Perlas

Siempre me ha llamado la atención el proceso de formación de una perla. Un cuerpo extraño cae en un molusco, y éste reacciona empezando a recubrirlo de nácar. Poco a poco, capa a capa, lo que era una pequeña partícula evoluciona hasta convertirse en algo mucho más grande.
Me gustan los proyectos que se forman igual que una perla. Que empiezan siendo algo pequeñito, que involucran a pocas personas, a veces incluso a una sola. Que evolucionan poco a poco, a su ritmo. Que van sumando voluntades y afinidades de forma natural, sin prisas, sin imposturas. En los que existe una verdadera implicación por parte de todo el mundo, en los que sólo están los que realmente quieren estar, donde las complicidades y los objetivos comunes son la piedra angular, donde compartir la experiencia es más importante que los resultados tangibles. Son proyectos, por definición, ilusionantes; porque cuando dejan de serlo, cuando uno no se encuentra agusto, simplemente se aleja de ellos.
Lamentablemente, parece que estos proyectos tienen que quedar circunscritos al ámbito personal; las empresas tienen que ganar dinero, y tienen que ganarlo ya, y hay que controlarlo todo… y eso de dejar que las cosas simplemente «pasen» no es una opción . Y ni siquiera en el ámbito personal estaremos a salvo, porque incluso ahí tienden a aparecer urgencias, imposiciones, agendas ocultas… que dan al taste con la motivación intrínseca. A falta de ésta, tanto en la empresa como fuera, buscamos otras motivaciones; el dinero, el status… pero el resultado difícilmente será igual. Y desde luego la experiencia durante el proceso no será ni comparable.
Foto: K8monster1

Quiero un Ferrari

Un hombre entra en un concesionario de coches de lujo. Se acerca a un precioso Ferrari, y le dice a uno de los vendedores: «Quiero este Ferrari»
– «Excelente elección, caballero»
– «¿Cuál es el precio?»
– «200.000 euros, señor»
– «¿Cómo dice? ¿200.000 euros? ¿Se ríe de mí?»
– «Disculpe, señor, no le entiendo…»
– «Acabo de estar en otro concesionario, y me venden un Dacia Logan de segunda mano por 5.000 euros»
– «Ya, señor, pero entenderá usted que hay ciertas diferencias…»
– «¿Diferencias? Un coche es un coche: un motor, cuatro ruedas, un volante…»
– «En ese caso, señor, le sugiero que adquiera usted el Dacia Logan que seguro le dará grandes satisfacciones»
– «Pero es que yo quiero un Ferrari. Mire, haremos una cosa, le ofrezco 10.000 euros y no se hable más…»
Exagerado, lo sé. Caricaturesco. Pero lo cierto es que a la hora de vender un producto (y no digamos un servicio), siempre te vas a encontrar potenciales compradores que te esgriman que «me ofrecen ‘lo mismo’ por menos dinero». Y seguramente lo del «menos dinero» sea cierto. Pero lo de «lo mismo» habría que verlo, porque es muy difícil que dos cosas sean «lo mismo».
¿Cuánto vale esa diferencia? Difícil establecerlo en términos objetivos, porque el valor es algo completamente subjetivo y más cuando hay un conjunto de características intangibles más difíciles de medir. Pero por eso mismo, estamos plenamente legitimados a establecer, para aquello que vendemos, cuál es el valor que creemos que aporta (y por consiguiente a fijar el precio que consideremos oportuno). Siempre habrá quien, como el del Ferrari, no esté de acuerdo con esa valoración (o peor aún, esté de acuerdo pero intente jugar con nosotros para no pagarla), pero no por ello tenemos que claudicar. Mientras haya otros clientes que sí aprecien ese valor diferencial, y estén dispuestos a pagarlo, es a ellos a quienes tenemos que dirigirnos.
Y mientras tanto, si alguien está convencido de que un Dacia Logan le vale lo mismo que un Ferrari… que se lo compre.
Foto: 98octane

