¿Debo seguir en mi trabajo?

Algoritmo laboral

El otro día, charlando con unos antiguos compañeros que ahora trabajan en B+I Strategy, me contaban que en una charla alguien les había explicado cómo hacer una evaluación periódica de su vida laboral. Es decir, cómo valorar si uno debía seguir adelante con su trabajo o buscar aires nuevos.
Se trataba, simplemente, de contestar a tres sencillas preguntas. En el último año… ¿he aprendido cosas nuevas? ¿me he divertido con mi trabajo? ¿he recibido una compensación satisfactoria? En caso de que la respuesta a cualquiera de esas preguntas sea negativa… es el momento de cambiar.
Ya, ahora me diréis que es una simplificación, que hay muchos matices, que si tal, que si cual… vale, sí, lo que queráis. Pero si lo pensamos bien, muchas veces la esencia de los problemas es en realidad de lo más simple, y enredándonos en los matices lo único que hacemos es perder perspectiva. Y a mí me parece que aprendizaje, diversión y retorno económico son tres factores esenciales para que un trabajo merezca la pena. Si falta alguno de ellos, por mucho matiz que queramos introducir, hay algo que falla.

Signos fecales

Ayer, durante la comida que tuve con los responsables de la Escuela Europea de Negocios, estuvimos contando «chascarrillos» sobre nuestras experiencias profesionales. Y especial éxito tuvieron los recuerdos de situaciones surrealistas de esas que se ven todos los días en las empresas (desde el «le ruego que no sonría, porque así da la impresión de que es feliz y sus compañeros se desmotivan» al «ya le daré yo esa información cuando considere que se la merece, usted dedíquese a trabajar»).
Hace unos años, unos socios de Arthur Andersen escribieron un libro (muy «publicitado» a nivel interno) que titularon Vital Signs. Iba sobre la importancia de establecer indicadores para poder valorar la buena marcha de las empresas.
El caso es que mi jefe siempre pensaba que se tenía que poner a escribir otro libro. Y en vez de «Signos vitales», pensaba titularlo «Signos fecales» y referirse a todas esas señales que evidencian que una empresa funciona (con perdón) como el culo. Normalmente no son señales que puedan capturarse en un indicador (aunque a veces sí), sino que tienen más que ver con comportamientos, decisiones, situaciones y anecdotario variado… y que sin embargo son un reflejo palmario de la cultura imperante en una empresa determinada. Cultura que, en última instancia, se lleva por delante cual tsunami cualquier ejercicio de management «racional».
Creo que hoy, igual que ayer, sería un éxito.

Las empresas y el componente humano

El artículo de ayer generó una intensa e interesante discusión. Y no sólo aquí, sino también en otros foros. Concretamente, en éste foro de telecos en el que me referenciaban, se comenta lo siguiente:
«en este caso no estoy en absoluto de acuerdo, creo que ha simplificado demasiado el problema obviando la componente humana y dando por hecho que la empresa está pensando siempre en ofrecer lo mejor disponible a sus empleados. No me parece una opinión que aporte nada al debate, la verdad.»
Lo de que la empresa siempre está pensando en ofrecer lo mejor disponible a sus empleados no sé muy bien de dónde, en mi artículo, lo extrae. No creo que sea así. La empresa siempre va a ofrecer aquello que sea mejor para sus propios intereses, no para los intereses de su gente. Sólo en la medida en que le convenga ofrecerá cosas a sus empleados. Si te dan formación no es para que te cultives, sino para que ganes habilidades que te hagan más productivo, más eficiente… más rentable. Si te dan un aumento es para que no te vayas a otro sitio, o para que tu motivación no caiga por debajo del umbral de la rentabilidad. Pero si les da igual que te vayas o no (porque eres auténtica «marca blanca», perfectamente sustituible sin apenas coste), no harán nada por retenerte. Si les da igual que que adquieras nuevas habilidades (porque te quieren para mantener un sistema obsoleto y planean que hagas eso para siempre; y cuando ese cliente se vaya les resulta mejor echarte a la calle y sustituirte por uno nuevo que reciclarte), no verás un curso ni en pintura. Etc, etc.
La empresa no es un ser humano, no tiene sentimientos. Todo eso de «las personas son nuestro mejor activo» es un mantra «guay» que, sólo a veces, se corresponde con la realidad. En empresas donde es factor clave de competitividad (de verdad, no de boquilla) el tener a un equipo brillante, motivado, experimentado, dinámico, innovador… la empresa se preocupará mucho por sus empleados. Pero no porque tenga un gran corazón, sino porque hacerlo es la vía para su rentabilidad y su supervivencia. Pero desengañémonos: por mucho que los libros del management digan que vivimos en un mundo complejo y dinámico, y que para todas las empresas las personas son un factor clave… hay muchísimas que viven en base a otros valores competitivos. Como el coste, sin ir más lejos. Y si hay que elegir coste o personas, elegirán coste. Tareas repetitivas, especialización y división del trabajo, formación la mínima imprescindible, aumentos de sueldo limitados, empleados sustituibles, gestión a base de capataces…
Suena a las fábricas insalubres de la revolución industrial. Pero es la realidad del siglo XXI de muchas empresas. Ahora no van con harapos, ahora van con traje y corbata. No son analfabetos inmigrados del campo, son ingenieros y licenciados. Pero la esencia es la misma. Claro, si entras al mundo de la empresa pensando en los mundos de Yupi, y caes en una de las muchas empresas que juegan a este juego, te llevas decepción. Pero así es la vida. Y no se puede culpar a las empresas por «no ser humanas». Es que no lo son. Pueden aparentar serlo en la medida en que les ayude a ganar dinero y a pervivir. Pero si eligen otra manera de hacerlo…

