Fotografiando

Como ya sabréis los habituales, de un tiempo a esta parte vengo interesándome por el mundo de la fotografía. Lejos de ser un interés pasajero (como el que se lleva mi atención en otros casos), cada día me apetece profundizar un poco más. Leo libros, paso más tiempo en Flickr viendo fotos, trato de aprender…
Fruto de este interés he creado Fotografiando. Se trata de una recopilación de apuntes, enlaces, videos interesantes, citas… que voy haciendo a medida que voy explorando este mundillo. No tiene una vocación editorial, es decir, que está pensado más como «cuaderno de notas» para mí que como proyecto para que otros lean. Pero aun así, si a alguien le interesa compartir esas notas, es bienvenido.
Aquí seguiré hablando de vez en cuando sobre mis experiencias fotográficas; allí, además, iré recopilando esas «pequeñas cosas» que no dan para un post, pero que viene bien tener guardadas.

Hijos y padres

Ser padre es una experiencia alucinante. Y por partida doble, doblemente alucinante. Cambia profundamente tu forma de ver muchas cosas. Y uno de los cambios tiene que ver con la forma en que percibes a tus propios padres.
Algo hizo «click» dentro de mí un día cuando, de visita en casa de mis padres, me quedé mirando una foto en una estantería. Eran ellos, conmigo de pequeño, dando un paseo. Una escena familiar típica, que habría visto cientos de veces. Sin embargo, esta vez fue diferente. Esta foto se parecía tremendamente a una escena mucho más reciente, en la que el niño era mi hijo y los padres éramos mi mujer y yo.
Cuando tienes un hijo, de repente ves a tus padres de otra forma. Dejan de ser tus antagonistas, unos señores que siempre han estado ahí y siempre se habían comportado como «padres» y que, por lo tanto, eran intrínsecamente distintos a ti. Cuando tú mismo eres padre, y te das cuenta de que estás viviendo todo lo que ellos vivieron 30 años antes, empiezas a comprender muchas cosas que nunca habías entendido de su comportamiento. Y llegas al convencimiento de que, inevitablemente, tus hijos también te verán con ese punto de incomprensión hasta que, con suerte, ellos mismos vivan la experiencia.
Esta especie de «iluminación» te lleva a ver la relación de otra manera, a quererles de otra forma. En cierto sentido, compartir la experiencia de la paternidad te hace romper esa barrera padre-hijo y te lleva a verles más como unos iguales. Te vuelves más comprensivo, te vuelves más tolerante. Aprecias mucho más todo lo que ellos han hecho por ti.
Por supuesto, siguen siendo tus padres. Y habrá momentos en los que discrepes con ellos, momentos en los que te parezca que se entrometen, momentos en los que te saquen de quicio, o en los que piensas que «te ponen en evidencia». Pero darte cuenta de que tus propios hijos van a pensar eso mismo de ti hace que empatices mucho más con ellos.
Tengo la enorme fortuna de poder compartir esta etapa de la vida con ellos, y me siento tremendamente feliz por ello. Es una de esas cosas en las que mucha gente repara únicamente cuando las pierde; o que, dándose cuenta, no lo expresa por pudor, o pensando que «ya habrá ocasión»… pero como dice el refrán, «la ocasión la pintan calva» y es tontería quedárselo dentro pudiendo decirlo.
PD.- Estoy convecido de que, si algún día mis hijos leen esto, se avergonzarán de mí 😉

