
Me ha pasado varias veces en las últimas semanas. «Coño, qué moreno estás», «Qué buen color», «¿Y tú por qué estás tan moreno?». La respuesta, evidente: «Porque me pongo al sol».
Pero detrás de esta aparente obviedad se esconde algo más. Estoy moreno porque procuro salir todos los días a la calle. Me pongo calzado cómodo y salgo a caminar, a veces por el campo, a veces por la ciudad. A mover las piernas, a despejar la cabeza, a alejarme de la silla y de la pantalla, a que me dé el aire, a reflexionar, a respirar. Sí, de paso me da el sol, y como efecto colateral se me pone la piel más tostada.
«Qué suerte, tú que puedes». Supongo. Soy afortunado por tener piernas para caminar, ropa para abrigarme si hace falta y calles y caminos por los que transitar; un privilegiado. «No, me refiero a disponer de tiempo para eso». Ah, es verdad, el tiempo. Perdonad, a veces se me olvida que la vida me ha sonreído, dotándome de más horas al día que a los demás… No, bromeo, obviamente mis días tienen las mismas 24 horas, los mismos 1440 minutos que los tuyos. La diferencia es que yo he elegido dedicar 40-50 de ellos a estar en la calle, en vez de a otra cosa, porque considero que así mi vida es mejor.
«Ya, pero es que tú tienes suerte, vives en un pueblo, tienes un trabajo que te da mucha flexibilidad… «. Sí, es cierto. Pero no te olvides que todo ello es producto de decisiones, de elecciones. También de renuncias, como sucede cada vez que tomas un camino en vez de otro. Eliges, pagas el precio, y entonces estás más cerca de conseguir lo que querías.
Los problemas empiezan en esas últimas palabras. «Lo que querías». ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué es importante para ti? ¿A qué quieres dedicar tu tiempo? Son preguntas con carga de profundidad. Con demasiada. Porque es fácil quejarse, pero es mucho más difícil sentarse con uno mismo y plantearse todas estas cosas. Así acabamos dejándonos llevar por la inercia del día a día, viviendo donde toca, trabajando de lo que nos ha caído, seres reactivos que «no tienen tiempo» pero que se pasan horas en atascos, haciendo zapping delante de la tele o mamoneando con el móvil.
Y si consigues saber lo que quieres… ¡enhorabuena! Ya tienes por donde empezar. Pero ahora toca hacer algo al respecto. El mundo de las ideas está muy bien, pero la realidad no cambia con ideas, si no con acciones. ¿Qué puedes cambiar hoy para conseguir llegar a donde quieres? La locura es esperar resultados distintos si sigues haciendo lo mismo. Así que manos a la obra, echa la piedra a rodar.
Por supuesto, esto no es cosa de un día. A veces una acción puntual puede cambiar muchas cosas, pero el impacto de verdad se consigue con acciones sostenidas, con persistencia, con hábito; somos lo que hacemos repetidamente.
Así que sí, estoy moreno. Porque decidí que «salir a la calle y mover las piernas» iba a ser algo importante para mí. Porque le dedico tiempo. Porque me pongo al sol.
PD.- Ya sé. El mundo no es perfecto. A veces «haces lo que se supone que hay que hacer» y los resultados no llegan. Siempre encontraremos el ejemplo del que nunca fumó y se murió de un cáncer de pulmón, y el que llega a los noventa fumando como un carretero. Vale. Pero la estadística sirve para lo que sirve, y hay más probabilidades de tener cáncer de pulmón si fumas que si no. Es más probable que tengas la vida que quieres si das pasos orientados a conseguirla que si no.
Entornos de roce para que un desconocido acabe siendo tu amigo
El pasado miércoles estuve viendo el fútbol con unos amigos, pasando un buen rato. Lo cual tiene mérito a estas alturas, teniendo en cuenta que nos conocemos desde hace más de media vida; en concreto desde el inicio del curso del 94, cuando llegamos a Bilbao para iniciar la etapa universitaria. Por aquel entonces éramos auténticos desconocidos, a los que el azar había asignado a un mismo piso del Colegio Mayor. Todavía recuerdo nuestro primer encuentro, cuando ellos (que sí se conocían entre sí; venían del mismo colegio en Logroño) aparecieron en el piso por la noche, después de haber estado «escaqueándose» todo el día de la presión de los veteranos.
Obviamente no nos hicimos amigos en ese mismo momento. Fue algo gradual, poco a poco, a base de «mareos» compartidos, cenas, pochas, pelis, farras, partiditas al Civil… primero en grupos grandes, luego en grupos más pequeños… Un largo camino en el que otros fueron cayendo, un proceso a lo largo del cual se van identificando y fortaleciendo afinidades, y donde se produce una especie de «selección natural» que hace que acabes siendo amigo de unos y no de otros.
