Para un momento; ¿qué haces?

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No, en serio, hazlo. Deja de leer por un instante. Respira profundamente. Piensa: ¿qué estás haciendo? ¿cómo lo estás haciendo? ¿para qué lo estás haciendo?. Puede parecer una chorrada, pero este simple ejercicio nos puede hacer mucho más conscientes del momento presente de lo que habitualmente somos.
El «mindfulness» o «atención plena» es una disciplina que consiste precisamente en eso: en concentrar nuestra atención en el momento presente, en observarlo y abstraernos de otras consideraciones. Algo que parece fácil y natural, pero que no lo es tanto. Nuestro día a día nos suele llevar por otros caminos. A veces es el estrés. A veces es la rutina. A veces es nuestra mente, que está en constante funcionamiento, proyectando cosas en el futuro («pre-ocupación») o rumiando cosas del pasado.
Últimamente ando interesado en todo esto, en contrarrestar esa deriva en la que solemos estar inmersos, en trabajar para hacerme más «presente». Tengo la sensación de que mis avances en este sentido me aportan más autoconciencia, más «darme cuenta» de las cosas. Son más los momentos del día en los que me hago las preguntas con las que iniciaba el post. Y a partir de la autoobservación, siento que tengo más capacidad para tomar decisiones, más control, más dominio sobre mí mismo.
En este camino, he dado por casualidad con una ayuda curiosa. Se trata de una aplicación para el móvil, Mindfulness Bell, que recomendaban en el curso de atención plena que está desarrollando estas semanas Homominimus. Se trata de una campana que suena varias veces (a intervalos no regulares) a lo largo del día. Cuando suena, es un recordatorio que te invita a parar, respirar, observar, y preguntarte: ¿qué haces?.

Comunicar, comunicar, y cuando creas que hayas comunicado… comunicar

Contaba hace unas semanas que había llevado a cabo un proceso de «recopilación de feedback» de la gente con la que trabajo. Analizando las respuestas, especialmente en el ámbito de «qué puedo hacer mejor», ha aparecido un patrón común: la comunicación. Comunicación tanto «entrante» (me piden que esté más abierto a las peculiaridades de las distintas áreas, que me relacione más con ellas, que analice más con ellas el impacto que pueden generar las cosas que hago), como «saliente» (tanto dentro del equipo, como hacia fuera: estatus de los proyectos, próximos pasos…)
Me ha llamado la atención porque, la verdad, yo no tenía en el radar este déficit de comunicación. Mi percepción (obviamente sesgada) es que te pasas el día hablando con gente, dando vueltas a los mismos temas… como que ya está todo «suficientemente comunicado». Pero es evidente que no.
Algo me hace pensar que este es un problema común. Que tendemos a ver el mundo con nuestras gafas (los temas con los que estamos trabajando todos los días, de los que hablamos en cada reunión, los que rumiamos cuando vamos en el coche…) y, aunque sepamos racionalmente que los demás no están igual de metidos en el tema, nos creemos que con «dos pinceladas» aquí y allá ya están puestos al día. Y no es así.
Comunicar debe convertirse, entonces, en una especie de obsesión. Comunicar, comunicar, y recomunicar. Hasta el punto en que tengas la sensación de estar siendo pesado. Aunque te aburras a ti mismo. Porque es muy probable que, aunque a ti no te lo parezca, para los demás siga siendo insuficiente.

