Historia de dos tuiteros

R y M coincidieron hace algunos años por esos «mundos de internet», y se cayeron bien. Tenían un perfil personal parecido, por edad, por formación, por intereses… aunque claro, cada uno tenía su vida y no era fácil el poder mantener el contacto, y tampoco es que tuviesen una relación tan cercana como para andarse llamando cada dos por tres.
Pero ocurrió que por aquella época aparecía una herramienta llamada «twitter», una especie de sitio donde podías responder a la pregunta «qué estás haciendo» para que la gente que decidiese seguirte (tus «followers») pudieran saber de ti, y tú a su vez podías seguir a otras personas para enterarte de lo que ellos hacían. La gente lo usaba de forma muy ingenua («me voy a tomar un café», «pues hoy estoy cansado» y cosas por el estilo), pero cogió fuerza primero en el mundillo de internet, y luego poco a poco pasó a ser más de uso generalizado.
La cuestión es que R y M se dieron de alta, y entre muchos otros se hicieron seguidores el uno del otro. Allí iban contando sus cosillas para el que quisiera leerlas. A veces comentaban alguna noticia, o se mojaban con algún asunto polémico, o se empanaban con el fúbtol… otras veces compartían un enlace que les había parecido interesante o recomendaban un libro o una película… pero en realidad la mayor parte del tiempo compartían banalidades cotidianas respecto a su vida profesional, o a sus aficiones, a su ocio, a sus viajes o a su familia. Muchas cosas «sin chicha», pero que les permitían al uno saber del otro, interactuar de vez en cuando con un reply o un retuit… y así mantener un cierto contacto cotidiano. Claro, poder quedar a tomar cañas hubiese sido un mejor plan (de hecho alguna vez cuando se alineaban los astros pudieron hacerlo), pero ya sabemos todos cómo son las cosas en la vida real; el trabajo, la familia, los amigos, las obligaciones… y ellos tampoco es que fuesen «amigos del alma», simplemente conocidos que se caían bien.
Así estuvieron durante un tiempo. Pero al cabo de los meses, M empezó a cambiar su forma de usar la herramienta. Cada vez eran menos frecuentes las chorradillas cotidianas, parecía como si se hubiese autoimpuesto algún tipo de censura. Seguía tuiteando, sí, pero se limitaba casi al 100% a temas profesionales, además en un tono neutro, aséptico… Un día R le preguntó, «oye, hace tiempo que no cuentas nada». «Bueno, es que estoy intentando darle un poco de valor a lo que publico por aquí… ¿no has pensado nunca que esto es nuestra imagen digital, y que tenemos que cuidarla, ponerle un poco de foco? ¿Construir nuestra marca? ¿A quién le interesa lo que yo haga o deje de hacer en mi día a día?» R asintió, aunque por dentro pensó «pues a mí me interesaba»…
R siguió leyendo la cuenta de M. Lo que publicaba seguía siendo interesante, sí, aunque muy limitado a una faceta de su vida. Echaba de menos los chascarrillos, la oportunidad de intercambiar algún comentario sobre el fútbol, o sobre la política, o saber cómo andaban las cosas por casa…
Con el paso de los meses, R empezó a notar un incremento en la frecuencia de publicación de M. Pero no fue una buena noticia. Aquello estaba lleno de retuits que, al pinchar en ellos, llevaba a noticias que no tenían demasiada chicha. Los enlaces que retuiteaba eran repetitivos, volvían una y otra vez sobre los mismos temas, eso sí siempre acompañados con su correspondiente hashtag. Cuatro o cinco veces al día, como un martillo pilón, la cuenta de M escupía nuevos contenidos. Bueno, nuevos… cuando no eran tuits antiguos repescados (a veces avisando, y a veces sin avisar). R dejó de hacer click en ellos, porque la mayor parte del tiempo eran completamente intrascendentes. Muy focalizados, eso sí, pero no le aportaban nada. Para colmo, M empezó con la costumbre de retuitear las menciones que le hacían. Cuando alguien enlazaba uno de sus contenidos, él lo tuiteaba (a pesar de que él mismo ya lo había publicado antes). Cuando alguien le hacía una alabanza, él lo tuiteaba. Si había un evento en el que fuese a participar, tuiteaba cada una de las menciones que se hiciesen al evento (como si una vez no fuese suficiente).
Llegó un punto en el que a R le irritaba la cuenta de M. Durante semanas estuvo luchando contra el impulso de dejar de seguirle, pero se arrepentía en el último momento. Porque le parecía un buen tío, y le daba pena cortar ese vínculo. Pero cada día se le hacía más insoportable; le caía bien la persona, pero como tuitero era un coñazo. Hasta que un día se hartó, y lo hizo. Unfollow.
PD.- De vez en cuando, R se acuerda de M, y se pregunta qué habrá sido de él. Entra en su cuenta de twitter, y ve que sigue con la misma dinámica. No encuentra allí nada que le permita saber de su vida, ni una excusa para interactuar. Cierra el navegador, y sigue con su vida.
PD2.- R sí soy yo. M no es nadie en concreto, y a la vez es una mezcla de unos cuantos. M es el arquetipo de esas personas interesantes que, en aras de un supuesto beneficio mayor, decidieron limitar su actividad en internet a «lo útil», «lo focalizado», «lo que refuerza mi presencia online». Aquellos que en la búsqueda de followers, de retuits y de «impacto»… se olvidaron de que el verdadero impacto se consigue a través de relaciones de confianza, y que esas conexiones reales entre personas se crean y se refuerzan en lo cotidiano, en lo banal.

