«Viví una semana siguiendo los consejos de un libro de autoayuda y fue una mierda«. Así de contundente se muestra esta crónica que enlazo, por lo demás de tono superficial y anecdótico, pero que en todo caso refleja una corriente de pensamiento diría que bastante habitual. «Los libros de autoayuda no sirven para nada».
Yo, al menos en parte, discrepo.
Creo que en los libros denominados de «auto-ayuda» se suelen encontrar píldoras interesantes que pueden hacerte pensar. De hecho, no es difícil rastrear la conexión de estos contenidos con otros más clásicos de la psicología, la filosofía o las corrientes religiosas. Eso sí, todo convenientemente desmenuzado y empaquetado para su rápido consumo. Y es ahí, claro, donde empiezan las expectativas irreales.
Cualquier conocimiento sobre el ser humano digno de ser resumido en una frase suele ser el producto de años de destilación. «Conocete a ti mismo», «Solo sé que no se nada»… no dejan de ser resúmenes de descubrimientos, epifanías, a los que alguien llegó al cabo de años de rumiar su experiencia de vida. Y que consigue resumir en una frase más o menos ingeniosa, de apariencia simple… pero que tiene mucha miga detrás. Lo que pasa es que esa miga no se transmite a través de la frase: tú la puedes leer, la puedes comprender desde un punto de vista intelectual («ah, esto quiere decir que tal y que cual… ok, entendido»). Pero hasta que no experimentas cosas similares a las que experimentó el que acuñó la frase, no vas a entenderla más que de una forma superficial. Como sucede con las típicas «frases de padre» que te hacen poner los ojos en blanco cuando eres un chaval, pero que luego cuando te ves tú en la posición del padre dices «hostia, ahora lo entiendo, ¡qué razón tenía!». Y entonces se lo dirás a tus hijos, intentando transmitirles ese conocimiento… pero ellos pondrán los ojos en blanco igual que tú hiciste, y sólo el paso de los años les permitirá entenderte.
La cuestión es que si te quedas ahí, en la superficie, es fácil despreciar ese conocimiento latente. «Esto es un montón de chorradas». Como probablemente pensaríamos al leer cualquier tratado filosófico (recordad las clases de BUP…), solo que encima la autoayuda tiene el estigma añadido de que está «escrito para que cualquiera pueda leerlo» (razón de más para considerarlo «de baja calidad»).
Yo procuro, cuando cae en mis manos algún texto que pudiéramos calificar de «auto-ayuda», leerlo al menos con curiosidad. Tratando de buscar sentido a lo que leo más allá de las palabras simples, intentando relacionarlo con mi experiencia vital. No pretendo encontrar en ellos un «guiaburros» (y quizás ahí es donde mucha gente se equivoque), sino un motivo de reflexión, un hilo del que tirar. Por mucho que un gran cocinero te escriba una receta, tienes que intentar hacerla tú cien veces antes de que te salga algo ni medio parecido; el que quiera un recetario que simplemente «haciendo los pasos» le permita a la primera cocinar como Adriá lo tiene complicado. De la misma forma, el que quiera arreglar su vida leyendo un libro (por muy sesudo que sea, que luego hablamos de eso), tampoco logrará su objetivo. Pero si te pica el gusanillo, quizás puedas empezar tu propio camino de descubrimiento, de reflexión, de experimentación… hasta conseguirlo.
Otro asunto distinto es «el negocio de la auto-ayuda». Es evidente que en torno a estos contenidos hay montado todo un tinglado que da bastante grima, autores y editoriales que lo que buscan es «sacarte los cuartos» a base de pastiches y refritos, blogs que repiten una y otra vez la misma historia, libros que desarrollan una única idea estirándola como chicle a la venta en cada librería de aeropuerto, conferencias que se dan como quien enciende la churrera, rebautismo de conceptos viejos para hacerlos pasar por novedosos, apelación a tus bajos instintos («descubre cómo ser feliz» y otros anzuelos) con el único objetivo de hacer caja, medios de comunicación que sirven de altavoz por intereses comerciales, etc, etc. Obviamente todo este mundo de buitres me da mucho repelús, igual que sucede en muchos otros ámbitos. Y hay mucha gente que, de forma poco consciente, se deja enredar por esa maraña. Una pena, pero así es el mundo, me temo; como digo no es algo precisamente exclusivo de la autoayuda.
Simplicidad vs precisión
Tengo encima de mi mesa un caso paradigmático de «simplicidad vs precisión«. Estoy diseñando una herramienta de seguimiento financiero, y pocas cosas hay más susceptibles de «precisión» que las finanzas. De hecho, el seguimiento y el reporte financiero debería ir «al céntimo». Y sin embargo…
Ocurre que en el diseño inicial había una serie de requerimientos: «quiero controlar esto y aquello, tener este nivel de detalle, etc.». Fenomenal, me puse manos a la obra. Pero una vez puesto en marcha, el feedback fue «uf, esto es demasiado lioso… tengo que meter demasiados datos… la visualización es difícil… TENDRÍAMOS QUE SIMPLIFICAR«.
