Cuando el riesgo deja de ser riesgo

Charlaba el otro día con una amiga. Hablábamos de decisiones vitales, de hasta qué punto asumíamos riesgos o no al elegir. Yo le decía que no, que yo riesgos los justos. Y ella me miraba con la ceja levantada…
Si alguien me pregunta, eso es lo que le diré. Es lo que pienso de mí mismo: que no soy un perfil que se atreva a tomar decisiones arriesgadas, que soy conservador. Esa es la historia que me cuento a mí mismo.
Pero lo cierto es que, si repasamos mi trayectoria…
Me fui a estudiar fuera en vez de prorrogar mi adolescencia en la comodidad del hogar, he dejado trabajos para irme a casa, he abandonado una progresión profesional en una empresa sólida y de prestigio para meterme en una «empresa de internet», he provocado conversaciones de «todo o nada» en el trabajo sabiendo que había un riesgo cierto de que las cosas no saliesen como a mí me gustaría, me he mudado en varias ocasiones de ciudad (en el último caso a un pueblo con el que no me unía nada)… por no hablar de formar una familia (quizás una de las decisiones menos «revisable» que uno pueda tomar en la vida).
Que sí, ya sé, no es que me dedique a meter la cabeza en las fauces de un león, ni que haya dejado todo atrás para irme mochila al hombro a recorrer el mundo, que me dedique al funambulismo o que me haya empeñado hasta las cejas para financiar una startup. Nunca he quemado mis naves. Pero, dentro de mis márgenes, sí que he asumido mi cuota de riesgo; y me consta que hay personas de mi entorno que así lo valoran.
Y sin embargo a mí me cuesta verlo así. Incluso estas ocasiones donde un observador externo aprecia riesgo para mí han sido decisiones… «naturales». Aunque racionalmente pudieses evaluar la posibilidad de que no saliese bien, había algo en mi interior que me decía que era «lo que había que hacer» de una forma tan clara, tan poderosa… que no había dudas.
En este punto es donde encaja mi narrativa sobre mi presunta aversión al riesgo. Lo que otros pueden valorar como decisiones arriesgadas para mí no lo han sido; por eso no me considero un tipo arriesgado. Y sin embargo ahí están.
La conclusión es que calificar una decisión como «arriesgada» es algo tremendamente subjetivo. Lo cual me tranquiliza. No voy a dejar de tomar decisiones, no soy prisionero de la inercia. No soy ese «conservador» que a veces me digo a mí mismo que soy. Simplemente necesito «verlo». Una vez que lo tengo claro, el riesgo deja de ser riesgo.

Aprendiendo a aprender

Este es un post recopilatorio después de varias semanas trabajando sobre el concepto de «aprender a aprender». En él he intentado resumir y dar homogeneidad a un conjunto de ideas procedentes de diferentes fuentes. Obviamente, el resultado es muy personal, y abierto a mejora y a crítica. Y desde luego, no pretende ser un tratado académico; apenas unos apuntes básicos. Sin embargo, para mí y en mi momento actual creo que recoge y documenta bien los aspectos esenciales relacionados con la idea.

Introducción: ¿por qué aprender a aprender?

Empecé a interesarme por este tema unas semanas atrás. «Quiero aprender algo, ¿pero qué?«, me preguntaba. Alguien sugirió entonces que una habilidad muy importante, precisamente por su impacto en futuros procesos, que es «aprender a aprender». Efectivamente, esta habilidad se convierte en una especie de catalizador del aprendizaje, en la medida en que permite hacer más eficiente cualquier esfuerzo posterior aplicado a otras materias. Así pues, me pareció un buen punto de partida al que dedicar un primer proceso de «aprendizaje focalizado».
«¿Aprender a aprender? ¿A tu edad?». Alguno dirá que, con casi 40 años, ya era hora. Posiblemente. Pero lo cierto es que hasta hoy mis procesos de aprendizaje han sido bastante… desordenados, desestructurados. Orgánicos, podríamos decir. Soy mucho de picotear de aquí y de allá, de interesarme por un tema y por otro, de «chapotear en muchos charcos», de actuar a impulsos, de leer, tuitear y no consolidar. Sin duda he aprendido cosas a lo largo del tiempo, y no me ha ido precisamente mal ni a nivel académico ni a nivel profesional. Algo habré aprendido. Pero si soy un poco crítico, creo que mi aprendizaje puede ser muchísimo más eficiente. Por eso decidí empezar a trabajar en bloques de aprendizaje focalizado, intentando dar sistemática y estructura a ese proceso. Decidir algo que quiero aprender, dedicarle unas semanas a profundizar en ello (sin dispersarme en otros asuntos) hasta llegar a un punto de conocimiento satisfactorio, recopilar dicho conocimiento y estructurar los mecanismos necesarios para mantenerlo fresco a lo largo del tiempo. Y teniendo en cuenta el carácter multiplicador de la habilidad de «aprender a aprender», decidí que fuese ésta la protagonista del primer ciclo. Este artículo es el resultado, mi resumen particular.

