Tirarse a la piscina

Piscina

En la vida, a veces, es necesario tirarse a la piscina. Es algo que siempre entraña un cierto riesgo. Por supuesto, nunca es recomendable tirarse a lo loco, sin preocuparse de si hay agua o no. Pero tampoco es una buena idea obsesionarse con la aversión al riesgo y buscar la seguridad absoluta antes de hacerlo, porque llegaríamos al fenómeno conocido como «la parálisis por el análisis». Y es que la certidumbre total nunca existe, por lo que siempre tendremos que tomar decisiones asumiendo un cierto nivel de riesgo.
Y en estas circunstancias, a veces las cosas salen bien, y a veces salen mal. Uno mira, considera que hay agua suficiente en la piscina como para tirarse… pero a veces se equivoca. No pasa nada, así es la vida. Lo que no debemos hacer en estas circunstancias es incrementar nuestra aversión al riesgo e inmovilizarnos en decisiones futuras. Hay que seguir tirándose a la piscina.

Visibilidad

Allá por el mes de octubre, puse en marcha mi «perfil en internet». Hasta el momento dicho perfil estaba alojado en un blog de blogspot, pero decidí que valía la pena ponerle un dominio propio, darle una vuelta al concepto, y hacerme un escaparate en internet más allá de este blog.
En realidad tampoco hice mucho más: lo enlacé desde este mismo blog (en el menú de opciones de la parte superior, donde «Sobre el autor») y puse la dirección en mis distintos perfiles que están por ahí danzando (ni siquiera estoy seguro de haberlo hecho en todos). Hace unas semanas, decidí hacer un pequeño banner que incluí en el blog, aquí a la derecha, con mi foto y mi nombre para enlazar hacia allí. Al mismo tiempo, creé una versión en inglés de la página, para darle también un carácter global.
El caso es que éste es el resultado en término de visitas. Dejando al margen el pico inicial (derivado de la curiosidad de la gente cuando lo anuncié aquí) y de un par de picos intermedios (que son el resultado de mis pruebas cuando he cambiado algo: también me cuentan como visitas), lo cierto es que andan entorno a los 2.000 usuarios los que han entrado a ver mi perfil.

Gráfico visitas

2.000 usuarios. Obviamente, en términos de «tráfico web» no son cifras nada relevantes. Al fin y al cabo es una página estática, sin mucho contenido. Pero imaginemoslo en término de individuos. Imaginemos una sala con 2.000 personas. Imaginemos que hemos repartido 2.000 tarjetas de visita. ¿Cuál hubiera sido el esfuerzo de llegar a ese número de personas en «la vida real»? Quitemos un % que haya venido por casualidad, por una búsqueda poco eficaz. Aun así… ¿no merece la pena?
Por cierto, que el repunte que se aprecia de las últimas semanas, aparte de una mención en El Blog Salmón (en un artículo donde IC reflexionaba precisamente sobre estas cuestiones de «nueva curricula«), está directamente relacionado con la inclusión del cuadrito con mi foto al que hacía referencia antes: parece que la gente es mucho más proclive a hacer click en una cara que en un «sobre el autor» genérico.

