Si los hombres han llegado hasta la luna

Así como el haber llegado a la luna no significa que la mayor parte de la población haya estado en ella, suponer que la evolución del management ha impactado en la mayoría de nuestras organizaciones es, todavía, una presunción alegre que poco tiene que ver con la realidad

Esta frase, que leí en un post de cumClavis, me pareció francamente reseñable porque presenta una analogía realmente poderosa.
Cuando uno tiene cierta curiosidad intelectual, es fácil (y más en nuestro mundo hiperconectado) estar abierto a experiencias ajenas. Lees libros, escuchas conferencias, reseñas y artículos en revistas, posts y demás fuentes de contenidos. En ellos, claro, lo que te llama la atención suele ser lo que llaman el «state of the art», lo mejor de lo mejor, las mejores prácticas, lo más innovador, lo más cool, lo más rompedor; en definitiva, «lo más de lo más».
Y entonces, claro, miras a tu alrededor. A tu organización, a las personas que te rodean, a ti mismo. Y piensas en lo lejos que estás de todo eso que se cuenta en los libros y en «el internet». Es fácil caer en el fatalismo, en creer que tú no tienes nada que hacer, que nunca llegarás allí.
Y seguramente sea cierto. Por mucho que un puñado de seres humanos hayan llegado a la luna, el 99,99999% de nosotros no lo haremos nunca. Por mucho que en no sé qué organización hayan puesto en práctica cualquier innovación, muy probablemente nosotros no lo vayamos a hacer nunca. Y mucho menos seremos capaces de poner en práctica todas las que leemos (desarrolladas en distintos lugares, por distintas personas, en distintos contextos). Pero eso no quiere decir que en nuestra realidad (imperfecta, como todas) no podamos hacer cosas que nos acerquen a esas «utopías» que vemos ahí afuera. Una vez que se acepta el carácter inalcanzable de todo lo que vemos, una vez que asumimos todo lo que no vamos a poder hacer… llega el momento de fijarnos en todo lo que sí está en nuestra mano.