Contenido

He estructurado el contenido en seis bloques principales, como refleja el mapa mental que he elaborado.

Aprender a aprender mapa mental

Visión

Como decía Covey, «empezar con un fin en mente». ¿Qué voy a aprender? ¿Por qué? ¿Para qué? Tener claras las respuestas a estas preguntas es importante. «It’s hard to learn if you’re not into it», dice el doctor Terry Sejnowski. Sobre todo porque el proceso puede ser largo, dificultoso, frustrante en algunos puntos. Requiere esfuerzo y dedicación, y más en escenarios de autoaprendizaje donde tú eres el motor y no dependes de nadie que tire de ti. Habrá momentos en los que sea necesario recordarte a ti mismo «por qué» y «para qué» estás haciéndolo.
En este sentido, también es interesante el concepto de «Target Performance Level» que esboza Josh Kaufman: ¿cuál es el nivel de profundidad que queremos alcanzar en el desarrollo de un conocimiento o habilidad? ¿qué es lo que nos vemos haciendo una vez hallamos hayamos llegado a dicho nivel? No es lo mismo aprender inglés lo suficiente como para ayudar a los niños a hacer los deberes, como para defenderse en cuatro conversaciones sencillas en un viaje de dos días, como para ver series en versión original, como para desarrollar una actividad profesional bilingüe… Tener claro este «nivel deseado» permite dirigir mucho mejor los esfuerzos (qué debo aprender, y también qué debo ignorar), y nos da un criterio para valorar nuestros avances.

Materia

Una vez que sabemos qué queremos aprender, y con qué objetivo, tenemos que ser capaces de crear nuestro propio programa académico. Cualquier materia que queramos abordar va a ser más amplia y más profunda de lo que vamos a poder abarcar, por lo que es necesario reducirla a elementos más manejables. Deconstruirla, y seleccionar aquellos elementos que resulten prioritarios, las «piedras angulares» que sean más relevantes para alcanzar nuestro objetivo con la mayor rapidez posible. Y estructurarlos de forma que sigan una secuencia lógica, ya que el aprendizaje es más sólido si se va construyendo sobre elementos previamente aprendidos.
Este proceso de configuración de la materia es difícilmente lineal, requiere sucesivas aproximaciones, borradores que se van asentando poco a poco. Necesitas investigar a lo ancho, para entender la amplitud de lo que estás abordando y tener el máximo contexto posible, y a la vez realizar catas que te permitan asomarte a la profundidad, al detalle. Contamos con ayuda, claro: bibliografía introductoria, cursos básicos, expertos que nos puedan dar su visión… Aun así, es fundamental el componente crítico; al fin y al cabo estamos elaborando nuestro propio programa, para nuestros propios fines. Solo nosotros sabemos lo que queremos y lo que no, dónde queremos profundizar y dónde no.

Técnicas

Llega el momento de incorporar toda ese conocimiento a nuestro bagaje. Seguramente en el proceso de investigación que nos ha llevado a definir nuestro «programa académico» hemos ido adquiriendo una visión más o menos difusa, pero hay que consolidarla, darle más solidez.

