O delegas, o no delegas

«Delegar» es una de las habilidades más difíciles de desarrollar para un directivo. Supone «perder el control», y en muchas ocasiones asumir que las cosas no se harán exactamente como uno las habría hecho. Y eso es algo que a muchos les (nos?) supera. Ya lo dice el refrán, «si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo». El problema es que «tú mismo» puedes hacer un número limitado de cosas con tu tiempo, con tu atención. Para un directivo-tipo, con múltiples proyectos a los que atender, es imposible supervisar todos los detalles, estar en todas las reuniones, leerse todos los correos…
Y sin embargo son muchos los que se empeñan en moverse en esa zona intermedia del «delego, pero quiero mantener el control» o bien «controlo, pero no puedo entrar en los detalles». Una zona nefasta para el éxito de los proyectos (que se ven abocados en muchas ocasiones al «cuello de botella» que supone el directivo sin tiempo), y también para el espíritu de los colaboradores. No hay nada más desmotivante (al menos para mí) que el hecho de que te encarguen un proyecto sin demasiadas instrucciones específicas, lo desarrolles según tu criterio y que luego te digan «no, así no era; hazlo otra vez… como yo lo haría». O que te digan «tira millas», y luego te digan «por qué tiraste millas sin mi autorización».
Me temo que no se puede «delegar a medias». O se delega (y entonces asumes tu rol; das instrucciones claras pero luego asumes la propia capacidad de tu equipo para tomar decisiones dentro de los criterios marcados y aceptas el resultado como propio aunque no sea exactamente lo que tú esperabas), o no se delega (y entonces se dedica el tiempo necesario a la supervisión, la gestión de los detalles, el control…). Las medias tintas, en este caso, no traen nada bueno.

Monólogo o conferencia

Hoy aterrizaba, gracias a un tuit de Ángel, en esta conferencia de Seth Godin. He estado viéndola durante sus 20 minutos, con una sensación extraña: ¿estaba viendo una conferencia, o un monólogo tipo «club de la comedia»? Lo cierto es que se parece más a lo segundo que a lo primero. ¿Es, por lo tanto, una pérdida de tiempo? ¿Es «poco profesional»? Lo dudo.
En primer lugar, con este formato ha conseguido algo fundamental: que la vea de principio a fin. Algo que otras conferencias, más clásicas, muchas veces no consiguen. Sí, puede que el contenido pueda ser interesante, pero sin un continente agradable, de fácil digestión… lo más probable es que me acabe aburriendo más pronto que tarde, y desconectando: dejando mi mente vagar (si no tengo más remedio que estar físicamente presente, como ocurría en muchas de las clases a las que asistí), levantándome y marchándome (si es una posibilidad), o haciendo click para cerrar la ventana.
«No, pero es que tienes que esforzarte». No, amigo. Como dice el propio Godin en la conferencia, si yo pienso que es aburrido… ES aburrido. Si tu objetivo es que yo me interese por lo que tienes que decir, y no me intereso… el que tiene un problema eres tú más que yo. Otra cosa es que simplemente quieras cumplir el expediente, pero ésa es otra historia.
«Claro, mucho jiji y jaja pero te quedas con pocas ideas». Discrepo. Más vale una conferencia divertida que atraiga mi interés y consiga que me quede con dos o tres ideas fundamentales, que una presentación llena de conceptos y detalles de los que no voy a retener nada. Creo que la misión de una conferencia no es «transmitir conocimientos»; para eso existen otros medios mucho más eficaces a los que, además, puedo recurrir a demanda. El breve tiempo de una conferencia debe, a mi modo de ver, usarse para para inocular cuatro ideas fundamentales en los oyentes y despertarles el interés por una determinada materia: por conocer más, por profundizar, por aplicar esas ideas a su propia realidad.
El problema es que es bastante más fácil preparar una conferencia en modo clásico, aunque aburra a las ovejas, que poner en marcha una representación (que al fin y al cabo eso son los monólogos) capaz de involucrar a la audiencia.

