Este es un «sucedido» que me contaban hace unos años, referido a una redacción de periódico (y que me perdonen los periodistas si cometo alguna incorrección respecto a los puestos). El hecho es que, dentro del proceso de publicación, estaban definidos tres puntos de control para que el contenido que salía de la imprenta fuese el correcto. Aparte del propio redactor, había alguien en la redacción que tenía que repasar todo el contenido antes de mandarlo a imprenta, y luego alguien tenía que hacer una última revisión para ver que lo imprimido estaba bien.
Total, que habiendo tres puntos de control… no eran pocas las veces que el periódico se imprimía con errores, algunos de ellos garrafales. ¿Y por qué? Porque el primero pensaba «bah, si después me lo van a revisar dos, para qué me voy a molestar yo». El segundo pensaba «bueno, esto se supone que viene revisado, y después hay otro que lo controla, así que… para qué me voy a molestar yo». Y el tercero pensaba «ya hay dos personas que han revisado esto, ¿para qué me voy a molestar yo?
Y así, los unos por los otros, la casa sin barrer… y es que en ocasiones la redundancia de sistemas de control (y más cuando son «humanos») paradojicamente redunda en un peor control.
Rajoy sigue, ¿bueno o malo para el PP?
En fin, los últimos días estoy muy político, pero imagino que la situación lo requiere.
Después de la derrota del pasado domingo (por mucho que se quiera vender la burra, es una derrota; no una debacle, pero desde luego no un triunfo), la gran incertidumbre era qué iba a pasar con el PP. Bueno, lo sigue siendo. Pero con una incógnita menos: Rajoy no se va, quiere volverlo a intentar.
¿Es esto bueno, o malo? Pues (haciendo honor al galleguismo del personaje) «depende». Depende de qué Rajoy sea el que intenta esta nueva aventura, de qué planteamientos hace, de qué equipo se rodea. Desde que Aznar le designó como el «heredero», siempre tuve simpatía por este hombre. Pensé que, de su mano, el PP podría retomar el discurso centrista / moderado que tan buenos resultados le dio en el periodo 1996-2000 (que acabó con una rotunda mayoría absoluta) y que abandonó en gran medida en el 2000-2004. Pensé que, de su mano, desaparecerían los Acebes, Zaplanas y demás rostros «duros» (que no caraduras, ojo :P) que representaban la imagen y el discurso más «derechista» y que serían sustituidos por la «nueva hornada» (Ana Pastor, Núñez Feijoo, Gallardón, etc.) de corte más moderado.
Pero aquéllo no pasó. Acebes secretario general, Zaplana portavoz. El discurso del PP, lejos de centrarse, parecía cada vez más escorado a la derecha. Incluso el bonachón Rajoy interpretaba ese papel. Pero, a decir verdad, nunca le vi cómodo en ese ambiente crispado.
Siempre he interpretado que a Rajoy le tocó lidiar con huesos duros de roer dentro de su propio partido. Que sus inquietudes centristas, dialogantes y moderadas fueron frenadas por los sectores más conservadores del partido. Y que en aras de mantener la «unidad interna» (al menos de puertas para afuera) Rajoy tuvo que hacer concesiones y jugar a un juego que no quería.
Su decisión de volverlo a intentar yo la interpreto como un gesto de orgullo. De decir «si he de perder y marcharme, que sea por haber puesto sobre la mesa mis ideas y mis equipos y, no como ha sucedido ahora, por haberme visto obligado a jugar el juego de otros». Por eso intuyo que el equipo que presentará al congreso del PP será bastante distinto al que ha tenido durante estos cuatro años, y bastante parecido al que yo hubiera querido en un primer momento.
Por supuesto, de ser así, no lo va a tener fácil. Hay muchos en el PP que daban por amortizado su puesto y que ya estaban preparándose para el asalto al liderazgo, y a quienes esta decisión les habrá chafado los planes. Y ahora tienen dos opciones, la primera empezar con zancadillas internas de todo tipo (incluyendo los «mensajitos» a través de los medios afines, que ya desde ayer empezaron con la labor de zapa). Y la segunda, la guerra frontal: plantear candidaturas alternativas y a ver quién prefieren las bases populares. Lo que no creo que vaya a hacer Rajoy es presentar un equipo «de consenso»; eso ya lo ha hecho, y ya sabe qué resultado va a obtener.