  • ¿Cómo codificamos el conocimiento para que permanezca con nosotros? Nuestro cerebro funciona de forma básicamente relacional; cualquier contenido tiene más probabilidades de ser incorporado si está relacionado con un conocimiento anterior. El uso de analogías («esto es como aquello») es por lo tanto muy poderoso. Del mismo modo, la utilización de recursos visuales ayuda al recuerdo y la relación. Las técnicas mnemotécnicas nos permiten aprender «de memoria» (una habilidad largamente denostada, pero que tiene sin duda su utilidad). La capacidad de comprimir el conocimiento (agrupando elementos relacionados entre sí para ser tratados como uno solo) nos permite, mediante el uso de esquemas, mapas mentales, etc… consolidar grandes cantidades de información relacionada en poco espacio.
  • La práctica/repetición es el elemento fundamental de incorporación de conocimientos. Debe prolongarse en el tiempo, con una cantidad de descanso adecuada entre sesiones. Entremezclar la práctica de distintas habilidades parece que refuerza el proceso («a change is as good as a rest», dicen los anglosajones).
  • Dentro de ese escenario, es importante el concepto de práctica deliberada. Es decir, no vale con dedicar horas de cualquier manera. La práctica deliberada hace énfasis en empezar despacio, asentando las bases, prestando atención a los detalles… antes de empezar a coger velocidad y refinamiento. También resalta la importancia de centrarse en practicar y repetir aquello que nos resulta difícil, que no nos sale.
  • Por último, entre las técnicas para reforzar el aprendizaje destaca frente a otras técnicas la realización de pruebas, exámenes. Cuestionarnos sobre lo aprendido nos permite, mediante el esfuerzo necesario para responder, consolidar lo que ya sabemos y descubrir aquellos puntos que debemos reforzar.

Teoría

Algunos conceptos teóricos subyacentes, y que me han resultado especialmente interesantes:

  • La sinapsis como mecanismo principal del funcionamiento cerebral. La creación de conexiones entre neuronas es la responsable de lo que aprendemos. El cerebro es plástico, ya que constantemente están formándose esas conexiones.
  • El «chunking«, o la agrupación de elementos, es la capacidad que tiene el cerebro para tratar un conjunto de elementos relacionados como si fuera uno solo, permitiéndonos ampliar nuestra capacidad de proceso. Por eso funcionan los resúmenes, como una agrupación máxima de elementos que posteriormente se van desplegando en varios niveles de detalle.
  • El modo de pensamiento focalizado en contraposición al difuso. El focalizado, relacionado con el trabajo consciente, es el que nos permite manejar un número limitado de elementos. El difuso, relacionado con el trabajo inconsciente (el que se produce cuando estamos pensando en otra cosa, incluso cuando estamos descansando) permite la relación de muchos más elementos, la creación de conexiones menos evidentes. Ambos son necesarios, y para ambos hay que dejar tiempo.
  • La memoria a corto plazo y la memoria a largo plazo. La primera nos permite trabajar con lo que tenemos aquí y ahora; pero si queremos consolidar conocimientos debemos hacer un esfuerzo consciente en trasladarlos a la memoria a largo plazo. Las técnicas de trabajo están muy relacionadas con este objetivo.
  • Conocer la curva de aprendizaje (distinguiendo además entre aprendizaje percibido y real) nos permite fijar expectativas, conocer de antemano las distintas etapas que aparecen de forma recurrente. Al enfrentarnos a una nueva actividad nos sentiremos abrumados, pero enseguido empezaremos a hilar cosas y tendremos un progreso muy rápido. Tras esa etapa de euforia, sufriremos una cierta regresión que transcurre paralela a la conciencia de cuánto nos queda por saber. A partir de ahí, el conocimiento se va consolidando de una forma mucho más realista.
  • Teoría vs práctica: la teoría es relevante solo en la medida en que nos resulte útil para alcanzar el nivel que nos hemos prefijado.

