He escrito un libro

Pues sí, he escrito un libro. Más información sobre él en la página de Skillopment, Aprendizaje y Desarrollo Eficaz de Habilidades, donde se puede descargar al suscribiros a la lista de correo que he creado al efecto.

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La idea de escribir el libro surgió casi de forma natural hilada a la charla que estrené en Sevilla. Durante su preparación estuve dándole muchas vueltas a las ideas y al argumentario, que creo que al final terminó teniendo mucho sentido. El libro es, al final, una forma de poner negro sobre blanco esas ideas y ampliarlas con un tono más práctico, más enfocado en «cosas que puedes hacer tú para desarrollar tus habilidades de forma eficaz».
En este sentido, el proceso fue muy orgánico. En otras ocasiones me había planteado escribir un libro, pero ponía el carro delante de los bueyes: «quiero escribir un libro, a ver ahora de qué, y qué sentido le doy». No fluía, y me atascaba rápido. En esta ocasión el orden estaba invertido: las ideas ya estaban, el orden ya estaba. Solo quedaba ponerse delante del teclado y dejarlas fluir. Y es lo que he hecho, dejar que algo que ya existía tomase una nueva forma. Poco a poco, aplicando aquello de primero crear y luego editar, el libro fue tomando cuerpo.
El estilo os resultará muy reconocible a los que me leáis por aquí. Mi forma natural de escribir es la que es, la misma que tengo en el blog. Ideas concretas, cortito y al pie, sin muchos rodeos. Supongo que, si me pongo, podría forzarme a escribir en otro estilo, pero tampoco es lo que me pedía el cuerpo. He intentado que quede ameno y útil, que me resultase fluido de escribir y no recargarlo innecesariamente.
Porque otra cosa que tampoco me ha preocupado lo más mínimo es la longitud del libro. Hay algo que me enerva profundamente cuando leo libros de management, y es la sensación de que se estiran y se estiran las ideas con el único objetivo de llegar a un número de páginas. Conceptos que se pueden explicar en un párrafo se les da vueltas y vueltas hasta que llenan páginas y capítulos enteros. Yo no quería eso. El libro dura lo que tiene que durar para transmitir las ideas que quería transmitir. Y ya está, no hay por qué perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás por puro postureo.
He afrontado el proceso de escritura y publicación con mentalidad «ágil». Esto quiere decir que mi objetivo era lanzar una primera versión razonablemente armada, pero sin volverme loco en detalles, revisiones y recontrarevisiones, formatos… Se trata de poner la bola en juego, ver si el concepto del libro gusta, si la temática interesa, si tiene un mínimo de tracción… recopilar feedback y, si procede, hacer posteriores versiones corregidas y aumentadas. Porque realmente no sé si la idea tiene sentido o no; quiero decir, en mi cabeza lo tiene, pero las cosas hay que llevarlas al terreno de lo real para que sirva como piedra de toque. Así que he buscado que el ratio esfuerzo/resultado estuviese equilibrado, sin volverme loco.
Lo curioso es que, mientras escribía el libro, iba rumiando una inquietud: «bueno, ¿y luego qué voy a hacer con él?». Claro, en tus fantasías siempre está la idea de ponerlo a la venta, y que se vuelva viral, y que ganes mucho dinero con él. Pero soy lo suficientemente mayor como para tener acotadas ese tipo de fantasías (pero oye, que si sucede estaré encantado). Sospechaba que ponerlo a la venta iba a suponer vender uno o ninguno. Y en realidad me interesaba más el libro como vehículo de visibilidad y de posicionamiento, una manera de atraer miradas hacia el concepto de «aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidades» y que me abriese las puertas a dar más charlas, impartir talleres, quizás abordar algún proceso de asesoramiento individualizado (me sigue costando llamarlo «coaching», aunque supongo que es eso) o de asesoramiento corporativo. Cosas que creo que pueden tener sentido, y donde puedo aportar valor. Como consecuencia, lo que he hecho es poner el libro en descarga gratuita (de momento), con la idea de que llegue a tantos sitios como sea posible. Sí que lo he puesto detrás de una «suscripción a una lista de correo», que al final espero utilizar como canal para crear una «comunidad» alrededor de todas estas ideas (pero sin dar la tabarra, conste). Creo que a esto lo llaman «lead magnet»…
Una cosa que me ha gustado del proceso de hacer el libro es que me ha permitido (y curiosamente, ésta es una de las ideas que elaboro en él) aprender y poner en práctica algunas habilidades. Desde diseñar la portada o los banners, a montar una pequeña campaña de email marketing con Mailchimp o a hacer un pequeño anuncio con Facebook Ads, al proceso de conversión del documento en .pdf, .epub y .mobi. Solo por eso ya ha sido una experiencia enriquecedora.
Y ahora queda ver qué pasa. Confieso que me da un poco de apuro la parte de «promocionarlo». Primero porque no me gusta ser pesado (y hay gente que se pone muy plasta cuando hace cualquier cosa), pero también tengo la sensación de que hace falta serlo un poco si quieres que las cosas sucedan; así que ahí ando, intentando ver dónde está el equilibrio. Y también tengo que luchar contra cierto «síndrome del impostor», la duda de si realmente estoy diciendo cosas con sentido, si realmente el enfoque que le estoy dando es útil, si no estaré diciendo un montón de obviedades y perogrulladas. Pero, para variar, esta vez prefiero «salir al ruedo» y dejar que sea la realidad, y no mis rumiaciones, las que me den feedback.
Y ya está. Que estaré muy agradecido si leéis el libro y me dais vuestras opiniones, y si me ayudáis a darle visibilidad.
Keep learning!

