Cuestión de preferencias

Dos maneras de pensar

Cuando empecé a trabajar con más intensidad con mi amigo Alberto, no tardamos en encontrar puntos de fricción. Uno de ellos tenía que ver con su tendencia a hilar ideas en las conversaciones. Iniciábamos la conversación y él iba enlazando un punto, con otro, con otro… Llegaba un momento en que yo me saturaba. Lo que yo necesitaba era irme a mi escritorio, con papel y lápiz, y «poner orden» en las ideas. Estructurar, pensar… antes de seguir hablando.

Aquello nos generaba un malestar difuso. Yo notaba cómo me ponía nervioso cuando las conversaciones se alargaban, cómo me removía en mi asiento. Pero también notaba cómo, cuando yo decía cosas del tipo «bueno, pues hacemos un poco de reflexión individual cada uno por nuestro lado» él se envaraba un poco.

Un día, tomando una cerveza, salió el tema. «Es que yo pienso mejor hablando», me dijo. ¿Cómo? «Sí, cuando estoy solo delante de un papel no fluye nada, pero mientras hablamos las ideas van viniendo a mi cabeza y llego a conclusiones de manera mucho más fácil».

O sea, justo al revés que yo. Por mucho que me costara entenderlo, ésa era la realidad. Mi manera de pensar no era la que a él le resultaba cómoda, y viceversa. Normal que, cuando nos hacíamos jugar en terreno contrario, estuviésemos incómodos.

Aquella conversación fue reveladora, y un punto de inflexión. Desde entonces, conscientes de las diferentes preferencias, fuimos probando fórmulas para reducir esa fricción.

Todo son preferencias

«Para gustos los colores», dice el refrán. Si nos fijamos bien, las preferencias aplican a muchísimas dimensiones de nuestra vida. Hay quien prefiere salir, hay quien prefiere quedarse en casa. Hay a quien le gusta viajar, hay a quien no. Hay quien prefiere la playa, y quien prefiere la montaña. Carne o pescado. Leer o ver la tele. Socializar o estar tranquilo a su bola. Hablar sin parar, o no decir nada. Madrugar o trasnochar. Etc…

Lo curioso es que, desde la perspectiva de cada uno, cuesta imaginarse unas preferencias diferentes a las propias. ¿Cómo es posible que no te guste el chocolate? ¡Pero si el rock es lo mejor del mundo! No me puedo creer que tu plan ideal de sábado sea quedarte en casa.

Hay una frase que me gusta mucho, y que dice que cuando vamos conduciendo cualquiera que vaya más rápido que nosotros es un «flipao», y cualquiera que vaya más lento que nosotros «va pisando huevos». Y esto lo piensa el que va a 90, el que va a 120 y el que va a 140. Desde ese punto de vista egocéntrico, nuestra visión del mundo, nuestras preferencias… son la vara de medir, el canon con el que evaluamos al resto.

Hasta que te das cuenta de que no. De que, aunque a veces deseáramos que los demás fuesen igual que nosotros, la realidad no es así. Que otros tienen otras preferencias distintas de las nuestras, y que son perfectamente legítimas. Que no podemos (ni tenemos derecho) a «convencerles» de que lo nuestro es mejor. Y de que lo que tenemos que hacer es aprender a convivir.

Los pasos para trabajar con preferencias diferentes

¿Cuál es el proceso para llegar a ese punto de aceptación y convivencia?

  • Lo primero, darse cuenta. Notar en qué momentos hay comportamientos de otros que «nos incomodan», nos molestan, nos hacen sentir mal.
  • Lo segundo, pensar en cuáles son los motivos. Desde una perspectiva egocéntrica podemos pensar que, si los demás se comportan así, es porque están «en contra de nosotros». Que lo hacen para fastidiarnos porque son mala gente, o porque no tienen ni idea de hacer las cosas bien. Pero es muy probable que se deba, simplemente, a que sus preferencias son distintas de las nuestras.
  • Lo tercero, aceptar a los demás y sus preferencias. Asumir que «mi forma de ver el mundo» no es canon, no es la vara de medir, no es el fiel de la balanza. Yo tengo mi visión, tú tienes la tuya… y las dos son entendibles y aceptables.
  • Cuarto, ponerlo de manifiesto. Usando los mecanismos de la comunicación no violenta, poner encima de la mesa los hechos (no los juicios) y las emociones y necesidades asociadas. No se trata de acusar al otro, ni de echarle en cara, ni de pedirle que cambie. Sino más bien de reconocerle su legitimidad, exponer nuestro punto de vista y, desde ahí, intentar buscar un entendimiento.
  • Quinto, buscar alternativas. Como decía en el punto anterior, alternativas que partan desde el respeto a la diferencia. No se trata de hacer que el otro «se rinda» y acepte nuestra visión, sino de ver si entre ambos somos capaces de encontrar una forma mejor de hacer las cosas.

Una forma mejor de hacer las cosas

Desde que tuvimos aquella conversación, Alberto y yo hemos ido buscando maneras mejores de trabajar. Eso nos ha llevado a cambiar nuestras rutinas de trabajo, creando espacios que nos hacen sentir mutuamente más cómodos.
Seguimos teniendo largas conversaciones, pero ahí yo las asumo con más «deportividad», sabiendo que estoy siendo de utilidad para él mientras que él es consciente de que yo estoy «haciendo un esfuerzo» al actuar fuera de mis preferencias. Y viceversa, hay momentos en los que nos retiramos al «rincón de pensar» y ahí es donde él hace el esfuerzo para que yo pueda tener los momentos que necesito.
También hemos aprendido a dividir tareas que antes hacíamos en conjunto, porque nos hemos dado cuenta de que somos más efectivos si cada uno nos dedicamos a aquello en lo que nuestras preferencias están más alineadas en vez de forzarnos a hacer las cosas en comandita.
Tener claras las preferencias del otro, y respetarlas, nos lleva a intentar organizarnos de la mejor manera posible. Y también a que, cuando las circunstancias nos obligan a actuar «contra nuestra preferencia» (porque a veces toca), podamos mirarlo con empatía, saber que estamos haciendo un esfuerzo y tratarlo como tal.
Lo bueno de todo esto es que, apelando al lenguaje de las preferencias, ya tenemos un método para identificar puntos de fricción y tratarlos. Exploramos cuál es la preferencia de cada uno y, si vemos que el origen de la fricción está en que tenemos preferencias diferentes, lo ponemos encima de la mesa y vemos la mejor manera de afrontarlo.
De todo esto hablábamos, con más profundidad, en una conversación que incluyo en el podcast «Diarios de un knowmad»:

Habilidades transversales esenciales para tu carrera profesional (y para tu vida)

Cuando acabé la Universidad pensaba que sabía bastantes cosas. No tardé tiempo en darme cuenta de mi error.
Y no hablo sólo de conocimientos técnicos (que también), sino de todas aquellas otras habilidades que son fundamentales para la carrera profesional (¡y para la vida!) y a las que no se les suele prestar atención en el proceso de desarrollo educativo.
Hay quien las llama “soft-skills”, aunque a mí me gusta más el concepto de “habilidades transversales”. Porque, al contrario de los conocimientos técnicos, son útiles para cualquiera, se dedique a lo que se dedique. Y con un gran impacto.
Por eso en los últimos años, en paralelo con mi trabajo como consultor, he ido prestando cada vez más atención a desarrollar esas habilidades. Es un camino que nunca termina, pero muy satisfactorio. Y me encanta compartir mis avances con los demás. No a modo de gurú, porque hay expertos en cada una de esas materias que saben mucho más que yo, sino como «explorador que va compartiendo su viaje». Es el espíritu que, cada vez más, ha ido animando este blog, o el lanzamiento de Skillopment, o el podcastdiarios de un knowmad, al fin y al cabo.

