Videos en Animoto

Ya le había visto alguna vez a Javier un video hecho con Animoto, y me había quedado con ganas de trastear con ello. Hoy le he dedicado unos minutos… y francamente, una experiencia bastante satisfactoria. Según la web, es una aplicación que «con un click produce videos a partir de imágenes y música seleccionados por el usuario». La idea es que la aplicación analiza música e imágenes y, mediante un sistema de «inteligencia artificial», los mezcla consiguiendo un video «que tiene el impacto emocional de un trailer de película y la energía visual de un videoclip».
Pues eso, que he estado probando con algunas fotos (las puedes subir tú, o recuperarlas directamente de tu cuenta de flickr y otros sitios similares) y una musiquilla (ellos tienen un pequeño catálogo por temas, pero podrías subir tú mismo la música), con el resultado que veis. A mí me parece que mola, y además se hace con cuatro clicks y el procesado del video va rápido. Y luego, claro, lo puedes insertar donde quieras, enviarlo por mail, exportarlo a youtube, descargártelo o incluso pedir que te lo envíen en DVD…
Bien logrado también su sistema de precios: una versión gratuita (que permite videos de 30 segundos como máximo) que te permite explorar sus posibilidades pero quedándote con las «ganas de más». Ganas que puedes satisfacer pagando, o bien por una suscripción «tarifa plana» de un año, o bien por 3$ para videos individuales. Todo ello para uso personal, porque si es para uso comercial hay una tarifa diferente.
Ya le voy a dedicar tiempo para hacer algún otro video. Y, quizás, me plantée la opción de pagar por hacer alguno más largo.

Famosos, exclusivas e intimidad

Ya tenemos tema del mes: ¿la crisis? NO ¿los dossieres del PP? NO ¿elecciones en el País Vasco? NO. La Pantoja ha roto con el Cachuli por el lucrativo medio de exclusiva en ¡Hola!.
¿Me parece mal? No. Yo no lo haría (lo de dar exclusivas sobre mi vida privada), pero bueno, si alguien quiere hacerlo, allá él. Si algún medio quiere pagarla, ellos verán. Y si hay gente que se tira de cabeza a los quioscos para leerla, pues con su pan se lo coman. Es un país libre, ¿no?
Lo que me revienta es que luego esa gente que vende exclusivas por una morterada haga declaraciones del tipo «es mi vida privada, por qué la gente habla de mí». No, eso no vale. Si juegas a un juego, lo haces con todas las consecuencias. Si pones a la venta tu vida privada (porque te pagan unos millones, porque ayuda a que la gente no se olvide de ti y siga yendo a tus conciertos o comprando tus discos), luego no digas que «es privada».
Decía yo en twitter que la Pantoja se merecía todos los paparazzis del mundo, por incoherente. Y me contestaba Alberto que si no debería tener ella el control sobre qué comercia y cuándo lo hace. La intensa discusión posterior a ráfagas de 140 caracteres me ha hecho pensar que mi posicionamiento era quizás un pelín extremista, aunque el fondo sigue siendo el mismo.
Si tú das una exclusiva hablando de tu vida personal, el efecto inmediato es que vas a ser la comidilla durante semanas. La gente (yo mismo lo estoy haciendo) comentará eso que tú has decidido hacer público, y tendrá todo el derecho a hacerlo porque es una liebre que tú has levantado. Unos lo harán en privado, otros lo harán en público y rellenarán horas de programación con «sesudos» debates sobre la cuestión. Plenamente legítimo, plenamente esperable… así que si no te gusta, no empieces.
Hay un segundo efecto, y es que al calor de la discusión surgirán otros personajes a dar «su opinión». Saldrá Cachuli, saldrá su ex-mujer, la tipeja que un día se enrolló con el hijo, el compañero de celda del Cachuli, el jardinero que un día les regó el jardín y cualquiera con ganas de un ratito de fama. Los programas de televisión irán como locos a recoger esos «testimonios». Y, de nuevo, es perfectamente legítimo (si tú has contado tu historia, los demás podrán contar la suya, ¿no?) y esperable.
Y luego hay un tercer efecto, que es el del acoso, los paparazzis persiguiéndote, enjambres de reporteros montando guardia frente a tu casa para poner su alcachofa delante de la boca de cualquiera que se atreva a asomarse por allí, persecuciones en los aeropuertos… Esto ya no creo que sea legítimo (y en ese sentido creo que mi tuit inicial era excesivo), pero sí perfectamente esperable sabiendo cómo está el patio. ¿Que no debería ser así? Quizás, pero ES así.
Por lo tanto, si no te gustan estos efectos, procura no echar a rodar la bola de nieve. No des exclusivas, no comentes tu vida privada. Limitate a hacer tu trabajo, y santas pascuas. Igual hay gente que pretende seguir dandote el coñazo, pero si no les alimentas acabarán aburriéndose y yendo a por otro. Pero si lo haces, si pones carroña en tu ventana (porque te la pagan muy bien), sabes perfectamente que se va a llenar todo de buitres. Así que luego no vengas con el rollo hipócrita de tu «vida privada» y «que no hablen de mí».

