Estar a la última vs conocer la esencia

El otro día comentaba una compañera que, en un encuentro sectorial, se había sentido en cierta forma «deslumbrada» por la palabrería que utilizaban los demás asistentes al referirse a su día a día, a sus procesos y herramientas de trabajo. Y había vuelto con cierta sensación de inferioridad, con la idea de que lo que nosotros hacíamos era menos interesante, menos moderno. Que estábamos varios pasos por detrás.
Me hizo pensar. Yo vengo precisamente de ese mundo. Del mundo de las consultoras chachiguays, de las metodologías diseñadas en Chicago, del «state-of-the-art», de los anexos con «marca registrada» que justificaban ante los clientes que algo pasaba a valer uno o dos ceros más que lo mismo hecho por el despacho del señor Pepe. Y que lógicamente había que cambiar cada año o cada dos, para seguir dando la sensación de novedad, de innovación. Y mi sensación (que el dios de la consultoría me perdone) es que es algo bastante parecido al juego del mago de Oz. Si recordáis el libro o la peli, el Mago de Oz aparentaba ser un ente poderoso capaz de grandes prodigios desde su refugio en la ciudad Esmeralda. Sin embargo, era todo pura apariencia, trucos de ilusionista; en realidad no era más que un simple hombrecillo oculto tras una cortina.
A lo que voy es que, en mi opinión, muchas de las pretendidas innovaciones, metodologías rompedoras, novedades imprescindibles… en el mundo del management no dejan de ser rumiaciones y regurgitaciones de las mismas ideas básicas, puestas del derecho y del revés, una y otra vez. Ahora las llamamos con estas siglas, ahora con estas otras. Ahora las vinculamos con esta metáfora, ahora con esta otra. Ahora las dibujamos con un círculo, ahora con una estrella, ahora con una espiral. Aparentemente son distintas. Aparentemente son nuevas. Pero a nada que rascamos, nos damos cuenta de que son los mismos conceptos básicos. Los mismos perros con distintos collares.
No lo sé. Igual es que me estoy volviendo mayor. O más cínico. Pero creo que cada día es más importante obviar los fuegos artificiales, y centrarse en las cosas esenciales. Y como decían los clásicos, ahí no hay demasiadas cosas nuevas bajo el sol…

De niños y empleados

Tengo dos hijos. El uno es, siempre lo fue, tranquilote, con poca o ninguna malicia. Muy de estar a su bola, con sus cosas. La otra es más bichejo, más movida, le gusta estar con gente, que jueguen con ella. Son, en definitiva, diferentes. Esta realidad es, posiblemente, una de las más sorprendentes cuando uno tiene más de un hijo. Piensas, en tu ingenuidad, que siendo el padre y la madre los mismos, el entorno el mismo… los niños saldrán más o menos parecidos. Pero desde casi el minuto uno empiezas a encontrar diferencias. Cada uno tiene su caracter, sus gustos, sus inquietudes, sus motivaciones. Lo que te funciona con uno no te funciona con otro, tienes que emplear distintos enfoques. Se suele decir que «cada uno somos de nuestro padre y nuestra madre», pero es que incluso del mismo padre y la misma madre salen niños distintos.
Y ahora, trasladémonos del mundo familiar al mundo empresarial. Tienes dos niños y ves que son diferentes… y resulta que tenemos decenas, cientos o miles de empleados… y les tratamos como si fueran iguales. Les reducimos a «perfiles», a un puñado de «competencias», les evaluamos conforme a cuatro características, les planteamos un par de itinerarios formativos, les retribuimos con un esquema común. Y pretendemos así obtener lo mejor de ellos, su motivación, su compromiso.
¿Nadie se da cuenta de la incongruencia? Tienes una experiencia de primera mano en casa que demuestra que cada persona es diferente, que necesita cosas diferentes, que requieren una atención personalizada, que conseguir que vayan por «el buen camino» es casi un arte… pero luego, cuando nos trasladamos al mundo de la empresa, nos olvidamos de esa realidad y pretendemos que todo se reduzca a cuatro variables y tres palancas. La absurda deshumanización del management a la que ya he hecho referencia en otros momentos.
El «management» tradicional, por mucho que lo sofistiquemos, tiene un límite estructural. Y es que está concebido para reducir a las personas a «categorías manejables». Y eso siempre va a obviar la individualidad, cuando es la individualidad donde está la clave del compromiso.
PD.- Esta reflexión surgió a raiz de escuchar un capítulo del podcast «Back to work», que está interesante… ya había escuchado algún capítulo suelto, pero me he puesto a escucharlo desde el capítulo 1.

