Lo que me hace fluir

El otro día publicaba James Clear (autor que habla habitualmente de temas de desarrollo personal, hábitos y toma de decisiones) un tuit en el que preguntaba lo siguiente:

Imagina que puedes elegir un nuevo rumbo profesional basado en un criterio: que tu trabajo sea esa actividad que con más frecuencia te pone en un estado de flujo (estado de flujo = te sientes completamente absorto en lo que estás haciendo, el tiempo vuela sin que te des cuenta, etc.). ¿Cuál sería ese trabajo?

Una pregunta tan directa me hizo pensar…

El estado de flujo

No es la primera vez que traigo a colación eso del estado de flujo. Contaba en su día cómo el autor de referencia en la materia es el húngaro Mihaly Csikszentmilhalyi. Y cómo lo que defiende es que ese «estado de flujo» se alcanza cuando hay un equilibrio entre el nivel del reto al que nos enfrentamos y las habilidades que tenemos para hacerlo. Si no se da ese equilibrio, entramos en otros estados diferentes (apatía, ansiedad, aburrimiento…) alejados de ese estado de flujo.
Teoría de la Experiencia Óptima o Flow : Crecimiento Positivo
Lo cual, como respaldo teórico/conceptual está bien, pero la pregunta de James Clear es mucho más concreta… ¿Cuáles son esas actividades que a mí me hacen entrar en ese estado?

Algunas de las cosas que para mí fluyen

Haciendo un poco de arqueología vital, me salían algunas cosas:

  • Programar: tuve mi primer ordenador con 10 años, un Amstrad CPC6128 (¡con pantalla a color!) con el que pasaba las horas muertas con aquel BASIC rudimentario (20 Goto 10 :D). Nunca hice programas supercomplejos, pero me encantaba resolver problemas (el típico programa para sacar números primos, o para ordenar un listado, etc…). Luego pasé a las bases de datos (con el DBASE III+), a las macros de Excel… en fin, nunca he pasado de aficionado. Pero recuerdo bien esa sensación de estar metido en tu programa, y darte cuenta de que llevabas horas sin levantar el culo de la silla.
  • Ilustrar: esto es algo más reciente, pero que me genera sensaciones parecidas. Abrir el Ilustrator con una idea en la cabeza, y ponerme con ella herramientas para arriba y herramientas para abajo. Con conocimientos limitados, pero viendo cómo esa idea se va haciendo realidad paso a paso, e incluso acaba siendo una camiseta. O con lápiz, tinta y papel, que no todo va a ser ordenador.
  • Crear contenidos: escribir en el blog, o hacer podcasts, o crear una presentación, o incluso un documento para cliente… eso de estructurar ideas, y luego irlas ejecutando, y si encima tienes la posibilidad de ir editando poco a poco hasta que quede como tú quieres.
  • Cocinar: disto mucho de ser un «cocinillas», y diría que ni siquiera me gusta especialmente. Pero lo cierto es que cuando me pongo me resulta fluido. Sacas ingredientes, el cuchillo, la tabla… vas cortando, salteando, cociendo… un poquito por allí, un poquito por allá… y se te han ido tres cuartos de hora sin casi darte cuenta.

Buscando el denominador común

Después de sacar ese listado de actividades, quise ir un paso más allá. ¿Qué tienen en común? ¿En qué se parece programar a cocinar, y por qué son dos actividades que me hacen fluir?

  • Individualidad: hola, aquí su amigo el introvertido. Disfruto en soledad, siempre ha sido así. Puedo hacer cosas con otras personas, incluso disfrutarlas; pero no es mi estado natural. Es muy difícil que una actividad compartida me provoque esa sensación de fluir.
  • Creación: tienes una hoja en blanco, y después tienes un dibujo. Tienes una pantalla en blanco, y después tienes un post publicado. Tienes la mesa vacía, y al final tienes un plato que huele y sabe bien. Esa sensación de construir, de crear… me involucra de manera especial.
  • Feedback inmediato: tiras una línea de código, y a ver qué pasa. Haces un trazo, y decides si te gusta o no. Metes un efecto de sonido en el podcast, y escuchas a ver qué te parece. Metes la cuchara en el guiso y decides si necesita o no sal. Todas estas actividades tienen una dinámica de retroalimentación directa, lo que haces tiene un efecto directo que puedes valorar y que te va guiando.
  • Autonomía: yo me lo guiso, yo me lo como. Yo planteo qué problema quiero resolver con un programa, a qué voy a prestar atención lo siguiente, cuándo y durante cuánto tiempo trabajo en ello, cuándo considero que está acabado. No hay otra persona decidiendo, soy yo y solo yo. De hecho éste factor es muy relevante; he probado a hacer todo lo anterior «para otros» (p.j. diseñando una camiseta para otra persona, o haciendo un programilla para un cliente, o escribiendo posts para blogs comerciales) y el estado de flujo se evapora rápidamente.

