Las milongas de los consultores

El otro día tuve la oportunidad de charlar tranquilamente, durante casi dos horas, con una persona muy interesante. Directiva muy senior, muchos años en la línea en posiciones de responsabilidad y con muchas batallas a sus espaldas. Y entre las muchas cosas que tuve ocasión de preguntarle, ésta: «¿Cómo se ve a los consultores desde ese lado de la mesa? ¿Qué cosas, especialmente, son las que hacemos mal de forma sistemática?».
No le costó mucho darme respuesta: «Contar milongas«.
Se refería a esa capacidad proverbial de los consultores de «vender la moto», de contar las maravillas de los servicios que pueden ofrecer, de cantar las loas a los proyectos que ya han hecho. Todo de forma muy genérica y muy vistosa, pero que cuando se rasca un poco se cae como un castillo de naipes. «Cuéntame un caso concreto en el que hayas aplicado este servicio, cuéntame qué beneficios reales se obtuvieron, dame un nombre de alguien a quien pueda llamar para preguntar cómo fue, cuéntame las dificultades a las que os enfrentasteis, lo que salió mal y cómo lo abordasteis». Me contaba cómo, si ante estas preguntas lo que empezaba a escuchar eran balbuceos, evasivas y respuestas genéricas, básicamente daba por finalizado el encuentro. Ya está, no hay más, o ese valor que dices aportar tiene algún respaldo, o déjate de rollos. Y ven preparado a contarme no solo lo bonito, si no también las dificultades; que llevo muchos años en esto como para saber que todos los proyectos tienen problemas, y lo que me interesa es saber cómo reaccionas ante ellos.
Y un poco en la misma línea se mostraba cansada de que le hicieran perder el tiempo. «No puedes entregar a un directivo un documento de decenas de páginas y pretender que se lo lea; ¡hazle un resumen ejecutivo!». Un par de páginas claras y directas, donde expliques qué vas a hacer, por qué, cómo, cuándo y por cuánto. Y luego, si quieres, le remites a los anexos que quieras, por si tiene curiosidad/tiempo en profundizar en algún punto. Pero deberías ser capaz de condensar el contenido de lo que ofreces en muy pocos párrafos… porque si no la sensación es que estás distrayendo la atención de la esencia a base de embellecedores.
Me gustó mucho escuchar sus respuestas, porque coinciden (¿sesgo de confirmación?) con muchas de las sensaciones que yo he ido desarrollando a lo largo de los años. Me alivia saber que no estaba demasiado despistado.

Cómo hacer un ebook en pdf, epub y mobi en 3 pasos

¿Os he contado ya que he escrito un libro sobre Aprendizaje y Desarrollo Eficaz de Habilidades? Bueno, aprovechando el tirón pensé que podía estar bien compartir el proceso que seguí para generar los formatos definitivos (PDF, epub y mobi), por si a alguien le puede servir de referencia.
Lo primero fue escribir el texto, y para ello usé el editor de Google Docs. Para mí era importante tener el documento en la nube por aquello de poder acceder a él con comodidad, y también tener un editor sencillo sin preocuparme del formato; en este momento de lo que se trataba era de escribir sin más. Hay muchos otros editores de texto (leo que mucha gente usa Scrivener, por ejemplo), pero para mí éste era el más conveniente por costumbre.
Cuando tuve el texto más o menos hilado, llegó la hora de darle formato. Para ello creé un documento en Microsoft Word y pegué el texto en él. Aquí ya es donde (en paralelo con hacer alguna revisión/corrección de última hora) trabajé mínimamente la apariencia. Para esto tampoco me volví muy loco:

  • Crear el formato de página para ajustar el tamaño (en este caso, formato A5) y los márgenes.
  • Asegurarme de aplicar los estilos de párrafo de Word. Un error que a estas alturas comete todavía mucha gente es que, si quiere poner un título, selecciona directamente el texto y cambia a mano el tamaño de letra, la tipografía, el color… ¡una mala práctica espantosa! Para eso existen los «estilos de párrafo»: seleccionas el texto, y dices «esto va a ser estilo «Título 2». Y luego, si quieres, entras a cambiar las características del estilo «Título 2». Esto es importante porque permite darle homogeneidad al documento (luego se puede cambiar el estilo de todo lo que has etiquetado como «título 2» con un solo clic) y además es información que luego permite darle estructura al documento (muy útil, por ejemplo, para crear índices de forma automática). Si hacía algún cambio (p.j. incluir un salto de página antes de cada título) asegurarme también de que ese cambio se incorporaba al estilo (para que así se replicase automáticamente en todos los capítulos). En serio, si no controlas lo de los «estilos de párrafo», dedícale un rato a aprender lo básico: ¡te ahorrará mucho tiempo y trabajo después!
  • Añadir el pie de página, con un texto y el número de página la misma.
  • Aplicar uno de los temas predefinidos de Word: los «temas» son combinaciones de colores, tipografía, tamaño de letra… que se aplican a los distintos estilos de párrafo definidos. Hay un montón, suficientes como para darle un aspecto propio (por favor, ¡no dejar el tema por defecto!) y a la vez suficientemente bien trabajados como para que sean bonitos sin necesidad de hacer nosotros ningún trabajo de diseño. Si has hecho bien lo de formatear tu texto con «estilos de párrafo» (y no has hecho la barbaridad de ir cambiando a mano cada párrafo), puedes cambiar la imagen de todo el libro con un solo clic aplicándole un «tema» nuevo.
  • Añadir la portada. Puede parecer engañosamente fácil (solo es cuestión de añadir una imagen que había creado previamente en Photoshop, ¿no?), pero tiene su truco porque si insertas una imagen directamente te la va a meter dentro del texto (= respetando los márgenes). Y tú quieres que la imagen llene la página. La solución es dejar la primera página en blanco (con un salto de página), pegar la imagen en ella, y luego en las opciones de alineación seleccionar imagen «detrás del texto». De esta forma se puede gestionar su tamaño ignorando los márgenes hasta ajustarla al borde.
  • Crear el índice de forma automatizada, algo que de nuevo es un clic siempre que hayamos usado los estilos de párrafo (que es lo que usa el programa para identificar dónde empiezan los capítulos, o su relación jerárquica).

Al final, el objetivo es tener un texto con un formato aparente sin haberle dedicado miles de horas. Por supuesto, si lo que quieres es un libro con una apariencia visual deslumbrante, con imágenes por todos los lados, páginas con distribución de contenido muy barroca, etc… pues tendrás que hacer muchas más cosas y dedicar mucho más tiempo (y probablemente el Word no sea la herramienta adecuada).
Y ya lo tienes, con su formato .docx. Pero además, puedes usar el propio Word para generar una versión .PDF del libro «tal cual es», a través de la opción «Imprimir como PDF». En muchos casos, éste puede ser el punto final del viaje, ¡ya tienes tu ebook preparado para distribuirlo!
En mi caso quise también generar versiones para dispositivos móviles, .epub y .mobi. Para ello utilicé la herramienta Calibre, que es la que uso para gestionar mi biblioteca de ebooks y que tiene una utilidad para convertir entre formatos. Tenía miedo de que fuese un proceso difícil, pero nada más lejos de la realidad: a partir del documento .docx fue cosa de darle a un botón el generar la versión .epub, y otro botón el generar la versión .mobi. Al ser el archivo .docx original un archivo muy limpio (texto plano + algunos títulos con estilos de párrafo homogéneos), la conversión se hizo muy fácil.
Y ya está. Tengo el formato original .docx preparado para poder modificarlo en futuras versiones, y generado a partir de él las versiones en .pdf, .epub y .mobi

¿Haría un videoblog en 2017?