Quedarse enmedio de la pista

No soy un jugador intensivo de tenis. Tengo raqueta, pero juego muy de higos a brevas. De chaval fui un par de años a unas clases (a las que me apuntaron mis padres con la nada disimulada intención de que no me pasara el día pegado al ordenador… viendo los resultados me temo que el plan no funcionó :D) en las que descubrí que no tenía talento ninguno. Pero al margen del frío que llegué a pasar (las clases eran en las afueras de Salamanca, a primera hora de los sábados… el paseo mañanero en invierno era terrible), también recuerdo algunos conceptos.
Uno al que le vengo dando vueltas últimamente tiene que ver con el estilo de juego. Nos decía el entrenador que podíamos jugar en el fondo. O podíamos subir a la red. Las dos estrategias podían darnos resultados. Pero lo que no podíamos hacer nunca era quedarnos en el medio de la pista, ni delante ni detrás, porque en ese caso nos pasarían con suma facilidad y estaríamos a merced del rival siempre.
¿Cuántas veces tenemos una idea, definimos una estrategia, nos ponemos en marcha… pero luego por inseguridad, falta de dedicación, indecisiones… no ponemos toda la carne en el asador para ejecutarla? Es el equivalente de, jugando al tenis, decidir que vamos a subir a la red y, cuando estamos a medio camino, empezamos a pensar que «no debería haber subido, igual todavía puedo volver atrás, ¿qué hago?». Y allí, dubitativos en el medio de la pista, es imposible que ganemos el punto.
Hay que decidir. ¿Quieres jugar en el fondo? Pues venga, a pegarle a la pelota ¿Quieres subir a la red? Sube, con decisión, con todas las consecuencias. De una forma o de otra puede que ganes o puede que no, pero al menos tendrás tus oportunidades. Lo que es seguro es que, si te quedas enmedio de la pista, estás perdido.
Foto: DaveMont

La discreción del consultor

En un post de hace un tiempo, cuando hablábamos de «qué hago yo», ponía sobre la mesa Dondado que en muchas ocasiones vendría bien hablar de los proyectos concretos en los que te involucras para, a través del ejemplo práctico, explicar qué haces y cómo lo haces.
Y tiene razón, sería una forma estupenda de «mostrarse al mundo». Sin embargo yo soy de los que piensa que, especialmente cuando uno está trabajando para un tercero, la prudencia y la discreción son un valor.
En primer lugar, en muchas ocasiones te llaman para hacer cosas que no son precisamente «positivas». Una reorganización, un cambio de estructura retributiva, una evaluación de equipo directivo… son proyectos que pueden tener unas consecuencias negativas para algunas personas. De hecho, me atrevería a decir que casi cualquier proyecto de consultoría implica consecuencias «no deseadas», o al menos seguro que hay quien las interpreta así. La gestión de la comunicación se convierte en algo muy importante, y «radiar en directo» la evolución del proyecto (incluso su mera existencia) abriría una brecha importante en esa gestión.
Pero es que, incluso no teniendo consecuencias «negativas», es más que posible que la empresa cliente no quiera publicar a los cuatro vientos que está abordando determinados proyectos, porque a nadie le importa si se está planteando nuevos retos estratégicos, si va a a entrar o a salir de un mercado, si va a expandirse o a replegarse, si considera que tiene un problema organizativo o de gestión de personas… por lo tanto, se impone de nuevo la discreción.
Antes, cuando era un «consultor anónimo», no suponía un problema. Podía hablar de cualquier proyecto en el que estuviese involucrado (o de batallitas cotidianas dentro de mis empresas), al nivel de detalle que quisiese… que mientras no diese demasiados detalles de la empresa concreta (nombre, sector, etc.) nadie podría llegar a hacer una conexión plausible entre las situaciones que yo contara y un proyecto real (y las personas protagonistas) con nombre y apellidos. Pero claro, entonces tampoco me valía de mucho (más allá del desahogo o del compartir experiencias); la barrera del anonimato tampoco me permitía aprovecharme de esa «política de puertas abiertas».
Pero después, una vez que empecé a «firmar» con nombre y apellidos (incluso antes; desde el primer momento en el que empecé a asistir a eventos y a darme a conocer como «yo soy el que escribe el blog»), empecé a ser más precavido. Cualquier cosa que escribiese «basada en hechos reales», por mucho que procurase dar los menos detalles posibles, podría llegar a ser relacionada con empresas y personas concretas. Y según qué temas abordase, y cómo los abordase, esa identificación podría llegar a ser una fuente de conflicto. Y como tampoco me gusta demasiado lo de «edulcorar la realidad» (contar las cosas buenas callándome las regulares)… llegas a la conclusión de que lo más prudente es la discreción; abordar temas de forma general, o dejar pasar el suficiente tiempo como para que la identificación entre la historia que cuente y la situación real que la originó se difumine.
El resultado, soy consciente, es un blog menos «vibrante». A veces echo de menos aquella libertad para «rajar» (sin necesidad de ponerle nombre y apellidos a los protagonistas de las historias; nunca he tenido alma de camorrista). Dejar atrás el anonimato me aportó muchas cosas positivas, pero en el camino perdí también otras.
Foto: borghetti

