El éxito relativo según Stephen King

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Stephen King, un señor que ha escrito decenas de novelas, de las que ha vendido cientos de millones de copias, y que debe tener dinero para aburrir. Un hombre de éxito, diríamos. Y sin embargo, en esta entrevista, se encarga de desmitificarse.

«Yo vivo en Maine, en un pueblo pequeño donde soy uno más. […] Allí llevan viéndome toda la vida y les da igual; soy el vecino.»
«Me hace feliz saber que mi trabajo conecta con la gente. Crecí para contar historias y entretener. En ese sentido creo que he sido un éxito. Pero el día a día es mi mujer diciendo: “Steve, baja la basura y pon el lavaplatos”.»

Y uno se imagina a Stephen King bajando la basura. O llenando el friegaplatos. O bajando al súper. Y también se lo imagina yendo al médico, o discutiendo con sus hijos, o atrapado en un atasco, o en cualquier otra situación cotidiana.
Tendemos a apreciar el éxito de los demás porque, normalmente, nos fijamos únicamente en una parte de su vida en la que destaca. Probablemente, si nos fijásemos en el conjunto completo de la vida de esa persona (y no sólo en los «momentos destacados» que él o algún intermediario quiere que veamos, o que nosotros nos empeñamos en descontextualizar), el resultado sería bastante desmitificador.
En paralelo, tendemos a infravalorar nuestros propios éxitos. Al fin y al cabo nosotros sí somos capaces de darle el contexto (aquello que decía Woody Allen de que «me ha llevado 10 años tener éxito de la noche a la mañana»), sabemos de todas las luces y las sombras, conocemos la cara B.
Al final, todos estamos más o menos en las mismas. Algunas cosas nos salen bien, otras nos salen mal. Como decía Bielsa, el éxito absoluto es una excepción.

Los manipulables manipuladores

Ninguno decimos, en voz alta, que «nos gusta que nos manipulen». Valoramos nuestra independencia, nuestro pensamiento crítico. Al menos, eso decimos. Pero la realidad es que, si miramos alrededor (porque mirarse uno mismo suele ser más difícil) vemos que la manipulación está a la orden del día. Los políticos, los medios de comunicación, las empresas, los publicistas… trabajan sin descanso para orientar nuestro pensamiento y nuestra acción. Y lo hacen recurriendo a «viejos trucos», al slogan, al «argumentario» machacón, a levantar nuestras más bajas pasiones. Qué burdo. Y sin embargo, si lo hacen… es porque funciona.
Porque al final, por mucho que digamos que «nosotros no picamos», el conjunto de la sociedad es bastante manipulable. Es más, diría que nos gusta que nos manipulen. Que nos den mascados los argumentos, que nos digan qué debemos pensar, cómo nos debemos sentir, qué debemos hacer. Porque es el camino más corto, el más sencillo. Lo otro nos exigiría informarnos, documentarnos, profundizar, reflexionar, ser críticos… buf, demasiado trabajo. Mejor que nos den la versión corta, y a otra cosa, mariposa.
Y lo que es peor, cuando nos interesa bien que recurrimos nosotros a la manipulación. Porque también es más corto, porque nos asegura un mayor porcentaje de éxito y una menor dedicación de recursos. Es más fácil «engañar» al de enfrente en lugar de darle toda la información, de debatir con él, de convencerle.
Quizás tengamos lo que nos merecemos.

