Los 8 principios irresistibles de la diversión

Gracias a @Tferriss descubro esta web-presentación flash: los ocho principios irresistibles de la diversión (disponible también en inglés y francés). Bajo la tesis de que «falta más diversión en nuestras vidas» y que «no es absolutamente necesario divertirse, pero cuando uno se divierte la vida es mejor», la presentación desarrolla ocho puntos que, no por oídos anteriormente, dejan de merecer un punto de reflexión.
En fin, que me ha parecido que merece la pena dedicarle cinco minutos.

Signos fecales

Ayer, durante la comida que tuve con los responsables de la Escuela Europea de Negocios, estuvimos contando «chascarrillos» sobre nuestras experiencias profesionales. Y especial éxito tuvieron los recuerdos de situaciones surrealistas de esas que se ven todos los días en las empresas (desde el «le ruego que no sonría, porque así da la impresión de que es feliz y sus compañeros se desmotivan» al «ya le daré yo esa información cuando considere que se la merece, usted dedíquese a trabajar»).
Hace unos años, unos socios de Arthur Andersen escribieron un libro (muy «publicitado» a nivel interno) que titularon Vital Signs. Iba sobre la importancia de establecer indicadores para poder valorar la buena marcha de las empresas.
El caso es que mi jefe siempre pensaba que se tenía que poner a escribir otro libro. Y en vez de «Signos vitales», pensaba titularlo «Signos fecales» y referirse a todas esas señales que evidencian que una empresa funciona (con perdón) como el culo. Normalmente no son señales que puedan capturarse en un indicador (aunque a veces sí), sino que tienen más que ver con comportamientos, decisiones, situaciones y anecdotario variado… y que sin embargo son un reflejo palmario de la cultura imperante en una empresa determinada. Cultura que, en última instancia, se lleva por delante cual tsunami cualquier ejercicio de management «racional».
Creo que hoy, igual que ayer, sería un éxito.

Las empresas y el componente humano

El artículo de ayer generó una intensa e interesante discusión. Y no sólo aquí, sino también en otros foros. Concretamente, en éste foro de telecos en el que me referenciaban, se comenta lo siguiente:
«en este caso no estoy en absoluto de acuerdo, creo que ha simplificado demasiado el problema obviando la componente humana y dando por hecho que la empresa está pensando siempre en ofrecer lo mejor disponible a sus empleados. No me parece una opinión que aporte nada al debate, la verdad.»
Lo de que la empresa siempre está pensando en ofrecer lo mejor disponible a sus empleados no sé muy bien de dónde, en mi artículo, lo extrae. No creo que sea así. La empresa siempre va a ofrecer aquello que sea mejor para sus propios intereses, no para los intereses de su gente. Sólo en la medida en que le convenga ofrecerá cosas a sus empleados. Si te dan formación no es para que te cultives, sino para que ganes habilidades que te hagan más productivo, más eficiente… más rentable. Si te dan un aumento es para que no te vayas a otro sitio, o para que tu motivación no caiga por debajo del umbral de la rentabilidad. Pero si les da igual que te vayas o no (porque eres auténtica «marca blanca», perfectamente sustituible sin apenas coste), no harán nada por retenerte. Si les da igual que que adquieras nuevas habilidades (porque te quieren para mantener un sistema obsoleto y planean que hagas eso para siempre; y cuando ese cliente se vaya les resulta mejor echarte a la calle y sustituirte por uno nuevo que reciclarte), no verás un curso ni en pintura. Etc, etc.
La empresa no es un ser humano, no tiene sentimientos. Todo eso de «las personas son nuestro mejor activo» es un mantra «guay» que, sólo a veces, se corresponde con la realidad. En empresas donde es factor clave de competitividad (de verdad, no de boquilla) el tener a un equipo brillante, motivado, experimentado, dinámico, innovador… la empresa se preocupará mucho por sus empleados. Pero no porque tenga un gran corazón, sino porque hacerlo es la vía para su rentabilidad y su supervivencia. Pero desengañémonos: por mucho que los libros del management digan que vivimos en un mundo complejo y dinámico, y que para todas las empresas las personas son un factor clave… hay muchísimas que viven en base a otros valores competitivos. Como el coste, sin ir más lejos. Y si hay que elegir coste o personas, elegirán coste. Tareas repetitivas, especialización y división del trabajo, formación la mínima imprescindible, aumentos de sueldo limitados, empleados sustituibles, gestión a base de capataces…
Suena a las fábricas insalubres de la revolución industrial. Pero es la realidad del siglo XXI de muchas empresas. Ahora no van con harapos, ahora van con traje y corbata. No son analfabetos inmigrados del campo, son ingenieros y licenciados. Pero la esencia es la misma. Claro, si entras al mundo de la empresa pensando en los mundos de Yupi, y caes en una de las muchas empresas que juegan a este juego, te llevas decepción. Pero así es la vida. Y no se puede culpar a las empresas por «no ser humanas». Es que no lo son. Pueden aparentar serlo en la medida en que les ayude a ganar dinero y a pervivir. Pero si eligen otra manera de hacerlo…