A (casi) nadie le importa

A casi nadie le importa lo que escribes en tu blog, por muy bueno que tú creas que es lo que escribes. A casi nadie le importa lo que pones en tu twitter. A casi nadie le importan las fotos que haces, los relatos que escribes, los dibujos que pintas, la música que escuchas, las canciones que compones, los videos que cuelgas en youtube. A casi nadie le importa los sitios donde vas de copas, las comidas que te gustan, el lugar donde has ido de vacaciones. A casi nadie le importan los libros que lees, ni las series que sigues, ni las pelis que has visto, ni tu opinión sobre ellas. A casi nadie le importa que hayas escrito un artículo en quién sabe qué revista sectorial, o que hayas publicado un libro, o que hayas dado una conferencia. A casi nadie le importan tus planes y tus proyectos.
Y sin embargo, cada día son más los vehículos que tenemos para «hacer público» y compartir cualquiera de esas cosas. Y con mecanismos de retroalimentación, encima. Followers, likes, visitas, comentarios… que nos hacen mantener una vana expectativa de que efectivamente «le importa» a alguien. Pero desengañate, como he dicho antes incluso cuando tus métricas están bien, lo cierto es que a casi nadie le importa.
Si vas a hacer algo, hazlo porque te apetece. Escribe tus relatos, pinta, haz fotos, expón tus teorías… porque te gusta a ti, porque te sirve para entretenerte o para mejorar tus habilidades, porque te sirve para aprender, o para evadirte. Hazlo a tu ritmo, según te apetezca. No te dejes engañar, no tienes un «público» que esté esperando ansioso tus «pepitas de oro» y que se sentirá decepcionado si no lo haces. Realmente, si mañana dejases de hacerlo, si mañana dejas tu blog, o dejas de colgar fotos, o dejas de actualizar el Facebook, o abandonas twitter, o dejas de escribir libros, o… casi nadie se daría cuenta. La popularidad es una mentira; lo es incluso para esas «grandes estrellas» (del cine, de la música, del deporte, de la literatura) que tienen su época de gloria (basada sobre todo en unos desmedidos esfuerzos de marketing realizados por las grandes compañías que deciden lucrarse a su costa) pero que después desaparecen sin que nadie nunca se vuelva a acordar de ellas. Así que imaginate para ti.
Haz las cosas porque sí, no porque esperes algo a cambio. Úsalas para conectar con la gente que te rodea. Regalale una foto bonita a tus padres, hazle a tu hija un dibujo personalizado, escribe un relato para leer en tu boda, compón una canción especial para tu aniversario. Disfruta de tu habilidad con tu entorno, con tu familia, con tus amigos, con tus compañeros… con todas esas personas que ya existen en tu vida.
Y aprovecha también, si surge, para conectar con ese pequeño número de personas a las que en un momento dado sí les pueda importar lo que haces. No van a ser muchas, pero puede que sea la excusa para descubrir a un puñado de personas afines que incorporar a tu vida.
Lo que haces le importa a muy poca gente. Disfrútalo con ellos, y olvida a los demás.