Hackea la educación de tus hijos… si hay huevos

«Tenemos que hablar, porque Pablo… ¡es que le cuesta seguir las instrucciones! El otro día, por ejemplo, le digo que pinte esto de color amarillo… ¡y el va y lo pinta del color que quiere!». No se me va a olvidar esa «anécdota». La frase la pronunciaba la señorita de mi hijo, en segundo de Infantil. Es decir, el niño con 4-5 años. «Es que, si no se acostumbra a seguir las reglas, luego más adelante puede tener muchos problemas». Mi mujer y yo salimos tensos de aquella tutoría. Y no porque el niño pintara de amarillo o no. Precisamente, por lo contrario. ¡Qué más dará de qué color pinte, déjale, es un niño! El panorama que sin embargo nos dibujaba la maestra era duro, no ya para ese año, o para el siguiente, si no para todo el «viaje educativo» del niño.
Ayer retuiteaba esta frase: «Nuestro sistema educativo convierte a los niños que sueñan con ser astronautas, en jóvenes que quieren ser funcionarios.» Ostrás. Siendo una frase contundente, lo peor es la sensación de que es la verdad.
Y es curioso que esto lo diga yo. Porque soy un, digámoslo así, «producto perfecto» del sistema educativo. Siempre se me dieron muy bien los estudios, y después me ha ido bien (crucemos los dedos) a nivel profesional, así que podría ser de los que dicen «no, si el sistema está estupendo, funciona perfectamente». Pero no, no lo creo. A medida que pasa el tiempo, tengo más el convencimiento de que el sistema educativo tal y como está planteado te deja «cojo» en muchos aspectos. Bien sea por contenidos que no te muestra, por habilidades que no desarrollas, por los ritmos de aprendizaje homogeneizantes, por sistemas de valoración que responden a un único patrón, por la carga de trabajo, por que en vez de incentivar las ganas de aprender y de hacer cosas te las quita. ¿No hay otra forma diferente, más enriquecedora, de hacer las cosas?
Para bien o para mal, yo ya pasé todo eso. Mis entornos de aprendizaje ahora son mucho más informales, basados en mis intereses, en mis ritmos, con un componente mucho más social y a la vez más autodidacta… vivimos en un mundo donde aprender está al alcance de cualquiera.
Pero están mis hijos. Ahí, dando sus primeros pasos en este sistema. Con no menos de 10-15 años por delante. Me angustia pensar lo que el sistema educativo les puede hacer, y pienso en cómo puedo contrarrestarlo / complementarlo. En ese sentido, me parece muy bueno este artículo sobre «hackear tu educación», en el que se tratan bastantes de las ramificaciones que tiene el concepto. Me hace pensar en qué puedo hacer yo, con respecto a mis hijos y su educación.
El problema es qué hacer, y qué no hacer. ¿Sacarles del sistema con opciones como el homeschooling o el noschooling? A veces piensas que podría ser una opción, pero la sensación es que es demasiado radical. ¿Me atrevo a tomar una decisión así por mis hijos? ¿Soy capaz de poner los recursos (tiempo, esfuerzo, dedicación) que hacen falta? ¿Tengo los conocimientos suficientes? ¿Y si haciendo eso les convierto en «los raritos»? ¿Y si por hacer eso pierden las cosas buenas (a nivel socialización, profesionalización, etc.) que provee la educación más formal? No, francamente no me veo por ahí.
Entonces… ¿qué puedo hacer de forma paralela/complementaria al sistema? ¿Qué actividades puedo desarrollar? ¿Qué mensajes les doy? ¿Qué actitudes fomento? ¿Cómo equilibrar las dedicaciones entre la exigencia del colegio y el cultivar otras cosas? ¿Cómo lidio con las incongruencias sin volver a los críos locos? ¿Cómo reaccionar cuando el sistema diga una cosa en la que yo no crea, u obligue a los chavales a ir por un sitio al que ni ellos ni yo queramos ir?
Tantas cuestiones, tanta inquietud… y eso sin que todavía haya entrado en juego la voluntad de los niños, que no tardará.
Paradójicamente, esta inquietud me tranquiliza. Porque eso significa que me importa, que pienso en ello, que tengo la mente abierta, que me planteo que «otra educación es posible». Y ése es el primer paso para poder proporcionársela.