Hábitos

  • Descansar: los ciclos de esfuerzo y descanso son necesarios para facilitar el funcionamiento cerebral. Mientras descansamos, además de recuperar energía para el trabajo focalizado, permitimos que el cerebro entre en el modo difuso.
  • Sueño: el sueño forma parte de los ciclos de descanso (en el sentido en que permiten a nuestro cerebro trabajar en modo difuso, inconsciente) pero además parece que tiene un efecto fisiológico de limpieza de toxinas en el cerebro, una especie de lavado y puesta a punto que permite que los procesos cognitivos continúen funcionando correctamente.
  • Ejercicio: parece que la ciencia corrobora el viejo dicho de «mens sana in corpore sano». De hecho, la actividad física parece que es capaz incluso de promover la regeneración neuronal.
  • Eliminar barreras: disponer de todos los materiales que vayamos a necesitar durante nuestras sesiones de aprendizaje, eliminar distracciones, tener un entorno adecuado… va a facilitar que nos sumerjamos en el estudio. Se trata de ponérnoslo fácil.
  • Compromisos: la asunción de compromisos (monetarios, con otras personas, público) parece que refuerza los procesos de aprendizaje (en realidad, cualquier proceso de adquisición de hábitos)
  • Persistencia: el proceso puede alargarse, ser frustrante… por eso es importante crear hábitos que transformen el aprendizaje en rutina, utilizar mecanismos (como la técnica pomodoro) que nos ayuden a vencer a la procrastinación, incluso asumir un compromiso inicial (como el de las 20 horas de Kaufman) que nos evite abandonar cuando las cosas se pongan feas.

Filosofía

Aquí recojo algunas notas que me han resultado interesantes a la hora de abordar cualquier proceso de aprendizaje

  • Mentalidad de crecimiento: frente a la visión de mentalidad fija, la mentalidad de crecimiento defiende que independientemente de nuestros condicionantes de partida todos somos susceptibles de mejorar. Que es más importante centrarse en el proceso (que es algo que está a nuestro alcance manejar) que en el resultado.
  • Mentalidad de principiante: tenemos que luchar contra la ilusión de conocimiento (esa sensación que tenemos a veces de «yo ya lo sé», y que nos impide sumergirnos en el aprendizaje), y también asumir que el proceso de aprendizaje estará lleno de errores. De nada vale quedarnos en la seguridad de lo que ya hacemos bien, sino que debemos buscar deliberadamente aquello que hacemos mal para mejorarlo. Debemos invertir en la pérdida, saber que es fallando cuando aprendemos.
  • Interiorización: el proceso de aprendizaje, si está correctamente desarrollado, acaba resultando en una asimilación tan completa de lo aprendido que dejamos de percibirlo conscientemente. Hacemos entonces las cosas de forma automática, inconsciente; pero sólo después de haberlas repetido una y otra vez de forma consciente. La intuición, dicen, es todo aquello que hemos olvidado que un día aprendimos; o también que es el puente entre nuestro consciente y nuestro inconsciente. Una vez que hemos interiorizado algo, somos capaces de ver más allá, de prestar atención a un montón de detalles y matices adicionales que, cuando estamos en un nivel de desarrollo inferior, nos pasan completamente por alto porque nuestra atención consciente está preocupada de lo básico que todavía no dominamos.
  • Personalización: en última instancia, sea lo que sea lo que aprendamos, debemos permitir que se fusione con nuestra esencia, nuestro yo más profundo. No debemos autoimponernos una visión de la práctica que no vaya con nosotros, que se aleje de nuestra forma de ser y de ver el mundo.

Fuentes

Algunas fuentes que he utilizado para documentarme:
Curso «Learning how to learn» de la Universidad de California – San Diego
The 4-hour chef, de Tim Ferriss
The Art of Learning, de Josh Waitzkin
The first 20 hours, de Josh Kaufman
Conferencia de Anxo Pérez en Mentes Creativas
Y por supuesto, artículos, webs, etc… que he ido enlazando dentro del texto.
Seguro que en el futuro habrá más lecturas, que quizás me lleven a modificar este esquema. Pero de momento, para mis objetivos, este resumen me vale.

Talento y esfuerzo: un modelo

Ayer leía un artículo en el que se contaba el «experimento» realizado con una persona «sin talento natural» a la que se enseñaba, a lo largo de un año (y de forma muy dirigida), a jugar al ping-pong. La pregunta que subyace a la anécdota es… ¿hasta dónde te puede llevar la mera práctica si careces de talento?.
Últimamente estoy dando bastantes vueltas a conceptos relacionados con el aprendizaje, y esa habilidad tan relevante que es «aprender a aprender«. ¿Puede uno, independientemente de su «talento natural», poner en práctica una serie de técnicas y metodologías que le permitan llegar lejos en el dominio de una determinada habilidad? Mi sensación (sensación informada, pero sensación al fin y al cabo) es que sí. Que el esfuerzo (la práctica) tiene mucho más peso que el talento a la hora de llegar al dominio de una habilidad.
He elaborado este pequeño cuadro con una «fórmula» que para mí recoge el impacto de cada uno de estos dos factores. Si disponemos de una cantidad de «talento natural» (medida del 0 al 10), y realizamos un determinado esfuerzo (medido también del 0 al 10), ¿cuál es el nivel que podemos alcanzar?