¿Cuánto pagarías por trabajar menos?

Recuerdo la escena. Estábamos tomando unas cañas después del trabajo, celebrando la despedida de alguien del grupo. La conversación derivó a los horarios de trabajo que teníamos, y una compañera dijo «Yo pagaría por trabajar menos». «Hazlo», le respondí. «¡No se puede!». «Mentira. Por supuesto que puedes. Otra cosa es que no quieras».
Por supuesto que podía trabajar menos. Si no dentro de la misma empresa, en otra. Si no en el mismo sector, en otro. Si esa era su prioridad, era cuestión de ponerse a buscar la fórmula. El problema es que ese «trabajar menos» tenía un precio. A buen seguro medido en términos económicos: menor retribución, menos poder adquisitivo… ergo renuncias a determinados elementos de su estilo de vida. Y posiblemente también medido en términos de proyección profesional, o incluso en satisfacción intrínseca con su trabajo. En definitiva, si no trabajaba menos es porque consideraba que el precio a pagar era demasiado alto para lo que iba a obtener a cambio.
Poco tiempo después, yo mismo tomé decisiones en ese sentido. Dejé mi posición (renunciando con ello a un jugoso sueldo, y a determinada carrera profesional), buscando otra forma de vida. Y en ello estoy. El caso es que llegó un momento en el que lo que podía conseguir con el cambio se volvió lo suficientemente valioso para mí como para pagar el precio que me pedían.
Por cierto, lo último que supe de esta chica es que se casó, dejó el trabajo y se dedicó a «sus labores» de esposa y madre. Está claro que podía trabajar menos, si quería. Sólo era cuestión de desearlo lo suficiente como para aceptar la contrapartida.
Foto: 1suisse .ch

I+D personal

El otro día leí un tuit de Andrés Pérez que me gustó mucho. Decía: «Propósitos del nuevo curso. Crea tu plan de I+D Personal. Selecciona 4 temas (1 por trimestre), infórmate y escribe sobre lo que aprendas». Idea concisa, contundente, que demuestra que muchas veces 140 caracteres son suficientes.
Soy un firme defensor del aprendizaje permanente. No sé si alguna vez tuvo sentido lo de aprender sólo durante una época de nuestra vida y luego vivir de las rentas; pero desde luego aquel mundo, si alguna vez existió, ya es cosa del pasado. Y además, debía ser bastante aburrido. Aunque sólo fuera por curiosidad intelectual, uno debería estar siempre aprendiendo («como si fueras a vivir para siempre», que dijo Ghandi). Y no necesariamente sobre una misma temática: es más, creo que es muy sano interesarse por materias diversas que a priori no tengan nada que ver entre sí, pero que sin embargo nos abren la mente.
También soy muy partidario del autoaprendizaje; cursos y formación «reglada» pueden venir bien, pero a día de hoy tenemos todos los recursos del mundo a nuestro alcance para acercarnos a prácticamente cualquier temática que nos apetezca. Con cuatro clicks podemos acceder a conferencias, libros, apuntes, blogs, foros, expertos… de todo lo imaginable, y a cualquier nivel de profundidad que busquemos. A la hora que queramos, donde queramos.
Creo que lo que muchas veces nos falla es la planificación. Como en tantas otras cosas, falta reflexionar y definir una estrategia, unos objetivos. Podemos aprender de muchas cosas, pero como no hemos hecho ningún propósito concreto, al final vamos «picoteando» de aquí y de allá, sin ningún orden ni ningún fin. Pasamos superficialmente sobre los temas, y no dejamos que penetren en nosotros. O simplemente dedicamos nuestro tiempo a distraernos/embrutecernos sin más. Como resultado, pasa el tiempo y aprender, lo que se dice aprender, poquito.
Por eso me gustó la idea de Andrés. Seleccionar un tema, y comprometerse a dedicarle un tiempo con cierta constancia. Quizás al cabo de tres meses ya hayamos llegado a saber todo lo que nos apetecía saber sobre el tema, o quizás descubramos que queremos seguir profundizando. Pero seguro que ese tiempo no cae en saco roto: de una manera u otra, habremos enriquecido nuestro espíritu.
Lo tengo decidido. Este año, voy a definir mi plan de I+D personal.
Foto: Rafael Anderson Gonzales Mendoza

El conocimiento, ¿es de la empresa?