La otra noche, en ese rato en el que la cabeza empieza a divagar justo antes de dormirte, me dio por imaginarme de «videoblogger». Joder, «videoblogger» suena como antiguo, ¿no? El caso es que «youtuber» no me encaja (un amiguete millenial, el muy… «millenial», me decía que se me daría bien lo de ser «yayoutuber»…)
Claro, la mayoría no lo recordaréis, pero es que no sería la primera vez. Ya hice un experimento hace (leche) más de diez años (con razón me suena viejuno lo de «videoblogger). Fueron varios «episodios» que intenté hacer temáticos (hice uno con Aprendices, otro con RichDadClub, otro con una de las primeras ediciones de Iniciador, una charla con Alvy de Microsiervos… me iba con la cámara, hacía algunas entrevistas, algunas imágenes de recurso, montaba… todo muy amateur, claro. Pondría enlaces a los videos, pero estaban subidos a una plataforma (Blip.tv) que hace ya años que cerró. Supongo que tendré los originales en algún lugar de algún disco duro, o quizás ni eso. El hecho es que aquello no cogió tracción: probé, no tuvo más repercusión… fin.
¿Por qué entonces, diez años después, vuelve a cruzarse por mi mente semejante idea? Obviamente han cambiado los tiempos, y lo que por aquel entonces era una tendencia incipiente ahora es totalmente «mainstream». El contenido en video se ha popularizado hasta niveles insospechados, y ahora no es nada raro ver gente de todo tipo que lo produce y que lo consume. En el ámbito de lo que sería «asimilable» a lo que yo me plantearía hacer he seguido con cierta atención algunos intentos, como el de Calvoconbarba o el de Andrés Pérez. No sé qué valoraciones harán ellos de sus esfuerzos (lo que sí veo es que se han quedado un poco «parados» sus canales).
La verdad es que yo no sigo muchos contenidos en video. De vez en cuando en youtube cosas sueltas (alguna conferencia o así, o algún tutorial de algo que quiera resolver en ese momento), y alguna cosa de humor. Pero en general me encuentro mucho más cómodo consumiendo texto (con la posibilidad de discriminar de un vistazo el contenido, pim, pam) que el video secuencial. Ahora bien, lo cierto es que luego hay gente que sí consume esos contenidos… y haría uno mal en considerarse la medida de lo que vale y lo que no, ¿no?
Por otra parte, en estos casos que citaba antes tenemos contenidos «temáticos», y esa es una de las cosas que me echan para atrás de lanzarme a experimentar con estas cosas. Me aburre lo temático, ya lo sabéis. Me aburre en el blog, me aburre en el twitter, y me aburriría seguro en el video. Ya sé, ya sé, si hablo de cualquier cosa se diluye «la marca personal», pero ya sabéis lo que opino de eso. Claro que habría reflexiones sobre temas profesionales, seguro. Pero también de vez en cuando las habría de otro tipo, las que «me saliese» en el momento, como sucede con el blog.
¿Y todo eso «pa qué»? Cuando el otro día lo planteaba en twitter, el amigo David me lanzaba unas preguntas muy pertinentes: «¿Aportaría algo a tu «negocio»? ¿Aporta algo al negocio de alguien? ¿Aporta algo que no se pueda hacer escrito? ¿Consume menos recursos y tiene más beneficios que otra actividad? ¿Consumes videoblogs? ¿Los consumen tus clientes?…». Preguntas, como digo, muy certeras. Claro que, de nuevo, ponía el foco en la «utilidad». Y ese es un concepto, el «utilitarismo», el pensar que todo lo que uno hace tiene que «servir para algo»… con el que estoy algo reñido. En un mundo sencillo, donde sabes que la acción A tiene una consecuencia B, pues es fácil hacer análisis de utilidad. En un mundo complejo, «los caminos del Señor son inescrutables» y no sabes muy bien cuándo algo de aparente «inutilidad» puede acabar teniendo un impacto inesperado. Que tampoco es eso lo que buscaría, la verdad. Aunque por otra parte tampoco me gustaría hacer videos que se quedasen en «3 visualizaciones» (incluyendo mi madre), pero haría bien en recordarme que normalmente a nadie le importa lo que haces. También hace poco estuve experimentando con Snapchat (que sería una versión más «casual» de lo mismo) y tampoco me acabó de enganchar
Supongo que estoy pensando en voz alta, nada más. Que para eso tengo un blog, ¿no? 🙂

¿Qué haría de hoy un gran día?