El más listo de la habitación

Hay una cita (cuyo autor no he conseguido identificar) que dice que «if you are the smartest person in a room, then you are in the wrong room». O sea, que si eres el más listo de los que te rodean, entonces hay algo que no estás haciendo bien.
A primera vista, parece que tiene sentido. Uno aprende cuando ve a otros a quienes considera un ejemplo, que le inspiran, que le guían. Si tú eres el más listo, entonces estás por encima de los demás; tú puedes tirar de otros, ¿pero quién tira de ti? Debes irte a un entorno más retador, o incorporar a tu círculo nuevas personas. Así aprenderás.
Y sin embargo, hay algo que chirría. Porque… ¿qué es «ser más listo» que los demás?.
Para empezar… ¿realmente eres más listo? ¿o te crees más listo? Hay diferentes tipos de personalidad, hay gente que tiende a infravalorarse con respecto a los demás, y por el contrario hay gente que está muy bien pagada de sí misma (los que me conocen ya saben de qué pie cojeo yo). Un poco de revisión crítica de uno mismo no viene mal de vez en cuando.
Pero vale, sí, aceptemos que puede que haya una serie de conocimientos, habilidades… en los que destaques. A lo mejor es por tu predisposición natural, a lo mejor es por la experiencia acumulada, a lo mejor es por tu formación. Lo que sea. Fenomenal. Enhorabuena. Pero… ¿eso significa que no puedes aprender NADA de los que te rodean? Decía Galileo que «nunca he encontrado una persona tan ignorante que no se pueda aprender algo de ella». Incluso si es cierto que hay cosas en las que tú eres superior, hay otras en las que son otros los que son superiores a ti. Requiere grandes dosis de curiosidad y de humildad darse cuenta de qué te pueden enseñar todos y cada uno de los que te rodean. Y sin embargo, cuando uno consigue «cambiar el chip», se abre un mundo enorme de posibilidades de aprendizaje y de crecimiento.
Así que sí, seguro que es bueno rodearse de gente que te pueda enseñar. Pero diría que ya estás rodeado de ella. Si te sientes «el más listo de la habitación» probablemente no es que estés en la habitación equivocada; es que has hecho un análisis bastante miope de ti mismo y de los que te rodean.

Redes sociales corporativas: por qué sí

El otro día estábamos viendo las posibilidades que tiene Sharepoint como herramienta multifunción de gestión del conocimiento. Una de las aplicaciones (bien sea a través de su desarrollo propio Newsfeed o del adquirido Yammer) es la posibilidad de establecer redes sociales corporativas: perfiles en los que se pueden publicar cosas, que van registrando tu actividad, y que son susceptibles de ser «seguidos» por otros perfiles. De esta forma, te puedes fabricar tu propia «red de información/interacción» dentro de la propia empresa a través de áreas, departamentos, localizaciones geográficas…
Me resultó muy curiosa la reacción de los presentes. Digamos que más de uno «arrugó el morro». Bien es verdad que la persona que estaba haciendo la presentación preguntó «¿alguien usa twitter?» y el único era yo, así que igual no era un público muy receptivo a priori. Pero me llamaron la atención los argumentos utilizados: «es que eso es un lío; anda que no tenemos ya bastante con las decenas de correos que recibimos al día» o «al final la gente acaba usando esas cosas para las tonterías, para quedar a tomar café y poco más» o «vamos a centrarnos en la gestión documental, que todo esto está muy bien pero en la oficina no».
A mí personalmente la idea de una «red social corporativa» me parece brutal. Dejando al margen que yo ya tenga recorrida mi «curva de aprendizaje» (y entiendo que para alguien «novato» pueda intimidar un poco), esa forma de tejer relaciones me parece que refleja muy bien la realidad de la organización informal. Porque por encima de que haya un organigrama, unas dependencias jerárquicas, unas categorías, una separación por áreas, departamentos, etc… (lo que se conoce como «organización formal»), todo el que haya vivido dentro de una empresa sabe que las cosas realmente funcionan por otros canales, los de la organización informal. Tú tienes afinidad con fulanito porque es del Atleti y habláis de fútbol en el café, tú conoces a menganita porque coincides echando el cigarro, tú te fías de zutanito porque cuando hace años estábais en la misma guerra te salvó el culo más de una vez, o sabes que el otro es un crack del Excel y te puede ayudar a resolver un problema puntual. Al final, cuando estás dentro de una organización, tú tienes identificadas a personas concretas de las que te fías, personas a quienes les concedes autoridad en un determinado tema, personas cuya opinión respetas, personas que siempre tiene información sólida, personas a quienes buscas cuando tienes un problema o una duda porque sabes que te van a ayudar… Y viceversa, tienes gente de la que no te fías ni un pelo, cuya opinión te resbala porque crees que es un patán, gente a la que simulas hacer caso por su rango o por educación pero que no deja ningún poso en ti…
Las redes sociales corporativas ayudan a dar cuerpo a esa realidad que ya existe de por sí. Poderte gestionar tu propio menú de información corporativa, seguir a quien consideres que te aporta valor sea de donde sea, de forma absolutamente orgánica, ampliando o reduciendo tus círculos en función de tus intereses, o de la evolución de tus fuentes…
Entiendo los miedos que puedan existir, pero no los comparto. Rechazar las redes sociales corporativas es hacer el avestruz; supone enterrar la cabeza en la tierra para así hacer como si esa organización informal no existiera. Pero existe, ha existido siempre y va a seguir existiendo. Y desde mi punto de vista, tiene mucha más importancia que la organización formal. Así que, siendo así… ¿por qué no sacarle partido, dando herramientas a las personas para su explotación y gestión?
Ay, a veces ser un «early-adopter» es un rollo.

