Cultura Netflix

Hace tiempo que vi en el agregador que Diego reseñaba esta presentación; como andaba con el móvil, la marqué para leer más adelante. Y el otro día, el entusiasta elogio de Ángel me hizo repescarla. Y vaya si merece la pena. Se trata de una presentación sobre la cultura corporativa de Netflix. Y en ella se recogen un conjunto de mensajes muy interesantes y jugosos sobre cuestiones culturales: tanto, que es más que probable que en los próximos días vaya desgranando algunos de ellos como posts individuales, porque tienen enjundia.

Insisto, es larga. Pero merece la pena su lectura, porque más allá de validar el modelo concreto de Netflix (que habría que vivir desde dentro para ver hasta qué punto es acorde con el documento o no) invita a reflexionar sobre eso tan presuntamente etéreo, pero tan profundamente real, como es la cultura corporativa.

El mercado y la gravedad

Hoy he tenido un entretenido intercambio de tuits con @sociologizando. Todo ha surgido con un planteamiento suyo, hablando del mundo del trabajo, donde decía que «los empleadores deberían pagar a sus empleados lo que se merecen». Ahí le he respondido yo que eso de «merecer» no es algo objetivo, que los precios en el mercado de trabajo (como en cualquier otro) se fijan en base a la oferta y la demanda… y a partir de ahí nos hemos liado en una conversación (creo que twitter no era el canal más apropiado, pero no se nos ha dado mal) sobre si el mercado era «justo» o si era «perfecto»
En realidad se trata de una conversación que se repite de forma recurrente. Yo empiezo a hablar de la lógica de los mercados, y siempre sale alguien hablando de «lo justo», «lo ético», «lo correcto»… Entonces yo trato de explicar que la lógica de los mercados es la que es, y alguien acaba diciendo que yo soy un «defensor del mercado» o un «fundamentalista» (no ha sido el caso de Pablo, que no ha llegado a este extremo; pero creo que no le faltaba mucho 🙂 ).
Y a mí me hace gracia escuchar eso. Nadie discute hoy en día la ley de la gravedad: si dejas algo suspendido en el aire, se cae (bueno, Newton lo dice mejor, pero por resumir 😀 ). A nadie se le ocurre decir que «la ley de la gravedad no es justa» o que «la ley de la gravedad no es ética» o que «la ley de la gravedad no es perfecta». No sé si es justa o ética o perfecta, pero me da igual; es como es, y no puede ser de otra manera. Y por decir que «si dejas algo suspendido en el aire, las cosas se caen», nadie me llama «defensor de la gravedad» o «fundamentalista de la gravedad».
Y sin embargo, con el mercado sí ocurre, cuando desde mi punto de vista es tan «impepinable» como pueda serlo la gravedad. En condiciones normales, por nuestra propia naturaleza, tomamos decisiones respecto a la utilidad de lo que nos desprendemos vs. la utilidad que vamos a obtener a cambio (conceptos ambos subjetivos); eso determina el precio que estamos dispuestos a pagar/cobrar por algo. El agregado de las voluntades individuales forma las curvas de oferta y demanda, y allí donde se cruzan se formaliza el intercambio.
Por supuesto, el mercado tiene efectos negativos (igual que los tiene la gravedad; que se lo digan a la cabeza de Newton). Y se proponen medidas para limitar esos efectos negativos en la medida de lo posible, y está bien. Pero no se puede pretender definir una alternativa al mercado, «que no exista el mercado porque no es justo», igual que resultaría absurdo pretender «que desaparezca la gravedad porque no es justo que te caigan cosas en la cabeza». Hombre, si nos ponemos cabezones, podemos intentarlo: pero más tarde o más temprano tendremos que rendirnos a la evidencia de que hay cosas que son como son, y no pueden ser de otra manera: las cosas no dejarán de caerse, y las mareas no se retirarán.

