Tenía 10 años como mucho; posiblemente 9. Me apuntaron a un curso de «Basic» en la asociación donde mi madre iba a clases de pintura/manualidades. Amstrads CPC con pantalla en fósforo verde. Y allí aprendí a poner aquello tan mítico de
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Y a familiarizarme con los conceptos de variables, de bucles, de condicionales… en breve llegó a casa mi primer ordenador (un Amstrad CPC 6128… ¡con diskette! ¡y con pantalla de color!). Y en fin, así nació mi relación con la programación, me encantaba hacer mis programitas. Más tarde en el colegio nos enseñaban algo de Basic con unos MSX muy viejunos (algo que yo ya tenía muy superado). Luego tuve algo de formación con bases de datos, y ya a partir de ahí algunos escarceos con el Visual Basic del Excel, o con el PHP… de forma siempre amateur: nunca he trabajado «de programador», aunque creo que he sacado buen partido de mis conocimientos en el ámbito profesional, tanto haciendo algunas «pequeñas programaciones» que me hacen quedar estupendamente bien (una excel superformulada por aquí, una macro por allá, un apaño en wordpress por acullá) como (más importante, creo) aplicando las habilidades subyacentes (diría que pensamiento estructurado).
Recuerdo que en la Universidad teníamos una asignatura de informática. Se utilizaba un lenguaje propio. Cuando nos planteaban algún problema (del tipo «crear un programa que identifique los números primos» o «crear un programa que ordene una lista»), mi mente era capaz de conceptualizarlos de forma rápida, y de ejecutarlos en un pis pas. Claro, mis compañeros me miraban como a un friki… pero para mí era tan natural como el respirar.
Me vienen estos recuerdos a la mente porque ahora mi hijo mayor está en la misma edad en la que yo empecé. Y entramos en pleno debate sobre si «es bueno enseñar a programar a los niños» o si, como defienden otros, es una moda sin demasiada base (o, citando al amigo Alfonso, tiene mucho de «tontería» )
¿Qué opino yo? Es complejo. Yo aprendí a programar. Y tengo unas habilidades (a la hora de conceptualizar problemas y abordar su solución) que creo que son valiosas. La duda que tengo es… ¿desarrollé estas habilidades gracias a que aprendí a programar? ¿o se me dio bien la programación y tuve una «inercia positiva» para su aprendizaje debido a que mi cerebro estaba «configurado» de una determinada forma? ¿Hay una relación de causalidad entre un hecho y el otro? Y de ser así… ¿cuál es el sentido de esa relación?
Este dilema lo puedo extrapolar a cualquier proceso de aprendizaje. ¿Basta con decidir «aprender algo» para desarrollar las habilidades vinculadas a ese aprendizaje? ¿O estamos condicionados por nuestros sesgos? A estas alturas de la vida, tiendo a creer más en la segunda hipótesis. Cada uno de nosotros venimos con una determinada configuración de serie. Si nos sometemos a un proceso de aprendizaje compatible con esa configuración, entramos en un círculo virtuoso en el que las habilidades florecen y el aprendizaje se hace sencillo, cómodo y natural. Si por el contrario nos sometemos a un proceso menos compatible, nos cuesta un mundo, no lo disfrutamos, y acabamos con un desarrollo raquítico de nuestras habilidades.
Lo cual me lleva a un tema que empieza a ser recurrente en mi visión del mundo: la importancia que tiene explorar la individualidad y los talentos naturales. Lo fundamental que resulta exponer (y exponerse) a distintas situaciones para encontrar aquello con lo que mejor «sintonizamos», aquello que más se ajusta a nuestra naturaleza, y dejar que cada uno siga por su camino. Porque es ahí donde la fricción para aprender es menor, y el rendimiento (en forma de desarrollo de habilidades y conocimientos, además de en satisfacción intrínseca) es mayor, tanto para el propio individuo como para la sociedad en general. Empeñarnos en hacer pasar a todo el mundo por el mismo embudo nos empobrece.
El cartón de Podemos
Cuando lo del 15-M, seguí el fenómeno con atención. Joder, llegué a bajar a la calle a sentarme en una plaza aquí en el pueblo, éramos 20 personas. Compartía la sensación de que «algo no estaba bien» con el funcionamiento del país, de la política, de la economía. Y esos momentos extraños de «catarsis compartida» me hicieron sentir que a lo mejor podíamos cambiar algo.
Claro, que esa sensación difusa de que «hay que cambiar algo» está muy bien, pero luego hay que llevarla a lo concreto. Y ese «cambiar algo» evidentemente no significa lo mismo para todo el mundo. Yo soy un defensor de la economía de libre mercado y de la responsabilidad individual, y lo que creo que tenía (y tiene) que cambiar está más relacionado con la falta de transparencia en las instituciones, el sobredimensionamiento de las Administraciones, el conchabeo entre la política y la economía (aquello del «capitalismo de amiguetes», que ni es capitalismo ni es nada) y una mayor presencia de la sociedad civil (o sea, tú, yo, el vecino de al lado) en las decisiones del día a día.