Calsi en Valencia

Calsi

Los próximos días 9 y 10 de marzo, si el tiempo y la nasciturus no lo impiden, estaré en Valencia asistiendo al VIII Workshop CALSI. CALSI responde a las siglas de Contenidos y Aspectos Legales de la Sociedad de la Información. Me invitó Javier «Catorze» Leiva a participar en una mesa redonda sobre «Modelos de negocio en red» (¿el segundo día, después de comer? ¡Ouch!) junto a Javier «Loogic» Martín, Angel María «Bubok» Herrera y Javier «Dosdoce» Celaya.
El Congreso tiene pinta de estar interesante. Y encima en esas fechas empiezan las fallas. Va a ser una lástima tener que ir tan apurado de tiempo, pero bueno, qué se le va a hacer: las circunstancias mandan.

Fotografía macro: primeros experimentos

Trabilla vaquera
Este año los Reyes han tenido a bien regalarme un objetivo macro para la cámara… y ahí ando, experimentando con él. La fotografía macro siempre me ha llamado mucho la atención: esa capacidad para sacar los detalles que cuesta ver a simple vista me fascina. Me pasa un poco como con el teleobjetivo y su capacidad para aislar detalles del conjunto. Aquí es lo mismo. De hecho, en un libro que me regaló mi hermana, hablan de las dos como de fotografía de aproximación.
De momento mis experimentos no me han llevado muy lejos. Lo justo para empezar a apreciar la dificultad intrínseca de este tipo de fotografía, que tiene que ver sobre todo con la profundidad de campo; con una distancia focal tan corta, la parte que queda bien enfocada es muy pequeña, y hay que aprender a regular «a mano» el enfoque para poder «hacer foco» justo donde quieres.
Por lo demás, muy contento. Hay cientos de motivos que se me ocurre fotografíar (mira, bichos no me hacen demasiada ilusión: igual es porque tampoco tengo paciencia para atraerlos). Aunque claro, como pasa casi siempre, cuando más profundizas más vas echando en falta cosas: una buena iluminación, una caja de luz… pero bueno, poco a poco. Primero experimentar, luego gastar.