Fruto de esa reflexión, he intentado resumir cuáles son para mí algunas de esas habilidades transversales esenciales, que tanto impacto pueden tener en una carrera profesional (y en la vida en general). He creado un descargable (para suscriptores) en el que repaso cada una de esas habilidades, planteo 5 ideas fundamentales de cada una de ellas y sugiero una lectura que sirva como «vía de entrada» para quien tenga interés en profundizar.
¿Cuáles son esas habilidades?

  • Autogestión, para dominarte a ti mismo/a
  • Efectividad, para aprovechar el tiempo
  • Agilidad, para llevar proyectos a la práctica
  • Indagación y escucha, para entender lo que te rodea
  • Habilidades interpersonales, para gestionar tus relaciones con los demás
  • Comunicación, para transmitir tus ideas
  • Networking, para cultivar tus relaciones
  • Aprendizaje, para adquirir nuevas habilidades

Si quieres explorar el documento en más detalle, puedes suscribirte a mi lista de correo y te lo enviaré directo a tu bandeja de entrada.

Cómo hacer mejores preguntas

No todas las preguntas son iguales

Imagina que quiero tener tu opinión sobre este blog. Y para eso, te planteo algunas preguntas:

  • ¿Te gusta mi blog?
  • Del 0 al 10, ¿cuánto te gusta mi blog?
  • ¿Qué es lo que más te gusta de mi blog?
  • ¿Qué has leído en mi blog que te haya resultado aplicable en tu día a día?
  • ¿Qué podría hacer para que mi blog te fuese aún más útil?

Son cinco preguntas. Pero seguro que te das cuenta de que, aunque tengan relación, las cinco preguntas son muy distintas entre sí

El poder de las preguntas

Me gusta pensar en las preguntas como en una linterna muy potente. Una linterna que está en nuestras manos, y cuyo haz de luz podemos dirigir a nuestro antojo. Con ella, podemos enfocar la atención de nuestro interlocutor hacia un sitio u otro. Llevar su pensamiento por aquí, o por allá.
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Pero, aunque tengamos esa capacidad de dirigir la atención, nuestro interlocutor siempre mantiene la capacidad de elaborar sus respuestas. En este sentido, las preguntas son una herramienta de conversación respetuosa con el otro. Abren posibilidades de conversación. Tú lanzas la pregunta, pero es el otro el que la recoge y la elabora. No es un mero receptor, es un participante activo.
Si tienes niños, es posible que te haya tocado ver más de uno (y más de dos) episodios de Dora la Exploradora, o de La Casa de Mickey Mouse. En estas series, hay momentos en los que los personajes detienen la acción y se dirigen al pequeño espectador, y le lanzan una pregunta: ¿cuál es el camino que debemos seguir? Por supuesto, no hay interacción real. Pero los niños, pegados a la pantalla, responden como si lo fuera. Y Dora, o Mickey, responden también: «¡Muy bien, seguiremos el camino de la izquierda!». Con esta interacción fingida, los niños pasan de ser espectadores pasivos a participantes activos.
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A los adultos nos pasa lo mismo. Si alguien nos pregunta, respondemos. Cuando hacemos preguntas, estamos involucrando a la otra persona en la conversación. Nos salimos del monólogo (donde yo hablo, y la otra persona escucha… o hace como que escucha), y del diálogo de besugos (donde cada uno expone su monólogo de forma secuencial). Hacer preguntas es entregar a la otra persona el testigo de la reflexión. Al preguntar, la invitamos a sumarse de manera activa.
En ese sentido, las preguntas pueden ser una herramienta muy poderosa a la hora de manejar una conversación, y de influir en los demás (y de hecho es la herramienta fundamental del coaching para profesionales). Una herramienta que, si la usamos bien, puede ser muy beneficiosa. Y que no cuesta tanto aprender a utilizar.

¿Por qué no preguntamos más?

¿Cómo eran las cosas cuando ibas al colegio? Yo el recuerdo que tengo es que nos enseñaban mucho a dar respuestas, pero poco a hacer preguntas. Lo importante era escuchar lo que decía el profesor, y luego ser capaz de responder bien a sus preguntas. Pocas veces se invertía el rol, y te ponían en situación de ser tú el que preguntara. Y mucho menos nos enseñaron a «hacer buenas preguntas». Nos falta, en definitiva, costumbre.
Y hay, para mí, un segundo elemento fundamental: el miedo. Sí, el miedo. Porque estamos acostumbrados al discurso unidireccional. Creemos más en «decir lo que tengo que decir», y que los demás nos escuchen. Así mantenemos el control. Cuando preguntamos, perdemos ese control. Cedemos al otro el testigo de la reflexión. ¿Qué nos va a contestar? ¿Y si no contesta lo que yo quiero que conteste? ¿Y cómo reacciono yo entonces?
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Preguntar es explorar, y explorar es aventura. No sabemos lo que va a pasar. Cuando preguntamos, estamos obligados a escuchar, a reaccionar, a adaptarnos a las respuestas. Preguntar es abrir la caja de Pandora. Es incómodo.
Y lleva tiempo, mucho más que soltar tu discurso. Cuando preguntamos, iniciamos un camino que no sabemos cómo va a discurrir, ni cuánto nos va a llevar, ni si nos va a llevar a donde nosotros queríamos ir. Nos puede la impaciencia y, en cierta medida, el egoísmo.

Empezando por la consciencia

Quizás uno de los problemas principales que tenemos a la hora de empezar a hacer buenas preguntas es que hablamos sin darnos cuenta. Nos metemos en conversaciones en las que «nos dejamos llevar». No nos fijamos en lo que decimos, ni en lo que preguntamos. Vamos con el piloto automático. Y así es difícil intervenir y cambiar las cosas.
Un ejercicio interesante consiste en analizar alguna de nuestras conversaciones. ¿Cuánto tiempo nos pasamos expresando nuestras ideas vs. interesándonos por las ideas del otro? ¿De qué manera plasmamos ese interés? ¿Qué reacción obtenemos del otro en función de las preguntas que hacemos? ¿Cuál es nuestro grado de satisfacción con el resultado de la conversación? ¿Cómo podríamos haberlo hecho de manera diferente?
El mero hecho de plantearse estas preguntas ya nos abre un espacio de reflexión. Un lugar en el que podemos encontrar respuestas para hacer cosas de manera diferente.

¿Para qué preguntamos?

He titulado el artículo «¿Cómo hacer mejores preguntas?». Pero no podemos responder a esa pregunta si no tenemos un «para qué».
Preguntar nos puede servir para obtener información, para generar confianza, para diagnosticar un problema, para generar soluciones, para establecer vínculos, para entender a los demás, para ayudar a otros a sentirse mejor, para promover la acción…
Una pregunta es mejor o peor en función de cómo de bien sirva a un objetivo. ¿Qué es lo que queremos conseguir con la conversación? ¿Qué información queremos obtener? ¿Qué cambios de perspectiva, qué compromisos, qué acciones?
Todo esto exige una preparación previa. Cuando abordamos una conversación, podríamos plantearnos «para qué» la estamos abordando. Y desde ahí ya sí es posible definir cuáles son las preguntas que nos van a llevar a ese objetivo.
Por lo tanto, a priori hay sitio para preguntas abiertas y preguntas cerradas, preguntas genéricas y preguntas concretas, preguntas centradas en el futuro y preguntas centradas en el pasado, preguntas asépticas y preguntas con un mensaje implícito… Lo importante es haber hecho el ejercicio previo de saber qué quiero conseguir con ellas, y utilizarlas de forma consciente.