Dibujar: una excursión al hemisferio derecho

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Ayer pude disfrutar de una experiencia realmente enriquecedora. Pasé la mañana con mi amiga Sandra González Simón en su estudio de Madrid, recibiendo (o compartiendo) una primera clase de dibujo que me fascinó.
Nunca he sido un «artista», y de hecho diría que mis habilidades siempre han estado más vinculadas a la esfera racional que a lo que tiene que ver con las manos. Pero por otro lado siempre he sentido que esa otra parte de mí hacía, de vez en cuando, por salir. Hago fotos, aporreo la guitarra, trazo garabatos de vez en cuando… de alguna forma, es como si mi verdadera naturaleza (que es dual, ecléctica… como supongo que es la de todos) protestase por la sobreutilización de un lado del cerebro y buscase un poquito más de equilibrio.
El caso es que hacía tiempo que Sandra me había dicho, «¿por qué no te vienes un día al estudio y dibujamos un poco, a ver qué tal?». Y la idea me apetecía, pero siempre estaba ahí el lado izquierdo del cerebro boicoteándome: «¿en serio vas a dedicar una mañana a irte a hacer dibujitos?». Pero bueno, aprovechando este periodo de impass, donde mi racionalidad tiene menos elementos tras los que escudarse, lo hice. ¡Y qué gran decisión! ¡Cuanto aprendí en media mañana! Y no solo de dibujo…
La foto que ilustra el post es el resultado del trabajo de toda la mañana. Ese ojo, esos 10-15 trazos de copia de un dibujo del método de Charles Bargue, me llevaron más de dos horas. «¡¿En serio?!», diréis. Pues sí.
Y es que parece sencillo, pero no lo es. Porque de lo que se trataba era de ser lo más exacto posible en la reproducción. De afinar lo máximo posible la distancia entre las líneas, las proporciones, la inclinación, los puntos de corte. Esto implica que, tras una primera aproximación (hecha con la mejor de las voluntades) empieza el trabajo de verdad. Mirar y volver a mirar, borrar, rehacer, alejarse para identificar los errores, solucionarlos, volver a mirar e identificar los nuevos. Una y otra vez, una y otra vez. Llega un momento en el que ya no ves más, pero descansas cinco minutos (¡qué importante es darle un respiro al cerebro!) y a la vuelta resultan evidentes nuevos hilos de los que tirar. Otra vez a borrar, otra vez a dibujar. Y así, la aparente sencillez del dibujo («esto lo hago yo en dos patadas») se transforma en una lección de humildad. Porque tu reacción inicial es que «esto ya está, ¿no querías un ojo? pues ya tienes un ojo», y sin embargo, si miras bien, hay tanto por arreglar…
Además, es un proceso en el que no estás usando una capacidad de análisis racional. El objetivo en realidad no es «dibujar un ojo» (donde ya estás interpretando qué es un ojo, cómo es un ojo… lo cual te llevaría a dibujarlo con un sesgo; una noción que ya había leído en el libro «Drawing with the right side of the brain»), sino abstraerse del contenido y tratar de dibujar espacios, formas, relaciones; un circuito neuronal completamente distinto.. Al principio te sientes incómodo, notas como intentas «racionalizar» lo que estás haciendo, aplicar tus viejos métodos. Pero llega un momento en el que te sumerges en la tarea, y efectivamente tu cabeza empieza a funcionar de forma diferente.
El caso es que esas dos horas de trabajo (de pie delante de un caballete; con lo que soy yo de quejarme de estar de pie…) se me pasaron en un suspiro. Debí entrar en eso que llaman el estado de flujo. Ahí estaba yo (un tipo que normalmente se impacienta, que quiere resultados, nada perfeccionista, al que le basta conseguir algo «suficiente» para así poder pasar a la siguiente cosa) completamente absorto con un lapiz en la mano y una goma en la otra. 100% imbuido en el proceso.
Fue una sesión muy reveladora. Noté como Sandra (que antes de artista fue psicóloga) sonreía para sus adentros. Porque al final no se trataba de dibujar un ojo, sino de abrir una puerta.

Este piso ya no es tuyo

Hace casi 20 años, mis padres decidieron mudarse de casa. Dejar el piso en el centro de la ciudad, y cambiarlo por una vivienda unifamiliar en las afueras. Y entre vender o alquilar el piso, se decidieron por lo segundo. Así que dicho y hecho, pusieron anuncios y consiguieron alquilarlo a unos estudiantes a principio de curso.
Pasaron los meses, llegó el verano, y los inquilinos dejaron el piso. Entonces, nos acercamos a «poner orden» de cara a buscar a los siguientes inquilinos. Recuerdo la expresión casi horrorizada de mi madre: «¡ay cómo me han dejado la cocina! ¡pero mira cómo está el parquet! ¡y las paredes, cómo están las paredes!»
Mi madre miraba el piso todavía con ojos de «usuaria». Era «su» piso, y lo estaba inspeccionando con los estándares de quien había pasado diez años construyendo y cuidando un hogar. Obviamente, unos estándares completamente diferentes a los de unos estudiantes que viven allí durante unos meses.
«Mamá, olvídate; este piso ya no es tuyo», le dije. «Ahora es un piso de alquiler; no puedes esperar que quienes lo ocupen lo vayan a cuidar como lo has cuidado tú. Si acaso en el futuro decidís volver a vivir aquí, tendréis que hacer borrón y cuenta nueva, meter dinero para volver a ponerlo a vuestro gusto, y empezar de cero. Mientras tanto, más te vale cambiar de mentalidad porque si no vas a sufrir innecesariamente».
Estas semanas me ha venido esta anécdota a la cabeza en varias ocasiones. Como sabéis, estoy de transición. Los planteamientos y proyectos a los que he venido dando forma durante cuatro años van pasando a estar en otras manos; algunos ni siquiera eso, se van quedando sin nadie que les dé continuidad. Así, vas viendo cómo se añaden matices diferentes a los que tú planteabas, cosas que «yo no haría así», prioridades distintas. Y mientras tú lo ves, y sientes la necesidad de decir «no, ¿pero qué hacéis? ¡Eso no es así!». Creo que he caído en ese error un par de veces, pero en otros momentos he sabido darme cuenta: yo ya no tengo nada que decir. Ya no es mi proyecto. Para bien o para mal, ese proyecto pasa a otras manos que tendrán que darle su personalidad. Es posible que algunas cosas se hagan mejor, y es posible que otras se hagan peor; incluso es posible que en otras manos el proyecto se muera.
Pero debo asumir que yo ya no pinto nada. Igual que le dije a mi madre en su día que «este piso ya no es tuyo», esos proyectos ya no son míos. Son otros quienes «viven» en esa casa, quienes la van a hacer suya, quienes la van a cuidar. O no. No es asunto mío. Y cuanto antes lo asuma, mejor.