Fotografía con objetivos manuales

Mi llegada al mundo de la fotografía ha sido ya en tiempos de la tecnología digital. Eso tiene sus indudables ventajas, aunque algunos fotógrafos «de los de antes» refunfuñen de vez en cuando. Pero en general puede decirse que la tecnología ha simplificado el acercamiento de muchos al mundo de la fotografía.
Yo tengo algunos recuerdos vagos de la afición fotográfica de mi padre (últimamente renacida también para lo digital): recuerdo diapositivas, creo que incluso alguna ampliadora, los negativos, el flash, el trípode… pero vamos, como algo muy del pasado, muy artesanal, con lo que yo apenas tuve contacto.
Una de las cosas en las que creo que más ha avanzado la tecnología fotográfica es en lo relacionado con los sistemas de enfoque automático en los objetivos. Mejor o peor (a veces puede costar enfocar con poca luz, o el sistema de autofocus se hace un lío respecto a lo que quieres enfocar y enfoca otra cosa, con objetos en movimiento no son perfectos, etc.), estos sistemas facilitan que las fotos nos salgan «en foco» con sólo tocar un botón. Es decir, que cualquiera pueda sacar una foto decente sin estrujarse mucho los sesos.
Y eso, frente al sistema de enfoque manual, es un gran avance en una gran mayoría de situaciones (aunque en otras siga siendo mejor recurrir al enfoque manual)
Sin embargo, sigue siendo posible adquirir objetivos manuales. Por ejemplo, hace poco yo compré uno 50mm 1.8 (en Olympus la gama de objetivos OM). ¿Por qué? En general, tienen una relación calidad/precio muy interesante. Una focal fija sin sistema de enfoque automático es mucho más sencilla en su construcción, y cuanto menos «mecanismos» tiene, mejor calidad de imagen vamos a obtener por un precio más razonable. Para un aficionado sin ánimo de dejarse cientos de euros, puede ser la única oportunidad de acceder a determinadas focales y aperturas.
Aunque claro, tiene sus contrapartidas. Y es que enfocar manualmente requiere paciencia (especialmente trabajando con aperturas grandes, o sea, con una profundidad de campo limitada). Con objetos en movimiento ya diría que es casi cuestión de suerte acertar o no. Pero también tiene algo de «romántico», en los tiempos de la tecnología, experimentar con la sensación de enfocar «a pelo», como se hacía antes.

Proactividad

La verdad es que, pensándolo bien, debería grabarme estas palabras a fuego.
Extracto de un post en ThinkWasabi vía CapitanCook:
«Sé Proactivo por encima de todo […] practícalo, y habrás multiplicado por 1.000 las posibilidades de tener éxito en tu proyecto. […] La Proactividad es sinónimo de acción, de ejecución, de tomar la iniciativa, de moverse y de mover al de al lado si es necesario. Es sinónimo de actitud positiva y constructiva, de enfoque didáctico, prefiere ir en lugar de esperar a que vengan, prefiere llamar en lugar de aguardar el “ring” del teléfono, es el opuesto a la pasividad, a la contemplación cansina, a la innecesaria crítica mordaz que no aporta nada, a la lamentación bobalicona o la queja infantil. La Proactividad no es ni siquiera parte de la solución, es la solución. La Pasividad es el problema. […] La Proactividad interpreta la acción en términos de beneficio real, visualiza el resultado, la ve como un peldaño para seguir creciendo personalmente y sumando en conjunto. La Pasividad ve la acción, o el tener que hacer algo, como una amenaza, una molestia, pone excusas, y espera a que el agua esté tibia para bañarse y dejarse flotar. El proactivo se zambulle aunque las aguas estén gélidas y rápidamente comienza a nadar.«

¿Eventos caros, o eventos austeros?