¿Y por qué cuento esto? Resulta que a raíz de mi «historia de dos tuiteros» del otro día surgió una conversación interesante sobre «el ámbito privado» y «el ámbito público», y la transición que hacen las relaciones desde el uno hasta el otro. De acuerdo a este enfoque, tendríamos el «ámbito público» en el que todos aparecemos como desconocidos, y nos comportamos con pulcritud exquisita, ciñéndonos a nuestro «personaje». No decimos nada que pueda parecer ni remotamente inapropiado, ni dejamos apenas que nuestra personalidad aflore. Aplicado a internet, sería el uso de twitter que yo veía el otro día con malos ojos; cero riesgos, que las redes las carga el diablo. Y por otro lado tendríamos el «ámbito privado», donde ya somos colegas y podemos comportarnos tal y como somos sin peligro, sabiendo que eso no va a salir de allí. Chistes, chorradas, comentarios inapropiados, charlas a «calzón quitao»… todo tiene cabida, al fin y al cabo ya somos amigos; alguien mencionaba «los grupos de Whatsapp» como representación.
Por supuesto que estoy de acuerdo en esta categorización. Hay un espacio para la interacción con desconocidos, y hay un espacio para la interacción con amigos. La cuestión es que para mí no es algo binario (o estás en un entorno o estás en otro), si no que son más bien los dos extremos de un continuo; todos iniciamos las relaciones como desconocidos, y lo interesante es ver cómo esas relaciones van progresando hacia la amistad.
Esto es algo que cada uno puede validar con su propia experiencia. Las amistades del colegio… ¿cómo se forjan? A base de horas y horas de pupitre compartido, de juegos en el patio, de paseos de ida y de vuelta. Las amistades del trabajo, lo mismo; proyectos compartidos, horas de pradera y de máquina de café, viajes… En definitiva, se trata de entornos «de roce», donde todo el mundo empieza «tieso como un palo» y poco a poco va relajándose, dejando traslucir su personalidad, juntándose con los afines y alejándose de los que no lo son, tomando iniciativas y viendo si hay reciprocidad… un proceso largo, no exento de idas y vueltas, en el que mucha gente se va quedando por el camino. Defiendo, además, que en el ámbito de las relaciones personales pesa mucho lo «banal», lo cotidiano, las «chorradillas del día a día», y que es ahí donde calibras lo «a gusto» que estás con alguien. Uno no se hace amigo de otro por lo bien que hace los powerpoints, o lo bien que escribe artículos, o lo listo que sea. Necesitas detectar algo de «chispa» en su forma de comportarse, de afinidad en la forma de ver el mundo y transitar por él, que es difícil de detectar cuando nos ceñimos a nuestro personaje intachable, que solo habla «de cosas serias» y siempre en un tono «apropiado».
Para mí es importante que en el ámbito de las redes sociales exista también ese «entorno de roce», ese espacio donde poder hacer una transición entre «desconocido» y «amigo». Creo que «el twitter de los primeros años» era un poco así, y creo también que se está perdiendo. Lo cual es una pena, porque de esta forma resulta muy difícil hacer esa transición. Puedo identificar a un perfil interesante por lo que cuenta, pero si no me abre la puerta a interactuar, si no me deja ver «cómo es», si no puedo hacer una cata de su forma de ver el mundo, de sus ideas, de su comportamiento… difícilmente voy a dar pasos (y hacen falta muchos) para acercar posiciones. Si se limita a hablar de «su tema» se restringen también las oportunidades de interacción.
Me recomendaban que, si creo que alguien es interesante, debería explorar esa relación sin esperar a «testarla» antes. «Hola, mira, te sigo en twitter y me parece interesante lo que publicas sobre #insertetema, puede que seas una persona agradable aunque igual no, pero… ¿quedamos a tomar unas cañas a ver qué tal?». Yo sé que peco de introvertido, pero ¿soy el único al que un salto de este tipo le resultaría violento, tanto si soy yo quien lo promueve como si alguien me viene con esto?
En conclusión: creo en las redes sociales como «medio de conexión entre personas». No aspiro a tener, como decía Roberto Carlos, «un millón de amigos»; pero sí a rodearme de una buena nube de esas conexiones que llaman «difusas» o «débiles», que no llegan a ser amigos del alma (y si es así, ¡bienvenido sea!) pero que sí son más que un avatar y un personaje «siempre pulcro», gente con la que puedas compartir en un momento dado algo más que un intercambio formal de ideas sobre una temática restringida. Y creo que para que esas relaciones fructifiquen y se mantengan hacen falta esos «entornos de roce» donde poder interactuar (poco a poco, de forma natural) como las personas completas e imperfectas que somos.