Mantener a tus hijos en el sistema también es una decisión

Hace unos meses reflexionaba sobre la inquietud que me provocaba, como padre, el sistema educativo en el que mis hijos están inmersos. Y me preguntaba en voz alta sobre alternativas, y sobre el miedo que me daba tomar decisiones al respecto.
Aquella inquietud no ha ido a menos; casi diría que al contrario. El caso es que un día, comentando en grupo algunas ideas al respecto, alguien dijo: «todo eso está muy bien, pero tienes que pensar en los niños; cualquier decisión que tomes les va a afectar y a marcar para el futuro». Lo cual es rigurosamente cierto. Lo curioso es que ese argumento, que se ponía encima de la mesa como alerta, obviaba un elemento importante. Y es que es perfectamente aplicable a cualquier decisión… incluyendo la de dejar a los niños a cargo del sistema. Algo que no parecía ser relevante a nuestro interlocutor.
Es decir, «ojocuidao con lo que haces que vas a marcar el futuro de los niños»… como si hacer «lo normal» no fuese a marcarlos. Y ahí es donde encaja mi reflexión. Porque es verdad que parece que, si haces «lo normal», no pasa nada. Que el riesgo lo asumes si haces algo «anormal». Pero es mentira. Estás asumiendo un riesgo siempre, tanto si haces «lo normal» como «lo anormal». Todo va a tener consecuencias, algunas positivas, otras negativas. Y con esa visión en mente, creo que es razonable valorar todas las alternativas en igualdad de condiciones, por mucho que la «presión social» haga que parezca que «lo normal» es «lo correcto» y que las alternativas con una locura. Porque mientras tanto, España lidera las estadísticas de abandono escolar temprano, el desempleo juvenil supera el 50%, y los estudios (pdf) hablan de incertidumbre, decepción y desconocimiento.
Pues si esto es el resultado de «lo normal»… a lo mejor resulta sensato ir por un camino diferente.

Peras al olmo

Hace unas semanas tenía una conversación interesante. Hablábamos de una persona y de algunas de sus más que evidentes carencias. Mi interlocutor concluyó, tirando de sabiduría popular: «bueno, tampoco vamos a darle más vueltas, no se le pueden pedir peras al olmo«.
Cosa que es muy cierta. Un olmo es un olmo, y por mucho que lo queramos obviar, hay cosas (como dar peras) que no están en su esencia y que nunca van a suceder. El problema surge cuando lo que necesitas son peras sí o sí, y no… cualquiera que sea el fruto del olmo.
Llegado ese momento, te planteas que a lo mejor tendrías que plantar un peral. Y si no tienes espacio para peral y olmo… a lo mejor hay que talar el olmo, por mucho valor sentimental que tenga o por mucha pena que te dé. Porque necesitas peras, y el olmo no te las va a dar.