Los bancos, los créditos y el Gobierno

Bueno, pues venga, a completar mi semana neoliberal y neocon. Hoy, los bancos y los créditos.
En los últimos días asistimos en España a una pugna entre el Gobierno que presiona a los bancos para que den más créditos (que ayudarían a reactivar la economía española… aunque sea a corto plazo) y los bancos que dicen que ellos encantados, pero que prestarán a quien ellos quieran que para eso es su dinero, y que es una irresponsabilidad dar créditos a diestro y siniestro.
Ya lo adelanto, voy con los bancos.
Veamos, los bancos no son un instrumento de la política monetaria del Gobierno, ni son una ONG. Son un agente económico independiente, negocios que buscan su máxima rentabilidad. Toman un dinero prestado a un tipo de interés (y si no te gustan sus condiciones, no les des el dinero y te lo guardas debajo del colchón), y lo prestan a otro tipo de interés más alto (y si no te gusta, pues vive con el dinero que tengas en vez de adelantar el dinero que ganarás, presuntamente, en el futuro). El tipo de interés que fijan para sus operaciones es el que quieren, no está regulado: lo que sí existe es competencia entre ellos (y surgen las carreras por dar depósitos más caros, o por dar hipotecas más baratas), que es lo que viene a estabilizar un tipo de interés «de mercado» (porque si alguno se sale de madre, perderá clientes).
La crisis financiera de 2008 surge cuando algunas entidades, atraídas por el «caramelo» de las altas rentabilidades, invirtieron en activos «peligrosos» (las hipotecas subprime) incurriendo en un riesgo excesivo. Ellas pensaban que lo controlaban, pero se les fue la mano. En principio, tampoco debería haber habido mayor problema: el que invirtió mal, que se fastidie y asuma las pérdidas, fin de la historia.
El problema, aparte de las pérdidas (más o menos cuantiosas), se transformó en un problema de liquidez. Los bancos necesitaban el dinero fresco que pensaban ganar para pagar, a su vez, sus deudas. Al no recibirlo, se encontraban con que no podían pagar. Tenían falta de liquidez. La forma de arreglarlo era pidiendo dinero a otros bancos… pero claro, los otros bancos se mosquean, «a ver si éstos luego no van a poder devolverme» y les suben los tipos de interés. «Si quieres te dejo dinero, pero me pagas más intereses». Aun así, muchos bancos decidieron que mejor no prestar a nadie.
Esta situación tuvo un efecto triple:
a) Como no tenemos mucha liquidez, dejamos de dar créditos. Nos gustaría, pero no tenemos «suelto». Muchas empresas, que dependen de ese crédito para financiar sus operaciones (necesitan dinero para pagar sus deudas mientras que ellos cobran las suyas) de repente se ven sin ese recurso… y empiezan a retrasar sus propios pagos, a no poder hacer frente a ellos… mientras que a su vez ven que quienes les debían dinero no les pagan.
b) Como los tipos de interés de mercado suben, el euribor (que no es más que un reflejo de esos tipos, nada más) también sube y encarece las hipotecas.
c) Algunas entidades van tan justas de liquidez que corren el riesgo de no poder devolver los depósitos de sus clientes. Y eso sería el acabose, porque significaría que la gente no podría recuperar sus ahorros… muy mal rollo.
Ante esta situación, los Gobiernos hicieron cuatro cosas principalmente:
a) Actuar como prestamista de los bancos: como entre vosotros no os dejáis dinero, voy a abrir yo líneas de crédito para inyectar liquidez al sistema. Me lo tenéis que devolver, por supuesto, pero de momento solucionamos la papeleta a corto plazo.
b) Bajar los tipos de interés oficiales: no sólo os presto dinero, sino que además lo hago a un tipo de interés más reducido que el de mercado. Aunque con un cierto tiempo de decalaje, eso se traslada a los tipos de interés de los préstamos entre los bancos (porque si las Administraciones me prestan a X, no te voy a pedir dinero a ti a X+2%) y acaba repercutiendo en el euribor, aflojando la presión sobre los hipotecados.
c) Ampliar el límite de aseguramiento de los depósitos de los usuarios con el famoso «Fondo de garantía»: no creemos que suceda eso de que los bancos no os puedan pagar los depósitos. Pero si sucede, no os preocupéis que el Estado os respaldará. Al final, el objetivo era tranquilizar a la opinión pública y evitar que, víctimas del pánico, se lanzasen en masa a retirar sus depósitos (situación para la que, ni en condiciones normales, ningún banco está preparado: no tienen tu dinero allí esperándote, sino que lo utilizan para prestarlo a otros, etc…)
d) Inyectar aún más liquidez a los bancos comprándoles activos. Vale, yo os doy para que tengáis dinero «suelto», pero a cambio nos tenéis que dar esos activos.