Redes de profesionales: ni son redes, ni son ná

El otro día caí, siguiendo una referencia, en una web de una autodenominada «red profesional de RRHH». A saber, un conjunto de profesionales «expertos en la gestión y desarrollo de personas». Siguiendo con su autodescripción, «esta red de expertos es un espacio diferente de colaboración, porque trabajamos en red entre nosotros, nos organizamos de una forma eficiente y dinámica en función del proyecto, y eso, redunda en el valor y la calidad que te aportamos.»
Soy un absoluto convencido del concepto de red. Hace ya un tiempo decía que «la metáfora de la neurona, como elemento individual pero a la vez conectado con otros, me parece muy descriptiva de nuestra realidad social y profesional. Somos individuos, sí, pero nos conectamos con otros. Esas conexiones se crean, a veces se fortalecen, a veces se debilitan, e incluso llegan a romperse.»
Pese a este convencimiento, o precisamente a causa de él, creo que ese concepto de «red profesional» que describía al principio está equivocado, que es propio de quien ha oído campanas pero no sabe muy bien dónde.
Aunque suene paradójico, la red es un concepto profundamente individual. Yo soy yo y mi red. No existe el concepto de «nuestra red». Yo tengo la mía, tú tienes la tuya. Puede que se solapen en cierta medida, pero siguen siendo entidades separadas, cada una centrada en el nexo principal que eres tú mismo.
Cuando le ponemos un paraguas común (una marca, una web, una etiqueta) a nuestras redes, estamos yendo en contra de la lógica propia de las redes. No es verdad que «nuestra red», en conjunto, seamos un bloque monolítico. Cada uno de los individuos tiene relaciones diversas con el resto de elementos dentro de esa supuesta red. Con unos eres más afín, con otros menos. Exactamente igual que sucede con elementos que queden fuera de esa red: yo tengo mis contactos, tú tienes los tuyos. Podemos compartirlos, pero nunca la relación va a ser exactamente igual con unos que con otros. Por muchos «valores comunes» que nos acerquen, seguimos siendo nodos independientes que se relacionan con distinta intensidad, tanto dentro como fuera. Esa «capa común» que dibujamos es una ficción.
Creo que lo que subyace en este tipo de enfoques es una mezcla de desconocimiento y miedo. Nos suena bien eso de la red, más o menos, pero en el fondo nos aterra asumir su realidad. Seguimos buscando el cobijo en algún tipo de estructura que nos proteja. Un logo, un nombre común, un algo. Aceptar al 100% la red implica aceptar que estamos solos, que somos los máximos y únicos responsables, que nuestra red depende de nosotros mismos, del esfuerzo que hagamos en desarrollarla y mantenerla. Para mucha gente éste es un pensamiento acongojante, y prefiere descargar esa responsabilidad en un ente superior (la empresa, la tribu, incluso la «red común»). Durante mucho tiempo eso sirvió para ir tirando. Pero creo que en esta era aguanta menos soplidos que la casita de paja del cuento de los tres cerditos.
Si de verdad nos creemos lo de la red (y francamente, no creo que haya una visión alternativa), seamos consecuentes.

