¿Te acuerdas de aquel consultor?

Hace unos días, mientras comía con los compañeros/equipo del cliente (ahora mismo, como diría Facebook, «es complicado» saber qué soy), la conversación derivó a recordar algunos proyectos de consultoría a los que se habían visto sometidos en los últimos años. Recordaban (en tono no muy elogioso) alguno de ellos. Obviamente, como yo no había estado allí, permanecí en silencio. Y me puse a pensar…
¿Qué pasará en esa misma mesa cuando, quién sabe en qué momento del futuro, yo ya no esté vinculado a ese proyecto? ¿Cómo hablarán de mí, y de mi trabajo? ¿Me recordarán, siquiera? ¿Lo harán con cierto aprecio, o sin rastro de él? ¿Valorarán algún impacto positivo en la empresa, o me verán como uno de esos «charlatanes» que consiguió engañar a alguien para que le pagase unas facturas? De hecho, tampoco hace falta esperar a no estar… ¿qué pensarán hoy?
En realidad, en los siguientes días le estuve dando vueltas a este mismo razonamiento, pero aplicado a los proyectos en los que he trabajado en el pasado. Miré hacia atrás, intentando imaginarme comidas y conversaciones similares en todos esos clientes. ¿Saldré en alguna de ellas, o por el contrario no quedó nada de mí en ellos? Y en el caso de que la respuesta sea sí… ¿saldré bien parado yo? ¿saldrá bien parado mi trabajo, mi actitud profesional, mi trato personal? Asusta pensar que, después de 14 años que van a cumplirse dando tumbos por ahí, nadie se acuerde de ti ni de tus proyectos… pero si así fuera, es que algo no hiciste bien.
Es cierto, uno no puede estar todo el rato en plan «intenso», dándole vueltas a estas cosas. Tienes que hacer las cosas lo mejor posible, de la forma más honesta que puedas. Al final, hay una parte de «lo que otros piensan de ti» que está fuera de tu control. Pero aun así, tener en mente el «impacto» o la «huella» que dejas, tanto a nivel profesional como personal, creo que puede ser una buena brújula para el comportamiento diario.
PD.- Hablo de «consultor» porque es lo que aplica a mi experiencia personal… pero en realidad el razonamiento puede ser 100% aplicable a cualquiera. Todos nos relacionamos a diario con gente, tanto dentro de nuestra empresa como fuera de ella, a nivel personal y a nivel profesional. Todos podemos dejar huella, positiva o negativa, más fuerte o más ligera.

To hone

Hay un verbo en inglés al que, vaya usted a saber por qué, le he cogido cariño. Se trata de «To hone«. Tiene varias acepciones, íntimamente relacionadas. Podemos traducirlo como «afilar«, y aplicarlo de forma estricta (afilar un cuchillo, una espada…), o en sentido figurado a una habilidad (en el sentido de perfeccionarla).
Ya solo con eso, sería una palabra bonita. Perfeccionar tus habilidades, tal y como mencionaba el otro día cuando hablaba de de luchar contra la inercia.
Y sin embargo, hay un matiz adicional que mi cerebro le ha añadido. Relaciono «hone» con «honor». No sé si etimológicamente tendrá alguna relación, sospecho que no. Pero sin embargo, en mi mente sí la tienen. Imagino al caballero medieval, o al samurai, sentado alrededor del fuego, con una piedra, afilando con esmero su espada, una y otra vez, hasta conseguir el filo perfecto. Mimándola. Dedicándole su tiempo y atención a tener sus «herramientas de trabajo» en perfecto estado de uso. Honrándolas. Reverenciándolas, conscientes de que su importancia.
Y si nos vamos a la segunda acepción, la que se relaciona con las habilidades (o, si nos ponemos bíblicos, con tus «talentos»)… «Hone your skills». Mejorarlas, perfeccionarlas. Pero también honrarlas, ser conscientes de su importancia, de lo afortunado que eres por tenerlas, dedicarles tiempo, cariño, respeto.
Honor.