No hace mucho relataba mis «fracasos» llevando diarios a lo largo de la vida. El caso es que, en las últimas semanas, estoy sumergido en una nueva (y de momento ahí sigo), esta vez siguiendo la idea del «5 minute journal«. Se trata de un diario «en dos partes», puesto que se trata de responder a un par de preguntas por la mañana (¿por qué estoy agradecido? ¿qué haría de hoy un gran día?) y otras dos por la noche (¿qué cosas estupendas han pasado hoy? ¿en qué podrías mejorar?); de esta manera cumple la doble función de «marcar el tono» al principio del día y de «recopilación» al terminar.
Una de esas preguntas, de hecho, me está haciendo pensar bastante. «¿Qué haría de hoy un gran día?». ¿Qué tendría que pasar hoy para que, al llegar la noche, me sintiese satisfecho? Parece sencillo de responder, pero cuando te pones por la mañana (y otro día, y al siguiente…) tiene más miga de lo que parece.
¿En qué consiste «un buen día»? Hay una imagen de cinismoilustrado.com que me gusta. Son los 365 días del año, de los cuales un puñado están señalados como «días memorables» y otros poquitos como «días donde hiciste algo de tu vida». El resto, la gran mayoría, son «días total y absolutamente desperdiciados». No sé si es para tanto, pero estaremos de acuerdo en que muchas veces entre trabajos, obligaciones, prisas e inercias tenemos la sensación de que un día sigue a otro, sin solución de continuidad y sin nada que los distinga. Y joder, qué triste, ¿no?

El ejercicio de plantearse «qué haría de hoy un gran día» sirve para dos cosas. Por un lado, nos permite reflexionar sobre cómo son esos «días memorables» y plantearnos si podemos hacer algo hoy (no mañana, ni «algún día»: hoy) para acercarnos a esa categoría. Quizás sea emprender una tarea creativa, o tener una conversación significativa con alguien, o pasar un rato con unos amigos, o dedicar el rato a leer un libro interesante, o hacer una pequeña excursión, o… en general, escaparnos en la medida de lo posible de la inercia y «hacer algo» de forma voluntaria y consciente.
Y en segundo lugar, sirve para darnos cuenta de que muchas veces «lo memorable» no está en las grandes cosas, los grandes eventos y los acontecimientos extraordinarios, si no en los pequeños detalles de la vida cotidiana. Que todos los días podemos hacer cosas sencillas, tan sencillas como prestar atención y disfrutar de lo que ya tenemos alrededor, aquello de parar y oler las flores.
Y así, adquiriendo consciencia, quizás vivamos mejores días. Y al final, la forma en que vivimos los días es como vivimos la vida.

¿Teson y constancia? ¿Yo?