Prestemos atención. Entre todas estas medidas, en ningún sitio el gobierno ha dado dinero «por la cara» a los bancos. Se lo han prestado (a cambio de que lo devuelvan en el futuro) o se lo han cambiado por otras cosas. En ningún caso «se les han cubierto sus pérdidas», «les dan nuestro dinero a los bancos», «cuando los bancos pierden pagamos todos, pero cuando ganan se lo quedan ellos», etc. Que son cosas que he oído con cierta frecuencia en estos tiempos (incluídas personas presuntamente preparadas), y simplemente no es verdad. El objetivo era que los bancos pudieran recuperar la situación de liquidez que necesitan para hacer negocios, y evitar el riesgo de que esa falta de liquidez pudiese tranformarse en impagos.
Bueno, pues después de estas actuaciones, se supone que los bancos pueden estar jodidos (porque las malas inversiones que hicieron se las tienen que comer, son pérdidas o menos beneficios para ellos) pero tienen liquidez. En teoría, tienen dinerito fresco para seguir prestando, pagando sus deudas… y seguir haciendo su actividad habitual de intermediación.
Pero hete aquí que, entre tanto, la situación de la economía real se ha deteriorado. En parte por la crisis de crédito, y en parte (en mi opinión, en España de forma muy notable; por eso estamos sensiblemente peor que otros países de nuestro entorno, a los que la crisis de crédito también ha afectado pero no tenían «el extra» del problema estructural) por el propio agotamiento del modelo económico. Las empresas no es ya que tengan problemas de financiación; es que tienen problemas para vender. Y no sólo porque sus compradores «no tengan dinero», sino porque aunque lo tengan no quieren comprar, visto cómo está el panorama. Y si las empresas no venden, los empleos se destruyen: quien está en el paro no va a dedicarse a gastar alegremente, y quien todavía tiene trabajo prefiere guardar «por si acaso».
En este contexto, los bancos que ya tienen «dinerito fresco» dicen… coño, ahora no lo presto. Porque si lo presto, corro el riesgo de que no me lo devuelvan. ¿Cómo le voy a prestar dinero a esta empresa, si veo que se está yendo al hoyo? ¿Cómo le voy a prestar dinero a este individuo, si creo que su puesto de trabajo peligra? Normal. Es su dinero (recordemos; nadie les ha regalado dinero de las cuentas públicas), y ellos deciden el riesgo que quieren asumir (que es más bien poco, y más después de haber patinado con los «subprime» y de haber encajado las pérdidas).
El Gobierno se encabrona. Dice que «los bancos tienen que prestar» y que «se les acaba la paciencia». Coño, qué fácil es decirle a los demás lo que tienen que hacer con su propio dinero. Los bancos, lógicamente, se resisten: que preste el Gobierno su propio dinero si quiere; o que asuman el riesgo de los impagos; que ellos no tienen por qué hacerlo.
Detrás de esto, al final, está la creencia del Gobierno de que «si inundamos el mercado de crédito, el consumo se reactivará, las empresas volverán a funcionar, contratarán a gente y todo volverá a ser como antes». Algo que yo pienso que es falso; el sector inmobiliario y constructor no va a ser como era antes, el sector industrial seguirá erosionándose en el contexto de globalización, etc, etc. La crisis de crédito es coyuntural, pero la crisis gorda es la estructural. Los bancos, me da la impresión, piensan como yo. Por eso no prestan dinero, porque saben que no es verdad que «todo volverá a ser como antes», y que en los próximos años va a ser difícil recuperar una buena parte de lo que presten ahora.
Luego están los que opinan que «los bancos son los culpables de la crisis, ahora que apechuguen». De nuevo, bajo la concepción de que aquí el único problema ha sido financiero (en el que los bancos sí han tenido un protagonismo claro) y que tienen una especie de «deuda moral» con la sociedad. Pero lo cierto es que los bancos ya están apechugando, comiéndose las pérdidas derivadas de su exposición a activos tóxicos (unos más, y otros menos; cada uno en función de lo aplicado que fuera en la gestión de sus riesgos), y en buena lógica hasta ahí llega su responsabilidad: lo de las «deudas morales» es muy subjetivo y no entra en ningún balance.
Obligarles ahora por decreto a dar créditos de los que saben que no van a recuperar una parte es completamente ajeno al estado de derecho, un paso peligroso para la seguridad jurídica necesaria para la actividad económica. Hacerlo indirectamente mediante la presión (señalándoles con el dedo para que el público en general se les eche encima) no es, evidentemente, mucho mejor. Pero lo peor de todo es que, aunque acabaran claudicando e inundando el mercado de créditos… no estaríamos nada más que poniendo un parche a corto plazo, gestando una nueva crisis subprime (gente que no devuelve sus créditos fue la base de todo el problema) y sin arreglar los problemas de fondo.

