El otro día me invitó un antiguo jefe a dar una charla en un máster en el que él daba clase para contar algunas de las experiencias que habíamos compartido. El perfil, jóvenes post-licenciados (¿se siguen llamando licenciados?). Bueno, gente joven con poca o ninguna experiencia laboral, vamos. El caso es que empezamos la charla contando cómo nos habíamos conocido, cómo habíamos empezado a colaborar; él tenía una necesidad, preguntó en su círculo cercano, y alguien que había trabajado previamente conmigo pensó que podía encajar. Y así fue.
Me pareció interesante, viendo el perfil de la audiencia, enfatizar esta circunstancia. «Pensad», les dije, «que por mucha licenciatura y mucho máster que tengáis, vuestro curriculum es básicamente indistinguible de otros muchos miles. En un proceso de selección es muy difícil, por no decir imposible, que destaquéis. En vuestra carrera profesional las oportunidades van a venir por otro sitio: la gente a la que vayáis conociendo, y la impresión que tengan de vosotros. Y esa impresión se forja cada día, con vuestra actitud, vuestro trabajo, vuestra forma de actuar. Así que no os descuidéis, porque nunca sabes dónde y cuándo alguien puede estar en situación de hablar bien (o mal) de vosotros, ni qué puertas se os van a abrir o a cerrar en consecuencia».
Mi anfitrión cogió entonces el testigo y apostilló: «mirad, del tiempo que os he tenido aquí, tengo clarísimo que hay algunas personas con las que no trabajaría nunca; otras con las que creo que me entendería bien; y de muchas otras ni me voy a acordar pasados unos días». Fue un mensaje contundente, diría que hasta duro. A alguno creo que le resultó incómodo oirlo. Pero…
Va a hacer 15 años que empecé en el mundo profesional. Esto es algo que a estas alturas tengo clarísimo, que he visto con mis propios ojos, que he experimentado en mis propias carnes. El mundo se mueve así. El trabajo que haces cada día, cada interacción con alguien, es una oportunidad para incrementar (o disminuir) la consideración que te tengan. Y cuanta más gente haya pensando que merece la pena trabajar contigo, más oportunidades vas a tener. Cada vez que te muestras profesional, competente, resolutivo, respetuoso, buen compañero… estás incrementando las probabilidades de que te pasen cosas buenas. No, lamentablemente no hay una correlación perfecta, y siempre podremos encontrar a alguien fantástico a quien no le salieron bien las cosas, o a aunténticos imbéciles que consiguen progresar. Pero esos ejemplos no deben desanimarnos, ni hacernos pensar que no hay relación. Es de cajón, piensa en ti mismo… si te dieran la oportunidad de formar tu equipo, de elegir con quién quieres trabajar… ¿a quién elegirías?
desarrollo personal
La procrastinación como síntoma
Hace unas semanas iniciaban Homominimus y Entusiasmado una aventura podcastera llamada Satori Time. Y lo hacían con un capítulo dedicado a la procrastinación. Ese bonito «palabro» que define el comportamiento de «dejar las cosas para más tarde». Pero como bien decían durante el podcast, esa dilación no es el resultado de una decisión plenamente consciente («esto no lo voy a hacer ahora, lo haré en otro momento»). Si fuera ese el caso, no nos generaría ningún estrés; hemos valorado pros y contras y hemos asumido un compromiso con una fecha futura.
No, el problema de la procrastinación es que no es el resultado de una decisión consciente. Hemos asumido un compromiso (con nosotros mismos, o con otros), y lo estamos incumpliendo. «Debería estar haciendo algo que no estoy haciendo». Y eso nos provoca una sensación de inquietud, de ansiedad, de estrés, de sufrimiento.
La cuestión es… ¿por qué lo hacemos? ¿por qué incumplimos esos compromisos?
Ahí es donde hay que incidir. Igual que la fiebre no suele ser en sí un problema, sino el reflejo de una enfermedad subyacente, la procrastinación no es un problema en sí mismo (aunque nos haga sufrir) sino la expresión de un problema más profundo que es lo que hay que atender.