¿Haría un videoblog en 2017?

La otra noche, en ese rato en el que la cabeza empieza a divagar justo antes de dormirte, me dio por imaginarme de «videoblogger». Joder, «videoblogger» suena como antiguo, ¿no? El caso es que «youtuber» no me encaja (un amiguete millenial, el muy… «millenial», me decía que se me daría bien lo de ser «yayoutuber»…)
Claro, la mayoría no lo recordaréis, pero es que no sería la primera vez. Ya hice un experimento hace (leche) más de diez años (con razón me suena viejuno lo de «videoblogger). Fueron varios «episodios» que intenté hacer temáticos (hice uno con Aprendices, otro con RichDadClub, otro con una de las primeras ediciones de Iniciador, una charla con Alvy de Microsiervos… me iba con la cámara, hacía algunas entrevistas, algunas imágenes de recurso, montaba… todo muy amateur, claro. Pondría enlaces a los videos, pero estaban subidos a una plataforma (Blip.tv) que hace ya años que cerró. Supongo que tendré los originales en algún lugar de algún disco duro, o quizás ni eso. El hecho es que aquello no cogió tracción: probé, no tuvo más repercusión… fin.
¿Por qué entonces, diez años después, vuelve a cruzarse por mi mente semejante idea? Obviamente han cambiado los tiempos, y lo que por aquel entonces era una tendencia incipiente ahora es totalmente «mainstream». El contenido en video se ha popularizado hasta niveles insospechados, y ahora no es nada raro ver gente de todo tipo que lo produce y que lo consume. En el ámbito de lo que sería «asimilable» a lo que yo me plantearía hacer he seguido con cierta atención algunos intentos, como el de Calvoconbarba o el de Andrés Pérez. No sé qué valoraciones harán ellos de sus esfuerzos (lo que sí veo es que se han quedado un poco «parados» sus canales).
La verdad es que yo no sigo muchos contenidos en video. De vez en cuando en youtube cosas sueltas (alguna conferencia o así, o algún tutorial de algo que quiera resolver en ese momento), y alguna cosa de humor. Pero en general me encuentro mucho más cómodo consumiendo texto (con la posibilidad de discriminar de un vistazo el contenido, pim, pam) que el video secuencial. Ahora bien, lo cierto es que luego hay gente que sí consume esos contenidos… y haría uno mal en considerarse la medida de lo que vale y lo que no, ¿no?
Por otra parte, en estos casos que citaba antes tenemos contenidos «temáticos», y esa es una de las cosas que me echan para atrás de lanzarme a experimentar con estas cosas. Me aburre lo temático, ya lo sabéis. Me aburre en el blog, me aburre en el twitter, y me aburriría seguro en el video. Ya sé, ya sé, si hablo de cualquier cosa se diluye «la marca personal», pero ya sabéis lo que opino de eso. Claro que habría reflexiones sobre temas profesionales, seguro. Pero también de vez en cuando las habría de otro tipo, las que «me saliese» en el momento, como sucede con el blog.
¿Y todo eso «pa qué»? Cuando el otro día lo planteaba en twitter, el amigo David me lanzaba unas preguntas muy pertinentes: «¿Aportaría algo a tu «negocio»? ¿Aporta algo al negocio de alguien? ¿Aporta algo que no se pueda hacer escrito? ¿Consume menos recursos y tiene más beneficios que otra actividad? ¿Consumes videoblogs? ¿Los consumen tus clientes?…». Preguntas, como digo, muy certeras. Claro que, de nuevo, ponía el foco en la «utilidad». Y ese es un concepto, el «utilitarismo», el pensar que todo lo que uno hace tiene que «servir para algo»… con el que estoy algo reñido. En un mundo sencillo, donde sabes que la acción A tiene una consecuencia B, pues es fácil hacer análisis de utilidad. En un mundo complejo, «los caminos del Señor son inescrutables» y no sabes muy bien cuándo algo de aparente «inutilidad» puede acabar teniendo un impacto inesperado. Que tampoco es eso lo que buscaría, la verdad. Aunque por otra parte tampoco me gustaría hacer videos que se quedasen en «3 visualizaciones» (incluyendo mi madre), pero haría bien en recordarme que normalmente a nadie le importa lo que haces. También hace poco estuve experimentando con Snapchat (que sería una versión más «casual» de lo mismo) y tampoco me acabó de enganchar
Supongo que estoy pensando en voz alta, nada más. Que para eso tengo un blog, ¿no? 🙂