El grial del contrato fijo

Va de economía y empleo. Me temo que con este post reforzaré las ideas de quienes perciben en mí un «sutil tufillo a posicionamientos conservadores-neoliberales«. Pero es que hay cosas que no llego a entender (si alguien me quiere dar opiniones en contrario las leeré gustoso y como siempre, si me hacen cambiar de opinión, me la envainaré sin problemas).
Dicen los empresarios que el despido debería abaratarse. Dice el ministro que ni de coña, que el problema es que ya hay demasiada flexibilidad (y, ésa es otra, que la crisis es financiera y que es lo único que hay que mirar; lo que yo digo, de preocuparse de los problemas subyacentes del país nada, como para ser optimista).
El argumento del ministro Corbacho me parece de coña: hay demasiado empleo temporal, por eso se ha destruido empleo con tanta rapidez… ergo el problema es que el empleo es demasiado flexible. Lo que viene a insinuar es que si todo fueran contratos fijos, y si las indemnizaciones por despido fuesen más cuantiosas, el paro no crecería tanto. No, por supuesto que no: simplemente habría empresas incapaces de ajustar sus costes a la reducción de la demanda, empresas que obligadas a «o te quedas con todos los trabajadores, o cierras» tendrían que cerrar, y todos a la calle. Eso sí que es una solución productiva…
Señor Corbacho, si hay tanto contrato temporal, y tan poco contrato fijo… es porque el contrato fijo no tiene ningún sentido en la economía de hoy, y ningún empresario en su sano juicio puede querer meterse en semejante embolado.
La obsesión con los «contratos fijos» es algo que siempre me ha sorprendido. Tengo amigos que, tras pasarse 2 años con contratos temporales, celebraban que «les habían hecho fijos». Yo les miraba y pensaba «pues no es para tanto, simplemente les va a costar dos duros más echarte». Sin embargo, para mucha gente (y por lo que parece también al ministro), «contrato fijo» equivale poco menos que a «contrato blindado».
Y algo de «blindaje» tiene. Porque el contrato fijo significa, en esencia, crear una barrera a la ruptura del contrato. Barrera que solo aplica, por cierto, en favor del trabajador: si el empresario quiere poner fin a la relación laboral (casi por cualquier motivo: lograr la calificación de despido procedente es una utopía incluso con motivos de peso) tiene que pagar una indemnización. Si el trabajador quiere poner fin a la relación laboral… simplemente se va. Es decir, para el empresario no hay ningún incentivo intrínseco para hacer contratos fijos (aparte de que coyunturalmente se establezcan artificialmente vía deducciones en cuotas de la seguridad social, etc.); es más, hay un incentivo negativo porque hacer contratos fijos significa atarse de pies y manos si en el futuro, por cualquier razón, decide dejar de contar con ese trabajador.
Para mí el contrato fijo es una figura obsoleta. Creo que responde a dos concepciones del mundo laboral ya superadas:
a) El empresario explotador (el del monóculo y el sombrero de copa que fuma en puros sentado sobre montones de bolsas de dinero) frente a las masas proletarias subyugadas, que hacen necesaria una legislación garantista con los derechos del trabajador. Pero pese a que a algunos les siga gustando usar el recurso demagógico y sacar cada dos por tres a paseo la lucha de clases, lo cierto es que las relaciones laborales en España distan mucho de ese esquema. Según datos oficiales (pdf), el 94,1% de las empresas se encuadran en la categoría de microempresas, que cuentan entre 0 y 9 asalariados. En esas empresas, la realidad es que empresario y trabajadores no responden a esa imagen de «lucha de clases», sino que más bien son todos compañeros, en las que el empresario es un trabajador más (probablemente el que más pringue de todos). Para esa realidad laboral, la imposición de un contrato tan profundamente desequilibrado en derechos y obligaciones entre las partes como es el contrato fijo es un despropósito.
b) La concepción del puesto de trabajo como algo estable a lo largo de la vida laboral. En el siglo XX, la evolución de las empresas se producía a un ritmo tan lento que era factible aquello del «empleo para toda la vida». Una persona podía entrar de aprendiz en una empresa y jubilarse en ella sin que en ese lapso de tiempo cambiaran mucho las exigencias de su puesto. En un entorno económico estático, las fluctuaciones que afectaban a las empresas (nuevos mercados, nuevos competidores, nuevos productos) se sucedían de forma tan pausada que se podían asumir estructuras fijas sin implicar apenas riesgos. En ese escenario era factible apostar por establecer una relación a largo plazo con un trabajador: mal que bien podía cumplir su función a lo largo de los años. Pero ya no vivimos en ese entorno. Todo es infinitamente más dinámico, las cosas cambian de un mes para el otro, la globalización ha incrementado dramáticamente las urgencias competitivas, las empresas nacen, crecen y desaparecen a un ritmo infernal, el ciclo de vida de los productos es un suspiro, las habilidades requeridas en las personas cambian a la misma velocidad. En este contexto, sé que te necesito hoy pero no sé si te necesitaré dentro de tres meses. ¿Qué sentido tiene que te haga un contrato fijo? Es tirar piedras contra mi propio tejado.
El futuro del empleo pasa por la flexibilidad, cuanta más mejor. Me parece que es impepinable, es lo que exige la realidad de la economía. No es una opción, ni un deseo. Es un hecho. Dicen los de la «lucha de clases» que cómo van a retroceder en la conquista de derechos sociales y blah, blah, blah… pero seguir haciendo del «contrato fijo» una bandera es vivir en los Mundos de Yupi. Nadie en su sano juicio va a querer hacer contratos fijos, porque son un lastre. Entiendo que molaría que fuese de otra manera, pero es lo que hay.
Nunca he sido empresario. Pero si lo fuera, tengo claro que tengo que poder decidir en cada momento con qué personas quiero contar, tanto en número como en perfiles. Cuando las necesite, las contrato. Cuando no las necesite, lo siento mucho pero no soy una ONG, no quiero mantener un puesto de trabajo que no necesito, ni verme obligado a trabajar con alguien que no quiero. Y si se me ponen barreras a eso (que me parece un mínimo imprescindible) tengo dos opciones: o me voy a otro sitio donde no me las pongan, o directamente paso de crear empresa ni de dar trabajo a nadie, y me quedo esperando a ver si alguien me soluciona la papeleta. Obviamente, cualquiera de las dos opciones es mala para el empleo: sin empleadores, no hay empleo.
De hecho, para mí el modelo de relaciones laborales que tiene más sentido es más bien un modelo de relaciones profesionales: todos autónomos que prestan servicios a otros autónomos, nos contratamos cuando nos necesitemos, trabajamos juntos mientras nos vaya bien a los dos, y en el momento en el que a alguno no le satisface la relación se le pone fin sin fricción ni coste ninguno y a otra cosa.
Hale, se abre la discusión. Asumo el «tufillo neoliberal», pero no es un posicionamiento ideológico sino (para mí) la deducción lógica derivada del análisis de la realidad. Agradeceré que quien no esté de acuerdo con lo que digo me dé argumentos, y me explique cómo considera que encaja su alternativa en el escenario real de la economía del siglo XXI.

