En un comentario en mi post en el que regalo libros de management, organización y gestión de RRHH (que va viento en popa, por cierto), Asialillo me sugería hacer bookcrossing con ellos.
Yo ya había oido hablar de este fenómeno (hubo una época en la que le dieron cierta cobertura en los medios tradicionales), pero nunca había experimentado con él. Básicamente, se trata de «liberar» los libros que puedas tener en casa, dejándolos en algún lugar público con el objetivo de que cualquier otra persona lo «adopte» y se lo lleve a su casa para leerlo y después, si quiere, repetir el proceso. De esta forma, un mismo libro (que en condiciones normales se pasa años criando polvo en la estantería una vez leído) puede tener más vidas en manos de otros lectores.
Este proceso, que podría funcionar sin más, tiene asociado un movimiento en internet: a través de bookcrossing.com (o su versión en español) puedes registrar los libros que vas a liberar, obteniendo un código identificativo. La idea es que apuntes ese código en el libro, de forma que quien lo recoja pueda ir a la web, anotar ese código y de esta forma dejar constancia de que lo ha encontrado, de que lo ha vuelto a poner a disposición del público, etc; una manera entrañable de hacer el seguimiento del «viaje» del ejemplar que fue originariamente tuyo. Además, gracias a la web puedes anunciar dónde has liberado un libro, hacer búsquedas para ver qué libros se han liberado por tu zona, etc, etc.
Como los libros de empresa no me parecen demasiado atractivos (vamos, que la gente normal ni pagándoles se los llevaría), me he decidido a probar esto del bookcrossing con otro libro que tenía por aquí. En concreto, el agraciado ha sido «La gran guía de los blogs 2008». Lo he envuelto en papel transparente (del que se usa para congelar alimentos; por aquello de la amenaza de lluvia) y lo he dejado en un banco en unos jardines cerca de casa (no sin cierta sensación extraña: «¿y si me ve alguien? ¿y si me dicen «eh, tú, que te dejas un libro ahí»?). ¿Lo cogerá alguien? Y si lo coge… ¿seguirá las instrucciones que he escrito en la primera página y dará parte en la web?
Quién sabe. Pero aun siendo consciente del riesgo de que acabe en una papelera o muerto de risa quién sabe dónde, me parece una idea en cierta manera romántica (un poco ñoña, si queréis) de darle una nueva vida, un nuevo hogar, a un libro.
dia-a-dia
Tirar papeles
De forma paralela al ataque de limpieza de estanterías (que me ha llevado a dar salida a un buen taco de libros), he abordado una serie de documentos que tenía también guardados. La mayoría, residuos de mi vida de consultor de organización. Hay algunos documentos de cliente, referencias de otros trabajos hechos en por la empresa… éstos ya sobrevivieron a una limpia que hice hace meses (en la que «cayeron» un buen montón de revistas y artículos fotocopiados), pero creo que ahora se van a ir por el mismo sitio.
Serían documentos razonablemente útiles si tuviera que volver a hacer un trabajo de ese tipo. Ya sabéis, lo de no reinventar la rueda y todo eso. Pero… ¿cuáles son las probabilidades de tener que hacer eso a corto-medio plazo? No lo he hecho en los últimos 3 años, y mi rumbo profesional va ahora por otros derroteros. ¿Merece la pena quedarme con un manual de atención al cliente de una entidad financiera, una metodología de facilitación del cambio, un cuestionario de benchmarking de RRHH, unas políticas de gestión de directivos de una gran empresa industrial…?
Bah, qué demonios. A tomar por saco todo. Si en el futuro vuelvo a necesitar de algo así, ya me las arreglaré. O lo hago nuevo todo, que seguro que hasta sale mejor. Porque a veces no viene mal diseñar una rueda desde cero, mejor que reutilizar una que tiene más años que la tarara y que está pinchada.