Procrastinamos porque los compromisos y prioridades que nos marcamos no son reales. Puede ser que nuestra mente racional nos autoimponga hacer algo, o puede ser una imposición externa. En cualquier caso, el problema es que en el fondo de nuestra mente no estamos convencidos de que esa obligación, esa prioridad, lo sea en realidad. Así pues, siempre encontramos la forma de «escaquearnos». Y además, para evitar quedar en evidencia, nosotros mismos nos encargamos de fabricar nuestras justificaciones («es que no tengo tiempo», «es que tenía mucho lío») que enmascaran la realidad.
¿No habéis tenido nunca esa sensación de que, cuando realmente quieres hacer algo, encuentras tiempo a pesar de todo? Las potenciales distracciones son las mismas de siempre, y sin embargo las apartamos de un plumazo para hacer lo que realmente queremos hacer; mientras que si es una prioridad falsa, encontramos una y mil justificaciones que explican por qué no lo hemos hecho. Hay una cita atribuída a Gandhi que viene a decir que «tus acciones reflejan tus prioridades». Da igual las que tú digas que son: el movimiento se demuestra andando. Dicho de otro modo: «si no está hecho, es que no es una prioridad real».
Por lo tanto, si percibimos que estamos atravesando una etapa donde la procrastinación es abundante, debemos analizar con atención y con sinceridad cuáles son nuestros compromisos y prioridades «teóricos», y hacerles pasar la prueba del nueve: ¿realmente quiero hacer esto? Si no quiero… entonces debería tomar decisiones al respecto. Porque en la inmensa mayoría de los casos, se pueden tomar decisiones, aunque sean duras (y probablemente lo sean… si no, no pasaríamos tanto tiempo engañándonos a nosotros mismos y evitándolas con mil justificaciones). De esta forma, renegociamos los compromisos con nosotros mismos, y nos limitamos a lo que realmente queremos hacer; y los que no queremos hacer dejan de ser un fantasma que nos atormenta.
Y si por alguna circunstancia después de ese análisis consideramos que hay cosas que aunque no nos apetezcan debemos hacer… pues entonces hay que ser consecuente, y afrontar ese compromiso con estoicismo: se hace, y punto. Al menos, sabremos el «por qué» lo hacemos.
El más listo de la habitación
Hay una cita (cuyo autor no he conseguido identificar) que dice que «if you are the smartest person in a room, then you are in the wrong room». O sea, que si eres el más listo de los que te rodean, entonces hay algo que no estás haciendo bien.
A primera vista, parece que tiene sentido. Uno aprende cuando ve a otros a quienes considera un ejemplo, que le inspiran, que le guían. Si tú eres el más listo, entonces estás por encima de los demás; tú puedes tirar de otros, ¿pero quién tira de ti? Debes irte a un entorno más retador, o incorporar a tu círculo nuevas personas. Así aprenderás.
Y sin embargo, hay algo que chirría. Porque… ¿qué es «ser más listo» que los demás?.
Para empezar… ¿realmente eres más listo? ¿o te crees más listo? Hay diferentes tipos de personalidad, hay gente que tiende a infravalorarse con respecto a los demás, y por el contrario hay gente que está muy bien pagada de sí misma (los que me conocen ya saben de qué pie cojeo yo). Un poco de revisión crítica de uno mismo no viene mal de vez en cuando.
Pero vale, sí, aceptemos que puede que haya una serie de conocimientos, habilidades… en los que destaques. A lo mejor es por tu predisposición natural, a lo mejor es por la experiencia acumulada, a lo mejor es por tu formación. Lo que sea. Fenomenal. Enhorabuena. Pero… ¿eso significa que no puedes aprender NADA de los que te rodean? Decía Galileo que «nunca he encontrado una persona tan ignorante que no se pueda aprender algo de ella». Incluso si es cierto que hay cosas en las que tú eres superior, hay otras en las que son otros los que son superiores a ti. Requiere grandes dosis de curiosidad y de humildad darse cuenta de qué te pueden enseñar todos y cada uno de los que te rodean. Y sin embargo, cuando uno consigue «cambiar el chip», se abre un mundo enorme de posibilidades de aprendizaje y de crecimiento.
Así que sí, seguro que es bueno rodearse de gente que te pueda enseñar. Pero diría que ya estás rodeado de ella. Si te sientes «el más listo de la habitación» probablemente no es que estés en la habitación equivocada; es que has hecho un análisis bastante miope de ti mismo y de los que te rodean.
