Da igual lo que quieras ser de mayor


Estuve en este evento sobre «el futuro del empleo» (está bastante interesante, especialmente la mesa redonda) y, en un momento dado, el divulgador Pere Estupinyà planteaba una reflexión interesante sobre esa pregunta tan clásica… «¿Qué quieres ser de mayor?»

¿Qué quieres ser de mayor?

Es la típica pregunta que se les hacía (y todavía se les hace, supongo) a los niños. Es gracioso ver como sus mentes infantiles van respondiendo según los estereotipos sociales. Quiero ser astronauta, o policía, o médico/a, o veterinario/a, o profesor/a, o artista, o cocinero/a, o escritor/a, o youtuber… Evidentemente en niños pequeños es totalmente intrascendente, su conocimiento del mundo es limitado y cualquier respuesta que den no va más allá de generar un momento «cuqui».
La cuestión es que, a medida que van creciendo, la pregunta se les va repitiendo. Y ya no tiene tanta gracia. «¿Ya tienes pensado a qué te quieres dedicar? ¿Qué vas a estudiar?». Su conocimiento del mundo sigue siendo limitado (aún me acuerdo de mí mismo diciéndome que querría ser «ingeniero», sin tener ni puñetera idea de lo que implicaba ser un ingeniero… no, al final no fui por ahí), pero la presión crece.
Y no desaparece. En realidad a medida que transcurre nuestra vida seguimos azotándonos con la pregunta… «¿Dónde te ves dentro de cinco años?» no deja de ser la traslación adulta del «qué quieres ser de mayor». Si en vez de «cinco años» pensamos en veinte, o en treinta… dan escalofríos.

De mayor vas a ser muchas cosas…

La cuestión es que, como planteaba Pere, se trata de una pregunta que si en algún momento tuvo sentido, desde luego ahora ya no lo tiene. «De mayor» vas a ser muchas cosas, porque no vas a tener una «profesión para toda la vida». Vas a ir desempeñando muchos roles a lo largo de los años, y seguramente sean muy dispares. Distinta ocupación, distinta responsabilidad, distinto sector, distinto lugar, distintas habilidades requeridas…
A veces, de hecho, esos roles se desarrollarán en paralelo: vas a participar en un proyecto ejerciendo de una cosa, mientras que eres voluntario en una asociación, das clases en un master, eres presidente de la comunidad, inversor en un negocio, entrenador del equipo de fútbol de los niños, cuidador de una persona mayor… todo a la vez, sin posibilidad de separar lo uno de lo otro.
Es más, de todas esas ocupaciones diversas que vas a tener a lo largo de tu vida, muchas de ellas ni siquiera eres capaz de conceptualizarlas, ni de saber que van a existir. Piensa en cómo ha cambiado el mundo en los últimos 30 años… ¿te imaginas cómo puede ser dentro de otros 30? Y si piensas en tus hijos… ¿cómo era la vida 50 años de que ellos nacieran, y cómo será cuando ellos tengan esos 50 años? ¿Cómo les vas a pedir que sean capaces de imaginar «qué van a ser de mayores»?

Una pregunta inútil

En este contexto de incertidumbre y de dispersión de opciones, parece claro que «qué quieres ser de mayor» no es una pregunta especialmente útil. Quizás haya que pensar en otras. Como por ejemplo, «qué herramientas vas a desarrollar para poder adaptarte a todos esos cambios».
Por eso lo que estoy haciendo con Skillopment me resulta estimulante; porque desde esa perspectiva de incertidumbre (o mejor aún, de certidumbre en la inestabilidad y en la variabilidad) es clave ser consciente de que tus habilidades son las que te van a permitir adaptarte a los escenarios que surjan. Y que cuanto más ágil seas a la hora de desarrollar esas habilidades, mejor.
En la vida te va a tocar tirar muchas veces los dados. Y ya sabes, cuantas más habilidades tienes y más desarrolladas están, más probable es que tengas suerte.

Aprendiendo coaching: semanas 5 y 6

[Esta entrada corresponde a la serie «Aprendiendo coaching«, dentro de la iniciativa «Mis aprendizajes«]

Objetivo de la semana

El objetivo de la semana 5 era consolidar el conocimiento hasta el momento, terminar el libro de Withmore y, desde un punto de vista de proceso, ir llevando las actividades al día.

Qué he hecho

  • Terminé el libro Coaching de John Withmore, un poco con la idea con la que terminé la semana anterior: tras unas cuantas ideas interesantes, luego el libro se desinfla bastante y al final acaba uno con la sensación de estar leyendo bastante relleno.
  • He creado un documento «base» en el que ir consolidando el conocimiento. En él he identificado primero cuál es para mí el «proceso del coaching» con las ideas principales, y luego un segundo bloque con herramientas y reflexiones interesantes. Todavía es trabajo en curso.
  • Me contactó Ángel Zubillaga, viejo conocido de «los primeros tiempos del blog», proponiéndome una definición de coaching de Leonardo Ravier, que dice así «»El coaching es un proceso de ayuda no directiva o proceso de auto aprendizaje, en el que la persona aprende de dentro hacia afuera a potenciar y desarrollar ese conocimiento tácito implícito que todos tenemos dentro, para conseguir resultados extraordinarios o resolver problemas que hasta ahora no hemos podido resolver».
  • También me hablaba del «coaching sistémico«. Otro hilo adicional del que tirar… al final la sensación es que sobre la base del «coaching» entendido de forma general surgen distintos matices, distintas orientaciones… y la duda es saber cuánto de relevante son esas distinciones, cuánto de complementarias… y cuánto de «etiqueta que pongo para distinguirme» (me recuerda a las decenas de «liderazgos» distintos que hay).
  • Hablé con Alberto para otros temas, pero ya aprovechamos para intercambiar un par de ideas.