Ojo, cuidao, inercia

Ha llegado una época en tu vida profesional en la que has encontrado cierta estabilidad. Estás cómodo, tus días se desarrollan dentro de tu zona de confort. No es que no te lo curres… pero seamos francos, tampoco necesitas romperte los cuernos. Tu día a día lo manejas casi en piloto automático, con cierta placidez. Tus conocimientos te dan de sobra para el día a día, tienes perfectamente controlado el «quién es quién», tú conoces a la gente y la gente te conoce a ti. Te dejas llevar. Sabes que es posible que éste no sea el trabajo en el que te jubiles (aunque… ¿por qué no?), pero al menos en el corto plazo no prevés movimiento.
Eres vagamente consciente de que hay cosas que estás dejando de lado. Conocimientos en los que no profundizas, porque no tienen aplicación directa a tu trabajo. Cosas que pasan en tu entorno a los que tampoco prestas demasiado interés, total para qué. Habilidades que has dejado que se atrofien, y otras que sabes que están ahí y que quizás deberías desarrollar… algún día. Un mercado que sabes que se está moviendo ahí fuera, pero que tampoco te afecta demasiado. Personas con las que no te relacionas, porque realmente hoy no te aportan nada relevante, y te da pereza.
Y entonces pasa. Un dia, por cualquier circunstancia, tu mundo (ese mundo que tan controlado tenías) se derrumba bajo tus pies. Y de repente te encuentras expulsado fuera de tu zona de confort. Arrojado a un entorno desconocido. Echando de menos esos conocimientos en los que no profundizaste, esas relaciones que no te preocupaste de cultivar, esas habilidades que no desarrollaste. Y compitiendo con otros que sí desarrollaron esos conocimientos, esas habilidades, esos contactos.
Qué exagerado. Sí, bueno, claro, sé que eso puede pasar (aunque ahora mismo estoy tranquilo, que conste). En el fondo, sé que tarde o temprano ocurrirá (aunque sería tan bonito poderme jubilar así, sin más preocupaciones…). Vale, es posible que deba, en algún momento, actualizarme. Ponerme al día en mi sector, quizás explorar algún otro… especializarme en algo, quizás desarrollar alguna habilidad nueva, o proponerme poner en práctica esas cosas que he ido abandonando con el tiempo. Entiéndeme, si razón no te falta.
Pero… es que eso es esfuerzo. Y es tiempo que tengo que quitarme de otras cosas que me gustan más, de las que puedo disfrutar ahora; que la vida es muy corta, no todo va a ser trabajar. Y al final, todo eso… ¿a cambio de qué? Total, a día de hoy no espero ver ningún resultado, ya te he dicho que mi día a día lo tengo dominado. Cuando lo necesite me pondré a ello, claro, faltaría más. Bueno, o antes, claro, un tiempo prudencial. Ya llegará el momento, lo prometo. Pero no hoy. Hoy no me hace falta. Hoy estoy tranquilo.

Amar lo que haces, hacer lo que amas… ¿cuál es la buena?