Cuando surgió lo de «Podemos», los observé con curiosidad. Sonaba bien aquello de «ni de derechas ni de izquierdas», lo de «los de abajo vs los de arriba», lo de «la gente normal», lo de la «decencia», lo de «los círculos»… quizás, a lo mejor, podíamos estar frente a un catalizador de un movimiento social que efectivamente sirviese para cambiar las cosas, para coger la ilusión de una ciudadanía más bien harta y transformarlo en energía renovadora.
No tardó, claro, en caérseme la venda. Lo de «ni de izquierdas ni de derechas» no se sostuvo, aquello era un partido de izquierdas puro y duro, con ramalazos de izquierda antigua y demodé. Lo de los «círculos» no tardó tampoco en caer, democracia interna para qué, lo importante es el «núcleo irradiador» y el culto al líder que ha ido laminando con mano de hierro cualquier disidencia. Han seguido insistiendo en gestos que cada vez me resultan más vacíos, más fachada. Han ido desdiciéndose de todas sus proclamas. Aplican con soltura la ley del embudo, aquello de señalar lo que los demás tienen en el ojo haciendo como que ellos no tienen nada en el suyo. Me resulta ya ridículo y risible (tanto como «los del otro lado») la forma en que siguen vendiéndose a sí mismos como la última cocacola del desierto, el referente moral «del pueblo», los representantes legítimos de «la gente».Si en algún momento me los creí, fue muy al principio: hace ya muchos meses que no solo no me los creo, si no que los considero un peligro, como a cualquiera que hable en nombre de «el pueblo».
Y sin embargo, me alegro de que estén en las instituciones. Me alegro de que hayan «pillado cacho» en algunos Ayuntamientos, que tengan un grupo parlamentario, que se vean en la situación de tener que «pactar acuerdos». Me alegro porque es muy fácil torear desde la barrera. Es muy fácil criticar desde la calle, desde «el activismo», desde la manifestación. Ahí se puede decir lo que uno quiera, se puede echar toda la mierda que haga falta, criticar cualquier decisión que tome cualquier partido o persona que esté en condiciones de tomarlas. Y todo manteniendo el aura de superioridad moral, algo fácil cuando no tienes que decidir nada, ni gestionar nada.
Pero ay, amigos. En el momento en el que eres tú el que decide, el que eres tú el que gestiona… se te empiezan a abrir las costuras, se te empieza a ver el cartón. Dar cargos a alguien del partido con una experiencia discutible es algo no solo tolerable, sino casi evidente. Contratar a parejas y a ex-parejas ya no es nepotismo, es cosa de curriculum. Cargar la gomina del alcalde al presupuesto es lo mínimo que se puede hacer. Las huelgas de los servicios públicos ya no molan, son ataques. Lo que antes eran privilegios a los que «la gente normal» no accedería, ahora ya sí. Hay que disculparles que se salten los procedimientos, porque claro, ellos vienen del activismo. Y suma y sigue.
Cada día que pasan en las instituciones es un día en el que su antaño «superioridad moral» queda retratada con hechos. Cada día es más insostenible esa visión carismática e inmaculada de «los decentes» y «los defensores de la gente», de las grandes palabras que son fáciles de decir porque no hay que acompañarlas de hechos. Quedan como lo que son: un partido mortal, de carne y hueso. Con gente válida y con sinvergüenzas. Con unas ideas y unas propuestas concretas, que te pueden gustar más o te pueden gustar menos… pero que pasan a ser discutidas en igualdad de condiciones con otros partidos que defienden otras ideas.
Siempre habrá, claro, un colectivo de «fanboys» que seguirán negando la mayor (¿no los tienen también todos los partidos?). Que seguirán pensando que no tienen mácula, que si cometen algún error será un pecadillo sin importancia, posiblemente producto de un error bienintencionado. O porque habrá algún individuo que lo hace mal, pero que es eso, una manzana podrida. O que, en el peor de los casos, los otros son peores y roban más. A esos no habrá quien les convenza, claro. Pero una vez rota la burbuja de la superioridad moral, cada vez habrá menos «gente normal» (de la de verdad, como tú y como yo) que se deje deslumbrar con espejitos de cristal.