Después de preguntar, escuchar

Normalmente, no preguntamos para que nos den una respuesta que podamos juzgar como «correcta» o «incorrecta». No es un concurso de la televisión en la que nosotros seamos el presentador.
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Preguntamos para conocer el punto de vista de la otra persona. Para entender cómo piensa, cuáles son sus circunstancias, qué es importante para ella. Preguntamos para tener una visión más completa de las situaciones, para descubrir hilos de los que seguir tirando. Y también para que la otra persona se sienta parte importante de la conversación, no un mero receptor de nuestras ideas.
Por todo ello, la escucha es la habilidad que complementa de forma fundamental a nuestra capacidad de hacer preguntas. No podemos lanzar preguntas y desentendernos de las respuestas. Sería una forma ridícula de malgastar nuestros esfuerzos.

Prepara tu próxima conversación

Seguro que tienes por delante alguna conversación: con tu pareja, con algún familiar, con alguien del trabajo, con tu jefe, con un cliente, con un amigo… Te invito a enfocarla siguiendo estos puntos:

  • ¿Cuál es tu objetivo con esta conversación? ¿Cómo sería una conversación satisfactoria para ti?
  • Escribe una lista de preguntas (tal y como te salgan), e imagina las respuestas que te daría tu interlocutor:
    • ¿Cómo de satisfactorias son esas respuestas?
    • ¿Cómo podrías reformular las preguntas para que fuesen aún más satisfactorias?
    • ¿Qué preguntas te permitirían profundizar en las respuestas que te den?
    • ¿Qué otras preguntas te ayudarían a completar la conversación?
    • Si tú estuvieras en el otro lado… ¿qué preguntas te gustaría que te hicieran?
  • Durante la conversación:
    • Lanza una de tus preguntas… y espera. Con suerte, tus preguntas harán pensar a la otra persona, y necesitará tiempo para ir organizando su respuesta.
    • Dale tiempo para que responda, no la apresures ni la cortes.
    • Pregunta «¿y qué más?» para asegurar que ha exprimido al máximo su respuesta antes de pasar a la siguiente.
    • Si su respuesta te genera nuevas preguntas que no tenías previstas, hazlas. Desde la curiosidad genuina suelen salir buenas preguntas.
    • No te apures si no hay tiempo para hacer todas las preguntas que tuvieras preparadas. Es más importante que fluya la conversación que completar el «cuestionario».
  • Después de la conversación:
    • Reflexiona sobre si has cumplido el objetivo que habías planteado inicialmente para la conversación.
    • Identifica qué has logrado (para ti y para la otra persona) gracias a la conversación.
    • Apunta qué preguntas, hilos de la conversación… te gustaría abordar en siguientes ocasiones.
    • Piensa en «qué podrías haber hecho de manera diferente».

Una habilidad como otra cualquiera

Hacer buenas preguntas es una habilidad como otra cualquiera. Se puede desarrollar, si le ponemos foco y asumimos la incomodidad del aprendiz. Como en tantas otras cosas, no es tanto una cuestión de «técnica» (aunque algo hay), sino sobre todo de práctica. De darse cuenta de cómo lo hace uno, de ir introduciendo cambios, y de ir observando las consecuencias.
Para finalizar, dejo una serie de referencias de libros sobre el arte de preguntar que quizás te ayuden a profundizar en estas ideas.

Mis anclas de carrera

¿Qué son las anclas de carrera?

El modelo de anclas de carrera fue esbozado por Edgar Schein hace más de 40 años. Y lo que viene a decir es que cada uno tenemos una serie de inclinaciones naturales a la hora de tomar decisiones en nuestra carrera profesional.
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Schein define un «ancla de carrera» como «una combinación de áreas percibidas de competencia, motivaciones y valores relacionada con la toma de decisiones en la carrera profesional». Y lo que hace es identificar 8 anclas genéricas, con las que cada uno nos identificamos en mayor o menor grado.
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¿Sabes aquello de «la cabra tira al monte»? Pues las anclas de carrera son «el monte» al que cada uno de nosotros tiramos.

Decisiones profesionales

Seguro que, a estas alturas de la vida, ya has tenido que tomar alguna decisión relevante en tu carrera profesional. De hecho, desde que te planteaste «qué voy a estudiar» ya empezaste a tomar decisiones. Luego vienen más: qué tipo de trabajo me apetece, dónde voy a echar el curriculum, cómo me gustaría progresar en mi empresa, trabajo por cuenta ajena o por cuenta propia, cómo respondo a esta oferta que me han hecho, cuál quiero que sea mi próximo trabajo, qué estoy dispuesto a sacrificar por mi trabajo…
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Algunas de estas decisiones son buscadas, somos nosotros mismos quienes las impulsamos. Otras son sobrevenidas: se nos plantean sin esperarlas. Y en todo caso tenemos que elegir (incluso si la decisión es «no hacer nada al respecto»).
A la hora de decidir, podemos hacer un análisis más o menos racional. Buscamos datos, pensamos en ventajas o inconvenientes… Pero, al menos en mi experiencia, siempre hay una «vocecita interior» que de alguna manera te marca el camino. Te hace sentir que una opción puede ser para ti, y que otra ni de coña. ¿No te ha pasado a ti también?

Nadar a favor de la corriente

Esta «brújula interior», este compás, es lo que Schein define como «anclas de carrera». Y, aunque todos lo sintamos de alguna manera inconsciente, es interesante explorarlo de forma consciente. ¿Cuáles son mis anclas de carrera? Si lo sé, podré incorporar ese factor a mi toma de decisiones.
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¿Y por qué es importante? Porque, cuando estamos en una situación profesional que no está alineada con nuestras anclas… estamos incómodos. Es como nadar contra la corriente. Sí, se puede hacer, pero estás a disgusto y acabas agotado. Y es fácil engañarse a uno mismo, dejarse deslumbrar por determinadas promesas y tomar decisiones que, en el fondo, sabemos que no van con nosotros. A la larga lo acabamos pagando.
Por contra, cuando estamos en una situación profesional en línea con nuestras anclas… las cosas fluyen de otra manera. No quiere decir que todo vaya a ser fácil; pero al menos estaremos yendo a favor de nuestras inquietudes.

Conoce tus anclas

Para evaluar cuáles son tus anclas de carrera, existen cuestionarios (aquí en versión oficial, y aquí en versión «amateur»). Se trata de responder a una serie de preguntas, indicando si estás más o menos de acuerdo con las afirmaciones que te van planteando. «Para mí el éxito consiste en desarrollar mis capacidades técnicas o funcionales hasta convertirme en un experto» o «Me encuentro satisfecho con mi vida sólo cuando consigo alcanzar un equilibrio entre las exigencias de mi vida personal, familiar y profesional», por ejemplo.

No hay respuestas correctas o incorrectas. Se trata de responder «desde las tripas». Cuando yo he hecho el cuestionario, ha habido preguntas que «me han dejado frío», mientras que otras han resonado mucho (a favor o en contra). Y ésa es la cuestión: a través de esas respuestas sale a la luz lo que te mueve, lo que te motiva.
El resultado es un perfil de anclas de carrera, en el que se muestra por cuáles tienes más afinidad y por cuáles menos. Normalmente todos tenemos un poco de todo, pero también hay alguna que destaca. Y suele ser bastante revelador.

Éstas son mis anclas de carrera

Cuando hice la autoevaluación de anclas de carrera, las que me salieron más destacadas (y además con diferencia) fueron dos: autonomía/independencia y estilo de vida integrado.

