Habilidades y retos, un mapa hacia el estado de flujo

Caí hace unos días en esta charla de Mihaly Csikszentmilhalyi. Este psicólogo húngaro de apellido tan accesible es conocido fundamentalmente por sus trabajos sobre el «estado de flujo», esos momentos casi mágicos en los que uno siente (precisamente) que «todo fluye», en los que estás tan absorto en una tarea que pierdes la noción del tiempo, en los que sientes que tus capacidades están a pleno rendimiento… no hay frustración, no hay ansiedad, no hay aburrimiento.
Yo he experimentado esa sensación en algunos momentos. No demasiados, la verdad sea dicha. Me gustaría tener más momentos así. ¿Qué puedo hacer al respecto?
Pues el profesor Csikszentmilhalyi (sí, copio y pego) plantea en su charla un «mapa» que nos permitiría trabajar en este sentido. En este modelo, nuestra situación depende de dos variables: nuestro nivel de habilidad para una determinada tarea, y el nivel de reto que suponga dicha tarea para nosotros.

Flow

Así que el primer paso sería ubicarnos en nuestra situación actual, al estilo del «Usted está aquí» de los mapas urbanos. ¿Qué sensaciones nos provoca el trabajo que tenemos por delante? ¿Apatía, aburrimiento, preocupación, ansiedad, tranquilidad? Eso nos dará una primera pista de cuál es el problema que tenemos que resolver. ¿Será acaso que tenemos unas habilidades muy desarrolladas, que estamos aplicando a un reto prácticamente inexistente? O por el contrario, ¿estamos metidos en un marrón de gran calibre, y no tenemos ni idea de por dónde abordarlo?
A partir de ahí, hay que poner la brújula hacia el destino deseado: ese «estado de flujo» que según Csikszentmilhalyi se produce cuando nuestra habilidad está muy desarrollada, y se aplica a retos importantes. Así pues, caben dos vías de actuación (o una combinación de ambas): ¿necesitamos desarrollar nuestras habilidades? ¿o necesitamos someternos a retos un poco más exigentes?
Es cuestión de ponerse.

La cultura (organizativa) es una cosa de a diario

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¿Cuál es la cultura organizativa de una empresa? ¿Cuáles son sus valores?
Nos equivocaremos si tratamos de definirla en base a las rimbombantes frases que se cuelan en memorias anuales, webs corporativas o cartelones a la vista de todos. Nos equivocaremos también si la buscamos en las frases grandilocuentes pronunciadas ante grandes auditorios, en discursos vacíos y palabras huecas, en golpes de pecho y proclamas para la galería.
La cultura de una empresa sólo la podemos identificar en el cúmulo de pequeñas decisiones que se producen en el día a día, en los pequeños gestos, en las conversaciones de pasillo. En cómo nos dirigimos unos a otros, en qué nos decimos, en cómo nos lo decimos, en qué callamos.
La cultura, en definitiva, va de abajo a arriba. En el mejor de los casos, existirá una consistencia, una correlación entre lo que hacen unos y otros, entre lo que se hace aquí y lo que se hace allí, entre lo que se hace hoy y lo que se hace mañana. Y entonces, sólo entonces, merecerá la pena (como la guinda de un pastel) verbalizar la frase en un cartel, en un discurso, en una web o en un montón de hojas… pero en realidad será irrelevante hacerlo, porque nadie lo necesitará: ya lo viven en su día a día.

La absurda deshumanización del management

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El otro día leía un artículo, y una frase me encantó:

I found that it can easily happen to think of emotions as something that gets in the way of work. When I grew, I often heard that they obstruct reasoning and rationality, but I feel that we as humans can’t shut off our humanness when we come to work.