La importancia del feeling
Después de una etapa tan larga como fue la de Vips muy metido en un proyecto (y por lo tanto, shame on me, descuidando un poco bastante aquello del networking) ahora estoy en otra fase de «reconectar» con personas. No solo con las que ya conozco, que también, si no tratando de expandir mi horizonte. Nuevos perfiles, nuevos sectores, nuevas ideas, nuevas posibilidades de hacer cosas… Es algo que reconozco que me cuesta (no está demasiado en mi naturaleza, soy más bien ermitaño, introvertido, perezoso…), pero encuentro que es imprescindible no solo como forma de «generar oportunidades» (que también, claro; que hay que seguir comiendo), sino de «enriquecimiento personal e intelectual«. Es a través de otros como crecemos, como ampliamos nuestro conocimiento, como confrontamos y consolidamos nuestras ideas, como se nos ocurren cosas nuevas…
En este proceso, hay una barrera con la que me enfrento. Y es la importancia que le doy al «feeling». Hace poco, unos antiguos compañeros me hablaban de una persona con la que «me podría interesar contactar». Vale, contadme más. «La verdad es que no pegáis ni con cola… «. Uy, mala cosa. Es decir, tal y como ellos lo planteaban había una oportunidad interesante, él me podía servir a mí para llegar a un determinado tipo de clientes, yo le podía servir para darle soporte a proyectos… pero al introducir la variable de «compatibilidad», todo se venía un poco abajo.
Y es que para mí cualquier relación profesional funciona «mientras las dos partes estén a gusto». Y un factor fundamental en ese «estar a gusto» es para mí la «compatibilidad personal». No se trata de que siempre tengas que trabajar con los mejores amigos del mundo, pero sí creo necesario una mínima afinidad en valores, comportamientos, prioridades, formas… Si no se da esta afinidad, por muy «lógica» que pueda parecer la colaboración, incluso por muy lucrativa que resulte, se va a ir al traste más pronto que tarde. Y prefiero explorar si existe esa compatibilidad antes de meternos en un compromiso. Porque mira, para andar tarifando, mejor no profundizar; cada uno por su lado, que hay muchos peces en el mar.
Este énfasis en la importancia del feeling tiene para mí algunas consecuencias. Mi periodo de maduración de relaciones profesionales es lento y trabajoso. Tenemos que «rozarnos» varias veces, con cierto grado de «conversación intrascendente» de por medio, antes de que me sienta cómodo hablando de «proyectos».
Esto es algo que resulta difícil de aceptar para algunas personas con una visión más «transaccional» de las relaciones. Hace poco, por ejemplo, contactaron conmigo para «hacer un proyecto de evaluación y desarrollo de personas». Bueno, vale, te escucho… «tendrías que venir aquí mañana, porque el proyecto empieza la semana que viene». Lo paré. Lo siento, no hago proyectos en la primera cita. No sé quién eres, no sé cómo trabajas (de hecho, tú tampoco sabes quién soy, ni cómo trabajo). No estás buscando un «partner» con el que desarrollar proyectos, si no un recurso de quita y pon para salvarte en una emergencia. No me gusta, yo no trabajo así. Evidentemente, ese posible proyecto se esfumó, y con él la ganancia económica que hubiera detrás.
Lo cual me lleva a la segunda consecuencia… y es mi énfasis en el «feeling» hace que muchas posibles relaciones se caigan por el camino, antes de poder pensar en sacarles partido. Podemos ponerlo como que soy exigente (connotación positiva) o como que soy un tiquismiquis (con la connotación negativa). Pero es así.
Así que me veo enfrentado a un dilema. Si quiero mantener una dinámica de proyectos, colaboraciones, etc… que sea sostenible con la vida que quiero, una de dos: o rebajo la exigencia de mi «filtro de feeling», o me convierto en una «máquina de socializar» que me permita lanzar muchas relaciones (sabiendo que muchas se van a perder luego por el camino). Y es un dilema porque ninguna de las dos opciones va demasiado con mi naturaleza. Me cuesta mucho trabajar con personas con las que no encajo… y lo que es peor, se me nota. Y tampoco soy un socializador nato, me cuesta un mundo.
Pero claro, quiero hacer cosas… así que hay que avanzar por uno de los dos caminos, o por una combinación de los anteriores.
Carnegie y las razones del otro
Recientemente he leído el libro de Dale Carnegie «How to win friends and influence people», un auténtico clásico (se publicó hace 80 años) dentro del género del desarrollo personal. Tenía curiosidad por ver qué se escondía detrás de un título tan «vendemotos» y de décadas de relevancia.
El caso es que podríamos resumir todo el contenido del libro a una única idea: «las razones del otro». Efectivamente, plantea todas los principios y estrategias de relación con otras personas desde la base de que «el otro» tiene sus motivos (más emocionales que racionales, muchas veces; y no necesariamente explícitos ni evidentes) para actuar como actúa. Y que la interacción con él debe partir de la comprensión y aceptación de sus motivos, ya que si los ignoramos, los despreciamos o los confrontamos lo que vamos a generar (acción-reacción) es un rechazo y que el otro se reafirme en su postura. Esta forma de actuar requiere un gran nivel de auto-control y de esfuerzo consciente, porque evidentemente nosotros tenemos también nuestros propios motivos y es difícil dejarlos en segundo plano. Sin embargo, curiosamente, es a través de esta forma indirecta como generamos un clima de comprensión y de «buen feeling» que hace que sea más factible conseguir nuestros objetivos.
Desde que leí el libro soy más consciente de situaciones donde esto sucede. Ayer, sin ir más lejos, viví un ejemplo «de libro».