Superdotados

Anoche estuve viendo, durante un rato, el documental «Superdotados, al este de la campana de Gauss» que echaron en DocumentosTV. Muy interesante, en la medida en que se centraba en cómo el sistema educativo no está preparado para detectar y gestionar a este tipo de personas (que se estima en el 2% de la población), resultando en un desperdicio de potencial talento y en generar a esos niños unas situaciones difíciles, obligados a permanecer en un sistema que se les queda pequeño.
En realidad, al final la conclusión que sacabas es que el sistema sólo está preparado para gestionar «la normalidad» y que todo lo que se salga de ahí (tanto por arriba como por abajo) no tiene una atención específica y, por lo tanto, se ven obligados a transitar a un ritmo que no es el suyo. Claro, la educación personalizada es una utopía, pero aun así debería haber «caminos alternativos».
El caso es que uno acaba agradeciendo haber sido «normal». A mí siempre, desde muy pequeñito, me funcionó bien la cabeza. Lo suficientemente bien como para haber obtenido muy buenos resultados sin demasiado esfuerzo. Pero no tan bien como para haberme sentido un bicho raro, para odiar el colegio por aburrido, para sentirme ajeno a mis coetáneos por verles «demasiado simples», para desear ir a cursos de mayores o para enfrascarme en una vorágine de actividades extraescolares que saciasen mi apetito intelectual (experiencias todas ellas relatadas por los protagonistas del documental).
Es curioso, porque uno piensa siempre que cuanto más (hablamos aquí de inteligencia, pero podríamos poner cualquier otra cosa) mejor. Pero luego resulta que para casi todo hay un punto para el que, una vez superado, empiezan a surgir problemas crecientes que pueden llegar a diluir casi por completo los beneficios.

La recomendación de un sibarita

Una de las cosas buenas, fantásticas, que tiene esto del 2.0 es la posibilidad de que cualquiera pueda generar contenido en internet y ponerlo a disposición de quien quiera leerlo. Esto implica que, cualquiera que sea el tema que nos interese, podemos encontrarnos multitud de opiniones de la más diversa condición vertidas en la red.
Esto es aplicable, por ejemplo, cuando tenemos interés en adquirir un producto o servicio. ¿Es bueno, malo o regular? No hay más que teclearlo en Google e inmediatamente accederemos a una inacabable retahíla de opiniones. Aunque claro, como dicen en este post de Partigi, «un factor clave […] es la interpretación que somos capaces de hacer de un comentario» porque «leer comentarios que opinan sobre un tema concreto de una persona de la que no sabemos nada no es muy útil».
Y en este sentido uno de los perfiles más peligrosos a la hora de opinar son los sibaritas. Dice la RAE que son gente «que se trata con mucho regalo y refinamiento». O sea, aquéllos que no se conforman con nada menos que «lo mejor» en un determinado ámbito (porque uno puede ser muy sibarita para una cosa, y no para otra). Los que sólo comen en los mejores restaurantes, los que sólo beben los mejores vinos, los que sólo visten la mejor ropa, los que sólo compran los mejores coches, o los mejores ordenadores, o los mejores equipos de sonido…
Un verdadero sibarita (luego hay los que se las dan de entendidos pero sin tener ni idea, que ésa es otra) es un auténtico experto en su campo. Dedica mucho tiempo a profundizar con fruicción en la materia, está al día de todos y cada uno de los detalles y las novedades, y sobre todo tiene sus sentidos educados hasta tal punto que es capaz de apreciar sutilezas que se escapan al 99% de los mortales. Sus opiniones suelen tener, por lo tanto, un gran fundamento.
El problema es que, si tú no eres tan sibarita como él, su opinión se convierte en peligrosa. Porque te dirige hacia un mundo extraordinario que no estás en condiciones de apreciar. Un mundo que suele ser, además, enormemente caro. Por lo tanto, si sigues las recomendaciones de un sibarita, acabas gastando muchísimo dinero en un producto excepcional, cuando podrías gastar mucho menos en otro «menos bueno» que sin embargo colmaría más que de sobra tus más altas aspiraciones. Seguro que para el sibarita resultaría insuficiente pero, seamos sinceros, los demás difícilmente somos capaces de apreciar y valorar las diferencias.
En definitiva, las opiniones y recomendaciones de un sibarita son muy interesantes, en la medida en que tienen mucho fundamento detrás. Pero a la hora de tomar decisiones es importante no seguirlas a ciegas, y descontarles el «sesgo de sibaritismo» para evitar gastar dinero para nada.

Nacionalismo económico como herramienta de marketing

Nacionalismo económico como herramienta de marketing

El otro día, al ir a tirar las etiquetas de una prenda recién comprada, me llamó la atención leer esto: «Fabricado 100% en España. Comprando este producto contribuye a mantener un puesto de trabajo».
Son tiempos de crisis, y todo vale para conseguir una venta. Incluso apelar a cierta solidaridad entre compatriotas, o a la culpabilidad («con la que está cayendo, ¿va usted a comprar productos fabricados en otros países mientras aquí tenemos que despedir a gente como usted?»).
No sé, a mí el argumento no me gusta demasiado. El producto se valora en función de su calidad y su precio. Que haya sido fabricado en España, si no se traduce en ninguna de esas variables, no influye en mi decisión de compra. Pero claro, eso soy yo. Igual hay gente que sí prefiere pagar más, o comprar un producto peor, sólo por el hecho de estar fabricado en tu mismo país…