Imagino que todo el mundo habrá escuchado/leído alguna versión de este «juego de palabras», la dicotomía entre «amar lo que haces» y «hacer lo que amas». Yo sí, y siempre me ha parecido que encierra un gran conocimiento… pero me pasa con ella como con el clásico «una de cal y una de arena». ¿Cuál es la buena? ¿La cal o la arena? ¿Qué es lo que debemos buscar? ¿Amar lo que hacemos, o hacer lo que amamos? Porque así a priori puedo encontrar argumentos válidos para las dos… pero al final, con el tiempo, he ido haciendo mía una interpretación que, en realidad, elimina en cierta medida la incompatibilidad entre ambas.
Hacer lo que amas. Sí, vale, de acuerdo, ¿cómo no va a resultar un buen consejo? Puestos a poder elegir, mejor hacer algo que te gusta que algo que no te gusta. Ahora bien, es un consejo que tiene no uno, sino varios trucos. En primer lugar, porque no es fácil identificar «lo que amas». A veces nos pueden venir ramalazos y pensar «podría pasarme la vida haciendo…», pero son pocas personas las que sienten en su interior una pasión tan intensa y sostenida en el tiempo; la mayoría mezclamos intereses que en distintas épocas se van sucediendo con distinta intensidad, y que no somos capaces de identificar con claridad.
Además, la mayoría del tiempo perseguimos algo que no existe, una versión idealizada de nuestra pasión que, si un día por casualidad logramos vivir, puede llegar a ser muy decepcionante. Porque desde fuera es fácil imaginar que tu vocación se desarrolla a la perfección, al dictado de tu imaginación. El que sueña con ser arquitecto se imagina diseñando grandes edificios significativos, no visando planos de aburridos pisos de extrarradio. El que sueña con ser periodista se imagina realizando investigaciones dignas de premios Pulitzer, y no cubriendo la enésima rueda de prensa del político de turno. El que sueña con ser fotógrafo se imagina recorriendo el mundo cámara en ristre, y no haciendo fotos de carnet por 5 euros o dedicando sus fines de semana a hacer bodas. El que sueña con ser pintor se imagina creando grandes obras de arte, y no pintando mil veces el mismo lienzo de venta en tiendas de decoración. El que sueña con ser programador se imagina creando un software alucinante, y no el enésimo parche de un software de contabilidad. Etc.
Y eso, asumiendo que existe una versión de «lo que amas» (incluso aunque resulte aburrida, decepcionante y alejada de nuestras ensoñaciones) que nos permita mantenernos económicamente. Porque no olvidemos que, al final, hay que ganarse la vida, que nadie nos debe nada. Que podemos desear con todas nuestras fuerzas vivir de la petanca, pero a lo mejor simplemente no es posible.
Así que sí, «haz lo que amas»… pero con cuidado, porque a lo mejor no es tan buen consejo y más nos vale tener un plan B. Que es, en realidad, «ama lo que haces».
¿En qué consiste lo de «amar lo que haces»? Yo lo interpreto desde una perspectiva que puede sonar un poco «zen»… Dado que en un momento determinado tienes que hacer lo que tienes que hacer, procura hacerlo lo mejor posible. Procura enfocarlo de la manera más positiva posible, procura aprovechar para aportar algo, procura extraer de esa experiencia el mayor aprendizaje que puedas. Concéntrate en lo bueno que tiene lo que haces, siempre hay algo. Pon curiosidad, pon interés, pon afán de superación. Tengo un amigo, al que respeto muchísimo, que siempre dice «Mira, Raúl, yo siempre procuro dar el máximo; y si me dicen que vaya a hacer un café, voy a procurar que sea el mejor café del mundo».