«Tengo la sensación de que, como seres humanos, no podemos obviar nuestra humanidad cuando trabajamos».
Y sin embargo, cuando uno mira alrededor, a las políticas, sistemas, procesos de gestión, etc… que inundan nuestras organizaciones, parece que la «humanidad» brilla por su ausencia. Este enfoque industrial de la gestión de personas trata siempre de reducirnos a todos a un número, a un cuestionario, a un número determinado de competencias, a unos resultados en un test prefabricado. Lo importante es que sea fácil de procesar, de grabar en un ERP, de extraer informes con un toque de botón. ¿Qué tiene que ver esto con la gestión real, la del día a día, la de cada uno con sus compañeros cercanos, donde todos sabemos de qué pie cojea cada uno? ¿Qué tiene que ver con la conexión emocional, con las filias y fobias, con la motivación, con el más que evidente trasvase entre las circunstancias personales y las profesionales? ¿Qué tiene que ver con nuestra humanidad en el trabajo?
El problema es que todo eso es imposible de reducir a un número, a un campo en un formulario. Es una gestión mucho más artística, compleja. Difícil de medir. Y como es difícil de medir (y ya se sabe que lo que no se mide no se gestiona… ¡cuánto daño ha hecho este «axioma»!), lo obviamos. ¡Asunto arreglado! Me recuerda el chiste aquel del ingeniero que para hallar el volúmen de una vaca, empieza con «supongamos la vaca esférica«. ¡Pero no lo es! Con esta asunción («supongamos que los humanos no son humanos») estamos perdiéndonos la parte fundamental.
Y sin embargo, ahí seguimos, profundizando en ese modelo «deshumanizado» del management
. Porque al final nos sentimos más cómodos gestionando «personas reducidas a números», que gestionando personas de verdad. Y porque la gestión artística de personas no escala, no permite agregar la información, no permite generar informes que entregar a los grandes jefes, no está abierta a la toma de decisiones centralizadas.
Por esta mezcla de cobardía, comodidad y afán de control, hemos industrializado la gestión de personas. La hemos deshumanizado… y en el consecuencia, la hemos despojado de casi todo su sentido. Y mientras tanto nos creemos, en nuestra miopía, que estamos haciendo un buen trabajo.