Los blogs y su impacto en la carrera laboral

El pasado 2 de agosto se publicó en el suplemento económico de La Vanguardia un pequeño artículo llamado «Los blogs amplían horizontes» (descargar en pdf), referido al impacto potencial que mantener un blog puede tener sobre la carrera profesional. Nuria Peláez, la autora del artículo, se había puesto en contacto conmigo para hacerme algunas preguntas (al parecer, había llegado a mí a través de algo que escribí hace ya un tiempo, y también relacionado con cuando lancé mi página «profesional») y ahí aparece un pequeño extracto de lo que comentamos.
En todo caso, como lo que aparece en el artículo se queda un poco lacónico, reproduzco aquí las preguntas y respuestas originales, para matizar mejor mi opinión que creo que se queda un poco difuminada. Y es que, para mí, lo importante es lo que contesto en la última pregunta y que podríamos resumir en este párrafo: «Pero, para ser más exactos, no es «el blog» quien te permite hacer esto, sino la red de contactos que se va tejiendo entorno a él: gente que lee tu blog, gente a la que lees, gente con la que interactúas… al final vas encontrándote a mucha gente, con la que tienes afinidad e intereses comunes, te acabas conociendo bastante bien… y es entonces cuando surgen las oportunidades».
O sea, que son las relaciones, no las herramientas (en este caso, el blog). A continuación, las preguntas y respuestas originales:
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Por qué decidiste escribir un blog
Siempre he sido aficionado a internet. En 2004 empecé a leer unas cosas llamadas «blogs», unas webs un poco distintas a los habituales «portales» porque tenían un formato mucho más personal, parecido a un diario, donde el autor contaba sus cosas y además interactuaba con sus lectores a través de los comentarios. Investigando un poco, vi que era muy sencillo crear y mantener tu propio blog, así que decidí probar y hacer uno que dediqué a contar, sobre todo, mis pensamientos y experiencias en el día a día de mi trabajo como consultor.
Por qué decidiste colgar tu CV en tu blog
Al principio no lo hice. Escribía de forma anónima, con un seudónimo («Consultor Anónimo»). Por un lado, me daba cierto respeto pensar que alguien de mi entorno «real» (especialmente en el trabajo) pudiese vincularme con el blog y lo que se contaba en él. Y por otro, tampoco veía ninguna ventaja en poner mi nombre; escribir de esta forma «despersonalizada» me permitía extraer conclusiones generales a partir de mis experiencias concretas, que quedaban difuminadas.
Sin embargo, poco a poco empecé a establecer contactos a través del blog: con otros colegas, con otros bloggers… y cada vez se fue haciendo más evidente que algún día tendría que «salir del armario» y dar la cara con nombre y apellidos. Una vez tomada esa decisión, la idea de hacerlo con todas las consecuencias (poniendo no sólo el nombre, si no un perfil personal y profesional, datos de contacto, etc.) me pareció incuestionable: por un lado permitía a mis interlocutores conocerme mejor, y por otro lado podía servirme de escaparate para abrir nuevas oportunidades.
Cuántas visitas ha recibido tu blog en este tiempo, y tu CV
Mi blog blog.raulhernandezgonzalez.com ha recibido, a lo largo de los años, más de 600.000 visitas (más de 900.000 páginas vistas). Mi web personal www.raulhernandezgonzalez.com (en la que se incluye el CV), unas 14.000 visitas (unas 22.000 páginas vistas).
¿Qué crees que ha aportado a tu carrera profesional tu blog?¿Te han surgido oportunidades concretas a través del blog?
Mi blog me permitió hacer un importante cambio de carrera, dejando la consultoría más tradicional para dedicarme más al mundo de internet. También me permitió establecerme como consultor individual, y me ha proporcionado unos cuantos clientes. Pero, para ser más exactos, no es «el blog» quien te permite hacer esto, sino la red de contactos que se va tejiendo entorno a él: gente que lee tu blog, gente a la que lees, gente con la que interactúas (primero en comentarios cruzados, referencias… y luego más tarde conociéndoles en la vida real)… al final vas encontrándote a mucha gente, con la que tienes afinidad e intereses comunes (si no, no les leerías, ni ellos a ti), te acabas conociendo bastante bien (leer las opiniones de alguien a lo largo de varios meses te permite hacerte una idea muy clara de cuáles son sus valores, sus posicionamientos, sus conocimientos sobre un sector, etc.)… y es entonces cuando surgen las oportunidades. Por lo tanto, no creo que sea automático («pongo un blog = surgen oportunidades») sino que el blog es un medio, una excusa, para establecer relaciones valiosas… que son las que generan (como siempre lo han hecho) las oportunidades.