Tenía una cita para conocer a un potencial cliente (bueno, eso es mucho decir; en realidad es un contacto preliminar porque ni sabía bien quién era, ni qué podría hacer por él… un «conocido de un conocido» de esos que accedes a ver más por curiosidad y por educación que porque creas que de ahí puede salir algo productivo) a las 10:00 en Madrid. Inicié el viaje con tiempo suficiente, incluso con un ratito de margen para llegar a tiempo. Sin embargo, cosas de la meteorología, la carretera estaba complicada por culpa de la nieve, lo que me obligó a ir con mucha precaución, y a llegar con unos 30 minutos de retraso. A eso hubo que sumarle otros 15 minutos en los que mi acompañante (al que recogí en destino) estuvo dando vueltas porque no estaba seguro de dónde teníamos que ir. Total, que llegamos a la cita 45 minutos tarde.
Nos recibieron con mala cara. «No vamos a poder reunirnos, la cita era a las 10:00, yo tengo otras cosas que hacer a las 11:00, es que la cita la teníamos puesta hace semanas, y esto no puede ser». Cara de poker. Por dentro, me estaba cagando en sus muertos. «He venido a Madrid solo para ver quién eres y qué tripa se te ha roto, me he pegado dos horas y media de viaje bajo la nieve más tenso que la leche, más luego volver por la noche… ¿y te vas a poner estupendo conmigo? Mira, tío, que te den mucho por el culo». Diría que la transcripción del pensamiento es bastante literal.
Sin embargo, hice el esfuerzo consciente de respirar y tratar de buscar «los motivos del otro». Quedas con alguien a una hora, y te aparece 45 minutos tarde. ¡Qué maleducado! Joder, probablemente si me lo hubiesen hecho a mí también estaría de mala hostia.
Volví a respirar, y puse mi mejor cara. «De verdad que lamento el retraso, vengo desde Burgos y ha caído una nevada importante, estaba la carretera muy complicada y he tenido que venir con mucho cuidado… entiendo que no nos podamos reunir hoy si tenéis otros compromisos ahora, si os parece bien podemos buscar otra fecha… a ver cuándo puede ser, porque claro, tened en cuenta que yo tengo que hacer dos horas de viaje de ida y otras dos de vuelta, será cuestión de encontrar un día que me encaje con otros compromisos porque venir expresamente a esto como he hecho hoy para mí supone un esfuerzo importante.»
Bien jugado. Con esta frase, hice dos cosas. Por un lado, acepté con naturalidad su reacción. Entiendo que llego tarde, entiendo que estáis de mala leche, entiendo que queréis «hacérmelo pagar». Tenéis razón, vuestra razón. No pasa nada, no voy a reaccionar con hostilidad (que a lo mejor hubiese sido mi primer impulso). Ahora bien, de paso pongo encima de la mesa (sin acritud… bueno, no demasiada :D) que si he llegado tarde no es por gusto ni por faltaros al respeto, y que venir a veros para mí supone 4 horas de viaje (algo que ellos no sabían… pues ahora ya lo sabéis). Aquí mis razones. ¿Vernos otro día? Bueno, yo encantado, cuando nos venga bien a todos (teniendo en cuenta el esfuerzo que supone para cada uno, porque a mí me cuesta bastante, no sé si os lo he dejado caer ya).
«Claro, pero mira, es que tenemos la mañana con compromisos, habíamos quedado a las 10…». El tono ya era mucho menos beligerante.
«Está claro, lo entiendo perfectamente, no os preocupéis… de verdad que siento muchísimo el retraso». Y continué: «De todas formas, si ahora tenéis aunque sea esos quince minutos, si os parece podríamos aprovecharlos ya que estamos aquí, y así nos vamos conociendo y puedo ir entendiendo en qué situación estáis, qué es lo que necesitáis, cómo os puedo ayudar… aunque sean quince minutos, es mejor que nada, ¿no creéis?». Una vez que conocemos cada uno nuestras razones, una vez que hemos desactivado la hostilidad, pasemos página y pongamos foco en lo que buscamos en común.
«Bueno, no sé si quince minutos dan para mucho, pero venga, nos sentamos». Y nos sentamos. Y hablamos. Más de quince minutos. Y más de una hora (al final los compromisos son tan firmes como uno quiera hacerlos). Y acordamos volver a vernos para seguir hablando.
¿Saldrá algo de aquí? La verdad, no lo sé. Lo que sí sé es que si ayer nos hubiésemos enrocado cada uno en «nuestras razones», la historia se hubiese acabado allí mismo. Tú te enfadas porque llego tarde, yo me enfado porque no aprecias mi esfuerzo, adiós muy buenas y fin de la historia. Nos hubiésemos quedado muy a gusto «poniendo al otro en su sitio», pero hubiésemos dinamitado cualquier posibilidad de colaboración.