Historia de dos tuiteros
R y M coincidieron hace algunos años por esos «mundos de internet», y se cayeron bien. Tenían un perfil personal parecido, por edad, por formación, por intereses… aunque claro, cada uno tenía su vida y no era fácil el poder mantener el contacto, y tampoco es que tuviesen una relación tan cercana como para andarse llamando cada dos por tres.
Pero ocurrió que por aquella época aparecía una herramienta llamada «twitter», una especie de sitio donde podías responder a la pregunta «qué estás haciendo» para que la gente que decidiese seguirte (tus «followers») pudieran saber de ti, y tú a su vez podías seguir a otras personas para enterarte de lo que ellos hacían. La gente lo usaba de forma muy ingenua («me voy a tomar un café», «pues hoy estoy cansado» y cosas por el estilo), pero cogió fuerza primero en el mundillo de internet, y luego poco a poco pasó a ser más de uso generalizado.
La cuestión es que R y M se dieron de alta, y entre muchos otros se hicieron seguidores el uno del otro. Allí iban contando sus cosillas para el que quisiera leerlas. A veces comentaban alguna noticia, o se mojaban con algún asunto polémico, o se empanaban con el fúbtol… otras veces compartían un enlace que les había parecido interesante o recomendaban un libro o una película… pero en realidad la mayor parte del tiempo compartían banalidades cotidianas respecto a su vida profesional, o a sus aficiones, a su ocio, a sus viajes o a su familia. Muchas cosas «sin chicha», pero que les permitían al uno saber del otro, interactuar de vez en cuando con un reply o un retuit… y así mantener un cierto contacto cotidiano. Claro, poder quedar a tomar cañas hubiese sido un mejor plan (de hecho alguna vez cuando se alineaban los astros pudieron hacerlo), pero ya sabemos todos cómo son las cosas en la vida real; el trabajo, la familia, los amigos, las obligaciones… y ellos tampoco es que fuesen «amigos del alma», simplemente conocidos que se caían bien.
Así estuvieron durante un tiempo. Pero al cabo de los meses, M empezó a cambiar su forma de usar la herramienta. Cada vez eran menos frecuentes las chorradillas cotidianas, parecía como si se hubiese autoimpuesto algún tipo de censura. Seguía tuiteando, sí, pero se limitaba casi al 100% a temas profesionales, además en un tono neutro, aséptico… Un día R le preguntó, «oye, hace tiempo que no cuentas nada». «Bueno, es que estoy intentando darle un poco de valor a lo que publico por aquí… ¿no has pensado nunca que esto es nuestra imagen digital, y que tenemos que cuidarla, ponerle un poco de foco? ¿Construir nuestra marca? ¿A quién le interesa lo que yo haga o deje de hacer en mi día a día?» R asintió, aunque por dentro pensó «pues a mí me interesaba»…
R siguió leyendo la cuenta de M. Lo que publicaba seguía siendo interesante, sí, aunque muy limitado a una faceta de su vida. Echaba de menos los chascarrillos, la oportunidad de intercambiar algún comentario sobre el fútbol, o sobre la política, o saber cómo andaban las cosas por casa…
Con el paso de los meses, R empezó a notar un incremento en la frecuencia de publicación de M. Pero no fue una buena noticia. Aquello estaba lleno de retuits que, al pinchar en ellos, llevaba a noticias que no tenían demasiada chicha. Los enlaces que retuiteaba eran repetitivos, volvían una y otra vez sobre los mismos temas, eso sí siempre acompañados con su correspondiente hashtag. Cuatro o cinco veces al día, como un martillo pilón, la cuenta de M escupía nuevos contenidos. Bueno, nuevos… cuando no eran tuits antiguos repescados (a veces avisando, y a veces sin avisar). R dejó de hacer click en ellos, porque la mayor parte del tiempo eran completamente intrascendentes. Muy focalizados, eso sí, pero no le aportaban nada. Para colmo, M empezó con la costumbre de retuitear las menciones que le hacían. Cuando alguien enlazaba uno de sus contenidos, él lo tuiteaba (a pesar de que él mismo ya lo había publicado antes). Cuando alguien le hacía una alabanza, él lo tuiteaba. Si había un evento en el que fuese a participar, tuiteaba cada una de las menciones que se hiciesen al evento (como si una vez no fuese suficiente).
Llegó un punto en el que a R le irritaba la cuenta de M. Durante semanas estuvo luchando contra el impulso de dejar de seguirle, pero se arrepentía en el último momento. Porque le parecía un buen tío, y le daba pena cortar ese vínculo. Pero cada día se le hacía más insoportable; le caía bien la persona, pero como tuitero era un coñazo. Hasta que un día se hartó, y lo hizo. Unfollow.
PD.- De vez en cuando, R se acuerda de M, y se pregunta qué habrá sido de él. Entra en su cuenta de twitter, y ve que sigue con la misma dinámica. No encuentra allí nada que le permita saber de su vida, ni una excusa para interactuar. Cierra el navegador, y sigue con su vida.