Regalo libros de Management, Organización y Recursos Humanos
Época de limpieza, y le ha tocado a la estantería, con muchos libros que, por mucho que cueste reconocerlo, sobran. Fueron viniendo a lo largo de los años (algunos comprados, otros regalados), y ahí sobreviven, cogiendo polvo. Porque muchos de ellos… si alguna vez tuvieron utilidad (y unos cuantos ni siquiera eso) fue hace mucho, en mi vida anterior de consultor de organización. Ahora pueden llevar 3, 4 o 5 años sin que nadie los abra. Se han convertido en mamotretos que ocupan espacio, sin esperanza además de que «igual en un futuro los vuelvo a necesitar». Lo dudo mucho, y si es así, pues ya me buscaré la vida.
Así que quiero darles salida. En el peor de los casos, se irán al contenedor de reciclaje (una biblioteca municipal no quiere esto, y bibliotecas universitarias… no tengo a mano). Pero si alguno tiene interés en ellos, los pongo a vuestra disposición (os pagáis el envío, eso sí) tanto para uso particular como para uso colectivo (del tipo «un amigo gestiona una biblioteca y le pueden interesar»). Ah, y si veis que hay alguna joya (en plan «¡pero cómo te vas a deshacer de ese libro, gañán!») pues agradeceré que me lo advirtáis 🙂
Son éstos:
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Liderazgo basado en resultados (Ulrich, Zenger y Smallwood) – ADJUDICADO
La ecuación humana (Pfeffer) – ADJUDICADO
La dirección de personal en la nueva Europa (Kressler)
La gestión integrada de recursos humanos (Fernández Caveda)
Clasificación profesional y movilidad en el trabajo (Alía Ramos y Montané Merinero)
El cuadro de mando de RRHH (Becker, Huselid y Ulrich) – ADJUDICADO
Flexibilidad en el trabajo (Hutchinson y Brewster) – ADJUDICADO
Capital Humano (Davenport) – ADJUDICADO
Los Recursos Humanos en la empresa española (García Echevarría y del Val Núñez) – ADJUDICADO
Los salarios en España (Pérez Camarero y Hidalgo Vega)
Externalización de las funciones de Recursos Humanos (Cook) – ADJUDICADO
Personal y beneficios (Hugo Fair)
Cómo gestionar la calidad de la formación (Barzucchetti, Le Boterf y Vincent) – ADJUDICADO
Las organizaciones que aprenden (Mayo y Lank)
Gestión de los Recursos Humanos (Louart)
Modelos y experiencias innovadoras en la gestión de Recursos Humanos (Ordóñez Ordóñez)
La dimensión humana en la empresa del futuro (Congreso Mundial de Dirección de Personal) – ADJUDICADO
Todos somos directores de Recursos Humanos (Peretti) – ADJUDICADO
Relaciones laborales (de Benito) – ADJUDICADO
Éxito y fracaso en la nueva economía (Stein)
Innovando en la empresa (Carballo) – ADJUDICADO
Cómo aumentar el prestigio (Clutterbuck y Dearlove) – ADJUDICADO
HR Director 1998 (Arthur Andersen)
HR Director 1999 (Arthur Andersen)
La participación de los trabajadores en la empresa (Estudios de economía – Gobierno Vasco)
Conferencia europea sobre políticas de seguridad y salud en la empresa (Parlamento Europeo)
La calidad en la empresa (boletín del círculo de empresarios)
Libro blanco de las oficinas en las Cajas de Ahorros (CECA)
Pues eso, me vais diciendo si alguno los queréis, en lotes (si alguien se los lleva todos, yo encantado) o por separado.
¡Votame!
Que no, que no quiero que me votéis en ningún sitio. Más bien al contrario… voy a despotricar sobre los concursos que funcionan en base a «votación popular». Ya sabéis, me refiero a esos en los que se anima a los concursantes a «hacer campaña» para conseguir votos, ya que los más votados o bien reciben un premio directo, o bien entran en una «final» en la que un jurado escoge a los ganadores. No voy a personalizar en ninguno: seguro que a los «interneteros» se os vienen a la mente unos cuantos ejemplos, y a los «no interneteros» también.