Hizo falta que uno de los dos (en este caso yo: medallita para mí) se parase un momento a ver la situación «con las razones del otro», supiese frenar su impulso primario y diese un primer paso para romper la espiral de confrontación y transformarla en una espiral de colaboración. Salvamos un match ball. A partir de ahí, podemos seguir jugando.
La evolución de las publicaciones
Hace unos días, en el transcurso de una comida, comentaba Antonio Ortiz sus nuevas responsabilidades dentro de Weblogs SL: centrarse en labores de investigación e innovación sobre cómo evoluciona la creación y distribución de contenido online, para así poder dirigir a la empresa en el camino correcto con el transcurso de los años.
Para poner en contexto a quienes no conozcan la historia, Weblogs SL es una empresa que nació hace más de diez años alrededor del concepto de los «blogs temáticos». Antonio es uno de los socios fundadores, y durante un tiempo yo estuve vinculado a la empresa (como editor y coordinador de alguno de los blogs, y luego realizando labores de servicios a empresas). El caso es que, por aquel entonces, los blogs eran «el futuro». Todos los que nos acercábamos a ese mundillo teníamos la sensación de estar explorando nuevos caminos («cómo, ¿que cualquiera puede publicar lo que quiera en internet así sin más?»), y compartíamos la excitación de sentirnos pioneros.
Pero claro, han pasado diez años, y con ellos muchas cosas. Vinieron las redes sociales, vino el video, y muchos otros cambios en la forma de publicar, consumir y distribuir contenidos en la red. Lo que hace diez años era «lo novedoso» ya se ha quedado no sé si obsoleto, pero sí «viejuno». Más de una vez se ha proclamado su muerte, y aunque es verdad que aquí seguimos, a veces tiene uno la sensación de ser unos «abueletes de internet», contando batallitas de los «buenos viejos tiempos».
En este sentido, es obvio que el planteamiento de Antonio de «buscar alternativas/complementos» al blog como concepto tiene todo el sentido. Y de alguna manera vino a ponerle el cascabel a una sensación que yo he venido teniendo en los últimos tiempos. Llevo escribiendo este blog más de 11 años, me siento muy cómodo con él. Me permite expresar ideas e inquietudes, desarrollar razonamientos… Creo que escribo cosas interesantes, sin mucho «bullshit», que pueden servir como elemento de reflexión a otras personas, y que en paralelo pueden reforzar mi «marca personal». Y sin embargo, tengo la sensación de que su alcance cada vez es más limitado. Cuando publico algo, me leen un «puñado de incondicionales» que todavía siguen viniendo vía RSS (gracias, amigos :D) o incluso de forma directa (hola, mamá). Si pongo el enlace en twitter o en linkedin, se suma otro piquito de visitas. En algunas ocasiones se genera un pequeño efecto viral gracias a algún retuit o alguna mención, efecto que muere pronto. Y ya, el ciclo de vida del contenido muere ahí.
Siempre he dicho que mi blog tiene mucho de «espacio de reflexión personal» (y por eso escribo lo que quiero, cuando quiero y como quiero) pero sería poco honesto decir que «me daría igual si no me leyese nadie»: a todos nos gusta la sensación de que lo que hacemos gusta a otros, y si son más, mejor. ¿Qué es lo que me gustaría entonces? Desde luego no se trata de «número de visitas» así en bruto: no vendo publicidad por miles de visitas, así que en general lo relacionado con el SEO, el «clickbaiting» y similares me interesa más bien poco. Más bien se trata de buscar visibilidad e interacción, pero sin cambiar el «fondo» de lo que publico (que al fin y al cabo es lo que me gusta y lo que me interesa). Me gustaría llegar a más gente interesante, provocar más reflexiones y más curiosidad, generar más posibilidades de interacción, de debate, de colaboración… en el fondo, recuperar las sensaciones que tenía al principio de mi historia bloguera.
Le estoy dando vueltas a lo que cuento (quizás sea menos interesante de lo que yo mismo creo), a cómo lo cuento (quizás mi estilo no es muy apetecible), a dónde lo cuento (a lo mejor el blog debería mutar en otra cosa, en otros medios, en otros formatos), a cómo lo «muevo»… Por otro lado, siempre me ha dado pereza «fingir»: la idea de tener un calendario editorial, o de seleccionar temas no por lo que a mí me apetezca sino «por lo visible o lo viral que pueda resultar», o de recurrir a técnicas baratas (en plan «lo que sucedió a continuación te parecerá increíble»), o de ser intencionadamente polémico y macarra para generar ruido, o de ser más «ligero» para ser compartido sin necesidad de pensar mucho, o de ser más «sesudo» para producir contenidos «de referencia», o…
Hace unos días repescaba un artículo de Blogoff donde se reflexionaba sobre los contenidos que triunfan en redes sociales, y cómo en esta dinámica los contenidos de más «chicha» quedan relegados en favor de contenidos más ligeros, más intrascendentes… pero a la vez más fácilmente consumibles y compartibles. Decía Nicholas Carr que internet nos estaba volviendo tontos, y yo no sé si es que nos vuelve tontos o si simplemente nos pone muy fácil hacer caso a nuestro instinto primario de evasión.