Quitando el chupete digital

Ayer hice algo que tuvo una mezcla de impulsivo y de reflexivo. Supongo que es la típica cosa que lleva fraguándose un tiempo en tu cabeza, y que de repente ves de forma tan clara que te impulsan a la acción. Las cosas suceden «poco a poco, y de repente».
El caso es que cogí mi móvil, y desinstalé varias aplicaciones: Twitter. Facebook. Tumblr. Instagram. Feedly. Adios… muerto el perro, se acabó la rabia. De paso, quité otro puñado adicional de aplicaciones sin uso habitual. Fuera.
Ya cuando hice mi experimento de desconexión a principio de verano sacaba algunas conclusiones:

También estuve pensando en esa parte “inútil”. ¿Por qué siento el impulso de “estar al día” de lo que pasa en el mundo? ¿Por qué dedico tanto tiempo y atención a leer cosas irrelevantes que publica gente a la que apenas conozco? ¿Por qué siento la necesidad de hacer una foto y publicarla, de que se me venga algo a la cabeza y ponerlo en twitter, de dar mi opinión sobre cualquier cosa (sí, me descubrí varias veces pensando “¡esto merece un tuit!”). Mi yo “racional” sabe que no tiene ningún sentido. Que a (casi) nadie le importa lo que yo pueda opinar de casi nada. Que poco o nada de lo que yo lea por ahí va a tener ningún impacto en mi vida. Pero mis actos no son coherentes con mi razonamiento y he estado rascando en el “por qué”, que supongo que no es muy distinto al de cualquier conducta de evasión. Porque es lo que haces: evadirte, huir a una realidad alternativa en la que tienes la falsa sensación de “estar haciendo algo” (aunque sea algo tan inane), la falsa sensación de “estar conectado” (con unas conexiones tan débiles que no soportarían un soplido), la falsa sensación de que lo que haces/piensas le importa a “la gente” (cuando en el mejor de los casos te otorgan la misma “lectura diagonal” que tú les otorgas a ellos). Y te evades ahí porque hacer cosas “de verdad” es mucho más difícil (para empezar, te obliga a pensar en qué es lo que quieres hacer, a buscar sentido a tus actos y a tomar las riendas de tu vida… con lo fácil que es dejarse llevar por la inercia…), porque tener conexiones “de verdad” es más exigente, porque asumir tu insignificancia es un golpe duro para el ego. Buf. Aquí hay tomate.

