Va de economía y empleo. Me temo que con este post reforzaré las ideas de quienes perciben en mí un «sutil tufillo a posicionamientos conservadores-neoliberales«. Pero es que hay cosas que no llego a entender (si alguien me quiere dar opiniones en contrario las leeré gustoso y como siempre, si me hacen cambiar de opinión, me la envainaré sin problemas).
Dicen los empresarios que el despido debería abaratarse. Dice el ministro que ni de coña, que el problema es que ya hay demasiada flexibilidad (y, ésa es otra, que la crisis es financiera y que es lo único que hay que mirar; lo que yo digo, de preocuparse de los problemas subyacentes del país nada, como para ser optimista).
El argumento del ministro Corbacho me parece de coña: hay demasiado empleo temporal, por eso se ha destruido empleo con tanta rapidez… ergo el problema es que el empleo es demasiado flexible. Lo que viene a insinuar es que si todo fueran contratos fijos, y si las indemnizaciones por despido fuesen más cuantiosas, el paro no crecería tanto. No, por supuesto que no: simplemente habría empresas incapaces de ajustar sus costes a la reducción de la demanda, empresas que obligadas a «o te quedas con todos los trabajadores, o cierras» tendrían que cerrar, y todos a la calle. Eso sí que es una solución productiva…
Señor Corbacho, si hay tanto contrato temporal, y tan poco contrato fijo… es porque el contrato fijo no tiene ningún sentido en la economía de hoy, y ningún empresario en su sano juicio puede querer meterse en semejante embolado.
La obsesión con los «contratos fijos» es algo que siempre me ha sorprendido. Tengo amigos que, tras pasarse 2 años con contratos temporales, celebraban que «les habían hecho fijos». Yo les miraba y pensaba «pues no es para tanto, simplemente les va a costar dos duros más echarte». Sin embargo, para mucha gente (y por lo que parece también al ministro), «contrato fijo» equivale poco menos que a «contrato blindado».
Y algo de «blindaje» tiene. Porque el contrato fijo significa, en esencia, crear una barrera a la ruptura del contrato. Barrera que solo aplica, por cierto, en favor del trabajador: si el empresario quiere poner fin a la relación laboral (casi por cualquier motivo: lograr la calificación de despido procedente es una utopía incluso con motivos de peso) tiene que pagar una indemnización. Si el trabajador quiere poner fin a la relación laboral… simplemente se va. Es decir, para el empresario no hay ningún incentivo intrínseco para hacer contratos fijos (aparte de que coyunturalmente se establezcan artificialmente vía deducciones en cuotas de la seguridad social, etc.); es más, hay un incentivo negativo porque hacer contratos fijos significa atarse de pies y manos si en el futuro, por cualquier razón, decide dejar de contar con ese trabajador.
Para mí el contrato fijo es una figura obsoleta. Creo que responde a dos concepciones del mundo laboral ya superadas:
a) El empresario explotador (el del monóculo y el sombrero de copa que fuma en puros sentado sobre montones de bolsas de dinero) frente a las masas proletarias subyugadas, que hacen necesaria una legislación garantista con los derechos del trabajador. Pero pese a que a algunos les siga gustando usar el recurso demagógico y sacar cada dos por tres a paseo la lucha de clases, lo cierto es que las relaciones laborales en España distan mucho de ese esquema. Según datos oficiales (pdf), el 94,1% de las empresas se encuadran en la categoría de microempresas, que cuentan entre 0 y 9 asalariados. En esas empresas, la realidad es que empresario y trabajadores no responden a esa imagen de «lucha de clases», sino que más bien son todos compañeros, en las que el empresario es un trabajador más (probablemente el que más pringue de todos). Para esa realidad laboral, la imposición de un contrato tan profundamente desequilibrado en derechos y obligaciones entre las partes como es el contrato fijo es un despropósito.
b) La concepción del puesto de trabajo como algo estable a lo largo de la vida laboral. En el siglo XX, la evolución de las empresas se producía a un ritmo tan lento que era factible aquello del «empleo para toda la vida». Una persona podía entrar de aprendiz en una empresa y jubilarse en ella sin que en ese lapso de tiempo cambiaran mucho las exigencias de su puesto. En un entorno económico estático, las fluctuaciones que afectaban a las empresas (nuevos mercados, nuevos competidores, nuevos productos) se sucedían de forma tan pausada que se podían asumir estructuras fijas sin implicar apenas riesgos. En ese escenario era factible apostar por establecer una relación a largo plazo con un trabajador: mal que bien podía cumplir su función a lo largo de los años. Pero ya no vivimos en ese entorno. Todo es infinitamente más dinámico, las cosas cambian de un mes para el otro, la globalización ha incrementado dramáticamente las urgencias competitivas, las empresas nacen, crecen y desaparecen a un ritmo infernal, el ciclo de vida de los productos es un suspiro, las habilidades requeridas en las personas cambian a la misma velocidad. En este contexto, sé que te necesito hoy pero no sé si te necesitaré dentro de tres meses. ¿Qué sentido tiene que te haga un contrato fijo? Es tirar piedras contra mi propio tejado.
El futuro del empleo pasa por la flexibilidad, cuanta más mejor. Me parece que es impepinable, es lo que exige la realidad de la economía. No es una opción, ni un deseo. Es un hecho. Dicen los de la «lucha de clases» que cómo van a retroceder en la conquista de derechos sociales y blah, blah, blah… pero seguir haciendo del «contrato fijo» una bandera es vivir en los Mundos de Yupi. Nadie en su sano juicio va a querer hacer contratos fijos, porque son un lastre. Entiendo que molaría que fuese de otra manera, pero es lo que hay.
Nunca he sido empresario. Pero si lo fuera, tengo claro que tengo que poder decidir en cada momento con qué personas quiero contar, tanto en número como en perfiles. Cuando las necesite, las contrato. Cuando no las necesite, lo siento mucho pero no soy una ONG, no quiero mantener un puesto de trabajo que no necesito, ni verme obligado a trabajar con alguien que no quiero. Y si se me ponen barreras a eso (que me parece un mínimo imprescindible) tengo dos opciones: o me voy a otro sitio donde no me las pongan, o directamente paso de crear empresa ni de dar trabajo a nadie, y me quedo esperando a ver si alguien me soluciona la papeleta. Obviamente, cualquiera de las dos opciones es mala para el empleo: sin empleadores, no hay empleo.
De hecho, para mí el modelo de relaciones laborales que tiene más sentido es más bien un modelo de relaciones profesionales: todos autónomos que prestan servicios a otros autónomos, nos contratamos cuando nos necesitemos, trabajamos juntos mientras nos vaya bien a los dos, y en el momento en el que a alguno no le satisface la relación se le pone fin sin fricción ni coste ninguno y a otra cosa.
Hale, se abre la discusión. Asumo el «tufillo neoliberal», pero no es un posicionamiento ideológico sino (para mí) la deducción lógica derivada del análisis de la realidad. Agradeceré que quien no esté de acuerdo con lo que digo me dé argumentos, y me explique cómo considera que encaja su alternativa en el escenario real de la economía del siglo XXI.