La planta del buen rollo
Esta historia me la contó un amigo.
Mi amigo trabajaba en una empresa con un ambiente un tanto enrarecido: discusiones, malos modos, actitudes poco conciliadoras, escaso respeto, falta de reconocimiento… Mi amigo y su bonhomía innata sufrían teniendo que desarrollar su trabajo, día tras día, en un entorno tan poco saludable.
Un día, cansado de él y su compañero de despacho de la situación, decidieron comprar una planta. Le pusieron nombre (que mantendremos en el anonimato), y la colocaron encima de la mesa. Y empezaron a decir a todo el mundo en la oficina: «en el resto de la oficina podéis hacer lo que os dé la gana; pero cuando entréis en este despacho vais a hacerlo de forma tranquila, con una sonrisa en la cara, vais a dar los buenos días, y vais a hablar en un tono cordial, que es justo lo que nosotros os ofrecemos; si no lo hacéis por nosotros, hacedlo por la planta».
Puedo imaginar las reacciones: desde la inicial incredulidad hasta el posterior cachondeo generalizado. «Mira los raritos con su planta». Incluso les pusieron un mote. Y sin embargo…
Desde ese día, la planta ejerce un efecto interesante. Cuando alguien entra en el despacho de forma airada, mi amigo y su compañero le sonríen, le dicen «buenos días», y dirigen su mirada a la planta. Más veces que lo contrario, la persona en cuestión se serena y modera su actitud; como si le diera apuro comportarse así delante de ella. De hecho, ya muchas personas se lo piensan bien antes de entrar sin cumplir las normas de respeto a la planta. Y a mi amigo, le sirve de confidente: cuando ha tenido algún episodio desagradable, al regresar al despacho, mira la planta, respira un par de veces y descarga así su propia tensión.
Obviamente la planta no tiene ningún poder mágico o sobrenatural. Pero sí tiene un poder simbólico: permite a mi amigo, y a los que les rodean, recordar que hay una forma diferente de hacer las cosas. Y así, poco a poco, día a día, a través de la influencia que ejerce en las actitudes y comportamientos de todo el mundo, la pequeña planta va creando a su alrededor un espacio creciente de «ambiente sano, libre de malos rollos».
A veces ejercer la rebeldía ante lo que parecen unas condiciones inmutables pasa por algo tan poco revolucionario como comprar una planta.
Al éxito por el camino del fracaso
He estado leyendo recientemente el último libro de Scott Adams (creador de Dilbert). Se titula «How to fail at almost everything and still win big«. Se trata de un libro bastante flojo en general, todo sea dicho, pero que me ha dado para dos o tres reflexiones.
La primera tiene que ver con el fracaso. Qué palabra tan fea, qué de connotaciones negativas tiene. Fracaso, como contraposición al éxito, y por lo tanto, como algo a evitar como la peste. Y sin embargo, renegar del fracaso es un absurdo. Básicamente, porque todos fracasamos, hemos fracasado en el pasado, y vamos a seguir fracasando en el futuro. Nadie cuenta sus aventuras por éxitos arrolladores (aunque demasiadas veces nos guste aparentar que sí). A todos hay algunas cosas que nos salen bien, otras muchas regular, y otras muchas mal. Fracasar, por lo tanto, es inherente al «intentarlo». E «intentarlo» (muchas veces, de muchas formas distintas, durante mucho tiempo) es imprescindible si quieres alcanzar algún éxito algún día.
La tesis que plantea Adams, y que resulta bastante evidente, es que de cada aventura fallida podemos sacar algo en claro. Cada vez que intentamos algo (incluso si fallamos) estamos poniendo en práctica nuestras habilidades, mejorándolas, puede que incluso desarrollando algunas nuevas. Estamos conociendo mundos diferentes, estableciendo relaciones valiosas. Estamos, en definitiva, creciendo. Y en ese proceso de crecimiento, estamos incrementando las probabilidades de que las cosas en el futuro nos salgan mejor. Cada fracaso, en ses sentido, nos acerca paradójicamente al éxito.