La relación entre complejidad y exactitud es directamente proporcional. Una solución simple normalmente no te va a dar la mayor de las exactitudes. Si quieres mayores grados de precisión, tienes que aumentar la complejidad. Ahora bien, ésta no es una relación 1 a 1. A veces una solución sencilla te da un nivel de exactitud bastante importante, y no merece la pena ir más allá. A veces esa relación es abrupta (necesitas un incremento sustancial en la complejidad para mejorar sensiblemente la exactitud), a veces es progresiva (a medida que introduces complejidad marginal obtienes mejoras marginales en el otro ámbito), a veces es exponencial, a veces escalonada… en definitiva, hay una curva que relaciona las dos variables, pero la forma de esa curva no es evidente.
Sucede además que «complejidad» es una variable subjetiva. Lo que para unos es complejo, para otros no lo es. Aquí toca hacer un esfuerzo de empatía, porque la primera reacción de un egocéntrico no es la más constructiva del mundo («si no lo entiendes no es mi problema»… sí que lo es, en realidad). Cuando alguien te dice que algo (que has hecho tú) «es lioso», es que a él le parece «lioso» e, independientemente de lo que tú puedas opinar, su realidad es esa. De nada vale lo que tú creas, porque al final quien lo tiene que usar es él. Lo que sí está en tu mano es explicar a qué renuncias con la simplificación.
Otro elemento que hay que tener en cuenta es que la «exactitud» también es una variable relativa. ¿Realmente necesitas «exactitud», o te basta con una «aproximación razonable»?. Depende de las circunstancias, claro, pero (de nuevo aparece aquí nuestro amigo Pareto) posiblemente hay un punto de que «con el 20% de la complejidad puedes conseguir el 80% de la precisión», y que con ese 80% de precisión te baste y te sobre. Entender dónde está ese punto de «aproximación razonable» es otro factor que hay que manejar, y de nuevo la empatía es una herramienta fundamental.
Finalmente está la cuestión del diseño. Es decir, sea cual sea la curva que relaciona complejidad y exactitud es posible «moverla hacia la izquierda» haciendo un trabajo más o menos intenso de diseño. Cuando digo «mover a la izquierda» quiero decir conseguir el mismo grado de precisión reduciendo la complejidad. A veces esa reducción es real (haciendo las cosas de otra manera), y a veces es solo aparente (tienes que montar unas «tripas» complejas que dan una apariencia de usabilidad simple). En todo caso se requiere un análisis profundo, tiempo, esfuerzo, conocimientos… Como dice Richard Branson, «es complicado hacer algo simple». Aquí el problema que te puedes encontrar es de plazos, de dedicación (y por lo tanto coste)… a veces resulta difícil explicar que «algo simple» en realidad tiene mucho trabajo detrás.
En definitiva, un proceso muy interesante, no exento de frustraciones pero también muy enriquecedor.
Primero crear, después editar
Cuando hace unas semanas estuve leyendo un poco sobre «narrar historias», me encontré con que una de las recomendaciones fundamentales que se les da a los escritores es dividir su trabajo en dos fases claramente diferenciadas. Una primera de pura creación, dejando que las ideas fluyan a borbotones, desactivando en la medida de lo posible cualquier tipo de filtro que nuestra mente quiera imponer. Y después, una segunda fase de edición, mucho más analítica en la que se trata de ir refinando lo que has escrito. Son dos fases en las que entran en juego habilidades y focos radicalmente distintos. Y si no se les da a cada una su espacio, la mentalidad «editora» (analítica, detallista, práctica, consciente, censora) puede ahogar facilmente a la mentalidad «creadora».
En realidad, es el mismo esquema que se suele plantear en ejercicios de creatividad como el brainstorming: la primera fase es de «lanzar ideas sin espacio para el análisis o la crítica», y solo después de haber agotado ese primer impulso creativo se pasa a agrupar ideas, a analizarlas, a valorar su viabilidad, etc.
Hace poco leía un artículo que hablaba sobre «life design» y cómo, para tener un año extraordinario (o una vida, en realidad) había que aplicar un proceso similar al que mencionábamos antes. Es decir, que en un primer momento hay que plantearse «objetivos sin filtro», sin pensar en si es más o menos factible o realista. Hay que soñar. Luego ya vendrá «el hombre del mazo» aplicando la realidad, ya afinaremos los detalles.
Las metas imposibles te exigen ser creativo, mirar más allá de tus nociones preconcebidas y de tus miedos. Te ponen en el terreno de «lo que de verdad me gustaría conseguir» y «lo que de verdad me gustaría ser». Conectan con lo más íntimo de tus deseos, y ponen en tus ojos el brillo de la ilusión.
