¿Debo seguir en mi trabajo?

Algoritmo laboral

El otro día, charlando con unos antiguos compañeros que ahora trabajan en B+I Strategy, me contaban que en una charla alguien les había explicado cómo hacer una evaluación periódica de su vida laboral. Es decir, cómo valorar si uno debía seguir adelante con su trabajo o buscar aires nuevos.
Se trataba, simplemente, de contestar a tres sencillas preguntas. En el último año… ¿he aprendido cosas nuevas? ¿me he divertido con mi trabajo? ¿he recibido una compensación satisfactoria? En caso de que la respuesta a cualquiera de esas preguntas sea negativa… es el momento de cambiar.
Ya, ahora me diréis que es una simplificación, que hay muchos matices, que si tal, que si cual… vale, sí, lo que queráis. Pero si lo pensamos bien, muchas veces la esencia de los problemas es en realidad de lo más simple, y enredándonos en los matices lo único que hacemos es perder perspectiva. Y a mí me parece que aprendizaje, diversión y retorno económico son tres factores esenciales para que un trabajo merezca la pena. Si falta alguno de ellos, por mucho matiz que queramos introducir, hay algo que falla.

¿Sectores enfermos, o expectativas equivocadas?

Hoy publican en El País el artículo «Ingenieros arrepentidos«. Se trata del artículo del que os hablaba hace unos días para el que buscaban «casos reales».
Al leerlo, seguro que muchos reconocéis el escenario. Son testimonios de personas desilusionadas por una carrera profesional decepcionante, sin grandes sueldos, sin desarrollo, sin muchas perspectivas de futuro… nada nuevo bajo el sol.
La cuestión es que podría interpretarse, leyendo este artículo, que es un problema del sector. Y ahí es donde a mí me entran las dudas. ¿Acaso no son estos problemas existentes en cualquier profesión? ¿Es que los abogados, los arquitectos, los médicos, los periodistas… viven de forma generalizada carreras profesionales llenas de satisfacciones? Seguro que no. Imagino que cualquier estudiante de arquitectura quiere ser Foster, pero el 99% acabará trabajando en una promotora visando proyectos de edificios residenciales clónicos. Cualquier estudiante de medicina quiere ser un médico de prestigio, pero el 99% acaba de médico de empresa haciendo reconocimientos rutinarios día sí y día también, o atendiendo pacientes en el ambulatorio a razón de 6 por hora. Cualquier aspirante a periodista quiere destapar el Watergate, pero la mayoría pasará su vida profesional en redacciones de medio pelo cubriendo noticias intrascendentes. Etc.
A lo que voy es que quizás deberíamos asumir que, por defecto, el mundo del trabajo nos ofrece carreras profesionales planas y llenas de miserias en entornos laborales poco estimulantes. A los ingenieros, a los economistas y a todo hijo de vecino. Que eso no es la excepción, si no la regla. Que las carreras profesionales brillantes, en contínua progresión, llenas de estímulos… son un privilegio de unos pocos, y que además no surgen de la nada, sino que exigen poner bastante de nuestra parte, asumir riesgos y sacrificios.
Quizás, teniendo unas expectativas más ajustadas a la realidad, existirían menos decepciones.

Pedir feedback: el camino para mejorar

Hace unas semanas di una charla y encontré por ahí algo de feedback positivo y espontáneo. Lo cual siempre es muy agradecido (¿a quién no le gusta que le digan cosas buenas de sí mismo?), pero tiene el inconveniente de que no ayuda a mejorar. Y siempre se puede mejorar. Oí contar una vez que los indios navajos identifican la perfección con la muerte, porque una vez alcanzada la perfección no hay estímulo para mejorar (o algo así).
Así que, sin duda, la crítica constructiva es mucho más enriquecedora que los parabienes, aunque más incómoda de escuchar. Lo que pasa es que no siempre la encuentras de forma espontánea. Así que, aprovechando la presencia entre el público de aquella charla de una persona a la que respeto mucho y cuyas opiniones valoro, le pedí que hiciera exactamente eso, una crítica constructiva, un repaso de cosas que desde su punto de vista se podían mejorar en mi intervención.
Cuando hacía formación en habilidades directivas, uno de los recursos que usábamos era la ventana de Johari, uno de cuyos cuadrantes es la denominada área ciega. Consiste en aquéllas cosas que ignoramos de nosotros mismos, pero que los demás sí conocen. Y la única forma de reducir ese área ciega (que, en la medida en que no disponemos todos de la misma información es una fuente de problemas de comunicación y de relación) es, precisamente, que los otros nos cuenten todas esas cosas para que así todos tengamos el mismo conocimiento. O sea, el feedback.
Pero recuerdo que uno de los detalles que mencionábamos era la importancia de que el feedback sea solicitado. Es decir, que tampoco es esencialmente positivo ir haciendo crítica a diestro y siniestro sin que nadie nos lo pida, a riesgo de que la persona aludida pueda tomárselo como una afrenta. Sin embargo, cuando somos capaces de pedir a los demás su opinión sobre nosotros y somos capaces de asumir lo que nos dicen (que probablemente nos cueste un poco), el feedback se convierte en una potente herramienta de crecimiento personal y profesional.