¿Sectores enfermos, o expectativas equivocadas?

Hoy publican en El País el artículo «Ingenieros arrepentidos«. Se trata del artículo del que os hablaba hace unos días para el que buscaban «casos reales».
Al leerlo, seguro que muchos reconocéis el escenario. Son testimonios de personas desilusionadas por una carrera profesional decepcionante, sin grandes sueldos, sin desarrollo, sin muchas perspectivas de futuro… nada nuevo bajo el sol.
La cuestión es que podría interpretarse, leyendo este artículo, que es un problema del sector. Y ahí es donde a mí me entran las dudas. ¿Acaso no son estos problemas existentes en cualquier profesión? ¿Es que los abogados, los arquitectos, los médicos, los periodistas… viven de forma generalizada carreras profesionales llenas de satisfacciones? Seguro que no. Imagino que cualquier estudiante de arquitectura quiere ser Foster, pero el 99% acabará trabajando en una promotora visando proyectos de edificios residenciales clónicos. Cualquier estudiante de medicina quiere ser un médico de prestigio, pero el 99% acaba de médico de empresa haciendo reconocimientos rutinarios día sí y día también, o atendiendo pacientes en el ambulatorio a razón de 6 por hora. Cualquier aspirante a periodista quiere destapar el Watergate, pero la mayoría pasará su vida profesional en redacciones de medio pelo cubriendo noticias intrascendentes. Etc.
A lo que voy es que quizás deberíamos asumir que, por defecto, el mundo del trabajo nos ofrece carreras profesionales planas y llenas de miserias en entornos laborales poco estimulantes. A los ingenieros, a los economistas y a todo hijo de vecino. Que eso no es la excepción, si no la regla. Que las carreras profesionales brillantes, en contínua progresión, llenas de estímulos… son un privilegio de unos pocos, y que además no surgen de la nada, sino que exigen poner bastante de nuestra parte, asumir riesgos y sacrificios.
Quizás, teniendo unas expectativas más ajustadas a la realidad, existirían menos decepciones.