80 horas a la semana

Es el recuerdo que tengo de una presentación de empresas en mi universidad. Allá por quinto de carrera, se acercaban a la facultad, coordinados por la Asociación de Licenciados, una serie de empresas a presentarse como empleadores y a recoger curricula. Un claro ejemplo de «win-win»: la universidad da apariencia de «sitio molón con capacidad de atraer empresas buenas y con interés en colocar a sus alumnos»; los alumnos pueden conocer de primera mano algunas empresas interesantes y tener un «atajo» en el proceso de selección; y las empresas pueden pescar candidatos en un «caladero» a priori interesante para ellos.
Si no recuerdo mal, la empresa era Goldman Sachs. Empezaron con una presentación a la que llamaban «Eyes wide open». Y luego, un empleado y a la vez antiguo alumno contaba su experiencia en la empresa. «Es un trabajo apasionante, muy bien pagado, pero tendréis que trabajar muy duro», decía, «las jornadas pueden ser de 80-90 horas a la semana».
80-90 horas a la semana. Yo hice mis cálculos. Eso vienen a ser unas 14 horas al día, trabajando de lunes a sábado. Y 14 horas al día supone entrar a las 9 y salir a las 23. Súmale desplazamientos. Apenas da para dormir unas 6-7 horas. De ocio o vida social, por supuesto… ni hablamos.
Por supuesto, dí mi curriculum a esta empresa, y a otras del mismo pelo que se presentaron allí. Banca de inversión, grandes consultoras estratégicas. A pesar de todo, trabajar en ellas era el summum del prestigio; sólo cogían a los mejores, y a mí, qué demonios, siempre me ha gustado saberme de los mejores. Lo cierto es que en todas me rechazaron, pese a tener un expediente más que notable (mejor que algunas de las personas que sí que cogieron). En su momento lo viví con una cierta frustración; «¿esto quiere decir que no soy de los mejores?». Pero con el tiempo me dí cuenta de que había sido lo mejor que me podía haber pasado. Cuando algunos amigos que sí que fueron seleccionados me contaban su experiencia allí, no me daban envidia. Sí, su trabajo era muy interesante. Sí, se movían a niveles organizativos altísimos. Por supuesto, la pasta que ganaban era indecorosa. Pero su vida era todo trabajo, excepto por breves lapsos de tiempo en los que relacionarse a toda velocidad con otros como ellos.
Y para ser honestos, eso de «entréganos tu vida y te haremos de oro» no va conmigo. Supongo que, de alguna manera, es algo que detectaron en los procesos de selección. Yo no era un buen candidato, porque no hubiera soportado el intercambio. Podría haber ido allí, intentar hacer ese trabajo… pero me hubiera rendido enseguida.
Por supuesto, en mi experiencia laboral he trabajado lo suyo. En ocasiones puntuales, las jornadas se han alargado bastante. Pero siempre ha estado dentro de los límites de lo razonable. No he ganado tanto dinero, ni he tenido unas experiencias tan apasionantes. Pero creo que encontré un equilibrio más adaptado a mi personalidad, en el que trabajo y no-trabajo encontraban su espacio.
Aunque quizás sólo sea una racionalización de mi frustración… 🙂

Bueno, entonces… ¿cómo se come lo de Actibva?