De consultores, directivos y proyectos

Leía hace poco este artículo en el que el autor defiende que «los consultores deberían buscarse un trabajo de verdad«. Lo cierto es que, en mi situación actual, estoy «disfrutando» de una posición privilegiada en la que conviven mi yo consultor (con ese punto de «externo», «ajeno») y mi yo personal interno (integrado en las rutinas y dinámicas de funcionamiento de la empresa). Y eso me hace reflexionar con frecuencia sobre esta dualidad, esos dos mundos que en muchas ocasiones funcionan de forma diferente y que se miran el uno a otro con recelo (y he de decir que muchas veces con razón, tanto para uno como para otro).
Hoy toca darle cera a los consultores 😀
El consultor, por naturaleza, vive en el mundo de la superficialidad. Aborda proyectos de más o menos duración, pero con fecha de caducidad. Está en una empresa por tiempo limitado, y por mucho que algunos se autodenominen «consultores de implantación», lo cierto es que en el mejor de los casos tutelan esa implantación (pero quien la ejecuta es la empresa), y normalmente se marchan antes de que esa implantación sea real (total, ya has cobrado la parte del león).
Porque las implantaciones de verdad, con el cambio que suponen, tardan. En paralelo, los consultores viven en el mundo de los estudios, de las bestpractices, de las conferencias, de la innovación, de las novedades del management. De lo que los anglosajones llaman «state of the art». Es extremadamente fácil cambiar el discurso, lo que uno vende… cuando simplemente te mueves en el mundo de las ideas, de los conceptos, de las metodologías.
Mientras tanto, las empresas llevan otro ritmo. Para empezar, como decía antes, las implantaciones reales llevan tiempo. Mucho tiempo. Hasta la implantación más sencilla (no digamos las más complejas) implica cambios en las formas de actuar, y todo eso tarda en cuajar. Pero es que además, por una mera cuestión de rentabilidad, los cambios tiene sentido «hacerlos durar», consolidarlos, sacarles provecho real. Si me ha costado tiempo y dinero implantar un determinado proceso, o sistema, o política, o lo que sea, y funciona… tendrá que funcionar durante x años antes de volverte a plantear cambiarlo. ¿Que eso significa que no estás «a la última»? Amigo, es que esa es una de las cuestiones relevantes… las empresas en general no necesitan estar a la última. Dicho de otro modo, «estar a la última» en todo implica tal coste (de tiempo, dinero y esfuerzo) que en muy pocas ocasiones están justificados.
Y aquí es donde chocan los dos mundos. El mundo feliz de los consultores, llenos de ideas y encima enfatizados por la necesidad de vender (¡a por el próximo cliente!) y de diferenciarse (¿cómo vendo algo que parezca nuevo aunque no lo sea?). Y el mundo real de las empresas, donde lo que necesitan es fiabilidad, cosas que acaben funcionando de forma solvente y sólida durante un periodo largo aunque no sea «lo mejor» ni «lo más novedoso».
Y entre medias, ay, los directivos. ¿Qué hacer? ¿Aplicar el sentido común, centrarse en «pocos proyectos pero bien hechos», o incluso en el mero «gestionar la normalidad» (sin proyectos de por medio)? ¿O por el contrario dejarse seducir (o directamente ser quien los trae) por consultores para implantar más y mejores proyectos, más nuevos, más brillantes, más innovadores, más…?
Y aquí otro poco de cera para los directivos.
Porque lo cierto es que hay demasiados incentivos para que un directivo se ponga en manos de muchos y variados consultores (y no hablo ya de incentivos directos, «si me contratas te llevas una parte» o similar). ¿Qué directivo se resiste a «dejar su huella» en la organización, en implantar un proyecto que lleve su nombre y tenga impacto para la posteridad? (porque el directivo no es tan volátil como el consultor… pero a veces también viene y va). O bien, ¿qué directivo se resiste a tener a su disposición un gran presupuesto, un gran equipo a su cargo, otros símbolos de status… y qué mejor excusa para ello que «implantar proyectos»? ¿Qué directivo se resigna a la sorda (¿y aburrida?) labor de ejecución, coordinación, control… de proyectos que hicieron otros? De hecho, ¿y si el gran jefe piensa que para eso simplemente no hace falta un directivo, su sueldo, su gran despacho, su presupuesto…?
Y así, en un montón de empresas se suceden (o peor aún, se solapan) los proyectos. No se ha terminado de implantar uno (pero de verdad) y ya nos estamos planteando otro que lo enmienda, lo mejora, lo lleva a otra dimensión. O cada directivo de cada área haciendo su guerra por su cuenta, a lomos cada uno de sus consultores, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, impulsando cambios a veces en direcciones divergentes cuando no opuestas. Vendemotos y compramotos en feliz connivencia. Y embarcamos a las organizaciones un un carrusel de proyectos sin terminar, en un batiburrillo entre lo de ayer, lo de hoy, y lo de mañana, lo de uno y lo del otro, sin extraer de cada uno todo el jugo posible. Y por el medio, una sangría de dinero, de esfuerzo, de dispersión de energías y de motivación.
¿Quién le pone el cascabel al gato?