La duda que tengo es… ¿hay espacio, en este contexto, para el tipo de contenido que a mí me apetece y me interesa generar? ¿Puedo hacer algo para que encaje mejor en esta dinámica de consumo y difusión de contenidos, sin «estrujarlo» hasta cambiar su esencia? ¿O debo asumir que la visibilidad y la viralidad están reservados para otro tipo de historias, incompatibles con mi estilo? ¿O directamente hacerme caso a mí mismo y asumir que lo que hacemos en realidad no le importa a (casi) nadie?
Consultoría cínica
Una de las cosas que más rabia me ha dado siempre de «la consultoría» (de esas que llegaron a hacerme pensar que el oficio no me gustaba) es lo cínicas que son las empresas y muchos profesionales del sector. Empresas y profesionales que defienden una cosa (sea que «las personas son el centro del negocio» o que «hay que hacer transformación digital» o que «hay que aplanar las estructuras del negocio» o que «el mundo exige empresas transparentes»… cualquiera me vale) pero que a la hora de la verdad están dispuestas a cambiar cualquier principio por una factura.
Recuerdo, por ejemplo, mis inicios en el mundillo. Defendíamos el concepto de «change management» (aunque siempre me gustó más «change enablement»; el cambio no se gestiona, en el mejor de los casos se facilita). Teníamos un modelo bastante majo (¡elaborado en Chicago, nada menos!). Las cosas que allí se decían… ¡joder, tenían miga! Hacíamos presentaciones, metíamos nuestros modelos como anexos en las propuestas, etc, etc…
Pero a la hora de la verdad, se utilizaba el concepto para vender básicamente cualquier cosa. «No, mira, es que nos han contratado hacer unos cursos de formación». Que sí, que la formación es uno de los elementos interesantes de un proceso de cambio. Pero era evidente que con llegar, dar tres cursos y marcharte no ibas a promover cambio ninguno. Pero daba igual, dabas los cursos, los cobrabas, y a otra cosa mariposa. ¿Dónde quedaba el compromiso con el cambio, con ayudar realmente al cliente? Mmmm… bueno, mira, yo he cobrado y ya el cliente verá.
Soy el primero que entiende que «hay que comer». Y que las posturas maximalistas e intransigentes no valen, que hay que hacer aproximaciones flexibles, que hay que adaptarse a los clientes. Pero también creo que, si realmente crees en algo, debes mantener un mínimo de coherencia e intentar buscar clientes donde realmente tenga sentido aplicar lo que defiendes. Y no, como se suele hacer, abordar a cualquier cliente e intentar venderle cualquier cosa que remotamente se le parezca. O ni eso. Porque al fin y al cabo, lo que importa es facturar.
¿Merece la pena el esfuerzo de cambiar una cultura?
Recupero un artículo de hace ya unos años sobre «Demoler una vieja cultura dentro de una empresa«. Describía Sandopen, con acierto, la analogía entre el cambio cultural y la demolición de un viejo edificio para poder reconstruirlo, y cómo era un ejercicio que había que hacer «pilar a pilar», introduciendo pequeños cambios en distintos niveles de responsabilidad que, poco a poco, iban surtiendo efecto tanto a nivel interno como externo.
También hacía énfasis en que una cultura «no cae sola ni se le puede empujar, es muy resistente, es una estructura bien diseñada y trabada». Esto no va de «tenemos que cambiar, ¡hágase el cambio!… y el cambio se hizo». Es una labor de zapa, de desgaste, que conlleva mucho tiempo y mucho esfuerzo. Podemos vincularlo a la figura de los «agentes del cambio», de los «intraemprendedores»…
Mi pregunta es… ¿realmente merece la pena? ¿Cuánto esfuerzo hay que hacer, cuantos sinsabores hay que llevarse, cuantos cabezazos contra la pared hay que darse para mover un milímetro una cultura ajada? Bien lo sabe quien haya intentado hacerlo. Es un proceso muy frustrante para quien lo impulsa (en muchas ocasiones saldado con una toalla tirada, o con una cabeza cortada), y que para colmo da unos resultados muy lentos; probablemente para cuando quieras llegar ya sea tarde, y todo el esfuerzo no haya valido para nada.
¿No será mejor dedicar esos esfuerzos a crear una cultura nueva en un sitio diferente, sin el lastre de la «vieja cultura»? Nos costará mucho menos esfuerzo, tardaremos mucho menos tiempo. No tenemos que ir con miedo de qué callo pisamos, o en qué momento nos va a explotar una mina. No hay inercias contrarias, no hay intereses creados.
Claro, cada compañía tiene que velar por su propia supervivencia, no va a resignarse a su decadencia. Pero «la compañía» no es nada en realidad. Los profesionales que la integran (desde el «CEO» hasta cualquier «agente del cambio» en cualquier nivel organizativo), ¿qué incentivo tienen para hacer ese esfuerzo? Incluso los dueños/accionistas… ¿qué les impide desprenderse del negocio viejo e ir a invertir en uno nuevo?