Conocer herramientas no es lo mismo que usarlas

Como sabréis los habituales, soy aficionado a la fotografía. Me atrevería a decir que, como todos, hay una etapa (que normalmente es bastante larga, si no permanente) en la que nos puede el ansia: nos suscribimos a mil y un blogs de fotografía, compramos libros, descargamos libros, compramos revistas, leemos artículos, comparativas. Qué cámara es mejor, qué objetivo es mejor, qué flash es mejor. Tutorial para no se qué efecto en photoshop, diez consejos para hacer mejores fotos en invierno, cinco ideas para tus fotos familiares. Vemos videos de un fotógrafo famoso, fantaseamos con cómo sería nuestra vida con un equipo diferente, mejor, más grande. Posiblemente muchas de estas cosas las apuntamos para leer después, «tengo que poner esto en práctica», las retuiteamos. A veces incluso dedicamos un rato a probar a hacer alguna de ellas, «a ver cómo queda», sólo para instantes después pasar al siguiente elemento que nos llame la atención.
En definitiva, nos lanzamos con avidez a todo lo que tenga que ver con la fotografía. Pero lo hacemos de forma superficial. ¿Cuántas de todas esas ideas ponemos realmente en práctica? ¿A cuántas dedicamos realmente el tiempo y el cariño suficiente como para dominarlas? ¿Cuánto tiempo dedicamos realmente a hacer, a ejecutar, frente al que dedicamos a «informarnos»? ¿Sacamos el jugo a nuestro equipo, o nos pasamos la vida pensando en lo que podríamos hacer el equipo que no tenemos?
He empezado con la fotografía, pero obviamente quiero extrapolar la idea. Pensemos por ejemplo en técnicas de gestión… ¿cuántas horas dedicamos a leer libros, artículos, revistas, blogs… sobre cómo delegar, sobre cómo gestionar proyectos, sobre emprendedores, sobre productividad, sobre trabajo en equipo, sobre reuniones eficaces, sobre liderazgo, sobre desarrollo personal…? Muchas ideas que nos gustan, que marcamos como favoritas, que retuiteamos… y nada más. Tenemos la sensación de que «hacemos mucho», pero al final ¿cuántas de esas herramientas ponemos realmente en práctica, con la consistencia suficiente como para que tenga un impacto real?
Al final, nos evadimos al mundo del presunto «conocimiento» (porque es más cómodo, más falsamente gratificante, más estimulante para nuestro cerebro siempre ávido de novedades) y dejamos de lado la realidad de la ejecución, que tiende a ser más exigente, más aburrida, más arriesgada. Llegar a aplicar bien una herramienta, o una técnica, exige tiempo, dedicación, perseverancia, foco, enfrentarse a los inconvenientes de la realidad. En la fantasía se vive mejor.
Por supuesto, no desprecio el valor del conocimiento, de tener siempre un ojo abierto en búsqueda de las novedades. Pero creo que, del total de nuestra dedicación, deberíamos poner mucho más énfasis en la aplicación real, consistente y persistente, de un número limitado de herramientas frente al conocimiento superficial de un número ilimitado de ellas.

Por qué el SEO (a mí) me da igual

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Este gráfico refleja las páginas vistas (mensuales) que este blog ha tenido «desde que existen series históricas», que dicen los de la estadística. En concreto, se muestra el periodo de enero 2007 a hoy, enero de 2014. Se puede observar claramente un periodo de esplendor (de mediados de 2008 a mediados de 2010), donde me movía cómodamente en cifras por encima de las 30.000 páginas vistas mensuales. Y la (presunta, como veremos más tarde) decadencia actual, donde «sufro» para quedar por encima de las 5.000. Una caída de cerca del 85%. ¡Horror!
Si nos ceñimos a las métricas, eso es exactamente lo que ha pasado. Ahora bien, ¿es relevante? ¿me preocupa?. Ni una pizca.
Entendedme bien, me gusta como al que más «salir bien en los números». Pero ya pasé hace mucho aquella fiebre por las estadísticas, por ver mes a mes (¡o día a día!) cómo evolucionaban los números, por el posicionamiento, por la quimera de «hacer dinero con el blog» (¡si hasta llegué a querer tenerlo patrocinado! Por cierto, nunca sucedió… )
Como ya comenté en alguna ocasión, ya llegué a la conclusión de que mi enfoque para este blog es difícilmente compatible con el SEO. No es un blog temático. No «vendo» nada. No hay una serie de «palabras clave» por las que quiera destacar, ni hay un objetivo final de «conversión». Sí, claro que me gusta «que haya alguien al otro lado», tener una base de lectores/personas afines que sintonicen con lo que cuento y con lo que soy, y si es más grande mejor que más pequeña (recordemos que hablamos de un tío bastante egocéntrico). Pero si ése es el objetivo (y no ni siquiera me atrevería a calificarlo como tal; es más bien una «consecuencia agradable»), entonces las «páginas vistas» son una métrica bastante irrelevante.
Este es el desglose de las 10 páginas más vistas a lo largo de este periodo:

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Estas 10 primeras entradas, incluyendo la portada, acumulan el 40% de todas las páginas vistas. Es decir, el 0,6% del contenido (hay más de 1500 entradas escritas) acumulan más del 40% del tráfico. Y ya veis los títulos de los artículos… de lo más variopinto. ¿Por qué? Porque en algún momento, Google sobre todo (aunque también hay por ahí algún «efecto meneame») decidió que uno de mis posts era «simpático» para una de sus búsquedas. Por ejemplo, durante años si tecleabas «debilidades» en Google aparecía mi post como primer resultado. Consecuencia: un montón de visitas.
La cuestión es… ¿cuántas de esas visitas atraídas por Google (o por menéame, igual da) eran relevantes? ¿Cuántas llegaron a interesarse por «quién ha escrito esto», no digamos ya a decidir «este tío me cae bien, voy a seguir leyendo su blog»? Joder, ¿cuántas llegaron siquiera a leerse el post entero? Sí, es verdad, su visita sirvió para inflar las estadísticas… pero generando unos números irrelevantes, totalmente intrascendentes. Supongo que para quien vende publicidad, «cualquier agujero es trinchera» y cualquier visita es buena (al final, se trata de vender a los anunciantes visitas «al peso», o de conseguir que un porcentaje siempre ínfimo de incautos pinche en un banner… cuanto mayor sea la base, mayor es el número final). Pero yo no estoy en esa película. Sí, tengo puesto algún anuncio de Adsense que me da una cantidad irrisoria: si consiguiese duplicarla o triplicarla o multiplicarla por diez seguiría siéndolo…
A mí lo que me importa es que hay un número pequeño de «fieles» que gracias a mi blog me han conocido, con los que he podido interactuar tanto dentro como fuera de internet. Gente interesante, gente maja, gente que me ha abierto muchos horizontes. ¿Cuántas de las visitas que reflejan las estadísticas son suyas? Muy pocas. Sin embargo, para mí, son de largo las más importantes. De hecho, las únicas relevantes.

Feliz año nuevo… tú mismo

Días de buenos deseos, «¡Feliz año nuevo! ¡Feliz 2014!» por aquí y por allí. Nos deseamos «feliz año nuevo» como quien se desea buena suerte, como si esa «felicidad» estuviese en manos del destino, de algún ser superior, que según cómo le de el viento decida dárnosla o no.
La cuestión es que no es todo azar. A ver… ¿qué vas a hacer TÚ para tener un feliz año? ¿qué vas a hacer TÚ para proporcionarles un feliz año a los que te rodean? Sí, claro, por supuesto que hay imponderables que pueden afectarnos en positivo o en negativo, así es la vida. Pero hay muchísimas cosas que están dentro de nuestro ámbito de responsabilidad. De hecho, incluso la forma en que decidamos (sí, decidamos) encarar los embates de la vida pueden ser una fuente de felicidad (o de infelicidad).
«Feliz año» no es un deseo. Es un objetivo. Una tarea a realizar. Y un trabajo que merece la pena, ¿no?. Pues hale, a trabajar.

El éxito relativo según Stephen King

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Stephen King, un señor que ha escrito decenas de novelas, de las que ha vendido cientos de millones de copias, y que debe tener dinero para aburrir. Un hombre de éxito, diríamos. Y sin embargo, en esta entrevista, se encarga de desmitificarse.

«Yo vivo en Maine, en un pueblo pequeño donde soy uno más. […] Allí llevan viéndome toda la vida y les da igual; soy el vecino.»
«Me hace feliz saber que mi trabajo conecta con la gente. Crecí para contar historias y entretener. En ese sentido creo que he sido un éxito. Pero el día a día es mi mujer diciendo: “Steve, baja la basura y pon el lavaplatos”.»

Y uno se imagina a Stephen King bajando la basura. O llenando el friegaplatos. O bajando al súper. Y también se lo imagina yendo al médico, o discutiendo con sus hijos, o atrapado en un atasco, o en cualquier otra situación cotidiana.
Tendemos a apreciar el éxito de los demás porque, normalmente, nos fijamos únicamente en una parte de su vida en la que destaca. Probablemente, si nos fijásemos en el conjunto completo de la vida de esa persona (y no sólo en los «momentos destacados» que él o algún intermediario quiere que veamos, o que nosotros nos empeñamos en descontextualizar), el resultado sería bastante desmitificador.
En paralelo, tendemos a infravalorar nuestros propios éxitos. Al fin y al cabo nosotros sí somos capaces de darle el contexto (aquello que decía Woody Allen de que «me ha llevado 10 años tener éxito de la noche a la mañana»), sabemos de todas las luces y las sombras, conocemos la cara B.
Al final, todos estamos más o menos en las mismas. Algunas cosas nos salen bien, otras nos salen mal. Como decía Bielsa, el éxito absoluto es una excepción.