  • La primera quiere decir que «tengo una necesidad primaria de trabajar bajo mis propias normas, que me cuesta ceñirme a las órdenes de otros y que prefiero trabajar solo». Salió porque he respondido de manera muy visceral a preguntas como: «Preferiría dejar mi empresa antes que aceptar un puesto que limite mi autonomía y libertad», «La oportunidad de realizar un trabajo según mis propios criterios, sin normas y limitaciones es más importante para mí que la seguridad» o «Alcanzo el éxito en mi carrera sólo si logro autonomía y libertad plena».
  • La segunda, que «veo la vida como un todo, y que más que equilibrar la vida personal y la profesional prefiero integrarlas. Y que puedo llegar a tomarme tiempo alejado del trabajo para dedicarlo a otras cosas». En este caso la visceralidad apareció ante frases como: «He buscado siempre oportunidades profesionales que no interfieran demasiado con mis preocupaciones personales y familiares» o «Preferiría dejar mi empresa antes que ocupar un puesto que comprometa mi atención a mi familia y vida personal».

Vamos, mi vivo retrato :D. Me resultó curioso ver «negro sobre blanco» algunas sensaciones internas que ya tenía de siempre. Y que, si miras las decisiones que he ido tomando a lo largo de los años, resultan bastante consistentes. Cualquiera que conozca mi trayectoria podrá leerla con facilidad en clave de esas dos anclas.
Nunca me han movido realmente otras motivaciones (como «ser un experto» o «ser directivo» o «la estabilidad/seguridad» o «el emprendimiento»…). A veces he podido creer que sí, y he tomado decisiones que me han llevado por caminos… donde más pronto que tarde he salido rebotado. Soy capaz de recordar situaciones, incluso conversaciones concretas, que estaban tan en contra de mis anclas que… buf, todavía me dan escalofríos.
Lo curioso, también, es darse cuenta de que estas anclas son las mías. Pero que otras personas tienen las suyas propias. Y que cada uno, enfrentado a la misma situación, elegirá de manera diferente. Lo importante no es elegir «lo correcto», sino elegir «lo correcto para mí».

[Entrevista] Proyectos en internet, con Óscar Feito

No puedo decir que le pase a todo el mundo. Pero sí tengo la sensación de que hay momentos, a lo largo de la carrera profesional donde mucha gente se plantea que le gustaría hacer «otras cosas». Especialmente si estás en el mundo corporativo. Te apetece tener algo propio, donde tú marques la pauta. Donde no dependas de nadie. Donde te puedas sentir realizado.
Internet ofrece un terreno estupendo para ello, y son (somos!) muchos los que lanzamos pequeños proyectos online. A veces, incluso, con vocación de negocio. Y si no dan para «ganarse la vida», al menos que te den la oportunidad de disfrutar.
Oscar Feito | Experto En Marketing Online
De todo ello hablo con Óscar Feito. Óscar lleva años generando contenidos valiosos para emprendedores online, tanto a través de su web como de su podcast (La Academia de Marketing Online), sus libros, sus formaciones y sus mentorías.
Durante la entrevista tratamos sobre:

  • las inquietudes que llevan a las personas a montar proyectos
  • las barreras que se lo impiden
  • la importancia del propósito para mantener la motivación
  • el daño que nos hacen las barreras mentales
  • los rasgos necesarios para afrontar un proyecto así
  • la dinámica de aprendizaje y adaptación continua en cualquier proyecto
  • el equilibrio entre teoría y práctica a la hora ir adquiriendo habilidades
  • el papel de burladero que a veces hace la formación
  • por qué nos cuesta seguir los métodos y hojas de ruta que se nos brindan (ya sabes, ¡sigue el camino de baldosas amarillas!)
  • la importancia de recordarse a uno mismo «por qué estoy haciendo esto» para superar los malos momentos
  • y unas cuantas cosas más…

Aquí tienes la entrevista completa:

Encontrarás este contenido en mi podcast sobre desarrollo personal y profesional en Ivoox, o también en mi podcast sobre desarrollo personal y profesional en iTunes). Y también suscribirte, comentar, compartir… ¡gracias!

Jugar a ganar o jugar a no perder: elige tu estrategia

Cuando afrontas una situación, ¿juegas a ganar? ¿o juegas a no perder? En este artículo hablaré de estas dos estrategias y de cuándo es más adecuada una que otra.

Fue mi amigo Alberto el que me habló en su día de estas dos estrategias. En realidad eran hay alguna más: aparte de «jugar a ganar» y «jugar a no perder» también podemos «jugar a perder» o incluso «jugar a no jugar». Pero desde el primer momento fueron las dos primeras las que mejor entendí, y que más me llamaron la atención.

Qué es jugar a ganar

Imaginemos un equipo de fútbol jugando una eliminatoria de Copa. Ha perdido el primer partido. Su única opción de pasar a la siguiente ronda es ganar éste. No le vale otro resultado. Así que tendrá que hacer un planteamiento al ataque. Asumir riesgos. Probar cosas diferentes. Exponerse. «Poner toda la carne en el asador», o «salir a tumba abierta», o «ir a pecho descubierto».
Jugar a ganar implica fijarse sobre todo en el beneficio que puedes conseguir, sin darle tanta importancia a los riesgos que asumes o a la posibilidad de que las cosas salgan mal.

Qué es jugar a no perder

Imaginemos la misma eliminatoria, pero pongámonos en la piel del otro equipo. Ganaron el partido de ida. No tienen que ganar este partido, les basta con no perder. Así que plantearán un partido prudente, defensivo. Quizás no tiren ni una sola vez a puerta; no es lo que necesitan.
Jugar a no perder implica evitar los riesgos, aunque eso te aleje de conseguir los beneficios que obtendrías de ganar. «Cubrirse las espaldas», «nadar y guardar la ropa».

Jugar a ganar o jugar a no perder en la vida real

La metáfora de los equipos de fútbol es útil para ilustrar el concepto. Pero el verdadero interés está en la aplicación práctica en situaciones del día a día. Y es algo que podemos aplicar en nuestra vida profesional como en la personal.
Imagina por ejemplo que tienes que hacer una presentación en público. ¿Cómo harías si «jugaras para ganar»? Querrías aprovechar esa oportunidad para lograr un gran impacto. Y para ello posiblemente buscarías alguna fórmula arriesgada de hacer la presentación. Quizás elijas un formato novedoso, que llame la atención. Darás participación al público, aunque eso te haga perder el control. O puede defiendas algún punto controvertido, para generar polémica. Asumirás el riesgo de que haya gente a quien no le guste, pero no querrás pasar desapercibido.
¿Y si jugaras para no perder? Te preocuparían las críticas, hacer el ridículo. Seguramente optes por un formato clásico y convencional. No defenderás una tesis muy arriesgada, ni pisarás ningún callo. No vas a salir a hombros, pero tampoco te van a tirar tomates. Cubrirás el expediente, y ya está.
Piensa en cualquier situación de tu día a día: el enfoque de un proyecto, una primera toma de contacto con un cliente, una conversación con tu pareja, la elección de tu destino de vacaciones, un evento familiar, una reunión de trabajo. ¿Cómo sería si «juegas para ganar»? ¿Y cómo sería si «juegas para no perder»?