PD2.- R sí soy yo. M no es nadie en concreto, y a la vez es una mezcla de unos cuantos. M es el arquetipo de esas personas interesantes que, en aras de un supuesto beneficio mayor, decidieron limitar su actividad en internet a «lo útil», «lo focalizado», «lo que refuerza mi presencia online». Aquellos que en la búsqueda de followers, de retuits y de «impacto»… se olvidaron de que el verdadero impacto se consigue a través de relaciones de confianza, y que esas conexiones reales entre personas se crean y se refuerzan en lo cotidiano, en lo banal.
Más formación, ¡es la guerra!
Me contaban hace unos días que un curso de 4 horas (que yo diseñé e impartí durante un tiempo) había sido transformado en tres jornadas de formación. Expansión del 600%. Los ojos se me pusieron en blanco…
Recuerdo la sensación al impartir aquel curso: «uf, se les está haciendo largo… no hemos dado con la tecla». De hecho, después de pasar decenas y decenas de personas por allí, tampoco es que se detectasen grandes cambios (aquello del «ROI de la formación»). Por eso, me cuesta creer que «hacerlo más largo» vaya a ser la solución.
Sin embargo, desde determinada visión mecanicista, tiene su lógica. «Si aplicando 4 horas de formación se consigue un efecto pequeño… ¡aumentemos la dosis! ¡así el efecto será mejor!». Nadie se plantea que, a lo mejor, es que la formación (entendida como «les doy un curso» que encima no han pedido) no sirve para demasiado.
Cada vez estoy más convencido de que las dinámicas de aprendizaje son altamente complejas y personalizadas. Para empezar, digo «aprendizaje» y no «enseñanza» porque es el individuo el que debe sentir el interés y la motivación para aprender; si no, solo es un «trozo de carne» sentado en una silla durante X horas. Y digo compleja y personalizada porque a uno le surge la inquietud y la oportunidad por aprender en un momento determinado, y normalmente muy vinculado a su «día a día». La persona es (debe ser) la protagonista del proceso, es la persona quien debe sentir en sus carnes la necesidad. Aprendes algo para resolver un problema que sientes como propio; no aprendes porque alguien te diga que «tienes una necesidad», si tú no la percibes como tal. Y normalmente aprendes en el mismo contexto donde surge la necesidad, buscando una aplicación práctica casi inmediata, con un refuerzo sostenido en el tiempo.
¿Cuántos de estos problemas resuelven los «cursos de formación» tal y como se suelen plantear? Creo que pocos. Y sin embargo, el enfoque sigue siendo el mismo. ¿Por qué? Pues porque la «formación» genera una ilusión de control y de gestión adecuada. Adecuada para los managers, no para las personas ni para los resultados… pero aquí no estamos para eso, ¿no?.
Si yo tengo 1000 personas a las que formar, eso de la «dinámica de aprendizaje compleja y personalizada» da miedo. A ver cómo le meto mano. Y cuánto tiempo me va a llevar. Y dónde tengo que actuar. Y cuánto me va a costar. Y qué es eso de que dependo de que la persona sienta la necesidad y «aprenda»… si yo sé que esto es lo que tiene que aprender, y tiene que hacerlo ya porque el negocio así lo exige (lo sé yo, directivo omnipotente, que me lo ha dicho un consultor). Así que monto unos cursos de formación. A 15 personas por grupo… en unas 70 sesiones de formación me lo ventilo. Si soy capaz de meter dos sesiones por día, son 35 días, que son 7 semanas… total, en dos meses me lo he pulido. Puedo presumir de que hemos invertido X horas en formación, puedo presumir de que en 2 meses hemos abordado un proceso de transformación, puedo presumir de que ahora tengo 1000 personas formadas, puedo presumir de que la transformación me ha costado X euros. Indicadores medibles, gestionables, de los que se puede presumir, que se pueden calendarizar, que se pueden presupuestar, que se pueden poner en un powerpoint para sacar pecho.
Oiga, ¿y esa transformación de la que habla… es real? ¿Esa formación de la que usted presume, y que tan medida tiene… ha derivado en un aprendizaje y en una acción sostenida? Bueno, yo he hecho lo que estaba en mi mano. Les he dado la formación. Ya es cosa de ellos. A mí me pagan por formar, no porque la gente aprenda.
Una buena decisión
Pocos son los casos en los que una decisión es efectivamente mejor que otra
Esta frase, catalogada como «La Gran Verdad sobre las Decisiones», la rescato de un viejo libro de Theodore Isaac Rubín titulado «Supere la indecisión» al que llegué curioseando en la biblioteca. Lo que viene a decir es que lo que hace buena una decisión no es la decisión en sí misma, si no nuestro compromiso con ella. Que de las opciones que tenemos que delante, cualquiera podemos convertirla en «buena» si nos empeñamos en llevarla a buen puerto. Va en línea con todo lo que se escribe del valor de la ejecución frente al valor de las ideas.