¿La honestidad vende?

Hace un par de días escribía un post en Digitalycia sobre los plazos del social media. Extrapolando (es decir, que me quiero referir ahora al mundo de los negocios en general), mi argumento venía a ser que muchas veces hay gente que promete resultados con mucha alegría y «100% de fiabilidad», cuando la realidad es que las cosas suelen ser más difíciles e inciertas. Hacía la analogía de la venta del crecepelos milagroso, el típico producto de charlatán, que deslumbra a los potenciales compradores con sus maravillosas virtudes y que luego son mucho más modestas si es que llegan a existir.
Frente a esa forma de actuar, yo me identificaba con otra forma de vender, la que pone encima de la mesa posibles ventajas pero ponderadas con los riesgos y los costes. El caso es que un comentarista me venía a decir que, presentando las cosas de esa manera, las probabilidades de captar a un cliente se reducían. Si el mismo que les vende les habla de riesgos, costes, resultados de difícil cuantificación…
Estoy de acuerdo con él. Hay muchos clientes que, extrañamente, sólo quieren oir la parte «bonita». Porque a estas alturas de la vida, todos sabemos que todo tiene su lado oscuro, que no hay productos milagrosos. Pero hay quienes prefieren obviarlo, creerse que van a conseguir sus objetivos de forma fácil, rápida, segura, y barata, y sólo compran a quienes les prometen eso aunque luego sea mentira. Y hay gente encantada de decirles lo que quieren oir, aunque eso suponga dejar un reguero de descontento posterior.
Pero yo creo que hay un nicho de mercado que valora la honestidad. Un tipo de cliente al que le gusta tener una visión clara de «lo que hay», jugar con todas las cartas encima de la mesa, conocer pros y contras, y a partir de ahí decidir. Quizás no sean muchos, pero creo que existen.
En todo caso, es como yo pienso que se debe actuar. No quiero ser un vendedor de crecepelos milagroso, por mucho que sepa que probablemente haría más dinero de esa forma. Hay dos características necesarias para actuar así: una ausencia total de ética (porque engañar a alguien a sabiendas no se puede hacer si un tiene un poco de «vergüenza torera»), y una notable cara de cemento para luego lidiar con el cliente cuando se dé cuenta de que las cosas no eran tan bonitas como tú las habías vendido. Yo no tengo ni una ni otra.
Por eso estoy procurando dirigir mi carrera profesional hacia la autonomía y la independencia. Quiero hacer las cosas como creo que deben hacerse, y no como otros me dicen que hay que hacerlas. No quiero vender crecepelos por mi cuenta, ni mucho menos por encargo. Igual me estrello, pero al menos que sea convencido de lo que hago.

Primera experiencia fotografiando a modelos

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El otro día surgió una estupenda oportunidad: el Ayuntamiento de Aranda de Duero nos ofrecía, a los que habíamos sido alumnos de los cursos de fotografía organizados por ellos, la posibilidad de participar en una sesión fotográfica colectiva. ¿El objetivo? La Reina y las Damas de Honor de las fiestas (que se celebran en septiembre). Para mí, la primera vez que podía participar en una sesión con «modelos» (vale, totalmente amateurs, pero modelos al fin y al cabo).
Fue una experiencia muy interesante, que me permitió aprender algunas cosas:

  • Preproducción: suena demasiado «profesional», pero lo cierto es que merece la pena dedicar un tiempo, antes de la sesión, a pensar: ¿qué fotos quieres obtener? ¿dónde las vas a hacer? ¿será bueno el fondo, será buena la luz? Si lo llevas pensado, puedes ir mucho más directo al grano. Si no, acabas haciendo fotos «según vengan».
  • Mejor en manual: definir unas condiciones (iso, apertura, velocidad) constantes a lo largo de la sesión (al menos mientras mantengas el mismo escenario y las mismas condiciones de luz) hace que obtengas unos resultados más consistentes. Confiar en hacer una nueva medición cada vez que haces una foto genera demasiada variabilidad… por no hablar de cuando haces la medición mal y obtienes fotos quemadas u oscuras (algo que sienta especialmente mal cuando la expresión de la modelo es perfecta… y tú has perdido esa foto por estar mal expuesta).
  • La importancia del entorno: vale, no es ninguna novedad. Pero me di cuenta haciendo estas fotos de lo difícil que es equilibrar todos los elementos de la foto; que el fondo sea adecuado, que la iluminación del fondo y de la modelo estén bien, que no haya ningún elemento de distracción… digamos que son cosas que «sabes», pero que nunca había prestado tanta atención.
  • Algunas fotos, mejor no hacerlas: te puede parecer que la foto estaría bien, «si no fuera por…» (la luz, o el fondo, o lo que sea). A pesar de eso, la haces. Y el resultado es, efectivamente, insuficiente. Si no tienes medios para solucionar los «si no fuera por», mejor buscar otra foto que insistir
  • La complicidad, lo más importante. En nuestro caso, éramos 10 fotógrafos contra 3 chicas jóvenes, ellas un punto intimidadas con la situación y nosotros sin ninguna experiencia en «dirigir» modelos. En estas circunstancias, las poses tendían a ser muy iguales todo el rato, formales, y con el gesto poco relajado. Si hubiéramos conseguido que estuvieran más cómodas, y si hubiésemos tenido más iniciativa para «llevarlas», seguro que habrían surgido gestos mucho más espontáneos y divertidos. Y además hubiese sido posible sugerir poses un poco diferentes, para fotos diferentes.
  • Instantes fugaces: en una sesión de este tipo te das cuenta de lo difícil que es captar la foto justo en el momento adecuado. Esa postura, ese gesto, esa sonrisa, esos ojos… están ahí un momento y al siguiente han cambiado. Imagino que una modelo profesional es más capaz de sostener una determinada pose más tiempo, pero en el caso de los «amateurs» es más difícil. Y si no has hecho la foto en ese momento… se fué.
  • Tres peor que una: si ya es difícil captar el gesto adecuado en una única modelo, cuando coinciden las tres en la toma la dificultad se triplica, porque tienen que coincidir las tres en el gesto perfecto. Con que una no lo haga, por mucho que las otras dos estén fenomenal, la foto ya no es lo mismo
  • Mejor sólo que acompañado: esto es una obviedad. Pero compartiendo sesión con otros 10 fotógrafos todo es más complicado, no puedes «disponer» de las modelos todo el rato, las miradas van de un sitio a otro, te cruzas por delante de otro u otro por delante tuyo, compites por determinadas posiciones… aunque también, siendo como en este caso una actividad «recreativa», te lo pasas mejor compartiéndola con los otros compañeros

En fin, que estuvo más que entretenido. Las chicas fueron muy pacientes con nosotros, y creo que al final salieron un puñado de fotos interesantes. Como siempre, algunas de ellas (hice decenas, pero he preferido reducir la selección) en mi flickr.

¿Y si cambio la licencia?

Ando estos días dándole vueltas a un asunto, y me gustaría conocer vuestras opiniones.
Digamos que Fulanito publica un contenido en internet con una licencia Creative Commons. Digamos que Menganito hace uso de ese contenido, de forma plenamente respetuosa con la licencia definida. Digamos que tiempo después a Fulanito le da un aire y decide cambiar la licencia a otra más restrictiva; y una vez hecho esto, se va a montarle un pollo a Menganito por haber usado su contenido violando la licencia.
¿De qué manera puede Menganito protegerse contra una actuación de este tipo, cuando él ha respetado escrupulosamente los términos de las licencias?

Regalos para recién nacidos

Desde hace unas semanas tengo online un nuevo «proyecto» (que no llega a la categoría de tal, digamos mejor «experimento»). Se trata de Regalos para recién nacidos. Bastante autoexplicativo, ¿no?
En fin, se trata de una web en la que ir reseñando regalos susceptibles de hacerse con ocasión de un nacimiento. La idea (que he aplicado a esto pero podría aplicarse a muchas otras cosas) es establecer un sitio donde, con criterio editorial independiente, se agregue la oferta de distintos proveedores. Porque claro, cada proveedor o tienda online trata de arrimar el ascua a su sardina, muestra solo los productos que él vende… y hace falta una «capa» superior que dé visibilidad a toda la oferta, una especie de «catálogo multimarca».
El objetivo sería hacer crecer ese sitio (principalmente vía posicionamiento) y actuar como «canal de entrada» para la gente que busque este tipo de productos. A partir de ahí, sin traicionar el espíritu independiente, podrían surgir oportunidades de rentabilización mediante la venta de espacios publicitarios premium, algún tipo de acuerdo de afiliación con algún proveedor… qué se yo.
El caso es que me apetecía poner en marcha algo así, y como el movimiento se demuestra andando, lo hice sin darle muchas más vueltas. Si en el futuro tiene algún recorrido, estupendo. Y si no, pues algo habré aprendido en el camino.