Otra forma de trabajar en la oficina debe ser posible

Voy a hablar de mí, aunque creo que mi razonamiento puede ser extrapolable a muchas otras personas, miembros de esa casta que podríamos llamar «trabajadores del conocimiento». Ya sabéis, el mundo de los cubículos y los depachos, las reuniones y largas jornadas sentados en un escritorio, con un trabajo que no es repetitivo/mecánico sino que tiene mucho que ver con planificación, gestión, seguimiento, a veces incluso algo de creatividad…
Mis días de oficina (cuando voy a la oficina; luego hago mención a los días que trabajo en casa) tienen dos componentes. Por un lado, sentado en un escritorio delante del ordenador; ahí hago el trabajo que tiene que ver con elaborar informes, con hacer seguimiento, con responder emails (uy, ¿eso es un trabajo?), con planificar proyectos… Y luego hay otra parte, el mundo de las reuniones, que se desarrolla en salas al efecto; algunas de ellas productivas (te juntas con la gente que te tienes que juntar, tienes claro los temas que tienes que resolver, pim, pam, y en seguida has terminado) y muchas otras no. Entre ambas situaciones, aderezadas con la relación social (conversaciones de trabajo o de no trabajo, chascarrillos, etc.) consumen el 99% del tiempo que pasa entre que llegas por la mañana y enciendes el ordenador, y que te vas por la tarde.
Y yo confieso: no es una situación que me guste. Es más, me frustra bastante.
Una de las cosas que me da rabia es la suma de horas con el culo pegado a la silla. Cada vez son más las voces que se alzan para avisar de que pasar tantas horas sentado es muy malo para el cuerpo. Sedentarismo y obesidad, problemas musculares y de articulaciones… de esas cosas que no notas mucho en el día a día, pero que tienen un brutal efecto acumulativo. Yo noto particularmente el impacto en la energía… ¿cómo puedes acabar cansado de estar sentado? Pues sucede.
Hay alternativas, claro. Desde gente que promueve escritorios de pie (incluso ligados a una cinta de andar), a gente que fomenta reuniones de pie o incluso dando paseos. Es decir, puedes hacer el trabajo que tienes que hacer sin necesidad de estar sentado, y no pasa nada.
Otra cosa que me molesta es la sobreutilización del ordenador. Si te pones a pensar, ¿qué porcentaje de tu jornada realmente necesitas el ordenador? Hay muchas tareas que podrías hacer sin él. Y sin embargo lo tienes ahí, enfrente, abierto y encendido. Y mitad queriendo y mitad sin querer acabas usándolo más de lo que deberías, y en muchísimos casos para cosas que no te aportan nada. A veces desearía tener un espacio y tiempo alejado del ordenador, romper esa inercia.
No me gusta tampoco la idea de tener tu «espacio asignado». Me gustaría disponer de espacios multidisciplinares, a los que poder acceder según las necesidades. Porque tampoco el 100% del tiempo «estar sentado en tu silla» es lo que te va a permitir trabajar mejor. A mí, por ejemplo, me gustaría poder dedicar más tiempo a leer (artículos, libros, etc.), pero «sentado en la mesa» no me sale. Me gustaría tener un sofá en el que poder leer tranquilamente, con una libretita para ir anotando ideas. A veces lo que necesitaría sería una gran pared en la que ir colocando postits, en la que poder coger distancia para ver el cuadro global, o acercarme para ver los detalles. A veces necesitaría una mesa despejada en la que poder extender un montón de papeles. Pero como tienes «tu sitio»… y si no estás en «tu sitio»… ¿qué estás haciendo?