Cuánto de técnico debe tener un directivo

No deja de ser un tema tan antiguo como el ser humano. Hace ocho años ya me refería al principio de incompetencia de Peter, pero reciéntemente ha vuelto a surgir el debate en el entorno cercano, lo que me ha llevado a darle una nueva vuelta al tema.
La cuestión: ¿es un directivo, en esencia, «intercambiable»? ¿Puede hacerse cargo hoy de un área de finanzas, mañana de un área de recursos humanos, pasado de un área de operaciones y al siguiente ser un director general? ¿Hasta qué punto puede ser ajeno un directivo a la especialización técnica del área que gestiona?
Obviamente, parto de la base de que todo es un contínuo. Que cuanto más pequeños son los equipos, y por lo tanto menos personas hay en ellos, más probable es que el directivo de turno tenga que «arremangarse» y tratar temas con elevado contenido técnico. A medida que los equipos son más grandes, es más probable que el tiempo del directivo se dedique casi al 100% a «tareas de gestión».
Porque aquí está mi punto. La labor de un directivo tiene mucho de transversal. Hay que establecer estrategias, gestionar proyectos, gestionar equipos, presupuestos, comunicación, definir planes, indicadores, coordinar con otras áreas. Eso, en esencia, va a ser lo mismo sea cual sea el área que estés gestionando. La gestión es un «área técnica» en sí misma, una serie de conocimientos, habilidades, herramientas… que tienen que ver más con «la labor de dirigir» que con el contenido específico de «lo que estoy dirigiendo».
Este «salto» es el que hace que en muchas ocasiones salga a la luz el principio de incompetencia de Peter. Excelentes técnicos que son promocionados a labores de gestión sin haber desarrollado ese conjunto de competencias. Allí, su conocimiento técnico pierde relevancia, lo que necesita es otro tipo de habilidades. Lo bueno es que, si se consiguen desarrollar, te permiten «romper» la barrera de tu área de especialización y saltar a otras diferentes.
¿Significa eso que a un directivo se le puede poner a la cabeza de cualquier área? En el extremo, me posicionaría en que sí. Obviamente, cualquiera con dos dedos de frente se da cuenta de que se gestiona mejor sabiendo «algo» del tema que gestionas que si no tienes ni puta idea, y el directivo será el primero en aplicarse el cuento. Pero ese «algo» no tiene que ser un conocimiento profundo, especializado, como el que tiene un experto técnico (que será normal, incluso deseable, que «sepa más» que su jefe). Es más una visión global, amplia, conectada además con otros campos. El nivel necesario para no decir tonterías, para enterarse de lo que le cuenta su equipo, para tomar decisiones de alto nivel. Porque esto es importante: las decisiones de pequeño nivel, el micromanagement, lo tiene que llevar su equipo; mientras tanto, el directivo aplica su propio cuerpo de conocimientos de gestión para la coordinación.

Proyectos con alma

Al hilo de un tuit de Iker Merchán conozco el proyecto de Casa Tía Julia: una joven decide comprar y rehabilitar una casa en un pueblo perdido de Soria. La casa es la de su tía abuela Julia, está en el pueblo donde ella pasó sus veranos de infancia, y el objetivo es transformarla en un «refugio de ideas», un lugar en el que encontrar «TIEMPO en un entorno lejos del ruido y las prisas para poder crear, innovar, compartir y generar ideas», y construir en definitiva «un motor que reactive una comarca especialmente deprimida de Soria (la provincia más deshabitada de todo España) y de crear un espacio que promueva la creatividad y los nuevos enfoques en cualquier ámbito de trabajo y entorno.»
Me he pasado un rato leyendo acerca del proyecto, su historia, su creadora, cómo va, cuáles son los planes, cómo se están financiando…
Mi parte racional ha hecho un diagnóstico rápido: «una chaladura que no va a ningún sitio». Quiero decir, ¿una casa perdida en no sé sabe dónde? ¿Una inversión de decenas de miles de euros? Ya me dirás tú cómo y cuándo se van a recuperar, vale, a lo mejor algún loco le ve la gracia, pero esto es el mundo real, y los proyectos para sostenerse necesitan masa crítica. Tiempo, esfuerzo, dinero, energía… para nada. Que pase el siguiente.
Pero mi parte irracional, romántica, utópica (que también la tengo; lo que pasa es que normalmente está bastante escondida) le ha visto el alma al proyecto. Se ha emocionado con la aventura quijotesca de «la de la Nuri», ha visto sus ojos brillantes de ilusión, se la ha imaginado hablando apasionadamente de la casa de la tía Julia, de la cantidad de ideas que tiene para el futuro, de su visión del éxito.
Y sabéis qué… que he comprado una Teja Juliana para apoyar el proyecto. Quién sabe. Es probable que, dentro de un par de años, mi parte racional acabe diciendo «¿Ves? Ya te lo dije, era un imposible». Pero mientras tanto, habrá habido alguien que ha puesto su empeño en hacer realidad una utopía, alguien que habrá disfrutado de cada paso del camino. El mundo necesita gente así, proyectos así. Todos lo necesitamos para hacernos creer que otro mundo es posible.