Si empiezas considerando tus restricciones (o, para ser más exactos, «lo que tú crees que son tus restricciones»; del tipo «para eso soy demasiado mayor», «para eso yo no tengo talento», «para eso hace falta dinero que no tengo», «eso está bien para alguien sin familia, pero yo…», «mucha gente lo ha intentado y no lo ha conseguido» y otro montón de pensamientos autolimitantes) lo único que vas a hacer es plantearte objetivos rutinarios, fruto de la inercia y carentes de todo poder motivador. Tus restricciones apriorísticas se convierten en muros que delimitan lo que te planteas hacer.
Pero si empiezas considerando lo deseable te estás marcando un camino. Las restricciones aparecen después pero no ya como «muro infranqueable», sino como «obstáculos a superar». Ya no son el límite de lo que puedes o no puedes hacer, sino lo que te separa de lo que quieres hacer. Ahora tienes una motivación, un deseo de alcanzar algo que está al otro lado. Puede que lo consigas o puede que no, pero al menos te planteas pelear por ello.
You see, when you set possible goals you get focused on logistics. You ask yourself what do I need to do to achieve this? But impossible goals ask you to do more than that. They require you to see beyond your normal methods and get creative. They ask you to consider the kind of person you’re going to have to become in order to create extraordinary results […] The goals they came up with were scary big, but the goals they set actually didn’t matter. What mattered was the look I saw in their eyes when they talked about these impossible goals. They each had a look of wonder and excitement, the kind of look you normally only see with little kids on Christmas morning.
Siete reflexiones y una caldera estropeada
Escribo esto con tres capas de ropa encima. El viernes por la noche la caldera de casa empezó a dejar de funcionar correctamente (al principio; se encendía pero se apagaba al cabo de unos segundos), y del todo por la mañana (ya ni se encendía). Han pasado tres noches de frío castellano y aquí estoy, esperando a que el técnico venga a ver qué solución tiene.
A lo largo de estas horas, y especialmente al principio, son varias las reflexiones que se han juntado en mi cabeza al respecto:
- Shit happens: es una putada que las cosas se estropeen. Pero en realidad no es una putada: simplemente la vida es así. Podemos caer en la tentación de desear un mundo perfectamente estable, previsible, sin lugar para accidentes, sorpresas y calderas estropeadas en pleno invierno. Pero es una expectativa irreal, y como tal una fuente de frustración. Mejor ser conscientes de que «lo que es, es» sin pensar que hay una confabulación cósmica en nuestra contra.
- A veces no hay solución: el viernes por la noche pasé un buen rato tocando (subo la presión, bajo la presión, reinicio la caldera, la vuelvo a reiniciar…) con la mentalidad de «seguro que hay algo que puedo hacer para que funcione». Incluso el sábado por la mañana, cuando me levanté, todavía pensaba «seguro que ahora ya el problema ha desaparecido». Nos cuesta aceptar que hay cosas que están fuera de nuestro control, asumir la impotencia del que no puede hacer nada. Y sin embargo, volviendo al punto uno, «lo que es, es».
- El mundo no gira alrededor de ti: cuando el sábado por la mañana llegué a la conclusión de que no podía hacer nada más que llamar a un técnico, busqué el teléfono del SAT. Me atienden amablemente, toman nota, «¿el lunes por la mañana le va bien?». «Cómo, ¿el lunes? ¿nos vais a dejar sin caldera todo un fin de semana de invierno? ¿¿PERO ESTO QUÉ ES??» (todo esto en mi mente, claro; soy un tipo muy educado :D). En fin, en mi cabeza el servicio técnico debía ser poco menos que un retén de bomberos, preparados para deslizarse por la barra y subirse en un camión con sirena para venir a atenderme A MÍ y a resolver MI PROBLEMA. Obviamente no es así. El mundo tiene sus ritmos, sus propios problemas y prioridades. Pensar que todo el mundo va a dejar lo que tenga que hacer para atenderte a ti es, de nuevo, poco realista (y muy egocéntrico).
- Todo tiene su ciencia: en el rato del viernes en que todavía tenía esperanza de poder resolver por mí mismo el problema, estuve leyendo cosas sobre calderas, radiadores, llaves, quemadores, sensores… lo suficiente para abandonar toda esperanza y, a la vez, reconocer que todo tiene su complejidad. Reconozco una tendencia mía a pensar, en demasiadas ocasiones, que «eso lo hace cualquiera». Egocentrismo, prepotencia, ignorancia… sesgos que debería tener en cuenta a la hora de analizar mis razonamientos.