Una estrategia para cada situación

Hay un riesgo, cuando se contemplan estas estrategias… es el de creer que «jugar para ganar» es mejor. Que es de valientes. Y que «jugar para perder» es de cobardes. Así que siempre tendremos que «jugar para ganar»… ¡pero no es así!
Hay situaciones en las que «hay mucho que perder, y poco que ganar«. Seguro que puedes pensar en más de una y más de dos. En esas situaciones, «jugar a no perder» es lo adecuado. ¿Para qué correr riesgos, si la potencial ganancia es poca o ninguna?
Por contra, hay situaciones en las que «hay mucho que ganar, y poco que perder«. Aquí tiene sentido «jugar a ganar». Si pones en la balanza el riesgo y la ganancia, te das cuenta de que merece la pena.

¿Tu prefieres jugar a ganar o jugar a no perder?

El caso es que cada uno tenemos un cierto sesgo hacia una u otra. En inglés hablan de promotion-focused vs. prevention-focused. Hay personas que se centran con más facilidad en «lo que podrían conseguir» antes que en «lo que podrían perder». Y otras se centran (nos centramos, que yo soy una de ellas) más en el riesgo que en la ganancia.
Lo importante aquí es que, aunque tengamos una preferencia, podemos elegir. Porque como decía más arriba, hay situaciones donde una estrategia es más recomendable que otra. Y si siempre nos dejamos llevar por nuestra inercia, podemos estar cometiendo un error.
Así, si eres de los «promotion-focused», puede que estés asumiendo riesgos innecesarios, exponiéndote en situaciones que no merecen la pena. Y que acabes sufriendo las consecuencias. Igual que un «prevention-focused» estará dejando de aprovechar oportunidades por ser innecesariamente prudente.
Se trata de ser conscientes de que estas estrategias están en nuestra mano. Y hacer el ejercicio de elegir aquella que más se ajuste a la situación que se nos presente.
En cierto modo, tiene relación con los seis sombreros de pensar de los que hablaba hace poco: podemos tener una tendencia natural (como la mía, al sombrero negro), y eso es razón de más para hacer el esfuerzo consciente de «ponernos los otros sombreros».

PD.- Puedes escuchar este contenido en mi podcast sobre desarrollo personal y profesional en Ivoox, o también en mi podcast sobre desarrollo personal y profesional en iTunes). Y también suscribirte, comentar, compartir… ¡gracias!

Visual thinking: cómo usar en tu trabajo

El visual thinking es útil para tu trabajo

Bueno, supongo. Porque claro, en realidad no sé a qué te dedicas. Pero me atrevería a decir que, sea lo que sea lo que haces, el visual thinking es útil para tu trabajo. De hecho, apuesto a que ya lo estás aplicando en cierta medida incluso sin saberlo.

Visual thinking es uno de esos términos que pululan por ahí, y que a veces cuesta aterrizar. Desde que empecé a interesarme por el concepto he leído libros, he visto charlas, he hecho algún curso… Y siempre he tenido la sensación de no encontrar una explicación «que vaya al grano». Que te expliquen qué es y sobre todo cómo lo puedes usar sin irse mucho por las ramas, ni centrarse demasiado en la habilidad de dibujar…
Así que eso es precisamente lo que me planteo hacer con este post: contar en base a mi experiencia qué es para mí eso del visual thinking, por qué me parece importante y, sobre todo, cómo puedes usarlo en tu trabajo.

¿Qué es visual thinking?

Para mí, la esencia del visual thinking se resume en «pensar con ayuda de elementos visuales».
Todos (salvo los ciegos… y ni siquiera estoy muy seguro de eso) pensamos con los ojos. Más allá de las palabras leídas o escuchadas, los elementos visuales tienen significado para nosotros. Piensa, por ejemplo, en una señal circular roja con un rectángulo blanco en el medio. ¿A que tiene un significado? Piensa en una flecha pintada en la carretera, o en alguien señalando en una dirección. O en un ceño fruncido. Sin necesidad de palabras, estamos percibiendo significado a través de lo que vemos.
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Podrías pensar que bueno, eso son asociaciones aprendidas. Que si nadie nos enseña qué es una señal de «prohibido el paso», no sabríamos qué significa. Y es cierto. Pero también es cierto que hay señales visuales que parecen innatas en nosotros. Si ves cinco elementos iguales, y uno desigual… te va a llamar la atención. Si ves que una cosa es más grande que otra, le atribuyes más importancia. Si ves varios elementos agrupados en un sitio, y separados de otro grupo diferente… tu cerebro interpreta que los elementos del primer grupo tienen alguna relación entre sí. Y no necesitas «pensarlo», y nadie te lo ha enseñado; tu cerebro lo interpreta solo (y muchas veces de forma inconsciente).
Se suele decir que «una imagen vale más que mil palabras», y algo hay de cierto. Los elementos visuales tienen una gran capacidad de transmitir significado. Y si aprendemos a usarlo en nuestro favor, nos puede servir de mucha ayuda.

Visual thinking: mucho más que dibujos

Como ves, todos estamos dotados para el «visual thinking». Y es probable que ya lo estés aplicando en cierta medida en tu día a día. Lo que pasa es que muchas veces se asocia «visual thinking» con «hacer dibujitos». Y cuando digo «dibujitos» me refiero a representaciones más o menos bien hechas de muñecos, de objetos, de ideas… en definitiva, a algo «bonito» y casi artístico.
No ayuda, la verdad, el hecho de que todas las personas que hablan, escriben, dan cursos… sobre visual thinking dibujan muy bien. Ponen el listón muy alto (aunque digan que «dibujar no es lo importante»), porque luego te pones tú a hacer garabatos y monigotes… y no están a la altura. «Yo no sé dibujar», te dices, «así que el visual thinking no es para mí». ¡Error!
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En el visual thinking no hay que «saber dibujar bien». «Dibujar mal» también vale. De hecho, se pueden hacer muchísimas cosas útiles sin dibujar (ni bien, ni mal). Ése es uno de los mitos que juegan en contra de la adopción de más «visual thinking». ¡No dejes que te detenga!

El resultado y el proceso

Muchas veces, el resultado de un ejercicio de visual thinking puede ser bonito. Puedes encontrar por internet centenares de ejemplos de mapas mentales, de sketchnotes, de graphic recording… que son verdaderas maravillas. Pero no te dejes engañar: ¡la gracia del visual thinking no está en el resultado!
Cuando lo hagas tú puede que te quede bonito, o que te quede un churro. Da igual, porque ése no es el factor clave de la utilidad del visual thinking. Lo importante es el proceso que te lleva allí.
Un proceso que empieza con ideas en tu cerebro, muchas veces difusas, que plasmas sobre un papel de la mejor manera posible. Algo que te obliga a rumiar, a organizar, a sintetizar…
 

Y entonces lo que hay en el papel alimenta de nuevo a tu cerebro: encuentras patrones, cosas que te chirrían, elementos que echas en falta. Y reflexionas un poquito más, y vuelves a plasmar una nueva versión en el papel. Y así una y otra vez, hasta que consigues algo satisfactorio.
De esta forma, el resultado final es un reflejo de lo que piensas (¡bien!), y además el camino que te ha llevado hasta allí te ha servido para clarificar lo que piensas (¡mejor!).
Me gusta mucho cómo lo expresa Brandy Agerbeck en este vídeo: un puente de ida y vuelta entre lo abstracto y lo concreto, entre las ideas en ebullición y la plasmación de esas ideas en algo tangible.

Cómo te ayuda el visual thinking

Como su propio nombre indica, una de las funciones principales es que te ayuda a pensar. Y esto sucede tanto en un entorno individual (cuando estás tú contigo mismo intentando poner orden en tus pensamientos), como en un entorno colectivo. Ahí el visual thinking tiene un enorme potencial. Fíjate, si a veces te resulta difícil aclararte tú solo… ¿cómo de difícil es poner de acuerdo varios cerebros diferentes?
Una pizarra, una pared llena de postits… hacen tangible el pensamiento de varias personas a la vez. «Yo no quiero decir eso», «a mí lo que me falta ahí es…», «para mí como tendría sentido es de esta otra forma», «¡ah, ahora veo lo que querías decir!». El mismo proceso que describía más arriba (del cerebro al papel, y del papel al cerebro) sucede aquí también, con el añadido de que involucra a varias personas.