Buena gente

Ayer estuve en el Iniciador en el que fue ponente Antonio González-Barros. Que dijo un puñado de cosas interesantes. De entre ellas, una de las que más me gustó fue su referencia a la «buena gente«. Mencionaba que, de cara a incorporar emprendedores y proyectos a su Grupo Intercom, uno de los factores que más consideraba (por encima incluso de la idea de negocio, o de las habilidades del emprendedor) era una cierta comunión en valores humanos sin los cuales resultaría muy difícil la convivencia en la empresa.
Qué importante. Recuerdo que cuando me hablaban de estrategia, y de la definición de «misión, visión y valores», solía pensar que había mucho de palabrería en todo eso. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, creo que el hecho de que las personas dentro de una proyecto empresarial compartan de verdad esas cuestiones (otra cosa es que sea un ejercicio superficial, un juego de salón que no se corresponda a la realidad) le proporciona una enorme solidez que contribuye a su viabilidad, a su éxito y a su capacidad de superar adversidades.
Y sin embargo, parece que sea una cuestión que muchas veces se deja de lado. Nos centramos en cuestiones más operativas, analizamos y valoramos rasgos más superficiales, y pasamos de este elemento de cohesión. Creo que es un error que, antes o después, acaba por hacer fracasar las iniciativas. Si no hay unos cimientos sólidos, no importa lo bonita que sea la construcción: será débil y acabará cayendo. Por lo tanto, creo que merece la pena dedicar todo el tiempo del mundo a buscar gente con la que compartamos esos valores básicos.
El problema es que para calibrar los valores reales de otra persona hace falta tiempo. Porque la realidad de los valores no está en las declaraciones altisonantes, sino en los hechos. Y normalmente no en hechos puntuales, sino en los detalles cotidianos.
Encontrar a estas personas es un proceso de decantación lento, que parece incompatible con el ritmo acelerado de nuestra sociedad. Pero si al menos tenemos en mente su importancia, podremos trabajar para conseguirlo.

Síndrome de la Moncloa

El otro día me acordé del denominado «Síndrome de la Moncloa» y, buscando un poco (muy poco, la verdad) encontré esta descripción que me gustó:

todos llegan humildes y acaban endiosados, aislados, distanciados y enrocados en su torre de marfil

Aquí lo usamos para definir el comportamiento progresivo de los que llegan a presidentes del Gobierno, que empiezan llenos de buenas intenciones y acaban convencidos de que son lo mejor que le ha pasado a España en siglos. Y, desde esa autoasumida condición de iluminados a los que se les ha revelado La Verdad, se instalan en un discurso delirante, toman decisiones inverosímiles y arremeten con desprecio contra cualquiera que se atreva a discrepar de ellos.
Aunque claro, este comportamiento megalómano lo podemos encontrar en muchos ámbitos, también en el de la empresa. Cualquiera que «toca pelo» en forma de poder o influencia (aunque sea en proporciones minúsculas) tiende a acabar rodeado de una corte de aduladores que le ofrecen una visión distorsionada de la realidad que retroalimenta su percepción. Como la discrepancia (es humano disfrutar de las palmaditas en la espalda y alejarse de los palos) se castiga con el ostracismo, es fácil perder las referencias, la sensatez y el sentido común.
Imagino que tiene que ser complicado verse en una situación así y no sucumbir a este proceso. Lo terrible es cuando uno se ve condenado a sufrir las consecuencias de las decisiones de alguien instalado en esta dinámica. Pero si, en alguna circunstancia, uno puede observar este proceso de degradación desde la barrera resulta francamente aleccionador.