Tampoco vivo bien esa distinción entre «tiempo de trabajo» y «otras cosas. Parece que por el hecho de estar en la oficina tienes que «estar trabajando» (además, con una visión muy concreta de lo que es «estar trabajando»). Y sin embargo, la realidad en este tipo de trabajos es que es muy difícil separar tiempo de trabajo y tiempo de «otras cosas». A veces se te ocurren ideas cuando estás en casa, y a veces necesitas «desconectar» cuando estás en la oficina. De hecho, nuestros cerebros no están hechos para mantener determinado tipo de foco de forma constante, necesitamos cambiar de tipo de actividad, a veces a cosas que directamente son evasión. Pero no basta con «entrar en Facebook», a veces hay que darse un paseo, o jugar, o moverse, o dedicar tiempo a otras áreas del cerebro (pintar, tocar música). O meditar. O echar una cabezadita. Pero ponte a hacerlo en la oficina… De hecho es que a veces «ir a la oficina» directamente no te aporta nada. Y sin embargo, como es «lo que toca»…
¿Y por qué no cambiar, no hacerlo de otra forma? A veces es pura inercia; hay varios comportamientos de los arriba citados que simplemente es cuestión de cambiarlos. Por ejemplo, quitar el ordenador de enmedio salvo que vayas realmente a usarlo. O irte a otra ubicación si necesitas cambiar el entorno. Y sin embargo, cuesta primero ser consciente y segundo acabar con el hábito. También influye el entorno físico, cómo estén diseñadas las oficinas. ¿Hay espacios para sentarse a leer, o para reposar? ¿Cómo son las salas de reuniones? ¿Hay sitios donde podrías trabajar de pie? Y por supuesto no podemos olvidarnos de la presión social: ¿qué pensaría la gente si te ve, por ejemplo, sacando una guitarra? ¿o sentado en un sofá simplemente leyendo? ¿o echando una cabezadita? ¿o haciendo unos ejercicios de estiramiento? ¿qué pasa el día que no estás en la oficina, o el que te vas a mediodía? A mí hay veces que se sonríen cuando me pongo a garabatear cosas en una hoja, o cuando cojo un papel para hacer una pajarita…
Curiosamente yo tengo la oportunidad de trabajar algunos días en casa, y de poner en práctica algunas de estas ideas. Si quiero leer un rato, me siento en el sofá con la tablet y santas pascuas. Dedico un rato en el día para salir a dar un paseo, estirar las piernas y que me dé el aire. Cuando estoy atorado, salgo al balcón a mirar las plantas, o cojo la guitarra y hago unas escalas. En definitiva, voy probando cosas. Y aun así, hay ratos en que siento una invisible (porque no hay nadie que me vigile) presión para estar «sentado delante del ordenador» porque «debes estar trabajando».
Definitivamente, hay otras formas de trabajar. Debe haberlas. Porque son buenas para las personas, pero estoy convencido de que también lo son para la productividad y creatividad. Hay que romper con ese paradigma que implica que todo lo que no sea «estar sentado frente al ordenador» no es trabajar. Pero los primeros que tenemos que romper con ello somos cada uno de nosotros, y creo que es el paso más difícil. Hace años hablaba de la «oficina del futuro«, pero creo que los que tenemos que conquistar ese futuro somos cada uno de nosotros, haciendo evolucionar nuestros espacios de trabajo y nuestras formas de trabajar.