Sin embargo, una vez vuelto al día a día, me encontré sumergido en las antiguas rutinas. Es verdad que reduje significativamente el número de personas a las que seguía en twitter… pero aun así me encontraba cada dos por tres con el móvil en la mano, iniciando la aplicación, refrescando el timeline a ver qué novedades había. De ahí a Facebook. De ahí a Instagram. A ver qué noticias hay en los periódicos. Vuelta a empezar, en un ciclo sin fin de «entretenimiento» vacío. Fue leyendo «Everything that remains» (el relato hacia el minimalismo de The Minimalists) cuando me inspiré en su experiencia para tomar esta decisión. Su metáfora del «chupete» me parece tremendamente acertada. Recurrimos a estos «entretenimientos» (como hay quien recurre a otros mecanismos) como evasión a la incomodidad. Estando el chupete a mano no nos enfrentamos a lo incómodo.
Y al menos en mi caso, por mucho que pensara que «yo lo puedo controlar», la realidad es que no era así. El dedo se me iba, y mi mente se sumergía feliz en el arroyo siempre fluido de las redes sociales, por muy irrelevante que fuese su contenido. Así que decidí cortar por lo sano. Fuera las aplicaciones del móvil, y se acabó el consumir contenidos de forma semi inconsciente. Es curioso, todavía no han pasado 24 horas, y ya me he descubierto en varias ocasiones con mi dedo lanzándose a donde durante años ha estado el icono de twitter o de facebook. Así de automatizado lo tengo. Y sospecho que me va a costar un poquito pasar «el mono».
¿Y ahora qué? Pues no lo sé. Sin duda he reducido las opciones de consumo irracional de contenidos, por lo que espero ser capaz de focalizarme más y mejor, centrarme en contenidos que quiero leer en vez de ir «a golpe de tuit». Hacer, en definitiva, un uso más consciente y productivo de mi tiempo y de mi atención. Y si el problema es que no sé qué hacer con mi tiempo y mi atención… atacar ese problema, en vez de acallar mi conciencia con la solución fácil del chupete digital.
Mantengo las cuentas abiertas (y de hecho la posibilidad de publicar desde el móvil a través de Buffer), de momento no he llegado al punto de «abandonar por completo». Hace años que hablaba de lo útil que era tener amigos con vida digital, y lo mantengo… aunque quizás lo que toque reevaluar es a quién sigo y por qué, porque hay conexiones cuya presencia digital no se ajusta a la importancia relativa que tienen para mí. Y también el cuándo, o la frecuencia, con la que me mantengo al día.
Respecto a lo que yo publico, no sé qué impacto podrá tener; es posible que siga publicando más o menos lo mismo, o puede que reduzca algo. La siguiente gran reflexión sería «qué publicas, y para qué», ¿qué intereses satisface?. Por ejemplo, me pasa con Instagram… ¿para qué cuelgo fotos allí? ¿qué espero obtener? ¿es solo una forma vacía de alimentar el ego, o le aporta algo a alguien? Extrapolamos a Twitter, o a Facebook…¿no estoy, en el fondo, engañándome pensando que «lo que hago, lo que pienso… le importa a alguien» cuando en realidad no es así? A lo mejor es el momento de ser un poco más selectivo con lo que uno comparte.
Como todo en la vida, esto es un camino, un proceso. Veamos a dónde nos lleva.

Cambia de avatar, que también caduca

avatares

Desde que ando por estos mundos internéticos de dios (o más exactamente, desde que empecé a dar la cara en ellos) tengo por costumbre cambiar de avatar (esa foto que te identifica) más o menos cada año. No es que me aburra de verme siempre igual, aunque algo de eso también hay. No, la cuestión es que siempre he pensado que la gracia de esa foto es que la gente te identifique, que «te vean la cara»… y tu cara va cambiando con el tiempo. Claro, a ti no te lo parece porque te ves todos los días. Pero… ¿no os ha pasado alguna vez que te encuentras a alguien, ves su careto y lo comparas con el que pone en internet, y piensas «eh, que esa foto lleva unos añitos de retraso, majo»? Los avatares caducan, y si bien tampoco me gusta esa gente que cambia de avatar cada dos por tres (que te despistan, coño), lo que no puede uno es aferrarse a una imagen de un pasado tan lejano que «canta».
No sé si será pereza para escoger una nueva foto, una coquetería mal entendida o simple negación de la realidad… pero venga, que de vez en cuando toca actualizarse.