Aprendizajes

  • La teoría del feedback basado en coaching de Withmore me pareció interesante… la idea de que uno no debe dar feedback de la manera tradicional (con sus distintas variantes, desde las más «cazurras» a las más sensibles), si no hacer que la otra persona saque sus conclusiones a través de preguntas. Que sea ella quien descubra cosas, y lo haga con responsabilidad y sentido de que esas conclusiones le pertenecen (y no que es otro el que se las da).
  • También me gustó el concepto de feedforward: la idea de que el feedback tradicional está orientado a «reflexionar sobre lo que ha pasado», cuando lo interesante es utilizar eso para pensar en el futuro.
  • Igual que con el feedback, Withmore plantea una forma de hacer assessment (evaluación-análisis) tanto a nivel individual como colectivo basado en preguntas y en el método GROW: que sean las personas las que definan el objetivo, las que valoren qué rasgos son importantes, cuál es su status actual y a dónde creen que deberían llegar.
  • Hay una frase que me encantó, «Self-motivation dwells within the mind of each individual, out of the reach of even the chiefest of executives». Y es verdad, los métodos directivos tradicionales tienen un alcance limitado, pero el poder de la verdadera motivación nace de dentro.
  • Withmore plantea el ciclo de evolución de la incompetencia inconsciente (no sé, y ni siquiera sé que no sé) a la incompetencia consciente (¡no sé!), a la competencia consciente (¡ahora ya sé!) a la competencia inconsciente (lo he interiorizado y ya ni siquiera me doy cuenta).
  • En la parte final del libro, Withmore habla de los equipos y la posibilidad de hacer coaching a los equipos de forma similar a como se haría con un individuo, tanto en relación con su funcionamiento como en relación a su propio crecimiento como equipo (dentro de las distintas etapas del esquema inclusión–>afirmación–>cooperación)
  • Hablando con Alberto me hacía ver el valor de las «victorias incrementales«. El objetivo del coach es (y en esto Withmore también incide) construir autoconfianza, a base de ir logrando pequeños éxitos. Es mejor empezar poquito a poco, fortalecer la autoconfianza, y que sea el propio coachee el que vaya asumiendo nuevos pasos a medida que se sienta seguro. «No hay que empujar al burro, ni tirar de él».
  • La idea de que «el compromiso se mide en la acción«. Si alguien se compromete a algo, pero luego no lo cumple, es que no había un compromiso real. Es mejor renegociar el compromiso, hacerlo más asequible.
  • Intenté jugar al coach con Alberto, para un tema que teníamos a medias, y me paró: «Sin contrato, no hay coaching«. No se refería, obviamente, a que haya un «pago por el servicio», si no a que debe haber (desde un prisma de honestidad) un permiso (mejor explícito que tácito) por parte del coachee para poder avanzar en ese proceso; si no, le saltarán las alarmas más pronto que tarde.

Qué ha ido bien

  • Los días que he leído libro he sido consistente a la hora de plasmar los aprendizajes en mi hojita de avances.
  • He empezado a consolidar en un documento los aprendizajes. No es sencillo (porque el objetivo es ir dando coherencia a cosas que pueden estar un poco sueltas), pero vamos avanzando.

Qué podría ir mejor

  • Mi dedicación ha sido pobre en estos días. He estado investigando el por qué… tengo la sensación de que me resulta cómodo «aprender» cuando ese aprendizaje es basado en un libro, en leer conceptos, resumirlos, etc… Mientras he tenido libro para leer, me he sentido cómodo. Pero cuando me he quedado sin libro para leer, la sensación es de «bueno, ¿y ahora qué?». Sé que el siguiente paso (algo que ya me planteaba Homo Mínimus) es «ponerse manos a la obra» y empezar a practicar, pero tengo la sensación de que de forma más o menos inconsciente bloqueo ese paso. ¡Lo que yo quiero es más libros que leer y resumir en la comodidad de mi sofá sin exponerme a nada! Toreo de salón… :S
  • Incluso en esa vertiente más conceptual, tampoco he avanzado en sistematizar las acciones de recuerdo (flash cards).

Para la próxima semana

  • Seguir consolidando lo ya aprendido
  • Pasar a Flashcards las ideas principales para empezar a repasar
  • Buscar una forma de empezar a practicar procesos de coaching.

3 ideas para aprovechar el tiempo que dedicas a aprender

¿No tienes tiempo para aprender? No estás solo…

Cuando hace unos meses puse en marcha la lista de correo de Skillopment sobre aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidades, tenía una inquietud. No quería que se transformase en un canal unidireccional, un lugar en el que yo mandaba correos a «la lista de suscriptores» y ya. En la medida de lo posible, quería (y sigo queriendo) que hubiese también un «canal de entrada», alguna forma de escuchar a quienes están en el otro lado. Por eso, una de las cosas que hago en los primeros envíos es lanzar una pequeña encuesta en la que me intereso por ver qué está queriendo aprender cada uno, qué dificultades encuentra, o de qué manera cree que le podría ser útil la lista de correo.

Una de las reflexiones que me encuentro con más frecuencia tiene que ver con la falta de tiempo para aprender. Lo expresa así por ejemplo José Manuel, cuando dice que «cumplir con mis actuales clientes me deja poco tiempo para avanzar». O Samara, que cuenta que «trabajo así que no dispongo de mucho tiempo». Antonio lo expresa así: «Me falta tiempo para todo: aprender, desarrollar, trabajo, familia, tiempo libre…». Y Agustín dice que «no les llamaría dificultades, pero sí un factor de retraso como lo es el tiempo que se tiene para poder estudiar si trabajas y tienes hijos, como es mi caso».
No es difícil sentirse identificado, ¿verdad? Una cantidad de tiempo limitada, y muchas prioridades tirando de nosotros…

¿Cuánto tiempo tienes realmente?

Si lo pensamos bien, tiempo tenemos todos el mismo: 24 horas al día. 1440 minutos que, como decía un anuncio de hace unos años, se nos dan al iniciarse el día y que nosotros decidimos cómo gastar. A qué dedicas tu tiempo es el reflejo de cuáles son tus prioridades, tanto si lo haces de forma consciente como si no.
Obviamente, hay una serie de cuestiones sobre las que tenemos un control limitado. Nuestro cuerpo nos pide dormir, necesitamos recursos así que tenemos que trabajar (aunque cuántos recursos necesitamos y cómo los conseguimos también nos da un margen de maniobra), tenemos familia (porque decidimos tenerla) y tenemos que dedicarles tiempo (porque queremos ser de una determinada manera), etc.
Pero ojo, también dedicamos el rato a navegar en internet, mirar Facebook, andar con el whatsapp o hacer zapping en la tele. Lo que cada uno dedique a cada una de estas cosas es, claro, asunto suyo; quizás la lástima sea pensar en cuántas de esas dedicaciones son fruto de una decisión consciente, y cuántas son debidas a inercias y hábitos de los que a veces ni nos damos cuenta. ¿Alguna vez has hecho una auditoría seria sobre en qué se te va el tiempo, sobre hasta qué punto es lo que quieres que sea, y cómo podrías gestionarlo mejor?
En todo caso, hay una cosa clara: unos por unas cosas, otros por otras… de forma más meditada o más inconsciente… la realidad es que el tiempo disponible para aprender es limitado. Incluso alguien que dedicase el 100% de su tiempo a aprender, seguiría teniendo el límite de los 1440 minutos.