La planta del buen rollo

Esta historia me la contó un amigo.
Mi amigo trabajaba en una empresa con un ambiente un tanto enrarecido: discusiones, malos modos, actitudes poco conciliadoras, escaso respeto, falta de reconocimiento… Mi amigo y su bonhomía innata sufrían teniendo que desarrollar su trabajo, día tras día, en un entorno tan poco saludable.
Un día, cansado de él y su compañero de despacho de la situación, decidieron comprar una planta. Le pusieron nombre (que mantendremos en el anonimato), y la colocaron encima de la mesa. Y empezaron a decir a todo el mundo en la oficina: «en el resto de la oficina podéis hacer lo que os dé la gana; pero cuando entréis en este despacho vais a hacerlo de forma tranquila, con una sonrisa en la cara, vais a dar los buenos días, y vais a hablar en un tono cordial, que es justo lo que nosotros os ofrecemos; si no lo hacéis por nosotros, hacedlo por la planta».
Puedo imaginar las reacciones: desde la inicial incredulidad hasta el posterior cachondeo generalizado. «Mira los raritos con su planta». Incluso les pusieron un mote. Y sin embargo…
Desde ese día, la planta ejerce un efecto interesante. Cuando alguien entra en el despacho de forma airada, mi amigo y su compañero le sonríen, le dicen «buenos días», y dirigen su mirada a la planta. Más veces que lo contrario, la persona en cuestión se serena y modera su actitud; como si le diera apuro comportarse así delante de ella. De hecho, ya muchas personas se lo piensan bien antes de entrar sin cumplir las normas de respeto a la planta. Y a mi amigo, le sirve de confidente: cuando ha tenido algún episodio desagradable, al regresar al despacho, mira la planta, respira un par de veces y descarga así su propia tensión.
Obviamente la planta no tiene ningún poder mágico o sobrenatural. Pero sí tiene un poder simbólico: permite a mi amigo, y a los que les rodean, recordar que hay una forma diferente de hacer las cosas. Y así, poco a poco, día a día, a través de la influencia que ejerce en las actitudes y comportamientos de todo el mundo, la pequeña planta va creando a su alrededor un espacio creciente de «ambiente sano, libre de malos rollos».
A veces ejercer la rebeldía ante lo que parecen unas condiciones inmutables pasa por algo tan poco revolucionario como comprar una planta.

No quiero una radio nueva

Compré mi coche en 2005. La radio del coche tiene lector de CD Audio. No lee cd de mp3. No tiene entrada auxiliar.
8 años después, el mundo del audio ha cambiado (joder, ya entonces… ). Andar por la vida grabando CD’s de audio es algo del pleistoceno. La radio más pedalera del mercado tiene una entrada que permite conectar tu smartphone (donde llevas tu música, o tus podcasts), o una conexión bluetooth. Y mientras tanto, yo…
He probado alternativas. Tengo un emisor FM (que permite conectar el smartphone y emite el sonido vía FM… el sonido es muy malo). Tengo un pequeño altavoz bluetooth (que no suena mal, pero claro, el equipo de sonido del coche suena mejor). He buscado un cable en internet que en teoría permitía «simular» el cargador de CD… pero por la configuración electrónica del coche no funciona. Llevarlo a un taller para que me lo cambien costaría más dinero del que costaría una radio nueva.
A lo que voy es… que parece que el mundo «me obliga» a cambiar de radio. A coger un aparato, por otra parte perfectamente funcional, y tirarlo a la basura para sustituirlo por otra nuevo. A gastar dinero, a generar residuos. A consumo irresponsable.
Tengo un debate interno. Por un lado, me da rabia que no me dejen más alternativa que el «ajo y agua». Sí, la sociedad es la culpable. Y algo de eso hay. Pero por otro lado, sé que también tengo que mirarme a mí mismo: ¿hasta qué punto «necesito» una radio nueva? ¿hasta qué punto no soy yo mismo quien, con mi comportamiento, me estoy poniendo en esa tesitura de «tener que hacer algo»?. ¿Acaso no me vale con lo que tengo? ¿No he vivido así 8 años?
Al final, el consumo responsable es cosa de dos. Es verdad que el mundo «conspira» contra nosotros (la publicidad, la obsolescencia programada, la complejidad de los productos que hace que sea más fácil tirarlos que arreglarlos, etc.) pero tenemos que asumir también nuestra propia responsabilidad: en última instancia, somos los que decidimos.

