¿Se puede empezar siendo freelance?

El otro día me hacían una entrevista para un proyecto universitario, hablando un poco sobre las perspectivas profesionales para un licenciado en estos días. Y una de las preguntas que me hacían era:

«¿Cree que antes de lanzarse al mercado como freelance, es necesaria cierta experiencia en una entidad empresarial?»

La verdad es que nunca lo había pensado. Pero la respuesta que me vino fue bastante clara: «SI».
Creo que para enfrentarse al mundo del trabajo, no vale con tener unos determinados conocimientos «técnicos», de esos que se pueden adquirir mediante una educación formal. El mundo del trabajo tiene también unos códigos, unas «formas de hacer»… que son mucho más difíciles (¿imposibles?) de adquirir mediante una transmisión explícita de conocimientos, sino que se aprenden por «imitación», eso que se ha dado en llamar «conocimiento tácito«. Por lo tanto, pasar una temporada trabajando en una «entidad empresarial» (en el fondo, rodeado de otros con más experiencia) permite observar, aprender, y en definitiva incorporar en nuestra «mochila» un conjunto de herramientas que nos permitirán movernos con más soltura cuando decidamos ir por nuestra cuenta.
Sí, claro, también podemos ir desde el principio solos, y acabaremos aprendiendo. Pero probablemente demos muchos más palos de ciego, y nos daremos bastantes más morrazos.
Si me pongo a pensar en el «yo» de 1999 y me cuesta verme como profesional independiente desde el minuto uno.

Enseñar vs. aprender – reflexiones de un profesor mejorable

Ayer estuve viendo este episodio de Redes (ya viejuno… se habla de Wikipedia como un «proyecto novedoso»…). El caso es que durante el debate surgía una cuestión interesante. «Que un profesor enseñe no implica automáticamente que un alumno aprenda«. Esa contraposición entre la enseñanza y el aprendizaje me hizo pensar.
Yo he tenido la suerte de estar en los dos lados de la ecuación. En el de «aprendiente», y en el de «enseñante». E incluso con esa doble experiencia, he de decir que resulta muy difícil cambiar el paradigma del «profesor». Cuando te toca «impartir» una materia (si es que el propio verbo suena unidireccional), es complicado evadirse de la tendencia a «contar tu rollo». Antes de empezar, preparas «lo que vas a dar en clase». Organizas los contenidos del curso de acuerdo a tus esquemas mentales. Tienes un «temario», te preocupa no tener tiempo para que «entre todo». En definitiva, tiendes a organizar todo el proceso desde la perspectiva de la enseñanza, centrada en ti mismo… en vez de desde la perspectiva del aprendizaje, centrada en el alumno.
Y es que el problema del aprendizaje es que hay uno por cada alumno. Cada uno tiene sus intereses, sus expectativas, sus conocimientos previos, su ritmo, su forma de aprender, sus circunstancias personales, sus capacidades innatas. Tratar de proporcionar una experiencia de aprendizaje individualizado dentro de una clase colectiva es complicado, y desde luego exige mucho más esfuerzo y es mucho más incómodo para el profesor.
La cuestión es que, si no se hace, nos quedamos en «enseñanza» pero no generamos «aprendizaje». Y entonces hemos hecho un pan con unas tortas, y para ese viaje no hacen falta alforjas. Es algo que tendré que mejorar de cara a futuro.

¿Son sostenibles los proyectos paralelos?