¿Qué haría de hoy un gran día?

No hace mucho relataba mis «fracasos» llevando diarios a lo largo de la vida. El caso es que, en las últimas semanas, estoy sumergido en una nueva (y de momento ahí sigo), esta vez siguiendo la idea del «5 minute journal«. Se trata de un diario «en dos partes», puesto que se trata de responder a un par de preguntas por la mañana (¿por qué estoy agradecido? ¿qué haría de hoy un gran día?) y otras dos por la noche (¿qué cosas estupendas han pasado hoy? ¿en qué podrías mejorar?); de esta manera cumple la doble función de «marcar el tono» al principio del día y de «recopilación» al terminar.
Una de esas preguntas, de hecho, me está haciendo pensar bastante. «¿Qué haría de hoy un gran día?». ¿Qué tendría que pasar hoy para que, al llegar la noche, me sintiese satisfecho? Parece sencillo de responder, pero cuando te pones por la mañana (y otro día, y al siguiente…) tiene más miga de lo que parece.
¿En qué consiste «un buen día»? Hay una imagen de cinismoilustrado.com que me gusta. Son los 365 días del año, de los cuales un puñado están señalados como «días memorables» y otros poquitos como «días donde hiciste algo de tu vida». El resto, la gran mayoría, son «días total y absolutamente desperdiciados». No sé si es para tanto, pero estaremos de acuerdo en que muchas veces entre trabajos, obligaciones, prisas e inercias tenemos la sensación de que un día sigue a otro, sin solución de continuidad y sin nada que los distinga. Y joder, qué triste, ¿no?

El ejercicio de plantearse «qué haría de hoy un gran día» sirve para dos cosas. Por un lado, nos permite reflexionar sobre cómo son esos «días memorables» y plantearnos si podemos hacer algo hoy (no mañana, ni «algún día»: hoy) para acercarnos a esa categoría. Quizás sea emprender una tarea creativa, o tener una conversación significativa con alguien, o pasar un rato con unos amigos, o dedicar el rato a leer un libro interesante, o hacer una pequeña excursión, o… en general, escaparnos en la medida de lo posible de la inercia y «hacer algo» de forma voluntaria y consciente.
Y en segundo lugar, sirve para darnos cuenta de que muchas veces «lo memorable» no está en las grandes cosas, los grandes eventos y los acontecimientos extraordinarios, si no en los pequeños detalles de la vida cotidiana. Que todos los días podemos hacer cosas sencillas, tan sencillas como prestar atención y disfrutar de lo que ya tenemos alrededor, aquello de parar y oler las flores.
Y así, adquiriendo consciencia, quizás vivamos mejores días. Y al final, la forma en que vivimos los días es como vivimos la vida.