El marasmo del emprendedor

desinflado

Marasmo es, según la RAE, «suspensión, paralización, inmovilidad, en lo moral o en lo físico».
Hoy hablaba con alguien que, recientemente, ha dado el paso de dejar la empresa en la que estaba para lanzarse a impulsar su proyecto. Y me contaba que, desde que se puso con ello en enero, sentía que se le había ido el tiempo sin tener muy claro si había avanzado o no… No me ha costado reconocer la sensación. A mí me pasó cuando, en septiembre, empecé a impulsar la idea de Digitalycia. Otros me lo habían dicho ya en algún momento: «es peligroso, se te pasan los meses sin darte cuenta».
Cuando uno está por cuenta ajena en una empresa en marcha, los objetivos, las prioridades, las urgencias… las marcan otros. Puedes llenar el día «sacando faena» que te marca tu jefe, que te marcan los clientes (ahora una nueva propuesta, ahora una llamada, ahora unas tareas pendientes), o tus compañeros, o la propia empresa… no digo que seas productivo ni eficiente, pero «haces algo». Es como ir en una bicicleta tandem en la que otros dan pedales y tus pies, sin necesidad de hacer esfuerzo, se mueven; puedes dejarte llevar y, aun así, las cosas avanzan. ¿En la dirección correcta? Puede que sí o puede que no, pero al menos no estás parado.
Sin embargo, cuando monta su propia iniciativa (aunque también lo podemos asimilar a quien se queda en el paro, por ejemplo), si tú no das pedales no los da nadie. Nadie marca objetivos ni prioridades, nadie te pide cuentas, no tienes clientes que te exijan. Si te dejas llevar… nada avanza. Empiezas una cosa, la dejas a medias, hoy crees que la prioridad es esto, mañana que es aquello, no sabes por dónde avanzar, te distraes, te entran las dudas y vuelves para atrás, vas, vienes…
Darse cuenta de todo esto cuesta. Algo que a priori es fantástico, porque te permite todos los grados de libertad del mundo, te puede llevar a la parálisis si no aprendes a gestionarte a ti mismo.
¿Cómo? Esfuerzo de planificación, y grandes dosis de disciplina para ejecutar los planes que te marcas. Actuar con uno mismo con la misma exigencia que lo haría un tercero. Claro que es más fácil decirlo que hacerlo; hace falta llegar a un profundo convencimiento para conseguir dominar la propia voluntad, para dar pedales incluso cuando las circunstancias no invitan a ello, para no dejarse vencer por las dudas o el desánimo.
Hoy, dándole vueltas al tema, he llegado a la conclusión de que es una habilidad que a mí me falta por desarrollar en gran medida. Como dirían en el cole, «necesita mejorar».
Foto | Rob Gallop