Por supuesto, no se trata de conformismo puro y duro, de darte igual lo que te pase. No dejamos de ser responsables de nuestra vida, y por lo tanto de dirigirla hacia donde queramos en la medida en que podamos. Pero ese «en la medida en que podamos» no es baladí. Porque a veces esa medida es pequeña, y es tontería estar permanentemente hundido en la frustración de no poder hacer lo que presuntamente amamos (que además en el 99% de los casos dista de ser ElDorado que imaginamos), en vez de aprovechar y disfrutar lo que tenemos… en definitiva, de amar lo que hacemos.

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

Si yo fuera…

¿Cuántas veces no haremos este razonamiento a lo largo del día? «Si yo fuera el jefe de mi departamento, haría A, B, o C». «Si yo fuera el CEO, lo enfocaría de esta manera». «Si yo fuera el Presidente del Gobierno, lo que haría es…». «Si yo fuera el seleccionador nacional de fútbol, apostaría por…». «Si yo fuera el padre de ese hijo…»
Nos pasamos el día elucubrando (además, con una seguridad pasmosa) sobre lo que haríamos si fuéramos algo que no somos. El problema es que no somos esa otra persona, no tenemos esa otra responsabilidad, no tenemos todos los datos. Es muy fácil ver los toros desde la barrera.
Quien más y quien menos ha vivido la experiencia de criticar algo desde fuera, para luego vivir esa misma experiencia desde dentro. Por ejemplo, cuando eres «el hijo» piensas muchas cosas sobre cómo te comportarías tú siendo padre… y luego acabas siendo tú el padre y piensas «ah, coño, no era tan fácil». O cuando eres el becario y tienes muchas opiniones sobre «cómo se debería tratar a los becarios», y años más tarde eres el que se encarga precisamente de coordinarlos. O cuando eres el que se queja porque fulanito no te responde un mail, y luego eres tú el que tiene que gestionar decenas de ellos al día y alguno se te escapa. Etc. Resulta curioso, en estas situaciones, comparar «qué es lo que yo pensaba desde fuera» con «qué es lo que pienso una vez vivida la experiencia». Normalmente, si somos sinceros con nosotros mismos, nos tocaría comernos la mayor parte de nuestras palabras. Sí, a veces podemos hacer las cosas mejor, pero en muchas ocasiones hay factores que desde el desconocimiento no habíamos considerado, y acabamos incurriendo en comportamientos parecidos a los que criticábamos; y tenemos que concluir que a lo mejor ése a quien tan alegremente criticábamos no era tan incapaz, tan torpe, tan malintencionado. Como se suele decir, «al que juzgue mi camino, le presto mis zapatos».
Si cuando hemos vivido esas situaciones desde los dos lados sacamos esa conclusión, eso debería llevarnos a ser un poco más cautos cuando enjuiciemos la labor de otro. No hace falta vivir el proceso completo (critico desde fuera, experimento en primera persona, me vuelvo más comprensivo) para extrapolar el razonamiento. A cualquier crítica que nos venga a la cabeza deberíamos ponerle una cierta sordina, porque es muy probable que haya cuestiones que no hayamos ponderado adecuadamente, y habría que vernos a nosotros en esa misma situación. Empatía, dicen que se llama… aunque es más fácil decirlo que hacerlo; así de egocéntricos solemos ser.
Y curiosamente, mientras dedicamos tanto tiempo a pensar en «lo que yo haría si fuera…», reflexionamos muy poco sobre «lo que tenemos que hacer siendo quien somos», y con las responsabilidades que tenemos. ¿Lo hacemos realmente lo mejor que podemos? ¿Tenemos capacidad de autocrítica? ¿Sabríamos encajar los mismos juicios que nosotros hacemos alegremente sobre otros? ¿O tendemos a ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio?
No está mal la crítica constructiva; pero siempre desde la prudencia, no desde la soberbia del «yo lo haría mejor con los ojos cerrados». Y puestos a criticar, empecemos por nosotros mismos.