Una tarea al día. Nada más

Un post reciente de Tim Ferriss me ha recordado una idea que me quedó colgada hace tiempo (de hecho, he tenido que repasar las entradas del blog porque he llegado a pensar que ya la había escrito). Estaba con mis lecturas sobre productividad (y ahora, pasado el tiempo, no sé bien cuál era el origen), y se hablaba de las «tareas clave». Se suele denominar «tarea clave» a aquella que supone un avance significativo hacia nuestros objetivos, que suponen una diferencia real, en contraposición al resto de tareas con las que llenamos nuestros días y que, entre imposiciones de terceros y nuestra propia falta de rumbo y/o decisión, acaban siendo infinita mayoría.
Si uno lo piensa bien, es absurdo. La realidad es que en una gran mayoría empleamos nuestro tiempo en cosas que no tienen ninguna relevancia, que no nos llevan a ningún sitio. Luego nos quejamos de que no avanzamos, de que no «logramos nuestros objetivos». ¿De quién es la culpa? Sí, vale, «la vida», «la sociedad», y todas sus «obligaciones» (¿lo son, o dejamos que lo sean?) pueden robarnos mucho tiempo. ¿Pero de verdad no somos capaces de dedicar una puta hora de nuestro día a hacer algo siginificativo, una de esas tareas clave que nos hagan de verdad avanzar?
Piénsalo. Piensa en una hora al día. Incluso menos. El tiempo necesario para hacer una tarea clave. No dos, ni tres. Una, nada más. Eso suman 365 tareas clave a lo largo del año. De verdad, trata de imaginarlo. ¿Cómo puede llegar a cambiar tu vida simplemente haciendo una tarea relevante al día? ¿En cuántos ámbitos, y con cuánta profundidad? ¿Dónde te ponen esas 365 cosas que haces en un año? ¿Y en diez?
Pero no es fácil, claro. Para empezar, hay que saber lo que uno quiere. Luego, identificar qué acciones nos van a llevar hasta allí. Y finalmente, hacerlas… que suele ser lo más difícil, lo que nos da más miedo, lo que nos acaba echando para atrás. De ahí que prefiramos «dejarnos aplastar» por el día a día, escondernos en acciones intrascendentes para evitar el vértigo mientras nos lamentamos amargamente de que «no tenemos tiempo», de lo difícil que es nuestra vida y bla, bla, bla. Luego se pasan los años, y nos quejaremos de que no pudimos hacer tantas cosas… pero lo cierto es que no quisimos hacerlas, no nos atrevimos a hacerlas. El compromiso con una determinada decisión se demuestra, precisamente, a través de la acción: si no hubo acción, es que no hubo compromiso real.
Como rescataba de El Ala Oeste hace un tiempo, tenemos por delante 365 días. ¿Tenemos claro qué única tarea significativa vamos a hacer cada uno de ellos? Si la respuesta es NO… ¿a qué esperamos?

Cuánto de técnico debe tener un directivo

No deja de ser un tema tan antiguo como el ser humano. Hace ocho años ya me refería al principio de incompetencia de Peter, pero reciéntemente ha vuelto a surgir el debate en el entorno cercano, lo que me ha llevado a darle una nueva vuelta al tema.
La cuestión: ¿es un directivo, en esencia, «intercambiable»? ¿Puede hacerse cargo hoy de un área de finanzas, mañana de un área de recursos humanos, pasado de un área de operaciones y al siguiente ser un director general? ¿Hasta qué punto puede ser ajeno un directivo a la especialización técnica del área que gestiona?
Obviamente, parto de la base de que todo es un contínuo. Que cuanto más pequeños son los equipos, y por lo tanto menos personas hay en ellos, más probable es que el directivo de turno tenga que «arremangarse» y tratar temas con elevado contenido técnico. A medida que los equipos son más grandes, es más probable que el tiempo del directivo se dedique casi al 100% a «tareas de gestión».
Porque aquí está mi punto. La labor de un directivo tiene mucho de transversal. Hay que establecer estrategias, gestionar proyectos, gestionar equipos, presupuestos, comunicación, definir planes, indicadores, coordinar con otras áreas. Eso, en esencia, va a ser lo mismo sea cual sea el área que estés gestionando. La gestión es un «área técnica» en sí misma, una serie de conocimientos, habilidades, herramientas… que tienen que ver más con «la labor de dirigir» que con el contenido específico de «lo que estoy dirigiendo».
Este «salto» es el que hace que en muchas ocasiones salga a la luz el principio de incompetencia de Peter. Excelentes técnicos que son promocionados a labores de gestión sin haber desarrollado ese conjunto de competencias. Allí, su conocimiento técnico pierde relevancia, lo que necesita es otro tipo de habilidades. Lo bueno es que, si se consiguen desarrollar, te permiten «romper» la barrera de tu área de especialización y saltar a otras diferentes.
¿Significa eso que a un directivo se le puede poner a la cabeza de cualquier área? En el extremo, me posicionaría en que sí. Obviamente, cualquiera con dos dedos de frente se da cuenta de que se gestiona mejor sabiendo «algo» del tema que gestionas que si no tienes ni puta idea, y el directivo será el primero en aplicarse el cuento. Pero ese «algo» no tiene que ser un conocimiento profundo, especializado, como el que tiene un experto técnico (que será normal, incluso deseable, que «sepa más» que su jefe). Es más una visión global, amplia, conectada además con otros campos. El nivel necesario para no decir tonterías, para enterarse de lo que le cuenta su equipo, para tomar decisiones de alto nivel. Porque esto es importante: las decisiones de pequeño nivel, el micromanagement, lo tiene que llevar su equipo; mientras tanto, el directivo aplica su propio cuerpo de conocimientos de gestión para la coordinación.