Via un tuit de @fodor llego a un artículo de Rosabeth Moss Kanter («gurusa» del management), sobre las dificultades de gestionar a los «trabajadores del conocimiento» y sobre todo de «controlar» ese conocimiento.
El tema es que las empresas pretenden gestionar el conocimiento de los trabajadores como si fuera una propiedad exclusiva de la compañía. Como si el cerebro pudiese «vaciarse» cuando sales por la puerta de la empresa («este conocimiento lo ha generado en la empresa, así que es nuestro, lo tiene que dejar aquí y no puede llevárselo con usted»). Una insensatez. Pero así es como lo dicen los contratos. De hecho, he recuperado uno de mis antiguos contratos para copiar esta cláusula:
«El empleado reconoce que todos los servicios desarrollados por éste a favor de la empresa o de los clientes de ésta por cuenta de la empresa, son propiedad de la empresa en toda su extensión y son causa del presente contrato, sea cual sea su contenido, soporte o manifestación. Por consiguiente, el empleado cede a la empresa, con carácter exclusivo, toda creación expresada por cualquier medio o soporte, tangible o intangible, actualmente conocido o que se invente con posterioridad, contenidos en la Ley de Propiedad Intelectual, que se haya realizado por aquél durante la vigencia de este contrato en el seno de la relación laboral y de los servicios o actividad desarrollada por el empleado para la empresa o para los clientes de la misma, o para las actividades de la empresa en relación con terceros, sean éstas, y sin ánimo exhaustivo, de docencia, colaboración doctrinal, científica o formativas. Todo ello ha sido tenido en cuenta por ambas partes a la hora de fijar la retribución del empleado, por lo que no supondrán compensación económica adicional.» O sea.
No, la forma en la que la mente genera el conocimiento no puede ser sometida a normas legales de este tipo. No se puede controlar la mente de un empleado para saber qué ideas está desarrollando, cuáles nos cuenta, cuáles se guarda, cuáles tienen un origen en la empresa y cuáles tienen un origen en el libro que venía leyendo en el metro. Y tampoco se le puede pedir que «flashee» su mente para que, una vez que salga de la empresa ninguno de sus pensamientos tenga relación con los que tuvo mientras estaba con nosotros.
Como bien dice Moss Kanter, una de las cosas que tienen los trabajadores del conocimiento es que «no podemos saber lo que saben; lo más que podemos esperar es que decidan a compartirlo con nosotros». Y quizás «si les damos más libertad a los trabajadores del conocimiento, a la vez que les hacemos sentir leales y comprometidos con nuestro proyecto, tengamos más probabilidades de que ellos compartan su conocimiento voluntariamente; y la mejor protección para las ideas generadas por una empresa es seguir generando nuevas ideas».
Es decir: si imponemos un escenario restrictivo, es más que probable que esos trabajadores del conocimiento «se cierren». Sí, tendremos blindadas las ideas que generen, pero ahogaremos el flujo de nuevas ideas. Si establecemos un ecosistema de mayor libertad es muy posible que perdamos un cierto control sobre las ideas que se van generando… pero a cambio tendremos abierto el grifo de la creatividad.

Cultura Netflix

Hace tiempo que vi en el agregador que Diego reseñaba esta presentación; como andaba con el móvil, la marqué para leer más adelante. Y el otro día, el entusiasta elogio de Ángel me hizo repescarla. Y vaya si merece la pena. Se trata de una presentación sobre la cultura corporativa de Netflix. Y en ella se recogen un conjunto de mensajes muy interesantes y jugosos sobre cuestiones culturales: tanto, que es más que probable que en los próximos días vaya desgranando algunos de ellos como posts individuales, porque tienen enjundia.