El fracaso es un subproducto inevitable de los procesos de aprendizaje y crecimiento. Nadie nace sabiendo. Dicen que lo que diferencia a un maestro y a un aprendiz es que el maestro ha fallado más veces de las que el aprendiz siquiera lo ha intentado. Detrás de cada éxito suele haber una ristra enorme de intentos fallidos, de probaturas, de idas y venidas, de alternativas que no salieron bien. El éxito nunca es una línea recta, aunque desde fuera tendamos a creer que sí.
Así pues, considerar el fracaso como «algo a evitar» sólo nos va a generar frustración, porque el fracaso es un hecho, va a suceder sí o sí. Asumamos su existencia, entendamos su carácter inevitable y paradójicamente necesario para el éxito. Aprendamos, ya que vamos a tener que convivir con él, a sacarle el máximo partido, a usar el fracaso de hoy como un peldaño que nos acerque al éxito de mañana.
La frustración: de tolerarla a no sentirla
«Tolerancia a la frustración». Un gran concepto que aprendí (el concepto, no su uso; con eso todavía peleo) hace ya muchos años. De hecho, en los albores de este blog, la califiqué como una de las habilidades esenciales del consultor.
Recientemente le vengo dando vueltas una vez más a la idea. Cuando me asaltan las dudas respecto a lo que estoy haciendo, cuando no veo claro que esté avanzando hacia un objetivo, cuando el empujar los proyectos me cansa… me frustro. Y cuando me dicen «no, tenemos que tener tolerancia a la frustración», yo respondo que «yo tengo poco de eso». Porque pienso con demasiada frecuencia que las cosas podrían ser de otra manera, que podrían funcionar mejor, más rápido, con más éxito…
Sin embargo, el otro día, comentando esta circunstancia, alguien me hizo verlo de otra forma. «No olvidemos que nuestro papel no es el de protagonistas; es el de catalizadores. Por supuesto que las cosas no van a salir como en los planes. Que las otras personas no van a reaccionar como nos gustaría. Pero es más, piensa que si lo hicieran, si todo fuese como planeábamos… la probabilidad de que saliese mal también es elevada, porque nosotros no somos perfectos, también nos equivocamos. La frustración es producto de una expectativa irreal… basta con ajustar la expectativa, y la frustración desaparece».
Y llevo días rumiando. Es una visión muy «zen», esa de no esperar nada, no juzgar… y simplemente aceptar. Eso no quita para que uno intente mover las cosas en la dirección que cree que deben ir, pero aceptando a la vez el resultado sea el que sea. Me hizo recordar este clásico dibujo del éxito… si uno cree que el éxito es una línea recta, es lógico que se frustre cuando las cosas no van como espera. Si uno sabe que el camino es tortuoso, lleno de cambios de dirección, de dudas, de pasos equivocados… y que sólo al final mirando atrás cabe calificar algo como «exitoso»… es más fácil relajarse, hacer las cosas lo mejor que uno puede y sabe, y aceptar con deportividad el resultado.
Y así, la tolerancia a la frustración deja de ser una habilidad necesaria… porque habremos conseguido que no aparezca.
Para un momento; ¿qué haces?

No, en serio, hazlo. Deja de leer por un instante. Respira profundamente. Piensa: ¿qué estás haciendo? ¿cómo lo estás haciendo? ¿para qué lo estás haciendo?. Puede parecer una chorrada, pero este simple ejercicio nos puede hacer mucho más conscientes del momento presente de lo que habitualmente somos.
El «mindfulness» o «atención plena» es una disciplina que consiste precisamente en eso: en concentrar nuestra atención en el momento presente, en observarlo y abstraernos de otras consideraciones. Algo que parece fácil y natural, pero que no lo es tanto. Nuestro día a día nos suele llevar por otros caminos. A veces es el estrés. A veces es la rutina. A veces es nuestra mente, que está en constante funcionamiento, proyectando cosas en el futuro («pre-ocupación») o rumiando cosas del pasado.
Últimamente ando interesado en todo esto, en contrarrestar esa deriva en la que solemos estar inmersos, en trabajar para hacerme más «presente». Tengo la sensación de que mis avances en este sentido me aportan más autoconciencia, más «darme cuenta» de las cosas. Son más los momentos del día en los que me hago las preguntas con las que iniciaba el post. Y a partir de la autoobservación, siento que tengo más capacidad para tomar decisiones, más control, más dominio sobre mí mismo.