Gestionar la incertidumbre. O no, que total qué más da.

Antes que nada, el contexto. Participábamos el amigo Ángel y yo en un artículo para Xataka sobre «fotos de tus hijos en internet». Yo defendiendo la idea de «no pasa nada», y Ángel jugando el papel de defensor de las leyes y «temeroso de las consecuencias». El caso es que la discusión siguió, en el blog de Antonio Ortiz, y también en twitter. Llegamos al punto de que Ángel defendía que «como no sé qué va a pasar con esas fotos, prefiero no ponerlas», y yo la de «hasta que no se demuestre lo contrario, no pasa nada». Y en estas estábamos cuando Ángel escribió «Quiero, necesito y preciso un post tuyo de cómo manejas la incertidumbre. Como lector tuyo que soy lo reclamo y exijo… pofavó :)»
La incertidumbre. Falta de certidumbre. Falta de certeza. Falta de conocimiento seguro y claro de algo. En este caso, el futuro. ¿Qué pasará en el futuro? ¿Qué consecuencias tendrá?
Inicialmente, la lógica nos dice que si existe incertidumbre al respecto de algo, debemos incrementar nuestro conocimiento sobre la materia. Es probable que no podamos hacerlo al 100%, pero cualquier avance en ese sentido nos permitirá acotar mejor qué probabilidades hay de que se sucedan distintos escenarios, y qué consecuencias pueden vincularse a los mismos. A mayor luz, menos oscuridad.
Pero, recuperando las conclusiones que extraje del libro «Stumbling on happiness», tenemos que saber que esa extrapolación que hacemos del futuro está necesariamente contaminada, y por lo tanto debemos darle un valor relativo. No es solo que nuestra capacidad para predecir el futuro (y por lo tanto para definir escenarios y probabilidades) esté profundamente sesgada por nuestra visión del presente (el futuro rara vez se parece a lo que habíamos imaginado), sino que nuestra capacidad para conocer a priori nuestra reacción ante ese futuro también es bastante limitada. Por lo tanto, por mucho que nos esforcemos en acotar el futuro, tenemos que asumir que en gran medida es un esfuerzo vano.
Así pues, «gestionar la incertidumbre» es algo que no debería quitarnos el sueño. Lo que haya de suceder, sucederá. Mientras tanto, creo que es importante hacer las cosas según aquel viejo lema del «leal saber y entender», hacerlas como nos parezca más adecuado en cada momento, sin mortificarnos (ni paralizarnos) con las consecuencias que tendrá en el futuro. Con sensatez, sin extremismos. Y al mismo tiempo, procurarnos un adecuado grado de flexibilidad, de forma que seamos capaces de reaccionar de forma solvente ante el mayor número de eventualidades posibles.
Y finalmente, con un punto de «mentalidad zen», aprender a aceptar la vida como venga. Que las cosas son como son, y no como nos gustaría que fueran, ni mucho menos como las habíamos planificado.