Claro, que también puedo estar equivocado… :). Quizás sea solo un gesto para aplazar el anuncio de su marcha (y poder hacer una transición ordenada). En todo caso, se presenta (y me alegro) un inicio de legislatura movidito para el PP. Lo necesitaba el partido, y lo necesitaba el país.
UPyD; no todos los votos son iguales
Sabía que iba a ocurrir ya desde el mismo momento en que me planteé votar UPyD. Sabía que mi voto iba a contar menos que el de otros votantes. Algo que me parece tremendamente injusto, y que debería llevar a cambiar el sistema electoral en España. Ahora, cuando ya está casi todo el pescado vendido y hay datos fehacientes, es el momento de ponerlo encima de la mesa.
Dicen que la democracia es lo de «un hombre, un voto». Y sí, es verdad, se cumple en nuestra democracia. Pero luego resulta que no todos los votos valen lo mismo, así que… ¿no todos los hombres valemos lo mismo? Yo no lo entiendo.
UPyD ha reunido, grosso modo, 300.000 votos en España. Ha conseguido 1 diputado. Ese diputado a Nafarroa Bai le ha costado la quinta parte de votos. Con prácticamente los mismos votos (unos 300.000), PNV ha conseguido 6 diputados. ERC, con menos votos (unos 280.000 votos), consigue el triple de diputados.
Honestamente, me parece una vergüenza. Este sistema es profundamente injusto, porque hace que mi voto valga menos que el de otros. E introduce un sesgo incomprensible, ya que provoca que los partidos que se presentan en toda España tengan una seria desventaja respecto a partidos que se presentan en un par de circunscripciones (normalmente, nacionalistas). Es decir, que el partido que se preocupa sólo «de lo suyo» está encima mejor tratado que el partido que se preocupa por «lo de todos».
Circunscripción única ya.
Elecciones 2008; pensamientos a vuelapluma
Bueno, pues ya están las elecciones casi finiquitadas. Queda todavía algo por escrutar, pero la suerte está echada. Realmente ninguno de los escenarios me iba a satisfacer demasiado: el PSOE no me gustó en esta legislatura, y no quería que repitiera. Pero el PP tampoco me pareció que estuviera a la altura como para ser la alternativa. Así que, ganara quien ganara, me iba a quedar con la sensación de «no era esto lo que quería»…
En fin, algunas reflexiones a vuelapluma:
- El PSOE gana, incluso crece… pero tampoco arrasa (como por ejemplo hizo el PP en 2000, tras su primera legislatura). Me gustaría (aunque dudo que lo hagan) que alguien en el PSOE se plantease por qué su gobierno no ha concitado un apoyo más unánime. Y no, no vale «la culpa es del PP», que esa canción ya nos la sabemos. Yo en su situación, desde luego, me preguntaría «qué no hemos hecho bien».
- El PP pierde… pero crece respecto a 2004, gana votos, gana diputados… la verdad, puestos a perder yo hubiera preferido una derrota mucho más contundente, un fracaso en toda regla. Algo que hubiese provocado una catarsis, una fuerte autocrítica, una renovación. Estos resultados, sin ser buenos, son lo suficientemente «decentes» como para que no haya cambios. Y creo que el PP los necesita si quiere volver al gobierno
- Los nacionalistas «de toda la vida» siguen ahí: CiU y PNV siguen siendo fuerzas importantes. Aun cuando parece que se pueden ver afectados por otros nacionalismos más radicales, ellos se mantienen. Y ya puestos a que haya nacionalismos en el Congreso (algo dicutible en mi opinión, pero hoy es lo que hay), prefiero que sean de éstos que, con sus cosas y sus gestos «de cara a la parroquia», tienden a ser razonables (no en vano son «conservadores»)
- Castañazo de ERC: pues me alegro. Siempre me han parecido una gente muy pintoresca, pero poco seria. Así que cuanta menos influencia tengan, mejor.