El otro día comentaba con un conocido la situación de su empresa. Tras años de prestar servicios a clientes a modo de consultoría, había decidido enfocarse a desarrollar un «producto propio». Había cambiado de arriba abajo la empresa para adecuarse a este nuevo enfoque. Y en ellas estaba. Confesaba que con cierta inquietud… porque pasar del modo «trabajo hecho para terceros, trabajo cobrado» al modo «trabajo hecho para uno mismo y ya se verá si fructifica» da miedo. Donde antes entraban ingresos de forma más o menos regular, ahora sólo hay gastos… y quién sabe por cuánto tiempo. Un salto de fe.
Le preguntaba yo si no se había planteado compatibilizar los dos modelos: que una parte de la empresa siguiera explotando el modelo consultoría, generando ingresos… y financiando así al «proyecto propio». Y él me comentaba que en realidad era algo que habían intentado… y que no había funcionado. Porque por mucho que quisieras destinar tiempo y recursos al proyecto propio, cuando aparecía un cliente resultaba difícil decirle que no. Con lo cual tus esfuerzos, tu atención… se dedican a ese cliente, y a ese «dinero cierto», y se desvían de tu incierto proyecto propio. Por lo que al final, la alternativa que había tomado era «quemar las naves» y apostar el 100% al proyecto propio.
En cierto sentido, me sentí identificado. Uno puede plantearse la idea de apostar por un proyecto propio, el que sea. De «tirarse a la piscina». Pero resulta que, mientras está en ello, surgen oportunidades. Hacer un proyecto que no tiene que ver con lo que quieres desarrollar, pero que te pagan bien. Y oye, tú tienes un alquiler, unos niños… te vienen bien los euros… total, puedo dedicarle un poco de tiempo sin desviarme de lo mío… lo haces. Sin darte cuenta, surge otro… y lo haces. Un compromiso con un antiguo compañero… venga, va. Pasan las semanas, los meses… y de repente te preguntas qué está pasando con «tu proyecto». No ha avanzado. ¿Cómo va a avanzar, si apenas le has dedicado tiempo? Y cuanto menos avanza, menos «tangible» lo ves, y más dudas te entran.
Lo mismo podría aplicarse a quienes quieren desarrollar un proyecto «a tiempo parcial» mientras mantienen su trabajo por cuenta ajena… «Yo le dedico las tardes, y los fines de semana, y lo que haga falta». Pero es poco tiempo. Y sobre todo, por mucha ilusión que tengas, es poca energía la que te queda. ¿Durante cuánto tiempo se puede sostener esa situación?
En definitiva… ¿pueden ser sostenibles los proyectos «paralelos»? ¿O es necesario centrarse, ponerse los «guiaburros» para no hacer nada que no tenga que ver con el proyecto, superar el vértigo del «los cien pájaros volando vs. el que está en la mano»… y que sea lo que dios quiera? Imagino que es una cuestión de confianza, de tolerancia al riesgo… no es una papeleta fácil.
Foto: Mykl Roventine

¿Cómo se presentaba Leonardo?

¿Cómo se presentaría a sí mismo Leonardo da Vinci? (vaya, ya está Raúl con sus paranoias…). No, en serio. Pensadlo por un momento. Estamos hablando del prototipo de genio multidisciplinar, que ha quedado para la Historia como icono del hombre renacentista. Artista, científico, ingeniero, inventor, anatomista, escultor, arquitecto, urbanista, botánico, músico, poeta, filósofo y escritor… dice la wikipedia que eso es «polímata». La cuestión es… si en aquella época hubiesen existido las tarjetas de visita… ¿qué pondría debajo de «Leonardo da Vinci»?. Si en aquella época hubiese existido twitter… ¿cuál sería su «bio»? ¿De qué manera cabría acotar en una etiqueta o breve frase todo lo que Leonardo era, todo lo que Leonardo podía aportar, sin dejar fuera aspectos enormemente relevantes?
Lo digo porque, hoy igual que ayer, yo sigo con uno de mis temas recurrentes: cómo definirme, cómo acotarme, cómo proyectarme al exterior. Porque, aunque lejos de considerarme un «Leonardo», sí comparto con él una cierta tendencia a la multiplicidad de intereses. Algo que estoy convencido que, lejos de empobrecerme, me enriquece a nivel personal… y también a nivel profesional, porque creo que la multidisciplinariedad es un factor cada vez más importante en este mundo complejo y dinámico en el que vivimos, y te pone en disposición de aportar más valor a un proyecto (bien como empleado, bien como colaborador externo). Pero los mensajes que te llegan son que no, que si quieres llegar a «tu mercado» tienes que definir una «propuesta de valor» clara y especializada y ceñirte a ella, sin despistar con otras cuestiones…
Y yo me resisto, coñe. Lo que ya no sé es si me resisto por convicción, o por pura incapacidad. Estaría bonito poder hablar con Leonardo, a ver qué pensaba él de todas estas cosas.