¿Sectores enfermos, o expectativas equivocadas?

Hoy publican en El País el artículo «Ingenieros arrepentidos«. Se trata del artículo del que os hablaba hace unos días para el que buscaban «casos reales».
Al leerlo, seguro que muchos reconocéis el escenario. Son testimonios de personas desilusionadas por una carrera profesional decepcionante, sin grandes sueldos, sin desarrollo, sin muchas perspectivas de futuro… nada nuevo bajo el sol.
La cuestión es que podría interpretarse, leyendo este artículo, que es un problema del sector. Y ahí es donde a mí me entran las dudas. ¿Acaso no son estos problemas existentes en cualquier profesión? ¿Es que los abogados, los arquitectos, los médicos, los periodistas… viven de forma generalizada carreras profesionales llenas de satisfacciones? Seguro que no. Imagino que cualquier estudiante de arquitectura quiere ser Foster, pero el 99% acabará trabajando en una promotora visando proyectos de edificios residenciales clónicos. Cualquier estudiante de medicina quiere ser un médico de prestigio, pero el 99% acaba de médico de empresa haciendo reconocimientos rutinarios día sí y día también, o atendiendo pacientes en el ambulatorio a razón de 6 por hora. Cualquier aspirante a periodista quiere destapar el Watergate, pero la mayoría pasará su vida profesional en redacciones de medio pelo cubriendo noticias intrascendentes. Etc.
A lo que voy es que quizás deberíamos asumir que, por defecto, el mundo del trabajo nos ofrece carreras profesionales planas y llenas de miserias en entornos laborales poco estimulantes. A los ingenieros, a los economistas y a todo hijo de vecino. Que eso no es la excepción, si no la regla. Que las carreras profesionales brillantes, en contínua progresión, llenas de estímulos… son un privilegio de unos pocos, y que además no surgen de la nada, sino que exigen poner bastante de nuestra parte, asumir riesgos y sacrificios.
Quizás, teniendo unas expectativas más ajustadas a la realidad, existirían menos decepciones.

Cuando te responde el eco

Es algo que me hace subirme por las paredes.
Alguien, normalmente desconocido, te escribe. Te hace una consulta, te pregunta tu opinión sobre algo. Dedicas un rato a contestarle lo mejor que sepas, le mandas tu respuesta… y después nada. Ni una contestación, ni un «lo he recibido», ni un «gracias» ni nada de nada.
No estoy hablando de «hoygans» que se descuelgan con peticiones absurdas, que no tienen nada que ver ni conmigo ni con lo que hago y que sabe dios por qué deciden mandarte un mail en un momento dado. Hablo de personas que se presentan muy educadamente, con su nombre y apellidos, contándote su vida y pidiéndote que les dediques tu atención y tu tiempo. Que les des tu opinión sobre un proyecto, que les des orientación sobre su carrera profesional, que te piden que les recomiendes alguna lectura…
Y lo haces, porque crees que está bien, y porque no hacerlo sería una bordería. No esperas nada a cambio… bueno, miento, algo sí: un mínimo de educación para contestarte, y un mínimo de agradecimiento, coño.
Y aunque no se puede generalizar, es sorprendente la cantidad de gente que una vez que ha conseguido lo que quería de ti no tiene a bien ni siquiera dar al botoncito de «Reply» y poner «Gracias por tu tiempo». Dan ganas de mandar todas esas peticiones al baúl del olvido. Pero claro, entonces estarías dejando de contestar a la gente educada y agradecida, que también la hay.
Venga, hombre, que la «netiquette» no es tan diferente de la buena educación en la vida real.