- La mala suerte es cuestión de foco: los primeros momentos fueron de frustración; «qué mala suerte, vamos no me jodas, con el frío que hace». Luego me puse a pensar en toda la gente que tiene que sobrevivir a estas noches durmiendo en las calles. O en las personas para las que una incidencia de éstas supone un golpe financiero que a lo mejor no pueden asumir. Yo miré a mi alrededor y pensé que, incluso sin caldera, tengo un techo y unas paredes, unas camas con edredones calentitos, mantas de refuerzo, un calefactor. Que si hiciera falta me cojo el coche, me acerco a una tienda y compro tres calefactores más. Que a malas mi problema se resuelve en un par de días, que no importa cuánto me vaya a costar (de hecho, viviendo de alquiler, el coste es para la propietaria). En definitiva, empecé pensando en mi «mala suerte» y acabé pensando en lo enormemente afortunado que soy.
- A grandes males, grandes remedios: ¿no hay calefacción? Pues un calefactor. Un par de mantas que salen del armario. La camiseta de manga larga y la chaqueta del chandal. ¿No hay agua caliente? Se coge la olla y vas calentando para lo que necesites. Son un par de días, no pasa nada. Y si la situación se alarga, se buscan otras soluciones. No pasa nada.
- No hace tanto frío: «¡Fuera está helando! ¡Nos vamos a congelar! ¡Va a ser un infierno! ¡Los niños van a pasar mucho frío, no puedo tolerarlo!». Ahí estaba yo, pensando en lo terrible que iba a ser todo. Y lo cierto es que tampoco ha sido para tanto. Sí, fuera ha helado. Pero dentro no se estaba tan mal. De hecho hemos tenido que perseguir a los críos para que se abrigasen (porque ellos estaban tan pichis). Tendemos a imaginar el futuro, y lo cierto es que no solemos acertar. Como decía Dan Gilbert, ni somos demasiado buenos previendo lo que va a suceder, ni suponiendo cómo nos va a hacer sentir. Así que mejor no darle demasiadas vueltas a priori.
Diez cosas que puedes hacer por tu profesional independiente
Leía ayer un artículo de Hardvard Business Review hablando sobre el auge de la figura del «profesional independiente» y lo que se ha dado en llamar la «gig economy«. Una tendencia de la que estoy convencido hace tiempo, una «ola que llega» y que va más allá de la prestación de servicios profesionales al uso. No es que tú seas una «miniconsultora de uno» con un portfolio de servicios y que aterriza en una empresa para «hacer un proyecto» (hacer unas reuniones de seguimiento, presentar unos hitos, etc.), si no que eres un profesional autónomo y cualificado al que la empresa incorpora por una temporada durante la que formas parte casi al 100% de la dinámica interna . Como suele decir Andrés Pérez Ortega, cada vez hay más trabajo que hacer pero cada vez hay menos espacio para «empleos», y la figura del «profesional independiente que está una temporada con nosotros» encaja perfectamente con esa realidad. Pero es algo a lo que, tanto los profesionales como las empresas, todavía nos tenemos que acostumbrar.
Como he tenido la suerte de vivir experiencias significativas en este sentido, me he liado la manta a la cabeza y me he atrevido a escribir una pequeña lista de acciones que, desde mi punto de vista, las empresas pueden poner en marcha para hacer más fácil la vida a los profesionales a los que contrata, y que hacen que la relación fluya mejor.
- Las cuentas claras: empecemos por lo obvio. Tener claro cuánto y cuándo se va a cobrar, y qué conceptos incluye. ¿Vas a pagar gastos? ¿Vas a ofrecer alguna ventaja tipo «descuento para empleados»? Para mí lo más cómodo es una cantidad a tanto alzado: no me pidas que te justifique cada hora de trabajo, ni me plantees cobrar una cosa distinta cada mes, ni me pidas que te guarde tickets de todo… en general no me vuelvas loco y centrémonos en trabajar. Y por supuesto, cumplir como un reloj con los pagos, que nada es más odioso que tener que andar pendiente de si te han pagado, de reclamar facturas…
- No abrumes rollos administrativos y legales: vale que tú eres una empresa grande, con sus correspondientes departamentos para casi cualquier cosa. Pero yo estoy solo, y todo el tiempo y atención que tenga que dedicar a formalismos no lo dedico a trabajar. No me mandes un contrato larguísimo en jerga legal. No me hagas contratar un abogado para revisarlo. No me pidas que te presente no se qué documentos. De nuevo, no me vuelvas loco.