La vida y la gasolina

Lo leí en un tuit de Jeroen Sangers, que citaba a Tim O’Reilly:

El dinero es como la gasolina durante un viaje; no quieres quedarte sin ella en el camino, pero no planificas el recorrido buscando gasolineras.

Me gustó, me hizo pensar. Cuando uno planifica un viaje lo hace pensando qué quiere ver, dónde quiere ir, qué quiere hacer. Ésos son sus objetivos. Luego, claro, necesitará gasolina (mucha o poca) para llegar allí. Pero la gasolina es algo instrumental, al servicio de los objetivos, y no al revés.
En la vida también deberíamos hacer lo mismo. Plantearnos nuestros objetivos vitales, qué queremos hacer, qué experiencias queremos, qué estilo de vida buscamos. Y en función de eso, necesitaremos dinero para cumplir esa visión. Pero, de nuevo, el dinero es instrumental y al servicio de los objetivos. Sin embargo, en demasiadas ocasiones nos encontramos atrapados en una dinámica perversa en la que «conseguir dinero» es lo primordial, y organizamos nuestra vida entorno a ello aunque eso suponga «vivir mal» (en horarios, preocupaciones, ausencia de tiempo, dejar de lado lo que nos gusta, a nuestros amigos, a nuestra familia, nuestros hobbies…). Nosotros solos nos metemos en la «carrera de la rata» y al final acabamos preocupándonos más de las gasolineras que de ir a donde queríamos ir.
Foto: Svadilfari

¿Kindle DX o iPad?

Lo noto. Está creciendo en mí. Mi ansia consumista lleva un tiempo dormida, y se está despertando…
La ruidosa aparición del nuevo aparatito de Apple, con una acogida (cuantitativa y cualitativa) bastante notable, me ha llevado a pensar que «yo quiero uno de esos». O no. En esas ando, pensando a ver qué quiero realmente.
Porque la verdad es que no necesito otro ordenador. Lo normal es que mi día a día se desarrolle cerca de mi ordenador de sobremesa. Si algún día viajo, no tengo «el mono»; me basta y me sobra con mi móvil actual (ni siquiera siento la necesidad de un iPhone/Android/loquesea; molaría, estaría chulo, pero no lo necesito). Así que… ¿qué me iba a aportar otro chisme tipo iPad? Si valiese 50 euros vale, pero es que vale 500… y me aterra gastarme ese dinero en un chisme que empiece a coger polvo por falta de uso.
En realidad, hay algo que no hago en el ordenador: leer documentos. Tengo un buen montón de pdf’s que voy almacenando, «ya los leeré». Pero me cuesta mucho sentarme delante de la pantalla para hacerlo. Si tengo que «echarles un vistazo» en busca de una información rápida no hay problema, pero si pretendo hacer una lectura sosegada… simplemente, no lo hago. Y ahí están, languideciendo en mi disco duro. Y sí que creo que, si tuviese un dispositivo cómodo para llevarme al sofá (no un portátil, que estamos en las mismas) o a la cama… le sacaría bastante partido.
Y ahí es donde entra en juego el Kindle DX. Mucho menos «fashion» que el iPad, pero mucho más adaptado a su uso concreto como lector de documentos. Más ligero. Con tinta electrónica (menos agresiva para la vista). Eso sí, no permite hacer casi nada más que «leer documentos». Y hay cosas que se parecen bastante a «leer documentos» (como por ejemplo leer los feeds a los que estoy suscrito, o las webs que me voy guardando «para leer más tarde«) que se quedarían fuera (o no, tengo que ver si hay algún «truco» para poder hacerlo). Y luego está el asunto del precio, porque el Kindle DX es otro pico…
Me gustó a este respecto la reflexión que hacía Antonio Ortiz el otro día. Realmente yo no necesito un aparato para «hacer lo mismo que ya hago durante todo el día en el ordenador, pero ahora sentado en el sofá». Ni tampoco viajo tanto como para necesitar «algo parecido a un ordenador pero más ligero». Lo que quiero es algo cómodo que me permita hacer «cosas que podría hacer en el ordenador pero no hago».
Parece que la reflexión racional me lleva hacia una opción…