Atados por una casa

El otro día veía, en una de mis cada vez menos habituales sesiones de zapping, uno de esos «reportajes de actualidad» que reflejaban la realidad económica de éste nuestro país. Uno de los protagonistas era un pueblo del sur, antaño con una economía bastante dinámica basada en la industria del hormigón… y ahora, tras el derrumbe de la construcción, completamente parado. Las imágenes eran reveladoras (las cámaras se daban una vuelta a media mañana, y allí estaban por doquier grupos de personas «en edad de trabajar» echando la mañana en los parques, en los rincones, a las puertas de las casas… «sin oficio ni beneficio»), igual que los testimonios; personas que en su día habían ganado un buen sueldo que ahora se veían abocados a vivir de las pensiones de sus padres jubilados, propietarios de negocios constatando la debacle y expresando su angustia al ver que a la cosa no se le veía el fondo…
Pero una de las cosas que más me hizo pensar fue la actitud. Como de «a ver si se arreglan las cosas para el pueblo; antes cuando al pueblo le iba bien a mí me iba bien, y ahora que al pueblo le va mal, pues a mí me va mal». Y yo me preguntaba… ¿y no habéis pensado en iros del pueblo en busca de otros aires? ¿Por qué vincular tu suerte a la de esa tierra? Por supuesto que habrá quien lo haya hecho, pero la sensación era que esas personas que echaban la mañana en las calles no tenían esa mentalidad…
O a lo mejor, teniéndola, no podían. Porque aparte de las ataduras emocionales (que creo que forman gran parte de la resistencia a la movilidad geográfica, algo curioso en un país tan emigrante como lo ha sido éste tanto al exterior como entre distintas zonas), también hay ataduras económicas. Y me refiero a todas esas personas que, en su afán de «yo mi vivienda la compro», invirtieron la mayor parte de su patrimonio (si no todo; o incluso más que todo, hipoteca incluida) en una casita en el pueblo, habiéndose unas cuentas de la lechera («aquí me quedo para toda la vida» o «en el peor de los casos, la vendo y todavía le gano dinero») que como en el cuento se fueron por los suelos. Y en el momento en que necesitan flexibilidad, algo de liquidez para «empezar de nuevo» en otro lugar, se encuentran con que no tienen ni una cosa ni la otra.
Cuando hace unos años mi familia y yo abandonamos Madrid y nos instalamos en Aranda, optamos por el alquiler. Con el paso del tiempo, valoro más la enorme suerte que tuvimos al vender el piso de Madrid en el momento en el que lo hicimos. Y cada día estoy más convencido de lo correcto del paso a vivir alquilado. Curiosamente, si hoy tuviera que reescribir ese post, matizaría aún más las razones por las que es bueno vivir de alquiler. Porque en aquel entonces, lo veía como una decisión más táctica («como no sabemos si lo de Aranda nos va a ir bien, no vamos a pillarnos los dedos»), y ahora elevaría el rango de la cuestión a estratégico.
Porque el hecho es que 6 años después seguimos en Aranda, y muy bien. La fase de adaptación/conocimiento concluyó, estamos encantados, y podríamos decir que «acertamos con el movimiento». Por lo tanto, superada esa fase, podríamos plantearnos (ahora sí) comprar. Y sin embargo, cada vez que oteo un poco el horizonte, pienso… «¿y quién te dice a ti que dentro de 5, o 10, o 15 años no tienes la necesidad, o la apetencia, de irte a otro sitio? ¿En España, o al otro lado del mundo?». Por supuesto, es un pensamiento que a casi nadie le gusta, porque la mayoría de nosotros tenemos una tendencia a la estabilidad (sí, vale, hay aventureros por el mundo, pero…), y nos gusta creer que vamos a poder desarrollar nuestra vida tranquilamente en un entorno conocido/controlado. Pero si lo pensamos racionalmente, hay no pocas probabilidades de que eso no pase. Así que, siendo así, tengo claro que es mejor estar en una situación de flexibilidad y agilidad, algo que te permita de un día para otro «levantar el campamento» con unos mínimos costes de arrastre, y con el grueso de tu patrimonio (mucho o poco) a tu disposición para acompañarte y no atado a unos bienes «inmobiliarios» (que el nombre no le viene de casualidad) que puedes tener dificultades para «movilizar».
Como toda decisión que uno toma respecto a «lo que puede pasar en el futuro», asumes riesgo. A lo mejor la vida me depara grandes dosis de estabilidad, y toda esa flexibilidad no me vale para nada, y renuncio al placer de «tener mi propia casa» por nada. A lo mejor, los precios de la vivienda tienen una evolución que la convierten en la mejor inversión imaginable, y mi decisión de «vivir de alquiler» me priva de una revalorización patrimonial propia del Tío Gilito.
O a lo mejor acierto.
PD.- Curiosamente, esta misma semana veía uno de esos programas que enseñan casas de la gente. Y pensaba «cómo mola tener tu propia casa y poderla ir poniendo a tu gusto con el paso de los años; y yo, de alquiler, siempre con la sensación de estar de paso…». Dos caras de una misma moneda.