La visión y la ilusión

Hoy he estado viendo este video que tenía pendiente de hace tiempo. Se trata de una charla del músico y profesor Benjamin Zander que, aparte de ser un estupendo orador, hace una reflexión muy interesante sobre la visión, la ilusión y el liderazgo (con el hilo conductor de la música clásica… que acaba resultando una mera excusa para llegar al «meollo» de la cuestión).
Habla Zander de la importancia de la visión, de cómo cuando nos centramos más en la visión que en el proceso, las cosas fluyen y cobran más sentido. Lo ejemplifica con la interpretación de una pieza de Chopin: cuando uno deja de preocuparse por las notas y los compases, y se centra en la emoción y la intención de la música, el resultado es muy distinto.
También habla de la misión del líder. Él, como director de orquesta, en realidad no produce ningún sonido. Sin embargo, su labor es potenciar a los que sí producen el sonido para que den lo mejor de sí mismos. Y la mejor forma de hacerlo es transmitirles esa visión, conseguir que «sus ojos brillen». Algo que cualquiera puede plantearse en su entorno profesional o personal… ¿sómos capaces de generar en los demás esa ilusión, de encender ese brillo en los ojos?
En fin, una charla interesante, amena y «con recao».

¿Cuánto pagarías por trabajar menos?

Recuerdo la escena. Estábamos tomando unas cañas después del trabajo, celebrando la despedida de alguien del grupo. La conversación derivó a los horarios de trabajo que teníamos, y una compañera dijo «Yo pagaría por trabajar menos». «Hazlo», le respondí. «¡No se puede!». «Mentira. Por supuesto que puedes. Otra cosa es que no quieras».
Por supuesto que podía trabajar menos. Si no dentro de la misma empresa, en otra. Si no en el mismo sector, en otro. Si esa era su prioridad, era cuestión de ponerse a buscar la fórmula. El problema es que ese «trabajar menos» tenía un precio. A buen seguro medido en términos económicos: menor retribución, menos poder adquisitivo… ergo renuncias a determinados elementos de su estilo de vida. Y posiblemente también medido en términos de proyección profesional, o incluso en satisfacción intrínseca con su trabajo. En definitiva, si no trabajaba menos es porque consideraba que el precio a pagar era demasiado alto para lo que iba a obtener a cambio.
Poco tiempo después, yo mismo tomé decisiones en ese sentido. Dejé mi posición (renunciando con ello a un jugoso sueldo, y a determinada carrera profesional), buscando otra forma de vida. Y en ello estoy. El caso es que llegó un momento en el que lo que podía conseguir con el cambio se volvió lo suficientemente valioso para mí como para pagar el precio que me pedían.
Por cierto, lo último que supe de esta chica es que se casó, dejó el trabajo y se dedicó a «sus labores» de esposa y madre. Está claro que podía trabajar menos, si quería. Sólo era cuestión de desearlo lo suficiente como para aceptar la contrapartida.
Foto: 1suisse .ch

Yo como producto

Llevo un tiempo con un «runrun» interno que, poco a poco, va cobrando forma. Hace no mucho lo expresaba con un pequeño twit: «Últimamente pienso en mí mismo como un producto poco definido y mal marketeado 😐»
¿Por qué digo esto? Veo por ahí ejemplos de personas que trabajan muy bien su «marca personal»: tú oyes su nombre, e inmediatamente tienes claro a qué se dedican. Ejemplos: Berto Pena = productividad. Andrés Pérez = marca personal. Alfonso Alcántara = orientación/coaching. Gonzalo Martín = industria audiovisual. Y tantos otros. Y sin embargo, si alguien oye «Raúl Hernández»… ¿con qué lo vincula?
Quiero creer que sí es posible que la gente pueda relacionarme de forma consistente con una serie de características personales (espero que más positivas que negativas, pero habrá de todo). Pero a la hora de decir «qué hago»… ¿cuál sería la respuesta?
Habrá gente que piense en «Consultor Anónimo». Vale, pero… ¿y qué? ¿qué significa «Consultor Anónimo»? Yo lo vinculo a una etapa (que cada vez siento más lejana; de hecho hace tiempo que no firmo nada como «Consultor Anónimo») donde era «blogger», y me movía en los «círculos blogosféricos». Pero como digo cada día me siento menos reflejado por ese «apodo», ni en actividad ni en espíritu.
He estado pensando en dónde está el problema, y creo que hay dos factores importantes:

  • Mi propia dificultad para acotarme: soy de naturaleza inquieta. Me gusta hacer unas cosas y otras, me cuesta ser persistente con determinadas actividades (una vez he satisfecho mi curiosidad, me atraen otras cosas)… y esto me pasa a nivel profesional y a nivel personal.
  • Quizás como consecuencia de lo anterior, mi proyección «pública» es un tanto dispersa: un día muestro el perfil fotógrafo, otro día soy padre, otro día hablo de política, otro día de economía, otro día de blogs y «social media», otros me pongo filosófico, otro día me pongo a hacer una tienda online,… y así, hablando de todo un poco, es muy difícil que la gente me identifique con algo en concreto.

Por ejemplo, si piensas en alguna de las personas que mencionaba antes: su actividad «pública» (lo que escriben en sus blogs, sus twits, las conferencias que dan…) es mucho más consistente. Se centran en «su tema», y a duras penas se salen de ahí. Seguro que son personas muchísimo más polifacéticas, tanto en su vida personal como también en la profesional, pero a la hora de construir su perfil «visible» ponen el foco en algo muy concreto, y eso ayuda a identificarles muy fácilmente.
He llegado a la conclusión de que tengo que trabajar de una forma mucho más consciente estos aspectos. Esto pasa primero por definir para mí cuál quiero que sea mi perfil visible, y a partir de ahí empezar a ser mucho más selectivo con la imagen que transmito al exterior, poniendo el foco sólo en lo que me interese y «corriendo un tupido velo» sobre el resto.
En ello estoy.

El arte de hacer presentaciones

Hoy adjunto una colección de presentaciones, elaboradas por Alberto de la Vega y Eduardo Simón de la Fuente (y a las que he llegado gracias a David Bartolomé), sobre presentaciones eficaces (valga la redundancia) al «estilo zen». Un tema del que ya he hablado en anteriores ocasiones y que me parece fundamental para cualquiera que pretenda hablar en público; lo que me gusta de esta recopilación es que es muy clara en el mensaje, y está muy bien hecha en lo formal. Claro, lo interesante sería verles en directo (es lo que tienen las presentaciones eficaces; que están preparadas para ser una comunión de documento y discurso). Pero bueno, ahí van (las he puesto en inglés, pero también están disponibles en castellano):

Próximo paso: proyectos propios

Hace ya más de un año que puse en marcha la idea de Digitalycia, después de haber pasado 2 años (de una forma u otra) colaborando con Weblogs SL, y después de haber pasado 7 años como consultor «serio». En total, 10 años de consultor, en los que se han sucedido proyectos muy variados pero con una característica común: han sido proyectos de otros.
Ya he confesado alguna vez que hay una parte de la consultoría que me gusta mucho: la de conocer un nuevo negocio, entender sus circunstancias, profundizar en las raíces de su situación y proponerles vías para mejorarla. Lo que pasa es que, después de eso, viene la parte de «implementar» el proyecto, sea un blog corporativo, una evaluación global del desempeño, el establecimiento de un sistema retributivo o desplegar una estrategia 2.0. De hecho, los clientes por lo que pagan (ahí está el negocio de verdad de los consultores) en el fondo es por esto: lo del «análisis y diagnóstico» está muy bien, pero al final lo que quieren es «házmelo». Y ahí viene el lío.
Porque en la inmensa mayoría de los casos no puedes aplicar tus propios criterios al desarrollo de los proyectos. No tienes control sobre los plazos, sobre las prioridades, sobre la forma de resolver los imprevistos. Si tienes suerte y se genera una gran sintonía, el cliente (que es al final el que marca el paso hacia un sitio u otro, o directamente no marca nada) te consulta y luego te hace caso. Pero lo normal es que te consulte pero luego decida por su cuenta y riesgo, cuando no que directamente ni te consulte ni decida. O que haya varias «voces autorizadas» dentro del cliente, cada una dando indicaciones variadas o directamente contradictorias. Y a eso siempre podemos sumar «el fuego amigo» procedente de tu propia empresa, con los jefes y sus «ideas felices», sus compromisos «off the record», su gestión de tus recursos, su agenda oculta o sus intereses al margen del proyecto. Te conviertes entonces en el mero ejecutor del proyecto de otros, en un triste tripulante de un barco capitaneado por personas que ni siquiera están de acuerdo entre sí, que ni va exactamente a donde tú crees que debe ir (o directamente en dirección contraria), ni al ritmo que crees que debe ir, o que directamente queda a la deriva sin que tú puedas coger el timón.
Por eso, tras 10 años, ha llegado el momento de un cambio. No radical, porque voy a continuar mi actividad «consultoril» para terceros. Pero, como línea estratégica, voy a empezar a desarrollar proyectos propios. Proyectos en los que yo sea el máximo responsable de las decisiones, de establecer prioridades, de marcar plazos, de gestionar recursos, de reaccionar ante los imprevistos. Y también el que se beneficie del resultado positivo o sufra el negativo. Siguiendo con el símil náutico, quiero ser el que define el rumbo, el que iza las velas, el que maneja el timón, el que decide cómo enfrentarse a las tormentas. Quiero poder aplicar mis criterios sin que haya un cliente que me diga «vale, me gusta lo que me cuentas pero vas a hacerlo de otra forma», ni un jefe que me diga «muy bien todo, pero he hablado yo con el cliente y ahora vas a hacerlo como yo te diga».
¿Llegaré a buen puerto, o me hundiré en el intento y tendré que seguir toda la vida sirviendo en barcos ajenos? El tiempo lo dirá. Pero ahora, en este momento, ha llegado la hora de ponerme al timón. El barco está a punto de zarpar.