En este camino, he dado por casualidad con una ayuda curiosa. Se trata de una aplicación para el móvil, Mindfulness Bell, que recomendaban en el curso de atención plena que está desarrollando estas semanas Homominimus. Se trata de una campana que suena varias veces (a intervalos no regulares) a lo largo del día. Cuando suena, es un recordatorio que te invita a parar, respirar, observar, y preguntarte: ¿qué haces?.
Conocer herramientas no es lo mismo que usarlas
Como sabréis los habituales, soy aficionado a la fotografía. Me atrevería a decir que, como todos, hay una etapa (que normalmente es bastante larga, si no permanente) en la que nos puede el ansia: nos suscribimos a mil y un blogs de fotografía, compramos libros, descargamos libros, compramos revistas, leemos artículos, comparativas. Qué cámara es mejor, qué objetivo es mejor, qué flash es mejor. Tutorial para no se qué efecto en photoshop, diez consejos para hacer mejores fotos en invierno, cinco ideas para tus fotos familiares. Vemos videos de un fotógrafo famoso, fantaseamos con cómo sería nuestra vida con un equipo diferente, mejor, más grande. Posiblemente muchas de estas cosas las apuntamos para leer después, «tengo que poner esto en práctica», las retuiteamos. A veces incluso dedicamos un rato a probar a hacer alguna de ellas, «a ver cómo queda», sólo para instantes después pasar al siguiente elemento que nos llame la atención.
En definitiva, nos lanzamos con avidez a todo lo que tenga que ver con la fotografía. Pero lo hacemos de forma superficial. ¿Cuántas de todas esas ideas ponemos realmente en práctica? ¿A cuántas dedicamos realmente el tiempo y el cariño suficiente como para dominarlas? ¿Cuánto tiempo dedicamos realmente a hacer, a ejecutar, frente al que dedicamos a «informarnos»? ¿Sacamos el jugo a nuestro equipo, o nos pasamos la vida pensando en lo que podríamos hacer el equipo que no tenemos?
He empezado con la fotografía, pero obviamente quiero extrapolar la idea. Pensemos por ejemplo en técnicas de gestión… ¿cuántas horas dedicamos a leer libros, artículos, revistas, blogs… sobre cómo delegar, sobre cómo gestionar proyectos, sobre emprendedores, sobre productividad, sobre trabajo en equipo, sobre reuniones eficaces, sobre liderazgo, sobre desarrollo personal…? Muchas ideas que nos gustan, que marcamos como favoritas, que retuiteamos… y nada más. Tenemos la sensación de que «hacemos mucho», pero al final ¿cuántas de esas herramientas ponemos realmente en práctica, con la consistencia suficiente como para que tenga un impacto real?
Al final, nos evadimos al mundo del presunto «conocimiento» (porque es más cómodo, más falsamente gratificante, más estimulante para nuestro cerebro siempre ávido de novedades) y dejamos de lado la realidad de la ejecución, que tiende a ser más exigente, más aburrida, más arriesgada. Llegar a aplicar bien una herramienta, o una técnica, exige tiempo, dedicación, perseverancia, foco, enfrentarse a los inconvenientes de la realidad. En la fantasía se vive mejor.
Por supuesto, no desprecio el valor del conocimiento, de tener siempre un ojo abierto en búsqueda de las novedades. Pero creo que, del total de nuestra dedicación, deberíamos poner mucho más énfasis en la aplicación real, consistente y persistente, de un número limitado de herramientas frente al conocimiento superficial de un número ilimitado de ellas.
Feliz año nuevo… tú mismo
Días de buenos deseos, «¡Feliz año nuevo! ¡Feliz 2014!» por aquí y por allí. Nos deseamos «feliz año nuevo» como quien se desea buena suerte, como si esa «felicidad» estuviese en manos del destino, de algún ser superior, que según cómo le de el viento decida dárnosla o no.