- IU sigue su lento camino a la desaparición: siento cierta lástima, porque creo que es interesante una fuerza de izquierdas (entre otras cosas, para ocupar ese hueco y facilitar que el PSOE se fije más en el centro). Pero IU juega demasiado a las utopías… y así les va. Creo que la gente quiere votar ideas y partidos «razonables», y en IU sacan los pies del tiesto con demasiada facilidad
- UPyD entra en el Congreso. Me alegro mucho. Es lo que yo he votado, las razones ya las expliqué. Conseguir representación parlamentaria era como lograr una «bola extra», recibir un espaldarazo mínimo como para ganarse cuatro años de tranquilidad y una cierta visibilidad para construir un partido. Espero que lo sepan hacer bien y que dentro de cuatro años se hayan ganado el derecho a seguir creciendo como alternativa
Isaías, uno de los nuestros
Es duro. Y lamentablemente, inevitable. Matar es demasiado fácil, un cobarde con una pistola no necesita mucha infraestructura para matar, ni un plan elaborado que se pueda destruir. Sacar pistola, disparar, correr.
Dicen por ahí que «los únicos culpables son los que aprietan el gatillo». Pero yo no estoy de acuerdo con que hay un único responsable, el que apretó el gatillo. Ni en ampliarlo, de forma genérica, a «ETA». Hay muchos más. Los que le ayudaron. Los que le protegen. Los que le esconden. Los que miran para otro lado. Los que, en su fuero interno, piensan que Isaías “se lo merecíaâ€. Los que piensan que éste no, porque era “un trabajadorâ€, pero que si hubiese sido un Guardia Civil, o un militar… o un político… o uno que viva en otro sitio, no “en nuestro puebloâ€â€¦.
El problema del terrorismo es un problema no por los pistoleros. Si solo fuera eso, sería un problema de delincuentes, de mafiosos, como hay tantos. El problema del terrorismo son todos los demás. Todos los que no disparan, pero que tampoco rechazan a quienes lo hacen. Y lamentablemente son más de los que creemos. Es contra éstos contra los que hay que pelear, contra los que de hecho pelean a diario las gentes como Isaías, ejemplos cotidianos de grandeza, de valentía, de dignidad. Puede sonar raro, pero no es la lucha de policías contra pistoleros la que nos debe preocupar, porque ésa por descontado que la vamos a ganar (aunque tengamos la «desventaja» de que nosotros respetamos el estado de derecho – es una desventaja operativa, pero es lo que nos permite identificarnos sin ningún género de duda como «los buenos»). La crucial es la lucha de la sociedad sana, democrática (con sus discrepancias, claro)… contra esa parte de sociedad enferma. Ése es el cancer que tenemos que curar. Los pistoleros son sólo el síntoma.
En cuanto al impacto político, es inevitable. Este atentado pone el foco, a última hora, sobre uno de los asuntos relevantes en la agenda política. E inevitablemente nos trae a la cabeza cuál ha sido el comportamiento de unos y otros a lo largo del tiempo. Por mucho que los políticos se hayan esforzado transmitir una imagen de unidad. Porque todos sabemos que esa unidad no es real, y que todos han tenido que hacer un esfuerzo para aparentarla (porque no puede ser de otra manera; y aun así, se ven las «fisuras»). Pero siguen existiendo divergencias de base que no se curan de un día para otro: el fin es el mismo, pero los medios no. Y tampoco hay voluntad de consenso: cada uno de los grandes partidos quiere que el consenso suceda sin moverse de su posición, esperando que sea “el otro†el que “desistaâ€. Ésa es la realidad (de la que tan responsables son unos como otros), lo que acabará aflorando tras la apariencia de unidad. Hacen falta muchas cosas (entre ellas, una altura de miras que nadie ha demostrado hasta ahora; y tiempo, mucho tiempo) para que esa herida restañe.