Rubin concluye que, a la hora de tomar una decisión hay un proceso (en el que tenemos que valorar alternativas y contrastarlas con nuestras propias prioridades) que tiene que terminar con una «elección y compromiso» con una de ellas, y a partir de ahí olvidarse de todo lo demás y transformarla en «acción optimista», en una concentración integrada de «recursos, tiempo y energía». Hay un tiempo para decidir, y otro para ejecutar.
Coincide que no hace mucho leía sobre el concepto de «inteligencia ejecutiva» acuñado por José Antonio Marina. Viene a decir que junto a la «inteligencia cognitiva» (lo que tradicionalmente se consideraba «ser listo») y a la «inteligencia emocional» hay un tercer tipo de inteligencia, la ejecutiva, que tiene que ver con la capacidad de «dirigir tu comportamiento«. Es decir, de sacarte de ese mundo de las ideas y de las emociones y ponerte manos a la obra. Marina identifica una serie de habilidades ejecutivas (la capacidad de dirigir la atención, el control emocional, la planificación y organización de metas, el inicio y mantenimiento de la acción, la flexibilidad, la memoria de trabajo, la metacognición, la capacidad de diferir recompensas o la inhibición de la respuesta) cuyo dominio permitiría a cualquiera «vivire risolutamente», vivir con resolución.
«… para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a gusto y honra te forjes la forma que prefieras para ti».
Son ideas que han resonado fuerte en mí. Y es que, mientras que de inteligencia cognitiva siempre he ido razonablemente bien, y en inteligencia emocional, sin ser brillante, creo que soy funcional… de esa «inteligencia ejecutiva» creo que he voy un poquito escaso. Siempre he envidiado mucho a esa gente que llamamos «resolutiva», con capacidad de liarse la manta a la cabeza, arremangarse y hacer cosas. Me ha frustrado mucho ver que yo tenía ahí un muro; un malestar difuso, que a veces se ha manifestado con conductas evasivas (te dejas llevar, le das mil vueltas a las cosas en tu cabeza, te muestras incapaz de decidir, te refugias en lo que se te da bien, evitas lo que se te da mal… llegando a la inacción) y otras con no pocos efectos secundarios (copié algunos que mencionaba Rubin, con los que me sentí dolorosamente identificado: «aburrimiento crónico, insatisfacción con el resultado de la propia actuación, sensación de vivir en sordina, fatiga crónica e insomnio, sensación de estar atascado, de no tener dónde ir ni sentir el deseo de ir a ninguna parte»).
Seguro que no estoy solo en esto, pero a mí desde luego me está haciendo reflexionar mucho. Y es que nunca había visto puesto «negro sobre blanco» esas sensaciones que me han acompañado desde siempre.
Imagino que para quien va bien de esa inteligencia ejecutiva todas estas reflexiones les provocarán la misma perplejidad que a mí me podía provocar en el colegio que alguien se atascase con una multiplicación, o que a pesar de echar muchas horas no consiguiese ni aprobar un examen que a mí me parecía «chupao». Esa perplejidad a veces se traslada en mensajes del tipo «es fácil, solo tienes que decidir lo que quieres hacer y hacerlo», y eso te provoca aún más ansiedad (porque lo ves, racionalmente lo entiendes, «es de cajón»… pero a ti se te hace un mundo)
Pero en fin, cada uno tenemos que llevar nuestra propia cruz. Es evidente que, para hacerle frente a esto, hay que trabajar un montón. Y no es una cuestión superficial; la mayor parte de ese trabajo es interno, de analizar cuáles son tus propios bloqueos y de enfrentarte a ellos… mucha telita que cortar. No es un camino fácil, y seguramente nunca llegue a dominarlo (dominarme) del todo. Pero si soy sincero me siento reconfortado, porque al menos tengo la sensación de haberle puesto el cascabel al gato; y eso me hace estar un poquito más cerca.
La lucha no nos hace inferiores; es solo una prueba de que somos humanos y estamos vivos
La empatía (bien entendida)
Hace unas semanas leía un artículo titulado «Contra la empatía» donde el autor asimila «ser empático» con «siente como tuyos (o, bueno, solo un poquito menos que si fueran tuyos) los sufrimientos de toda la gente que veas que lo pasa mal».
Empatía = sentir. Y yo, desde luego, no lo entiendo así.
Para mí, la empatía es una habilidad puramente racional. Eso de «ponerse en el lugar del otro» no va de reflejar sus sentimientos, de mimetizarse con él, sino más bien de entender por qué hace lo que hace. De salirnos de nuestra visión egocéntrica, de obviar «lo que yo haría en esa situación» y «lo que para mí es lógico», y de hacer el esfuerzo de ver las cosas desde el prisma del otro(sin necesidad de sentirlo). Y no para ser «compasivos» o «piadosos», si no para estar más capacitado para reaccionar.