Entonces… ¿qué trabajo elegirías?

Supongo que aquí está la madre del cordero. En este punto he de reconocer que me atoro. Todos los que tratan el tema de «cuál es tu propósito en la vida» hablan de encontrar esa conjunción entre lo que disfrutas, lo que se te da bien, lo que el mundo necesita… y lo que alguien está dispuesto a pagar. Que algo te haga entrar en «estado de flujo» es sólo uno de los elementos a tener en cuenta. Por ejemplo, por mucho que me entretenga cocinar, o programar… no soy bueno en ello, no soy competitivo. Supongo que podría llegar a serlo… O por ejemplo, por mucho que me entretenga hacer un podcast, e incluso asumiendo que se me dé medio bien… nadie paga por un podcast. Etc.
Ikigai
Y luego hay otro tema que siempre me ha dado cierto miedo, y es que no es lo mismo disfrutar de un hobby que convertirlo en tu trabajo. En su día me planteé estudiar Informática (viendo todo lo que me gustaba), pero decidí no hacerlo con ese pensamiento en mente. Es fácil tener fantasías con qué guay será la vida del programador, y luego llega la realidad y te obliga a hacer la enésima revisión de un formulario para un programa de facturación… y se acabó la gracia. No es lo mismo cocinar por gusto un arroz los domingos, que pasarse 12 horas encerrado en una cocina haciendo una y otra vez los mismos platos. No es lo mismo escribir un post cuando te apetece y como te apetece, que escribir ocho piezas al día de temas que no te interesan y sujeto a un manual de estilo ajeno o un proceso de revisiones. Etc.
Comer helados
No sé si todo el mundo lo viviría igual. Yo personalmente, con esa importancia que le atribuyo al factor «autonomía», veo muy difícil que cualquier actividad «hecha para otros» (y el otro es el que te paga) me fuese a llevar a un estado de flujo.
Aun así, es un tema que me ha hecho pensar. ¿Podría hacer más para ir hacia esa utopía?
Y también me ha generado curiosidad por ver cómo lo vivirán otras personas. ¿Qué les hace fluir a ellos? ¿Será lo mismo que a mí, o cosas completamente diferentes? ¿Habrán conseguido ganarse la vida viviendo en el estado de flujo? Si tienes alguna experiencia que quieras compartir… ¡los comentarios son tuyos!

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Abriendo caminos en tu memoria

El otro día, durante la conversación con Maribel Bainad sobre neurodidáctica, me vino a la mente una imagen metafórica que creo que viene muy al caso. Hablaba Maribel de cómo funciona nuestro cerebro, de las conexiones que se crean entre neuronas. Y de cómo esas conexiones se hacen más fuertes o se debilitan en función del uso que le demos, llegando incluso a desaparecer.
Mientras la escuchaba, lo que me vino a la mente es un camino en el campo.
Camino entre la vegetación
Si llegas a un campo virgen, o a una selva… todo es hierba, vegetación. Si quieres avanzar, tienes que crear el camino. A base de machetazos, si estás en la selva. O pisando la vegetación, si estás en un entorno un poco menos agresivo. En todo caso, si miras hacia atrás, puedes ver efectivamente tu rastro: las hierbas pisadas, el hueco que has abierto.
Pero… ¿qué sucede si ni tu ni nadie más vuelve a pasar por allí?
La vegetación, más pronto que tarde, vuelve a ocupar su lugar. Las hierbas ligeramente dobladas vuelven a recuperar su tono. Las que se han quebrado son sustituidas por otras nuevas. En un abrir y cerrar de ojos, no quedará ni rastro de tu paso. «Caminito que el tiempo ha borrado…»
Hace falta pasar otra vez. Y otra. Y otra más. Hay que quebrar las hierbas que ya existen. Hay que compactar la tierra para dificultar que crezcan otras nuevas. Así el camino se hace más perdurable.
Pero incluso así, nada es para siempre. Porque si se abandona poco a poco la naturaleza vuelve a tomar posesión de él. Ni siquiera el asfalto puede conseguir que, al cabo de los años de abandono, las hierbas vuelvan a ganar terreno.
Por eso es tan importante repasar de forma sistemática todo lo que aprendes. Y no una vez, sino de manera recurrente. Manteniendo el camino abierto, para evitar que desaparezca.
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La experiencia no es un grado


El otro día escuchaba una entrevista que le hacía Shane Parrish, en su podcast The Knowledge Project, a Michael Mauboussin. Y en ella, el invitado hacía una distinción que me pareció muy interesante. Y que me hizo pensar.
Decía Mauboussin que no es lo mismo «expertise» que «experience». No sé si en castellano podría ser «no es lo mismo ser un experto que tener experiencia». ¿Dónde está el matiz?

¿Qué es ser un experto?