Mientras tanto, a votar. Y a seguir luchando para que los que forman esa parte enferma de la sociedad sean cada vez menos, para que ningún niño crezca con esa concepción del mundo, para ganarles terreno en las calles, para conseguir que den cuenta de lo equivocados que están y de lo repugnante de su posición, para conseguir que se avergüenzen y nos pidan perdón, para conseguir que den el salto a nuestro lado de la sociedad, para marginarles en la vida cotidiana si no lo hacen. Y a seguir gritando a nuestros políticos que se olviden de partidismos y hagan un esfuerzo real de consenso, de centrarse en lo que nos une a todos por encima de sus divergencias partidistas. Que no nos merecemos menos.
La Universidad no sirve para nada

Al menos, es la conclusión que se podría llegar a leer lo siguiente en mi anterior post:
Salimos de la facultad pensando que sabemos algo… pero no tardamos mucho en darnos cuenta que no sabemos nada de nada
Si salimos de la Universidad sin saber nada de nada… ¿entonces para qué le dedicamos unos años?. Sobre todo cuando, como en el entorno actual, un título universitario es un elemento muy poco diferenciador en el mercado laboral: antes «ser licenciado» era señal de algo, pero ahora hay tantos miles de ellos que un título no te asegura gran cosa.
Evidentemente el planteamiento no es tan radical. Es cierto que, cuando salimos, no sabemos «nada de nada» en el ámbito práctico. Pero de algo han servido esos años (ojo; si, y sólo si, hemos puesto cosas de nuestra parte; porque hay gente sobre la que la Universidad pasa como si nada).
Creo que el beneficio principal es que nos da un esquema de conocimientos. Nos «amuebla» la cabeza. Son cosas que quizás luego no tengan una utilidad práctica directa en nuestro primer trabajo (o nunca), pero nos permite tomar una perspectiva amplia sobre un determinado campo del conocimiento que hace que el aprendizaje posterior (el que sucede «en la vida real») vaya encontrando acomodo de una forma mucho más sencilla y natural.
También podríamos hablar de la dinámica de estudio / esfuerzo (aunque eso es algo muy relativo, que depende de universidades y también de la actitud personal), de las oportunidades de conocer personas interesantes (tanto entre alumnos como entre profesores) e interactuar con ellas (aunque, de nuevo, la actitud personal es un factor importantísimo), el incentivo a «buscarse la vida» (las cosas ya no vienen mascadas)…
Por supuesto, muchos conciben la Universidad como la posibilidad de extender su adolescencia durante un puñado de añitos más, con unas responsabilidades limitadas y grandes posibilidades de disfrutar de todo tipo de ocio. Lo cual está estupendo, pero no deja de ser un tanto peligroso si sólo se queda en eso…
En definitiva, desde mi punto de vista el periodo universitario es un periodo de oportunidades que, bien aprovechadas, son realmente enriquecedoras tanto desde el punto de vista de desarrollo personal como profesional. Pero que para resultar efectivamente bien aprovechadas requieren de un nivel de proactividad bastante elevado. Así que, si quieres y puedes ir a la Universidad, hazlo con la conciencia de que estás ante una oportunidad única, y con la disposición de sacarle el máximo partido. Si no, simplemente estarás dejando pasar el tiempo.
Reflexiones sobre el futuro de los licenciados ADE
Me escribe un mail Antonio, un chico de Valencia que está a punto de terminar sus estudios en ADE (Administración y Dirección de Empresas), pidiéndome mi opinión sobre qué hacer con su futuro. Ahhh… qué tiempos aquéllos… después de pasarse toda la vida hilando un curso con el siguiente, sin tomar grandes decisiones, ve uno que se va acercando el precipicio; ya no hay «sexto de carrera», deja uno el mundo académico y se tiene que sumergir en el tenebroso y desconocido mundo laboral. Se vienen encima todas las incertidumbres del mundo, y la responsabilidad de tener que empezar a elegir.