Sí, sí, lo sé. Quienes hayáis leído el post anterior sobre el lanzamiento de Actibva y leyéseis hace unos seis meses y pico éste otro, pensaréis que os habéis perdido algo. ¿No dijiste que dejabas de ser el responsable de servicios a empresas de WSL? ¿Cómo es que ahora resulta que has estado liderando el proyecto más grande del área de servicios a empresas de WSL? Soy consciente de la inconsistencia.
Pero volvamos al pasado… antes de verano tomo la decisión de que, por distintos motivos, no quiero seguir siendo el responsable de servicios a empresas de WSL. Lo comento con Julio, todo ok, y decidimos continuar hasta que haya alguien que me releve. Eso sucede en septiembre, llega Esteban, hago traspaso de papeles, y me voy, como quien dice, «a mi casa».
La idea era disfrutar un poco el tiempo libre, ir tanteando posibilidades y replanteándome qué hacer en los próximos x años. Mientras tanto, ocupaba un poco mis días (y rellenaba en parte los bolsillos) blogueando más intensamente, en El Blog Salmón, Vaya Tele, el blog de Fox, el blog hipotecario, también me apunté al de Pymesyempresas… vamos, que con eso ocupaba medio día, sin presión ninguna, a modo de «periodo sabático» mientras esperaba a que en mi cabeza se acabase «apareciendo» mi futuro.
El caso es que un par de días antes de navidad me llamó Julio. Que había un proyecto (yo ya sabía que estaban «cocinándolo», aunque no había estado en la fase de «preventa») que había salido. Que teniendo en cuenta el volumen necesitaban un jefe de proyecto, y que habían pensado que igual (a pesar de los motivos que me llevaron a dejarlo meses antes) me encajaba. Conocía la casa, conocía al cliente (a la empresa y al interlocutor), conocía el rollo «2.0»… vamos, que a ellos también les venía bien, pese a mis «áreas de mejora» (que yo le expuse abiertamente tanto en el momento de marchar, igual que se las reiteré en este momento), contar conmigo porque ya tenían un trecho andado, en un proyecto con fechas bastante apretadas.
Le pedí un par de días para darle una respuesta. En ese contexto escribí mi post sobre la zona de confort. Por un lado, algo me decía que no era muy coherente aceptar hacer algo que era esencialmente lo mismo (gestionar la puesta en marcha de un proyecto con WSL) que era a lo que había renunciado (de forma bastante meditada) pocos meses antes. Por otro lado, también es cierto que se habían pasado esos meses sin que en mi cabeza se hubiese alumbrado, mágicamente, mi futuro. Y empecé a dudar, quizás había sido un «cobarde» o un «comodón» por haber renunciado a algo simplemente porque no me sentía del todo cómodo, quizás tenía que «salir de mi zona de confort» para aprender a dominar esas facetas en las que me sentía inseguro. Y bueno, también hay dinero de por medio, claro. Así que al final, entre unas cosas y otras, dije que sí.
Y en esas he andado estos casi cuatro últimos meses, gestionando el día a día de un proyecto bastante ambicioso para un gran cliente. Obviamente, siendo el ámbito en el que era y la necesidad de mantener una cierta discreción respecto al proyecto, no he sido muy explícito en cuanto a mi dedicación. Pero ahora que ya está en el aire, ya se puede contar. De momento, eso es en lo que he estado estos últimos meses, y en lo que probablemente siga durante otros cuantos más (hacemos una primera versión con unas funcionalidades, pero se van a desarrollar más en los próximos meses y aunque no está del todo cerrado lo lógico es que siga vinculado al proyecto).
¿Y después? Pues qué se yo. Volveré a donde estaba hace unos meses, a «buscarme a mí mismo». Valoraré estos meses en global y volveré a hacerme la pregunta de si esto es lo que quiero o si es esto lo que mejor me encaja.
En realidad, esto de colaborar durante x meses en un proyecto, o ser «asesor/consultor» de alguna iniciativa, o incluso desarrollar algún proyecto propio, es lo que me gusta. Picotear aquí y allá. Conocer cosas distintas, gente distinta, sectores distintos… y antes de que la rutina me venza, a otra cosa. Por eso escribí lo de que me gusta la consultoría; llegar, dar mi veredicto, y salir antes de verme envuelto en las «incomodidades» del día a día.
El problema es que eso, como «carrera profesional», es un poco etéreo. Suena bonito lo de enganchar proyectos, pero los proyectos no llegan solos. Y siendo un «llanero solitario», no tienes la cobertura de una empresa (al menos psicológica; porque todos sabemos que las empresas dan muy poquita cobertura hoy en día, y que te puedes ver en la calle tan fácilmente o más estando en una empresa). Pero creo que, por mi carácter, por mis habilidades y mis debilidades, es lo que más me pega.
Como veis, la vida no es un camino que avanza siguiendo una linea recta siguiendo un camino. Ya lo dijo Machado:
Caminante son tus huellas
el camino nada más;
caminante no hay camino
se hace camino al andar.
[…]
¿Para que llamar caminos
A los surcos del azar…?