- Dame un sitio para trabajar: no soy exigente. Me vale con un rinconcito en cualquier lado. Pero que tenga un espacio en el que estar. Que no me tenga que estar buscando ubicación cada día, o aprovechando esquinitas en la mesa auxiliar de un despacho, o en una sala de reuniones de la que me echan cada rato y el de enmedio porque «la tenemos reservada». No pido mucho, solo no tener la sensación de que estoy invadiendo el espacio de alguien cada vez que me siento a trabajar, la sensación de «eres un extraño aquí»
- Dame un pequeño briefing genérico sobre tu empresa: su historia, su actividad, su organización, sus localizaciones, un breve «quién es quién», cuatro teléfonos de contacto. La típica carpeta de bienvenida (que debería darse a cualquier empleado que se incorpore, en realidad) que me permita ubicarme rápido (está claro que los detallitos se cogen con el tiempo, pero cuanto más tengamos avanzado desde un principio mejor), y no sentirme como un idiota cuando se hable de Fulanito y no sepa quien es (cuando resulta que es un vicepresidente con mucho poder).
- Cuéntale a tu empresa quién soy: la otra cara de la moneda. Dile a tu organización quién soy yo, qué he venido a hacer, cuánto tiempo voy a estar aquí. Para que cuando me cruce en los pasillos o en la máquina de café con gente (no digamos ya en reuniones), al menos, sepa «quién es ese tipo que ha empezado a venir por aquí»
- Dame un acceso ágil a tu tecnología: lo normal es que yo venga con mi ordenador, con mi teléfono, que trabaje algo desde casa… así que ponme fácil que si quiero imprimir un documento, pueda. Que si tengo que acceder a unos documentos compartidos, pueda. Que si tiene sentido que acceda a los datos de tu ERP, pueda. Que si hay una agenda de teléfonos compartida, pueda consultarla. Que pueda conectarme a tu red. Es terriblemente frustrante verse impedido por la logística.
- Dame acceso a tus instalaciones: la parte física del punto anterior. Si vengo de visita, es lógico que tenga que dar mi nombre en recepción. Pero si voy a estar viniendo de forma recurrente no me hagas pasar por ese proceso todos los días. Dame una tarjeta de acceso.
- Inclúyeme en tus comunicaciones globales: si todo el mundo se levanta para ir a una reunión de equipo, es ridículo quedarse en tu sitio porque «no eres empleado». Si llega un correo informando de cualquier detalle (da igual si es el resumen de ventas que llega a todo el mundo, la comunicación de una estrategia, una referencia que ha aparecido en prensa o una felicitación de navidad), que me llegue a mí también (y no me quede con cara de haba mientras todo el mundo habla de ello, hasta que tenga que pedir «oye, ¿te importa reenviármelo para saber de qué va el tema?».
- Respeta mis tiempos: es algo que en realidad habría que hacer con todo el mundo (nadie debería considerarse un dios con el tiempo ajeno), pero en mi caso tiene más relevancia. Puedo estar trabajando con varios clientes en paralelo. O puedo tener que estar preparando mi próximo proyecto, preparando visitas comerciales (porque contigo voy a estar solo un tiempo, los dos lo sabemos… pero la vida sigue), lo que sea. No pongas reuniones sorpresas, ni cambies citas, ni te acostumbres a jugar con mi agenda. No eres dueño de mi tiempo, no has comprado mi presencia, si no mi valor
- Ábreme puertas: parte de nuestro acuerdo es que voy a estar aquí un tiempo limitado. No hay indemnizaciones por despido, no hay compromisos de por vida, todo es limpio y transparente. ¿Y si me facilitas la transición hacia mis siguientes proyectos? Si te gusta cómo trabajo… ¿por qué no les hablas de mí a tus contactos? ¿Por qué no me presentas a gente interesante que pueda derivar en nuevas aventuras? En el fondo, estás contribuyendo a que hagamos sostenible este modelo
Seguro que hay más, pero éstas son las que me han salido en un primer esbozo. Si eres profesional independiente… ¿qué cosas le pides tú a las empresas que te contratan?
Otro camino
Hoy, repasando las notificaciones de Linkedin, veo el aviso de que Fulanito tiene un nuevo cargo: socio/partner de la empresa de servicios profesionales en la que coincidimos. Fulanito y yo somos de la misma edad, y teníamos un nivel asimilable en aquella época. En paso del tiempo (y su buen hacer, por descontado) le ha llevado a esa posición. La que, supongo, podría haber alcanzado yo a estas alturas si una mañana de hace ahora 10 años no me hubiese metido en el despacho de mi entonces responsable para decirle: «este camino no me convence».
«Pues sí, es lo que hay. Ya comentaba hace unas semanas que notaba cierta «marejadilla» de fondo… y creo que ha llegado el momento de cambiar de trabajo. O mejor dicho, de ocupación. ¿De vida, en el fondo?
No estoy buscando otra empresa en la que seguir haciendo lo mismo. Ni siquiera creo que esté buscando otra empresa. De hecho, no estoy seguro de lo que estoy buscando. Lo que estoy seguro (creo) es que lo que tengo ahora no me llena. Y dedicar tantas horas a la semana a algo que no te llena… los años van pasando, la vida se va yendo, y no es plan.»