Insisto, es larga. Pero merece la pena su lectura, porque más allá de validar el modelo concreto de Netflix (que habría que vivir desde dentro para ver hasta qué punto es acorde con el documento o no) invita a reflexionar sobre eso tan presuntamente etéreo, pero tan profundamente real, como es la cultura corporativa.

Los blogs y su impacto en la carrera laboral

El pasado 2 de agosto se publicó en el suplemento económico de La Vanguardia un pequeño artículo llamado «Los blogs amplían horizontes» (descargar en pdf), referido al impacto potencial que mantener un blog puede tener sobre la carrera profesional. Nuria Peláez, la autora del artículo, se había puesto en contacto conmigo para hacerme algunas preguntas (al parecer, había llegado a mí a través de algo que escribí hace ya un tiempo, y también relacionado con cuando lancé mi página «profesional») y ahí aparece un pequeño extracto de lo que comentamos.
En todo caso, como lo que aparece en el artículo se queda un poco lacónico, reproduzco aquí las preguntas y respuestas originales, para matizar mejor mi opinión que creo que se queda un poco difuminada. Y es que, para mí, lo importante es lo que contesto en la última pregunta y que podríamos resumir en este párrafo: «Pero, para ser más exactos, no es «el blog» quien te permite hacer esto, sino la red de contactos que se va tejiendo entorno a él: gente que lee tu blog, gente a la que lees, gente con la que interactúas… al final vas encontrándote a mucha gente, con la que tienes afinidad e intereses comunes, te acabas conociendo bastante bien… y es entonces cuando surgen las oportunidades».
O sea, que son las relaciones, no las herramientas (en este caso, el blog). A continuación, las preguntas y respuestas originales:
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Por qué decidiste escribir un blog
Siempre he sido aficionado a internet. En 2004 empecé a leer unas cosas llamadas «blogs», unas webs un poco distintas a los habituales «portales» porque tenían un formato mucho más personal, parecido a un diario, donde el autor contaba sus cosas y además interactuaba con sus lectores a través de los comentarios. Investigando un poco, vi que era muy sencillo crear y mantener tu propio blog, así que decidí probar y hacer uno que dediqué a contar, sobre todo, mis pensamientos y experiencias en el día a día de mi trabajo como consultor.
Por qué decidiste colgar tu CV en tu blog
Al principio no lo hice. Escribía de forma anónima, con un seudónimo («Consultor Anónimo»). Por un lado, me daba cierto respeto pensar que alguien de mi entorno «real» (especialmente en el trabajo) pudiese vincularme con el blog y lo que se contaba en él. Y por otro, tampoco veía ninguna ventaja en poner mi nombre; escribir de esta forma «despersonalizada» me permitía extraer conclusiones generales a partir de mis experiencias concretas, que quedaban difuminadas.
Sin embargo, poco a poco empecé a establecer contactos a través del blog: con otros colegas, con otros bloggers… y cada vez se fue haciendo más evidente que algún día tendría que «salir del armario» y dar la cara con nombre y apellidos. Una vez tomada esa decisión, la idea de hacerlo con todas las consecuencias (poniendo no sólo el nombre, si no un perfil personal y profesional, datos de contacto, etc.) me pareció incuestionable: por un lado permitía a mis interlocutores conocerme mejor, y por otro lado podía servirme de escaparate para abrir nuevas oportunidades.
Cuántas visitas ha recibido tu blog en este tiempo, y tu CV
Mi blog blog.raulhernandezgonzalez.com ha recibido, a lo largo de los años, más de 600.000 visitas (más de 900.000 páginas vistas). Mi web personal www.raulhernandezgonzalez.com (en la que se incluye el CV), unas 14.000 visitas (unas 22.000 páginas vistas).
¿Qué crees que ha aportado a tu carrera profesional tu blog?¿Te han surgido oportunidades concretas a través del blog?
Mi blog me permitió hacer un importante cambio de carrera, dejando la consultoría más tradicional para dedicarme más al mundo de internet. También me permitió establecerme como consultor individual, y me ha proporcionado unos cuantos clientes. Pero, para ser más exactos, no es «el blog» quien te permite hacer esto, sino la red de contactos que se va tejiendo entorno a él: gente que lee tu blog, gente a la que lees, gente con la que interactúas (primero en comentarios cruzados, referencias… y luego más tarde conociéndoles en la vida real)… al final vas encontrándote a mucha gente, con la que tienes afinidad e intereses comunes (si no, no les leerías, ni ellos a ti), te acabas conociendo bastante bien (leer las opiniones de alguien a lo largo de varios meses te permite hacerte una idea muy clara de cuáles son sus valores, sus posicionamientos, sus conocimientos sobre un sector, etc.)… y es entonces cuando surgen las oportunidades. Por lo tanto, no creo que sea automático («pongo un blog = surgen oportunidades») sino que el blog es un medio, una excusa, para establecer relaciones valiosas… que son las que generan (como siempre lo han hecho) las oportunidades.