Si tienes poco tiempo… ¡aprovéchalo al máximo!

Quizás sea ésta una de las ideas principales a tener en cuenta de cara a un aprendizaje eficaz. Dado que tienes poco tiempo disponible para aprender… ¡habrá que hacer todo lo posible por aprovecharlo al máximo! No nos sobran las horas, así que hay que extraer de ellas todo el jugo que sea posible. Si puedes sacar diez minutos al día, esos diez minutos tienen que ser exprimidos al máximo. Si puedes sacar una hora a la semana, que sea la hora mejor aprovechada del mundo. Si puedes sacar una tarde al mes, que realmente merezca la pena.

3 ideas para aprovechar mejor el tiempo de aprendizaje

Te propongo tres ideas para sacar lo máximo posible del poco tiempo que puedas dedicar al aprendizaje:

  • Concentra tus esfuerzos. Ya lo dice el refrán, «quien mucho abarca, poco aprieta». Ya sé que hay muchas cosas que llaman tu atención, muchas cosas que quieres aprender. ¿Recuerdas el océano infinito del conocimiento? Puedes aprender cualquier cosa, pero no puedes aprenderlo todo. Lo siento, no puedes, no tienes tiempo. Y si lo intentas, verás cómo se diluye tu esfuerzo y acabas no llegando a ningún sitio. Elige, pon el foco en una cosa y dedica tu escaso tiempo a desarrollarla. Más vale pájaro en mano que ciento volando.
  • Planifica tu actividad. No hay nada peor que encontrarte con esos quince minutos al día, con esa hora a la semana, con esa tarde cada mes… y tener que ponerte a pensar «y qué hago ahora». Cuando te quieres dar cuenta y te has centrado, se te ha acabado el tiempo. Y al final acabas dedicándote a ir saltando de recurso en recurso, pasando hojas, sin un objetivo claro, sin una estructura… malgastando el poco tiempo que tienes. Prepara con antelación a qué vas a dedicar tu próximo hueco, y cuando llegue métete directamente en la tarea. Puedes usar la guía de autoaprendizaje eficaz para tu planificación.
  • Dedica tiempo a consolidar. Puede parecer contraintuitivo… si tengo poco tiempo, ¡tendré que darme prisa para meter más contenidos!. Y sin embargo, ¿de qué sirve que «aprendas» una cosa nueva cada vez, si resulta que al cabo de unos días, de un par de semanas… no la recuerdas? ¡Entonces sí que habrás perdido el tiempo! Merece la pena dedicar parte de ese tiempo escaso a ir consolidando lo que vas aprendiendo, para que sea un aprendizaje de verdad. Mejor poco, pero bien consolidado, que mucho y volátil.

Si quieres más…

He subido este contenido en versión podcast, y también un pequeño vídeo en youtube.

Eres un botijo


Hace ya un tiempo que me recomendaron esta conferencia de Fidel Delgado, que suelo revisar de vez en cuando. En ella, hace uso de la metáfora del botijo (a partir del 41:13) para referirse a nosotros y a nuestra relación con el mundo.

La metáfora del botijo

El botijo es un recipiente vacío. Sí, hecho de un material determinado, pero esencialmente vacío. El botijo se rellena desde fuera y, tras unos minutos de reposo dentro de él, el contenido se vierte por el pitorro. «Lo que entra es, básicamente, lo que sale».

Nosotros, de acuerdo a esta metáfora, también somos «recipientes vacíos». Tenemos nuestras características, sí, pero básicamente lo que nosotros aportemos al mundo (en forma de acciones, de gestos, de palabras…) dependerá de con qué nos nutramos. «Lo que entra es lo que sale».
Lo que plantea Fidel es que esto sucede tanto si nos damos cuenta, como si no. Es decir, a diario nos comportamos en el mundo en función de las cosas a las que nos expongamos. Si no prestamos atención, este proceso sucederá de forma automática, inercial. Si prestamos atención, podremos intervenir.

Lo que entra en el botijo

¿Cuáles son tus lecturas? ¿Con qué personas te relacionas? ¿Qué conversaciones tienes? Todo esto forma el sustrato de lo que «nos entra» cada día. La mayoría de las veces no prestamos atención. Ponemos la tele «a ver qué echan», hablamos con las personas que nos cruzamos, fiamos nuestra suerte al algoritmo de Facebook, nos enredamos en interminables discusiones inanes sobre temas intrascendentes… ¿Nos pone de buen o de mal humor? ¿Nos hace crecer de alguna manera? ¿Nos relaja, o nos estresa?
¿Cuánto de todo es fruto de una decisión consciente, y cuánto es puro hábito o impulso?
Si ponemos un poco más de conciencia, podremos darnos cuenta de a qué dedicamos nuestro tiempo y nuestra atención. Y podremos darnos cuenta también del efecto que tiene eso en nuestra energía, en nuestro humor, en nuestro desarrollo. Y por lo tanto…

Lo que sale del botijo

¿Qué hacemos a lo largo del día? ¿Qué aportamos a los demás? ¿Qué les decimos, en qué tono lo hacemos? ¿Ayudamos, o entorpecemos? ¿Transmitimos luz u oscuridad? ¿Buen o mal humor?
De nuevo, con un poco de conciencia podremos darnos cuenta del efecto que tenemos en el mundo. ¿Es el que queremos tener? Y si no… ¿podemos hacer algo al respecto?

Ser un botijo de agua fresca

Si queremos ser un botijo de agua fresca, una fuente positiva para el mundo que nos rodea, hay dos cosas que podemos hacer.

  • La primera, cuidar mucho todo lo que entra en el botijo. Tomar decisiones conscientes sobre nuestra dedicación y nuestra atención. Evitar el «agua sucia», todo aquello que no nos aporte nada ni a nosotros ni a los demás; y por el contrario buscar llenarnos tanto como sea posible de agua cristalina, de cosas que nos hagan felices, que nos hagan crecer, que nos pongan en un estado luminoso. Y como es difícil estar siempre consciente, lo mejor es establecer hábitos y actuaciones sobre nuestro entorno que hagan que, «por defecto», sea esa nuestra elección.
  • Y la segunda, estar pendiente de lo que sale de nosotros. Porque a veces, por mucho esfuerzo que hagamos con el filtro de entrada, el agua no sale del todo clara. Todos tenemos malos días, y ahí es importante darse cuenta y evitar mojar con ese agua a la gente que nos rodea. Hay otros mecanismos que nos pueden servir para limitar el efecto negativo que podemos tener en otras personas mientras esperamos a que el agua vuelva a fluir como debe.