Para Mauboussin, ser un experto implica disponer de un modelo predictivo que te sitúe en una mejor situación que otra persona a la hora de afrontar un problema o un reto. No significa que vayas a acertar el 100% de las veces, pero sí que estás en mejores condiciones para hacerlo con más frecuencia.
¿La experiencia puede ser considerada como sinónimo?

Los años de experiencia como criterio de evaluación

A mí siempre me ha chirriado eso de valorar los años de experiencia sin más. Por ejemplo eso de «acumular trienios» como recompensa por el mero transcurrir del tiempo. O utilizar «x años de experiencia en el puesto» como elemento destacado de un curriculum. Y mira que por mi edad es un criterio que ya va jugando a favor, pero…
Siempre he defendido que lo que importa es el desempeño. ¿Haces las cosas mejor, de forma consistente, que otros? Pues entonces te quiero a ti. Me da igual que sea por los años de experiencia, porque eres más listo, porque has ido a no sé qué universidad, porque tienes no sé qué master o porque utilizas unas herramientas de la leche. No me cuentes milongas de curriculum. Si de verdad la experiencia contribuye en algo a tu desempeño, demuéstralo.
El problema, claro, es que valorar el desempeño es algo más difícil que valorar «paso del tiempo». Por eso de forma más o menos inconsciente cambiamos la pregunta «¿Tendrá un buen desempeño?» por otras más fáciles de responder (como los años de experiencia, o si tiene no sé qué estudios), y actuamos en consecuencia. Lo cual a veces funciona… y a veces no.

¿Entonces la experiencia no cuenta?

Pues ésa es la cuestión. Que depende.
En un entorno estable, poco complejo… entonces sí. La acumulación de experiencia, el hecho de haber enfrentado un número limitado de problemas durante mucho tiempo… sí que te da esa capacidad diferencial, y puede ser tomada como una aproximación razonable al desempeño. La próxima vez que se presente ese problema tú, con tu experiencia, estarás en mejores condiciones de afrontarla que alguien nuevo.
En esas circunstancias, tener experiencia sí te convierte en un experto.

La experiencia en entornos complejos y dinámicos

¿Pero qué sucede cuando no hablamos de un entorno estable, sino altamente dinámico? ¿Cuando lo nuevo es distinto de lo viejo? ¿Qué sucede cuando los problemas son complejos, con múltiples relaciones y derivadas imposibles de acotar?
En esos casos, la experiencia pierde valor. Sí, es verdad, tú has afrontado un número X de problemas. Pero los problemas son diferentes cada vez, así que lo que has aprendido previamente no es directamente aplicable. Tus soluciones no son intrínsecamente mejores.
De hecho, la experiencia puede resultar contraproducente. Si te has acostumbrado a resolver las cosas de una determinada manera, tendrás tendencia a aplicar esa solución de forma preferente, casi automática. Aquello de que para un martillo todos los problemas son clavos. Estás menos abierto a explorar otros caminos, y por lo tanto estás limitando tu capacidad de resolver nuevos problemas.

El ejemplo de Moneyball

Mientras pensaba en todo esto, me venía a la cabeza la historia que cuentan en Moneyball, la película de Brad Pitt basada en la historia de Billy Beane.

Un mundo, el baseball, donde las cosas siempre se han hecho de una determinada manera. Donde un montón de personas, con mucha experiencia, toman las decisiones respecto a quiénes son los buenos jugadores.
Y cómo llega alguien y cambia toda esa visión, aplicando nuevos métodos (basados en este caso en las estadísticas y el análisis de datos), y generando un modelo contraintuitivo. Un modelo que todas las personas con experiencia miraban por encima del hombro. Y, sin embargo, ese modelo le permite tener mejores resultados. El experto no fue quien más experiencia acumulaba, sino precisamente el que desafió a la experiencia.

Reajustando el valor de la experiencia

Venimos de un mundo más tranquilo, más estable. Estamos acostumbrados a que «tener experiencia» y «ser experto» sean casi sinónimos. Incluso la sabiduría popular lo refleja: «la experiencia es un grado», «más sabe el diablo por viejo que por diablo». Estoy seguro de que incluso tú, que me lees, has tenido en alguna ocasión esa sensación de suficiencia al ver a alguien más joven haciendo cosas de forma presuntamente equivocada, y pensando por dentro «ay, alma cándida, ya te darás cuenta…»
Por supuesto, sigue habiendo ámbitos donde la experiencia aporta valor. No se trata de irnos al otro extremo, y considerar que la experiencia en sí misma es despreciable. Pero quizás debamos estar abiertos a pensar que experiencia y desempeño no van de la mano siempre a todos los sitios. Y que cada vez que nos refugiamos de forma acrítica en esa visión, estamos abriendo la puerta a que llegue alguien con una mente más abierta, con mayor disposición a hacer las cosas de forma diferente… y nos coma la tostada.