Demasiados F-6, o ¿qué podrías hacer tú en caso de crisis global?

Hace poco leía una novela, «Guerra Mundial Z». En ella se narra la evolución de una hipotética guerra total contra un enemigo, digamos, «peculiar» (tampoco es que la trama sea un secreto, pero por si acaso lo dejo ahí). El caso es que el mundo, tal y como lo conocemos, se cae en pedazos. Y los restos de la civilización que conocemos tienen que reagruparse, reorganizarse y buscar la forma de luchar.
Y diréis, ¿a cuento de qué viene esto ahora? Bueno, pues en uno de los pasajes de la historia hubo un párrafo que me hizo pensar. Están hablando de los esfuerzos de reconstrucción (el que habla es el encargado de esa tarea), y de cómo en ese momento se necesitan «herramientas y talentos».
«Por talento nos referíamos al potencial de mano de obra, su especialización en distintas áreas de trabajo, y cómo ese trabajo podría ser utilizado de forma efectiva. Siendo generosos, nuestro censo de talento estaba bajo mínimos. Antes de la guerra, la nuestra era una economía post-industrial, basada en servicios, tan compleja y altamente especializada que cada individuo solo podía funcionar dentro de los estrechos márgenes de su pequeño nicho de actividad. Tendrías que ver los títulos que figuraban en nuestro primer censo: todo el mundo era algún tipo de «ejecutivo», «representante», «analista» o «consultor», todos perfectamente adaptados al mundo de antes de la guerra, pero totalmente inadecuados para la crisis actual. Lo que necesitábamos eran carpinteros, albañiles, mecánicos, herreros… claro, también teníamos de esos, pero ni de lejos todos los necesarios. El primer censo dejó claro que más del 65% de la población civil debía considerarse como F-6, sin habilidades valiosas. Era necesario un programa masivo de readaptación laboral. Dicho en pocas palabras, muchos oficinistas tenían que aprender a mancharse las manos»
La hipótesis de la que parte esta novela es poco probable. Pero hay otras hipótesis que a lo mejor no lo son tanto. De vez en cuando me da por pensar que vivimos en una sociedad un tanto de «cartón-piedra», con cimientos mucho más débiles de lo que creemos. Que damos muchas cosas por sentadas, cosas que a lo mejor no son tan sólidas. Y que el día menos pensado viene un viento (en forma de desastre natural, de colapso económico, de conflicto armado, de cambio social), todo se nos derrumba como un castillo de naipes, y nos vemos enfrentados a un mundo para el que no estamos preparados, donde nuestras presuntas habilidades (las que hacen que nos vaya bien aquí y ahora) no valen para nada.
«Qué exagerado, eso nunca va a pasar». A veces se nos olvida que nuestro «aquí y ahora» son una excepción. La mayor parte del mundo no vive como nosotros; la mayor parte de la Historia nosotros mismos no hemos vivido como vivimos ahora.
Pero bueno, ójala no pase nunca; y si pasa, ya se verá.