Esfuerzo vs talento

Cuando hablo de «esfuerzo«, no me estoy refiriendo a cualquier tipo de esfuerzo. El esfuerzo, para que resulte productivo, debe seguir unas determinadas metodologías, pautas, una secuencia, una guía… en definitiva, un proceso de aprendizaje focalizado, con mucho énfasis en la práctica deliberada. No es solo tiempo, también técnica. Pero es algo que está al alcance de cualquiera que esté dispuesto a hacer la inversión. Como dice esa anécdota que se le atribuye a Andrés Segovia, cuando alguien le dijo «maestro, daría la vida por tocar como usted» y respondió «eso es exactamente lo que yo di».
En cuanto a «talento«, me refiero a las habilidades naturales que cada uno tenemos. Porque sí, creo que cada uno estamos más dotados de forma natural para unas cosas, y para otras menos. Puede que nuestra coordinación sea mejor, o que tengamos mejor oído, o que se nos den mejor las matemáticas.
La cuestión es que creo que el «talento», por sí mismo, no lleva a nadie demasiado lejos. Cualquiera que haga un poquito más de «esfuerzo» que tú, por mucho talento que tengas tú y poco que tenga el otro, va a alcanzar un nivel superior al tuyo. Alguien sin ningún tipo de talento, pero con la cantidad y calidad de esfuerzo suficiente, puede llegar a alcanzar un nivel más que notable. Una conclusión en línea con lo que se ha venido a llamar «mentalidad de crecimiento»
En este sentido, creo que el talento solo marca la diferencia en el tramo final. Es decir, entre dos personas que han puesto el máximo de esfuerzo, será el talento el que acabe decidiendo la partida. Las dos serán extremadamente competentes, muy superiores al común de los mortales en el desempeño de esa actividad. Puede que incluso las diferencias entre ellos sean tan sutiles, tan de matiz, que resulten inapreciables para la mayoría. Pero solo uno será «el virtuoso»

Los superpoderes de El Protegido

Hace unos días que conocí un nuevo podcast, Todopoderosos. En él hablan de cine, videojuegos, música… en fin, un cóctel entretenido contado de forma agradable y divertida, como en una tertulia de amiguetes. Así que he empezado a escuchar desde el capítulo uno, a ver si me pongo al día.
El caso es que en su segundo episodio hicieron un monográfico sobre M. Night Shyamalan, director de El Sexto Sentido. Y dedicaron un rato a hablar de otra de sus películas, El Protegido (protagonizada por Bruce Willis y Samuel L. Jackson), que es la que me provocó una reflexión.
En la peli, Bruce Willis es un hombre de vida completamente anodina. Un día, el tren en el que viaja sufre un terrible accidente. Todos mueren… menos él, que sale completamente ileso. Esta circunstancia le produce un gran shock, ¿por qué ha sobrevivido él y nadie más? El caso es que van pasando los minutos, y a medida que reflexiona, se da cuenta de que tiene un «superpoder»: ser «irrompible» (el título original de la peli es «Unbreakable»). Pero no es un «superpoder» que haya adquirido de un día para otro; siempre ha sido así. No recuerda haberse puesto enfermo nunca, haber sufrido ningún accidente… él siempre fue así, pero nunca se dio cuenta. Para él era «lo normal», algo en lo que no reparaba.
Mientras escuchaba la conversación sobre la película, me puse a pensar en hasta qué punto todos podemos llegar a ser un poco como el protagonista. Hasta qué punto todos podemos tener determinados «superpoderes» (llamadlo habilidades, talentos, dones, competencias…) que siempre han estado con nosotros y que, por lo tanto, nos resultan inapreciables. Quizás no siempre resulten útiles (o no sepamos sacarles utilidad, que esa es otra), o quizás no nos hagan «uno entre un millón». Pero seguro que si nos ponemos a buscar, todos tenemos algo especial.
Tendemos a apreciar (y a anhelar) los superpoderes ajenos, sin reparar en los que ya tenemos. Quizás sea cuestión de, como le pasó a Bruce Willis, descubrir cuáles son y empezar a pensar cómo podemos utilizarlos.