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Cinco viñetas sobre la importancia de practicar

La práctica hace al maestro

«La práctica hace al maestro». Eso dice la sabiduría popular, eso dice la ciencia… y también los dibujantes. He recopilado una serie de viñetas que hablan sobre la importancia de la práctica. Espero que te gusten y que, como a mí, te hagan reflexionar.
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«¿Sabes la diferencia entre un aprendiz y un maestro? Que el maestro ha fallado más veces de las que el aprendiz ni siquiera ha intentado» (Fuente: Stephen McCranie)
«¿Cómo puedes dibujar tan bien? Práctica…» (Fuente: Sarah’s scribbles)
«Es fascinante la cantidad de platos que hay que romper para llegar a tener algo parecido al éxito» (Fuente: Stephan Schmitz)
«Si lo dejo, nunca seré bueno» (Fuente: 72kilos)
«¿Cuánto costaría saltarse toda la práctica y llegar directamente a la perfección?» (Fuente: Mark Anderson)

[Entrevista] Maribel Bainad, neurodidáctica aplicada


Te traigo un nuevo episodio del podcast de Skillopment, en esta ocasión con Maribel Bainad. Maribel es cofundadora de Siltom Institute y creadora de TrainApp, una aplicación orientada a canalizar las principales conclusiones de la neurodidáctica de una forma práctica para incrementar el recuerdo (y por lo tanto la efectividad) del aprendizaje. A lo largo de la conversación repasamos qué vamos sabiendo sobre cómo funciona el cerebro, cómo impacta eso en nuestra forma de aprender, y qué podemos hacer nosotros para mejorar nuestra capacidad de hacerlo de forma eficaz.
He extraído algunos cortes a modo de resumen, y los he publicado en este vídeo:

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Éstos son los temas que han ido saliendo en la conversación:

  • 00:21 Maribel nos cuenta quién es, y el camino que llevó a una licenciada en Farmacia a interesarse por la neurodidáctica.
  • 08:58 Repasamos la experiencia de Maribel en el mundo de la formación, y la revelación que supuso para ella darse cuenta del cada vez mayor cuerpo científico relacionado con cómo funciona el cerebro a la hora de aprender.
  • 14:31 Comentamos algunas de las evidencias que van surgiendo en el ámbito de la neurodidáctica, y de cómo al final esas conclusiones van reforzando una intuición que todos tenemos: que para aprender de verdad hay que desarrollar una serie de estrategias quizás no demasiado atractivas (repasar a lo largo del tiempo, autoevaluarse, etc.) pero sí eficaces.
  • 22:15 Hablamos sobre «qué es aprender», y la diferencia entre aprender «para pasar un examen» (y luego olvidarse) y aprender «para adquirir habilidades y conocimientos» de verdad.
  • 27:45 Comentamos las dificultades existentes, tanto desde el punto de vista corporativo como del individual, para aplicar estas ideas con todas sus consecuencias. Al final nos exigen esfuerzo, tiempo, recursos… y nos cuesta dedicárselos.
  • 34:12 Entramos en el mundo de las neuronas, y en cómo es la fisiología del aprendizaje. La formación de sinapsis entre neuronas (y la necesidad de reforzar esa unión para que no se debilite), la neuroplasticidad o el carácter asociativo de la memoria.
  • 41:26 Repasamos algunas estrategias concretas para apoyar la forma en la que el cerebro aprende: repaso espaciado, autoevaluación, aprendizaje intercalado, relación con conocimientos previos, explicar a otros lo que aprendes, aplicación en proyectos prácticos… al final, se trata de interiorizar y automatizar lo que aprendemos, para tenerlo realmente disponible a largo plazo.
  • 59:51 Maribel nos cuenta cómo una aplicación como Trainapp puede ayudar a aplicar todas esas estrategias de una forma concreta.
  • 1:11:22 Reflexionamos sobre la sensación de que la metodología existe, la tecnología nos puede ayudar… y que lo que realmente hace falta es asumir el cambio de mentalidad a la hora de aprender.
  • 1:14:45 Para concluir, Maribel nos plantea una serie de recomendaciones orientadas a mejorar la manera en la que aprendemos.

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Induráin, Induráin, Induráin…

Recordando a Induráin

Quiero creer que sabes quién es Miguel Induráin. En fin, para la gente de mi quinta es un mito, un icono generacional… pero hace poco tuve una experiencia con gente 20 años menor, y descubrí con qué facilidad los iconos de una generación son una nebulosa (en el mejor de los casos) para la siguiente.

En fin. Miguel Induráin fue el ciclista fundamental de la primera década de los años 90. Las tardes de verano eran Miguel Induráin vestido de amarillo encima de su bicicleta. Imposible olvidar su estampa, un tío grande como un roble dando pedales. Especialmente en esas etapas de montaña en las que ponía su ritmo, sin levantar el culo del sillín, pim, pam, pim, pam… y el que pudiese, que le siguiera. Que no eran muchos.
Me acordaba hace poco de Induráin durante una de mis conversaciones de coaching, y lo vinculaba a nuestro rol como «knowmads» o como profesionales que prestamos servicios. Realmente mola la idea de ser Induráin: tener la fortaleza y la valentía para seguir tu propio camino, poner tu ritmo, con fuerza, no mirar atrás… pero… ¿es para eso para lo que estamos?