La jaula de oro

Jaula de oro Golden cage

En los comentarios de mi entrada anterior, Gonzalo saca a la luz un término que siempre me ha gustado mucho por lo descriptivo que resulta de una situación: «la jaula de oro»
Jaula y oro. Algo (el dinero) que se supone que debería poder proporcionarte toda la libertad del mundo, y que paradójicamente acaba restringiendo tus alternativas de actuación, convirtiéndose en una atadura.
Laboralmente, se habla de jaula de oro a la situación en la que uno, después de progresar profesionalmente, alcanza una posición (y una remuneración) muy elevada. Tanta que, cuando se plantea cambiar de trabajo, se encuentra con que la inmensa mayoría de las alternativas son peores (desde el punto de vista económico).
Y es muy difícil pasar a una situación peor en términos económicos. Primero, porque psicológicamente es complicado de asumir (es una especie de sensación de «fracaso», por mucho que lo queramos racionalizar). Y segundo, porque los humanos somos como somos, y tendemos a desarrollar un tren de vida acorde con nuestros ingresos; cuanto más ganamos, más gastamos. Alguien que ha llegado a su «jaula de oro» probablemente ha desarrollado una estructura de gastos a su alrededor (una buena casa, o varias; un buen coche, o varios; que si un club de no sé qué, los viajes, las comidas en restaurantes caros, los niños en colegios privados, las aficiones caras…) que hace desaparecer casi todos los ingresos, por muchos que estos sean. En estas circunstancias, reducir de forma importante los ingresos es algo difícilmente planteable (al menos de forma voluntaria) por cuanto supondría un cambio radical en el estilo de vida.
¿Y entonces? Nos encontramos con personas que ganan mucho dinero, pero que ven muy restringidas sus alternativas de elección de cara al futuro; quedan descartadas todas las opciones que signifiquen ganar menos. Pero, lo que es peor, quienes están en esta situación se ven altamente expuestos a que un cambio en las circunstancias (un despido, una enfermedad, un accidente) les deje «con el culo al aire», con una estructura de gastos muy cara de mantener, con capacidad para evaporar los ahorros sin darse cuenta.
Al final el concepto de la jaula de oro tiene mucho que ver con la carrera de la rata. Es una situación aparentemente atractiva (¡con lo que mola tener dinero!), pero con un reverso tenebroso. Creo que la mejor forma de evitar caer en ella es viajar siempre «ligero de equipaje», es decir, procurar mantener bajo control nuestra estructura de gastos y nivel de vida a pesar de que podamos ingresar mucho, de forma que ese nivel de ingresos no sea una necesidad (y por lo tanto una restricción) y podamos plantearnos otras alternativas de vida.

¿Y tú, cuánto ganas?

A raiz de mi post sobre cuánto ganan los bloggers (aunque más bien es sobre cuánto deberían esperar ganar), ha surgido una actitud que ya he visto en otras circunstancias; la de los que, independientemente de todo lo que se diga, sólo quieren leer cifras. «Ya, vale, lo que tú digas, pero… ¿de cuántos euros hablamos?»
Es curiosa la pregunta del «¿cuánto ganas?». Porque en realidad a todos nos da un cierto morbillo saber lo que ganan los demás. ¿Será más que yo? ¿O quizás menos? Creo que más que a un punto cotilla (que seguro que también influye), ese deseo viene más derivado de un afán comparativo; teniendo en cuenta lo que hago yo, y lo que hace el de enfrente (o lo que sé, o mis títulos, o mi trayectoria, o mi esfuerzo, o la calidad de mis resultados, o…), ¿está ajustado lo que ganamos a esa aportación diferencial? ¿o resulta que yo, que soy buenísimo y trabajo tanto, al final gano lo mismo e incluso menos que el que se pasa el día tocándose los huevos? No os quiero contar si estas comparaciones se establecen dentro de una misma empresa; ahí pueden saltar chispas.
Y sin embargo, cuando la pregunta nos la hacen a nosotros, nos ponemos a la defensiva. ¿Y a tí qué te importa lo que yo gane? Lo que ganamos o dejamos de ganar es casi un dato íntimo, que poco más y no lo decimos ni en casa. Tengo la sensación de que tiene que ver un poco de inseguridad: si creemos que ganamos más que nuestro interlocutor, en cierta forma nos da «cosa» el poder hacerle de menos o incluso generar algún resquemor (o lo que es peor, que derive en chismorreo a nuestras espaldas). Y si creemos que ganamos menos, nos dará cierta «vergüenza» que la gente lo sepa.
Estoy convencido de que la gente miente muchísimo cuando habla de lo que gana. Exagerando la más de las veces, o escamoteando parte de sus ingresos en otras ocasiones. O simplemente elude el tema. Pero pocos son los que lo abordan con naturalidad.
Y vosotros… ¿cuánto ganáis? 😛

¿Esto es vida?