 

Aprende inglés para ver Juego de Tronos en VO


Paseaba distraído por el pueblo cuando un cartel me llamó la atención. Tanto, que tuve que pararme a hacerle una foto. Anunciaba la próxima apertura de una academia de idiomas, y la parte central llevaba esta frase: «Anímate y así podrás ver en versión original el final de Game of Thrones».
¡Vaya! A eso le llamo yo un «claim» interesante… Siempre se dice, desde una perspectiva de marketing, que hay que centrarse en vender los beneficios más que las características. A las personas no se nos engancha por lo racional, si no por lo aspiracional. «Si utilizas este desodorante las mujeres caerán rendidas a tus pies», que diría el otro.
En el aprendizaje no es diferente. Cuando nos decidimos a «comprar» un aprendizaje (y no necesariamente nos va a costar dinero, pero seguro que sí nos va a costar esfuerzo y dedicación) es importante tener un banderín de enganche, una visión («el quinto elemento» al que me refiero en el modelo Skillopment) que nos ayude. Esa ayuda no es solo para dar el primer paso (p.j. «tomar la decisión de apuntarme a una academia») sino sobre todo para lo que viene después: el esfuerzo, el no dispersarse, el aguantar los momentos más aburridos o incómodos… y sostener todo eso a largo plazo.
Ya he contado en alguna ocasión mi (muy corta) aventura aprendiendo chino. El día que dije «pues venga, a aprender chino», lo rápido que busqué un método… y lo rápido que lo abandoné. Reflexionando a posteriori me di cuenta de que lo que me había faltado, sobre todo, era un «para qué» concreto e ilusionante. No había nada en mi vida que hiciese que «aprender chino» fuese casi un imperativo. No era un «must», si acaso un «nice to have». Y sin ello, la motivación desaparece rápidamente.
Yo no sé si «ver Juego de Tronos en versión original» me serviría a mí como enganche para aprender inglés. Pero me comentaba Jaime en twitter que para él «ver Star Trek y leer juegos de rol» fue lo que le llevó a lanzarse a ese camino. No sería el primero que aprendió inglés para poder entender las canciones de sus artistas favoritos.
El caso es que cada uno tenemos que buscar lo que nos llama a nosotros, aquella motivación que hace más doloroso el «no aprender» que el «aprender». Si la encontramos, aprenderemos con el viento a favor; no sin esfuerzo, pero sí con un impulso impagable. Y si no somos capaces de encontrarlo, o si lo dejamos en un deseo difuso y voluntarioso… lo acabaremos pagando más pronto que tarde.

[Entrevista] Juan Daniel Sobrado Rubio y las formaciones legendarias


Un nuevo episodio del podcast de Skillopment, en esta ocasión con Juan Daniel Sobrado Rubio. Conocí a Juanda no hace demasiado tiempo, gracias a su proyecto Learning Legendario. Vale, no es el más humilde de los nombres para un proyecto :D, pero no os dejéis engañar: detrás de él hay una persona muy interesante, con mucha voluntad de aprender y de compartir lo que sabe (de primera mano) sobre la formación y el aprendizaje.
Y de eso es lo que hablamos sobre todo en este episodio: de cómo son habitualmente las experiencias formativas, y de qué podemos hacer para convertirlas en algo mucho más eficaz (en términos de impacto en el aprendizaje) y a la vez más disfrutable. Recuerda que puedes revisar todos los episodios del podcast, y suscribirte al mismo tanto en iVoox como en iTunes.

Éstos son los temas que han ido saliendo en la conversación:

  • 00:53 Juanda nos cuenta su trayectoria como ingeniero de telecomunicaciones metido a la bioingeniería, cómo empezó a tener más peso la formación dentro de su actividad profesional, y cómo evolucionó su visión de la formación; curiosamente, «atando cabos» con otras experiencias de aprendizaje en su vida. Hablamos también de su proyecto Learning Legendario, y qué le impulsó a ponerlo en marcha.
  • 05:40 Hablamos sobre el cambio que se produjo en un momento dado en su forma de abordar la formación, y de los efectos que ha observado al aplicar esos cambios: unas formaciones más entretenidas, en las que el foco de la responsabilidad cambia (de «preparar los contenidos» a «preparar la experiencia») y que generan más interés posterior y más continuidad en el aprendizaje.
  • 09:35 Reflexionamos sobre los motivos por los que todavía muchas formaciones siguen ancladas en el modelo «magistral». Hablamos de la comodidad de los formadores, de la poca atención que se pone en «aprender el oficio» y de esa visión despectiva hacia otros modelos que parecen de «flipados americanos».
  • 15:50 Juanda plantea cuáles son, desde su punto de vista, las actitudes necesarias para poner en marcha este otro tipo de formaciones. Asumir que no eres el protagonista, abrirse a «perder el control» y esforzarse en fomentar la participación.
  • 20:35 Hablamos sobre dinámicas que se pueden poner en práctica durante una formación, la importancia de incorporar estímulos diferentes y expandir la experiencia de aprendizaje, el potencial de las herramientas tecnológicas… y en última instancia la importancia de ponerse en el lugar de los asistentes para ofrecerles una experiencia interesante y agradable.
  • 33:36 Conversamos sobre el papel que juegan las acciones formativas concretas dentro de un proceso más amplio de aprendizaje, cómo se pueden vincular con impactos anteriores y posteriores, y la importancia de que los responsables de la formación no se queden en «yo he dado el curso, misión cumplida».
  • 39:50 Valoramos el papel que juega la formación online, y hasta qué punto es posible replicar las dinámicas de una formación atractiva en aula a un entorno digital. Juanda plantea que, especialmente en formación síncrona, hay muchas opciones para ofrecer una experiencia igualmente satisfactoria, y que las claves son similares a las de la formación offline: la voluntad de hacerlo, y explorar y explotar las posibilidades que nos ofrece el entorno (que suelen ser muchas y muy desaprovechadas).
  • 44:25 Hablando ya de experiencias de aprendizaje en términos generales, concluimos lo importante que es reflexionar sobre el propio proceso de aprendizaje: plantearse una estrategia, unos objetivos, pensar cómo se está haciendo… y volvemos sobre un tema clave: la responsabilidad que cada uno de nosotros tenemos sobre nuestro propio aprendizaje. El aprendizaje es una balsa en la que llevamos el timón y los remos.
  • 59:50 Volvemos sobre el proyecto de Learning Legendario, y Juanda nos cuenta el inminente lanzamiento de su podcast en el que profundizará en experiencias de formadores.
  • 1:05:26 Cerramos la conversación con un consejo de Juanda para quienes quieran avanzar hacia esas «formaciones legendarias»: que se atrevan a experimentar, que analicen sus formaciones y busquen de qué maneras pueden minimizar la teoría y maximizar la participación.