Induráin y los gregarios

La figura de Induráin contrasta con la del gregario, ese ciclista normalmente anónimo que hace un trabajo sordo y a la vez imprescindible en favor de su líder. El que tira cuando tiene que tirar (aunque eso suponga desfondarse), el que le corta el viento, el que baja para ayudarle si ha tenido un pinchazo o el que se deja caer al coche a recoger bidones de agua. En definitiva, el que no corre para sí mismo, sino subordinado a otros.
Claro, visto así… a uno le apetece más ser Induráin que ser gregario. Pero en realidad… ¿para que nos paga un potencial cliente? Pues no hace falta pensar mucho para llegar a una conclusión: para ponernos a su servicio. Para estar pendientes de ellos. Para darles lo que necesitan, ni más, ni menos.

Al servicio de otros

Hace tiempo comentaba con mi amigo Alfonso Romay como muchas veces nos acercamos a un cliente y descubrimos que lo que necesita es algo supersencillo, el ABC, cosas que para nosotros están tan superadas y son tan evidentes que nos parece hasta increíble. A nosotros el cuerpo nos pide más, nos pide ir más lejos, proponer algo más complejo que suponga para nosotros un reto intelectual. Nos pide, en definitiva, ser Induráin, pensar en nosotros, poner nuestro ritmo y no mirar atrás.
Pero eso no es útil. No es nuestra función. Tenemos que ponernos al servicio del cliente, adaptarnos a lo que necesita. Ser su gregario. Porque nuestro objetivo no es destacar, no es ganar la carrera, sino ayudar a otro a que haga la suya.
Y oye, si te apetece ser Induráin… ¡adelante! Pero no esperes que un cliente te pague por ello…

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Ser efectivo te ayuda a aprender más y mejor


Hace unos días tenía una interesantísima conversación con José Miguel Bolívar en la que hablábamos sobre efectividad y aprendizaje. Realmente, tal y como comento en la entrevista, creo que hay una relación muy importante entre ambas materias: no sólo porque la efectividad sea una competencia susceptible de ser aprendida (que lo es), sino también porque ser efectivo contribuye a que aprendas más y mejor.
Durante la entrevista abordamos este tema, pero creo interesante rescatar cuáles son, desde mi punto de vista, las formas en las que la efectividad contribuye al aprendizaje (nota: haré referencias a GTD como metodología de efectividad, porque es lo que más conozco, pero sólo como excusa para elaborar el argumento).

  • ¿Qué pinta un aprendizaje concreto en nuestra vida? Es fácil ilusionarse por «querer aprender cosas», y meternos en distintos procesos de aprendizaje, pero… ¿realmente es algo que queremos en nuestra vida? Desde una perspectiva de efectividad se hace mucho énfasis en hacer una visión panorámica de nuestras prioridades a medio-largo plazo (los distintos «niveles» de GTD, o las piedras grandes y pequeñas de Covey). ¿Qué lugar ocupa realmente ese aprendizaje en nuestras prioridades? ¿Cómo contribuye a nuestros objetivos a largo plazo? Es una reflexión que puede servir para filtrar lo que realmente queremos aprender y lo que no.
  • La definición de «proyecto» en el ámbito de la efectividad es bastante exigente. Nos obliga a ponernos en «modo visión», en entender bien cuál es nuestro «lugar de llegada». No basta plantearse «aprender inglés», hay que profundizar más… ¿qué nivel quiero alcanzar? ¿Para qué lo voy a usar? ¿Cómo sabré que efectivamente he alcanzado lo que quería alcanzar? Fortalecer y tener constantemente presente esta «visión de llegada» puede ser muy útil para acotar y dirigir nuestros esfuerzos de aprendizaje.
  • El hábito de capturar es otro elemento esencial de las metodologías de efectividad. Constantemente, durante un proceso de aprendizaje, surgen «hilos» de los que ir tirando. Alguien te recomienda un libro, en ese libro se recomiendan otros autores, otro día ves una charla en la que aparecen cinco conceptos nuevos, se te ocurren tres ideas sobre cómo poner cosas en práctica… Ante esto, corremos dos riesgos: uno, el lanzarnos «como pollos sin cabeza» tras cada hilo que aparece, consiguiendo dispersar nuestra atención y nuestros esfuerzos. O dos, «dejar pasar» esos hilos sin apuntarlos («ya me voy a acordar, seguro») sólo para descubrir que al cabo de un rato lo hemos olvidado. Por eso, cultivar el hábito de capturar (solo capturar; ya habrá momento de procesar) puede venirnos muy bien.
  • Procesar es el hábito complementario a la captura. Sí, has identificado un montón de hilos de los que tirar… y ahora es el momento de decidir qué hacer con ellos. ¿Qué es, qué significa, qué me aporta? ¿Cómo encaja en nuestro esquema global de aprendizaje? ¿Los abordamos directamente? ¿Los dejamos para más adelante? ¿Los archivamos? Siempre hay más cosas por hacer que tiempo para hacerlas, así que es necesario aplicar un filtro consciente a todo lo que se nos acumula.
  • Las metodologías de efectividad ponen el foco en la acción. El concepto de «next action» en GTD obliga a ser muy exigente en la definición de tareas. «Aprender inglés» no es una tarea. «Leer el libro de inglés» no es una tarea. «Hacer los ejercicios 1 al 5 de la página 48» sí es una tarea. Si somos capaces de destilar una «intención» hasta convertirla en una acción concreta (que ya habremos valorado si queremos hacer o no, cómo contribuye a nuestros objetivos, etc…), luego seremos mucho más capaces de «ejecutar» sin perder tiempo en replantearnos las cosas.
  • El hábito de la revisión es fundamental de cara a la efectividad. Ser capaces de parar y plantearnos dónde estamos con nuestro proyecto de aprendizaje. ¿Tenemos claro por dónde estamos avanzando? ¿Qué está funcionando y qué no? ¿Sigue siendo relevante este aprendizaje? ¿Por dónde debemos avanzar?