Ayer este blog cumplió 12 años. 1730 entradas (1731 con ésta).
Comentándolo en mis redes sociales, unos cuantos amigos amables me felicitaban. «Enhorabuena por el tesón y la constancia», me decían. ¿Cómo? ¿Tesón y constancia? ¿Yo?
Cuando pienso en cosas en las que debería «seguir el ejemplo de otros», una de las primeras que se me vienen a la cabeza es precisamente esa. La constancia. La disciplina. El coger una cosa y mantenerla, pim, pam, pim, pam, hasta terminarla. Me pasa con demasiada frecuencia que cojo un tema, juego con él durante unos días/semanas, pierdo el interés y ya estoy buscando algo nuevo. Esa es la historia, al menos, que yo me cuento.
Pero luego aparece, como contraejemplo, el blog. 1730 entradas en 12 años. ¿No decías que no eres constante? Pues ya me explicarás…
Lo curioso es que yo nunca he vivido la experiencia del blog como un «sacrificio» que requiriese de «constancia», de «disciplina». No lo fue al principio, «tengo que poner en marcha un blog, tengo que tener un plan editorial, decidir de qué hablar»… era más bien un juguete con el que estaba encantado y disfrutaba como un enano. Tampoco lo fue en esas etapas menos productivas, en plan «venga, a ver si me pongo con el blog que lo tengo abandonado». He escrito en él cuando me ha apetecido, lo he dejado cuando no me llamaba decir nada, y he vuelto cuando me ha salido de dentro. Y así, de esa forma tan natural y orgánica, es como he llegado hasta aquí.
Esto me ha hecho reflexionar sobre la motivación, sobre cómo hay cosas que acaban saliendo de forma natural y casi inevitableefortless doing«) mientras otras no hay forma de conseguirlas. Cómo hay cosas que se adaptan mejor a la forma de ser de uno, y hasta qué punto podemos actuar para que sea de otra manera o si tiene sentido «emperrarse» en algo que no fluye.
También sobre los pensamientos limitantes, esas «historias que nos contamos a nosotros mismos» para las que no dejamos de encontrar ejemplos («¿Lo ves? Lo que yo decía») mientras ignoramos todo aquello que desmonta nuestra creencia. Y cómo un proceso consciente de «indagación apreciativa» puede ayudarnos a resquebrajar esas creencias, abriendo las puertas a aceptar que las cosas, quizás, son de otra manera.
Y así, reflexionando reflexionando, son ya 1731.

Mis fracasos llevando diarios

Recuerdo la primera vez que intenté llevar un diario. Calculo que tendría… ¿13 años? Fue un cuadernito normal, de los cuadriculados del colegio. No recuerdo por qué lo empecé. Curiosamente, recuerdo al menos dos de los temas sobre los que escribí. Recuerdo dónde lo escondía, debajo de la cadena de música que tenía junto al cabecero de la cama. También recuerdo que no escribí mucho más, y me parece que pasados no muchos días arranqué lo que había escrito y lo tiré: demasiado personal como para estar por ahí rondando.
Supongo que ése fue uno de los factores de «rozamiento» que impidieron que el hábito se formase. Esa sensación de falta de privacidad, de tener un cuaderno por ahí suelto con pensamientos muy personales que pudiera caer en manos de mi hermana o de mis padres. Incluso el hecho de que me vieran escribiendo en un cuaderno, o guardándolo, y verme en la tesitura de explicar que estaba llevando un diario, ya me suponía una barrera. Quería que fuese algo de mí para mí, sin que su contenido ni su mera existencia fuese algo conocido.
A lo largo de los años me he sentido atraído varias veces por esa idea de «llevar un diario». De alguna manera, el blog (esta semana cumplirá 12 años. 12 años, manda huevos) o el twitter han cumplido parte de su función. Pero claro, no es lo mismo. Su naturaleza pública hace que en temáticas y en tono sean vehículos muy acotados. De vez en cuando se escapan algunas gotitas de sentimiento, de obsesiones… pero pasadas por el tamiz de la conciencia de que es algo que otros pueden ver. Así que hay todo un mundo de intimidad que se queda fuera.
Dicen que llevar un diario es beneficioso. Que poner por escrito lo que tienes en la cabeza ayuda a ser más consciente, a interrumpir las rumiaciones, a poner orden. Que el proceso reflexivo que se produce al escribir ayuda a tener más claridad, a descubrir nuevos enfoques. La revisión a pasado ayuda a recordar, a detectar patrones en tu pensamiento y en tu comportamiento, a poner en perspectiva las cosas.
Todo esto son cosas que, en mis (siempre breves) experiencias sí he sentido. Y sin embargo, hasta hoy no he sido capaz de sostener el hábito. Me da el punto, empiezo… pero a los pocos días el esfuerzo se va espaciando, y acaba por diluirse por completo. He probado a utilizar aplicaciones como Journey, he probado con el cuaderno tradicional, incluso con un formato gráfico (acompañando las palabras de dibujos). He leído sobre bullet journaling, sobre 5 minutes journaling, sobre morning pages. Me he enfrentado a la sensación de «bueno, y qué se escribe aquí»; pero cuando he intentado seguir formatos un poco más dirigidos tampoco me he sentido cómodo («esto es demasiado rígido, siento que me estoy repitiendo»). Cuando escribo mucho tengo la sensación de que «me enrollo demasiado»; formatos más breves me dan la sensación de que no capto todo, ni con toda la profundidad y matices. Cuadernos bonitos, cuadernos feos. Grandes y pequeños. En el fondo, da igual; tengo claro que el problema no es por no haber dado con «la herramienta/formato perfecto», si no por una falta de hábito. ¿Y por qué? Buena pregunta. Está claro que no he conseguido encontrar un hueco, un ritual que pueda utilizar de forma consistente para hacer esa reflexión diaria. Llega la noche (que es cuando siento que debo hacerlo por aquello de «recapitular el día», aunque hay quienes sugieren que hacerlo por la mañana también es útil), y ya me he desentendido del escritorio, y voy del sofá a la cama. No soy de escribir en la cama (algo que hay quienes sí hacen) así que ese rato se me escapa.
Pero seamos serios. «If there’s a will, there’s a way». El que realmente quiere algo busca la forma de hacerlo, y el que no quiere se busca una excusa. Hoy, repasando un puñado de hojas de uno de mis intentos (de 2014) me ha dado por pensar una cosa: he visto una serie de «pensamientos recurrentes». Cosas que me preocupaban en 2014, igual que recuerdo que me preocupaban años antes, igual que me preocupan ahora. He tenido la sensación de «no avanzar», y no me ha gustado. Esto me lleva a sospechar que llevar un diario me obliga a enfrentarme a cosas que no me gustan de mí mismo. Esa exigencia de reflexionar pone de manifiesto incoherencias, lados oscuros, limitaciones. Cosas que no son cómodas. Y como no me gusta verlo, lo más fácil es «matar al mensajero». Y luego racionalizarlo con una excusa a elegir.
Precisamente hoy leía en una de esas anotaciones una frase: «Si no te gusta lo que ves en el espejo, no le culpes a él». Vaya con el diario.