Pues bien, no me gustan ni un pelo. Me parecen una fuente de ruido y de spam, que no beneficia a los mejores proyectos si no a los que más capacidad de movilizar a «amiguetes» tienen (incluso convirtiéndose en unos coñazos multimedia; que si «votame» en twitter, que si abrirte una ventanita de mensajería para pedirte un voto, que si mails masivos, que si…), y me parecen un método en general bastante burdo por parte de los organizadores para conseguir visibilidad y relevancia a costa del esfuerzo bienintencionado de los concursantes por conseguir votos.
Si alguien tiene interés en montar un concurso serio, lo que hace es solicitar candidatos (y mejor aun, complementar las inscripciones con una selección realizada directamente para evitar dejar fuera a proyectos que no se hayan inscrito) y tener un jurado de expertos que elija, con criterios serios, rigurosos y profesionales, a los mejores. Todo lo demás, puro marketing a costa de los participantes.
O sea que dudo mucho que nunca me vaya a inscribir por voluntad propia en un concurso de esas características o que vaya a hacer campaña en favor de ningún participante (ni de mí mismo, claro) ni a hablar bien de un montaje de este tipo. Y si alguna vez lo hago, caigan sobre mí hordas de comentaristas recordándome este post.
Hojas de reclamaciones inversas
Somos muy de quejarnos. Si compramos algo que no funciona, nos atienden mal en algún sitio… enseguida protestamos, montamos un cirio, se lo contamos a nuestros conocidos… y como nos dé el punto, una hoja de reclamaciones. Aparte de desfogarnos, se trata de mostrar nuestro descontento no sólo ante quien nos ha tratado mal, sino ante sus jefes, la Administración o quien sea. Que sepan lo que tienen atendiendo al público.
Sin embargo, cuando sucede al contrario, parece que nos duelen prendas en mostrar nuestra satisfacción. Pero ocurre además que, mientras que para mostrar descontento hay canales muy establecidos (la hora de reclamaciones, etc.), si quieres dar una palmadita en la espalda que llegue más allá de la persona que te ha atendido… no tienes una vía inmediata. No puedes pedir una «hoja de felicitaciones» que llegue a la Administración, a su jefe, a los departamentos centrales… para transmitirles un «enhorabuena, aquí tenéis gente que merece la pena».
En los últimos días he echado de menos, al menos en dos ocasiones, la existencia de una «hoja de felicitaciones». En el Hospital Santos Reyes de Aranda, donde nació nuestra hija, nos encontramos con una atención estupenda por parte de todo el personal médico y de apoyo. No es sólo que hicieran su trabajo de forma correcta, o que fuesen cordiales en el trato… sino que tuvieron detalles de calidad y calidez humana muy de agradecer. Por ejemplo, la matrona que nos atendió vino a vernos por la tarde a la habitación. No podíamos ver a la niña, que estaba en la incubadora. Vino a traernos noticias tranquilizadoras y, de repente, coge su móvil y nos dice «mirad, le he hecho unas fotos, mirad qué majetona». Y nos enseñó tres o cuatro fotos que le había sacado a la pequeña. Eso seguro que no viene en ningún procedimiento, no es «su trabajo», pero consciente de nuestra preocupación y nuestra impotencia por no poder entrar a ver a la niña, y por iniciativa propia, lo hizo.
Días después, en las oficinas del Instituto Nacional de la Seguridad Social, otro caso. La persona que me atendió fue extraordinariamente cordial y agradable en el trato (lejísimos de la imagen prototípica del funcionario). No sólo se limitó a procesar el trámite que iba a hacer, sino que me felicitó por la niña, me indicó otros pasos que tenía que hacer en Hacienda y en la Junta, se preocupó de nuestra situación de cara a solicitar los permisos de maternidad… e incluso, por iniciativa suya, tomó nota de mi teléfono porque se comprometió a consultar un tema del que no estaba seguro (si mi mujer tenía derecho a prestación por parte del INSS toda vez que la prestación contributiva por desempleo se le había acabado; yo daba por hecho que no, pero él me dijo «mejor te lo compruebo y te llamo»; al cabo de dos horas me llamó con la respuesta que efectivamente era negativa).