Lo bueno (y ligeramente vertiginoso) de tener el blog desde 2004 es que me permite bucear en mis pensamientos pasados no como los recuerdo, sino como los expresé en ese momento. Mi «yo de casi 40 años» puede ver lo que decía mi «yo de casi 30».
Hoy, el aviso de Linkedin me ha hecho pensar en esa bifurcación, en esa elección. Emprendí otro camino, y no he podido evitar preguntarme cómo habría sido mi vida estos diez años si hubiese elegido de otra manera. Una pregunta sin respuesta, claro, y un ejercicio ciertamente vacuo porque toda la película que me monte (el dinero que habría ganado, las horas que habría trabajado, si habría tenido presión o si habría disfrutado, las consecuencias para mi vida personal o para mi motivación, la gente con la que me relacionaría, dónde viviría, si podría haber hecho alguna de las cosas que sí he hecho…) sería pura imaginación (que probablemente forzaría para confirmar que hice lo correcto).
Solo sé que hoy, como ayer, sigo buscando. Sigo tomando decisiones tratando de hacer caso a esa vocecita interior, a ese instinto que parece que te impulsa a hacer unas cosas y a no hacer otras. Sabiendo que cada vez que elijo algo, estoy renunciando a todas las vidas alternativas que se desarrollarían si escogiese otra cosa diferente. Intentando disfrutar de la vida que sí tengo, y no dedicando mucho tiempo a pensar en las vidas que podría haber tenido.
Consciente en última instancia de que, como dijo el poeta, no hay más camino que el que uno traza al andar.
Dos formas de trabajar
Hay dos formas de trabajar.
Una es tremendamente aparente: es aquel que se pasa «haciendo» todo el rato. Voy para allá, vengo para acá, me meto en una reunión, hago un documento, cojo esto y lo llevo aquí, mando un mail, leo otro mail, hago esta llamada. Interrumpo una conversación para mirar un mail, dejo de leer el mail para hacer una llamada, no hago caso a la llamada porque estoy hablando por lo bajini con alquien más. Y todo eso mientras en mi cabeza mezclo tres o cuatro temas que están encima de la mesa. Sabéis cuál os digo, ese perfil hiperactivo que pasa el día sin parar, transmitiendo la sensación constante de no tener ni un minuto libre, y encima no llegar a nada.
Y la otra es… diferente. Más reflexión, más calma. Más «afilar el hacha», más «elegir tus batallas», más dar tiempo al tiempo para que las ideas se asienten, para que las cosas maduren, para que las personas evolucionen, para que las cosas avancen a su ritmo. No estás todo el rato «haciendo cosas». A veces estás mirando al infinito, reposando ideas. A veces solo garabateas en un papel. A veces te das un paseo. O dedicas el rato a charlar relajadamente, o a leer un libro.
Yo, como os podréis imaginar si me conocéis o si me leéis de hace tiempo, me pongo en el equipo de la «reflexión». Nunca me ha gustado ir como pollo sin cabeza, cambiando el foco constantemente, atento a cada nueva llamada, a cada nuevo email, a cada pajarito que cruza mis ojos o a cada idea que pasa por mi mente.
Sin embargo, reconozco que a veces tengo complejo. Cuando me pongo lado a lado con uno de «los otros», acabo teniendo la sensación de que él trabaja, y yo… no. Que hago poco. Que aquel objetivo de realizar una tarea clave al día es de vagos, que mi lista de «to-do»s no es ambiciosa, que no tengo derecho a intentar vivir relajado, que debería estar hiperactivo todo el día. Que por no estar «hiperocupado» e «hiperpreocupado», no lo estoy haciendo bien.
En días así es cuando más me obligo a reflexionar. No ya pensando en teorías varias, si no en mi experiencia a lo largo de los años. Pienso cuándo he sido más productivo, cuándo he conseguido más cosas, cuándo he aportado más valor, cuándo me ha ido mejor profesionalmente, cuándo me he encontrado mejor personalmente. Todo cuadra. Da igual la sensación que transmitan «los otros», dan igual sus percepciones de «qué injusto, yo me deslomo, y éste vive como dios». Sí, es verdad, a veces es difícil porque eres el que vas a contracorriente. Pero es más fácil cuando te reafirmas en que tienes razón.
Cuéntame un cuento
¿No os ha pasado que estáis leyendo un libro, o viendo una película, y piensas… «joder, vaya argumento más previsible» o «esto no tiene ni pies ni cabeza»? A mí me pasa con relativa frecuencia. Y me fascina que productos así consigan llegar al mercado, incluso tener cierto éxito. ¿Tan difícil es montar una buena historia y que no acabe en desastre?