Gastos desgravables

Al hilo del post anterior (donde hablábamos sobre la factura de un fin de semana en una casa rural), preguntaba Pau por una cuestión interesante respecto a qué consideramos un «gasto desgravable» o no.
Empezando por el principio: yo no me considero un adalid de la pureza fiscal, cometo mis pecadillos. Tampoco me considero un «defraudador» que intenta colar cualquier cosa para sacarle unos eurillos a la hucha común. Y me explico:
La normativa es bastante clara: gastos imputables a la actividad profesional se pueden desgravar, otros no. Pero claro, luego ese criterio se choca con la realidad. Por ejemplo, yo trabajo en un despacho habilitado en mi piso… pero no puedo (siguiendo recomendaciones de mi asesor) desgravarme una parte proporcional del alquiler. Yo trabajo intensivamente con internet, pero no puedo desgravarme las cuotas del teléfono y del ADSL porque, al ser una línea ubicada en mi domicilio… También, a lo largo de la actividad, incurres en algunos gastos de los que supone más problema tener facturas para acreditarlos (p.j. los dominios o el hosting que compras en Estados Unidos, los peajes de las autopistas, pequeñas compras de material de oficina, pequeños gastos tipo cafetería o parking, etc.), con lo que al final los acabas dejando pasar (y por lo tanto no los desgravas; a efectos de IRPF sí hay una partida de «gastos de difícil justificación», pero a nivel IVA no).
En puridad, por tanto, hay gastos imputables a la actividad profesional que acabas no imputando. Así que, en compensación, acabas imputando algunos gastos que tienen más de personal que de profesional (un día que comes con unos amigos, el ordenador de casa, la gasolina que imputas al 100% aunque obviamente no siempre me desplazo por motivos profesionales, la factura del móvil aunque no es de uso 100% profesional… ).
Siempre procuro mantenerme dentro de lo razonable, tanto en cantidades como en «verosimilitud». Es «creíble» que hayas tenido una comida de negocios (aunque tú sepas que eran unos amigos), es creíble que te desplaces por trabajo (aunque tú sepas que también estás metiendo desplazamientos personales), es creíble que tengas un móvil de uso profesional (aunque sepas que lo usas indistintamente), es creíble que necesites comprar un ordenador cada 2 años (aunque tú sepas que lo compras cada 4). A medida que un gasto se aleja de esos criterios, me siento más incómodo y no lo imputo.
¿Me considero en ese sentido un «defraudador»? Francamente, no. Facturo todos mis trabajos, pago religiosamente el IVA y el IRPF… Sí, alguna vez imputo algún gasto que, si viniese una inspección y se pusiese estricta y con ganas de buscarme las vueltas, tendría difícil justificación… y probablemente mis explicaciones de «también hay cosas que debería imputar pero no imputo» no servirían como excusa. Pero creo que siempre sería «el chocolate del loro», y además lo entiendo más como «lo comido por lo servido».
Seguro que hay quien opina que hay que ser más pulcro, y que mi razonamiento suena más a «justificación» que a otra cosa. Asumo esa crítica; si alguien busca la pulcritud extrema, yo no soy un ejemplo. La verdad es que no tendría inconveniente en ser más pulcro si esa pulcritud fuese en los dos sentidos, y si ser 100% pulcro no implicase un nivel de papeleo fuera de lo razonable… la verdad, creo que saldría ganando.