«Normalmente se sueña una cosa y se hace otra. No te dejes engañar: intentar realizar los sueños es lo único que al final de la vida te reconcilia contigo mismo.»

Otro tipo de perfeccionismo

«¿Perfeccionista yo?». Mi cara denotaba incredulidad. A ver, creo que (y que levante la mano el que no lo ha hecho nunca) puede que alguna vez, en mis primeras entrevistas de trabajo, respondiese que «soy demasiado perfeccionista» cuando me preguntaban por mis defectos (Dios, aun hoy se me cae la cara de vergüenza… en fin, pecadillos de juventud). Pero vamos, hace mucho tiempo que llegué a la conclusión de que yo, «perfeccionista», no soy. De hecho, soy un gran fan de Pareto y su 80/20; si con el 20% del esfuerzo consigo el 80% del resultado, ni se me pasa por la cabeza hacer el 80% adicional de esfuerzo que me requeriría la perfección. 80% de resultado, a otra cosa mariposa.
Y sin embargo, el otro día durante una conversación me hicieron pensar. Porque siendo verdad lo anterior, llevo bastante mal que las cosas no sean «como yo creo que deben ser», o «como yo sé que podrían ser». No me acostumbro a que «las cosas son como son, y no como nos gustaría que fueran». La diferencia entre la expectativa y la (percepción de) la realidad muchas veces me frustra. Otros, más tolerantes con la realidad, tienen más facilidad para fijarse en lo positivo de las cosas (en cuánto se ha avanzado con un proyecto, en cuánto han cambiado las cosas, en lo que hay de bueno en una situación aun siendo imperfecta). El eterno debate entre el vaso medio vacío o medio lleno.
Como digo, me hizo pensar. Igual hay que aprender a convivir un poco mejor con la realidad y su imperfección. Especialmente cuando, como decía al principio, partimos del hecho de que uno se sabe imperfecto…

Pagar por trabajar, ¿y por qué no?