Yo también soy licenciado en ADE (aunque en Bilbao simplemente éramos «de la Comercial», nunca me sentí muy identificado con lo de ADE), y también viví aquellos momentos. De una forma un tanto peculiar, a decir verdad, porque yo fui uno de tantos de mi promoción que salió «colocado» (estimo que entre banca de inversión, consultoras y auditoras que realizaban procesos de selección durante el último año de carrera, el 80%-90% de la promoción llegó a junio sabiendo dónde iba a empezar a trabajar), además en un entorno que se asemejaba bastante al «sexto de carrera» (mucha gente de una misma promoción, con procesos muy definidos de formación y en los que la inmersión en el entorno laboral se realizaba bastante poquito a poco).
Pero bueno, tras 9 años sí que creo que tengo una cierta perspectiva como para reflexionar sobre este salto.
- Primer punto: no agobiarse. Ninguna de las decisiones que tomemos es vinculante. Escojamos una opción u otra, siempre tendremos posibilidad de cambiar en el futuro. Nada es irreversible, nuestra vida laboral no depende de esas primeras decisiones, así que descarguemos ese pesado lastre de nuestros hombros. Resulta fácil decirlo desde este lado, pero es que es así (aunque probablemente es una conclusión que sólo se alcanza después de pasado todo el proceso).
- Segundo punto: aprender, aprender, aprender. Salimos de la facultad pensando que sabemos algo… pero no tardamos mucho en darnos cuenta que no sabemos nada de nada. Con suerte, tendremos una pequeña base de conocimientos. Pero la realidad siempre es mucho más compleja y cambiante. Por no hablar de lo que no es conocimiento y tiene que ver más con eso que se llama «saber trabajar» (relacionarse con jefes, compañeros y clientes, gestionar el propio tiempo, la autoexigencia, el rigor, la responsabilidad). Será a través de la experiencia cuando vayamos conociendo el mundo laboral y empezar así a tomar decisiones sobre lo que nos gusta y lo que no nos gusta, lo que se nos da bien y lo que no, lo que queremos para nuestro futuro. Por lo tanto, en los primeros años, el foco siempre debe estar en aprender, tanto en el ámbito teórico como en el práctico. En ser una esponja. Someterse a cuantas más experiencias mejor (variedad de proyectos, variedad de equipos, perfil internacional…) es de lo más recomendable, no es momento de buscar un sitio «tranquilo» y cómodo (aunque sea nuestra tendencia natural). Muestra interés por tu empresa, por tu sector, por tu mundo… más allá de las tareas que te sean asignadas. Exponte, no te refugies. Demuestra mucho antes de exigir.
- Tercer punto: y relacionado con el anterior. Si lo importante es aprender, entonces lo importante no es el dinero, o las horas que haya que trabajar. No importa trabajar mucho o cobrar poco si a cambio aprendemos mucho y conocemos mucha gente. Sé que este planteamiento «suena mal» (queremos trabajar para ganar dinero, queremos tener tiempo libre para disfrutarlo… y lo queremos ya), pero este sacrificio de tiempo y dinero tiene sus recompensas medida en términos de desarrollo profesional y de oportunidades futuras. A veces pensarás que no merece la pena el esfuerzo (y puede que en ocasiones sea así), pero desde luego sin hacerlo no cabe esperar que las cosas caigan del cielo.
En definitiva: acabar la carrera es, aunque suene contraintuitivo, todo lo contrario a «haber llegado». En realidad, lo que estamos haciendo es «volver a empezar». Hay un mundo entero de oportunidades a tu disposición, pero ninguna va a llegar mientras esperas cómodamente sentado.
Quieren que trabajemos gratis

Ayer en el Beers&Blogs, entre el habitual trasiego de conversaciones y personas interesantes, surgieron un par de temas más que apasionantes. Me comentaba Antonio Delgado que, en la etapa que está viviendo como profesional/consultor independiente, se ha encontrado ya en varias ocasiones con personas que le piden su consejo pero que no parece que tengan intención de pagar por él.
Cuando vendes un intangible…
En realidad el tema que planteaba Antonio no es ajeno a cualquier proyecto de consultoría «de la que me gusta» o, más en general, a todo aquél que base su valor añadido más en «capital intelectual» y las ideas que en la entrega de un producto o la prestación de un servicio continuado a lo largo del tiempo.