Redes sociales, especialistas y monotemas

Hoy mantenía un intercambio de pareceres con @alfonsosiloniz a raiz de un tuit en el que decía: «Las redes sociales dificultan los perfiles multidisciplinares. Favorecen los hiper-especializados. Yo salgo perdiendo». Un planteamiento (que como cualquier idea expresada en 140 caracteres admite matices), con el que discrepo. En cierta forma me ha recordado también a Andrés Pérez y su enfoque del uso de las redes sociales de cara a construir/difundir una «marca personal», con el que no suelo estar demasiado de acuerdo.
Pero vayamos por partes.
En primer lugar, puedo entender la percepción de Alfonso. Es verdad que si te haces un blog de «El blog del gurú en la materia hiperespecífica» donde te dediques únicamente a crear contenidos de esa materia hiperespecífica, a hablar de libros de la materia hiperespecífica, a enlazar a personas que hablan de esa misma materia hipersepecífica… y además te haces una cuenta de twitter @expertoenmateriahiperespecífica donde te pasas del día dando la matraca con la misma materia hiperespecífica, retuiteando enlaces de la materia hiperespecífica, relacionándote con otros tuiteros de la materia hiperespecífica… acabas generando una vinculación muy fuerte entre la materia hiperespecífica y tú. Un «posicionamiento de marca«, por así decirlo.
Ahora bien, ¿eso qué te aporta? De alguna manera, me recuerda a esos hombres anuncio que se suelen ver por las calles con carteles o chaquetas de «COMPRO ORO». Así, en grande. «COMPRO ORO» dice su cartelón, «COMPRO ORO» dice el folleto, «COMPRO ORO» te dice segun pasas. Perfecto, me ha quedado claro, compras oro. Ahora bien… ¿eres serio? ¿eres profesional? ¿eres alguien con quien es fácil llevarse? ¿eres alguien sensato? ¿eres alguien divertido? ¿eres alguien interesante?
Probablemente para vender oro, todo eso dé igual. Al fin y al cabo, es un sitio al que vas puntualmente, con un único objetivo que es precisamente vender oro. Te interesa el precio, y poco más. Pero para establecer una relación profesional (como la que yo esperaría establecer) todas esas cosas no son muy importantes. Diría que incluso mucho más que los conocimientos. Si yo busco un proveedor, un colaborador, un socio… quiero saber muchas cosas de él. Si yo quiero construir una relación de confianza, hay muchísima información, muchísimas sensaciones… que un «blog monotemático de materia hiperespecializada» y una «cuenta de tuiter monotemática de materia hiperespecializada» no me van a dar.
Desde luego, en mi experiencia personal y como «follower/seguidor» de gente, puedo decir que los que tienen una presencia monotemática e hiperespecializada me aburren soberanamente, muchísimo, hasta el límite de prescindir de ellos. Vale, sí, sé que «fulanito es especialista en X» (igual que sé que la tienda con el cartelón «COMPRA ORO»), pero no tengo ninguna conexión emocional con ellos. Sin embargo, aquéllos que a lo largo de todos estos años he ido manteniendo en mi lista de «seguidos» tienen en común que su presencia en redes es multidisciplinar; a veces hablan de su trabajo, sí, o de su área de especialización. Pero también de sus hobbys, de sus familias, de su día a día, comentarios de actualidad económica y política, hacen bromas y chistes. Es a través de esa supuesta banalidad a través de la que yo he generado con ellos una relación de cordialidad, de confianza a través de las redes sociales, que muchas veces no se concreta en nada más. Pero que estoy seguro de que es una relación más fructífera (incluso vista en términos de «oportunidades profesionales») que la que se establece únicamente a través de la autopromoción monotemática.
Por lo tanto, volviendo al tuit original de Alfonso, discrepo. Es verdad que una presencia monotemática en redes sociales es más fácil de «vender» en términos de posicionamiento de marca (algo que en su día ya reflexionaba yo mismo). Pero creo que genera, en términos generales, relaciones superficiales, insuficientes, carentes de una verdadera conexión. El tipo de conexión que se genera a través de una presencia más poliédrica, más multidisciplinar, menos formal y «planeada», más (en definitiva) ajustada a cómo somos en realidad. El tipo de conexión que, en última instancia, hace que te fíes de otra persona. El tipo de conexion que hace que quieras trabajar con ella (*)
A lo mejor nos cuesta más llegar. A lo mejor, llegamos a menos gente. Llegamos con menos claridad. Pero creo, de verdad, que al final llegamos mejor.
(*) Si mi objetivo fuera «vender libros», o «vender conferencias» a lo mejor lo veía de otra forma. Pero no es el caso.