Así, el visual thinking ayuda a recoger las distintas perspectivas sobre un problema. Y a servir de base para una conversación productiva para alcanzar un entendimiento común. Esto lo puedes aplicar a procesos de creatividad, de resolución de problemas, de toma de decisiones, de aprendizaje… ¡a casi cualquier cosa!
Otras ventajas (aunque ya no son estrictamente «thinking») tienen que ver con la capacidad de comunicar y de facilitar la retención. Efectivamente, como veíamos más arriba, el lenguaje visual permite transmitir significado de una manera muy poderosa.
¿Cuántas veces un esquema, una infografía bien hecha, un texto bien maquetado, una imagen evocadora… nos han ayudado a entender un concepto complejo? Y no sólo a entenderlo, sino también a recordarlo. Y es que a nuestro cerebro le resulta más fácil recordar imágenes que palabras.

Aplicaciones prácticas de visual thinking

Lo importante en esto, como en casi todo, no es la teoría sino la práctica. Así que mejor ver, con ejemplos, distintas formas en las que podemos usar visual thinking en nuestro trabajo:

Generar la estructura de un contenido

Me pasa con frecuencia. Tengo que escribir un artículo. O prepara los contenidos de un curso. ¿Cómo lo hago? En mi cabeza hay un montón de ideas dispersas sobre las que me gustaría hablar, pero necesito darles alguna estructura. Hacerlo «de cabeza» se me hace difícil (porque las ideas van y vienen, se ordenan de múltiples maneras y no hay forma de «congelarlas»). Apuntarlas en un papel directamente me ayuda pero solo en parte, porque una vez que están escritas me resulta difícil jugar con ellas.
Así que lo que hago es escribir cada una de las ideas individuales en un papelito, y luego extiendo todos esos papelitos en la mesa delante de mí. Y empiezo a jugar con ellos: «éste se parece a este otro… por aquí parece que sale otra idea… ¿y ésta? Podría encajar por aquí…» De esta manera, probando distintas configuraciones, va emergiendo una estructura con la que me siento conforme.
A veces, viendo esa estructura, veo «huecos», ideas que no había cubierto en mi primer barrido. ¡Perfecto! Ya tengo una excusa para plantear las ideas que faltan.
Esta técnica, llamada «affinity map«, también se puede utilizar en grupos. Por ejemplo, no hace mucho trabajábamos con un equipo de mandos intermedios en la definición de «cuáles eran las características ideales de un jefe». Cada persona escribía en postits las ideas que le venían a la cabeza. Y luego, a la hora de ponerlas en común, se iban viendo las que eras parecidas entre sí, las que unos habían puesto y otros no… con lo cual el conjunto quedaba muy rico.

Esto no sólo tiene la ventaja de que sales de allí con una estructura interesante y robusta… sino que los participantes sienten que es obra suya, que sus ideas están representadas. No es algo que hayas creado tú, es algo que se ha creado entre todos y con lo que todos están conformes. Hay visión común, hay alineación. Y eso tiene, como te puedes imaginar, un gran valor.

Un mapa mental para tener una visión global de un proyecto

Los mapas mentales son una herramienta básica de «visual thinking» que permiten ordenar, alrededor de un concepto principal, distintos aspectos relacionados que se van a su vez ramificando a niveles de detalle aún mayores. Puede hacerse sólo con conceptos, o reforzarlo con imágenes. Yo mismo he publicado algunos mapas mentales por aquí (como este mapa mental de hábitos saludables o un mapa mental sobre aprendizaje).
El caso es que a mí me resulta muy útil tener un mapa mental que recoja la visión global de un determinado proyecto, con todos los elementos a tener en cuenta. Me viene bien para hacer el seguimiento (y saber que no me estoy olvidando de nada), y también para comunicar.

En más de una ocasión he utilizado mi mapa mental, hecho a mano y «de andar por casa», y directamente le hice una foto y lo usé como base para hacer una presentación al equipo de proyecto. Lo bueno es que en una misma hoja estaba resumido todo lo relevante del mismo, y me permitía explicar cada una de las partes sin perder de vista el conjunto.

Mantener mensajes visuales durante una reunión

Nos pasamos media vida de reunión en reunión. Y en muchas ocasiones la dinámica de las reuniones es que uno habla, los demás escuchan… hay discusión… y pasado un tema, se pasa al siguiente y de lo hablado no queda más recuerdo que lo que cada uno haya apuntado por su cuenta.

El utilizar durante la reunión recordatorios visuales (por ejemplo con papeles colgados en la pared) de los aspectos tratados, del objetivo de la reunión, de las reglas del grupo, de la agenda prevista, de los planes de acción definidos… ayuda a dar continuidad y coherencia a las conversaciones, e incluso puede ser muy útil para volver a ellos en momentos posteriores.

Visualización de un proceso

Éste es un clásico… cuando tratas de mapear un proceso lo mejor es irlo «dibujando» (o representando con postits) a la vista de quienes te lo están describiendo. Al verlo, y al ir siguiéndolo paso a paso, es posible identificar las inconsistencias, los aspectos peor definidos… Y así ir tomando decisiones para irlo ajustando.
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Toma de notas visuales

Ya he hablado en alguna ocasión de la importancia que le doy a tomar notas (de reuniones, de contenidos que consumimos, etc.). Dentro de esa visión, hay quien apuesta por una toma de notas visuales o sketchnoting.
La idea es que, frente a una toma de notas más mecánica, el incorporar elementos del lenguaje visual te obliga a procesar más los contenidos, a identificar lo importante, a buscar la relación entre elementos… y además el resultado tiene mucho más impacto que un montón de letras escritas una detrás de otra.
Hace ya años que leí, por ejemplo, un libro de Schein sobre el que hice mi primer intento de sketchnoting. Pues bien, gracias al ejercicio visual que hice, recuerdo con claridad las ideas clave del libro… mucho más que otros libros más recientes con los que no hice el esfuerzo.
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De nuevo, no hace falta hacer «dibujos» para añadir elementos visuales a unas notas. Hacer un pequeño esquema, utilizar iconos para señalar aspectos importantes, utilizar colores para dividir bloques relevantes, añadir una negrita o un subrayado, unas flechas por aquí o por allá… todo contribuye.
Esta «toma de notas visuales» tiene también una dimensión colectiva, el «graphic recording«, en el que una persona va reflejando en un mural las conversaciones e ideas que se van planteando.
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Éste es un ejercicio más exigente, que normalmente llevan a cabo expertos (y que, para mi gusto, tiene un valor relativo… porque el que hace el esfuerzo de sintetizar y dibujar es el profesional, no los asistentes).

La creación de modelos visuales

Cuando estuve dando vueltas a cómo contar mis ideas sobre aprendizaje eficaz, pasé muchos ratos emborronando papeles hasta encontrar una forma de representarlas que me satisfizo. Es el modelo Skillopment, que tiene su propia representación gráfica (que me ayuda a recordar y comunicar las ideas con facilidad).

De hecho, dentro del modelo utilizo una serie de metáforas visuales (como el océano infinito del conocimiento, la espiral creciente del aprendizaje o la columna central de la visión) que me permiten explicar conceptos más complejos de una manera sencilla.
Ya hablé en su día del poder de las metáforas para anclar ideas en nuestro cerebro. Si además les damos un carácter visual, su poder se multiplica.