Recopilando feedback: una experiencia práctica

Hace unas semanas, en un contexto que era una mezcla de «fin de año» y «fin de etapa», me decidí a pedir feedback a la gente que trabaja conmigo. Como recordaréis los más habituales, estoy en un proyecto-etapa profesional que ya va para tres años. A estas alturas, aunque administrativamente sigo siendo «un externo», me siento como uno más… pero entre que esa diferencia administrativa me deja fuera de algunos procesos de gestión (como sería el de evaluación-desarrollo), y que precisamente esto de la evaluación no lo tenemos demasiado institucionalizado… me decidí a «tomar la iniciativa» (una de las ventajas de seguir siendo «el externo», que me siento con más libertad para «tirar por la calle de enmedio»).
Pedir feedback siempre da un poco de vértigo. Mientras nadie dice nada, y nos limitamos todos al día a día, te puedes fabricar tu propio personaje ideal (en el que básicamente eres estupendo y si tienes algún fallo es pequeñito y poco importante). En el momento en el que preguntas, te estás exponiendo a que te descubran cosas que igual te incomodan. Pero estoy convencido de que el feedback es el camino para mejorar, así que valor y al toro.
Estuve dando vueltas al enfoque. Tenía más o menos claro a quién preguntar: enfoque 360º, me interesa la opinión de mis «jefes», pero también las de mi equipo, la de la gente con la que interactúo tanto de mi área como de otras áreas… cuantos más mejor. Se trata de saber sobre todo cosas que se pueden mejorar, y cuatro ojos ven mucho mejor (y desde muchos más puntos de vista) que dos. Procuré, eso sí, ceñirme a gente con la que tengo un cierto nivel de confianza (el suficiente como para que no les resultase extraño recibir la petición). Algo más de 30 personas.
Sobre el cómo preguntar, también tenía clara la necesidad del anonimato. Decir las cosas «a la cara» puede ser muy sano, pero no todo el mundo está preparado para hacerlo, no con todo el mundo hay la suficiente confianza, y puedes sesgar el feedback (te dicen lo «amable» y se guardan lo «duro»). Así que monté un cuestionario con Google Docs, y envié el enlace.
¿Y qué preguntar? Busqué algunos modelos de cuestionarios de evaluación. El problema, para mí, es que todos van a preguntas demasiado cerradas («valore del 1 al 5 la comunicación, el liderazgo, etc…»), que para mucha gente puede ser ajena («¿liderazgo? ¿a qué se refiere?»), y que en general queda un poco frío. Al final, estos informes tabulados vienen muy bien para grandes compañías, que necesitan agregar resultados, comparar un año con otro, un área con otra… y en fin, «industrializar» el proceso… y lo que yo necesitaba era más humano.
Así que hice me ceñí a aquello de «keep it simple», y planteé tres preguntas: ¿Qué rasgos positivos destacarías de mí? ¿Qué cosas crees que debería cambiar? ¿Algo más?
Hubo quien me dijo que «buf, no voy a ponerme a escribir, ¿no hubiera sido mejor tipo test?», pero en general la respuesta ha sido muy satisfactoria. Un 50% de los encuestados ha rellenado el formulario (incluyendo un par de personas que prefirieron una reunión cara a cara), con mucha información y mucha chicha (tanto de lo que gusta como de lo que no).
Me queda el «resquemor» de pensar en los que han preferido no aportar nada. ¿Por qué habrá sido? Obviamente han hecho uso de la libertad que les di, que de eso se trataba. Pero me hubiera gustado más. Más ojos, más opiniones. Pero insisto, creo que el 50% no está nada mal.
Y nada, ahora a procesar los inputs, reealmente enriquecedores. Y a trabajar sobre ellos.