Trato cordial, empatía, iniciativa propia para facilitarte la vida, gente que no se refugia en el procedimiento… detalles que proporcionan una experiencia muy positiva. A parte del agradecimiento directo a estas personas, me gustaría haber tenido un canal para hacer saber a la dirección del Hospital, al jefe de la oficina del INSS… lo bien tratado que me sentí, y las «perlas» que tienen en sus equipos. Que no solo de palos vive el hombre, y las palmaditas en la espalda también hay que darlas.
Parto 2.0
Ésta de aquí arriba es Nerea. Bueno, su manita. Nerea nació el pasado jueves, con un poco de susto (bien dicen que no hay dos embarazos ni dos partos iguales): lo que iba a ser una monitorización externa rutinaria (estábamos ya en semana 39) derivó en que «no se le escucha bien el ritmo del corazón, vamos a hacer una monitorización interna» que se convirtió en «vamos a estimular el parto ya mismo, que al bebé no le late el corazón como debiera» y, cuando volví media hora más tarde de buscar la maletita que teníamos preparada en casa, en «estamos preparando a tu mujer para llevarla al quirófano: la niña tiene una arritmia y mejor tenerla fuera para poder hacerle pruebas».
Fue un rato (afortunadamente corto: a las 10’30 llegamos al hospital para la cita que teníamos, a las 12:45 la niña estaba en mis brazos) de mucha inquietud: sentado en la sala de espera, por mucho pensamiento positivo que quieras tener, lo pasas mal; al fin y al cabo, una cesárea no deja de ser una operación, y las palabras «problema cardiaco» unidas a tu bebé ponen un nudo en el estómago al más pintado.
Pronto salieron a decirme que la cesárea había ido bien y a enseñarme a mi bebé, un instante fugaz antes de llevarla a la incubadora. A partir de ahí, otro rato largo de soledad: mi mujer en reanimación, mi niña en la incubadora, y yo sentado en la habitación, impotente, sin poder estar con ninguna de ellas. Más tranquilo sabiendo que la cesárea había salido bien, pero intranquilo pensando en los posibles problemas de la niña, y en la angustia que estaría pasando la madre. Una sensación extraña: mientras que con mi primer hijo, una vez lo pusieron en mis brazos, me sentí exultante… aquí había unos nubarrones que me impedían disfrutar del momento.
Afortunadamente, la cosa fue evolucionando bien: las primeras pruebas resultaron tranquilizadoras, ya el mismo jueves nos llevaban a la niña para que hiciese sus primeras tomas, y el viernes por la mañana la «desincubaron» y pudo estar en la habitación. A partir de ahí, más pruebas también positivas, la madre en recuperación constante hasta que ayer lunes nos dieron el alta. La arritmia de la niña se ha ido difuminando y, aunque le harán un seguimiento por si acaso, parece que todo quedó en un susto. La felicidad tardó un poco más en llegar, pero llegó igualmente.
En todo este proceso encontré en facebook y sobre todo en twitter dos importantes vías de escape. En condiciones normales no tenía ninguna intención de usar estos canales (en fin, pensaba yo, un padre tiene que estar a lo que tiene que estar y olvidarse de la maquinita) más que para anunciar la buena nueva al final. Sin embargo, la mezcla de tensión y de soledad me hicieron escribir muchos más mensajes de los que hubiera imaginado. Verbalizar mis sensaciones me ayudó a no comerme demasiado la cabeza. Y qué decir de la respuesta obtenida… decenas de mensajes de felicitación, de ánimo, de comprensión, de experiencias similares… que me hicieron sentirme muy reconfortado y acompañado, aunque a mi alrededor no hubiese nadie.