Aprendiendo coaching: semana 4

[Esta entrada corresponde a la serie «Aprendiendo coaching«, dentro de la iniciativa «Mis aprendizajes«]

Objetivo de la semana

Esta semana nació «sin objetivo». De hecho, el problema es que se solapó esta semana con la anterior, así que «me pilló el toro».

Qué he hecho

  • He seguido leyendo el libro Coaching de John Withmore. Si la semana anterior decía que el libro tenía un enfoque más «anglosajón» también se nota «para lo malo»: esa tendencia en los libros de management a meter un puñado de ideas interesantes, y luego dar vueltas y vueltas sobre lo mismo sin avanzar demasiado.
  • He intentado, en algunas de mis conversaciones cotidianas, empezar a «pensar en términos de coaching». Por ejemplo con mi hijo, hablando de cosas del colegio, etc… También estuve hablando con mi mujer sobre este enfoque, analizando cómo a veces tendemos a ser demasiado «directivos» y si podríamos ir cambiando la forma de hacer las cosas…

Aprendizajes

  • Withmore tiene un tema muy interesante relacionado con las «preguntas eficaces«. Su planteamiento es que, de cara a generar awareness + responsibility (su mantra de cabecera) las preguntas deben promover la observación (más que el análisis, donde podemos tender a buscar justificaciones o a sentirnos «examinados» y por lo tanto a resistirnos) y la ausencia de juicio. También remarca la idea de que el objetivo no es que tú «te enteres» de las cosas, si no de hacer preguntas que sirvan para que el coachee «descubra por sí mismo». Cuando te pones a pensar en ello parece un concepto muy claro, pero cuando intentas trasladarlo a tus propias preguntas te das cuenta de que no es sencillo.
  • En paralelo habla también de la importancia (lógica) de escuchar las contestaciones (en varios niveles: lo que se dice, lo que no se dice, cómo se dice, el lenguaje no verbal…), y de seguir el hilo de los pensamientos del coachee. La idea, al final, es que sea el coachee el que vaya decidiendo por dónde explorar sus ideas, el que decida hasta dónde quiere llevarlas, en qué momento quiere pasar a otra cosa… La idea de «dirigir la conversación» es contraproducente (aunque hay fórmulas para dar al coachee la oportunidad de hacerlo, pero siempre aceptando que es él quien lo hace)
  • Withmore plantea el enfoque GROW, definido como 4 etapas en una conversación de coaching.
    • G de Goals: una fase de establecimiento de objetivos, tanto para la sesión como para el proceso
    • R de Reality: una fase de describir cuál es la situación actual
    • O de Options: una fase para plantear, con la mayor libertad posible, un abanico de líneas de acción
    • W de What: una fase para concretar la inquietud en un plan, un compromiso que el coachee pueda definir como viable y con el que realmente se comprometa.
  • El enfoque GROW me parecía por un lado muy «lógico», pero por otro lado un tanto… «ortopédico». Especialmente en las partes de los objetivos y del compromiso, la sensación es que «la teoría» pareciera obligar a presionar al coachee para que concretase, y eso es algo a lo que de forma intuitiva yo me resistía, aunque con la sospecha de que es más un problema mío (la vinculación de un compromiso con una «obligación a hacer algo que no quiero hacer»). Comentándolo con Alberto, me hizo ver la utilidad de esas fases de cara a generar una cierta «incomodidad» en el coachee, no con el objetivo de «putearle», sino más bien de «hacerle pensar». Obviamente el coach es el que maneja esa presión, y tiene que buscar el punto en el que la resistencia empieza a ser un bloqueo y no ir más allá; ese mismo punto de resistencia ya le da información, y puede volverse sobre él más adelante.
  • El enfoque GROW, ya lo dice el propio Withmore, es un planteamiento «teórico» que luego, llevado a la práctica, es obviamente mucho más flexible: unas etapas se solapan con otras, se va y se vuelve entre las etapas, etc… pero puede ser un marco conceptual interesante al que agarrarse como «hoja de ruta».

Qué ha ido bien

  • Incluso en una semana «difusa», he seguido dedicando tiempo a avanzar, leyendo y tomando notas…
  • Aunque no ha sido tan «al día» como me gustaría, he trasladado los aprendizajes a mi «diario» y he hecho la reflexión semanal.
  • He intentado llevar algunas de las ideas a la práctica en conversaciones «del día a día».

Qué podría ir mejor

  • Creo que es importante hacer el «resumen diario» en el día. Ayuda a que las ideas se plasmen frescas. Es una cuestión de rutina.
  • Alberto me planteó hacer un ejercicio de visioning, y no he avanzado nada. Estoy intentando ser consciente de los «por qués». Tendré que renegociar mi compromiso.

Para la próxima semana

  • El foco debería ser llevar al día las herramientas, y terminar el libro de Withmore. Me preocupa que, cuando lo acabe, tendré que pensar en los «siguientes pasos».
  • Va siendo hora de consolidar.

La paciencia y la gestión del cambio


Supongo que nos ha pasado a todos. Queremos algo, y lo queremos ya. Los procesos necesarios para que ese «algo» se transforme en una realidad consistente nos parecen un engorro. ¿Cuánto queda? ¿Y ahora? ¿Ya? Tuve un jefe que decía «yo es que cuando imagino una cosa, la considero ya hecha». Bueno, vale. Pero ya lo dice el refrán: del dicho al hecho, hay mucho trecho.