Muchas veces decimos que nos falta tiempo para aprender. Pero como dice José Miguel en la entrevista, «no nos falta tiempo; nos falta foco». La efectividad nos puede ayudar mucho a ganarlo.
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¡Hablemos de coaching, cojones ya! (con Alberto Mallo)

Parafraseo el exabrupto de Arrabal para titular el nuevo episodio del podcast «Diarios de un knowmad». En el que (sorpresa) hablamos de coaching para profesionales. Como ya sabréis los más habituales, llevo unos meses acercándome (desde la distancia y descreimiento inicial) a esto del coaching. Y para guiarme en ese camino le pedí ayuda a mi amigo Alberto Mallo, compañero de fatigas consultoriles desde principios de siglo. En una de nuestras conversaciones le sugerí, «¿por qué no grabamos una entrevista hablando de estas cosas?». Y dijo que sí.
En la recapitulación final de la conversación nos surgía la inquietud derivada de hablar sin tener un feedback directo de los escuchantes… y de ahí ha salido la idea de «abrir las líneas» para que cualquiera pueda dejarnos sus preguntas, sus inquietudes, sus críticas… y si funciona, tendremos una nueva conversación en formato «preguntas y respuestas». Así que ya sabes, si te apetece resolver alguna cuestión sobre coaching, déjame un email en rahego (arroba) gmail.com y la abordaremos más adelante.
Dejo aquí el audio de la entrevista. Y ya sabes, si te gusta puedes suscribirte al podcast en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

Éstos son los temas que han ido saliendo en la conversación:

  • 01:00 – Cuento qué me llevó inicialmente a acercarme al coaching, cómo surgió la idea de pedirle ayuda a Alberto… y la sorpresa que le di al hacerlo.
  • 06:22 – Le pregunto a Alberto qué le sedujo a él del coaching, especialmente viniendo de su formación como psicólogo. Hablamos del carácter ecléctico y pragmático del coaching, en el sentido de que incorpora elementos de distintas disciplinas y lo hace con una vocación de «hacer que funcione».
  • 12:00 – ¿Qué aporta trabajar con un coach? ¿Para qué y para quién puede servir?
  • 19:05 – Hablamos de las barreras que puede tener cualquier persona a la hora de pensar en el coaching como herramienta útil, desde el desconocimiento, la desconfianza o las expectativas difusas.
  • 23:44 – Comentamos los factores de éxito de un proceso de coaching, donde lo relacionado con el «coachee» tiene mucho más que ver que con lo relacionado con el coach. Un coach normalito puede ser suficiente para una persona motivada, pero ni el mejor coach del mundo puede hacer nada con una persona que no pone de su parte.
  • 26:05 – Reflexión sobre el coaching como proceso, como algo que «empieza y termina», con unos objetivos concretos. Nada de acompañamientos eternos, se trata de generar aprendizaje y autonomía.
  • 30:22 – ¿Qué resultados ha observado Alberto en su trabajo como coach? Hablamos sobre todo de gente haciendo cosas que durante mucho tiempo consideraban fuera de su alcance, del efecto liberador que eso tiene, y de lo que pasa una vez que empiezan a encadenarse acciones.
  • 36:11 – Entramos en terreno de críticas. La intangibilidad del coaching hace que sea fácil verlo con desconfianza, y desde ahí acusar de «vendehumos«, de «charlatanes«, de «abusar de la fragilidad de otros«… Juicios legítimos, que tendrán su origen (como todos los juicios, también los nuestros). También cuestionamos hasta qué punto algunos coachs se deslizan hacia el «mrwonderfulismo» y si eso tiene sentido o no (siendo como es el coaching un proceso esencialmente individual, poco sujeto a «mensajes generales»… ¿Son obviedades? Posiblemente, pero las cosas que resultan obvias para unos no lo son para otros (para mí, que nunca he fumado, me puede parecer ridículo que alguien sea incapaz de dejarlo… pero ahí están) y lo importante es el proceso de descubrirlo.
  • 53:58 – Hablamos del coaching como habilidad interesante para tu mochila profesional, cómo aporta una forma de ver el comportamiento de las personas y herramientas para gestionarnos a nosotros mismos y a los demás.
  • 59:46 – Preguntado sobre la mejor manera de acercarse (como coachee o como coach) al mundo del coaching, Alberto sugiere simplemente probar (en muchas escuelas de coaching es habitual que soliciten voluntarios para hacer de «conejillos de indias», yo mismo lo he hecho). Y a partir de ahí valorar.
  • 1:02:00 – En las reflexiones de cierre, hacemos un poquito de recapitulación. La sensación es de haber hablado de muchas cosas, y queda la inquietud de saber si habremos respondido al interés de quienes escuchan… y de ahí surge la idea de lanzar una «sesión de preguntas y respuestas».