Por qué el SEO (a mí) me da igual

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Este gráfico refleja las páginas vistas (mensuales) que este blog ha tenido «desde que existen series históricas», que dicen los de la estadística. En concreto, se muestra el periodo de enero 2007 a hoy, enero de 2014. Se puede observar claramente un periodo de esplendor (de mediados de 2008 a mediados de 2010), donde me movía cómodamente en cifras por encima de las 30.000 páginas vistas mensuales. Y la (presunta, como veremos más tarde) decadencia actual, donde «sufro» para quedar por encima de las 5.000. Una caída de cerca del 85%. ¡Horror!
Si nos ceñimos a las métricas, eso es exactamente lo que ha pasado. Ahora bien, ¿es relevante? ¿me preocupa?. Ni una pizca.
Entendedme bien, me gusta como al que más «salir bien en los números». Pero ya pasé hace mucho aquella fiebre por las estadísticas, por ver mes a mes (¡o día a día!) cómo evolucionaban los números, por el posicionamiento, por la quimera de «hacer dinero con el blog» (¡si hasta llegué a querer tenerlo patrocinado! Por cierto, nunca sucedió… )
Como ya comenté en alguna ocasión, ya llegué a la conclusión de que mi enfoque para este blog es difícilmente compatible con el SEO. No es un blog temático. No «vendo» nada. No hay una serie de «palabras clave» por las que quiera destacar, ni hay un objetivo final de «conversión». Sí, claro que me gusta «que haya alguien al otro lado», tener una base de lectores/personas afines que sintonicen con lo que cuento y con lo que soy, y si es más grande mejor que más pequeña (recordemos que hablamos de un tío bastante egocéntrico). Pero si ése es el objetivo (y no ni siquiera me atrevería a calificarlo como tal; es más bien una «consecuencia agradable»), entonces las «páginas vistas» son una métrica bastante irrelevante.
Este es el desglose de las 10 páginas más vistas a lo largo de este periodo:

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Estas 10 primeras entradas, incluyendo la portada, acumulan el 40% de todas las páginas vistas. Es decir, el 0,6% del contenido (hay más de 1500 entradas escritas) acumulan más del 40% del tráfico. Y ya veis los títulos de los artículos… de lo más variopinto. ¿Por qué? Porque en algún momento, Google sobre todo (aunque también hay por ahí algún «efecto meneame») decidió que uno de mis posts era «simpático» para una de sus búsquedas. Por ejemplo, durante años si tecleabas «debilidades» en Google aparecía mi post como primer resultado. Consecuencia: un montón de visitas.
La cuestión es… ¿cuántas de esas visitas atraídas por Google (o por menéame, igual da) eran relevantes? ¿Cuántas llegaron a interesarse por «quién ha escrito esto», no digamos ya a decidir «este tío me cae bien, voy a seguir leyendo su blog»? Joder, ¿cuántas llegaron siquiera a leerse el post entero? Sí, es verdad, su visita sirvió para inflar las estadísticas… pero generando unos números irrelevantes, totalmente intrascendentes. Supongo que para quien vende publicidad, «cualquier agujero es trinchera» y cualquier visita es buena (al final, se trata de vender a los anunciantes visitas «al peso», o de conseguir que un porcentaje siempre ínfimo de incautos pinche en un banner… cuanto mayor sea la base, mayor es el número final). Pero yo no estoy en esa película. Sí, tengo puesto algún anuncio de Adsense que me da una cantidad irrisoria: si consiguiese duplicarla o triplicarla o multiplicarla por diez seguiría siéndolo…
A mí lo que me importa es que hay un número pequeño de «fieles» que gracias a mi blog me han conocido, con los que he podido interactuar tanto dentro como fuera de internet. Gente interesante, gente maja, gente que me ha abierto muchos horizontes. ¿Cuántas de las visitas que reflejan las estadísticas son suyas? Muy pocas. Sin embargo, para mí, son de largo las más importantes. De hecho, las únicas relevantes.

Feliz año nuevo… tú mismo

Días de buenos deseos, «¡Feliz año nuevo! ¡Feliz 2014!» por aquí y por allí. Nos deseamos «feliz año nuevo» como quien se desea buena suerte, como si esa «felicidad» estuviese en manos del destino, de algún ser superior, que según cómo le de el viento decida dárnosla o no.
La cuestión es que no es todo azar. A ver… ¿qué vas a hacer TÚ para tener un feliz año? ¿qué vas a hacer TÚ para proporcionarles un feliz año a los que te rodean? Sí, claro, por supuesto que hay imponderables que pueden afectarnos en positivo o en negativo, así es la vida. Pero hay muchísimas cosas que están dentro de nuestro ámbito de responsabilidad. De hecho, incluso la forma en que decidamos (sí, decidamos) encarar los embates de la vida pueden ser una fuente de felicidad (o de infelicidad).
«Feliz año» no es un deseo. Es un objetivo. Una tarea a realizar. Y un trabajo que merece la pena, ¿no?. Pues hale, a trabajar.