Nos encontramos con que hay una zona gris. Mientras un producto tiene unas características determinadas que se pueden acotar y sobre las que puedes basar mejor o peor la decisión de compra, en el mundo de las ideas todo es más difuso. Yo me pongo en el lado del potencial cliente y pienso… ¿merecerán la pena las ideas de este tipo? ¿cómo lo voy a saber si no me las cuenta? ¿cómo le voy a pagar hasta que no esté seguro de lo que estoy comprando? Sin embargo, desde el lado del que va a aportar esas ideas, la desconfianza va por otro lado: si le cuento mis ideas sin haber cobrado… ¿qué motivación va a tener el cliente para pagarme, si ya tiene de mí todo lo que quería?
Y en esa zona gris nos vamos a mover siempre. Está claro que algo tenemos que adelantar, de forma gratuita, para incentivar la compra por parte del cliente. ¿Cuánto? Si damos demasiado poco, el cliente no va a tener argumentos para decantarse por nosotros. Si damos demasiado, corremos el riesgo (y más cuanto más jeta tenga el potencial cliente, que los hay que tienen mucha) de que el cliente tome las ideas que le hemos dado gratis y con eso decida tirar por sí mismo. Seguro que a todos nos suena el «podías incluirme un ejemplo en la propuesta de cómo haríamos esto» o «estaría bien ver cómo quedaría esto adaptado a mi sector».
Viviendo en la zona gris
La reputación y referencias previas son un factor que puede ayudarnos en este sentido. Cuanta más reputación tengamos, cuanta más gente le haya hablado bien al potencial cliente de nosotros, menos tendremos que darle para que se fíe de nuestra capacidad. Si se nos considera como «expertos reconocidos», tendremos la sartén por el mango. Al contrario, en la medida en que seamos unos desconocidos, nos tocará arriesgar más por nuestra parte.
Eso pasa a nivel personal y a nivel corporativo: a McKinsey nadie le va a pedir referencias, ni avales, ni un esquema hiperdetallado de cómo va a afrontar el proyecto. Que «hacen bien las cosas» ya lo llevan en el nombre. Incluso pueden plantearse cobrar desde la primera reunión: «vale, yo voy a escucharte, pero te facturo estas horas». Sin embargo, a Pepito Pérez le van a pedir referencias, le van a pedir que detalle el proyecto, le van a «examinar» por arriba y por abajo, le van a marear con un puñado de reuniones previas… antes ni siquiera de plantearse hablar de dinero.
Así lo hago yo
Me preguntaba Antonio que cómo lo hacía yo. Tampoco puedo decir que lo haya hecho «cienes y cienes de veces», pero mi visión al respecto es:
a) Si quieres, yo me acerco a verte y me cuentas tu situación… y yo, más que darte respuestas, te haré preguntas que me permitan hacerme una idea más concreta de en qué puedo ayudarte. No nos juntamos para que yo te dé soluciones, sino para explorar si puedo dártelas. No te voy a facturar por escucharte, pero si me vas a pedir un desplazamiento, o me lo pagas o esperamos a que las agendas cuadren por algún motivo: una cosa es que no te facture y otra es que me cueste dinero (sí, lo sé, las grandes empresas gastan mucho dinero de «presupuesto comercial» para ir a ver a clientes… pero yo no soy una gran empresa).
b) A la vuelta de la reunión, yo te voy a escribir un mail recopilatorio y te voy a contar, A GRANDES RASGOS, cómo veo la situación y por dónde creo que debería actuarse. Y aquí ya te voy a poner una frase del tipo «Si consideráis que puedo ayudaros en el desarrollo de estos aspectos, estoy a vuestra disposición para que podamos plantear un esquema de colaboración más definido».
Con esto consigo varias cosas:
- Para empezar, ya has tenido un contacto «real». Muchas veces, por encima de las palabras, hay otro tipo de elementos que marcan si la relación cliente-proveedor va a funcionar. Eso que podríamos denominar «feeling». Y tener una conversación cara a cara suele dar bastantes pistas (tanto al cliente como a ti) sobre sí merece la pena establecer una relación o no.