Reivindicando lo físico frente a lo digital

Empecemos por el principio. Soy un fan de la digitalización. Hace unos años, por ejemplo, cogí todos los cds que tenía por casa y me deshice de ellos (donándolos a la biblioteca los que estaban donables, llevando el resto a reciclar), porque ¿cuántos años hacía que no usaba ese soporte? Que viva el mp3 (y ahora Spotify). Dejé de comprar libros físicos, y de hecho voy deshaciéndome de los que tengo. ¡Viva el ebook!. Tengo el disco duro (y de paso la nube) a rebosar de fotos. Por supuesto, nada de cuaderno de notas (lo que escribo lo recopilo en Evernote en cuanto puedo y voy tirando los manuscritos). Planificación, agenda, calendario… todo digital. ¿Las típicas fotos que se llevan en la cartera? En el móvil, por supuesto. Y es que son todo ventajas: ocupa menos espacio, menos desorden, lo llevas todo siempre contigo…
Y sin embargo…
De un tiempo a esta parte noto que me falta algo. Eliminando el componente físico de muchas de mis cosas estoy perdiendo parte de la conexión con ellas. Sí, es verdad, muchas cosas las tengo a un click de distancia… pero ese click supone más de lo que parece a simple vista.

  • Echo en falta, por ejemplo, tener un calendario en mi pared siempre presente, en el que de un vistazo tener controladas las fechas relevantes a corto o medio plazo. Sí, porque en mi Google Calendar está todo… pero o voy expresamente a verlo, o pierdo la referencia.
  • Echo en falta tener lo que siempre fue mis «libros de cabecera», esos volúmenes que están en la mesilla de noche y que te incitan a leer un ratito antes de dormir. Y no «cualquier cosa», sino ese libro en concreto. Porque sí, el Kindle es una maravilla, lo tienes todo ahí… pero el hecho de tener «todo» hace que muchas veces te disperses y acabes leyendo «nada».
  • Tengo literalmente miles de fotos. Pero las que veo son las cuatro que tengo imprimidas y colgadas en la pared, o en pequeños portafotos. Son las que mi mirada recorre una y otra vez cuando entro en las habitaciones. No tengo que ir a buscarlas, son ellas las que salen a mi encuentro.
  • Echo en falta tener un tablero con mis proyectos en marcha, que me hagan recuperar el foco cuando estoy despistado. Sí, tengo mi app de productividad con todos los proyectos… pero tengo que ir a mirarlos. No son una presencia constante, me exigen la disciplina de ir a revisarlos… cuando de otra manera simplemente «están ahí».

Y supongo que podría seguir. En esa dicotomía entre «lo digital» y «lo físico» sospecho que me he pasado de frenada. Desde luego no me voy a volver un neoludita… pero quizás sea hora de corregir ligeramente el rumbo.

Fin de ciclo

En las próximas semanas voy a ir cerrando esta última etapa profesional que me ha tenido «entretenido» los últimos 4 años. Acaba mi colaboración (aunque ha sido mucho más que eso, claro) con Grupo Vips, al menos en su formato actual (si hay nuevos formatos en el futuro, dios dirá…)
Siempre he dicho que las etapas profesionales empiezan y acaban. Y está bien que así sea. Llega un momento en que las cosas no dan más de sí, que dejan de fluir, ya no sabes si estás construyendo catedrales o simplemente picando piedra, y es bueno no dejarse llevar por la inercia. No hay que tener miedo a poner encima de la mesa tus inquietudes y tus aspiraciones, aunque eso implique abrir la caja de Pandora y no sepas por dónde van a discurrir los acontecimientos.
Como no puede ser de otra manera, se mezclan muchas sensaciones. La satisfacción de todo lo realizado, y la frustración por todo lo que no salió bien y lo que crees que queda por hacer. La incertidumbre respecto al futuro, junto al «subidón» de las infinitas posibilidades que se abren ante ti. El yin y el yang, todo junto, como siempre van.
Para mí ha sido una etapa de crecimiento brutal. Estar dentro de una compañía me ha permitido tener una perspectiva mucho más completa de lo que significan los proyectos, las implantaciones, la estrategia, la política… me ha permitido desarrollar una serie de habilidades que me mejoran y me completan como profesional. Mi mochila, en ese sentido, se va muy llena.
En lo personal también ha sido una etapa fascinante. He vuelto a disfrutar del calor de unos compañeros, de las complicidades y de los chascarrillos. Me han acogido como a uno más, me han dado una cantidad ingente de cariño y de respeto. Hemos trabajado juntos, hombro con hombro. Nos hemos reído, hemos compartido satisfacciones y frustraciones. Y muy importante, me han dejado ser yo, con todas mis virtudes y mis defectos.
Hay momentos, palabras y gestos de estas últimas semanas que me van acompañar durante toda la vida y que me llenan de felicidad incluso a pesar de la nostalgia de las despedidas. Para mí son una señal de que algo he debido hacer bien.
Y así, como en las viejas pelis del oeste, el vaquero se aleja del pueblo cabalgando hacia la puesta de sol. Para el pueblo, el vaquero se va, desaparece. Pero para el vaquero, es el pueblo el que queda atrás. El camino hacia un nuevo destino acaba de comenzar.