Empresas abiertas para una economía abierta

Hace casi año y medio surgió la oportunidad de participar en un libro colaborativo sobre la figura del «Community Manager». Confieso que el término me da cierto «repelús»; digamos que sobre la base de la lógica de negocio que pueda tener el concepto (que alguna tiene, creo yo), desde mi punto de vista se ha construído un «castillo de naipes», con mucha gente sobreexplotando el término, exagerando su importancia e impacto (y su mismo carácter presuntamente novedoso), y tratando de «pillar cacho» en base a esta estrategia. Incluso, por qué no decirlo, la misma idea de este libro se sube a este carro.
Y sin embargo… dije que sí. Me pedían un capítulo introductorio, de contextualización en la dinámica económica… un espacio en el que (independientemente de cómo resulte el resto del libro) me sentía cómodo, y desde el que me parecía que podía aportar algo de «sentido común». Y eso es lo que intenté con este «Empresas abiertas para una economía abierta» (que se puede descargar en .pdf). Una reflexión sobre cómo igual que las relaciones comerciales entre países devienen en una mejora de las condiciones para ellos, las relaciones cada vez más abiertas entre empresas también suponen algo muy positivo. Y cómo no son «las empresas» las que se relacionan, sino las personas quienes forman «redes» tanto internas como externas (la frontera de la empresa se difumina). Y cómo la gestión (que no control; son incontrolables) de esas conexiones, de esas «comunidades», es una labor a la que merece la pena poner foco; no tanto a través de una figura concreta (que puede existir como referencia, pero no como «único gestor»), sino a través de una cultura compartida.
Esta es mi aportación, que es de lo que puedo responder. Del libro en conjunto no respondo; ni tuve que ver en la selección de autores, ni en la configuración del índice, ni en el enfoque de los distintos temas, ni en la portada, ni en el título… en definitiva, más que un libro «colaborativo» es un libro «acumulativo» (por no tener, no tuve ni feedback respecto a mi aportación; aparece tal cual lo escribí…). Personalmente, el enfoque de título («Quiero ser community manager») y portada (una referencia a Supermán, abriéndose el traje y dejándo ver el CM que tiene debajo) no me gusta; transmite la sensación de inclinarse demasiado por el tono «vendemotos» que mencionaba al principio. Aun así, conociendo a unos cuantos de los autores, seguro que se pueden extraer de él ideas y conclusiones interesantes.

Los pesados del Facebook

Este verano, como ya es tradicional, intenté (confieso que cada día lo hago con menos brío) evangelizar un poquito con esto de las redes sociales entre mi grupo de amigos «de siempre» (algunos desde parvulitos, no digo más). Con el mismo poco éxito que otras veces, por cierto.
El caso es que uno de los argumentos que utilizaban para justificar su falta de interés en el tema era que «lo de Facebook está lleno de pesados». Se referían a ese tipo de personas que se están continuamente apuntando a grupos, e invitándote a ti, te invitan a eventos que no tienen nada que ver contigo, juegan a jueguecitos y te comunican cada uno de sus avances, comparten cada canción que les gusta o cada pensamiento que se les pasa por la cabeza… que es verdad, que hay mucha gente «pajúa». «Por ejemplo, tenemos un amigo que es que está todo el día dando el coñazo», me decían.
A lo que yo les pregunté… ¿y cómo es ese amigo cuando os encontráis en la «vida real»? «Pues la verdad es que es un pesado, el pobre». Pues claro, hombre. El que es un pesado, un cansino o un poco tontolaba en el día a día, es muy probable que traslade esa misma personalidad a las redes sociales. O a lo mejor es que, simplemente, es un conocido del que tampoco te interesa su vida con tanto detalle. Pero para eso existen los filtros. Puedes eliminarle de tu timeline por completo, o eliminar actualizaciones procedentes de determinada aplicación, o clasificar a tus contactos en listas para verlos por separado… y así configurar tu Facebook como tú quieras, independientemente de lo «pesado» que pueda ser alguno de tus contactos. A quien, en última instancia, podrías desagregar. En definitiva, que depende de uno mismo el hacer más o menos cómodo el uso de la red social.
Pero sea por desconocimiento o por desinterés, la gente se queda en el «es que facebook tiene muchas chorradas» o «es que hay gente muy pesada», y deja de aprovechar (quizá porque tampoco ha llegado a apreciarlo) todo lo positivo que tiene. Pero como decía al principio, yo voy perdiendo ya el ímpetu evangelizador: el que quiera verlo que lo vea, y el que no pues nada.
Foto: Maks Karochkin