La buena gestión empieza por uno mismo

¿Qué es un gestor? Hace tiempo reflexionaba que

La gestión es un “área técnica” en sí misma, una serie de conocimientos, habilidades, herramientas… que tienen que ver más con “la labor de dirigir” que con el contenido específico de “lo que estoy dirigiendo”

Sobre esta base, creo que ser un «buen gestor» es sobre todo cuestión de saberse gestionar a uno mismo. Si eres capaz de dominarte a ti mismo, serás capaz de adquirir y desarrollar esa serie de habilidades necesarias para gestionar. Y luego, en tu día a día, serás capaz de aplicarte en el uso de esas técnicas y herramientas. No tienes que inventar, no tienes que tener «talento». Simplemente seguir las instrucciones.
Hay infinidad de recursos que te explican cómo hacer un análisis de negocio, cómo definir una estrategia, cómo hacer unos presupuestos, cómo gestionar equipos, cómo ejecutar un plan, cómo establecer objetivos, cómo gestionar conflictos, cómo realizar entrevistas… lo que quieras. Ahí están, a un click de distancia. Solo hay que poner foco, y ejecutar. Solo con eso seguro que alcanzas un nivel de solvencia notable.

Me atrevería a decir que es un importante factor de éxito, que está al alcance de cualquiera. Cíñete al puñetero guión. Elige la metodología, el proceso, la herramienta… que te de la gana, y luego cíñete a lo que has elegido. Hazlo el tiempo suficiente, y con el rigor necesario, como para poder valorar si funciona o no. Consolida. Y luego, si tienes que refinar, refina. Si puedes adaptar, adapta. Pero para entonces seguro que ya estás varios pasos más cerca de lo que querías conseguir, y desde luego mucho más cerca que si vives a base de improvisación e impulsos.