Dedica 20 horas a aprender

En esta charla, Josh Kaufman plantea las claves principales de su libro «The first 20 hours«. Intentando pasar por encima de barniz «marketiniano» que tienen los lanzamientos editoriales («cómo aprender cualquier cosa de forma rápida», dice… como si te vendiera el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura), creo que hay algunas ideas interesantes que merece la pena rescatar:

  • La visión. Como dice Covey, «empezar con un fin en mente». ¿Qué quieres aprender? ¿Para qué? ¿Con qué profundidad? El ser capaz de visualizar «qué somos capaces de hacer» una vez hayamos concluido el proceso de aprendizaje es el primer paso para saber cómo focalizar nuestros esfuerzos. No es lo mismo tocar la guitarra para dar un concierto de música clásica, que aprenderse cuatro acordes básicos con los que tocar alrededor del fuego en un campamento. Él lo llama el «target performance level», pero vamos, es eso.
  • La deconstrucción y la investigación. Aunque él lo menciona como dos aspectos separados, para mí son dos caras de la misma moneda. El objetivo (como también mencionaba Anxo Pérez en su conferencia que referenciaba hace unas semanas) es «modularizar» la materia, romperla en trozos más pequeños, y ser capaz de priorizar cuáles son los más importantes, aquellos que nos van a llevar a cubrir el objetivo. La investigación es necesaria para saber «cómo partir» el contenido, y para saber la importancia relativa de cada uno de los trozos.
  • El aprendizaje es un proceso costoso en sí mismo, por lo que debemos tratar de «ponérnoslo fácil». Eliminar distracciones, tener a mano todos los recursos necesarios… en definitiva, eliminar en la medida de lo posible cualquier fricción externa que nos dificulte poner foco.
  • El compromiso de las 20 horas, que es el leitmotiv de su libro. Es decir, si decidimos aprender algo, que sea por lo menos durante 20 horas. ¿Por qué? Su planteamiento es que 20 horas es una barrera suficientemente ambiciosa como para servir de criba inicial a nuestra voluntad real de aprendizaje. No es lo mismo decir «voy a aprender a tocar la guitarra» (así en genérico) que decir «voy a dedicar al menos 20 horas a tocar la guitarra»; si nos da pereza ese compromiso, mejor dejarlo antes de empezar.
  • Además, entiende que 20 horas es una cantidad de tiempo que nos puede hacer adquirir un conocimiento significativo como para que merezca la pena (puede parecer poco, pero piensa… ¿cuándo fue la última vez que dedicaste 20 horas de esfuerzo consciente y orientado hacia un objetivo concreto? ¿mejoraste significativamente o no?).
  • Considerar esas 20 horas como un único bloque nos va a permitir «aguantar el tirón» de la frustración inicial (donde todo es confuso, cometemos errores, no sabemos por dónde nos da el aire…) y llegar a un punto donde empecemos a tener la sensación de que sabemos de qué va la cosa.
  • Por último, si resulta que pasadas esas 20 horas concluimos que aquello que decidimos aprender no nos aporta demasiado, y que no queremos profundizar más… la inversión realizada habrá estado limitada.

El viejo troll que vive en el puente de las prioridades

Escuchaba hace unos días un podcast antiguo de Back to Work, en el que hablaban de prioridades. Mencionaban el de una persona que, durante una charla relacionada con este tema, decía que tenía «27 prioridades distintas». Y esta anécdota servía para abrir la reflexión de la (lógica) imposibilidad de tener 27 prioridades. Si tienes tantas prioridades es que en realidad no tienes ninguna, estás completamente desbordado y no tienes control ni dirección ninguno, eres un barco a la deriva, un pollo sin cabeza. Y encima sufrirás por la sensación de «no llegar a todo».
El caso es que no es tan difícil caer en una situación similar. El mundo está lleno de trampas que, si no gestionamos con habilidad, se convierten en compromisos que nos atenazan. Surgen en el ámbito laboral/profesional, en el ámbito de las relaciones personales, incluso en el de nuestros propios hobbies e intereses. A nada que nos descuidamos, empezamos a apilar «prioridades» que nos acaban por superar.