Buena gente

Ayer estuve en el Iniciador en el que fue ponente Antonio González-Barros. Que dijo un puñado de cosas interesantes. De entre ellas, una de las que más me gustó fue su referencia a la «buena gente«. Mencionaba que, de cara a incorporar emprendedores y proyectos a su Grupo Intercom, uno de los factores que más consideraba (por encima incluso de la idea de negocio, o de las habilidades del emprendedor) era una cierta comunión en valores humanos sin los cuales resultaría muy difícil la convivencia en la empresa.
Qué importante. Recuerdo que cuando me hablaban de estrategia, y de la definición de «misión, visión y valores», solía pensar que había mucho de palabrería en todo eso. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, creo que el hecho de que las personas dentro de una proyecto empresarial compartan de verdad esas cuestiones (otra cosa es que sea un ejercicio superficial, un juego de salón que no se corresponda a la realidad) le proporciona una enorme solidez que contribuye a su viabilidad, a su éxito y a su capacidad de superar adversidades.
Y sin embargo, parece que sea una cuestión que muchas veces se deja de lado. Nos centramos en cuestiones más operativas, analizamos y valoramos rasgos más superficiales, y pasamos de este elemento de cohesión. Creo que es un error que, antes o después, acaba por hacer fracasar las iniciativas. Si no hay unos cimientos sólidos, no importa lo bonita que sea la construcción: será débil y acabará cayendo. Por lo tanto, creo que merece la pena dedicar todo el tiempo del mundo a buscar gente con la que compartamos esos valores básicos.
El problema es que para calibrar los valores reales de otra persona hace falta tiempo. Porque la realidad de los valores no está en las declaraciones altisonantes, sino en los hechos. Y normalmente no en hechos puntuales, sino en los detalles cotidianos.
Encontrar a estas personas es un proceso de decantación lento, que parece incompatible con el ritmo acelerado de nuestra sociedad. Pero si al menos tenemos en mente su importancia, podremos trabajar para conseguirlo.

La realidad del paro en España

Me parece que este comentario, que leo en Joldi’s web (no hay permalink, pero es una anotación del 15 de abril de 2009) lo clava:
«Hay quién siguen sin enterarse que España nunca volverá a ser en lo económico la de hace tan sólo un par o tres de años. Que jamás el sector de la construcción y afines volverán a absorber tanto factor trabajo como años atrás, y que lamentablemente, se quiera o no reconocer, poca de esta mano de obra podrá ser recolocada en otros sectores productivos. No hay, ni habrá sector que coja el tan ansiado relevo a la construcción. Y olvídense de papanatas de crear de la nada sectores de valor añadido de I+D. Eso requiere, tiempo (que ya no hay) y dinero (que ya no tenemos). El desajuste entre oferta y demanda de mano obra, es, y seguirá siendo brutal. Sobra mucha mano de obra, con independencia que se precarice todo lo que se quiera el mercado de trabajo español. Aún y con estas, seguirá sobrando muchísima mano de obra. Y para mayor abundamiento necesitamos mejorar la productividad, eficiencia, de nuestro mercado de trabajo, lo que aún requerirá desprendernos aún de más mano de obra».