Hace unas semanas saltó a la palestra una iniciativa de la agencia SCPF: un programa de prácticas en la empresa durante 10 meses a cambio de 20.000 euros. No, no es la empresa la que da 20.000 euros, sino que es el becario quien, además de trabajar, tiene que pagar. Ante esto, las reacciones han sido furibundas: «Timo, nueva vuelta al mercado laboral, vergüenza, viral, promo, vaya cara…». Y yo, francamente, no sé dónde está en problema.
Ya expliqué hace tiempo la diferencia entre coste, valor y precio . Cómo, en cualquier intercambio entre dos partes, ambas renuncian a algo para conseguir otra cosa a cambio. El valor que cada una de las partes otorga a aquello a lo que renuncia y a aquello que consigue es completamente subjetivo; y es esa subjetividad la que permite que haya márgenes de negociación.
En el caso que nos ocupa, alguien que quiere hacer esas prácticas (y por lo tanto, «entrega su trabajo») espera conseguir algo a cambio. Normalmente uno espera dinero, pero también puede recibir experiencia, conctactos, reconocimiento… y es cuestión de cada uno saber en cuánto valora todo eso. Por la otra parte, alguien que ofrece esas práctica entiende que está ofreciendo algo de bastante valor, y que además le supone un coste, y espera algo a cambio: puede ser sólo el trabajo, o puede que quiera más.
Una visión «estándar» implicaría que «yo doy trabajo, tú das dinero». Pero si ampliamos un poco los horizontes, y entendemos que en esa relación hay más cosas en juego, se abre el espacio para que las partes encuentren un espacio de equilibrio diferente al estándar. Como por ejemplo, llegar al punto de «pagar por trabajar».
Obviamente, a quien no da ningún valor a cuestiones como la experiencia, los contactos, la «puerta abierta» para un trabajo futuro… ese arreglo de «pagar por trabajar» le parece una aberración, incomprensible. La cosa está clara para él; nunca participaría en un acuerdo de ese tipo. Perfecto, no hay ningún problema. La cuestión es que el hecho de que a ti no te convenza un determinado intercambio, no quita para que a otro (que valora de forma subjetiva y por lo tanto diferente) sí le convenza. ¿Quién eres tú para decidir por otro? Si hay alguien a quien pagar 20.000 euros por ser becario de SCPF le parece bien, ¡déjale que lo haga! Allá el con sus decisiones. Y si no hay nadie, a lo mejor SCPF decide que en vez de cobrar 20.000 sólo puede cobrar 10.000. O a lo mejor acaba renunciando a cobrar nada, o acaba teniendo que pagar para que alguien haga prácticas… o a lo mejor decide que si no es a ese precio prefiere no tener becarios. Ellos sabrán.
Hay muchas cosas en el mundo por las que yo no pagaría, y me consta que hay gente que sí que las paga. De la misma forma, yo gasto dinero y tiempo en cosas que a muchas otras les parecerá un absurdo. ¿Quién tiene razón? Pues todos, porque al fin y al cabo cada uno somos dueños de nuestro dinero, de nuestro trabajo, de nuestro tiempo. Y somos nosotros los que decidimos libremente qué valor le damos, y a cambio de qué lo entregamos.
En definitiva, esto no es más que un ejemplo de libro del funcionamiento de los mercados. Oferta y demanda, que se cruzan para alcanzar un equilibrio: el punto en el que aquello que ganan las dos partes y a lo que renuncian les parece bien. Y a quien no le parezca bien ese punto de equilibrio, con no participar en el intercambio lo tiene todo resuelto.

Días mínimos para desconectar en vacaciones

El otro día, durante la comida, discutíamos sobre las vacaciones; ese fenómeno por el que quien más y quien menos (unos porque las disfrutan, otros porque las sufren) se ve afectado en esta época veraniega. En concreto, hablábamos sobre «cuánto tiempo de vacaciones es necesario cogerse seguido». Un compañero argumentaba que «por lo menos tres semanas: la primera te la pasas desconectando, y la última empiezas ya a darle vueltas a la cabeza… así que tres semanas son las necesarias para realmente poder desconectar un buen puñado de días».
Mi planteamiento va por otro lado. En primer lugar, creo que si uno se va de vacaciones tres semanas en realidad se está yendo cinco: la última de trabajo te la pasas con la cabeza en otros sitios y con una sensación de «bueno, ya total qué más da». Y la primera tras el regreso te la pasas intentando arrancar los motores, ponerte al día… hasta intentando acordarte de la contraseña del ordenador. En todo caso, exagere más o menos, soy de los que piensa que no es bueno «perder el hilo» durante demasiados días de lo que pasa en tu actividad profesional. Descansar es bueno, sí; desconectar también. Pero esa especie de visión de «tierra quemada» con la que la gente afronta sus vacaciones (o los fines de semana o, en general, su «tiempo libre») no la comparto. Vida personal y vida profesional, tiempo libre y tiempo de trabajo, son dos caras de la misma moneda; yo no concibo vivirlas como si fueran Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, ajenas completamente la una de la otra aunque compartan la misma realidad.
Con este enfoque, para mí lo importante es ser capaz de gestionar bien la contínua transición que existe entre «pensar en el trabajo» y «pensar en otras cosas», entre «hacer cosas de trabajo» y «hacer otras cosas». Ser capaz de poner tu cerebro y tu espíritu «en modo trabajo» o «en modo tiempo libre» a voluntad, con la mínima fricción entre uno y otro. Poder disfrutar al máximo de cada minuto de tiempo libre tanto si es de tres semanas, de una semana, de un fin de semana, de una hora o de cinco minutos, sin dejarse agobiar por lo que venga antes o después. Poder interrumpir ese tiempo libre si las circunstancias lo hacen necesario, hacerlo de forma concentrada, ágil y eficiente… y en cuanto se termine la interrupción volver a disfrutar del descanso sin que eso signifique que el resto del tiempo libre haya quedado «contaminado».
En definitiva, nunca he compartido esa separación radical entre trabajo y tiempo libre. No creo en «una vida de trabajo para luego disfrutar en la jubilación», en «sufrir todo el año y disfrutar en vacaciones», en «por fin es viernes» y «odio los lunes». Trabajo y ocio conviven todos los días, y es imposible que sea de otra manera; en nuestra mano está aprender a disfrutarlo con naturalidad.