Lo mejor del blog en 2016

12 años de blog, y creo que nunca había hecho esto: un post recopilatorio con «lo mejor del año».
Dice la ley de Sturgeon que «el 90% de todo es mierda«. He cerrado el año con casi 100 posts publicados, así que aplicando ese criterio solo 10 serían rescatables. No estoy necesariamente de acuerdo con Sturgeon, pero me he forzado a limitar mi lista a ese 10%; son éstos:

  • Cinco reflexiones sobre design thinking y Trece ideas de scrum que puedes aplicar en tu gestión reflejan mi acercamiento durante este año a las metodologías ágiles. Siempre me he sentido filosóficamente cercano a ellas, pero este año he hecho un esfuerzo por consolidar mi conocimiento y sobre todo por encontrar fórmulas para su aplicación.
  • Las historias de profesionales independientes me han permitido cambiar impresiones con un puñado de gente maja, y reflexionar sobre este rol (y sobre todo esta mentalidad) que estoy convencido de que representa el «futuro» (presente) para cada vez más personas. Estoy además muy agradecido a todos los participantes, por vuestra disposición para colaborar… en serio, significa un montón para mí.
  • Cuadernos Rubio para el desarrollo profesional es un texto que ha traído mucha cola. Muchas reflexiones sobre el aprendizaje han evolucionado a partir de él, y una «línea de acción» de cara al futuro a la que veo sentido y que me entusiasma. Desarrollar nuestras habilidades es algo fundamental, y a la vez algo a lo que prestamos (a nivel individual y corporativo) muy poca atención. Algo habrá que hacer al respecto.
  • Nos creemos cualquier mierda, una alerta (para los demás pero sobre todo para mí mismo) de nuestros sesgos cognoscitivos, de lo fácil que somos de manipular, y de la importancia del pensamiento crítico como herramienta fundamental para andar por el mundo
  • Siete reflexiones y una caldera estropeada. Porque la vida cotidiana puede ofrecernos un montón de momentos de reflexión y de aprendizaje, si la miramos con atención.
  • De las ideas al impacto: aterriza como puedas y Estoy moreno porque me pongo al sol. Dos apuntes sobre una idea que me ha obsesionado este año: pasar de «la mente» (donde estoy muy cómodo, muy calentito) a la acción. Sin acción no hay impacto, sin acción no hay cambio. Sin acción no pasa nada de lo que quieres que pase. Hay que hacer, aunque te lastimes en el proceso.
  • Manual de instrucciones para días nublados plasma otro vector sobre el que ha transcurrido mi vida durante este año: el autoconocimiento y la autogestión, especialmente a nivel emocional. Convencerse de que hay herramientas y metodologías para observarnos, para identificar qué nos pasa, para tomar perspectiva y para dar una respuesta qué más nos beneficie.
  • Y para cerrar la lista, el post de mi cumpleaños. Cuarenta. Una declaración de intenciones a la que espero seguir siendo fiel.

Aprovecho la ocasión para daros las gracias a todos los que me leéis, especialmente a los «habituales», y dentro de esos especialmente a los que lleváis más años haciéndome compañía. Escribir el blog es una de las cosas que más me gustan, y saber que estáis al otro lado es uno de los factores clave.
Nos vemos en 2017 🙂

¿Teson y constancia? ¿Yo?

Ayer este blog cumplió 12 años. 1730 entradas (1731 con ésta).
Comentándolo en mis redes sociales, unos cuantos amigos amables me felicitaban. «Enhorabuena por el tesón y la constancia», me decían. ¿Cómo? ¿Tesón y constancia? ¿Yo?
Cuando pienso en cosas en las que debería «seguir el ejemplo de otros», una de las primeras que se me vienen a la cabeza es precisamente esa. La constancia. La disciplina. El coger una cosa y mantenerla, pim, pam, pim, pam, hasta terminarla. Me pasa con demasiada frecuencia que cojo un tema, juego con él durante unos días/semanas, pierdo el interés y ya estoy buscando algo nuevo. Esa es la historia, al menos, que yo me cuento.
Pero luego aparece, como contraejemplo, el blog. 1730 entradas en 12 años. ¿No decías que no eres constante? Pues ya me explicarás…
Lo curioso es que yo nunca he vivido la experiencia del blog como un «sacrificio» que requiriese de «constancia», de «disciplina». No lo fue al principio, «tengo que poner en marcha un blog, tengo que tener un plan editorial, decidir de qué hablar»… era más bien un juguete con el que estaba encantado y disfrutaba como un enano. Tampoco lo fue en esas etapas menos productivas, en plan «venga, a ver si me pongo con el blog que lo tengo abandonado». He escrito en él cuando me ha apetecido, lo he dejado cuando no me llamaba decir nada, y he vuelto cuando me ha salido de dentro. Y así, de esa forma tan natural y orgánica, es como he llegado hasta aquí.
Esto me ha hecho reflexionar sobre la motivación, sobre cómo hay cosas que acaban saliendo de forma natural y casi inevitableefortless doing«) mientras otras no hay forma de conseguirlas. Cómo hay cosas que se adaptan mejor a la forma de ser de uno, y hasta qué punto podemos actuar para que sea de otra manera o si tiene sentido «emperrarse» en algo que no fluye.
También sobre los pensamientos limitantes, esas «historias que nos contamos a nosotros mismos» para las que no dejamos de encontrar ejemplos («¿Lo ves? Lo que yo decía») mientras ignoramos todo aquello que desmonta nuestra creencia. Y cómo un proceso consciente de «indagación apreciativa» puede ayudarnos a resquebrajar esas creencias, abriendo las puertas a aceptar que las cosas, quizás, son de otra manera.
Y así, reflexionando reflexionando, son ya 1731.