Autocensura y transparencia

Diego Marino es fundador y responsable de Abiquo (una empresa con muy buena pinta, desde mi humilde visión no-técnica, relacionada con el cloud computing). Y hace años que mantiene su blog, Externalidades. Al menos, hasta ahora.
Lo cuenta en su último post. Ha decidido pararse a reflexionar y dejar el blog en suspenso. Una experiencia (¿mala? – luego lo decidimos) con un potencial inversor (que decidió no participar en una ronda de inversión porque había leído el blog y le había dado sensación de «descontrol» en la empresa) le hace plantearse hasta qué punto lo que cuenta en su blog puede ser perjudicial para su empresa
«Este blog surgió para contar “realmente” de que iba eso de montar una startup. Harto de leer autobombos de “hacemos, crecemos, ampliamos…” y demás falacias, pensé que tendría algún interés contar la realidad. La de verdad. La de los días buenos y la de los días malos […] El problema viene cuando eso puede suponer algún problema a la empresa. Y ese es el momento de parar y reflexionar. Lo siento, pero me importa más la “imagen” de abiquo, que vuestras ganas de leer vivencias de primera mano»
Por supuesto, me parece muy respetable. Pero creo que es una mala idea.
En primer lugar, el mismo Diego reconoce que «también creo que mucha de la gente que se nos ha acercado ha sido por la sinceridad al mostrar la realidad». Se resiste a hacer un análisis coste/beneficio, pero creo que es un análisis muy pertinente. ¿Qué ha aportado el blog (en realidad, la actitud abierta, la transparencia… el blog es sólo el canal, lo que importa es la actitud) de positivo, y qué cosas malas ha traído? Es verdad, si se deja de publicar el blog (o sea, si cambiamos la actitud abierta por una actitud cerrada) se protege uno frente a las posibles consecuencias negativas… pero a costa de perder lo que aportaba de bueno. Sabiendo que nunca llueve a gusto de todos, hay que tomar la decisión que maximice el beneficio. Sí, la transparencia te puede dar un disgusto alguna vez, ¿pero cuántas satisfaciones te proporciona?
Luego hay que valorar hasta qué punto esas consecuencias percibidas como negativas lo son en realidad. Lo que plantea Diego es que, si hubiese dado una imagen mucho más controlada (o sea, edulcorada, de folleto y anuncio… aunque no respondiese a la realidad) quizás hubiese convencido a ese inversor. Mi pregunta es… ¿y qué hubiese aportado eso de bueno? Sí, consigues el trato a corto plazo. Pero a medida que fuese pasando el tiempo, y el inversor fuese descubriendo la realidad tras la fachada de cartón piedra que le habías preparado en primera instancia… ¿qué situación se hubiera generado? Hace no mucho reflexionaba sobre lo importante que me parece decir toda la verdad cuanto antes para evitar desengaños y pérdidas de tiempo. Pues eso. Si este inversor tiene sensación de descontrol por lo que lee en el blog… ¿no es mejor que lo detecte cuanto antes y no más tarde?
Eso no quita para que, como le reconozco en un comentario, no haya que perder de vista que lo que estás publicando lo pueden leer terceros y que puede tener consecuencias. Y que, por lo tanto, tampoco se trata de publicar cualquier cosa a lo loco, que algunas cosas te las tienes que guardar, que otras las tienes que modular, que no es bueno ser vehemente ni escribir bajo los efectos de ningún calentón, que hay que procurar hacer casos generales y no casos particulares…
Yo mismo experimenté una sensación parecida cuando abandoné anonimato fundacional y empecé a poner mi nombre y apellidos. Aunque yo nunca he sido nada «leñero», de repente tenías la sensación de que ya no podías escribir con tanta libertad (e incluso te daba yuyu pensar que alguien, leyendo posts pasados, pudiese sentirse aludido y con razón). Inevitablemente, algunas cosas cambiaron en mi forma de escribir (incluso llegué a implantar unos «posts recalentados» para tratar de desligar lo más posible los posts de las situaciones reales que los originaban). Aun con eso y con todo, con algunas pequeñas dosis de autocensura (que no pretenden restringirme al terreno de lo «políticamente correcto», sino que responden a un mínimo sentido común), sigo pensando que el mostrar cómo es uno, cómo piensa, cómo actúa… trae más beneficios que perjuicios. Las cosas buenas, para que se sepan. Y las menos buenas (y que acabarán aflorando antes o después) para que nadie se lleve a engaño.

Pequeños y flexibles

Hay diferencias entre ser una empresa de consultoría mastodóntica y ser una pequeña boutique especializada. Lo cuenta tic616, que es el pequeño y flexible, y cuyo compañero se encontró con el socio de una megaconsultora de su pasado:

Vosotros sois unos pocos que más o menos podéis hacer de todo pero yo tengo 2.000 tíos que sólo saben hacer una cosa.

En tiempos de estabilidad, el tamaño genera economías de escala muy rentables y razonablemente cómodas de gestionar. Pero en tiempos convulsos, el tamaño se convierte en un lastre.