Helping, de Edgar H. Schein: ayudate a ayudar

Sketchnote Helping Schein

Éste es el resultado final del «sketchnote» que estaba haciendo el otro día. El objeto del resumen visual es el libro «Helping», de Edgar H. Schein. Schein es un «clásico» de la consultoría y la organización empresarial, y en este caso aplica su visión a las relaciones de «ayuda». Y es que aquí considera que todas las relaciones de ayuda son asimilables; lo mismo el terapeuta que ayuda a un paciente, la esposa que ayuda al marido, la persona que ayuda a un viandante que pregunta por una dirección, o el consultor que ayuda a una empresa.
Los mensajes principales del libro (que como ya he dicho otro día, me ha dado para mucho «runrún»), y que he tratado de reflejar en mi nota, serían:

  • Una relación/interacción de ayuda es un subtipo de relación/interacción, y como tal comparte una serie de características: las desarrollamos en base a roles que aprendemos desde críos («hacemos de», y esperamos que el otro «nos dé la réplica»), y ponemos algo en juego (y esperamos una respuesta recíproca para considerar satisfactoria la interacción). A medida que se suceden interacciones «satisfactorias», se va produciendo una espiral de creciente confianza e intimidad, en la que nos atrevemos a poner cada vez más en juego… pero también donde nos exponemos más.
  • La relación «de ayuda» es una relación que nace naturalmente desequilibrada. El que «necesita ayuda» se sitúa en una posición de inferioridad, mientras el que va a proveer la ayuda se siente superior. Y ese desequilibrio inicial supone un montón de riesgos que, si no se gestionan adecuadamente, pueden dar al traste con la relación de ayuda.
  • Si adoptamos demasiado pronto los enfoques más tradicionales de la ayuda (cuando adoptamos el papel del «doctor», que diagnostica para luego dar una solución; o la del «experto», que directamente te proporciona la solución) corremos mucho riesgo de caer en una de esas «trampas», bien por la parte del «ayudante» o del «ayudado».
  • El enfoque más adecuado es el del «consultor de proceso». Adoptar la táctica de la «búsqueda humilde» permite reequilibrar la relación (el «ayudado» no se siente tan dependiente), aumentar el conocimiento sobre la situación (y por lo tanto evitar que se nos pasen datos relevantes por alto, precipitarnos o actuar en base a suposiciones o extrapolaciones), incrementar la implicación del «ayudado» en la búsqueda de soluciones, y reforzar la confianza entre «ayudante» y «ayudado». Sólo tras esta fase de mayor conocimiento «pasivo» se puede evolucionar a un papel más activo.
  • Este planteamiento se puede aplicar lo mismo a relaciones individuales, a equipos, o a organizaciones enteras.

En fin, un libro que me ha hecho reflexionar sobre mi propia actitud como «ayudante». Tengo mucha (demasiada) tendencia a «dar soluciones» demasiado rápido, a adoptar muy pronto el rol de «doctor» o el de «experto», a saltarme los pasos de la «búsqueda humilde». Tengo que hacer un esfuerzo más consciente en poner en práctica lo que plantea Schein, a reforzar mi rol de «consultor de proceso». Creo que eso mejorará mi capacidad tanto en el ámbito profesional como en el personal.

