P2P y cine español

Una afilada reflexión a cuenta de los Goya

¿De verdad alguien se baja por P2P cine español? Los que llevan paginas de elinks dicen que no le interesa a nadie. Ni gratis se ve

Antonio Delgado

Y mientras, la cuchipandi del cine español diciendo que les va mal «por culpa de la piratería». No hay más ciego que el que no quiere ver. Pero bueno, mientras el Estado les llene el cazo a base de subvenciones hala, a seguir viviendo a la sopa boba y fabricando productos que no ven ni amigos y familiares.
Lo que me fastidia del asunto es que para «chupar del bote» se definen como «cultura»; pero luego no hacen más que mirar de reojo a la taquilla y los espectadores (y a frustrarse por no comerse una rosca). No sé, si yo hiciese cine «por amor al arte» me conformaria con rodar mi película, costearla dignamente (con subvenciones si hace falta) y luego hala, a disposición del público en filmotecas y demás espacios de exhibición gratuitos con mi aspiración artística colmada. Lo que no veo coherente es a jugar a las dos cosas a la vez: que me subvencionen como si fuera arte, pero luego yo quiero cobrar como si fuera un producto comercial.
Pues hay que decidirse, si quieren hacer «producto comercial» con la aspiración de arrasar en las taquillas toca olvidarse de subvenciones y de pose cultureta, hacer películas que gusten al público, y jugársela en el mercado como cualquier otro hijo de vecino. Y si quieren ser «arte» consigan sus subvenciones, hagan sus experimentos pero olvídense del circuito comercial.
Pero eso de pretender forzarnos por decreto a tragarnos algo que no queremos ver…

Usan mis fotos

Ha coincidido, en los últimos tiempos, que varias personas han decidido que mis fotos les gustaban como para usarlas para ilustrar sus contenidos. Pasó con esta noticia en Soitu, con este post en Pymesyautonomos, con esta poesía en gallego… pero antes también había pasado con este balón de fútbol, o con el Ritz en esta guía de Madrid, o ser la «imagen del día» en Actibva.
Me encanta que la gente encuentre mis fotos interesantes y que las use tanto como quieran. Todas las fotos están licenciadas con Creative Commons BY (es decir, que me vale con que den una correcta atribución de la autoría de la foto), y como dije en su momento, «que alguien considere tus fotos lo suficientemente buenas como para utilizarlas en alguna iniciativa debe ser ES una más que agradable e inesperada recompensa. Y una fuente de visibilidad y reconocimiento, y un incentivo para seguir haciendo fotos».
Es verdad que luego hay gente que es una «pirata», que coge las fotos como si fueran suyas. A mí no me ha pasado o, en su defecto, no me he enterado; pero tiene que ser un poco decepcionante / encabronante. Pero mientras lo hagan «por derecho», citándote… yo estoy verdaderamente encantado.