Proyectos con alma

Al hilo de un tuit de Iker Merchán conozco el proyecto de Casa Tía Julia: una joven decide comprar y rehabilitar una casa en un pueblo perdido de Soria. La casa es la de su tía abuela Julia, está en el pueblo donde ella pasó sus veranos de infancia, y el objetivo es transformarla en un «refugio de ideas», un lugar en el que encontrar «TIEMPO en un entorno lejos del ruido y las prisas para poder crear, innovar, compartir y generar ideas», y construir en definitiva «un motor que reactive una comarca especialmente deprimida de Soria (la provincia más deshabitada de todo España) y de crear un espacio que promueva la creatividad y los nuevos enfoques en cualquier ámbito de trabajo y entorno.»
Me he pasado un rato leyendo acerca del proyecto, su historia, su creadora, cómo va, cuáles son los planes, cómo se están financiando…
Mi parte racional ha hecho un diagnóstico rápido: «una chaladura que no va a ningún sitio». Quiero decir, ¿una casa perdida en no sé sabe dónde? ¿Una inversión de decenas de miles de euros? Ya me dirás tú cómo y cuándo se van a recuperar, vale, a lo mejor algún loco le ve la gracia, pero esto es el mundo real, y los proyectos para sostenerse necesitan masa crítica. Tiempo, esfuerzo, dinero, energía… para nada. Que pase el siguiente.
Pero mi parte irracional, romántica, utópica (que también la tengo; lo que pasa es que normalmente está bastante escondida) le ha visto el alma al proyecto. Se ha emocionado con la aventura quijotesca de «la de la Nuri», ha visto sus ojos brillantes de ilusión, se la ha imaginado hablando apasionadamente de la casa de la tía Julia, de la cantidad de ideas que tiene para el futuro, de su visión del éxito.
Y sabéis qué… que he comprado una Teja Juliana para apoyar el proyecto. Quién sabe. Es probable que, dentro de un par de años, mi parte racional acabe diciendo «¿Ves? Ya te lo dije, era un imposible». Pero mientras tanto, habrá habido alguien que ha puesto su empeño en hacer realidad una utopía, alguien que habrá disfrutado de cada paso del camino. El mundo necesita gente así, proyectos así. Todos lo necesitamos para hacernos creer que otro mundo es posible.

«Normalmente se sueña una cosa y se hace otra. No te dejes engañar: intentar realizar los sueños es lo único que al final de la vida te reconcilia contigo mismo.»