Carreteras comarcales

Imagina una de esas rutas en coche por la montaña. Carreteras estrechas, curvas cerradas, baches, arcenes inexistentes al lado de un precipicio. Y alguna vaca ocasional. Como mucho puedes ir a 30-40 km/h de media, y gracias. Eso implica que, para un trayecto de 60 km, a lo mejor tardas dos horas.
«No puede ser», dice uno. «No es asumible tardar tanto. ¡Tengo mucha prisa!». Y entonces pone su coche a 120 km/h.
Quizás pueda con la primera curva. Pero con la segunda, o con la tercera, estará fuera de la carretera. Si tiene suerte, podrá volver a emprender el camino (asumiendo los tiempos, si no quiere volverse a salir). Si tiene peor suerte el coche quedará inutilizado, tendrá que esperar a la grúa y tardará incluso más de lo inicialmente previsto. Y si tiene peor suerte, igual ni lo cuenta.
«¡Pero es que no puedo permitirme tardar dos horas!» Pues es lo que hay.

No por mucho madrugar amanece más temprano

Casi todas las cosas llevan su tiempo. Quizás podamos optimizar, pero aun así pocas cosas hay que sucedan de forma inmediata. Y a partir de ahí, por mucho que queramos forzarlas, seguirán llevando su tiempo. «No por mucho madrugar amanece más temprano», dice el refrán.
¿Quieres construir una casa? Lleva tiempo ¿Quieres cocinar un buen cocido? Lleva tiempo. ¿Quieres aprender a hablar inglés? Lleva tiempo. ¿Quieres recuperarte de una lesión en la rodilla? Lleva tiempo. ¿Quieres que tu hijo adquiera determinados hábitos de estudio? Lleva tiempo.
¿Sirve de algo encabezonarse en que esto tiene que estar, «sí o sí», para mañana? Pues la mayoría de las veces no, no sirve para nada más que para frustrarse (en el mejor de los casos) o para empeorar las cosas. Porque cuando aplicamos presión excesiva es fácil que se supere el punto de rotura.

La paciencia y los procesos de cambio

Los procesos de cambio en los que las personas son las protagonistas son, quizás, uno de los casos más claros. Seguimos considerando a las organizaciones, a los proyectos… como «máquinas» que deben reaccionar a nuestros deseos, y hacerlo además de forma inmediata. «Tenemos que ser ágiles». Como aspiración está bien, pero todo tiene su límite. Y en vez de asumir que los procesos de cambio tienen sus tiempos, pretendemos quemar etapas a toda velocidad. 
Todo bien puesto en un cronograma, aquí esta etapa, aquí esta otra, y para final del trimestre tenemos el cambio conseguido.
Y cuando los procesos de cambio no cuajan, nos llevamos las manos a la cabeza: «¿Pero cómo es posible?» Hombre, pues porque esto es un proceso de cambio y lleva sus tiempos. «¡Pero si yo ha hice un plan de comunicación, y les he dado cursos… ¿qué más quieren?». Pues todo eso está bien, contribuye… pero sigue siendo necesario el tiempo.
«¡Pero es que no tenemos tiempo! ¡Esto tiene que hacerse sí o sí!». Bueno, pues nada, inténtalo. Pon tu coche a 120 km/h, y a ver qué pasa.

¿Merece la pena esforzarse en aprender?


Esta pasada semana tuve la oportunidad de compartir mis ideas sobre aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidades en una de mis charlas. Y en el turno de preguntas surgieron varias interesantes, entre ellas la siguiente:

«Con toda la información que hoy tenemos disponibles, a distancia de un click… ¿hasta qué punto merece la pena hacer el esfuerzo de aprender?»

A lo largo de la charla yo había planteado, siguiendo mi discurso habitual, la importancia del desarrollo de habilidades de cara a mejorar nuestras opciones de futuro. Y la exigencia derivada de un verdadero proceso de aprendizaje eficaz, uno que lleve a la verdadera interiorización de esas habilidades.
La pregunta planteaba un dilema: ¿realmente es necesario recorrer ese exigente camino? ¿no nos vale con recurrir, en caso de necesidad, a la información que ya tenemos a mano?
Utilizaré un ejemplo personal para ilustrar mi opinión al respecto

La declaración de la renta

Yo tengo ciertos conocimientos fiscales. Durante la carrera tuvimos una asignatura que nos permitió tener una visión de la estructura del IRPF. Desde que empecé a trabajar me he encargado de hacer mis declaraciones y las de mi mujer.
¿Puedo decir que «sé» hacer declaraciones de la renta? Bueno, con bastantes limitaciones. Sé hacer lo básico, con cuidado y mirando bien las instrucciones. Cuando me he encontrado con alguna cosa especial (p.j. un año que tuve que hacer una complementaria para «deshacer» una aplicación de la exención por reinversión en vivienda habitual, u otro año que tuve que reflejar una venta de un producto financiero) he tenido que recurrir a leer los manuales, y he «sudado tinta» para llegar a hacer lo que tenía que hacer.
Desde luego, no estoy capacitado para dedicarme profesionalmente a hacer declaraciones de la renta, ni a asesorar a nadie en su elaboración. Soy lento, avanzo con inseguridad, y hay muchísimas casuísticas que no controlo.
Ahora bien, ¿me merece la pena esforzarme por aprender con un mayor nivel de profundidad? ¿Llegar al punto donde pueda hacer declaraciones «como churros», en el que esté perfectamente preparado para saber plasmar cualquier situación por peregrina que sea?
No lo parece. Hago una (o dos) declaraciones al año. El 95% de ellas es muy parecida de un año a otro, y sólo de forma muy ocasional surge un tema que me exige «romperme la cabeza»; incluso en esos casos tengo la opción de recurrir a un experto. En esas circunstancias, no parece que tenga mucho sentido dedicar tiempo, esfuerzo y recursos a interiorizar esa habilidad ni a desarrollarla a mayor nivel.

El usuario avanzado de Excel

Tomemos, por el contrario, una habilidad que a lo largo de los años me ha sido muy útil, como puede ser la de analizar, organizar y presentar información. Pensemos por ejemplo en la herramienta Excel, que he usado de forma extensiva en todo este tiempo. ¿Tendría sentido que, cada vez que me enfrento a la tarea de organizar información en una hoja Excel, tuviese que pararme a pensar «a ver cómo hago esto», «qué función es la que tengo que usar», «cómo era la sintaxis de esta función», «dónde estaba la opción que me permite hacer tal cosa»?. No. A diferencia de «hacer declaraciones de la renta», ésta es una habilidad que me viene bien tener interiorizada. Hasta el punto en que haga las cosas casi de forma automática, sin pensar. Hasta el punto en el que alguien, viéndome desde fuera, piense «es alucinante, ¿cómo puedes hacer esas cosas?»
No soy el mayor experto en Excel del mundo, ni mucho menos. Llego hasta donde llego, y hay situaciones en las que tengo que recurrir a buscar cosas que no sé hacer. Pero con lo que sí sé hacer me defiendo de forma muy solvente.