Hay un único factor que equilibra la decisión. Y es que las «culturas viejas», por muy desgastadas que estén (y en mi opinión condenadas a estrellarse antes o después sin salvación posible) suelen ser las que tienen, aunque solo sea por pura inercia, los recursos. Las que dominan el mercado, las que generan ingresos. Son las que pueden pagarte el sueldo.
Y aquí está el dilema del espíritu transformador… ¿me quedo en una cultura vieja, donde mis esfuerzos van a ser enormes, al igual que los sinsabores, para seguramente acabar no consiguiendo nada… pero «calentito» al fin y al cabo? ¿O vuelco mi potencial creador/transformador en otro lugar virgen, aceptando el riesgo de estrellarme en el intento?
Redes de profesionales: ni son redes, ni son ná
El otro día caí, siguiendo una referencia, en una web de una autodenominada «red profesional de RRHH». A saber, un conjunto de profesionales «expertos en la gestión y desarrollo de personas». Siguiendo con su autodescripción, «esta red de expertos es un espacio diferente de colaboración, porque trabajamos en red entre nosotros, nos organizamos de una forma eficiente y dinámica en función del proyecto, y eso, redunda en el valor y la calidad que te aportamos.»
Soy un absoluto convencido del concepto de red. Hace ya un tiempo decía que «la metáfora de la neurona, como elemento individual pero a la vez conectado con otros, me parece muy descriptiva de nuestra realidad social y profesional. Somos individuos, sí, pero nos conectamos con otros. Esas conexiones se crean, a veces se fortalecen, a veces se debilitan, e incluso llegan a romperse.»
Pese a este convencimiento, o precisamente a causa de él, creo que ese concepto de «red profesional» que describía al principio está equivocado, que es propio de quien ha oído campanas pero no sabe muy bien dónde.
Aunque suene paradójico, la red es un concepto profundamente individual. Yo soy yo y mi red. No existe el concepto de «nuestra red». Yo tengo la mía, tú tienes la tuya. Puede que se solapen en cierta medida, pero siguen siendo entidades separadas, cada una centrada en el nexo principal que eres tú mismo.
Cuando le ponemos un paraguas común (una marca, una web, una etiqueta) a nuestras redes, estamos yendo en contra de la lógica propia de las redes. No es verdad que «nuestra red», en conjunto, seamos un bloque monolítico. Cada uno de los individuos tiene relaciones diversas con el resto de elementos dentro de esa supuesta red. Con unos eres más afín, con otros menos. Exactamente igual que sucede con elementos que queden fuera de esa red: yo tengo mis contactos, tú tienes los tuyos. Podemos compartirlos, pero nunca la relación va a ser exactamente igual con unos que con otros. Por muchos «valores comunes» que nos acerquen, seguimos siendo nodos independientes que se relacionan con distinta intensidad, tanto dentro como fuera. Esa «capa común» que dibujamos es una ficción.
Creo que lo que subyace en este tipo de enfoques es una mezcla de desconocimiento y miedo. Nos suena bien eso de la red, más o menos, pero en el fondo nos aterra asumir su realidad. Seguimos buscando el cobijo en algún tipo de estructura que nos proteja. Un logo, un nombre común, un algo. Aceptar al 100% la red implica aceptar que estamos solos, que somos los máximos y únicos responsables, que nuestra red depende de nosotros mismos, del esfuerzo que hagamos en desarrollarla y mantenerla. Para mucha gente éste es un pensamiento acongojante, y prefiere descargar esa responsabilidad en un ente superior (la empresa, la tribu, incluso la «red común»). Durante mucho tiempo eso sirvió para ir tirando. Pero creo que en esta era aguanta menos soplidos que la casita de paja del cuento de los tres cerditos.
Si de verdad nos creemos lo de la red (y francamente, no creo que haya una visión alternativa), seamos consecuentes.
Estrategia portfolio, o socializar el riesgo
En la empresa de restauración en la que estuve trabajando los últimos años había un comité llamado de «underperforming». Consistía en reuniones periódicas centradas en analizar el comportamiento de los restaurantes que peor estaban funcionando. Porque claro, cuando tienes más de cien restaurantes hay algunos que funcionan por encima de las expectativas, otros más o menos en línea, y otros por debajo. La idea del comité de «underperforming» era que prestando la atención adecuada a este «pelotón de los torpes» podían identificarse las causas, corregirlas, y así conseguir mejorar su rendimiento.
Como no era parte de mi negociado, no sé exactamente si ese comité servía para algo más allá de para «señalar». La sensación es que a lo largo del tiempo los restaurantes que sonaban por estar «a la cola» siempre eran los mismos, y que ninguno de los planes que se ponían en marcha realmente conseguían cambiar su rumbo. Ahora llevo a un gerente más experimentado, ahora cambio el equipo de mandos intermedios, ahora les llevo a un curso… mientras tanto, por contraste, otros restaurantes parecía que «iban solos».