Locos, trastornados

No soy nada habitual de las «newsletters» y suscripciones por correo. No lo fui en el pasado, y menos desde que descubrí los feeds RSS. Sin embargo hoy me he suscrito a una.
Se trata de CrazyDerangedFools, una iniciativa de Hugh McLeod. Según reza la descripción, un CDF es «alguien que tiene la osadía de aspirar a trabajar de forma que genere disfrute, sentido y contribución tanto para él mismo como para otros, y a la vez sirva para pagar las facturas. Va de creatividad, de encontrar sentido a lo que uno hace, pero también de vivir en el mundo real. Ésa es la realidad en la que quiero vivir, y por lo que parece no estoy solo»
Y como me he sentido identificado, me he suscrito a ver de qué va. Luego, si mola o no, lo iremos viendo en el tiempo.

El efecto Medici

Florencia

El otro día estuve en el «Workshop sobre Innovación y Emprendizaje» organizado por el Instituto de Empresa (un evento de captación para la venta de uno de sus masters), en el que me gustó especialmente la charla que dio Salvador Aragón (al que no conocía previamente) sobre innovación. Una intervención muy dinámica y participativa.
Uno de los conceptos que manejó fue el de Efecto Medici. Algo de lo que ya viene hablando hace tiempo a raiz de la publicación del libro homónimo de Frans Johansson. Viene a contar cómo en la Florencia del Renacimiento, bajo los auspicios de los Medici, se produjo una de las mayores explosiones conocidas del conocimiento y la creatividad, y que uno de los factores determinantes de este hecho fue la convergencia e interacción, en un mismo espacio y tiempo, de perfiles diversos tanto del mundo del arte, la ciencia, la economía, la política…
Y yo me creo, basándome en mis sensaciones, que es muy cierto. Cuando abro los ojos a realidades distintas (escucho una charla sobre un tema que desconozco de un ámbito radicalmente distinto al mío, o charlo con una persona de perfil muy diferente, etc.) siento como si se abriesen las ventanas y entrase aire fresco en mi mente. Se me ocurren otras ideas, se ensancha mi mundo, adquiero nuevas perspectivas.
Me pasó cuando descubrí esto de la blogosfera. Viniendo de un entorno muy corporativo (rascacielos, traje y corbata, etc.) me entusiasmó ver la enorme diversidad de gente que contaba sus cosas en internet. No sólo podía leerles, sino también interactuar con ellos. ¡Era fantástico! Lamentablemente, con el paso del tiempo empiezas a centrarte en los mismos temas, a rodearte de la misma gente… supongo que es una inercia que hay que romper a base de voluntad; al final es difícil no dejarse guiar por «lo útil» y «lo inmediato», y dedicarle tiempo a, simplemente, explorar otras formas de ver el mundo sin un objetivo predeterminado es algo que va quedando en segundo plano.
Mmmm… esto suena a propósito de año nuevo…
Foto | untipografico

El doble de Bisbal

El doble de Bisbal

Durante las vacaciones, paseando por Noja, vi este cartel y no pude resistirme a fotografiarlo. Era el cartel anunciador de las fiestas de un pueblo cercano, para las que uno de los reclamos principales era la actuación… de «El doble de Bisbal». Ismael Monteagudo, un chaval que lleva varios años (por lo que veo) recorriendo España haciendo conciertos-imitación a los del triunfador absoluto (aunque no ganara) de Operación Triunfo 1.
Me hizo pensar en esta estrategia de «ser el doble de», en ser el «imitador». Por un lado, una estrategia interesante en el corto plazo: si no fuera imitando a Bisbal, posiblemente este chico no hubiera podido dar todos esos conciertos ni atraería ninguna atención por sí mismo. Por lo tanto, actuar como «el doble de» le ha permitido ganar unas perrillas, lo cual no está mal.
Pero… ¿y el largo plazo? Durante todo este tiempo… ¿qué ha construido este chico para sí mismo? ¿En qué medida ha fortalecido su propia imagen? ¿Qué pasará el día que Bisbal se retire, o que caiga en desgracia? Ser «el doble de» implica hacer una apuesta muy fuerte a un único número, y ligar el propio devenir al del imitado.
Aunque quizás tampoco sea para tanto. Quizás este chico tenga su propia vida profesional en otro ámbito, y travestirse en Bisbal es simplemente un pasatiempo de veranos y fines de semana, y no aspire más que a aprovechar el tirón durante estos años jóvenes para pasárselo bien y tener unos ingresos extra.
Pero si trascendemos a este doble de Bisbal… ¿cuántos «dobles de» hay en el mundo? ¿cuántos que, en vez de crear su propio camino, formar su propio personaje… simplemente se conforman con imitar a otros?