La utilización de organizadores gráficos

No sé si me convence del todo el término de «organizador gráfico», pero a falta de algo mejor… Los organizadores gráficos son esquemas pre-definidos que ordenan el pensamiento. Y hay cientos, desde los más sencillos a los más complejos. ¿Algunos ejemplos?

¿Ves? Cualquiera de estos «organizadores gráficos» ayudan al pensamiento, dirigiéndolo a distintos elementos importantes a tener en cuenta y, en muchas ocasiones, poniendo en relación unas ideas con otras. En vez de pensar «desde cero», te van mostrando aspectos que tienes que tener en consideración. De nuevo, esto puede ser útil a nivel individual, y también en entornos colectivos.

En ocasiones estos organizadores gráficos tienen también un componente de «metáfora visual» (¡doble combo!). Sucede por ejemplo con el «río de la vida«, una dinámica que sirve para representar las distintas decisiones del pasado que te llevaron hasta aquí, y las opciones que se abren en tu futuro… las corrientes favorables que te ayudaron, las cataratas que evitaste, las rocas contra las que te encallaste, las épocas de aguas calmadas, lo que hiciste para llevar el barco por donde querías…

Utilizar imágenes para explorar aspectos difusos

Hace poco, en una sesión de trabajo, queríamos explorar con los asistentes «qué es para vosotros el coaching». Y lo que les propusimos fue… dibujarlo. Sí, como si fuera una partida del Pictionary. «Dibuja qué es para ti el coaching«. Y allí cada uno representó el concepto lo mejor que supo.

Lo curioso no fue el resultado «artístico» (que no lo era), sino los matices y perspectivas diferentes desde las que cada uno abordó la cuestión. Esos dibujos nos dieron un buen rato de conversaciones interesantes, aflorando ideas que de otra manera no habrían salido a la luz.
Hay métodos más enrevesados, que van por el mismo sitio de jugar con imágenes para hacer aflorar ideas. Como por ejemplo, pedir que los asistentes piensen «si el proyecto fuera un coche»… y que dibujen ese coche, y observar cómo lo han dibujado y sobre todo por qué. O «si se hiciese un reportaje en una revista sobre este proyecto, ¿cuál sería la portada?», y que la dibujen con imágenes, titulares, afirmaciones…
Otra herramienta en este sentido son las tarjetas de imágenes. De manera análoga a la de hacer dibujos, se pide a cada participante que elija una imagen que le recuerde al concepto que se esté tratando y que explique por qué. Y de nuevo, lo importante no es la imagen que elige… sino los razonamientos que afloran.

Comunicar

Lo incluyo, aunque desde mi punto de vista no es tanto «visual thinking» como «comunicación visual». Pero tiene relación, y puede ser un campo por el que empezar a trabajar. Nos pasamos el día comunicando: presentaciones, informes, mails… ¿por qué no darles un carácter más visual a nuestras comunicaciones?
Como ya he dicho más arriba, no se trata de hacerlo todo con dibujos, ni tampoco de hacerlo muy bonito. Podemos enriquecer visualmente nuestras comunicaciones con cosas tan sencillas como negritas y subrayados, estructura de párrafos con bullets en distintos niveles para marcar la jerarquía de las ideas, títulos que destaquen, líneas que separen unos temas de otros, imágenes y metáforas visuales que refuercen nuestras ideas, datos expresados con gráficas significativas…
En definitiva, se trata de huir del «simple texto», y de apoyarnos en todos esos elementos visuales que nos ayuden a dar significado a lo que decimos.

Tus próximos pasos con visual thinking

En fin, ya has visto que hay muchas formas en las que puedes usar visual thinking en tu trabajo. De hecho, seguro que hay más de una y más de dos que ya aplicabas, y que quizás te has dicho «pues no sabía yo que a esto se le llamaba así». ¡Estupendo!
Es más que posible que haya cosas que tú estés haciendo y que yo no haya mencionado… ¡déjame un comentario y así podré completar el post!
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En todo caso, sea cual sea tu nivel, ya sabes que no se trata de que ahora te conviertas en «supervisualthinker», te armes de rotuladores de colores y pretendas llenar todo de dibujitos. Si crees que te puede resultar útil, simplemente identifica un área en la que puedas introducir un poco más de «visual thinking»… y ¡a probar!
Si te ha interesado el tema, te dejo aquí una serie de enlaces que quizás te sirvan para seguir explorando.

    • El libro The Doodle Revolution es uno de tantos que exploran eso del lenguaje visual aplicado al pensamiento. Sin ser perfecto, me pareció una buena introducción, ligera y estructurada.
    • El libro Visual Meetings, sin ser «redondo», me gusta porque explora bastante la cuestión de la «facilitación de reuniones con elementos visuales» (postits, organizadores gráficos…) sobre las que otros autores suelen pasar de puntillas.
    • En la web Gamestorming hay una gran biblioteca de dinámicas para facilitación de reuniones, entre las que se encuentran bastantes que utilizan elementos visuales.

Monetízate – Entrevista Andrés Pérez Ortega

¿Cuántas veces te toca pensar, a lo largo de tu carrera, «cómo me voy a ganar la vida»? Encontrar aquello en lo que puedes ofrecer a otros un valor que estén dispuestos a pagar es una de las claves de la vida profesional, y más en el caso del «knowmad«. De cómo hacerlo hablo con Andrés Pérez Ortega, amiguete, referente de «marca personal» y que además acaba de publicar un libro que se llama así: Monetízate.

Siempre me ha gustado el concepto de «ganarse la vida». Parto de la base de que «nadie nos debe nada«, y de que «tenemos que aportar valor» a otros para obtener algo a cambio. Y a partir de ahí tenemos que buscar nuestro sitio, uno en el que se alineen nuestras habilidades con «lo que otros están dispuestos a pagar».
No es un reto fácil. Durante mucho tiempo, la idea del «trabajo fijo» enmascaraba esa realidad. Especialmente en empresas grandes, se pierde la noción del valor (que si alguien te paga un sueldo y asume los costes derivados de tenerte contratado es porque aspira a ganar más dinero con tu trabajo de lo que cuestas…). Pero en el caso de empresas pequeñas, o de profesionales independientes, esa realidad es ineludible, te pongas como te pongas.
Pues sobre todo esto, sobre cómo afrontar esa realidad, y sobre cómo buscar maneras de «monetizar» nuestras habilidades y capturar el valor que aportamos a otros va esta entrevista. Y alguna cosa más…

PD.- Esta entrevista está recogida en mi podcast podcast Diarios de un knowmad. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

Mis propósitos para 2019

Época de buenos propósitos

Con la entrada del año nuevo entramos en territorio de revisión del año anterior y planificación del siguiente. Y hay una gran estrella: los buenos propósitos.
Hay centenares de contenidos en internet que te cuentan cómo deberías hacer una revisión-planificación del año, cómo hacer que tus propósitos se hagan realidad… así que no quiero abundar en lo mismo. Simplemente quiero compartir mi experiencia de cómo he elaborado yo mis propósitos para 2019, y cuáles son.

Reflexión antes de los propósitos

Es fácil «tirar de repertorio» para enunciar los buenos propósitos: ponerse en forma, aprender inglés, dejar de fumar, leer más… clásicos que año tras año aparecen en el «top ten» y que, curiosamente, al año siguiente vuelven a aparecer…

Más difícil es hacer un proceso de reflexión sosegada y enfrentarnos a nuestros propios demonios. Exige calma, orden, ganas de «rascar» por debajo de la superficie… y en definitiva ponernos frente al espejo sin tratar de engañarnos a nosotros mismos. Pero si queremos unos propósitos útiles, es necesario dar ese paso… porque si no ya sabemos lo que pasa.