¿La honestidad vende?

Hace un par de días escribía un post en Digitalycia sobre los plazos del social media. Extrapolando (es decir, que me quiero referir ahora al mundo de los negocios en general), mi argumento venía a ser que muchas veces hay gente que promete resultados con mucha alegría y «100% de fiabilidad», cuando la realidad es que las cosas suelen ser más difíciles e inciertas. Hacía la analogía de la venta del crecepelos milagroso, el típico producto de charlatán, que deslumbra a los potenciales compradores con sus maravillosas virtudes y que luego son mucho más modestas si es que llegan a existir.
Frente a esa forma de actuar, yo me identificaba con otra forma de vender, la que pone encima de la mesa posibles ventajas pero ponderadas con los riesgos y los costes. El caso es que un comentarista me venía a decir que, presentando las cosas de esa manera, las probabilidades de captar a un cliente se reducían. Si el mismo que les vende les habla de riesgos, costes, resultados de difícil cuantificación…
Estoy de acuerdo con él. Hay muchos clientes que, extrañamente, sólo quieren oir la parte «bonita». Porque a estas alturas de la vida, todos sabemos que todo tiene su lado oscuro, que no hay productos milagrosos. Pero hay quienes prefieren obviarlo, creerse que van a conseguir sus objetivos de forma fácil, rápida, segura, y barata, y sólo compran a quienes les prometen eso aunque luego sea mentira. Y hay gente encantada de decirles lo que quieren oir, aunque eso suponga dejar un reguero de descontento posterior.
Pero yo creo que hay un nicho de mercado que valora la honestidad. Un tipo de cliente al que le gusta tener una visión clara de «lo que hay», jugar con todas las cartas encima de la mesa, conocer pros y contras, y a partir de ahí decidir. Quizás no sean muchos, pero creo que existen.
En todo caso, es como yo pienso que se debe actuar. No quiero ser un vendedor de crecepelos milagroso, por mucho que sepa que probablemente haría más dinero de esa forma. Hay dos características necesarias para actuar así: una ausencia total de ética (porque engañar a alguien a sabiendas no se puede hacer si un tiene un poco de «vergüenza torera»), y una notable cara de cemento para luego lidiar con el cliente cuando se dé cuenta de que las cosas no eran tan bonitas como tú las habías vendido. Yo no tengo ni una ni otra.
Por eso estoy procurando dirigir mi carrera profesional hacia la autonomía y la independencia. Quiero hacer las cosas como creo que deben hacerse, y no como otros me dicen que hay que hacerlas. No quiero vender crecepelos por mi cuenta, ni mucho menos por encargo. Igual me estrello, pero al menos que sea convencido de lo que hago.