Habrá quien piense que son cosas demasiado personales como para tuitearlas o para contarlas en un blog. Que tiene un punto de exhibicionismo enfermizo. Yo no lo veo así, no pretendía enseñar nada de cara a la galería, sino que lo usé y lo uso como lo hago siempre: para expresar mis pensamientos e inquietudes. Solo que esta vez, en unas circunstancias tan extraordinarias y tan vitales, todos mis pensamientos e inquietudes estaban centrados en una única cosa. Y la respuesta recibida me reafirma en algo: que todo esto del 2.0 va, sobre todo y casi exclusivamente, de personas que se relacionan y que comparten trocitos de sus vidas.
Enseguida volveremos a la «vida normal» (una nueva «normalidad», sin duda, con algunas rutinas diferentes). Mi vida 2.0 reflejará también esa normalidad, y volveré a mis temas habituales. Pero en estos días excepcionales, era inevitable que mi vida 2.0 también se transformase. Porque es algo ya muy integrado con mi «vida 1.0», no es algo que desconecte y deje en casa. Y estoy contento de que así sea.
Mi primer moroso chispas
Supongo que era cuestión de tiempo, y que puedo considerarme afortunado por no haber sufrido esta situación antes. Pero aun así, jode. Puedo decir que ya tengo mi primer moroso.
A finales de noviembre impartí un curso para una empresa. Con fecha uno de diciembre emití la factura. Me dijeron que pagaban a 60 días: «bueno, supongo que es lo normal», pensé, aunque me parece una mala práctica no pagar cuanto antes (¿por qué narices tengo que financiarte yo?). Pasan 60 días, no cobro… «no, es que pagamos los días 25 de cada mes». Anda, entonces resulta que por arte de magia los 60 días se transforman en casi 90. «Qué morro», pienso, pero bueno, ya sé que los procesos administrativos muchas veces funcionan así…
Pasa el día 25 y nada. Nueva llamada. «Es que verás, estamos teniendo problemas para cobrar de algunos clientes y entonces tenemos dificultades para pagar… a ver si a mediados de la semana que viene nos entran fondos y entonces hacemos los pagos…». Uyuyuy. Señal de alarma. No me gusta ni un pelo. Si haces eso, estás trasladando tus problemas a tus proveedores de forma injusta. Apuesto a que no has dejado de pagar los sueldos, ni los socios han dejado de cobrar su parte. Mejor putear a los proveedores, ¿no? Pero bueno, paciencia, a ver si la semana siguiente…
Por supuesto, la semana siguiente nada. Pasadas otras tres semanas, otra llamada. Mismo argumento. «A ver si…». Respirar hondo. Y esperar, ¿qué otra cosa puedo hacer?
Empiezo a estar seriamente preocupado por el futuro de esa factura. Cuando uno es serio y cumplidor, las cosas se hacen bien a la primera o, si por alguna circunstancia no es posible, se pierde el culo para solucionarlo cuanto antes. Pero cuando empiezas a ver este tipo de cosas, largas, excusas… es muy mala señal, es señal de sinvergonzonería, de ser un jeta y un aprovechado, de gente que lleva en su adn la idea de que «cuanto más me escaquée, mejor; y si puedo escaquearme definitivamente miel sobre hojuelas, qué listo y triunfador soy». Y por lo que oigo no debo ser el único que tiene problemas para cobrar de ese cliente… así que pinta mal.
Encima, como yo soy de los de «mi palabra es ley» y confío en que otras personas actuan así también (la mayoría de las veces funciona bien, todo hay que decirlo), no tengo ninguna documentación firmada, ningún contrato u orden de compra, nada… así que en caso de que quieran jugar a joderme, ni siquiera tengo mucho a lo que agarrarme. Y este abuso de la buena fe es algo que me duele especialmente, me hace sentir un «primo», un «pringao». Me está sucediendo algo que no me gusta, y es que a causa de este cliente me estoy volviendo desconfiado, me está pasando lo del gato escaldado (que del agua fría huye), y eso me fastidia mucho porque creo que la confianza y la buena fe son esenciales en cualquier relación profesional.