Es hora de beneficios

El otro día no quise ver ni un minuto del «Tengo una pregunta para usted» con ZP. Sabía que me iba a poner de mal café de ver caritas de cordero degollado, mensajes vacíos de cara a la galería y argumentos de «yo no tengo la culpa de ná». Pero claro, el día después no pude evadirme de los resúmenes en prensa, radio o televisión.
Y una de las cosas que más me sorprendió fue el argumento de «no es hora de grandes beneficios«. Ay, madre…
Pues por supuesto que es hora de grandes beneficios. Los grandes beneficios son la consecuencia de empresas competitivas y productivas. Empresas que no necesitan subvenciones para vender productos y servicios con una relación calidad/precio que se gane el favor de los consumidores. Empresas que se han esforzado por tener procesos eficientes que redunden en una mayor capacidad competitiva. Las empresas que no tienen beneficios es porque no son competitivas y/o eficientes.
Deberíamos tener muchas empresas con grandes beneficios, y el Gobierno debería trabajar para que así fuera. Cuantas más empresas con beneficios tengamos, señal de más empresas competitivas y productivas, y mejor será la salud económica del país a medio y largo plazo, más empleo se generará, más se exportará, más inversiones se atraerán. Mantener de forma artificial empresas que no son competitivas ni eficientes es poner parches a corto plazo a costa del desarrollo a largo plazo. Pero claro, eso del largo plazo a quién le importa…
Por otro lado, he escuchado varias veces en estos meses un argumento fascinante, por parte de ciudadanos de a pié pero, lo más preocupante, también por tertulianos, políticos o periodistas. «Cuando las empresas tienen beneficios, no los reparten». ¿Nadie ha oido hablar del Impuesto de Sociedades? ¿Ignoran que cuando una empresa tiene beneficios, el 30% va a parar a las arcas del Estado? Si eso no es repartir… No es ya sólo que las empresas creen empleo para los trabajadores (lo expresó lúcidamente hace poco Felipe González: «los empleos los dan los empleadores«) y riqueza para los accionistas, sino que además contribuyen al bien común a través de los impuestos, tanto los directos suyos como los que gravan las rentas de empleados y accionistas.
Por lo tanto, soy incapaz de entender una afirmación del tipo «no es tiempo de grandes beneficios». Ójala lo fuera.

Muy pesimista con la crisis

Gafas rotas

Soy muy pesimista con la crisis, y más cada día que pasa y cada declaración que escucho a los políticos. Cuando les oigo decir que «todo viene de fuera» y que «hay que tener confianza», tiemblo. Decir que la crisis es totalmente exógena y que si no fuera por eso estaríamos en la «champions league» me provoca escalofríos, porque implica un diagnóstico tan superficial e insuficiente que es imposible que, ni de casualidad, puedan darse soluciones reales a los problemas. Y claro, así se explican los remedios que se proponen: parches de gasto público (a costa del endeudamiento futuro) sin ton ni son, y sentarse a esperar a que se pase la tormenta apelando a la confianza; poco menos que «Dios proveerá».
Que los encargados de dirigir la nave muestren ese nivel de obstinación en no ver la realidad y verles dar los consiguientes palos de ciego es lo que me hace ser más pesimista.
Siempre he defendido que España no tiene una crisis, sino dos. Una está vinculada con la crisis financiera internacional, la restricción de crédito, etc, etc. Es verdad, es de origen internacional y la sufrimos todos. Pero hay otra crisis, estructural, más grave y profunda. Hoy, cuando tenía este runrun en la cabeza, me he encontrado con este artículo en El Confidencial que lo resume perfectamente:
«Aunque no hay modelos cerrados, como lo demuestra la integración económica mundial (estamos hablando de la primera recesión de carácter global en el planeta), lo cierto es que cada país tiene su propio perfil, lo que le permite mejorar su posición competitiva en un mundo cada vez más globalizado […] ¿Y España? ¿Sabe usted a qué jugamos? Gobierno y oposición en lugar de estar todo el día tirándose los trastos a la cabeza, deberían estar trabajando ya en identificar el modelo económico español para los próximos treinta o cuarenta años, que necesariamente tendrá que ser muy distinto al que nos ha servido para salir del subdesarrollo en los últimos 50 años. En los años sesenta y setenta, España se aprovechó de los bajos precios interiores para atraer turismo y fábricas de coches que hoy representan la tercera parte de nuestras exportaciones. En los ochenta y noventa, España se benefició de los fondos estructurales para dar la vuelta al país a cambio de un desarme arancelario brutal que explica buena parte de nuestro elevado déficit comercial. Pero todos esos ‘shocks’ son los que ya se han agotado, lo que quiere decir que este país tendrá que empezar a caminar solito. Sin ayuda de nadie. Pero claro, antes hay que saber qué camino hay que tomar.»
Y yo no he oído a ningún político todavía hablar de esto, que es la madre del cordero. Enfangados en sus luchas partidistas, en su visión cortoplacista ligada a la poltrona, avergonzándonos con sus polémicas inanes y sus gestos de cara a la galería, estamos huérfanos de estadistas que se preocupen por el futuro a medio y largo plazo del país. En estas circunstancias, la crisis económica mundial pasará y aquí el paro seguirá creciendo, la competitividad se seguirá hundiendo, el déficit comercial seguirá en aumento, las empresas se seguirán yendo a otros lugares… ¿y entonces a quién le echaremos la culpa?
PD.- Hoy el gobierno al que le ha tocado lidiar con la situación es el de Zapatero. Pero estoy convencido de que, si hubiera sido uno del PP, estaríamos más o menos en las mismas. El problema no es de unos o de otros, es de la clase política en general.
Foto | functoruser