Este de aquí es Tiger Woods. Con dos añitos. Y ya en la tele, como un animalito de feria, a demostrar lo bien que se le daban los palos. Desde entonces han pasado más de 30 años. Tiger Woods sigue dándole a los palos, es una estrella, lo lleva siendo desde hace años. Multimillonario y exitoso. Pero… ¿esto es vida? ¿Cuál es el precio de llegar a ser Tiger Woods? ¿No hacer otra cosa, en tu vida, que jugar al golf? ¿A cuántas cosas habrá renunciado para llegar a donde está?
Hablamos de Woods, podríamos hablar de Pedrosa, o de Nadal, o de Alonso, o de tantos y tantos. Al menos éstos lo han logrado, han llegado a ser los números uno. Quizás han pagado un alto precio por su dedicación casi exclusiva, pero han conseguido una buena recompensa. Pero… ¿qué hay de todos esos que inician el camino, igual que ellos, pero que no llegan a la meta? ¿Que sacrifican tanto como los otros, pero sin su misma recompensa?
No sé. Alguno dirá que, con la pasta que ganan, seguro que no tienen queja, que ya se cambiaban por ellos, que tienen buen dinero para gastarse en psicólogos si lo necesitan. Quizás. Pero a mí me da un poco de repelús. Y, como padre, creo que flaco favor le haría a mi hijo dándole unos palos de golf (o una raqueta, o un kart de juguete…) y llevándole a la tele a hacer monerías. Creo que esos padres son unos egoístas. Quieren convertir a sus hijos en algo que ellos no fueron, son sus intereses los que priman por encima de los de las criaturas. Quizás crean que les hacen un favor «convirtiéndoles» en estrellas. Yo creo que el favor se lo hacemos dejando que crezcan a ritmo, dejando que descubran la vida, proporcionándoles posibilidades… y no diseñándoles una carrera.
(Video visto en El Confidencial)

Si eres becario

A él no le fue mal:

Si uno es becario, yo creo que hay que dar ejemplo, trabajar duramente y dar la sensación de que uno quiere el trabajo

Martín Varsavsky, becario antes que millonetis

Por cierto, que por fin se resolvió mi duda de si era «Martín» (con acento en la i) o «Martin» (sin él). Es que nunca se lo había oído decir a él mismo 🙂

La Universidad no sirve para nada

Universidad Comercial de Deusto

Al menos, es la conclusión que se podría llegar a leer lo siguiente en mi anterior post:

Salimos de la facultad pensando que sabemos algo… pero no tardamos mucho en darnos cuenta que no sabemos nada de nada

Si salimos de la Universidad sin saber nada de nada… ¿entonces para qué le dedicamos unos años?. Sobre todo cuando, como en el entorno actual, un título universitario es un elemento muy poco diferenciador en el mercado laboral: antes «ser licenciado» era señal de algo, pero ahora hay tantos miles de ellos que un título no te asegura gran cosa.
Evidentemente el planteamiento no es tan radical. Es cierto que, cuando salimos, no sabemos «nada de nada» en el ámbito práctico. Pero de algo han servido esos años (ojo; si, y sólo si, hemos puesto cosas de nuestra parte; porque hay gente sobre la que la Universidad pasa como si nada).
Creo que el beneficio principal es que nos da un esquema de conocimientos. Nos «amuebla» la cabeza. Son cosas que quizás luego no tengan una utilidad práctica directa en nuestro primer trabajo (o nunca), pero nos permite tomar una perspectiva amplia sobre un determinado campo del conocimiento que hace que el aprendizaje posterior (el que sucede «en la vida real») vaya encontrando acomodo de una forma mucho más sencilla y natural.
También podríamos hablar de la dinámica de estudio / esfuerzo (aunque eso es algo muy relativo, que depende de universidades y también de la actitud personal), de las oportunidades de conocer personas interesantes (tanto entre alumnos como entre profesores) e interactuar con ellas (aunque, de nuevo, la actitud personal es un factor importantísimo), el incentivo a «buscarse la vida» (las cosas ya no vienen mascadas)…
Por supuesto, muchos conciben la Universidad como la posibilidad de extender su adolescencia durante un puñado de añitos más, con unas responsabilidades limitadas y grandes posibilidades de disfrutar de todo tipo de ocio. Lo cual está estupendo, pero no deja de ser un tanto peligroso si sólo se queda en eso…
En definitiva, desde mi punto de vista el periodo universitario es un periodo de oportunidades que, bien aprovechadas, son realmente enriquecedoras tanto desde el punto de vista de desarrollo personal como profesional. Pero que para resultar efectivamente bien aprovechadas requieren de un nivel de proactividad bastante elevado. Así que, si quieres y puedes ir a la Universidad, hazlo con la conciencia de que estás ante una oportunidad única, y con la disposición de sacarle el máximo partido. Si no, simplemente estarás dejando pasar el tiempo.