Hace unos meses alguien me pedía mi opinión sobre cómo tratar a un moroso. Y yo le respondía desde mi inexperiencia. Racionalmente, sigo pensando lo mismo: paciencia, flexibilidad, dejar de trabajar con ellos (un problema en este caso, donde es una actividad única que no tiene continuidad con la que poder presionar)… y si al final la cosa se pone fea valorar hasta qué punto merece la pena iniciar un proceso lioso, molesto y caro para cobrar (si al final, incluso en el caso de que ganes, vas a tardar siglos en cobrar y encima los costes del proceso acaban siendo mayores que lo que recuperas). Pero la sensación de frustración, de sentirse decepcionado y engañado, estafado, timado… no la conocía, y es francamente desagradable. Se te sube la bilis y dan ganas de «montar un numerito». Algo que no sé si acabaré haciendo (recordemos mi aversión al conflicto)… de momento, sirva este post como desahogo. Y a seguir esperando. El mes que viene, volver a llamar a ver qué fue de mi factura.
PD.- Otra cosa que me jode, y que alguien tendría que plantearse: el IVA de esta factura yo lo pagué a finales de enero. Dentro de poco, pagaré también el IRPF. Y todo eso, sin haber cobrado del cliente. O sea, encima de puta, poner la cama.
PD2.- Afortunadamente, se trata de una cantidad relativamente pequeña. Incluso aunque la dé definitivamente por perdida no va a hundir mi negocio, no va a ponerme en dificultades financieras, no voy a perder la casa, mi familia no va a dejar de comer… Y si siendo así yo me siento tan frustrado, no quiero ni imaginar cómo se sienten esas personas que tienen verdaderos problemas de morosidad, que ven cómo siendo honrados y profesionales su vida se desmorona por culpa de unos sinvergüenzas que te dejan un pufo de dimensiones siderales.
Cuánto cuesta la consultoría
Hace no mucho hablaba yo de coste, de valor, y de precio. Y hace un poco más, hablaba de cómo calcular la tarifa para un proyecto de consultoría. Pues hoy el amigo Ángel se descuelga con un brillante y didáctico artículo que explica a la perfección por qué la consultoría cuesta lo que cuesta.
Muy recomendable.
No lo subas a Youtube
Hace ya un buen montón de años (del orden de 9, más o menos) mi jefe y yo preparamos una presentación superchula para un evento sobre creatividad. Al ritmo de The Crystals y su Da Doo Ron Ron se sucedían imágenes en blanco y negro (que él había escaneado de un libro de fotografías de los años 40-50, algunas bastante curiosas) y «mensajes» (del tipo «intenta lo imposible» y similares). Fue una currada importante (maldita la hora en la que se me ocurrió enseñar en la oficina «el Flash» y lo que se podía hacer con él… ¡todo el mundo quería que sus aburridas presentaciones powerpoint fuesen migradas para tener música y movimiento! – por supuesto, de las complejidades de hacerlo no querían saber nada) y el resultado (no es porque la hiciera yo) molaba.
El caso es que hace unos meses, hablando con este ex-jefe (con quien mantengo buena relación), me acordé de esta presentación. «Oye, tú que lo guardas todo, no la tendrás por ahí, ¿verdad? Porque yo la he perdido de vista» «Ah, pues sí, aquí la tengo» «Oye, pues mándamela, que me haría ilusión tenerla; la subo al youtube, la pongo en el blog…»
«Eh, no, no la subas a Youtube; que todavía podemos aprovecharla». Ojos como platos. ¿Aprovecharla? Él hace años que no trabaja en consultoría, sino en una empresa «de verdad» en la que una presentación sobre «creatividad»… como que no va a usar nunca jamás. Aun así, estamos hablando de algo de hace 9 años. Por no hablar de lo convencido que estoy de que, incluso pudiéndola reutilizar a día de hoy, su impacto y difusión será mucho mayor si la pones a disposición de cuanta más gente mejor en vez de guardártela en lo más profundo de tu disco duro hasta que un día la pones ante un auditorio de 20-30 personas.