Ésta fue una de las inquietudes que me llevó hace unas semanas a indagar un poco sobre los aspectos básicos de la narrativa. En paralelo, en los últimos tiempos vengo observando cierto auge del concepto de «storytelling» aplicado al mundo de la empresa. Cuando digo «auge» me refiero a artículos y libros sobre el tema, de esos que vas dejando en la recámara para «leer más tarde» porque te resulta curioso entender cómo pueden casar estos conceptos. Así que pensé en matar dos pájaros de un tiro; entender cómo se fabrica una buena historia, y entender qué aplicación tienen las historias en los negocios.
Lo cierto es que el mundo de la narrativa es muy interesante. Una historia bien construida tiene un potencial magnífico de atrapar nuestra atención, de involucrarnos emocional e intelectualmente, y de transmitirnos conceptos que recordaremos después con asombrosa facilidad. Y, cuando te pones a profundizar, parece ser que «la fórmula» para conseguir una historia decente tiene las letras bastante gordas; al fin y al cabo, llevamos contando historias desde hace milenios, y muchos han sido los que en este tiempo han analizado lo que funciona y lo que no. Sucede algo parecido con la fotografía o la pintura (¿qué hace una imagen más atractiva? ¿qué composición es agradable? ¿cuáles son las proporciones correctas? ¿qué colores combinan juntos?), o con la música (¿qué sonidos combinan bien? ¿qué progresiones de sonidos resultan atractivas?).
Me atrevería a decir que en todas estas disciplinas parece bastante asequible alcanzar un nivel «decente» a poco que uno ponga interés en conocer e interiorizar esas normas básicas. Es cuestión de práctica, de acostumbrarse a manejar las claves y repetirlas una y otra vez. Obviamente luego, como en casi todo, hay un salto cualitativo que separa el oficio del talento.
Y sí creo que es una habilidad que merece la pena aprender. No se trata tanto de «inventarse historias» (que también, por qué no), sino de utilizar alguna de las claves que hacen que una historia funcione para aplicarlas a nuestras propias necesidades de comunicación. Sin salir del círculo cotidiano, nos puede venir bien para contar qué tal nos ha ido el día, para relatar una anécdota con unos amigos, o para transmitir ideas a los críos.
Lo que ya me chirría más es toda la corriente de libros, artículos, etc… que tratan de enchufar el «storytelling» en las empresas. Lo que estoy leyendo al respeto me lleva a pensar en una sobreexplotación del término. Por supuesto que dentro del mundo corporativo hay necesidades de comunicación a las que las técnicas narrativas pueden aportar un enfoque diferencial, pero creo que el asunto no da para tanto libro, tanto acrónimo, tanto «caso de estudio»; como decía más arriba, la narrativa tiene las letras gordas y el 80% de sus beneficios puede obtenerse prestando atención a cuatro o cinco claves fundamentales. Y en todo caso tampoco creo que la narrativa sea la palanca de cambio definitiva en las empresas: en el mejor de los casos, una herramienta más que incorporar (junto con muchas otras, todas ellas positivas pero ninguna desequilibrante) a la difícil tarea de sacar un negocio adelante.
Claro que, como sucede siempre, hay mucho aspirante a experto, mucha editorial que pretende vender su libro, mucha revista que llenar con artículos, muchas conferencias que dar. Todo el mundo quiere diferenciarse aunque para ello tenga que estrujar y reconstruir los conceptos para que parezca que está contando algo distinto; porque si dices que algo «son habas contadas» no llamas la atención… pero supongo que, como decía Michael Ende, «eso es otra historia».
Ojalá todos fueran como yo

A veces lo pienso. Es una pesadez, y en muchas ocasiones una fuente de estrés, lidiar con el resto del mundo. Si todos fueran como yo estaríamos siempre de acuerdo, pensaríamos igual, no habría conflicto y nos llevaríamos de maravilla.
Lamentablemente, el mundo no es así:
- Cada uno somos como somos: somos el producto de nuestro carácter, de nuestra educación, de nuestras experiencias, de nuestro entorno, incluso de nuestro momento vital. Por eso pensamos como pensamos, actuamos como actuamos, nos gusta lo que nos gusta y nos repele lo que no, consideramos aceptables unas cosas y otras no.
- Hay otros que son distintos de nosotros: consecuencia lógica de lo anterior. Como no todos tenemos ni el mismo carácter, ni la misma educación, ni las mismas experiencias, ni nos rodea el mismo entorno… pensamos diferente, actuamos diferente, nos gustan cosas diferentes, toleramos cosas diferentes.
- Nuestra forma de ver el mundo no es la única válida, ni la mejor: es difícil (desde luego lo es para mí) aceptarlo. De hecho iniciaba mi argumento deseando que «todo el mundo fuese como yo». Como individuos, y como sociedad, tendemos a ver el mundo desde nuestra propia perspectiva y nos resulta muy difícil renunciar a ella y aceptar la de los demás.