Gestionar el presente, soñar el futuro, liderar el cambio

El bueno, el feo y el malo - CaricaturaVale, un título ligeramente grandilocuente, me doy cuenta. En realidad, estaba intentando homenajear a «El bueno, el feo y el malo», identificando tres roles fundamentales en cualquier empresa. Los tres son necesarios, pero los tres son diferentes.
En primer lugar, alguien tiene que gestionar el presente. Es quien está metido en el día a día, quien se encarga de poner soluciones a los problemas cotidianos, de ser más eficiente, de hacer que las cosas fluyan. Es quien lidia con personas, con máquinas, con recursos financieros, con clientes, con procesos…Y, sobre todo, quien es responsable de los beneficios y la rentabilidad hoy, el que da de comer a todos los demás.
Por otro lado, es necesario que alguien esté pensando en el futuro. En diez, en cinco, en dos años hacia adelante. En cómo quiere que sea la empresa, en cómo se imagina la realidad. Aquí hay pocas cosas tangibles, pero por el contrario hay muchas ideas, tendencias que tener en cuenta, creatividad, asunción de riesgos. Mucho mirar al exterior, mucho otear el horizonte. Y este rol es tan importante como el anterior, porque de él depende la rentabilidad de mañana.
La cuestión es que estos dos primeros roles, siendo fundamentales, son esencialmente incompatibles. El que piensa en el hoy, es muy difícil que piense en el mañana. Primero porque «el hoy» requiere 100% de atención si se quiere hacer bien, no se puede/debe distraer uno con ensoñaciones. Y segundo, porque «el hoy» condiciona irremediablemente nuestra visión del futuro (como ilustran esta serie de curiosas postales). Es muy difícil que alguien que está metido en el día a día sea capaz de elevarse, de liberarse de las restricciones y los sesgos, para imaginar un futuro con libertad.
Del mismo modo, el encargado de soñar con el futuro no puede estar metido en las miserias cotidianas de la ejecución. Tiene que tener la mente abierta, relacionarse con un montón de personas y entidades diferentes y alejadas de la empresa, del sector, del país. Tiene que leer, conversar, reflexionar, madurar ideas. Cambiar el chip entre la ensoñación y la operación es sumamente complicado.
Finalmente, entra en juego el tercer rol, el líder del cambio, el encargado de conseguir que la empresa «de hoy» gestionada por el primero se convierta en la empresa «del mañana» soñada por el segundo. Probablemente es el rol más difícil de todos, porque tiene que navegar entre dos aguas. Tiene que tener 100% interiorizada la visión de futuro, y también tiene que tener un conocimiento profundo de la realidad presente. Tiene que tener altura de miras, y también conocer los detalles del barro. Tiene que tener habilidades de visualización (para tener claro dónde se quiere llegar), de ejecución (para definir los planes de cambio y su ejecución) y también (imprescindible) de comunicación. Porque en un proceso de cambio no solo existen «transiciones organizativas» (proyectos con sus planes, fases, recursos, control de ejecución…), sino fundamentalmente «transiciones personales» (conseguir que las personas «se suban» convencidas al tren del cambio).
Y para colmo, esto es algo completamente dinámico. No es que estemos en la situación A, imaginemos un futuro B, y hagamos una transición A-B para llegar a un nuevo valle donde podemos mantenernos durante un tiempo. Es que mientras se está produciendo la transición, hay que seguir gestionando el presente. Es que mientras estamos construyendo el futuro B hay que estar imaginando ya el futuro C.
Tres roles, tres. Si cualquiera de ellos falla, si no hay alguien prestándole atención, hay un problema.

Otro tipo de perfeccionismo

«¿Perfeccionista yo?». Mi cara denotaba incredulidad. A ver, creo que (y que levante la mano el que no lo ha hecho nunca) puede que alguna vez, en mis primeras entrevistas de trabajo, respondiese que «soy demasiado perfeccionista» cuando me preguntaban por mis defectos (Dios, aun hoy se me cae la cara de vergüenza… en fin, pecadillos de juventud). Pero vamos, hace mucho tiempo que llegué a la conclusión de que yo, «perfeccionista», no soy. De hecho, soy un gran fan de Pareto y su 80/20; si con el 20% del esfuerzo consigo el 80% del resultado, ni se me pasa por la cabeza hacer el 80% adicional de esfuerzo que me requeriría la perfección. 80% de resultado, a otra cosa mariposa.
Y sin embargo, el otro día durante una conversación me hicieron pensar. Porque siendo verdad lo anterior, llevo bastante mal que las cosas no sean «como yo creo que deben ser», o «como yo sé que podrían ser». No me acostumbro a que «las cosas son como son, y no como nos gustaría que fueran». La diferencia entre la expectativa y la (percepción de) la realidad muchas veces me frustra. Otros, más tolerantes con la realidad, tienen más facilidad para fijarse en lo positivo de las cosas (en cuánto se ha avanzado con un proyecto, en cuánto han cambiado las cosas, en lo que hay de bueno en una situación aun siendo imperfecta). El eterno debate entre el vaso medio vacío o medio lleno.
Como digo, me hizo pensar. Igual hay que aprender a convivir un poco mejor con la realidad y su imperfección. Especialmente cuando, como decía al principio, partimos del hecho de que uno se sabe imperfecto…