Así pues, más que encontrar la herramienta definitiva o la idea brillante, la labor del gestor es sobre todo la de desarrollar sus habilidades y la de aplicarlas de forma consistente, buscar la «maestría» en ese ámbito específico de la gestión.

Run to the hills: aprender (más y mejor) como estrategia de supervivencia profesional

En noviembre en Sevilla «estrené» la charla que he había estado preparando durante semanas. «Run to the hills: aprender (más y mejor) como estrategia de supervivencia profesional»

La idea fuerza es que vivimos en un mundo complicado, que nos obliga a reinventarnos constantemente. Y que, en este escenario, desarrollar nuestras habilidades es una estrategia que incrementa nuestras posibilidades de que nos vaya bien. Pero es importante definir «qué aprender», y sobre todo, «cómo aprender» para que los resultados sean los mejores posibles.
La charla pivota sobre varias de mis «obsesiones» últimamente: la tecnología y su relación con el empleo (aunque no es solo la tecnología; es la demografía, es la globalización, es el ritmo acelerado de la innovación…), y el desarrollo profesional como respuesta. Pero no «cualquier desarrollo profesional», si no uno que de verdad permita expandir nuestras capacidades.
Creo que el resultado está bastante bien armado. Estoy disfrutando al profundizar en esta temática, y además creo que es uno de los «grandes temas» del futuro. Mi enfoque, además, se centra en lo que podemos hacer cada uno de nosotros, aquí y ahora.
Mi objetivo es seguir tirando de este hilo. La charla, tal y como la tengo, permite hacer intervenciones cortas (como los 20 minutos de esta charla) o profundizar más en sesiones más largas. Estoy buscando activamente ocasiones para darle visibilidad (tanto en el ámbito educativo como en el profesional; creo que en ambos contextos tiene sentido como llamada de atención y como guía de actuación), así que si lees esto y crees que puede resultar interesante estaré encantado de que hablemos.
También he puesto en marcha un espacio en Facebook (Skillopment) para compartir allí recursos, enlaces y demás cosas de interés relacionadas con esta idea (como dicen los youtubers, «like & suscribe» :D).
Irán viniendo más cosas. De momento, me gusta el color que está cogiendo :).

Los sueños de Jiro

Jiro hace sushi. Lleva haciéndolo 80 años. Tiene un pequeño restaurante (10 asientos) en Tokio. Y tres estrellas Michelin.
Jiro’s dreams of sushi cuenta su historia, y su filosofía de trabajo. Esa que le lleva a seguir trabajando a diario a sus 85 años (en el momento del documental), esa que le lleva a seguir pensando en mejorar, esa que le ha llevado a la excelencia.
Éstas son algunas de las cosas que me parecen destacables de la historia de Jiro:

  • El camino a la maestría: a través de su propia historia, y de la de quienes trabajan con él (incluyendo sus hijos), Jiro transmite la idea del «shokunin«. El conjunto de dedicación, de pasión, de exigencia, de constancia… que te impulsa siempre a mejorar. El aprendizaje es largo, nunca termina.
  • El valor de la experiencia: «veo cosas que otros no ven, porque llevo décadas haciéndolo»; «lleva años desarrollar esa intuición». El aprendizaje (el de verdad) deriva en esto, en que acabas desarrollando superpoderes. En que terminas haciendo de forma natural y «fácil» cosas que a otros les parecen imposibles.
  • Excelencia es exigencia: cuenta uno de sus cocineros cómo, durante su aprendizaje, tuvo que repetir decenas y decenas de veces un plato hasta que se lo aprobaron. Cuando van al mercado, descartan montones de piezas porque solo quieren lo mejor; y si eso implica volver sin ese producto, vuelven sin ese producto. El pulpo se masajea durante 50 minutos para que se haga tierno. Todos los platos se prueban y, si no están perfectos, se rehacen. Etc. Si quieres ser excelente, el listón debe estar alto y debes respetarlo.
  • El poder de la especialización: Jiro hace sushi. Y nada más que sushi. No hay aperitivos, no hay distracciones. Su restaurante es especializado, trabaja solo con proveedores especializados. Solo así, mediante el foco, consigue elevar su nivel de conocimientos y, a través de eso, incrementar su valor.
  • Lo pequeño es hermoso: Jiro tiene un restaurante pequeño. No ha sucumbido a la tentación de tener un restaurante más grande. O de franquiciar. De dedicar tiempo a otras cosas que no fuesen su oficio. Quizás hubiese ganado más dinero, pero quizás el dinero no es lo más importante.
  • La cultura de lo personal: Jiro está en su restaurante. Todos los días, mañana y noche. Atiende a los clientes, les despide. Sigue haciendo tareas en el día a día. Enseña y supervisa a su pequeño equipo. Está encima de los detalles. Quizás de forma obsesiva. Pero así es como consigue que las cosas sean exactamente como quiere que sean.