- Con este planteamiento consigues «enseñar la patita» de lo que puedes aportar. Ya no se trata de exponer unos presuntos conocimientos de forma genérica, sino aplicados (aunque sea a alto nivel) al caso particular del cliente. Si en la valoración de alto nivel perciben que les has entendido, y perciben que tiene sentido lo que les cuentas, ya tienen base más que suficiente para decidir.
- Actuando de esta forma consigues deslizar de forma razonable y natural la cuña del «asesoramiento retribuido». Creo que no hay que tener miedo a dejar claro, desde «casi» el principio, que somos profesionales, que nos dedicamos a esto y que cobramos por ello. ¿Quieres mis conocimientos? ¿Quieres mi visión? Pues las cosas claras: te van a costar dinero. Es una maniobra de advertencia, de «hasta aquí ha llegado lo gratis, a partir de ahora entramos en el terreno de pago». Si no lanzamos este aviso, el potencial cliente puede caer en la tentación de seguir pidiéndonos más, y más.
- Finalmente, creo que es un proceder que equilibra razonablemente la inversión y el riesgo. Sí, dedicas un par de horas a una reunión, y una más para elaborar conclusiones. Si te dicen que no, no has perdido demasiado: has establecido un contacto interesante, has conocido la realidad de otro cliente, has hecho el ejercicio de plantear alternativas (algo que, aunque sea a alto nivel, nos ayuda a «mantenernos en forma»).
Por supuesto, no hay una fórmula mágica. El equilibrio entre la necesaria labor comercial y el dejar que se aprovechen de uno es muy delicado. Todo depende. Habrá veces que un cliente nos interese mucho y estemos dispuestos a asumir más inversión y riesgo por conseguirlo. En otros casos, quizás el caso sea el contrario y veas tan claro que no hay «chicha» que no le dediques ni cinco minutos.
PD.- Por cierto, la foto está «construida» a partir de ésta
PD2.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…
La inflación se come tus ahorros
Hay un elemento que no suele considerarse de buenas a primeras cuando uno plantea alternativas de ahorro/inversión, y sobre la que merece la pena reflexionar brevemente para darnos cuenta de que es más difícil ahorrar e invertir (o mejor dicho, obtener una rentabilidad real a dicho ahorro/inversión) de lo que parece.
Y es que cuando vemos las «espectaculares» ofertas de las entidades financieras (que nos ofrecen un 4,5% TAE por nuestro dinero, por ejemplo), se nos olvida que en la carrera por acumular dinero hay un factor que juega en contra: la inflación.
Y es que si tenemos 100 euros y los invertimos en uno de esos productos, al cabo del año tendremos 104,5 euros. Bueno, no está mal. Con esos 100 euros al principio del periodo teníamos para comprar 100 euros en bienes y servicios, compras que sacrificamos en beneficio de un mayor gasto futuro. Pero a lo largo de ese año, con una inflación del 4%, resulta que los bienes y servicios que al principio costaban 100 al final del año costarán 104. Así que la realidad (y llevado al campo de la capacidad de compra) es que no es verdad que, gracias al ahorro, tengamos capacidad de gastar 4,5 euros más; sólo tenemos la capacidad de gastar 0,5 euros más.
Si a eso le añadimos que el Estado se lleva su parte de las ganancias (depende del producto puede que no, pero son la excepción)… igual resulta que hasta hemos perdido capacidad adquisitiva a lo largo del tiempo. Por supuesto, habríamos perdido más si hubiésemos dejado el dinero debajo del colchón, pero…
En definitiva, que el listón a la hora de ahorrar e invertir es más alto de lo que nos podría parecer en un primer momento, y que a la hora de hacer nuestras planificaciones tendremos que tener en cuenta la inflación porque puede que, donde nosotros creemos que estamos ganando capacidad de gasto futura, apenas estemos manteniendo la actual o incluso estemos perdiendo.