Los pobres autónomos

Leo en El País un artículo sobre las dificultades de los autónomos. Interesante, y seguramente muy cierto… aunque no comparto para nada el cierto tono «lastimero» que se desprende de muchas intervenciones. Cuando uno es autónomo, profesional independiente, freelance o como se quiera llamar… es empresa. Igual, ya lo he dicho, que si uno es «asalariado»; también hay un mercado de trabajo, que funciona exactamente igual.
Y como tal, uno se tiene que someter a las implacables leyes del mercado, oferta y demanda. Si consigues ofrecer valor añadido y diferencial, tendrás demanda y podrás generar beneficio. Si no ofreces valor añadido, si hay mucha competencia en tu sector… oferta supera a demanda, caen los precios. Y si no te gusta esa situación, pues a cambiar de actividad o de sector: de hecho en eso se basan los ajustes de mercado, en que ante un equilibrio desfavorable mucha gente sale del mercado, provoca cambios en la oferta o la demanda y un nuevo equilibrio con unas nuevas condiciones.
Me ha resultado especialmente reveladora una frase de un representante de fotógrafos: «Pero el mayor problema es que dentro de los freelance hay mucho intrusismo. Hoy no es tan caro un equipo profesional, por 6.000 euros te compras uno bueno, y en los periódicos hasta el becario no sólo escribe el texto sino que hace las fotos. También a nosotros nos piden que además mandemos un texto».
Eh, cuidado, que ahora cualquier «piernas» llega y hace fotos. ¡Intrusismo! Me llama poderosamente la atención la gente que, a la competencia, le llama intrusismo. Hombre, ya imagino que vivirían mejor en situación de oligopolio (por causas técnicas, como lo difícil/caro que era antes para un amateur obtener resultados «profesionales»; por el control de canales de distribución; o por barreras artificiales del tipo «aquí sólo sacas fotos si eres miembro de nuestra asociación»), pero me parece inmoral sugerir que hay que crear «profesiones protegidas de la libre competencia» para que vivan más cómodos.
«La competencia de los amateurs» es un problema, ya me doy cuenta. Pero oiga, es lo que hay. Si un profesional no es capaz de generar un valor añadido superior al que consigue cualquier «intruso» por mucho menos precio… pues tiene un problema. Pero la solución eficiente para el conjunto de la sociedad (para él sí, claro, sería cojonudo) no pasa por crear «corralitos exclusivos» para protegerle de la competencia.