¿Es porque en unos la gestión era mejor que en los otros? Yo tiendo a pensar que, si bien la gestión correcta es un factor relevante, en muchas ocasiones el devenir de un negocio depende de elementos no gestionables. Que hay cosas (desde la competencia, la localización, el perfil demográfico, el timing…) que marcan el rumbo con mucha más fuerza que la voluntad del gestor. En definitiva, que una buena gestión es necesaria (y ni siquiera siempre), pero no suficiente.
La cuestión es que cuando tienes cien restaurantes el problema no es tan grave. Los que funcionan mejor pueden financiar a los que funcionan peor, y te da margen para actuar. Ahora bien, como sólo tengas uno, estás poniéndote en manos del destino. Si resulta que «sale bueno», fenomenal. Pero como «salga malo», poco o nada de lo que hagas te va a salvar.
Por eso es interesante distribuir el riesgo, desarrollar una «estrategia portfolio» o, como se ha dicho toda la vida, «no poner todos los huevos en la misma cesta». Es algo que saben bien los «business angels» (que reconocen abiertamente que tratan de invertir en 20 negocios prometedores con la esperanza de tener éxito en uno de ellos que justifique las pérdidas seguras de los otros 19), o cualquier inversor prudente en general (siempre te recomendarán invertir en un índice que en un valor concreto, y si puede ser un «fondo de índices» mejor que en un índice concreto). Es algo que también sabe la naturaleza, y por eso hay especies con un índice de reproducción muy elevado… porque saben que la probabilidad de supervivencia individual es poca. Es tan elevado el riesgo de apostar por algo muy concreto, incluso cuando crees que «tienes el control» (porque «yo sé gestionar» o porque «yo conozco el negocio» o porque «yo soy un genio») que lo más aconsejable es multiplicar las apuestas.
Lo interesante es ver cómo podemos trasladar esta filosofía de «portfolio», este «repartir los huevos en distintas cestas», a nuestro ámbito individual. Por ejemplo, diversificando nuestros conocimientos y áreas de experiencia, o ampliando nuestros círculos sociales. Siempre habrá quien diga que de esta forma tendemos a la superficialidad («quien mucho abarca poco aprieta», o el «aprendiz de mucho maestro de nada»), y sin duda es algo que obliga a un mayor esfuerzo (es más fácil profundizar en algo que ya conocemos que empezar de cero con una nueva materia; igual que es más cómodo pasar el rato con los amigos de siempre que lanzarse a conocer amigos nuevos), pero por otro lado es la forma de abrir el abanico de posibilidades y de alternativas en el futuro.
Repetir lámina
A parte de ser conocido como «el profesor que pegó un pescozón a Raúl» (anécdota clásica donde las haya entre mi grupo de amigos que no falta en ninguno de nuestros encuentros), el «Etarreta» era profesor de dibujo técnico en BUP. Se le llamaba el «Etarreta» por su peculiar forma de pronunciar: «eta reta va desde el punto A al punto B». También tenía alguna otra frase fetiche («la flecha, larga y estrecha»). El caso es que sus clases me gustaban y frustraban a partes iguales, ilustrando esa dualidad que mencionaba el otro día entre simplificadores y optimizadores.
Había una parte que me encantaba del dibujo técnico. La forma en que las imágenes iban tomando forma a partir de trazos y cálculos. Una recta por aquí, una bisectriz por allá, una paralela, una perpendicular, un ángulo de 30 grados… la lógica de los pasos y cómo siguiéndolos llegabas a un resultado me parecía (y me sigue pareciendo) fascinante. A mi mente «lógica» le encantaba.
Pero había una segunda parte que que me mataba, y era la perfección formal a la que aspiraba el profesor. Los puntos de unión tenían que quedar perfectos. Cuidado que «los rotring» no dejaran ni media rebaba, o que goteasen en un momento determinado. La línea debía salir del mismo grosor exacto al trazarla. Desde luego que no se te ocurriera intentar borrar un mal trazo (con el consecuente desgaste del papel). Etc.
Cada lámina era corregida, semana a semana. Un fallo leve igual te toleraba (pagando su precio en la nota). Pero en cuanto te descuidabas… a «repetir lámina». Y más de una me tocó repetir. Me faltaban la habilidad, el cuidado y la paciencia necesarios para alcanzar un buen nivel. En muchas ocasiones terminaba la lámina y pensaba «buf, tiene este fallo… y este otro… pero mira, no la voy a repetir; a ver si cuela, que para repetirla a la fuerza tiempo habrá».
Tengo ahora, como entonces, otras virtudes. Y sin embargo a veces envidio a quienes tienen esa capacidad para hacer las cosas despacito y con cuidado, a quienes valoran por encima de todo «hacerlo perfecto» aunque eso suponga dedicar más tiempo, a quienes no les importa repetir tantas veces como sea necesario sin subirse por las paredes de pura frustración.