La publicidad intrusiva de Nissan y El Mundo

Alucinado me quedé la otra noche cuando entré en El Mundo a dar un último vistazo a las noticias del día. Mientras bajaba el puntero desde la barra de direcciones al texto (para pinchar en algún enlace) pasé por encima del banner (al que, como es habitual, no había prestado la más mínima atención) y entonces… pasó lo que veis: una enorme bola de demolición aparece en medio de mi pantalla, y dos flamantes Nissan QashQai (que es una forma guay de poner «Cascai») ocupan completamente mi campo de visión…
Ay, Nissan, Nissan… ¿quién te habrá dicho que es una buena idea? Aunque igual es verdad, el banner normal ni lo miro y de esto sin embargo hasta hago un post valorándolo. ¡Bien, visibilidad y notoriedad! ¿Quieres mi feedback? Aquí están mis respuestas a las preguntas que le harás a tu gente de marketing y a los que han diseñado la campaña:
¿He visto tu anuncio? Sí. ¡Enhorabuena!
¿Voy a recordar tu anuncio? Sí. ¡Enhorabuena!
¿Voy a asociarlo con tu marca? Sí. ¡Enhorabuena!
¿Ha generado tu anuncio algún tipo de voluntad de compra o de identificación positiva con tu marca? No, no, y mil veces no. Al contrario. Tu marca se ha posicionado horriblemente mal conmigo, como una marca dispuesta a molestarme (¡estaba leyendo el periódico tranquilamente!) para enseñarme sus coches de mierda. No estoy, hoy por hoy, por la labor de comprarme un coche. Pero cuando lo esté, y busque en mi mente qué marcas me generan valores positivos, la tuya no estará. Estará en el contenedor de al lado, junto a la de tantas otras marcas que rechazo.
Buen trabajo, equipo de marketing y agencia de publicidad de Nissan. Excelente trabajo.
Mención adicional para El Mundo. No es el camino. Por mucho que puedan gustar tus contenidos, nuestra tolerancia cada vez es menor ante cosas de estas, cada vez hay más alternativas a un click de distancia y tenemos más canales para mostrar nuestra disconformidad . Entiendo que la crisis aprieta, que la inversión publicitaria cae, y que cada vez os llega publicidad de peor calidad. Pues mala suerte, tendréis que buscar alternativas para sustentar el modelo de negocio, pero no lo hagáis a costa de molestar a vuestros lectores. Porque si se van, ya me diréis a quién le vais a enseñar vuestra publicidad, a vender vuestros contenidos o cualquiera que sea el modelo de negocio que acabéis ideando.