Mis fracasos llevando diarios

Recuerdo la primera vez que intenté llevar un diario. Calculo que tendría… ¿13 años? Fue un cuadernito normal, de los cuadriculados del colegio. No recuerdo por qué lo empecé. Curiosamente, recuerdo al menos dos de los temas sobre los que escribí. Recuerdo dónde lo escondía, debajo de la cadena de música que tenía junto al cabecero de la cama. También recuerdo que no escribí mucho más, y me parece que pasados no muchos días arranqué lo que había escrito y lo tiré: demasiado personal como para estar por ahí rondando.
Supongo que ése fue uno de los factores de «rozamiento» que impidieron que el hábito se formase. Esa sensación de falta de privacidad, de tener un cuaderno por ahí suelto con pensamientos muy personales que pudiera caer en manos de mi hermana o de mis padres. Incluso el hecho de que me vieran escribiendo en un cuaderno, o guardándolo, y verme en la tesitura de explicar que estaba llevando un diario, ya me suponía una barrera. Quería que fuese algo de mí para mí, sin que su contenido ni su mera existencia fuese algo conocido.
A lo largo de los años me he sentido atraído varias veces por esa idea de «llevar un diario». De alguna manera, el blog (esta semana cumplirá 12 años. 12 años, manda huevos) o el twitter han cumplido parte de su función. Pero claro, no es lo mismo. Su naturaleza pública hace que en temáticas y en tono sean vehículos muy acotados. De vez en cuando se escapan algunas gotitas de sentimiento, de obsesiones… pero pasadas por el tamiz de la conciencia de que es algo que otros pueden ver. Así que hay todo un mundo de intimidad que se queda fuera.
Dicen que llevar un diario es beneficioso. Que poner por escrito lo que tienes en la cabeza ayuda a ser más consciente, a interrumpir las rumiaciones, a poner orden. Que el proceso reflexivo que se produce al escribir ayuda a tener más claridad, a descubrir nuevos enfoques. La revisión a pasado ayuda a recordar, a detectar patrones en tu pensamiento y en tu comportamiento, a poner en perspectiva las cosas.
Todo esto son cosas que, en mis (siempre breves) experiencias sí he sentido. Y sin embargo, hasta hoy no he sido capaz de sostener el hábito. Me da el punto, empiezo… pero a los pocos días el esfuerzo se va espaciando, y acaba por diluirse por completo. He probado a utilizar aplicaciones como Journey, he probado con el cuaderno tradicional, incluso con un formato gráfico (acompañando las palabras de dibujos). He leído sobre bullet journaling, sobre 5 minutes journaling, sobre morning pages. Me he enfrentado a la sensación de «bueno, y qué se escribe aquí»; pero cuando he intentado seguir formatos un poco más dirigidos tampoco me he sentido cómodo («esto es demasiado rígido, siento que me estoy repitiendo»). Cuando escribo mucho tengo la sensación de que «me enrollo demasiado»; formatos más breves me dan la sensación de que no capto todo, ni con toda la profundidad y matices. Cuadernos bonitos, cuadernos feos. Grandes y pequeños. En el fondo, da igual; tengo claro que el problema no es por no haber dado con «la herramienta/formato perfecto», si no por una falta de hábito. ¿Y por qué? Buena pregunta. Está claro que no he conseguido encontrar un hueco, un ritual que pueda utilizar de forma consistente para hacer esa reflexión diaria. Llega la noche (que es cuando siento que debo hacerlo por aquello de «recapitular el día», aunque hay quienes sugieren que hacerlo por la mañana también es útil), y ya me he desentendido del escritorio, y voy del sofá a la cama. No soy de escribir en la cama (algo que hay quienes sí hacen) así que ese rato se me escapa.
Pero seamos serios. «If there’s a will, there’s a way». El que realmente quiere algo busca la forma de hacerlo, y el que no quiere se busca una excusa. Hoy, repasando un puñado de hojas de uno de mis intentos (de 2014) me ha dado por pensar una cosa: he visto una serie de «pensamientos recurrentes». Cosas que me preocupaban en 2014, igual que recuerdo que me preocupaban años antes, igual que me preocupan ahora. He tenido la sensación de «no avanzar», y no me ha gustado. Esto me lleva a sospechar que llevar un diario me obliga a enfrentarme a cosas que no me gustan de mí mismo. Esa exigencia de reflexionar pone de manifiesto incoherencias, lados oscuros, limitaciones. Cosas que no son cómodas. Y como no me gusta verlo, lo más fácil es «matar al mensajero». Y luego racionalizarlo con una excusa a elegir.
Precisamente hoy leía en una de esas anotaciones una frase: «Si no te gusta lo que ves en el espejo, no le culpes a él». Vaya con el diario.