Análisis y dramas humanos

Llevo con este tema en la cabeza desde hace un tiempo, y lo recuerdo cada vez que veo en los medios un «reportaje humano» en el que se centra la historia sobre personas concretas, de carne y hueso, y se nos narran sus miserias con nombres y apellidos. Puede ser una víctima de los bombardeos en Gaza, puede ser una familia con todos sus miembros en paro, puede ser un enganchado a las drogas, puede ser el afectado por un terrible error médico, o el que vive en un piso de 10 metros cuadrados, o los habitantes de un barrio marginal, o…
Personificar los dramas humanos tiene un indudable poder de comunicar emociones. Resulta difícil no empatizar con quienes sufren cualquier tipo de padecimiento. Y sin embargo, es una táctica engañosa porque se corre el riesgo de nublar la capacidad de análisis haciendo que se tome la parte por el todo.
Aunque suene frío e inhumano, los análisis tienen que evadirse de los dramas personales. Hay que ver números, tendencias, datos globales… para tener una visión equilibrada de la realidad.
«Detrás de los números hay personas», dirá alguno. «No son de mentira, existen». Claro que sí. El problema es que un drama personal puede sesgar la visión de la realidad, impidiendo que se tomen decisiones acertadas.
Claro, que bien lo saben esto en los medios de comunicación. Saben del poder del drama humano, y saben que siempre pueden encontrar a alguien que enfatice, a través de su experiencia personal, prácticamente cualquier postura que quieran promover; independientemente de que responda a una visión «objetiva» de la realidad o a una excepción. Y a partir de esa emoción comunicada, fabricar una corriente de opinión que sirva a sus intereses.