Cuánto cuesta una cosa, cuánto vale y cuál es su precio

Tendemos a usarlos como sinónimos: ¿cuál es el precio? ¿cuánto vale? ¿cuánto cuesta? Pero no son lo mismo…
Recientemente han coincidido dos posts interesantes al respecto. Uno, éste de Andrés que se llama «el precio justo«. Otro, el video de LaComuna.tv donde desglosan su «presupuesto» por hacer un video.
Las cosas «cuestan», tienen un coste: si sumas el precio que tienes que pagar por todos los materiales, los servicios contratados, la mano de obra, la imputación de gastos indirectos e incluso la estimación del beneficio esperado obtienes el «coste», que se transforma en el «precio mínimo al que vas a vender». Por que si vendes por debajo de eso, estarás perdiendo dinero.
Por otro lado tenemos el valor, que es algo tremendamente subjetivo que depende del comprador o, más concretamente, de la «utilidad marginal» que recibe a cambio de lo que compra (y en lo que intervienen muchos factores). Es una medida de «lo máximo a lo que estoy dispuesto a renunciar por comprar el bien», y determinaría el «precio máximo al que voy a comprar». Porque si compras por encima de eso, estás renunciando a algo que valoras más que lo que vas a obtener a cambio (estarás perdiendo «utilidad»).
Finalmente, el precio es la cifra a la que se realiza el intercambio. Lo normal es que se sitúe entre el coste y el valor. Mientras eso suceda, las dos partes quedarán satisfechas: el vendedor cubre su coste y algo más (incluso mucho más), y el comprador se desprende de una utilidad menor de la que recibe a cambio.
El problema viene, claro, cuando el valor percibido por el potencial comprador no llega a cubrir el coste. ¿Y entonces? Pues entonces… no hay trato, no tiene sentido, es antieconómico. Pero es un problema relativo, no se hace la transacción y ya está.
Pero el problema es mayor cuando el valor percibido en un momento luego se descubre como falso y te das cuenta de que has hecho una transacción pagando un precio desorbitado por algo que no valía lo que costaba.
O cuando los costes (y por lo tanto los precios mínimos) están inflados por que se le ha dado valor a cosas que no lo tenían, y ahora hay que buscar a otro «tonto» y convencerle de que pague un valor inexistente.
¿Que a qué viene todo esto? Pues a nada en concreto, a reflexión «económica» sobre proyectos que ves, sobre la «economía de lo gratis», sobre si es sostenible plantear un negocio en el que nadie esté dispuesto a pagar lo que cuestan las cosas, sobre si nos estamos malacostumbrando a que sea así, sobre cuánto va a durar esa ficción, sobre quién paga lo que no queremos pagar los demás, sobre qué negocios tienen sentido y cuáles no, sobre hasta qué punto vivimos en una economía de mentira construida sobre valoraciones incorrectas…
En fin, paranoias 🙂

Ya no te sigo en twitter

En mi gestión de twitter siempre he tratado de ser coherente, añadiendo a personas que me interesaban por lo que decían. El interés puede ser profesional, personal o de mero entretenimiento; sea como sea son mis razones y con eso es suficiente, no las tengo que someter a ninguna aprobación externa, al igual que yo tampoco tengo por qué cuestionar las razones de otros para seguir o no a quien les parezca oportuno.
Estimo cuál es el número de followers que puedo seguir «de verdad» (porque seguirles para no leer lo que ponen me resulta un poco absurdo), y voy añadiendo gente que me encuentro y que me resulta interesante hasta que llego a un tope donde pienso «estoy siguiendo a demasiada gente». Y entonces llega el momento de eliminar algunos, siguiendo el criterio de «los que menos me aportan, relativamente, con sus twitts». Unfollow, y a correr.
Y esto debería ser así de sencillo, yo al menos lo tengo claro: si me sigues será porque por alguna razón (tú sabrás) te interesa lo que pongo, y si no me sigues será porque o no me has descubierto, o no te interesa lo que digo. Y si durante un tiempo me sigues y luego dejas de hacerlo, será porque encuentras otras cosas más interesantes a las que dedicar tu atención. Y no pasa nada; claro que a mi ego le encantaría interesar mucho a todo el mundo pero ya voy haciéndome a la idea de que el mundo no gira entorno a cada uno de nosotros.
Estos días estoy dejando de seguir a algunas personas en twitter. Una pequeña limpieza de contenidos que han dejado de interesarme. Una de ellas lo ha visto (gracias a qwitter, una herramienta que sirve precisamente cuando un follower deja de seguirte) y se ha puesto en contacto conmigo para saber si había algún problema…
¿Problema? No, ninguno. Simplemente, por el motivo que sea (que es MI motivo) lo que cuentas ha dejado de interesarme tanto como para dedicarle parte de mi atención y prefiero dedicársela a otras cosas.
Que alguien deje de seguirte no significa ni que le caigas mal, ni que tenga ninguna animadversión, ni que no le parezcas un buen tipo… Y perder un follower tampoco debería hacerte dudar sobre si lo que cuentas en tu twitter es interesante o no: cuenta lo que quieras que para eso es tuyo, habrá a quien le guste y habrá a quien no (no se puede gustar a todos), y ya está.
Pero nadie debería pedirme cuentas de lo que leo o dejo de leer, de a quién sigo o a quién no. Si lo hace, se arriesga a que le conteste lo que hay: leo lo que me interesa, sigo a quien me interesa, y lo que tú cuentas ya no entra en esa definición. ¿Puede resultar hiriente? Quiero creer que no, pero si alguien se lo puede llegar a tomar a mal… mejor que no pregunte.
Yo tengo muy claro que cada uno somos los dueños de nuestra atención, la empleamos como mejor nos parece y no tenemos que dar explicaciones a nadie por ello.
¿Veis como soy un antipático 2.0?