Pongo un ejemplo. Yo le tengo pánico a las atracciones de feria. Pero pánico de reacción física, de que el mero hecho de estar en una feria hace que se me encoja el estómago y esté profundamente incómodo. Las dos veces en mi vida que he subido a un cacharro (de los más «light», desde luego) las recuerdo casi como un trauma. Me costaba subir a un tiovivo para acompañar a mis hijos. Estuve en la Warner con mi familia, y haciendo un esfuerzo supremo me subí en alguna de las atracciones para niños de 5 años. Y no lo pasé bien; cuando acabó la jornada y salimos del parque, respiré aliviado por dejar todo aquello atrás.
Desde esta perspectiva, soy incapaz de entender que nadie se suba voluntariamente a esos chismes, o que aguante una cola del copón para hacerlo (¡colas y atracciones de feria, un combo mortal para mí!). Y sin embargo, las ferias y parques de atracciones están llenas de gente que disfruta como loca de lo mismo que a mí me aterra. Sin ir más lejos, mi hijo. «¡Quiero subir en eso!», me dice con la cara iluminada. «Pero hijo, ¿cómo vas a querer subir en eso, si es un instrumento de tortura?». Y ahí está, en los instantes previos a que la atracción se ponga en marcha, con la cara de emoción. Y ahí sigue, cuando el aparato se pone a dar vueltas y a subir y bajar a todo trapo, levantando los brazos extasiado. Y se baja y dice «¡ha sido la bomba! ¿Puedo volver a subir?».
Sin empatía, lo que a mí me sale es decirle que no. De hecho, lo que me sale es no acercarnos nunca a una feria, para que «el pobrecito no tenga que sufrir como sufro yo». Sin empatía, lo que hago es proyectarme yo en los demás, y creer que todos son como soy yo y se van a comportar como yo me comporto. Que todo el mundo sabe lo que yo sé, y que lo que a mí me parece lógico y razonable es el canon por el que todo el mundo se debe regir. Que tengo derecho, desde mi egocentrismo, a juzgar lo que está bien y lo que está mal en función de mi vara de medir.
Es la empatía (como proceso racional, no emocional) la que me permite entender al otro. La que me hace darme cuenta de que a mi hijo le entusiasma lo que a mí me aterra, y que por lo tanto sus reacciones las tengo que entender desde ese punto de partida. La empatía, en ese sentido, es un «superpoder» porque te permite anticipar mejor cómo va a comportarse el otro, y desarrollar estrategias que se ajusten mejor a ese comportamiento.
Yo no necesito sentir entusiasmo por una atracción de feria (algo que nunca va a pasar) para entender que mi hijo sí lo siente, y que se comporta en consecuencia.
Cuarenta
Pues ya están aquí, «los cuarenta».
Nunca he dado mucha importancia a los cumpleaños, y en general soy poco amigo de «fechas señaladas». Creo que la vida se vive día a día, que todos pueden ser especiales, que en todos ellos demuestras las cosas que te importan. Tampoco soy muy dado a dividir la vida en periodos marcados por el mero hecho del paso del tiempo, ni a hacer balances a fecha fija.
Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a procurar disfrutar del presente. De todo lo que tengo aquí y ahora. De mi mujer, de mis hijos, de mis padres, de mi hermana, de mis amigos. De mi salud. De mi trabajo, de mis aficiones, de mis proyectos, de las cosas que me gustan, de los lugares donde estoy. Nada dura para siempre, pero hoy estamos aquí.
Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a procurar estar más atento, voy a intentar poner el foco en lo positivo, en lo bueno, en lo que me hace crecer, en lo que me divierte, en lo que me hace mejor. En lo que tengo, no en lo que me falta. La vida no es perfecta (simplemente es), pero todo depende del color del cristal con que se mira, y soy yo quien elige las gafas.
Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a intentar hablar menos y hacer más. Voy a intentar que cada día haya más coherencia entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago. No hay más camino que el que hacemos al andar, un pasito después del otro. No hay más camino que las huellas que dejamos, y quiero sentirme orgulloso del mío.
Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a seguir buscándome, conociéndome. Voy a hacer un esfuerzo por aceptarme y por quererme como soy, sin compararme los demás ni con versiones idealizadas de mí. Porque la vida es demasiado corta como para renunciar a uno mismo.
Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a estar agradecido por todo lo que tengo, por todo lo que soy, por todo lo que me ha pasado y que es lo que me ha traído hasta donde estoy. Agradecido por todos los que me acompañan. Por mi mujer, compañera en el camino. Por la bendición de mis hijos, y la oportunidad de estar con ellos y de aprender, de su mano, mucho más de lo que ellos aprenderán de mí. Por la posibilidad de disfrutar de mis padres, de haberles tenido a mi lado todo este tiempo y hacer de mí quien soy. Por todos los que me rodean, por todos los que me han enseñado cosas, por todos los que me conocen y, sin embargo, me quieren.
Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a vivir un día a la vez.
Publicaciones sin rumbo
De un tiempo a esta parte vengo observando el auge de un determinado tipo de publicaciones en internet. Publicaciones cuyo criterio editorial es básicamente inexistente. ¿De qué va esta publicación? Básicamente «de cualquier cosa con la que podamos atraer tráfico». Y haremos unos posts muy simpáticos, muy «virales». ¿Con chicha? ¿Con algún objetivo? Por dios, no, qué anticuado todo.
Y ya sabemos cómo es (cómo somos) «la gente». Lo que nos atrae, de forma mayoritaria, son mierdas varias. Así que produzcamos mierdas varias. Incluso los periódicos «serios» caen en esto: aparte de los rollos políticos, lo que importa es llenar bien la web de «artículos chorra» que traigan público, que den para ser compartidos. Carnaza para incautos a los que poder enchufarles la publicidad. Porque al fin y al cabo es de lo que se trata, de generar volumen (da igual el cómo) para venderlo al peso a los anunciantes.
Y como la gente somos como somos, pues ahí entramos como toretes al capote. Y contribuimos alegremente a su difusión (son contenidos diseñados para ser consumidos y compartidos con alegría, snacks de gratificación instantánea). Y gratis todo, claro, porque no estamos dispuestos a pagar por casi nada. Y así, entre unos y otros, conformamos un escenario en el que se prima la producción, el consumo y la distribución de mierdas.
Es difícil resistirse a este escenario. Hay incentivos económicos (los anunciantes lo que pagan es volumen… démosles volumen) y psicológicos. Nos «entra» mejor lo sencillo y banal («mira, otro video de gatitos»), y nos encanta que nos «folloween» y que «nos den al like», tener muchas visitas, refuerzo y reconocimiento social. ¿Vacío? Bueno, refuerzo al fin y al cabo.
Al final, como en tantas otras cosas (el consumismo, la «política de slogan», las «modas», etc…) la única opción que te queda es la de intentar seguir tu camino intentando no ser arrastrado por la corriente, trabajar la consciencia para darse cuenta de lo que hacen contigo y luchar contra tus propias tentaciones e incongruencias. Intentar hacer las cosas de otra manera, sabiendo que no puedes cambiar el mundo… pero que sí puedes cambiar tu mundo.
Lleva tiempo
Me gusta ver videotutoriales en Youtube. Especialmente, aquellos que se desarrollan «más o menos» en tiempo real. Por ejemplo, éste sobre ilustración donde el artista, Brandon Green, desmenuza paso a paso el proceso que sigue para realizar un trabajo. Que si empieza con el concepto. Que si sigue con distintos bocetos con diferentes enfoques para ese concepto. Que si hace estudios de valores y colores. Que luego ya un boceto más afinado. Luego la tinta. Luego el color. Luego los detalles finales. Horas y horas.
Me gusta ser consciente de la cantidad de tiempo que hay que dedicar al proceso, de la cantidad de cosas a las que hay que prestar atención, del nivel de detalle con el que acaba trabajando (cada línea, cada intersección, cada pincelada). Es apabullante. Y eso que estamos hablando de un profesional con las habilidades hiperdesarrolladas y el culo «pelao»… ¿cuántas horas habrá invertido a lo largo de su vida para llegar a ese nivel?
Muchas veces deseamos «talento». Casi tantas como hacemos la vista gorda con el trabajo que hay detrás. «Ojalá yo supiera dibujar así». O tocar así la guitarra. O escribir así de bien. O hablar en público con tanta facilidad. O ser tan bueno vendiendo. O programar. O… Como si el talento fuese una lotería que unos afortunados tuvieron la suerte de ganar, mientras nosotros nos quedamos a dos velas. Sin duda, es un pensamiento muy cómodo; nos exime de toda responsabilidad, si no lo hacemos es porque «no nos tocó la lotería del talento, qué le vamos a hacer».
Por eso me gusta observar (y agradezco que me enseñen) el trabajo de todas esas personas con talento, ver toda esa parte subacuática del iceberg del éxito. Es un golpe de realidad, una auténtica vacuna frente a las excusas. ¿Quieres hacer algo? ¿De verdad? Ahí tienes el camino. La mala noticia es que es largo, duro y fatigoso. La buena es que estás tan capacitado como cualquier otro para recorrerlo. Ahora la pelota está en tu tejado. ¿Cuánto estás dispuesto a dar para alcanzar ese nivel? Ahí tienes el precio, y te corresponde a ti (y solo a ti) decidir si vas a hacer lo que es necesario. No te escudes en tu falta de talento, y asume tus decisiones.