Locales

Cuando voy caminando por la calle, me gusta ir fijándome en los locales comerciales. En los ocupados, y en los vacíos.
Me gusta echar un vistazo dentro, ver qué venden, cuánta gente hay. Mi mente de «economista» intenta hacer un bosquejo de la viabilidad del negocio: ¿cuáles son los costes? ¿cuáles los ingresos? ¿esto da para ser rentable? Reconozco que muchas veces no me salen las cuentas. ¿Cómo es posible que este chiringuito salga adelante? He tenido contacto con algunos pequeños negocios, y sé que hay que remar mucho para que las cuentas cuadren. Y hay «negocios» que me llaman mucho la atención, porque soy incapaz de entender qué cuentas de la lechera se habrá hecho el promotor para meterse en ese lío. Luego la realidad se impone y, cuando al cabo de unos meses ves el negocio cerrado, piensas: «joder, si es que era de cajón». Aunque he de reconocer que otras veces veo cómo el negocio permanece (¿ganando dinero?), y pienso «algo hay que me estoy perdiendo».
También suelo mirar los locales vacíos (¡cuántos hay!). Me da por elucubrar: «¿y si abriese yo un negocio?». Lo he pensado muchas veces a lo largo de los años, pero siempre llego al punto de bloqueo. ¿Qué negocio podrías poner, que «funcionase»? ¿Qué necesidad no cubierta existe? ¿Qué valor puedes aportar? Como cliente… ¿qué negocio echas en falta, por qué estarías dispuesto a pagar (a ser posible mucho y de forma recurrente)? Y no me salen demasiadas respuestas claras.
Siempre me ha llamado mucho la atención la mentalidad del «emprendedor», del «negociante», del que se lía la manta a la cabeza y dice «venga, yo abro y a ver qué tal va». Y se mete en gastos, reformas, decoración, publicidad, stock (las inversiones en el «mundo físico» siempre me impresionan)… y hala, a torear. Y luego si sale, bien; y si no pues a cerrar y a probar otra cosa.
Hay algo cierto, y es que a algunos les funciona. Pero no puedo dejar de pensar en todos aquellos a los que no, los que reman como locos para al final tener que rendirse, con suerte sin haber perdido demasiado dinero en la aventura.