[Entrevista] José Miguel Bolívar, efectividad y aprendizaje


¿Qué es la efectividad? ¿Cómo se aprende a ser efectivo? ¿Cómo nos puede ayudar la efectividad para aprender cualquier otra cosa?
Te traigo un nuevo episodio del podcast de Skillopment, en esta ocasión con José Miguel Bolívar. José Miguel es consultor artesano en efectividad, uno de los principales expertos en la materia, licenciatario del método GTD en España y un viejo conocido del blog al que ya tuve ocasión de entrevistar en el pasado en su faceta de profesional independiente.  La efectividad y el aprendizaje son dos de sus grandes pasiones, y de esa relación (cómo se puede aprender a ser efectivo, y cómo ser efectivo te ayuda a aprender) hablamos a lo largo de toda la entrevista.
Recuerda que puedes revisar todos los episodios del podcast, y suscribirte al mismo tanto en iVoox como en iTunes.

Éstos son los temas que han ido saliendo en la conversación:

  • 01:30 – Empezamos definiendo qué es la efectividad (y su diferencia con eficiencia y eficacia), y su carácter de competencia transversal, su importancia para el trabajador del conocimiento y lo «antinatural» que resulta a priori.
  • 11:30 – Repasamos la trayectoria de José Miguel, su relación con la efectividad a lo largo del tiempo (su descubrimiento del método GTD, los inicios de su blog, la creación de ÓptimaLab…), y cómo finalmente acaba haciendo de ello su profesión.
  • 27:10 – Volvemos al carácter de la efectividad como competencia y, como tal, algo desarrollable. ¿Cómo se puede desarrollar la efectividad?
  • 31:03 – Hablamos de su carácter de hábito, y los límites de «un curso de formación» para generar transformación. El proceso de aprendizaje es largo y exigente, y no puede ser de otra manera. También comentamos la importancia de la «aplicación práctica» del aprendizaje a tu propia realidad, vs. un aprendizaje de conceptos genéricos.
  • 38:03 – El elemento crucial del aprendizaje es la motivación. No de «estar ilusionado», sino de «tener motivos» que compensen el esfuerzo que conlleva el aprendizaje.
  • 40:55 – ¿Qué errores comete la gente cuando aborda este aprendizaje? ¿Qué elementos diferencian a quienes lo consiguen de quienes no? Hablamos de la falta de humildad (la «ilusión de conocimiento» que nos hace despreciar los métodos existentes), la aversión al esfuerzo (cuando la realidad es que si nos cuesta es que está funcionando, porque estamos cambiando nuestros hábitos inconscientes), y la falta de perseverancia (la necesidad de aguantar «los baches» del proceso). Como dice Francisco Alcaide, el compromiso es hacer lo que es necesario durante el tiempo necesario.
  • 52:40 – ¿Cómo puede la efectividad ser útil de cara a cualquier otro proceso de aprendizaje? Me refiero a los problemas más habituales que la gente afirma que tiene para aprender, y cómo la efectividad puede ayudar a definir la visión, a tener clara la motivación («la gente confunde la motivación con la intención»), a mantener el foco («sobra tiempo, falta foco»), el papel de las revisiones… y cómo dedicar tiempo a los hábitos efectivos puede, de forma aparentemente paradójica, ahorrarnos tiempo a futuro. (Relacionado: Ser efectivo te ayuda a aprender más y mejor)
  • 01:07:06 – Comentamos otras competencias transversales que pueden estar a la par con la efectividad en términos de importancia. Hablamos de pensamiento crítico, de aprendizaje, de comunicación efectiva, negociación…

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Cuatro imprescindibles para tu mochila profesional

Esta semana participé en la «III Semana Empresa en el Aula» organizada por la Facultad de Ciencias Empresariales y del Trabajo de Soria. Mi objetivo era trasladar a los estudiantes universitarios algunas ideas sobre su futuro profesional con la esperanza de que les sirviese como llamada de atención.