En fin, todavía sigo esperando. No por que se niegue a mandármela (la organización nunca fue su fuerte: puede perfectamente haberse olvidado del tema). Lo que tengo claro es que, en cuanto me llegue, a Youtube que va.
Hacer clones con photoshop
Hoy vuelve a ser de fotografía (ya sé, ya sé, últimamente hablo mucho del tema… pero es de lo que me apetece hablar, qué le vamos a hacer), y de un efecto «clásico» gracias al photoshop: aparecer una persona n veces en una foto, o sea, los clones.
En principio la teoría es sencilla: sacarse varias fotos (importante: dejar la cámara inmovilizada en la misma posición, y con los ajustes iguales en todas las fotos – mejor disparar en manual para controlarlo todo) y luego, con el photoshop, superponerlas.
Para ello hay que coger los archivos de todas las fotos (en mi caso, seis) y abrirlos todos como capas de un único archivo de photoshop (no sé si hay una forma directa de hacerlo: yo lo hago abriendo cada archivo por separado, seleccionando la única capa de cada archivo y «duplicar capa» indicando que lo haga en el archivo de destino – así con cada una de ellas). De esta forma, tenemos un archivo en el que hay tantas capas como fotos vamos a mezclar. Lo ideal es ordenarlas «de atrás adelante», de forma que las fotos en la que aparecemos en primer plano sea la que se sitúa encima de las demás.
A continuación lo que hay que hacer, con cierta paciencia, es ir creando (empezando por la capa que contiene el plano que se sitúa más al fondo) máscaras de capa para cada una de ellas, y usándolas para ir mostrando en cada una de ellas sólo la parte que se superpone a las anteriores, preservando el resto. Así, una por una (es útil ocultar todas las capas al principio e irlas visualizando a medida que vamos a trabajar con ellas) hasta llegar a la del primer plano.
Y ya está. Si hemos tenido la precaución de tomar las fotos con cierto cuidado (para no sacarnos dos fotos distintas ocupando un mismo espacio, que eso no hay forma humana de arreglarlo; para no tocar elementos del fondo que cambien mucho de una foto a otra y así no haya inconsistencias; para dejar la cámara bien fija, de forma que los elementos estáticos se superpongan a la perfección; y para utilizar todo el rato los mismos ajustes, para que no haya discrepancias), la cosa es sobre todo cuestión de paciencia.
Hay dos cosas que, aunque hayamos tomado todas las precauciones, pueden ponernos en problemas: una es la superposición de dos capas con elementos móviles (si se superpone con el fondo no hay problema, porque el fondo permanece igual a lo largo de todas las fotos). Por ejemplo, en esta foto, mi «yo» de primer plano se superpone con los «yo» (¿yos? ¿yoes?) sentados en el sofá. Aquí hay que hilar muy fino en la superposición para respetar a ambos y que no se note el «pegote».
Y luego está el tema de las sombras: en cada una de las fotos arrojas una sombra, que no está allí en el resto de fotos. Si cae sobre el fondo no hay problema (porque puedes utilizar la versión «con sombra» y ya está – por ejemplo, el «yo» debajo de la ventana arroja su sombra contra el suelo y no hay problema), pero «canta» cuando debería caer sobre otro elemento: en esta foto, por ejemplo, el «yo» de primer plano debería arrojar su sombra sobre el «yo» del ordenador. Pero no lo hace. Y arreglar eso me parece que ya son palabras mayores…
En fin, que un entretenimiento divertido.