La factura

Este último fin de semana lo hemos pasado en una casa rural. Bien, todo correcto. Llega la hora de pagar, y la mujer nos entrega un recibo. Yo andaba liado con las maletas y no me di cuenta: ¿y la factura? Bueno, no importa, se la pido por mail cuando llegue a casa. Así lo hago, indicándole los datos de facturación, y la mujer me envía escaneado… el mismo recibo (por supuesto, sin ningún dato). Ahí ya me mosqueé. Porque una cosa es que la mujer esté acostumbrada a no dar factura (y por lo tanto, a meterse todos los ingresos en el bolsillo sin declararlos ni en la renta ni en el IVA ver actualización al final del post), y otra es que cuando se la pidas expresamente te tome por tonto y pretenda que te quedes con el recibo.
Así que le respondí: «No te preocupes por la tardanza, que no corre prisa. Sin embargo, me has enviado el recibo, que es algo que ya tenía. Lo que te he pedido es la factura (con vuestros datos fiscales, el importe total que hemos pagado, el IVA desglosado, etc.), porque entiendo que el negocio de la casa rural está legalmente dado de alta (bien como persona jurídica, o bien facturando como autónomos), declaráis los impuestos correspondientes… y por lo tanto emitís facturas de los servicios que prestáis.»
Y ya, por fin, me ha mandado la factura. Y una queja «te mando la factura, pero tus preguntas tan suspicaces no han sido de mi agrado, no tenias más que haberme pedido todos los datos cuando estuviste en mi casa. Soy autónoma, tengo licencia fiscal, apertura de la casa por parte de todos los estamentos oficiales DGA, Ayuntamiento etc.»
Lo cual confirma mi teoría. Porque me había llegado a plantear que, quizás, la mujer se había puesto a alquilar la casa sin tener mucha idea, sin dar nada de alta, sin saber siquiera qué era una factura (y pensaba de buena fe que con el recibo cumplía), y de ahí que cuando yo le pedía la factura no sabía de qué le hablaba. No me cuadraba mucho (tampoco daba el perfil de «alelada», y la casa estaba montada lo suficientemente bien como para pensar que estaba hecho «por lo legal»), pero era una opción. Pero si ya me dice que sí, que es autónoma y demás… entonces sabe perfectamente qué es una factura, sabe perfectamente que su obligación es facturar (edito porque esto es relativo… ver actualización al final del post)… y ha intentado escurrir el bulto. No sólo en primera instancia (en el momento del pago), sino (lo que más me ha mosqueado) después cuando expresamente le he pedido la factura.
De hecho, en una casa que lleva abierta dos años, a mí me ha dado la factura número 19 (y el libro de visitas tenía bastantes más anotaciones, por no ir más lejos). O sea, que facturará 1 de cada 10, y el resto se las lleva crudas (esto no es necesariamente así, ver actualización al final del post).
Entendedme bien; la cuestión del fraude fiscal no es realmente lo que me molesta (no es que esté a favor del fraude: pero habiendo gente que defrauda euros por miles y miles, no sería lógico tomarla con alguien así; y además, en mayor o menor medida… el que esté libre de pecado que tire la primera piedra). Si no te da la factura de buenas a primeras, pero en cuanto se la pides te la da sin problemas, pues pase. Pero que cuando se la pides te intente torear con el recibo escaneado, y que cuando le insistes se haga la ofendida por mis «preguntas tan suspicaces»…
Tal y como le he respondido: «La mejor forma de evitar suspicacias es hacer las cosas correctamente, y entregar la factura a todos los clientes cuando abandonan la casa; o en su defecto, entregarla a la primera cuando te la reclaman. Francamente, tampoco es de mi agrado tener que insistir para conseguir algo que debería ser automático.»
Actualización: la discusión en los comentarios me ha llevado a revisar la ley (Real Decreto 1496/2003, de 28 de noviembre, por el que se aprueba el Reglamento por el que se regulan las obligaciones de facturación) y efectivamente creo que estaba en parte equivocado. Si la señora está acogida al régimen simplificado del IVA y paga el IRPF en módulos (algo que no sé a ciencia cierta, pero que podría ser), no tiene obligación de emitir factura (ni documento sustitutivo) por defecto (o sea, que es correcto que no entregue factura de inicio); aunque sí está obligada si se lo pido. No cambia demasiado las cosas (yo me mosqueé en el momento en el que, tras pedirle la factura, me mandó un recibo; y eso es algo que está mal se mire por donde se mire, porque ni siquiera era un «tique» conforme describe la ley), pero algo sí.

¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Ya está. Así tienen que ser las despedidas, rápidas. So long, «Vida de un Consultor». Ya estoy en mi nuevo hogar. A ver si lo he hecho todo razonablemente bien, y todo el mundo sigue llegando al contenido. Es posible que siga tocando cosas del diseño, instalando plugins que me faltan… pero el grueso de la mudanza ya ha sido realizado.

El último post

Supongo que algún día tenía que pasar. Y ese día ha llegado. Éste es el último post en Vida de un Consultor.
Ya cuando se cumplió el quinto aniversario noté que la cosa «no iba». Este blog nació en unas circunstancias personales y profesionales radicalmente distintas a las actuales: yo era un consultor viviendo en un mundo corporativo, que además se empezaba a vincular con eso que se llamaba «la blogosfera». Ha pasado el tiempo, y de aquello no queda mucho: ya no sé si soy consultor, pero desde luego no aquel tipo de consultor. Y ya no me atrae «el mundillo bloguero» como antes. Y ya no vivo en Madrid, y estoy casado, y tengo dos hijos, y… A medida que se iba produciendo esta evolución, al blog que nació en aquellas circunstancias se le iban saltando las costuras. Ni el nick «Consultor Anónimo» (al que ya hace un tiempo que he renunciado), ni el tagline «Consultoría, empresa, blogs, negocios y más», ni el propio nombre «Vida de un consultor» reflejaban lo que me apetecía contar. Este blog se ha ido transformando en un auténtico «blog personal» dentro de un cuerpo que no le correspondía.
En paralelo se sucede mi reflexión sobre «marca profesional». Creo que este blog ya era demasiado «totum revolutum» entre mis facetas más personales (hobbys, familia, etc.), aspectos profesionales de hace 5 años, aspectos profesionales de hace 2… y todo ello etiquetado con un «Vida de un consultor» que tenía que resultar confuso a la fuerza. En vez de contribuir a clarificar mi «marca», creo que contribuye a «liarla».
Así que he decidido ponerle punto… y seguido.
¿Qué va a pasar ahora?
Me mudo. Estoy habilitando http://blog.raulhernandezgonzalez.com , donde de hecho he migrado todos los contenidos (¡cientos y cientos de entradas y comentarios!). Todavía está en cerrado, pero lo abriré en un par de días. Allí continuaré en la misma línea en la que ha ido este blog en los últimos tiempos: un blog personal (pero ya dentro del cuerpo que le corresponde), un día hablando de política, otro de la familia, otro contando batallitas, otro filosofando y otro contando qué me ha hecho gracia o qué me pone de mala uva… vamos, que la idea es que el espíritu (el de los últimos tiempos) continúe. Y que ese blog sea independiente de a qué me dedique profesionalmente en cada momento; es decir, que sirva igual de bien cuando sea «consultor», cuando sea «directivo», cuando sea «fotógrafo», cuando sea «emprendedor» o cuando sea «jubilado». Obviamente, reflejará (igual que pasa ahora) la parte «personal» de mi vida profesional, pero no habrá allí artículos «de fondo» sobre temas profesionales.
Haré una redirección 301; es decir, que cualquier vínculo que llevase a http://blog.raulhernandezgonzalez.com/… será redireccionado automáticamente al artículo correspondiente allí. También actualizaré los feeds para que los suscriptores no tengáis ningún problema: haré un feed nuevo ( http://feeds.feedburner.com/raulhernandezgonzalez ), pero también me encargaré de que el actual ( http://feeds.feedburner.com/VidaDeUnConsultor ) también se nutra de los nuevos contenidos. Así, tanto si os apetece suscribiros al nuevo feed, como si os apetece dejar las cosas como están, seguiréis recibiendo los nuevos contenidos.
En fin, espero que en el «traspaso de poderes» no haya demasiados desajustes, aunque espero que me disculpéis si algo se me cuela. Por mi parte, aunque me da cierta «penita» abandonar la que ha sido mi casa durante 5 años y medio, creo que voy a «un lugar mejor». Si os apetece, allí nos vemos.
PD.- ¿Y qué pasa con lo profesional? Bueno, dejemos eso como primer post para el nuevo blog 😀