La pregunta es… ¿podemos ser tú o yo como Jiro? ¿Deberíamos seguir su ejemplo? ¿O es que Jiro ha acabado siendo así porque estaba en su naturaleza, y solo desde ahí se entiende su forma de ser y de actuar? ¿Es su camino al éxito el único camino posible?

Sistemática-mente: la importancia de ceñirse al guión

Cuando el otro día extraía 13 ideas sobre Scrum que puedes aplicar en tu gestión, hubo una que se me quedó dando vueltas. En concreto, la de «Respeta los procesos y las herramientas, aunque parezca aburrido»
Podemos hablar de Scrum. O del método GTD. O de cómo gestionar una reunión. O de cómo hacer un brainstorming. O como gestionar tu información. O de un proceso de gestión comercial, o de calidad total. O de una rutina de entrenamiento. O de una dieta de adelgazamiento. O de una fórmula para ordenar tus armarios. Da lo mismo. Hay decenas de situaciones para las que se han definido «fórmulas» para guiar la acción y que, si se siguen adecuadamente, dan resultados.
«Si se siguen adecuadamente». Y ahí está el quid de la cuestión.
Muchas veces nos encelamos en buscar «la herramienta perfecta», o «el proceso perfecto». Aquella que sí, de una vez, nos permita obtener los resultados que queremos. Y lo que suele pasar es que las herramientas, las instrucciones, ya existen; quizás no perfectas, pero sin duda más que suficientes. Pero no seguimos las instrucciones, no nos ceñimos al guión. Quizás sí al principio, pero rápidamente nos desenganchamos: porque nos aburrimos, porque «lo damos por sabido», porque «bueno, esto no es tan importante y me lo puedo saltar», porque «esto lo voy a hacer a mi manera», porque «a mí me gusta ser más flexible». Pedimos herramientas pero, cuando las tenemos, no las usamos como debemos, nos dejamos ir. La cabra tira al monte, y pasados un tiempo volvemos a estar donde estábamos. Y entonces le echamos la culpa a la herramienta, «es que no funciona», y vuelta a empezar. Algo perfecto para los fabricantes de métodos y herramientas, que te venderán la enésima regurgitación de lo mismo («eh, pero ahora sí, éste sí que es el método definitivo y revolucionario»). Pero el problema no está ahí. La mayoría de los problemas, y de sus soluciones, tienen las letras gordas. Solo hay que seguir las instrucciones.
No sé hasta qué punto estoy proyectando aquí mi forma de ser (porque sí, éste es uno de mis talones de Aquiles), pero lo cierto es que cuando miro alrededor creo que es algo bastante generalizado.
Y me atrevería a decir que es un importante factor de éxito, que está al alcance de cualquiera. Cíñete al puñetero guión. Elige la metodología, el proceso, la herramienta… que te de la gana, y luego cíñete a lo que has elegido. Hazlo el tiempo suficiente, y con el rigor necesario, como para poder valorar si funciona o no. Consolida. Y luego, si tienes que refinar, refina. Si puedes adaptar, adapta. Pero para entonces seguro que ya estás varios pasos más cerca de lo que querías conseguir, y desde luego mucho más cerca que si vives a base de improvisación e impulsos.