GTD para niños
«Otra vez que tu hijo lleva los deberes sin hacer».
La pelea de todos los días. No sé si es algo exclusivo de esta casa, algo me dice que no. Un día falta una tarea, otro día «se me ha olvidado traer el libro». ¿Has preparado la mochila? «Sí, al 100%». ¿Has planificado las tareas del día? «Sí». Y luego es que no.
Desde que descubrí «el apasionante mundo de la productividad», y más concretamente el método GTD de David Allen, soy un convencido de que una adecuada autoorganización es una habilidad fundamental. Tener claras tus prioridades, descargar tu mente en un sistema externo, la revisión continua… te permite tener una visión clara de qué «tienes en tu plato» en cada momento, y tener la sensación de que independientemente de que tengas mucho por hacer, lo tienes todo de alguna manera bajo control.
Así que, sobre la base de este convencimiento, intento inculcar y desarrollar esa habilidad en los críos. Con escaso éxito, hasta ahora :S
Por ejemplo, batallamos mucho con lo de «apunta todo lo que tengas que hacer», el equivalente al «inbox» en GTD. Tienen una agenda escolar, en la que pueden y deben apuntar las tareas que tienen cada día. Bueno, pues la mitad de las veces no apunta las cosas en la agenda. «Es que lo tengo todo en la cabeza», dice cuando se lo hacemos notar. Así que cuando algo se le olvida, insistimos: «¿Y no sería mejor apuntarlo en la agenda, así no dependes de si lo tienes o no en la cabeza?». «Sí», responde compungido. Pero no coge el hábito. También tiene un «repositorio secundario», que es la plataforma tecnológica donde los profes apuntan deberes y exámenes.
Bueno, pues también le cuesta la rutina de «entra en la plataforma y revisa lo que está ahí puesto». Que tampoco le soluciona las cosas, porque la plataforma no refleja siempre el 100% de lo que le piden… pero al menos tienes una base.
Le pedimos (especialmente los fines de semana) que haga una «planificación» de todo lo que tiene que hacer (la lista de «next actions»), para que se pueda distribuir el tiempo, ver cuánto va a necesitar para cada cosa, que decida dónde hacer los descansos, dónde tener los ratos de ocio, ver cuánto tiempo tiene disponible… pero es una pelea, lo considera un «engorro» y se lo quita de encima (cuando no supone la primera pelea del fin de semana).
Otro tema con el que tenemos problemas es con la visión de medio plazo. Los deberes de hoy está claro que son de hoy. Pero si son deberes «para la semana que viene», o «una ficha que hay que entregar a final de mes», o «unos materiales que te mandaron llevar la semana pasada»… pierde fácilmente la visión. O no se acuerda, o piensa «ya lo haré». Y luego nos pilla el toro, cuando sería más o menos sencillo mantener la visión de medio plazo. Sería el equivalente a la «revisión semanal» del GTD, ir pasando «proyecto a proyecto» para ver en qué estado está todo.
Un último problema que seguimos padeciendo: la mochila diaria. ¿Llevas los libros que necesitas? ¿Llevas el estuche? Y para la vuelta, tres cuartas partes de lo mismo. «Acuérdate de traer todos los libros que necesites para la tarea». Pues nada. Llegamos a hacer un «check list» y colgarlo junto a la puerta, para que repasase… pero como suele suceder con los checklists, enseguida se entra en modo automático y ya no se hace un repaso exhaustivo (eso me recuerda que debería quitar el papel de la pared, porque no vale de nada).
Hoy teníamos un debate en casa, de «qué podemos hacer». Mi idea es que, por mucho que nos fastidie, nadie hace nada que no quiera hacer. Mientras él no tenga una motivación interna para hacer las cosas, da igual lo que le digamos (es más, por «reactancia» tenderá a oponerse). Joder, si es que de hecho son muchos los adultos que están en la misma situación. Y hasta que no «lo ven» por ellos mismos, no van a poner en marcha las medidas correctoras. No es la falta de sistemas y de herramientas lo que provoca que no se hagan las cosas, si no la falta de motivación y de constancia. No va a funcionar la presión, ni los premios/castigos, ni el embutirle las herramientas a la fuerza. Poco a poco, acompañándole, reconociéndole los pequeños éxitos, haciéndole ver los fallos y cómo se podrían solucionar…
A veces se nos olvida que son niños de diez años. Yo desde luego no tengo el recuerdo de que en 4ºEGB tuviese tantos deberes, ni tantas cosas que apuntar, ni tanta gaita. Ni que hiciese falta GTD para niños. Como todas las habilidades, se irán desarrollando poco a poco a lo largo de su vida. Lo importante es, como a las plantas de tomate, servirle de «guía» a medida que va creciendo.