Toda la verdad

Estoy curioseando estos días por los portales inmobiliarios en busca de algún chollo en Aranda (no, de momento no hay muchos). Y me sorprende la cantidad de anuncios «incompletos» que te encuentras: anuncios sin fotos, o en los que te ponen fotos interiores pero no del exterior, o gente que oculta la dirección exacta… Lo mismo sucede con los carteles de «Se vende» que ves de vez en cuando: algunos no te dicen ni siquiera cuántas habitaciones tiene, sólo un número y a correr. Incluso me ha pasado de llamar a algún número, preguntar el precio y decirme que «el precio no te lo digo por teléfono» o «los metros no te puedo decir, mejor vienes a verlo».
¡Qué ganas de perder y hacer perder el tiempo! Ocultar esa información es una estupidez. Me obliga a hacer cosas (llamar a un número, hacer una visita) para descubrir detalles (que perfectamente podrían haberme dado en el primer contacto) que pueden hacerme perder el interés. Pues coño, dame los detalles desde el minuto 1 y así ni me haces perder el tiempo averiguándolos ni lo pierdes tú dándomelos. Cuanto antes y con menos molestias podamos descartar candidatos no válidos (tanto tú como vendedor, como yo como comprador) mejor, ¿no crees?
Es el equivalente «en la vida real» al «don’t make me click«.
Lo mismo se puede aplicar a un «proceso de selección«, y se puede ver desde los dos lados de la negociación: es absurdo no dar todos los detalles de un puesto de trabajo (cosas tan básicas como el nombre de la empresa, o el rango salarial por ejemplo) desde el principio, porque lo único que consigues es tener que dedicar tiempo a posteriori un montón de candidatos que han ido casi «a ciegas» y que en realidad no tienen interés en el puesto (algo que te acabarán diciendo en algún momento del proceso). O desde el lado del candidato, es absurdo tratar de fingir que tienes un perfil determinado (exagerando unos rasgos, ocultando otros) cuando más tarde o más temprano la verdad va a salir a la luz (a lo largo del proceso o incluso una vez contratado) y, si es un «deal breaker» (un «rompetratos», es decir, un punto imprescindible sin el cual no hay acuerdo) va a finalizar la negociación.
En definitiva, que en cualquier posible negociación creo que es bueno dejar claro, cuanto antes, aquéllos elementos esenciales que van a definir si hay o no hay acuerdo. No hacerlo no proporciona ninguna utilidad, sirve únicamente para demorarlo, perder el tiempo y hacérselo perder a otros.

Entrevista en Hábitos Vitales

Eric, autor del blog Hábitos Vitales (un blog sobre productividad personal) ha tenido a bien invitarme a contestar unas preguntas sobre el tema. Os dejo el enlace a la entrevista.
Curiosamente, contestar a sus preguntas me ha ayudado a verbalizar algunas cosas que rondaban en mi cabeza… no creo ser un ejemplo en términos de «productividad», pero por lo menos es algo que me hace reflexionar de vez en cuando.