Mosaico referencial

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He estado viendo esta conferencia del ilustrador conocido como Puño. Muy interesante, porque habla de la ilustración, del dibujo… pero también de la creatividad, y de formas de trabajar que son perfectamente extrapolables a otros tipos de trabajo. Y además, me ha caído bien :).
El caso es que menciona, en un momento de la charla, un concepto que me ha encantado: «Mosaico referencial«. Se refiere a todo el conjunto de cosas que a lo largo de nuestra vida vamos incorporando a nuestra mochila, y que conforman lo que somos, lo que hacemos, cómo lo hacemos. Me ha recordado a otro concepto, el del «botijo» que maneja Fidel Delgado en esta otra conferencia (también recomendable, en otro ámbito diferente): todos somos como botijos, lo que sale de nosotros es básicamente lo mismo que hayamos metido previamente, convenientemente remezclado por nosotros.

Formando tu mosaico referencial

Este proceso de formación del «mosaico referencial» puede ser más consciente o más incosciente, pero nos ocure a todos. Es decir, todos tenemos ese mosaico, tanto si nos damos cuenta como si no. A veces somos capaces de identificar «esta idea surge de aquí, de esto que vi o de esto que leí o de aquello que me pasó o de aquella conversación», otras veces no: bien porque el proceso de incorporación no haya sido consciente, o bien porque el paso del tiempo y las sucesivas mezclas y remezclas que hacemos en nuestro interior hayan diluído el origen hasta hacerlo irreconocible.
Creo (y probablemente esa sea una habilidad a desarrollar) que si aplicásemos un poco más de conciencia al proceso de incorporación de referencias al mosaico, nuestro crecimiento sería mucho más rápido. En su conferencia, Puño se refiere a la capacidad de copiar de otros artistas (y no necesariamente «artistas» del mismo gremio, sino en general a inspirarse en cualquier otro ámbito de la vida), y a la importancia de hacerlo de forma consciente, esctructurada: «me fijo en este artista, de él me gusta tal cosa, voy a hacer el esfuerzo de practicar, copiar e incorporarlo a mi batería de recursos». Recuerdo que David Hobby, en alguno de sus cursos de fotografía, hablaba del «bag of tricks» (la «bolsa de los trucos») al referirse a las distintas habilidades, formas de hacer… que uno iba aprendiendo (y por lo tanto haciendo disponibles para su uso). Del mismo modo, un análisis de nuestro «mosaico referencial» en su estado actual nos puede dar pistas de «hacia dónde dirigirnos», qué cosas podemos explorar conscientemente para hacerlo crecer.

Lo curioso es que las piezas de ese «mosaico referencial» (que puede ser entendido como «conjunto de ideas externas»), al incorporarlas, empiezan a interactuar entre sí, a evolucionar, a transformarse. Se mezclan con nuestra personalidad, con nuestra experiencia. El resultado es un estilo propio, personal e intransferible.. Y a la vez en constante evolución.

Los manipulables manipuladores

Ninguno decimos, en voz alta, que «nos gusta que nos manipulen». Valoramos nuestra independencia, nuestro pensamiento crítico. Al menos, eso decimos. Pero la realidad es que, si miramos alrededor (porque mirarse uno mismo suele ser más difícil) vemos que la manipulación está a la orden del día. Los políticos, los medios de comunicación, las empresas, los publicistas… trabajan sin descanso para orientar nuestro pensamiento y nuestra acción. Y lo hacen recurriendo a «viejos trucos», al slogan, al «argumentario» machacón, a levantar nuestras más bajas pasiones. Qué burdo. Y sin embargo, si lo hacen… es porque funciona.
Porque al final, por mucho que digamos que «nosotros no picamos», el conjunto de la sociedad es bastante manipulable. Es más, diría que nos gusta que nos manipulen. Que nos den mascados los argumentos, que nos digan qué debemos pensar, cómo nos debemos sentir, qué debemos hacer. Porque es el camino más corto, el más sencillo. Lo otro nos exigiría informarnos, documentarnos, profundizar, reflexionar, ser críticos… buf, demasiado trabajo. Mejor que nos den la versión corta, y a otra cosa, mariposa.
Y lo que es peor, cuando nos interesa bien que recurrimos nosotros a la manipulación. Porque también es más corto, porque nos asegura un mayor porcentaje de éxito y una menor dedicación de recursos. Es más fácil «engañar» al de enfrente en lugar de darle toda la información, de debatir con él, de convencerle.
Quizás tengamos lo que nos merecemos.