Esta semana han coincidido en el tiempo dos eventos (bueno, seguro que muchos más, pero estos dos son los que me sirven para la reflexión). Por un lado, La Red Innova. Por otro, Brands&Video.
Comentaba hace un rato Gonzalo Martín, impulsor del segundo, que «300 asistentes leo sobre RedInnova, @brandsandvideo tenía 210 inscritos, pasaron unos 150 y creo que no llegamos siquiera al 1% del ppto.» ; «Y, por supuesto, el dato del 1% es una estimación. Nos hemos gastado algo menos de 3.000 euros. Xo no cuentan las horas hombre.»; «No es ni mejor ni peor:solo pienso que eventos austeros y gastar de otra forma puede ser mejor para el tejido de emprendedores.»
Y es que, si atendemos a la imagen que han transmitido ambos eventos, tenemos por un lado un evento «a lo grande», con gran despliegue de medios, con un propósito generalista (y un tanto disperso, en mi opinión). Y por otro un evento «pequeñito», con medios limitados (he leído que lo han llegado a etiquetar como «espíritu de garaje»), con una temática muy definida y muy orientado a un perfil muy concreto.
Creo que a la hora de plantear un evento hay dos vectores a tener en cuenta. Uno tiene que ver con el interés intrínseco del evento: ¿tiene un propósito definido? ¿está dirigido a la audiencia adecuada? ¿se han seleccionado contenidos y ponentes de interés? ¿se ha planteado una dinámica que permita desarrollar esos contenidos de forma que, al final, resulte útil para los asistentes?
El otro vector es el externo: el de la localización, el escenario, el despliegue tecnológico, el catering, las actividades lúdicas anexas, las condiciones de viajes y alojamientos, el contar con gente «de relumbrón» para «darle caché», los esfuerzos de comunicación y marketing…
Le decía yo a Gonzalo, y es el punto al que quería llegar con el post, que para organizar un evento interesante lo fundamental está en el primer vector. El interés intrínseco es condición necesaria, y suficiente, para el éxito. La parte de la fachada no es necesaria (se puede hacer un evento muy interesante sin grandes alardes) ni desde luego suficiente (porque entonces se queda en un bonito fuego de artificio).
A lo que voy es que, si yo tuviera que organizar un evento, todas las prioridades irían a desarrollar el interés intrínseco del mismo (siempre, claro está, ofreciendo unos mínimos en el aspecto logístico). Si luego sobra presupuesto (¿sobra alguna vez?) ya iría a la parte del lucimiento externo. Siempre y cuando, lógicamente, el objetivo sea «organizar un evento útil para sus asistentes»; porque cabe la posibilidad de que haya otros objetivos en la agenda (más relacionados con la visibilidad, notoriedad, etc.) que pueden hacer cambiar las prioridades.
Por supuesto, huelga decir que cabe encontrar eventos con interés intrínseco y que, además, tengan una fachada espectacular. Una cosa no tiene por qué evitar la otra. Aunque yo, no sé por qué, tiendo a tener un cierto prejuicio respecto a las apariencias (en esto como en todo): como si pensase que el esfuerzo realizado en los aspectos externos y superficiales fuese una maniobra de distracción para disimular una cierta mediocridad en lo esencial. Y he de confesar que, por este prejuicio, he sido bastante escéptico con La Red Innova desde el principio, aunque como no he estado no sé hasta qué punto me equivoqué o no.

Escéptico 2.0

Escepticismo

Hace unos meses, David me regaló esta imagen. No recuerdo exactamente a cuento de qué vino; imagino que hice algún comentario de esos que me salen de vez en cuando entre lo escéptico, lo desencantado y lo mordaz.
Practicar un sano escepticismo creo que es bueno en líneas generales. La duda metódica, que diría Descartes. Sin embargo, a veces es una lata, sobre todo si al escepticismo se le suma una cierta coherencia.
A veces envidio al que no es escéptico, al que se cree casi todo lo que le dicen, y casi todo lo que él dice, incluso cuando la tozuda realidad se empeña en decir lo contrario. Y a veces también envidio al que, siendo escéptico, es capaz de guardarse su escepticismo y volcarse al 100% en algo que no se cree «por exigencias del guión».
Pero yo no soy así, qué le vamos a hacer. Para algunas cosas es bueno, para otras regular, y para otras malo. Pero oye, cada uno es de su padre y de su madre, y éstas son las cartas que me toca jugar.

