá que empezar a caminar solito. Sin ayuda de nadie. Pero claro, antes hay que saber qué camino hay que tomar.»
Y yo no he oído a ningún político todavía hablar de esto, que es la madre del cordero. Enfangados en sus luchas partidistas, en su visión cortoplacista ligada a la poltrona, avergonzándonos con sus polémicas inanes y sus gestos de cara a la galería, estamos huérfanos de estadistas que se preocupen por el futuro a medio y largo plazo del país. En estas circunstancias, la crisis económica mundial pasará y aquí el paro seguirá creciendo, la competitividad se seguirá hundiendo, el déficit comercial seguirá en aumento, las empresas se seguirán yendo a otros lugares… ¿y entonces a quién le echaremos la culpa?
PD.- Hoy el gobierno al que le ha tocado lidiar con la situación es el de Zapatero. Pero estoy convencido de que, si hubiera sido uno del PP, estaríamos más o menos en las mismas. El problema no es de unos o de otros, es de la clase política en general.
Foto | functoruser