De mercenarios

Ayer, a raiz de un «sucedido blogosférico», me dio por reflexionar sobre la figura de los mercenarios. No hago referencia al sucedido en sí porque no es lo relevante (es decir, no quiero personalizar en el asunto concreto, y menos cuando no conozco detalles), pero sí en la situación genérica.

Los mercenarios tienen un problema: que tan pronto te vienen como se te van. Para mí, un cierto grado de lealtad siempre es un valor.

Nos encontramos este perfil mercenario en muchos sitios: en el ámbito laboral (hoy trabajo en esta empresa, pero pasado mañana me voy a la competencia que me dan más), en el ámbito de las relaciones comerciales (hoy soy cliente de este banco, pero mañana me llevo todo al otro por una décima TAE; hoy soy de esta compañía telefónica, mañana cambio porque me dan un movil nuevo…), en el ámbito de las relaciones personales (hoy estoy contigo, pero mañana me voy con otro que me gusta más).
Vamos a ver, que no se me malinterprete; me parece muy bien que cada uno decida ser como quiera. Es más, creo que lo de «ser mercenario» no es una cuestión de si o no, sino que es un contínuo, y que todos tenemos ciertas dosis de carácter mercenario. Pero creo que en mí es un rasgo menos acusado que en otros, lo cual me lleva a recelar de quien lo tiene más marcado. Hasta el punto de que no me gustaría rodearme de ese tipo de perfiles. Porque son inmunes al compromiso o la lealtad. Tan fácilmente como están contigo un día, pueden irse con otro al día siguiente a poco que haya unas condiciones «mejores».
Sé que va a haber al menos dos objecciones a este planteamiento.
La primera tendrá que ver con el «derecho a prosperar«. Con que los cambios son en beneficio propio, y que tenemos todo el derecho a hacerlos. Hombre, por supuesto, tenemos el derecho (es más, la obligación) de buscar lo mejor para nosotros mismos. Pero hay un par de factores que permiten matizar la cuestión: una es la frecuencia de los cambios (está bien cambiar de vez en cuando, pero si te pasas la vida cambiando… o es que haces los cambios sin ton ni son, o que eres un poco volátil), y otra es la coherencia con que lo hagas (decir un día «ésta es la mujer de mi vida» y al día siguiente irte con otra… pues no; es más comprensible el «creí que las cosas iban a ser de una manera y luego no han sido así, me he equivocado»).
La segunda tiene que ver con la reciprocidad. Por qué vamos a ser leales y a mantener un compromiso con quien no lo hace con nosotros. Por supuesto, está claro que esto de las lealtades es de ida y vuelta, si no estaremos haciendo el tonto.
En fin, sé que estos planteamientos de lealtad o compromiso pueden sonar a antiguo en un mundo de egos hipertrofiados y hedonismo superlativo. Tampoco nos equivoquemos, que yo también hago mis cuentas para valorar qué hago o qué no hago, lo de la fe ciega no es lo mío. Pero en esa balanza, para mí cuentan bastante este tipo de cosas.