Gestionar contactos

Bah. A quién se le ocurre…
Resulta que hoy, después de ni se sabe la de tiempo, se me ha ocurrido echar un vistazo a la carpeta de «Contactos». Dos mil y pico dice Gmail, de los cuales más de cuatrocientos catalogados como «Mis contactos». Un galimatías de mucho cuidado.
Empecé hace ya años a intentar mantener una agenda de contactos más o menos ordenada. Por aquella época con el Outlook de Microsoft. En paralelo, tenía la Palm sincronizada. Bueno, más o menos bien. El procedimiento era sencillo: cada vez que alguien me daba una tarjeta, yo disciplinadamente la metía en la agenda con el máximo detalle. Si alguien me comunicaba un cambio en directo, o por mail… pues lo mismo. El problema es que, actuando así, acabas teniendo una agenda en la que se mezclan tus padres, tus amigos, clientes, contactos ocasionales (la típica reunión en la que aparecen y te entregan tarjeta 10 tíos, de los cuales nunca vuelves a saber nada nunca), el teléfono de la peluquería, el del veterinario, el de la parroquia a la que tienes que llamar para que te den el curso prematrimonial…
Así, al cabo del tiempo, te encuentras con una agenda demasiado grande, en la que hay muchas personas a las que apenas consigues recordar vagamente (a las que por supuesto nunca volviste a contactar para nada). Y si al menos los datos fueran correctos… pero encima hay que lidiar con la desactualización de los datos. Gente que cambia de trabajo, o de teléfono, de email, o de dirección… sin avisarte; lo cual es lógico en la inmensa mayoría de las ocasiones (¿quién eras tú, al fin y al cabo, para que te notificasen un cambio?), y una falta de detalle en otras.
Por otro lado el móvil; durante un tiempo lo tuve sincronizado, pero desde que empecé a usar Gmail decidí pasar (no tiene una sincronización fácil, precisamente). En el móvil tengo nada más que los teléfonos de los más cercanos. Pero claro, a veces haces cambios en el móvil que no reflejas en la agenda. O viceversa. O sea, que al final de nuevo datos desparejados.
Y encima sumas que Gmail te guarda todos y cada uno de los correos intercambiados a lo largo del tiempo. O sea, que tienes que revisarte los cientos y cientos de personas que alguna vez te han escrito o a las que has escrito, no siendo que haya alguien susceptible de ser interesante y que se te haya pasado recopilar.
Pues eso. Un guirigay al que no sabes cómo meterle mano. Y al que, de hecho, no sabes si merece la pena meterle mano. La verdad es que creo que en la era de las redes sociales, el esfuerzo de mantener una «agenda» por uno mismo es un absurdo. Cada uno debería cuidar de mantener actualizados sus propios datos en las distintas redes sociales, y facilitar a los demás que se unan a ellas. Y francamente, si alguien no muestra ni el más mínimo interés en aportar sus datos a estos sitios, te hace pensar que quizás no merezca la pena tratar de seguir en contacto con él. Total, si a él no le interesa, pues adios muy buenas.

Ya no te sigo en twitter

En mi gestión de twitter siempre he tratado de ser coherente, añadiendo a personas que me interesaban por lo que decían. El interés puede ser profesional, personal o de mero entretenimiento; sea como sea son mis razones y con eso es suficiente, no las tengo que someter a ninguna aprobación externa, al igual que yo tampoco tengo por qué cuestionar las razones de otros para seguir o no a quien les parezca oportuno.
Estimo cuál es el número de followers que puedo seguir «de verdad» (porque seguirles para no leer lo que ponen me resulta un poco absurdo), y voy añadiendo gente que me encuentro y que me resulta interesante hasta que llego a un tope donde pienso «estoy siguiendo a demasiada gente». Y entonces llega el momento de eliminar algunos, siguiendo el criterio de «los que menos me aportan, relativamente, con sus twitts». Unfollow, y a correr.
Y esto debería ser así de sencillo, yo al menos lo tengo claro: si me sigues será porque por alguna razón (tú sabrás) te interesa lo que pongo, y si no me sigues será porque o no me has descubierto, o no te interesa lo que digo. Y si durante un tiempo me sigues y luego dejas de hacerlo, será porque encuentras otras cosas más interesantes a las que dedicar tu atención. Y no pasa nada; claro que a mi ego le encantaría interesar mucho a todo el mundo pero ya voy haciéndome a la idea de que el mundo no gira entorno a cada uno de nosotros.
Estos días estoy dejando de seguir a algunas personas en twitter. Una pequeña limpieza de contenidos que han dejado de interesarme. Una de ellas lo ha visto (gracias a qwitter, una herramienta que sirve precisamente cuando un follower deja de seguirte) y se ha puesto en contacto conmigo para saber si había algún problema…
¿Problema? No, ninguno. Simplemente, por el motivo que sea (que es MI motivo) lo que cuentas ha dejado de interesarme tanto como para dedicarle parte de mi atención y prefiero dedicársela a otras cosas.
Que alguien deje de seguirte no significa ni que le caigas mal, ni que tenga ninguna animadversión, ni que no le parezcas un buen tipo… Y perder un follower tampoco debería hacerte dudar sobre si lo que cuentas en tu twitter es interesante o no: cuenta lo que quieras que para eso es tuyo, habrá a quien le guste y habrá a quien no (no se puede gustar a todos), y ya está.
Pero nadie debería pedirme cuentas de lo que leo o dejo de leer, de a quién sigo o a quién no. Si lo hace, se arriesga a que le conteste lo que hay: leo lo que me interesa, sigo a quien me interesa, y lo que tú cuentas ya no entra en esa definición. ¿Puede resultar hiriente? Quiero creer que no, pero si alguien se lo puede llegar a tomar a mal… mejor que no pregunte.
Yo tengo muy claro que cada uno somos los dueños de nuestra atención, la empleamos como mejor nos parece y no tenemos que dar explicaciones a nadie por ello.
¿Veis como soy un antipático 2.0?