El compromiso de la Alta Dirección

Cuando trabajaba en consultoría, y elaborábamos propuestas, recuerdo que solíamos meter una paginita con «factores clave en el éxito del proyecto» donde uno de los ítems más relevantes era la frase «Apoyo de la Alta Dirección». Visto desde el punto de vista complementario, cuando se hace referencia a «factores de fracaso en la implantación de proyectos», se suele citar la «falta de compromiso de la Alta Dirección» como uno de los más relevantes.
Ah, la «Alta Dirección», ese colectivo tan escurridizo.
A medida que han ido pasando los años, esa frase del «compromiso de la Alta Dirección» ha ido evolucionando para mí de ser una frase estándar que se mete en las propuestas (junto a muchas otras) porque «toca», a ser algo de lo que estoy absolutamente convencido.
Si la «Alta Dirección» no está comprometida con el proyecto, tarde o temprano acaba saltando la liebre. Porque cualquier proyecto que sea mínimamente relevante, transformador, de impacto… se va a encontrar en su desarrollo con dificultades. Cualquier cambio implica incomodidades, levantamiento de ampollas, resistencias, conflictos. Esos conflictos acaban, irremisiblemente, subiendo la escala jerárquica hasta arriba del todo. Y ahí, en las alturas, una de dos: o la Alta Dirección apuesta inequívocamente por el proyecto, asumiendo todas sus implicaciones (incluyendo las incomodidades que genera), o por el contrario se empiezan a generar dudas, nervios, cambios de enfoque y soluciones de compromiso… cuando no directamente decisiones que dan en la línea de flotación del proyecto y acaban tumbándolo, por la vía rápida o por el abandono progresivo.
El problema es que «el compromiso de la Alta Dirección» es algo extremadamente difícil de conseguir. En primer lugar, «la Alta Dirección» no suele ser una entidad monolítica, sino más bien una amalgama de intereses y equilibrios de poder; un colectivo que en ocasiones puede hacer como que está de acuerdo, pero en el que cada componente tiene su agenda, sus afinidades y sus objetivos. Así que conseguir que todos ellos alcancen el nivel de compromiso necesario con un proyecto es, las más de las ocasiones, una auténtica quimera. Pueden decir que sí, pero la realidad es que en cuanto empiezan las dificultades no tardan en hacerse evidente las fisuras.
Y eso en el caso, claro, de que tengan un nivel mínimo de conocimiento del proyecto. En muchas ocasiones, se da por conseguido «el compromiso de la Alta Dirección» porque se les ha enviado por correo un powerpoint, o se ha proyectado durante 10 minutos en un Comité junto a otra decena de temas. Nadie debería confundir este conocimiento superficial con «compromiso». Porque al final, «compromiso de verdad» (del personal, del que te llevaría a partirte la cara por algo) se tiene en el mejor de los casos con dos o tres proyectos; el resto son cosas que «bueno, vale, mientras no dé problemas».
Por lo tanto, siendo realistas, hay un número muy limitado de proyectos que tienen ese nivel de respaldo crítico para el éxito. El resto se ponen en marcha con la secreta esperanza de que no generen conflicto o de que, si lo genera, «ya se gestionará, a ver si la moneda cae de nuestro lado». El resultado: muchos proyectos que se empiezan y se quedan a medio camino, porque en cuanto empiezan a hacer algo de ruido (e insisto en la idea que esbozaba antes: cualquier proyecto mínimamente importante acaba generando ruido, no hay proyecto de transformación que resulte inocuo) se someten a la «prueba del nueve» del compromiso de la Alta Dirección… y no la pasan.
La triste realidad es que para una empresa de consultoría esto es algo, esencialmente… irrelevante. Por que sí, vale, tú pones en marcha los proyectos para que sirvan para algo… pero si se ahogan antes de llegar a la orilla pues mala suerte, tú facturas la dedicación, has pagado a los consultores, has metido en la buchaca de los socios su parte correspondiente, puedes poner en tu paginita de «referencias» que hiciste un proyecto para tal empresa (que saliese bien o regular, ¿quién lo va a saber?)… y aquí paz, y después gloria. Sí, vale, es frustrante para tu prurito profesional… pero si sobrevives en el mundo de la consultoría, aprendes a vivir con ello (y muchos, sin ningún remordimiento).
La situación es un poco más difícil para quienes impulsan proyectos desde dentro de la propia empresa. A diferencia de los consultores, que se marchan por donde han venido, el directivo que impulsa un proyecto suele (salvo fracaso sonado de los de «cortarle la cabeza») permanecer, y por lo tanto tiene que gestionar equilibrios más delicados. Tiene que ir trabajando en sus proyectos «en modo stealth» mientras va haciendo la venta interna en busca del compromiso; hasta que en algún momento tiene que valorar si cuenta con el grado de apoyo necesario como para pasar el proyecto a «modo público». Algo que, en ningún caso, se hace con el 100% de seguridad sino que se asume un determinado nivel de riesgo que además hay que mantener vigilado porque puede fluctuar a medida que el proyecto se va desarrollando y se van generando conflictos. Permanentemente hay que sopesar hasta qué punto mantenerse firme en los planteamientos del proyecto, y a qué se puede renunciar sin perder su esencia en aras a un mayor consenso. Y en última instancia, si la cosa no sale bien, tiene que gestionar sus propias expectativas y frustraciones, además de las de su equipo, y el impacto que tiene el resultado final del proyecto en su su credibilidad, sus apoyos… y por lo tanto en su capacidad de impulsar otros proyectos.
He de confesar que que, como consultor «de salón» (y cada día me da menos empacho etiquetar así aquella etapa), tendía a observar todo esto desde fuera con cierta suficiencia… producto del desconocimiento. En esta etapa más metido en la trinchera, estoy aprendiendo a entender mucho mejor esta dinámica, y a valorar la dificultad que tiene para «el de dentro» impulsar, defender y gestionar los avances en un proyecto, palmo a palmo, encajando los pequeños o grandes reveses que se pueden producir. Algo para lo que no todo el mundo está preparado/dispuesto, porque hace falta mucho de eso que llaman «resiliencia», y «tolerancia a la frustración». Muchos prefieren, en contraposición, adoptar un perfil bajo, limitarse a proyectos de bajo riesgo que generen pocos problemas, y se achantan en cuanto la cosa se pone mínimamente fea; para eso no se necesita el compromiso del la Alta Dirección.
Pero ésos… ésos nunca cambiarán nada.