La buena gestión empieza por uno mismo

¿Qué es un gestor? Hace tiempo reflexionaba que

La gestión es un “área técnica” en sí misma, una serie de conocimientos, habilidades, herramientas… que tienen que ver más con “la labor de dirigir” que con el contenido específico de “lo que estoy dirigiendo”

Sobre esta base, creo que ser un «buen gestor» es sobre todo cuestión de saberse gestionar a uno mismo. Si eres capaz de dominarte a ti mismo, serás capaz de adquirir y desarrollar esa serie de habilidades necesarias para gestionar. Y luego, en tu día a día, serás capaz de aplicarte en el uso de esas técnicas y herramientas. No tienes que inventar, no tienes que tener «talento». Simplemente seguir las instrucciones.
Hay infinidad de recursos que te explican cómo hacer un análisis de negocio, cómo definir una estrategia, cómo hacer unos presupuestos, cómo gestionar equipos, cómo ejecutar un plan, cómo establecer objetivos, cómo gestionar conflictos, cómo realizar entrevistas… lo que quieras. Ahí están, a un click de distancia. Solo hay que poner foco, y ejecutar. Solo con eso seguro que alcanzas un nivel de solvencia notable.

Me atrevería a decir que es un importante factor de éxito, que está al alcance de cualquiera. Cíñete al puñetero guión. Elige la metodología, el proceso, la herramienta… que te de la gana, y luego cíñete a lo que has elegido. Hazlo el tiempo suficiente, y con el rigor necesario, como para poder valorar si funciona o no. Consolida. Y luego, si tienes que refinar, refina. Si puedes adaptar, adapta. Pero para entonces seguro que ya estás varios pasos más cerca de lo que querías conseguir, y desde luego mucho más cerca que si vives a base de improvisación e impulsos.

Así pues, más que encontrar la herramienta definitiva o la idea brillante, la labor del gestor es sobre todo la de desarrollar sus habilidades y la de aplicarlas de forma consistente, buscar la «maestría» en ese ámbito específico de la gestión.

Me encanta que los planes salgan bien

¿Qué tal funcionó mi charla del otro día? Bueno, recibí reacciones positivas tanto en directo como en la red, pero asumo que eso no es significativo. Seguro que también hubo a quien no le convenciera, y no dijo nada (tampoco me tiraron tomates, eso es verdad). Yo desde luego estoy satisfecho, como siempre pensando en cómo hacerlo mejor la próxima vez. Pero hay algo de lo que estoy seguro: salió exactamente como estaba previsto que saliese.
Seguí el guión que tenía planificado. No divagué, ni me perdí, ni me dejé ningún punto relevante en el tintero. Encajé un par de chascarrillos. En definitiva, trasladé el mensaje que quería trasladar, y me ceñí rigurosamente al tiempo previsto, sin tener que hablar deprisa, ni saltarme ningún trozo, sin dar vueltas en bucle para ganar unos segundos porque me hubiese quedado corto.
¿Casualidad? No. Tampoco talento. Simple preparación, algo que está al alcance de cualquiera.
Hace semanas que empecé a pensar «qué quería contar«, cuál era la idea principal que quería transmitir y cómo montar el hilo argumental que me permitiera darle soporte. Porque de eso se trata, uno se sube a un escenario para contar algo. Sobre esa base he ido profundizando, afinando el discurso, añadiendo un poco de aquí y quitando un poco de allá, buscando datos y anécdotas, intentando darle equilibrio, coherencia y sentido.
En paralelo he ido trabajando el aspecto gráfico de la presentación: sencillo pero aparente, visual, coherente con el discurso. Lejos de las «plantillas estándar», cuidando un poco los detalles. Aplicando algunos criterios básicos de diseño que no cuestan nada.
Muchos días antes recibí las instrucciones de la organización: 20 minutos, 11 slides, una plantilla estándar. Contrasté con ellos si el asunto de la plantilla era «negociable». Lo era, así que pude seguir con mi plan original. Si no lo hubiera sido, hubiese tenido tiempo más que de sobra para adaptarme, nada de sorpresas de última hora. La restricción de minutos y slides sí me hizo aligerar la charla, y busqué cómo hacerlo manteniendo el espíritu y la lógica argumental; algo más sencillo cuando la diseñas «de arriba abajo», puedes eliminar niveles de detalle manteniendo los grandes bloques.
Pasé la charla a dos o tres personas de confianza, para que me dieran su feedback. Incluso pregunté en twitter por un par de matices, a ver qué tal sonaban. Cambié un par de cosas en función de las aportaciones recibidas; es algo que me cuesta en general, pero cuatro ojos ven más que dos, y alguien «de fuera» puede ver tu trabajo con más claridad que tú mismo.
Y ensayé. Cogí la presentación, y la recité durante varios días, varias veces en mi cabeza, otras más en voz alta. Primero leyendo, luego siguiendo de memoria. Midiendo tiempos, siendo consistente en lo que contaba y en cómo lo contaba, asegurando que siempre tardaba más o menos lo mismo en cada bloque y, por extensión, en el total. Tomando referencias que me permitiesen saber, en vivo y en directo, si iba ajustado o no y corregir si fuese necesario.
La presentación la envié a la organización con varios días de antelación a la fecha límite. No había lugar a cambios de última hora, ni a volverles locos. El trabajo ya era de puro repaso, y así fueron los últimos días: asegurarse de que todo estaba en mi cabeza y que salía con fluidez. Incluso durante el viaje pude repasar mentalmente el hilo otro par de veces.
Y llega el momento de subirse al escenario. Y claro, hay nervios, porque da igual las veces que lo hayas hecho un auditorio con decenas de personas impone respeto. Pero empiezas a contar lo que has contado ya tantas veces en tu cabeza, y entras casi en «modo automático». Y mientras hablas, como lo tienes automatizado, tienes tiempo para ver reacciones, para controlar el tiempo, para meter una pequeña improvisación. Y miras al reloj y ves que vas justo sobre el timing previsto. Y llegas al final y ves que quedan 30 segundos, los justos para hacer el cierre. Y después de un par de preguntas, te bajas satisfecho pensando que has hecho justo lo que querías hacer.
Habrá quien piense que «menudo repelente», que qué asco doy :D. No podría importarme menos. Para mí era importante que saliese bien, por prurito profesional y por respeto a quienes me van a escuchar. Y por eso le dediqué tiempo y cariño a la preparación. No quería, en una presentación de 20 minutos, excederme 10 o quedarme 5 por debajo. No quería dejar cojo el argumento porque me olvidase de algo. No quería hacer una presentación frankenstein a última hora, mientras iba en el tren. No quería hablar muy rápido y atropellando ideas porque intentas meter en 20 minutos una presentación diseñada para 50. No quería amontonar texto en una diapositiva para que todo encajase. Simplemente, quería que saliese bien.
Decía Bill Walsh que, con la adecuada preparación, «score takes care of itself». La mayor parte en esa preparación no hay magia, ni talento especial, ni herramientas maravillosas… solo diligencia. Woody Allen lo expresa diciendo «80% of success is showing up». Las cosas pueden salir mejor o peor, pero que no sea porque tú no has hecho tu parte.