La broma de Wyoming y los inocentes perpetuos

Antecedentes:
«El intermedio» es un programa de laSexta presentado por El Gran Wyoming. «Más se perdió en Cuba» es un programa de Intereconomía presentado por… no sé quién, y viene a dar igual. El caso es que los últimos (tirando a «derechosos») y los primeros (tirando a «izquierdosos») llevan enzarzados durante un tiempo, despreciándose públicamente con más o menos gracia a base de videos y puyazos cruzados. Unos y otros se desprecian, fundamentalmente, por lo que representan: a los «derechosos» no les gustan los «izquierdosos», y viceversa (así nos luce el pelo, por cierto).
Los hechos:
Hace unos días, el programa «derechoso» publica un video aparentemente grabado con un móvil durante unos ensayos en el programa «izquierdoso», en el que el Wyoming echaba una descomunal bronca a una becaria. En internet se distribuye como la pólvora, se debate si será verdad o no… y resultó que no, que era una treta preparada por los «izquierdosos» para hacer quedar mal a los «derechosos» (en la que cayeron de boca, todo sea dicho de paso).
Mi conclusión:
No me ha gustado la historia. No tiene nada que ver con si unos son «izquierdosos» y otros «derechosos», ni con el propio contenido del video, ni en si es denigrante ni nada por el estilo sino por el nivel al que se ha llevado la manipulación. Como dicen en este comentario, «esto rompe una barrera y a partir de ahora todo vale. No os extrañe que nos encontremos revienta-programas cada dos por tres con el afan de ridiculizar al contrario.» Y me explico.
El argumento:
La justificación que han dado los de El Intermedio para todo esto era que querían «cazar» a los otros con un señuelo para demostrar que no verifican sus fuentes, que vaya periodistas que están hechos, etc. Y esto es lo que a mí no me gusta, porque me parece un argumento retorcible hasta límites insospechados.
Si nos ponemos a crear señuelos para que otros piquen, y tenemos recursos suficientes… podemos crear un señuelo tan grande como sea necesario. Imaginemos que «los otros» en vez de lanzarse a poner el video (babeando de gusto por haber «pillado» a su archienemigo) se dedican a contrastar fuentes (más allá de un video que están viendo con sus propios ojos, que ya es contrastar). Imaginemos que buscan a la becaria… y ésta, que está en el ajo, ¿qué va a decir? «Es verdad, me humilló, fue horrible», y a seguir engordando el señuelo. Vale, no es suficiente, sigamos contrastando. Wyoming no contesta al teléfono, pero sí el director del programa, que también está en el ajo, ¿qué va a decir? «Fue un momento difícil, pero Wyoming tiene ese caracter de vez en cuando»… Vale, imaginemos que tampoco aun así se da por válido, se contacta con los directivos de la cadena que dicen que «están pensando en tomar medidas contra Wyoming». En este punto deciden que la información está suficientemente contrastada y publican, y en ese momento salen todos los de laSexta (el Wyoming, la becaria, el director del programa, el directivo de la cadena…) diciendo «¡ah, era un montaje y habéis picado!»
No sé si se me entiende por dónde voy. Si el objetivo es crear un señuelo para que otros piquen, no hay sistema razonable de verificación de fuentes que lo detecte, porque por cada verificación se puede poner engordar un poquito más el señuelo metiendo a más gente en el ajo. ¿Cómo funcionan las bromas de «Inocente, Inocente»? Creando un entorno artificial en el que todo lo que rodea al «puteado» (el escenario, la gente que le rodea que en realidad son todos actores, incluso sus propios amigos que actúan de cebo) está preparado para engañarle. Cada vez que el «puteado» cree que eso «no puede ser verdad» y busca algo a lo que agarrarse… allí está el productor metiéndole el señuelo más adentro. Hasta que al final acaba rindiéndose a las «evidencias» y dando por válida la versión artificial. Es verdad, luego hay «inocentes» que tragan con cualquier chapuza, y otros más incrédulos. Pero si se hace bien (con buena planificación y buenos recursos) cualquiera acaba cayendo.
Por eso, todo este tema me parece «tramposo», y no vale para sacar conclusiones como muchos están haciendo sobre si unos verifican más y otros menos. Es verdad que en este caso los «derechosos» pecaron de pardillos a los que les perdieron sus ganas de «cazar» (qué casualidad, justo les llega a ellos nada más un video tan jugoso); pero estoy convencido de que si no lo hubieran aceptado de buenas a primeras, alguien de laSexta habría colgado el video en youtube, se hubiera difundido por internet, lo hubieran publicado… y les acusarían de lo mismo. Y si hubieran hecho más contraste, hubieran contactado con la becaria… etc. Da igual hasta dónde hubieran llevado sus cautelas, que los otros hubieran seguido engordando el señuelo hasta cazarles, porque ése era el objetivo. La pieza ha caído fácilmente, de otra forma hubiese costado más. Pero era sólo cuestión de ver hasta dónde estaban dispuestos a presionar.
Es una senda que me parece peligrosa. Si ponemos de moda el crear señuelos para «hacer gracia» (y no me cabe duda que hay brillantes creativos capaces de hacerlo con gran verosimilitud; y gente con recursos y contactos que permitan montarlos a lo grande) nos deslizamos a una especie de «día de los inocentes» perpetuo, donde hay que estar permanentemente desconfiando de todo (¿este video será verdad, o es montaje? ¿lo que me dice mi amigo será cierto o está compinchado también? etc.) El 28 de diciembre puede tener su gracia (aunque a mí nunca me lo ha hecho) porque suelen ser chorradillas sin malicia y además ya estás con la mosca detrás de la oreja. Pero si se hace con objetivos más «tocapelotas» en cualquier momento del año… mal vamos.