Antipático 2.0

El otro día se produjo esta conversación en mi Facebook. Una persona me invita a ser su «amigo«:
Invitación:
«Hola Consultor poco Anónimo: hace ya algún tiempo que te sigo por blog y twitter, y gracias a éste último me acabo de enterar de que estás por aquí.»
Mi respuesta:
«yo es que soy «ubicuo», estoy en todas partes :D. Sin embargo, en Facebook procuro aceptar como «amigos» a gente que tengo bastante «controlada» (gente con la que me he encontrado físicamente, con la que he tenido algún tipo de relación profesional o personal…), ya que creo que es la forma en la que más sentido tiene para mí. Espero que no te moleste que «ignore» tu solicitud por el momento; a ver si en el futuro tenemos ocasión de tratarnos con más intensidad y así poder cambiar el «status».»
Contestación:
«OK Raúl, acepto tu política de amistades en FB. Con ésta me da la impresión que te será muy difícil establecer nuevas relaciones virtuales mediante herramientas 2.0. Pregunta quasi-retórica ¿Es adecuado el uso de las herramientas 2.0, sólo para el mantenimiento del mundo previo 1.0
Mi respuesta:
«Para mí el objetivo nunca ha sido «establecer nuevas relaciones». Utilizo las herramientas para seguir contenidos que me interesan: por motivos personales, profesionales o de puro entretenimiento. Si de ese seguimiento (y de la interactividad que permiten esas herramientas) surge un acercamiento que deriva en relación profesional o personal, pues fenomenal. Pero si no, pues tampoco pasa nada: una cosa no está condicionada a la otra.
Lo cual tampoco significa que use las herramientas 2.0 para «mantener el mundo previo 1.0». Pero el uso de herramientas que exige reciprocidad (como Facebook) para mí solo tiene sentido si reconoce una relación real y equilibrada. Relación que puede haber nacido fuera de internet o también dentro, pero que existe en las dos direcciones: gente a la que conozco y que me conoce (no necesariamente en persona), con la que he interactuado mínimamente…
Porque es que si no no le veo sentido (para mí) al uso de estas herramientas. No acabo de ver qué gracia tiene tener 5.000 contactos en Facebook de los cuales al 95% no conoces (simplemente los aceptaste porque aceptas todas las invitaciones). ¿Qué interés tienen las actualizaciones de esas 5.000 personas, sus fotos…? ¿Qué valor aporta a alguien que ve tus 5.000 contactos y te pide referencias de ellos, cuando no puedes decir nada sobre ellos?
Por eso, en este tipo de herramientas recíprocas, prefiero pecar de «antipático» y mantener un cierto criterio «estricto» (que luego no es tanto) a la hora de calificar a alguien como «contacto» antes que pecar de lo contrario. El que quiere interactuar conmigo sin conocerme (o sin que yo le conozca) tiene abiertos un montón de canales para hacerlo sin necesidad de «ser amigos» en estas herramientas
Y así es como yo veo el uso de las redes sociales.