¿Cuánto trabaja el trabajador del conocimiento?

Este artículo que leí hace unos días comienza con una frase «agresiva»: «Los trabajadores del conocimiento son malos trabajando». Y digo que es una frase agresiva porque lo primero que uno siente, cuando la lee, es cierta indignación: «Pero qué dice, está chalado. Con la de horas que yo echo al cabo de la semana, si ni puedo desconectar por las noches, si el fin de semana me paso pendiente de todo, éste no sabe la presión a la que estoy sometido».
Pero una vez pasada esa primera reacción defensiva, se pone uno a pensar y, a poco autocrítico que uno sea, tiene que aceptar que parte de razón (si no toda) lleva.
Recuerdo cuando, en mis primeros años en una empresa grande de consultoría, había que hacer semanalmente el TR (Time Report). Básicamente, una contabilidad de «a qué proyecto habías estado dedicando tu tiempo durante la semana». Dejando al margen de que aquello acabase siendo un cachondeo (al final se trataba de asignar horas al proyecto que te dijera el gerente, que era el que decidía qué proyectos podían asumir más coste, o qué porcentaje de cargabilidad tenía que llevar cada persona), las veces en que lo hacías bien te planteabas «joder, 40 horas en una semana son muchas; y es verdad que las he hecho, de sol a sol aquí metido, pero si intento llevarlas a tareas concretas…». Porque te parabas a pensar, a echar cuentas de «qué he hecho realmente durante esta semana», y te salían menos cosas de las que tu cabeza pensaba. Sí, has hecho dos propuestas, has trabajado en un modelo de datos, has revisado una presentación… ¿y eso son 40 horas?
Las cosas, creo, no han cambiado demasiado. Si realmente nos pusiésemos a hacer un análisis «minuto a minuto» de a qué dedicamos el tiempo durante una semana normal, se nos caerían muchos mitos. Empezaríamos por las distracciones puras: que si el café, que si la charleta con los de al lado, que si otro café, que si miro un ratito el Facebook o le echo una ojeada a ver qué pasa por el mundo, que si entro «con flexibilidad», conspiraciones de pasillo, el pitillo de los que fuman, que si la hora de la comida se alarga sin querer… todo ello justificado con el clásico «sólo faltaba, con la de horas que echo aquí».
A ese volumen de tiempo, añadiríamos las «distracciones autorizadas»: todo ese tiempo que nos pasamos en reuniones poco productivas, las idas y venidas del mail, repetir por enésima vez lo mismo a quien no se enteró o no se quiso enterar, las planificaciones, replanificaciones y requeteplanificaciones de un proyecto, las preguntas de los compañeros, la elaboración de informes y «memos» que sirven a las necesidades coyunturales de este o aquel jefe… todo ello «tiempo de trabajo» a efectos de tranquilizar nuestra conciencia, pero tiempo muy poco productivo.
Así pues, ¿cuánto nos queda de trabajo productivo «de verdad»? Del tiempo que Cal Newport llama en su artículo de «deep work», de trabajo intenso, de trabajo que suponga una verdadera puesta en valor de nuestro conocimiento, que sirva para impulsar de verdad las cosas. ¿Cuánto? Yo tengo que decir que, lamentablemente (shame on me), la mayoría de las veces entre poco y muy poco.
No, no seré yo quien haga de menos esas otras actividades más «soft». La planificación, la gestión, la coordinación, la comunicación, las relaciones, el desarrollo de equipos… son elementos fundamentales a la hora de que las cosas funcionen de verdad. Y por lo tanto, requieren su tiempo. Sin embargo, tengo la sensación de que siendo elementos más «light» tendemos a ser poco rigurosos con el control y la gestión de ese tiempo, dejamos que se transforme en una marea negra que invade nuestra dedicación dejando escasos momentos a sacar partido a ese «trabajador del conocimiento» que se supone que somos. No, no creo ni de lejos que se pueda estar en modo «deep work» 40 horas a la semana, ni mucho menos. Pero sí creo que como dice el autor del artículo que citaba al inicio, es muy importante hacer un esfuerzo consciente en poner foco a este tipo de trabajo y ser capaz, todas las semanas, de evaluar nuestra aportación en esos términos en vez de dejarnos arrastrar por esa multitud de «tareas que parecen trabajo» pero que, en el fondo, sabemos que están en otro nivel.
PD.- Que puede ser, no digo yo que no, que esté haciendo categoría de un problema individualizado. Pero o yo soy muy mal observador, o esto es algo que le pasa a demasiada gente…

The story of Anvil: la pasión siempre queda

Ayer estuve viendo la peli-documental «The Story of Anvil«, que me dejó un regusto agradable.
Resumen: banda de heavy metal que a principios de los 80 se codean con Scorpions, Bon Jovi y otras del estilo. Reconocidos por sus contemporáneos como banda influyente. 30 años después, la banda sigue en activo. Sus dos componentes originales, amigos desde la adolescencia, llevan 35 años con la aventura. Nunca les sonrió la suerte en forma de megaéxito comercial, pero ellos han seguido sacando discos como podían, tocando cuando tienen la oportunidad, mientras se ganan la vida con otros trabajos «de gente normal».
Hay ratos de la película donde los protagonistas, pese al paso del tiempo, siguen siendo los adolescentes ilusionados que se endeudan para grabar un decimotercer disco y se patean compañías de discos esperando firmar, por fin, un gran contrato. En otros momentos son más conscientes de la realidad de que a sus 50 años ya difícilmente van a coger ningún tren con destino al estrellato, que tendrán que seguir sus vidas, con sus familias, sus trabajos, y simplemente disfrutar del rock como han hecho siempre, en su día a día.
Y en esa combinación de sensaciones se mueve la película: aceptación serena (y en gran medida satisfecha) de lo que tienen, sin olvidar la ilusión casi infantil por conseguir algo más. Lo que nunca, nunca aparece es el arrepentimiento: «no debí haber apostado por esto». Iniciaron un camino siguiendo su pasión, y aunque en algún momento puedan sentir frustración porque «pudieron tener algo más», cuando miran su historia, y su presente, «que les quiten lo bailao».
Porque la lotería del estrellato les toca a muy pocos y la inmensa mayoría no podemos vivir de lo que nos apasiona. Sin embargo, el éxito es relativo