Un consejo para los jóvenes

Siempre viene bien escuchar a los que están de vuelta. Como Chisco Olascoaga, un hombre de 67 años que fundó Entel (por cierto, tienen blog corporativo) cuando tenía 62, tras casi cuarenta años de carrera profesional. La pregunta, en esta entrevista en El País, era «¿Qué les aconseja a los jóvenes que se abren camino?»

Lo principal es que se conozcan a sí mismos para saber qué estilo de vida quieren llevar. A partir de ahí, les animaría a que investigaran, experimentaran y reflexionaran con el fin de encontrar una pasión personal y profesional compatible con el estilo de vida elegido. Porque una cosa es lo que nos han dicho que tenemos que hacer y conseguir, y otra muy distinta lo que nos conviene y nos gusta de verdad.

Un vendedor nato

Ayer estábamos en la plaza con el crío. Han montado una «biblioteca de verano», en la que dejan cuentos y pinturas a los chavales para que pasen un rato. El caso es que estábamos allí, pintando… y se acerca un chaval, como de 10 años, con unos «tazos«.
«Hola, ¿queréis tazos?» «Pues no, la verdad es que no, gracias, que el niño es muy pequeño»
«¿Y no tiene un hermano mayor, o un primo?» «No, no, que va»
«Mira que si os los quedáis todos os hago descuento» «…»
Alucinante. Con qué desparpajo se presentó el chaval, con qué habilidad expuso su muestrario, con qué agilidad buscaba contraargumentos, cómo metió el tema de los descuentos…
Qué envidia. Yo nunca tuve esas habilidades; con el tiempo aprendes a desarrollar, mínimamente, alguna de ellas. Pero nunca se podrán comparar con las de quien, desde tan crío, es un vendedor nato.

Los clanes escoceses

Castillo de Eilean Donan

No sé por qué, hoy me ha dado por recordar viejos tiempos.
En la época en que me dediqué a formación en habilidades directivas, utilizábamos una dinámica («jueguecito», que decían algunos) llamada «Los clanes escoceses». Consistía en un número (¿7? ¿8? Ya no me acuerdo) de equipos que estaban dotados de una serie de recursos iniciales (ganado, hierro y carbón, creo recordar) y que, a través del intercambio con otros equipos, debían lograr un conjunto de recursos finales distintos (p.j. el que partía sin ganado tenía que negociar para conseguirlo, a cambio de su hierro). La actividad tenía una complicación adicional, que era que, aunque todos los grupos eran clanes escoceses que luchaban contra el enemigo común (Inglaterra), entre ellos también había afinidades y desencuentros. Así, un determinado equipo sólo podía comerciar con equipos «amigos», y no con los «enemigos».
En definitiva, la moraleja de la actividad era hacer ver cómo es habitual que la dinámica de competencia, en lugar de colaboración, entre grupos que comparten un enemigo común, acababa por evitar que se consiguiesen los objetivos de todos. Sólo si se tenía en mente que todos eran «clanes escoceses» era posible superar las enemistades internas y ayudarse unos a otros para que todos consiguiesen sus objetivos. Trasladado a la empresa: dentro de una misma organización muchas veces hay «batallitas internas» que impiden concentrarse en el enemigo común: el mercado, la competencia.
La cuestión es que a mi jefe de por aquel entonces le gustaba «vestir» este tipo de actividades todo lo que pudiera. Para ello, en este caso, nos curramos unos estandartes de cada uno de los clanes escoceses; las instrucciones estaban impresas con un tipo de letra estilo medieval sobre papel de pergamino, incluso selladas con lacre; para representar los recursos, teníamos vaquitas (salidas de maquetas de trenes), canicas negras (para el hierro) y trozos de pirita (para el carbón)…
Claro, el problema era preparar todo este material… en pleno staff, rodeado de auditores y consultores que se dedicaban a cosas «más serias». Te miraban como si fueras un niño de párvulos en pleno recreo; por encima del hombro y entre sonrisillas. No es fácil la vida del «raro» en la oficina 🙂
Pero por otro lado la «tensión» derivada de esas actividades (desarrolladas siempre de cara al público, donde todo tenía que salir perfecto y encima luchando contra el escepticismo inicial de los asistentes) no la conocían ellos. A mí, sin duda, me dió unas cuantas tablas que agradezco mucho
Foto | Skubic