Tras una vida de certidumbres…

La vida del estudiante no es fácil: clases, apuntes, trabajos, horas de estudio, exámenes… por supuesto, todo eso está ahí. También, no nos vamos a engañar, una nada desdeñable parte lúdica. Pero si algo caracteriza la vida del estudiante es la certidumbre. Desde que entras en el sistema educativo, todo está diseñado como un camino perfectamente delimitado. Empiezas en la educación infantil, luego va la primaria, luego va la secundaria, el bachillerato, la universidad… cada una de esas etapas con los pasos bien claros: primero, segundo, tercero… hay alguien que define «qué tienes que estudiar», «de qué te vas a examinar»… y quitando un par de decisiones puntuales el resto del tiempo sabes a qué atenerte.

Pero eso llega a su fin. Estás a punto de terminar la carrera… ¿y después qué? Algunos buscan en un master la prolongación de la vida del estudiante. Y funciona, sí. Durante unos meses. Pero al acabarlo, la pregunta es la misma. ¿Y ahora qué?
Hice un ejercicio con los asistentes a la charla, en el que les pedía que expresasen con palabras concretas las sensaciones que tenían respecto al futuro. Y éste es el resultado…

Miedo, incertidumbre. Normal…

Yo he estado allí

¡Cómo no empatizar con ellos! No hace tanto (bueno, el tiempo es relativo) yo era un jovencito universitario exactamente en la misma situación. Después de años con una visión bastante clara de lo que deparaba el futuro, me enfrentaba a lo desconocido, a un viaje con destino incierto.

Y ahora, veinte años después, estoy en condiciones de contarles qué es lo que hay al otro lado. Lo que no sé es si les gustará lo que tengo que decirles… porque son una serie de verdades incómodas.

Antes de hacer el equipaje…

Si vas a iniciar un viaje… ¿qué metes en tu maleta? Pues depende, claro. Depende del tiempo que vaya a hacer, porque no es lo mismo ir a un destino soleado, con 25 grados de temperatura, que ir a un escenario de viento, lluvia y frío.
¿Qué metemos en el equipaje para nuestro viaje profesional? Pues veamos qué dice la previsión del tiempo…

  • La incertidumbre no termina: podría existir la esperanza de que, pasados unos primeros momentos de adaptación al mundo laboral, la cosa se calma y puede uno volver a estar tranquilo. Vana esperanza. La incertidumbre es la norma, y cada vez más. La tecnología, la demografía, los cambios sociales… todo se acelera. Las normas cambian cada dos por tres. Tendremos muchos trabajos, en muchos ámbitos distintos. No hay forma de relajarse y dejarse llevar. Seremos como Sísifo, condenados una y otra vez a reinventarnos.
  • Nadie nos debe nada: no, da igual que tengas dos carreras y un master. Nadie te debe nada. Nadie tiene por qué asumir la responsabilidad de solucionarte la vida. ¿Es un desengaño para ti? Quizás alguien te prometió lo contrario. O quizás a ti te resultó más cómodo entenderlo así. El caso es que no sucede. Y si te quedas esperando a que te den «lo que te deben»… lo llevas crudo.
  • Hace falta valor: pero no del de «ser valiente», sino del de «ser valioso». «De la petanca no se puede vivir», parece claro. ¿Y qué te hace pensar que de «lo que haces tú» sí, así por decreto? No, las cosas no funcionan así. ¿Por qué alguien va a desprenderse de parte de su dinero? Sólo si lo que tú le aportas a cambio le compensa, si le aportas un beneficio mayor que aquello a lo que renuncia. Ése es el punto de partida. Y luego a ver cómo está la oferta y la demanda en ese campo… porque el que tiene más alternativas para elegir tendrá la sartén por el mango.

Al mal tiempo… paraguas

Ojalá la previsión del tiempo fuese diferente. Pero es la que es, y el viaje hay que hacerlo de todas maneras. Así que veamos, ¿qué metemos en nuestro equipaje? ¿Qué habilidades y herramientas nos pueden ser útiles para afrontar un futuro profesional incierto? Aquí van cuatro:


 
No están todas las que son, pero seguro que sí son todas las que están. Meter todas estas cosas en tu mochila no hará que el tiempo cambie, pero te ayudará a sobrellevarlo mejor. Y desde luego, éstos no son consejos que valgan sólo a «jóvenes universitarios». La previsión del tiempo es la misma para todos. Y en realidad todos estamos haciendo el mismo viaje.
Sigamos caminando.