¿La honestidad vende?

Hace un par de días escribía un post en Digitalycia sobre los plazos del social media. Extrapolando (es decir, que me quiero referir ahora al mundo de los negocios en general), mi argumento venía a ser que muchas veces hay gente que promete resultados con mucha alegría y «100% de fiabilidad», cuando la realidad es que las cosas suelen ser más difíciles e inciertas. Hacía la analogía de la venta del crecepelos milagroso, el típico producto de charlatán, que deslumbra a los potenciales compradores con sus maravillosas virtudes y que luego son mucho más modestas si es que llegan a existir.
Frente a esa forma de actuar, yo me identificaba con otra forma de vender, la que pone encima de la mesa posibles ventajas pero ponderadas con los riesgos y los costes. El caso es que un comentarista me venía a decir que, presentando las cosas de esa manera, las probabilidades de captar a un cliente se reducían. Si el mismo que les vende les habla de riesgos, costes, resultados de difícil cuantificación…
Estoy de acuerdo con él. Hay muchos clientes que, extrañamente, sólo quieren oir la parte «bonita». Porque a estas alturas de la vida, todos sabemos que todo tiene su lado oscuro, que no hay productos milagrosos. Pero hay quienes prefieren obviarlo, creerse que van a conseguir sus objetivos de forma fácil, rápida, segura, y barata, y sólo compran a quienes les prometen eso aunque luego sea mentira. Y hay gente encantada de decirles lo que quieren oir, aunque eso suponga dejar un reguero de descontento posterior.
Pero yo creo que hay un nicho de mercado que valora la honestidad. Un tipo de cliente al que le gusta tener una visión clara de «lo que hay», jugar con todas las cartas encima de la mesa, conocer pros y contras, y a partir de ahí decidir. Quizás no sean muchos, pero creo que existen.
En todo caso, es como yo pienso que se debe actuar. No quiero ser un vendedor de crecepelos milagroso, por mucho que sepa que probablemente haría más dinero de esa forma. Hay dos características necesarias para actuar así: una ausencia total de ética (porque engañar a alguien a sabiendas no se puede hacer si un tiene un poco de «vergüenza torera»), y una notable cara de cemento para luego lidiar con el cliente cuando se dé cuenta de que las cosas no eran tan bonitas como tú las habías vendido. Yo no tengo ni una ni otra.
Por eso estoy procurando dirigir mi carrera profesional hacia la autonomía y la independencia. Quiero hacer las cosas como creo que deben hacerse, y no como otros me dicen que hay que hacerlas. No quiero vender crecepelos por mi cuenta, ni mucho menos por encargo. Igual me estrello, pero al menos que sea convencido de lo que hago.