- Es normal sentir afinidad por los que se nos parecen, y rechazo por los que no: tendemos a rodearnos de aquellos con quienes compartimos nuestros valores clave, porque es con ellos con quienes nos sentimos cómodos, con quienes nos entendemos, con quienes menos conflictos surgen. En paralelo tendemos a alejarnos de los que no, porque hay incomodidad y hay conflicto.
- Nunca vamos a poder eliminar al 100% la interacción con los diferentes: están ahí, compartimos el mismo espacio. Puedes intentar minimizar el roce, pero salvo que decidas convertirte en un ermitaño (y creo que ni aun así) vas a tener que socializar, y en consecuencia, a tener que soportar gente que tiene otros valores, otra forma de ser, pensar y comportarse.
- No existe la afinidad perfecta: incluso aunque te rodees de gente afin, siempre habrá diferencias. Algunas más sutiles, otras más importantes. Unas más previsibles, y otras que solo afloran con el paso del tiempo. Nunca encontrarás a alguien que sea «exactamente igual que yo» en todos los aspectos y todo el tiempo.
Pensar de otra manera son ganas de darse cabezazos contra la pared. «Es más fácil ponerse unas sandalias que cubrir el mundo de alfombras». El mundo es como es, y tenemos que vivir en él de la mejor manera posible. Hay gente que piensa y actúa de forma molesta para nosotros… igual que nosotros pensamos y actuamos de forma molesta para otros. Esto es algo que en muchas ocasiones no podremos cambiar, y de hecho en muchas ocasiones ni siquiera tendremos la legitimidad para hacerlo (¿por qué vas a imponer tu visión a la de otros?). Vivir en sociedad es precisamente lograr unos acuerdos de mínimos, y a partir de ahí lidiar lo mejor que se pueda con el resto.
¿Significa esto una especie de relatividad moral, que «todo vale» y que «lo que nos queda es resignarnos»? No necesariamente. Las sociedades evolucionan, y lo hacen cuando una masa crítica suficiente de sus componentes lo hacen. Cada uno somos responsables primeramente de vivir la vida como consideremos que debe de hacerse y predicar con el ejemplo («sé el cambio que quieras ver en el mundo»), y también de elegir cuándo, por qué, para qué y con qué grado de compromiso e intensidad queremos pelearnos con otros. Eso sí, teniendo en cuenta que en cada pelea vamos a desgastarnos (el conflicto, la incomprensión, el riesgo, el sacrificio…), que podemos no ganar… y que en última instancia el número de batallas posibles es infinito mientras que nuestra capacidad es limitada.
No es la mía, creo, una visión conformista; pero sí realista. El mundo es como es («¿cómo no va a poder ser, si está siendo?«) y nuestra capacidad para cambiarlo es limitada. Así que, como dice la plegaria de la Serenidad, «Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia.»
Simplificadores vs optimizadores
Scott Adams dedica en su libro «How to fail at almost everything and still win big» un apartado a tratar la diferencia entre lo que llama «optimizadores» vs «simplificadores».
El primer perfil, el de los «optimizadores», es aquel que busca aprovechar cada instante, cada oportunidad, cada detalle… para sacar el mayor partido a las situaciones. Aunque eso suponga incrementar más que proporcionalmente el riesgo de que algo salga mal o el estrés derivado de atender a múltiples circunstancias. Por contra, el «simplificador» se centra en pocas cosas a las que dedica más atención, que trata con un mayor margen de maniobra para evitar riesgos y sobreesfuerzos.
En términos paretianos, el «simplificador» es el que se queda más que satisfecho consiguiendo el 80% del resultado (que solo le ha supuesto invertir el 20% del esfuerzo), mientras que el «optimizador» es el que no acepta quedarse lejos del 100% y por ello está dispuesto a hacer ese 80% adicional de esfuerzo. Uno está tranquilo haciendo sus «vital few», mientras que el otro no descansa hasta hacer los «trivial many». El «simplificador» se ocupa de las «piedras grandes» (y las pequeñas si caben bien, y si no pues tampoco pasa nada), y el «optimizador» sufre por cada piedra que se queda fuera.
El «optimizador» es ese que tiene su agenda montada en bloques de 15 minutos, al «simplificador» le basta con tener claras sus tres o cuatro tareas importantes para el día. Al «optimizador» le gusta llegar con el culo pegado al aeropuerto, mientras habla con el móvil, mientras que el «simplificador» prefiere llegar con un buen rato de antelación y leer tranquilamente un libro mientras espera.
Notaréis, por mi forma de describirlos (y por lo que me conozcáis algunos), por cuál siento más simpatías. Yo soy claramente un «simplificador», es más, diría que estoy genéticamente incapacitado para ser «optimizador». Pasar de ese 80% a ese 100% me hace perder el interés, me desgasta, me estresa. Puedo entender (a duras penas) que haya personas distintas, y seguramente es necesario en el mundo ciertas dosis de «optimizadores»… pero yo no estoy entre sus filas.