Un sembrador fue a sembrar

Un sembrador fue a sembrar lo mejor de su semilla; parte caía en el surco, parte en la orilla. La primera daba fruto porque el agua la asistía, la segunda se agostaba y se moría. /Ni es culpa del sembrador, ni es culpa de la semilla, la culpa estaba en el hombre y en cómo la recibía

Ando últimamente pensando mucho en la parábola del sembrador (en la que está basada la canción de Palazón que refiero al inicio).
El sembrador suelta la semilla, y depende de dónde caiga fructifica o no. Si el terreno es yermo, de nada vale su esfuerzo. La cuestión es… ¿hay algo que pueda hacer el sembrador para que ese terreno sea más fértil? ¿hasta qué punto debe esforzarse en conseguirlo? ¿en qué momento debe decidir que más vale dedicarse a buscar otros terrenos mejores, en vez de empecinarse en sacar un pobre rendimiento a un pedregal?
Porque como diría José Mota, «si hay que sembrar se siembra, pero sembrar pa’ná es tontería»

De retoques excesivos

Estos días publicaba la revista «¡Hola!», por su aniversario, un reportaje protagonizado por Isabel Preysler y Carmen Martínez-Bordiú. Como cuentan las crónicas, «un amplio reportaje fotográfico en el que ambas aparecen radiantes, tanto que no parecen ellas. De hecho, el tratamiento con Photoshop de las imágenes es excesivo y hace que las dos musas del papel couché -que tienen la misma edad, 63 años- parezcan auténticas jovencitas veinteañeras. A los editores se les ha ido la mano con el retoque y tanto sus cuerpos como sus rostros simulan haber hecho un espectacular pacto con el diablo. Un gran trabajo que, sin embargo, ha provocado las burlas en las redes sociales, en donde no han tardado en surgir numerosos comentarios jocosos al respecto.»
Existe la tentación (y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra) de, cuando nos toca presentarnos en público, ofrecer nuestra mejor cara. Buscar el perfil bueno, ocultar nuestros defectos, aplicar algún filtro discreto, hacer un poco de preproducción y postproducción. En nuestra apariencia física, en lo que decimos, en cómo lo decimos. Mejor el mensaje grabado (y editado) que el directo, mejor la entrevista censurada, mejor la foto retocada. Mejor el control que la naturalidad. Un poquito, ¿quién lo va a notar? Hay que vender el producto.
Pero ay, ése es un camino por el que es muy fácil deslizarse sin control. Porque un poquito por aquí, otro poquito por allá, acabamos transformando la realidad a nuestro antojo, ofreciendo al mundo una versión de nosotros mismos que no se parece en nada a la original.
Y oye, no pasa nada mientras nadie tenga la ocasión de ver el contraste. El problema es cuando alguien puede poner frente a frente la versión hiperretocada que nos hemos inventado, y la versión real de todos los días. Y, como en el caso de la Preysler y la Martínez-Bordiú, las risas se oyen por doquier.