Hackea la educación de tus hijos… si hay huevos

«Tenemos que hablar, porque Pablo… ¡es que le cuesta seguir las instrucciones! El otro día, por ejemplo, le digo que pinte esto de color amarillo… ¡y el va y lo pinta del color que quiere!». No se me va a olvidar esa «anécdota». La frase la pronunciaba la señorita de mi hijo, en segundo de Infantil. Es decir, el niño con 4-5 años. «Es que, si no se acostumbra a seguir las reglas, luego más adelante puede tener muchos problemas». Mi mujer y yo salimos tensos de aquella tutoría. Y no porque el niño pintara de amarillo o no. Precisamente, por lo contrario. ¡Qué más dará de qué color pinte, déjale, es un niño! El panorama que sin embargo nos dibujaba la maestra era duro, no ya para ese año, o para el siguiente, si no para todo el «viaje educativo» del niño.
Ayer retuiteaba esta frase: «Nuestro sistema educativo convierte a los niños que sueñan con ser astronautas, en jóvenes que quieren ser funcionarios.» Ostrás. Siendo una frase contundente, lo peor es la sensación de que es la verdad.
Y es curioso que esto lo diga yo. Porque soy un, digámoslo así, «producto perfecto» del sistema educativo. Siempre se me dieron muy bien los estudios, y después me ha ido bien (crucemos los dedos) a nivel profesional, así que podría ser de los que dicen «no, si el sistema está estupendo, funciona perfectamente». Pero no, no lo creo. A medida que pasa el tiempo, tengo más el convencimiento de que el sistema educativo tal y como está planteado te deja «cojo» en muchos aspectos. Bien sea por contenidos que no te muestra, por habilidades que no desarrollas, por los ritmos de aprendizaje homogeneizantes, por sistemas de valoración que responden a un único patrón, por la carga de trabajo, por que en vez de incentivar las ganas de aprender y de hacer cosas te las quita. ¿No hay otra forma diferente, más enriquecedora, de hacer las cosas?
Para bien o para mal, yo ya pasé todo eso. Mis entornos de aprendizaje ahora son mucho más informales, basados en mis intereses, en mis ritmos, con un componente mucho más social y a la vez más autodidacta… vivimos en un mundo donde aprender está al alcance de cualquiera.
Pero están mis hijos. Ahí, dando sus primeros pasos en este sistema. Con no menos de 10-15 años por delante. Me angustia pensar lo que el sistema educativo les puede hacer, y pienso en cómo puedo contrarrestarlo / complementarlo. En ese sentido, me parece muy bueno este artículo sobre «hackear tu educación», en el que se tratan bastantes de las ramificaciones que tiene el concepto. Me hace pensar en qué puedo hacer yo, con respecto a mis hijos y su educación.
El problema es qué hacer, y qué no hacer. ¿Sacarles del sistema con opciones como el homeschooling o el noschooling? A veces piensas que podría ser una opción, pero la sensación es que es demasiado radical. ¿Me atrevo a tomar una decisión así por mis hijos? ¿Soy capaz de poner los recursos (tiempo, esfuerzo, dedicación) que hacen falta? ¿Tengo los conocimientos suficientes? ¿Y si haciendo eso les convierto en «los raritos»? ¿Y si por hacer eso pierden las cosas buenas (a nivel socialización, profesionalización, etc.) que provee la educación más formal? No, francamente no me veo por ahí.
Entonces… ¿qué puedo hacer de forma paralela/complementaria al sistema? ¿Qué actividades puedo desarrollar? ¿Qué mensajes les doy? ¿Qué actitudes fomento? ¿Cómo equilibrar las dedicaciones entre la exigencia del colegio y el cultivar otras cosas? ¿Cómo lidio con las incongruencias sin volver a los críos locos? ¿Cómo reaccionar cuando el sistema diga una cosa en la que yo no crea, u obligue a los chavales a ir por un sitio al que ni ellos ni yo queramos ir?
Tantas cuestiones, tanta inquietud… y eso sin que todavía haya entrado en juego la voluntad de los niños, que no tardará.
Paradójicamente, esta inquietud me tranquiliza. Porque eso significa que me importa, que pienso en ello, que tengo la mente abierta, que me planteo que «otra educación es posible». Y ése es el primer paso para poder proporcionársela.