Un hombre sin móvil

El otro día, cenando con tuiteros de Salamanca, me enteré de que uno de ellos (se dice el pecado, no el pecador) no tiene móvil. Ni lo tiene, ni lo quiere. Estaremos de acuerdo que en un país con una tasa de penetración superior al 100% (o sea, que hay más móviles que personas) resulta cuanto menos curioso.
Él argumentaba, no sin razón, que quien quiera localizarle puede hacerlo sin problemas en el teléfono fijo, bien sea el de casa o el del trabajo. Pero el argumento que más me llamó la atención fue: «cuando alguien te quiere localizar sin poder esperar, suele ser porque le interesa a él más que a ti».
En fin, no sé. A mí no me acabó de convencer. Sin ser un «adicto al móvil», creo que su utilidad es mayor que los posibles perjuicios (aparte del económico, claro) que puedan derivarse de tenerlo. Yo hace mucho tiempo que no llamo a sitios, sino a personas. Y no dependo de estar en un sitio o en otro para poder hacerlo.
Pero no deja de ser verdad que, si no lo mantenemos un poco bajo control, el móvil puede convertirse en la máquina de interrupción y control perfecta. Eh, pero el móvil también se puede apagar, ¿lo sabíais? 😀

¿Debo seguir en mi trabajo?

Algoritmo laboral

El otro día, charlando con unos antiguos compañeros que ahora trabajan en B+I Strategy, me contaban que en una charla alguien les había explicado cómo hacer una evaluación periódica de su vida laboral. Es decir, cómo valorar si uno debía seguir adelante con su trabajo o buscar aires nuevos.
Se trataba, simplemente, de contestar a tres sencillas preguntas. En el último año… ¿he aprendido cosas nuevas? ¿me he divertido con mi trabajo? ¿he recibido una compensación satisfactoria? En caso de que la respuesta a cualquiera de esas preguntas sea negativa… es el momento de cambiar.
Ya, ahora me diréis que es una simplificación, que hay muchos matices, que si tal, que si cual… vale, sí, lo que queráis. Pero si lo pensamos bien, muchas veces la esencia de los problemas es en realidad de lo más simple, y enredándonos en los matices lo único que hacemos es perder perspectiva. Y a mí me parece que aprendizaje, diversión y retorno económico son tres factores esenciales para que un trabajo merezca la pena. Si falta alguno de ellos, por mucho matiz que queramos introducir, hay algo que falla.

Flirck y más SEO accidental

Si hace un tiempo contaba un chascarrillo sobre SEO involuntario (¿o es SEM? Bah, lo que sea), el otro día di con otro caso que también me resultó curioso.
Resulta que mi madre, flickera empedernida, me dice «¿te puedes creer que tengo una foto que se ve unas 400-500 veces al día?». ¡Leches!, pensé yo. Vale que tiene mucha actividad, y bastantes contactos, y muchos grupos… pero 500 visitas diarias a una única foto (una composición con varios buhos que hay por casa)… ¡son muchas visitas!
Total, que me puse a hurgar en sus estadísticas. Efectivamente, ahí estaban las 400-500 visitas diarias. Y al mirar en los orígenes de las visitas, veo que la inmensa mayoría vienen de Google. Así que entro a ver las cadenas de búsqueda… y ahí se descubrió el pastel.
Mira tú. Debido a una confusión en el nombre (nada de extrañar teniendo en cuenta el trabalenguas del original), puso en el título de la foto «para mis amigos de Flirck» (erre-ce-ca) en vez de «para mis amigos de Flickr» (ce-ca-erre). Consecuencia: #1 en la búsqueda «Flirck» y 500 visitas diarias a la foto de marras.
Visitas que en su inmensa mayoría serán irrelevantes, de las de «llego y me voy porque no encuentro lo que buscaba» (¿acaso no son así muchísimas de las visitas que se reciben?; en mi caso desde luego sí… como todos los que vienen buscando cita previa seguridad social, que son un montón al cabo del día). Visitas intrascendentes. Pero bueno, mejor tenerlas que no tenerlas, ¿no?