Recopilando datos del año anterior

¿Qué hice durante el año? ¿A qué proyectos he dedicado mi tiempo? ¿Con qué personas me he relacionado? ¿Qué he leído, qué formaciones he hecho? ¿A dónde he viajado? Una de las cosas de las que me he dado cuenta es que resulta muy difícil hacer un repaso si antes no has sido un poco riguroso registrando la realidad día a día. Hay veces que nos cuesta recordar lo que hemos hecho por la mañana… ¡como para acordarnos de lo que hicimos el febrero pasado!
En este sentido, a mí me ayuda llevar un diario. Después de varios intentos a lo largo de mi vida, este año he conseguido ser bastante constante en la labor de «journaling» (siguiendo la propuesta del 5-minute journaling). Aun así, creo que me vendrá bien hacer el esfuerzo de ir consolidando con cierta frecuencia (mi idea es hacer «revisiones mensuales» en las que poder extraer los hitos relevantes, y así llegar al final del año con parte del trabajo hecho).
También me ha resultado útil revisar la agenda (donde tengo apuntadas reuniones, viajes, etc…). También creo que le puedo sacar más partido en este año entrante a esta herramienta, y utilizarla para apuntar más cosas (incluso a toro pasado).
En mi caso, que tengo una notable producción online (entre el blog, los podcasts, el canal de youtube…) me ha venido también bien echar un ojo a lo que he publicado. Y como nota curiosa, también me ha resultado refrescante revisar las fotos almacenadas en Google Photos (y recordar cosas, momentos… que podrían haberse perdido)
En todo caso se trata de hacer una recopilación objetiva, sin juzgar nada todavía. Simplemente acumular datos.

Lanzando una retrospectiva

Una vez que tenemos los datos encima de la mesa (y las sensaciones que nos genera), toca valorar.
En mi caso, utilizo las categorías que mencionaba en el post sobre la rueda de la vida (físico/salud, desarrollo personal, administrativo/financiero, familiar, social, profesional, hobbies y contribución). Y para cada una de ellas, extraigo tres tipos de puntos:

  • Aquellas cosas que me gusta como van, y que quiero que sigan siendo así.
  • Aquellas cosas que quiero empezar a hacer, o que quiero hacer con más frecuencia/intensidad.
  • Aquellas cosas que quiero dejar de hacer, o que quiero hacer con menos frecuencia/intensidad.

Con esto tengo una visión bastante consolidada, en una única hoja, que me permite ver «por dónde quiero que vayan los tiros».

La rueda de la vida

Después de recopilar, y de analizar… ¿cuáles son las conclusiones? He utilizado la herramienta de «la rueda de la vida» para reflejar mi visión de dónde estoy respecto a dónde quiero estar. Al final se trata de «poner una nota» a cada uno de los aspectos de mi vida, y ver dónde están mis fortalezas y mis áreas de mejora.

Obviamente aquí lo importante no es «la puntuación», sino las sensaciones que tienes y las reflexiones que te han llevado allí. Por eso viene bien hacer este ejercicio después de haber hecho los pasos anteriores… porque así las sensaciones tienen una base.

Y por fin, los propósitos

Después de todo el ejercicio de rumiación, llega el momento de establecer cuáles van a ser las «directrices» para todo el año, las grandes líneas estratégicas que quieres que marquen tu comportamiento a lo largo del año. En mi caso las he destilado hasta quedarme con cuatro, que son éstas:

  • Vida más sana: seguir impulsando comportamientos saludables, relacionados con la actividad física y la alimentación, que me ayuden a acercarme a mi peso ideal y a generar bienestar y energía.
  • Buen humor: ser más consciente de mi estado de ánimo, y de cómo afecta a quienes me rodean, procurando elegir mejor mis palabras, gestos y acciones para proporcionarles mejores momentos.
  • Foco y persistencia: utilizar de manera más deliberada mi tiempo, decidiendo a priori en qué emplearlo y poniendo los medios y herramientas necesarios para aprovecharlo al máximo y que genere un impacto perceptible en mis habilidades, mi actividad y mi vida.
  • Proactividad: dar más primeros pasos. Sugerir, proponer… abrir la puerta a más posibilidades, ofreciéndome a los demás y gestionando la diversidad de reacciones de manera positiva, tanto en lo personal como en lo profesional.


Si te interesa profundizar un poco más en el trasfondo que hay detrás de estos propósitos, he subido un episodio al podcast «Diarios de un knowmad» entrando un poquito más en detalle en cada uno de ellos.

Algunas notas sobre el proceso que quizás te resulten útiles

  • Como ves, he destilado los propósitos y los he dejado en cuatro. Podrían ser 10, o 20… pero creo que es importante hacer el esfuerzo de darle vueltas hasta quedarse con lo esencial. Cuatro es un número manejable, que me va a permitir tenerlos en mente y guiar mi comportamiento sin que se diluya demasiado.
  • Si te fijas, la redacción de los propósitos tiene un tono positivo, propositivo. Están definidos en términos de «lo que quiero conseguir», no en términos de «a lo que quiero renunciar». No dice «perder peso» o «evitar distracciones», sino «acercarme a mi peso ideal» o «aprovechar al máximo mi tiempo». Puede parecer un matiz un poco irrelevante, pero creo que es útil de cara a estar a gusto con tus propósitos.
  • Parte de la gracia del proceso ha sido plasmarlo en formato físico. La rueda de la vida, los propósitos… tienen su espacio en mi cuaderno (y próximamente los pondré como fondo de pantalla y/o en papel en la pared). Al final creo que hay un valor primero en trabajarlos en formato manipulable (más allá de escribirlos en el ordenador), y luego en tenerlos a la vista durante el año (para que no se te olviden).
  • También tiene algo de «exorcismo» el hecho de hacerlos púbicos. De que no sean una reflexión «de mí para mí», sino que queden expuestos (incluso con la parte de «intimidad» que puedan tener). Creo que, de alguna manera, es algo que refuerza el compromiso, y te hace más difícil el escabullirte más tarde.
  • Y por supuesto, esto de los propósitos está muy bien pero no sirve de nada si no se traslada en acciones. El objetivo es utilizarlos como guía para implantar acciones, tomar decisiones, implantar hábitos… y en general como guía del comportamiento. Se trata de hacer cosas de formas diferentes para conseguir resultados diferentes.

¿Y tus propósitos?

Tengo curiosidad… ¿cómo afrontas tú este proceso de revisión-planificación del año? ¿Cuál es tu experiencia? En todo caso, mi deseo es que tengas el mejor año posible, y sobre todo que hagas todo lo que esté en tu mano para que así sea.

Entrevistado en Kenso


Me hizo mucha ilusión que Jeroen y Enrique me propusiesen una entrevista para su podcast Kenso. Es un podcast que empecé a escuchar desde sus inicios, hace unos meses, y que me gusta por el tono, por el carácter variado de los invitados, y por los temas de los que trata. Me siento muy cercano a cómo enfocan la productividad, el desarrollo personal, la gestión de uno mismo…
Así que para mí fue un placer charlar durante un buen rato con ellos. Hablamos de consultoría artesana, de knowmads, de aprendizaje y de desarrollo de habilidades… Cuando acabó tuve la sensación de haber dejado un buen resumen de «mi forma de ver las cosas». ¡Mérito de los entrevistadores!
Puedes escuchar la entrevista en la web de Kenso, en cualquier aplicación de podcasts, o aquí mismo.