Habilidades nucleares y habilidades secundarias

Los ejemplos que he planteado nos llevan a una distinción entre dos tipos de habilidades: las habilidades «nucleares», y las habilidades «secundarias».
Las habilidades «nucleares» serían aquéllas que, por frecuencia de uso y por impacto, nos conviene tener interiorizadas. Esas habilidades por las que merece la pena someterse a un proceso de aprendizaje que será exigente, ésas a las que merece la pena dedicarles tiempo, esfuerzo y recursos. Ésas que, una vez adquiridas, nos permitirán ponerlas en uso casi sin pensar, con un nivel de solvencia muy elevado.
Y luego habrá una serie de habilidades «secundarias». Aquéllas que sólo necesitamos poner en práctica de vez en cuando, y sin un grado elevado de exigencia. Aquéllas en las que podemos permitirnos «salir del paso», aquéllas en las que no pasa nada si vamos lentos, o si no lo hacemos de forma excelente, o si tenemos que recurrir a buscar información o incluso a la ayuda de un externo.
No diría que ésta sea una categorización estricta, donde una habilidad es «nuclear» o «secundaria». Más bien hablaría de un continuo, desde el «no tengo ni puta idea (ni falta que me hace)» hasta el «soy un experto de talla mundial», en la que podríamos situar las habilidades según las necesitemos en nuestra vida. Y según lo necesaria que nos resulte esa habilidad merecerá la pena o no hacer el esfuerzo por aprender.

¿Cuáles son las habilidades «nucleares» que debes desarrollar?

Ya imaginarás la respuesta: depende.
Depende de ti, de tu actividad actual, y de cuál quieres que sea tu actividad en el futuro. «Cocinar» por ejemplo puede estar situada en ese continuo en el extremo más «secundario» (si vives en casa con tus padres y la comida te la ponen en la mesa, y como mucho tienes que calentar una pizza de higos a brevas en el microondas; y si un día te ves obligado a cocinar, sigues la receta y que sea lo que dios quiera) o en el más «nuclear» (si eres un chef en un restaurante de categoría, donde no sólo tienes que sacar los platos perfectos si no encima innovar y promover cambios a diarios).
Por tanto, de cara a plantearse cuáles son las habilidades que uno tiene que desarrollar, a cuáles merece la pena dedicar tiempo, esfuerzo y recursos para llevarlas al nivel «nuclear», hay que partir de un análisis de qué tenemos y qué necesitamos. Un análisis que merece la pena, porque nos permite enfocar nuestros proyectos de aprendizaje en aquello que más impacto puede tener y sacar el mayor provecho de nuestra capacidad limitada de aprender.

Aprendiendo coaching: semana 3

[Esta entrada corresponde a la serie «Aprendiendo coaching«, dentro de la iniciativa «Mis aprendizajes«]

Objetivo de la semana

El objetivo de esta semana era consolidar las ideas del libro de «Ontología del lenguaje» de Rafael Echeverría, y plantear siguientes pasos.

Qué he hecho

  • Dediqué un par de sesiones de aprendizaje a repasar mis notas sobre el libro de Echeverría. Con una hoja en blanco, intenté ir conformando un esquema básico que fuese relacionando lo que para mí eran las ideas clave. La verdad es que vino bien dejar pasar unos días de «asentamiento» de ideas, porque al revisar las notas tuve la sensación de que los «conceptos importantes» afloraban con más facilidad.
  • Empecé a leer el libro Coaching de John Withmore. Desde luego el enfoque es distinto, más «anglosajón» en términos de ir directo al grano. Estoy haciendo un esfuerzo consciente por conectar ideas entre los dos libros.
  • Tuve una charla con Alberto, en la que hablamos de varias cosas interesantes, tanto de «el coaching» como proceso… como sobre mi enfoque de aprendizaje. Ahí, metiendo el dedo en la llaga.
  • En general fue una semana un tanto difusa. Por un lado tenía en el horizonte inmediato dos «bolos» (un curso y una conferencia) que me tenían inquieto (no sólo el trabajo de prepararlos, si no la incertidumbre de si saldrán bien, etc…). Y por otro tengo que reconocer que la actualidad «secuestró mi atención» más de lo que me hubiese gustado y, aunque hice intentos por redirigir mi foco, no lo conseguí y me vi arrastrado a una vorágine de leer cosas, rumiar, dar mi opinión, debatir… que no me aportó nada positivo. Afortunadamente creo que fue una válvula de escape que he conseguido acotar.