El grial del contrato fijo

Va de economía y empleo. Me temo que con este post reforzaré las ideas de quienes perciben en mí un «sutil tufillo a posicionamientos conservadores-neoliberales«. Pero es que hay cosas que no llego a entender (si alguien me quiere dar opiniones en contrario las leeré gustoso y como siempre, si me hacen cambiar de opinión, me la envainaré sin problemas).
Dicen los empresarios que el despido debería abaratarse. Dice el ministro que ni de coña, que el problema es que ya hay demasiada flexibilidad (y, ésa es otra, que la crisis es financiera y que es lo único que hay que mirar; lo que yo digo, de preocuparse de los problemas subyacentes del país nada, como para ser optimista).
El argumento del ministro Corbacho me parece de coña: hay demasiado empleo temporal, por eso se ha destruido empleo con tanta rapidez… ergo el problema es que el empleo es demasiado flexible. Lo que viene a insinuar es que si todo fueran contratos fijos, y si las indemnizaciones por despido fuesen más cuantiosas, el paro no crecería tanto. No, por supuesto que no: simplemente habría empresas incapaces de ajustar sus costes a la reducción de la demanda, empresas que obligadas a «o te quedas con todos los trabajadores, o cierras» tendrían que cerrar, y todos a la calle. Eso sí que es una solución productiva…
Señor Corbacho, si hay tanto contrato temporal, y tan poco contrato fijo… es porque el contrato fijo no tiene ningún sentido en la economía de hoy, y ningún empresario en su sano juicio puede querer meterse en semejante embolado.
La obsesión con los «contratos fijos» es algo que siempre me ha sorprendido. Tengo amigos que, tras pasarse 2 años con contratos temporales, celebraban que «les habían hecho fijos». Yo les miraba y pensaba «pues no es para tanto, simplemente les va a costar dos duros más echarte». Sin embargo, para mucha gente (y por lo que parece también al ministro), «contrato fijo» equivale poco menos que a «contrato blindado».
Y algo de «blindaje» tiene. Porque el contrato fijo significa, en esencia, crear una barrera a la ruptura del contrato. Barrera que solo aplica, por cierto, en favor del trabajador: si el empresario quiere poner fin a la relación laboral (casi por cualquier motivo: lograr la calificación de despido procedente es una utopía incluso con motivos de peso) tiene que pagar una indemnización. Si el trabajador quiere poner fin a la relación laboral… simplemente se va. Es decir, para el empresario no hay ningún incentivo intrínseco para hacer contratos fijos (aparte de que coyunturalmente se establezcan artificialmente vía deducciones en cuotas de la seguridad social, etc.); es más, hay un incentivo negativo porque hacer contratos fijos significa atarse de pies y manos si en el futuro, por cualquier razón, decide dejar de contar con ese trabajador.
Para mí el contrato fijo es una figura obsoleta. Creo que responde a dos concepciones del mundo laboral ya superadas:
a) El empresario explotador (el del monóculo y el sombrero de copa que fuma en puros sentado sobre montones de bolsas de dinero) frente a las masas proletarias subyugadas, que hacen necesaria una legislación garantista con los derechos del trabajador. Pero pese a que a algunos les siga gustando usar el recurso demagógico y sacar cada dos por tres a paseo la lucha de clases, lo cierto es que las relaciones laborales en España distan mucho de ese esquema. Según datos oficiales (pdf), el 94,1% de las empresas se encuadran en la categoría de microempresas, que cuentan entre 0 y 9 asalariados. En esas empresas, la realidad es que empresario y trabajadores no responden a esa imagen de «lucha de clases», sino que más bien son todos compañeros, en las que el empresario es un trabajador más (probablemente el que más pringue de todos). Para esa realidad laboral, la imposición de un contrato tan profundamente desequilibrado en derechos y obligaciones entre las partes como es el contrato fijo es un despropósito.
b) La concepción del puesto de trabajo como algo estable a lo largo de la vida laboral. En el siglo XX, la evolución de las empresas se producía a un ritmo tan lento que era factible aquello del «empleo para toda la vida». Una persona podía entrar de aprendiz en una empresa y jubilarse en ella sin que en ese lapso de tiempo cambiaran mucho las exigencias de su puesto. En un entorno económico estático, las fluctuaciones que afectaban a las empresas (nuevos mercados, nuevos competidores, nuevos productos) se sucedían de forma tan pausada que se podían asumir estructuras fijas sin implicar apenas riesgos. En ese escenario era factible apostar por establecer una relación a largo plazo con un trabajador: mal que bien podía cumplir su función a lo largo de los años. Pero ya no vivimos en ese entorno. Todo es infinitamente más dinámico, las cosas cambian de un mes para el otro, la globalización ha incrementado dramáticamente las urgencias competitivas, las empresas nacen, crecen y desaparecen a un ritmo infernal, el ciclo de vida de los productos es un suspiro, las habilidades requeridas en las personas cambian a la misma velocidad. En este contexto, sé que te necesito hoy pero no sé si te necesitaré dentro de tres meses. ¿Qué sentido tiene que te haga un contrato fijo? Es tirar piedras contra mi propio tejado.
El futuro del empleo pasa por la flexibilidad, cuanta más mejor. Me parece que es impepinable, es lo que exige la realidad de la economía. No es una opción, ni un deseo. Es un hecho. Dicen los de la «lucha de clases» que cómo van a retroceder en la conquista de derechos sociales y blah, blah, blah… pero seguir haciendo del «contrato fijo» una bandera es vivir en los Mundos de Yupi. Nadie en su sano juicio va a querer hacer contratos fijos, porque son un lastre. Entiendo que molaría que fuese de otra manera, pero es lo que hay.
Nunca he sido empresario. Pero si lo fuera, tengo claro que tengo que poder decidir en cada momento con qué personas quiero contar, tanto en número como en perfiles. Cuando las necesite, las contrato. Cuando no las necesite, lo siento mucho pero no soy una ONG, no quiero mantener un puesto de trabajo que no necesito, ni verme obligado a trabajar con alguien que no quiero. Y si se me ponen barreras a eso (que me parece un mínimo imprescindible) tengo dos opciones: o me voy a otro sitio donde no me las pongan, o directamente paso de crear empresa ni de dar trabajo a nadie, y me quedo esperando a ver si alguien me soluciona la papeleta. Obviamente, cualquiera de las dos opciones es mala para el empleo: sin empleadores, no hay empleo.
De hecho, para mí el modelo de relaciones laborales que tiene más sentido es más bien un modelo de relaciones profesionales: todos autónomos que prestan servicios a otros autónomos, nos contratamos cuando nos necesitemos, trabajamos juntos mientras nos vaya bien a los dos, y en el momento en el que a alguno no le satisface la relación se le pone fin sin fricción ni coste ninguno y a otra cosa.
Hale, se abre la discusión. Asumo el «tufillo neoliberal», pero no es un posicionamiento ideológico sino (para mí) la deducción lógica derivada del análisis de la realidad. Agradeceré que quien no esté de acuerdo con lo que digo me dé argumentos, y me explique cómo considera que encaja su alternativa en el escenario real de la economía del siglo XXI.