Sketchnoting: primeros pasos

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Empecé a interesarme por el «sketchnoting» hace poquito, viendo algunos avances de Ángel Medinilla. El concepto es sencillo: añadir un componente visual a la toma de notas. Es decir, en vez de tomar notas de forma textual, aprovechar para esquematizar y enriquecer con dibujos. La idea es que, de esta forma, mejoramos nuestra capacidad de entender, interiorizar y recordar las notas que tomamos. Se trata de una de las aplicaciones prácticas del visual thinking que cualquiera puede poner en práctica.
Esto es algo que encaja bien con mi forma de tomar notas. De toda la vida, me alucinaba la gente que trataba de recoger en sus cuadernos todo lo que decía un profesor. Ya sabéis, esa gente que escribía a toda velocidad, que llenaba hojas y hojas, y que entraba en pánico si se perdía alguna frase («¿Qué ha dicho? ¿¿Qué ha dicho??»). Nunca lo entendí. A mí me gustaba escuchar lo que se iba diciendo, intentar quedarme con las ideas principales y cómo se relacionaban entre sí, y sobre la marcha ir haciendo mi esquema. Obviamente no siempre podías hacer un esquema perfecto en lo formal, pero al menos en los conceptos sí. Por eso, mis apuntes nunca fueron demasiado buenos para compartir con otras personas: en ellos ya había un trabajo de interiorización que a mí me servía… pero para quien simplemente veía el papel, la sensación que le quedaba era que «faltaban cosas»; preferían pedirle los apuntes a los «amanuenses».
Así que lo de «esquematizar» me encaja estupendamente. Lo del «enriquecimiento visual» es en lo que estoy menos curtido. Mis esquemas eran discretos: algunas flechas sencillas, algunos «bullets», algún subrayado, algún cuadro… pero poco más. Los «sketchnoters» son mucho más desinhibidos, juegan mucho con dibujos alusivos al contenido, con el espacio y la distribución de los contenidos, sombras, texturas, tipografías… un festival visual, vamos.
Según dicen los fans de esta técnica, esta mezcla de esquematización + enriquecimiento visual nos hace por un lado a prestar más atención (para identificar los conceptos importantes, o al menos los que más «resuenan» en nosotros), nos facilita también la síntesis para relacionar ideas, y nos permite recordar mejor ya que estamos usando varias memorias (no solo la conceptual; también la visual, la muscular… mezclando «cerebro derecho» y «cerebro izquierdo»).
He estado leyendo el libro «The Sketchnote Handbook«, donde se recogen (además de una forma muy coherente con la idea) los conceptos básicos y la «filosofía». Y me he puesto a experimentar.
Hay algo que no comparto mucho de inicio, y es que los «sketchnoters» ciñen mucho su trabajo a la toma de notas «en vivo» (conferencias, clases, etc.). No sé, no me convence. Por un lado, lo veo «restrictivo»… a mí por ejemplo me puede interesar mucho más aplicar esta dinámica al resumen de libros. Y además le veo inconvenientes a la construcción del resumen «según se hace»… hay ideas que en principio puedes relacionar de una forma pero luego ver que encajan mejor de otra, hay ideas visuales que de primeras te resultan interesantes pero luego ves que puedes mejorar… Y de hecho la propia estructura del espacio o las ideas que más te interesa destacar no las sabes realmente hasta que has visto el conjunto.
Es verdad que el planteamiento original del «sketchnote» es «rápido», en la medida en que se hace a la vez que se escucha, quede como quede, y como mucho se le hace algún retoque a posteriori. Por el contrario, lo que yo planteo implica más trabajo (una primera escucha con toma de notas preliminares + un segundo esquema consolidando las ideas) pero no sé, encuentro que para mí es más «completo».
En fin, que voy experimentando. El resultado desde luego puede llegar a ser muy vistoso… y la verdad, también es un proceso muy divertido en sí mismo, en cierta forma parecido (y diría que más «flexible») a los mapas mentales con los que también trasteo de vez en cuando.