Aprendizajes

  • Creo que fue útil «dejar reposar» los contenidos del libro antes de apresurarse a ponerlos negro sobre blanco. La sensación es que hay un «punto dulce» donde el aprovechamiento del contenido es ideal. Si lo hacemos demasiado pronto, podemos tender a meter demasiados «detalles» que en realidad no son clave, o a encajar conceptos que no acabamos de entender del todo bien. Pero tampoco se puede aplazar el momento «sine die», porque entonces la curva del olvido hace su efecto.
  • Hablando con Alberto, usó conmigo (y luego me explicó) la idea de usar el «mundo interpretativo» del coachee para trabajar con él. Cuando una persona utiliza unas palabras, unas metáforas… está trasladando un sentido. Si tomamos esas metáforas y las reformulamos, conseguimos aportarle una serie de distinciones adicionales de forma muy directa. Me recordó al judo y otras artes orientales, donde se utiliza el impulso del contrario para ejecutar tus llaves.
  • Llegué a «acuñar» una imagen visual propia para el concepto de «distinciones», pensando en la resolución de las pantallas de los ordenadores antiguos. Si tenías una pantalla antigua, con una resolución de 320×200 de fósforo verde, lo que puedes ver en la pantalla y los detalles y matices que puedes apreciar son limitados. Pero a medida que la resolución de la pantalla crece, y la paleta de colores crece, tu capacidad para ver más cosas y apreciar más matices también lo hace.
  • Estuvimos hablando sobre la «asepsia» del coach, y hasta qué punto es un ideal factible o no. Me habló de la metáfora de «la radio», ese ruido de fondo que el coach puede detectar durante las conversaciones de coaching que proviene de sí mismo, y de qué hacer con ello (básicamente planteaba dos acciones: o «apagar la radio», es decir, identificar y eliminar ese ruido de fondo… o «poner la radio encima de la mesa», es decir, verbalizar esas interferencias con el coachee). En todo caso me sirvió para despejar una inquietud que yo tenía (la sensación de que es difícil, si no imposible, ser totalmente «transparente»). El coach siempre va a tener una cierta distorsión, y lo que tiene que aprender es a detectarla y a minimizarla.
  • Alberto no sólo me está ayudando a guiarme por los «contenidos» del coaching, sino también haciendo de coach conmigo. En este sentido, la sesión del otro día me hizo ver con claridad algo que sucede conmigo en términos de aprendizaje (y creo que extrapolable a más ámbitos). Al acabar el libro de Echeverría, mi mente pedía «bueno, y ahora dame otro libro que me pueda leer, del que pueda tomar notas, hacer esquemas…». Es ahí donde me siento cómodo, con un conocimiento «manejable» para mi mente, algo que pueda hacer «yo conmigo mismo». El problema es cuando Alberto me dijo «bueno, pues ahora lo que tendremos es que ir poniendo en práctica; por ejemplo, hacer de coach en una sesión con alguien que yo pueda observar para darte feedback». Noté mi cuerpo poniéndose en guardia: nudo en el estómago, tensión (esa conexión lenguaje-cuerpo-emoción)… mi mente buscando justificaciones para evitarlo… Fue interesante observar esa reacción, observar mis justificaciones. Estuvimos trabajando en ello durante un rato. Y eso me hizo experimentar el coaching «desde el otro lado». Porque claro, un proceso de coaching (si realmente entra donde tiene que entrar) va a llegar a esos puntos de conflicto, de resistencia; intuyo que es ahí donde está la ganancia, en el momento en el que el coachee toma conciencia de cosas que están ahí y se enfrenta a la tarea de tener que cambiarlas. Y ahí estoy, sumergiéndome en esa nueva «distinción» que he adquirido sobre mí mismo, acostumbrándome a ella, viendo sus implicaciones, viendo cómo me resisto, notando cómo reacciona mi cuerpo…
  • Estuvimos hablando de lo que es el «core» del coaching, y de la «herramientitis». De cómo hay una serie de herramientas (dinámicas, etc.) que suelen vincularse con los procesos de coaching. Y de que esas herramientas pueden ser útiles en algunos momentos, pero que hay riesgo y tendencia a poner demasiado foco en las herramientas cuando lo importante, lo básico, lo realmente relevante… es la conversación. Y de cómo es habitual que en el mundo del coaching la gente se esconda detrás de las herramientas para no afrontar la esencia.
  • Un tema que me llamó la atención fue el del «condicionamiento«. Cómo tendemos a reaccionar de forma siempre igual ante determinados estímulos, y cómo se trata de respuestas aprendidas (y reforzadas al cabo del tiempo) y cómo es posible cambiar ese condicionamiento (un proceso de «desensibilización») mediante la atención a las reacciones, la exposición progresiva en entornos controlados, etc… Estas reacciones, que pueden ser más evidentes con algunas fobias (el típico «miedo a las arañas» o el «miedo a volar») en realidad están presentes en muchos ámbitos de nuestras vidas…
  • Hubo un par de situaciones, a lo largo de la semana, en las que intenté ponerme el «gorro de coach» y me di cuenta de lo difícil que es. Quizás es que fui a escoger las situaciones más difíciles (p.j. con mis hijos), donde más complicado es dar un paso atrás, no involucrarse, no tener una agenda propia, respetar la autonomía del otro, dejar que cada uno tome sus propias decisiones… Pero sospecho que eso está presente en casi cualquier proceso de coaching.
  • En ese sentido, ya leyendo el libro de Withmore, uno de los temas que plantea es el «rol del experto», y cómo a veces ese «ser experto» en una determinada materia es un impedimento para ser un buen coach. Porque si tú «tienes la solución» (obviando ya el debate de si realmente existe «una solución», o simplemente es un juicio que haces sobre ti mismo que puede ser más o menos fundado), te resulta muy difícil tener la paciencia de dejar que la otra persona avance a su ritmo, explore y llegue a sus propias conclusiones (que pueden ser las «correctas» o no, según tu criterio de experto). Ese «morderse la lengua» es una habilidad clave, porque en el momento en el que entras y «tomas el control» o intentas dirigir a la otra persona hacia un sitio distinto, la probabilidad de que el otro se inhiba es muy elevada. Me recordó a Schein y su «humble inquiry».
  • Withmore plantea dos conceptos fundamentales: awareness + responsibility. El objetivo del coaching es que la persona «se dé cuenta» por sí misma de las cosas, ya que es desde ahí desde donde será capaz de tomar decisiones distintas a las que venía tomando. Y solo tiene sentido si esas decisiones son fruto de su elección y de su compromiso. Entonces sí se producen los cambios.
  • Withmore habla de un esquema básico de input-process-output, que relacioné rápido con Echeverría. Nosotros percibimos una realidad, y lo hacemos desde nuestra perspectiva y con nuestras distinciones. En base a eso, la procesamos (de acuerdo a un conjunto de juicios y creencias más o menos fundados), y respondemos en consecuencia. Si cambiamos los inputs (bien porque seamos capaces de mirar las cosas desde otras perspectivas, bien porque miremos con más atención, bien porque aprendamos a ver con un nivel mayor de detalle y matices), y prestamos más atención al proceso (los juicios que hacemos, si están más o menos fundados), el abanico de opciones del que escoger nuestra respuesta cambia.

Qué ha ido bien

  • Iniciar el libro de Withmore
  • La conversación con Alberto, que puso encima de la mesa algún tema relevante que tengo que trabajar para desbloquear el siguiente nivel.

Qué podría ir mejor

  • El foco ha estado disperso, y eso ha provocado que haya dedicado menos tiempo del que inicialmente me había planteado.
  • Sigo sin haber pasado las ideas clave a unas «flashcards» que me ayuden a mantenerlas frescas. No debería demorarlo más.

Para la próxima semana

  • Estoy haciendo esta revisión de la semana ya en el jueves de la semana siguiente… me temo que me quedo sin mucho margen. Seguiré leyendo el libro de Withmore.
  • Alberto me planteó hacer un ejercicio de visioning. Voy a ver (¡ja!) si le doy una vuelta.