La cuestión es que no es todo azar. A ver… ¿qué vas a hacer TÚ para tener un feliz año? ¿qué vas a hacer TÚ para proporcionarles un feliz año a los que te rodean? Sí, claro, por supuesto que hay imponderables que pueden afectarnos en positivo o en negativo, así es la vida. Pero hay muchísimas cosas que están dentro de nuestro ámbito de responsabilidad. De hecho, incluso la forma en que decidamos (sí, decidamos) encarar los embates de la vida pueden ser una fuente de felicidad (o de infelicidad).
«Feliz año» no es un deseo. Es un objetivo. Una tarea a realizar. Y un trabajo que merece la pena, ¿no?. Pues hale, a trabajar.
Recopilando feedback: una experiencia práctica
Hace unas semanas, en un contexto que era una mezcla de «fin de año» y «fin de etapa», me decidí a pedir feedback a la gente que trabaja conmigo. Como recordaréis los más habituales, estoy en un proyecto-etapa profesional que ya va para tres años. A estas alturas, aunque administrativamente sigo siendo «un externo», me siento como uno más… pero entre que esa diferencia administrativa me deja fuera de algunos procesos de gestión (como sería el de evaluación-desarrollo), y que precisamente esto de la evaluación no lo tenemos demasiado institucionalizado… me decidí a «tomar la iniciativa» (una de las ventajas de seguir siendo «el externo», que me siento con más libertad para «tirar por la calle de enmedio»).
Pedir feedback siempre da un poco de vértigo. Mientras nadie dice nada, y nos limitamos todos al día a día, te puedes fabricar tu propio personaje ideal (en el que básicamente eres estupendo y si tienes algún fallo es pequeñito y poco importante). En el momento en el que preguntas, te estás exponiendo a que te descubran cosas que igual te incomodan. Pero estoy convencido de que el feedback es el camino para mejorar, así que valor y al toro.
Estuve dando vueltas al enfoque. Tenía más o menos claro a quién preguntar: enfoque 360º, me interesa la opinión de mis «jefes», pero también las de mi equipo, la de la gente con la que interactúo tanto de mi área como de otras áreas… cuantos más mejor. Se trata de saber sobre todo cosas que se pueden mejorar, y cuatro ojos ven mucho mejor (y desde muchos más puntos de vista) que dos. Procuré, eso sí, ceñirme a gente con la que tengo un cierto nivel de confianza (el suficiente como para que no les resultase extraño recibir la petición). Algo más de 30 personas.
Sobre el cómo preguntar, también tenía clara la necesidad del anonimato. Decir las cosas «a la cara» puede ser muy sano, pero no todo el mundo está preparado para hacerlo, no con todo el mundo hay la suficiente confianza, y puedes sesgar el feedback (te dicen lo «amable» y se guardan lo «duro»). Así que monté un cuestionario con Google Docs, y envié el enlace.
¿Y qué preguntar? Busqué algunos modelos de cuestionarios de evaluación. El problema, para mí, es que todos van a preguntas demasiado cerradas («valore del 1 al 5 la comunicación, el liderazgo, etc…»), que para mucha gente puede ser ajena («¿liderazgo? ¿a qué se refiere?»), y que en general queda un poco frío. Al final, estos informes tabulados vienen muy bien para grandes compañías, que necesitan agregar resultados, comparar un año con otro, un área con otra… y en fin, «industrializar» el proceso… y lo que yo necesitaba era más humano.
Así que hice me ceñí a aquello de «keep it simple», y planteé tres preguntas: ¿Qué rasgos positivos destacarías de mí? ¿Qué cosas crees que debería cambiar? ¿Algo más?
Hubo quien me dijo que «buf, no voy a ponerme a escribir, ¿no hubiera sido mejor tipo test?», pero en general la respuesta ha sido muy satisfactoria. Un 50% de los encuestados ha rellenado el formulario (incluyendo un par de personas que prefirieron una reunión cara a cara), con mucha información y mucha chicha (tanto de lo que gusta como de lo que no).
Me queda el «resquemor» de pensar en los que han preferido no aportar nada. ¿Por qué habrá sido? Obviamente han hecho uso de la libertad que les di, que de eso se trataba. Pero me hubiera gustado más. Más ojos, más opiniones. Pero insisto, creo que el 50% no está nada mal.
Y nada, ahora a procesar los inputs, reealmente enriquecedores. Y a trabajar sobre ellos.