Mucho tiempo libre

Hace nada me espetaban en un comentario «me parece que tu tienes mucho tiempo libre ¿no?». Esto… pues todo el que puedo permitirme, ¿tú no?
Tiempo libre es algo de lo que nunca tienes demasiado. Tiempo libre considero que es aquel sobre el que puedes decidir cómo emplearlo, a qué dedicarlo. Ójala todo mi tiempo fuese libre, jamás se me ocurriría pensar en ello como algo negativo o algo de lo que avergonzarme. Lamentablemente no puede ser así, porque todos tenemos unas necesidades básicas que hay que cubrir (aunque lo «básico» es distinto para unos que para otros, y en muchos casos cometemos el error de considerar «básico» algo que no lo es ni de lejos) y que nos obligan a dedicar parte de nuestro tiempo a satisfacerlas directamente o a conseguir dinero para hacerlo indirectamente.
El objetivo debería ser maximizar nuestra satisfacción. Hay quien relaciona la satisfacción con gastar y acumular (una gran casa, un gran coche, grandes viajes, clubs sociales de prestigio, ropa cara, etc.). Como todo eso cuesta dinero, y salvo que lo tengas asegurado por cuestiones familiares o del azar, tendrás que emplear un porcentaje mayor de tu tiempo haciendo algo que no harías si pudieras sólo para poder financiarlo, y se produce la paradoja de que se reduce el tiempo disponible para disfrutarlo.
Otra alternativa es buscar satisfacción en las cosas sencillas de la vida, habitualmente mucho menos gravosas. Como no necesitas sufragarlas, puedes aumentar el porcentaje de tiempo que le dedicas a ellas.
¿Qué compensa más? Obviamente, es una cuestión muy personal de cada uno decidir en qué encuentra satisfacción y qué sacrifica a cambio, aunque mucho me temo que muchos ni siquiera se han parado a pensarlo nunca. Yo por mi parte cada día lo tengo más claro: tumbarme en mi barca y fumar en pipa. ¿Mucho tiempo libre? Todo el que puedo.

¿Y si no me leyera nadie?

El otro día leía un artículo sobre los trolls en Soitu en el que se recogía, entre otros, la opinión de Alfonso «Yoriento» Alcántara, que en su argumento (provocador, pero con chicha) de que trolls y bloggers son dos caras de la misma moneda, en la medida en que comparten la «eterna necesidad de llamar la atención y sentirse reconocido dentro de un grupo», decía lo siguiente (respecto a los bloggers):

Muchos dirán que no, que escriben porque les gusta o por motivos genéricos. Pero los que siguen es porque ven que cada vez son más leídos, aunque tengan poca audiencia

A raiz de esa frase, me dio por cuestionar mi propia experiencia. ¿Será cierto? Si voy camino de cinco años blogosféricos, ¿es sólo por esos motivos? ¿Hubiera sido diferente sin visitas?
Reconozco que yo he sido afortunado en ese sentido. En este tiempo mi blog ha ido creciendo de una forma tranquila pero constante. Desde muy al principio empecé a tener unas pocas visitas, algún comentario, algún enlace. Es verdad que también me lo «trabajé» (con cierta constancia escribiendo posts, aunque era algo natural porque era nuevo y apetecible; participando en conversaciones en otros blogs, de nuevo de forma natural; también me di de alta en alguno de los «directorios» que por aquellos tiempos existía), supongo que la temática del blog (por aquel tiempo no había tantos blogs «sobre la experiencia profesional») y el nick también llamaban algo la atención y que, en definitiva, a algunos de los que venían les gustaba lo que leían lo suficiente como para hacerlo de forma habitual.
El caso es que la mecha no tardó en prender, y desde entonces ese proceso de retroalimentación ha funcionado de forma constante y gratificante: visitas, enlaces, comentarios, suscriptores, enlaces entrantes, conversaciones… han ido fluyendo.
Pero… ¿qué hubiera ocurrido si no hubiera sido así? ¿Y si, a pesar de mis «esfuerzos», se hubiesen pasado las semanas sin prenderse esa mecha? ¿Y si después de dos o tres meses de dedicación al blog las visitas no hubiesen empezado a fluir, no tuviese ningún comentario, nadie me hubiese enlazado? Siendo realistas, creo que más pronto que tarde hubiese «tirado la toalla». Sin el refuerzo positivo que supone saberse escuchado, no le habría encontrado gracia ninguna al invento y me hubiese olvidado de ello.
Siempre he dicho que mantener un blog tiene algo de exhibicionista, sin duda. Y de egocéntrico también. Sin esos componentes, te limitarías a tener un cuadernito guardado en el cajón para apuntar ideas para ti. Si lo haces público es porque aspiras (con mayor o menor grado de intensidad) a que otros vean lo que haces/piensas, y a que otros te digan cuánto les gusta lo que haces/piensas. A generar reacción. Y a partir de ahí, sí, a intercambiar conocimiento y a establecer relaciones. Pero si sólo fuese «gritar en el vacío» o predicar en el desierto… seguramente uno se hubiera aburrido hace ya mucho tiempo.
Así que, por la parte que os toca, gracias por hacer de esto algo tan satisfactorio.