Run to the hills: aprender (más y mejor) como estrategia de supervivencia profesional

En noviembre en Sevilla «estrené» la charla que he había estado preparando durante semanas. «Run to the hills: aprender (más y mejor) como estrategia de supervivencia profesional»

La idea fuerza es que vivimos en un mundo complicado, que nos obliga a reinventarnos constantemente. Y que, en este escenario, desarrollar nuestras habilidades es una estrategia que incrementa nuestras posibilidades de que nos vaya bien. Pero es importante definir «qué aprender», y sobre todo, «cómo aprender» para que los resultados sean los mejores posibles.
La charla pivota sobre varias de mis «obsesiones» últimamente: la tecnología y su relación con el empleo (aunque no es solo la tecnología; es la demografía, es la globalización, es el ritmo acelerado de la innovación…), y el desarrollo profesional como respuesta. Pero no «cualquier desarrollo profesional», si no uno que de verdad permita expandir nuestras capacidades.
Creo que el resultado está bastante bien armado. Estoy disfrutando al profundizar en esta temática, y además creo que es uno de los «grandes temas» del futuro. Mi enfoque, además, se centra en lo que podemos hacer cada uno de nosotros, aquí y ahora.
Mi objetivo es seguir tirando de este hilo. La charla, tal y como la tengo, permite hacer intervenciones cortas (como los 20 minutos de esta charla) o profundizar más en sesiones más largas. Estoy buscando activamente ocasiones para darle visibilidad (tanto en el ámbito educativo como en el profesional; creo que en ambos contextos tiene sentido como llamada de atención y como guía de actuación), así que si lees esto y crees que puede resultar interesante estaré encantado de que hablemos.
También he puesto en marcha un espacio en Facebook (Skillopment) para compartir allí recursos, enlaces y demás cosas de interés relacionadas con esta idea (como dicen los youtubers, «like & suscribe» :D).
Irán viniendo más cosas. De momento, me gusta el color que está cogiendo :).