viejotroll

Se hace necesaria la existencia de un «guardián de tus prioridades». Una especie de «viejo troll que vive en el puente» (lo siento, han sido unos años duros con Dora la Exploradora; y aunque lo estemos superando ya, todavía quedan secuelas). Un ente gruñón, malhumorado, que someta a un duro escrutinio a cada nueva «aspirante a prioridad» que aparezca en el camino, y que determine si tiene entidad suficiente para convertirse en una prioridad real. Sobre todo teniendo en cuenta que el cupo de prioridades es extremadamente limitado, y que si una entra es muy posible que otra de las preexistentes tenga que salir.
«Que gran idea, ¡necesito un troll de esos!». Pues sí. La mala noticia es que no es posible contratar uno, ni a tiempo parcial ni a tiempo completo. Custodiar las prioridades es algo que solo puede hacer uno mismo.
Recuerdo que en la universidad, en la asignatura de Organización, nos hablaban de un principio llamado «unicidad de mando». O sea, que cada persona debería tener un único jefe, dueño de su tiempo y de sus prioridades, para evitar los conflictos derivados de que dos o más personas «te manden». En fin, la típica paparrucha teórica que no aguanta ni medio asalto confontada con la realidad. Quizás hubo un tiempo en el que el mundo del trabajo era así (todo perfectamente estructurado, con jefes omniscientes que controlaban cada minuto de tu jornada y decidían a qué te tenías que dedicar en cada momento). Quizás lo siga siendo en determinados ámbitos, pero sin duda cada vez más residuales. Las organizaciones son más complejas, más difusas, las tareas cambiantes, las relaciones múltiples. Y no te digo nada si encima eres un profesional independiente, con múltiples clientes, múltiples colaboraciones, múltiples proyectos…
Pero es que incluso aunque el mundo del trabajo fuese así, y durante 8 horas pudiésemos olvidarnos de gestionar prioridades porque otro se encarga de ello y nosotros somos meros ejecutores, no podemos olvidar todo lo que no es trabajo: la familia, los amigos, los intereses personales, etc. ¿Quién decide ahí?
Tenemos dos opciones. Podemos dejar el puente sin vigilancia, y que sea lo que dios quiera. Y dios querrá que los compromisos se empiecen a acumular rápidamente, al ritmo que quieran los demás. Nos sentiremos desbordados, inútiles, incapaces de cumplir con todos. Será imposible mantener el foco, estaremos dispersos, y nos resultará difícil alcanzar resultados. Nos pasaremos el día apagando fuegos, y aun así no podremos evitar quemarnos. Por mucho que nos esforcemos, acabaremos quedando mal con mucha gente, y sintiéndonos un fracaso.
O bien podemos ponernos nuestro traje de troll, y dar el alto a cualquiera que pretenda pasar el puente. ¿A qué has venido? ¿Qué quieres de mí? Un examen exhaustivo. Pero claro, necesitaremos tener clarísimos cuáles son los criterios de admisión, aquello que Covey llamaba «empezar con un fin en mente». ¿Qué tiene que suceder para que algo se convierta en prioridad para nosotros? ¿Cómo afecta a las prioridades que ya tenemos definidas?
En este escenario, tenemos que tener clara una cosa: muy pocas prioridades van a cruzar el puente. Así que el troll (o sea, nosotros mismos) vamos a tener que decir NO un montón de veces, a un montón de propuestas, compromisos y exigencias más o menos veladas. De gente desconocida, y de gente cercana. Y decir NO suele ser una fuente de conflicto, es realmente incómodo para nosotros, genera frustración en los demás. Habrá quien lo acepte, y habrá quien insista. Habrá quien nos entienda, y habrá quien se enfade con nosotros. Se puede intentar hacer de la mejor manera posible, pero al final, por mucho que lo endulcemos, un no es un no. Nadie dijo que ser el viejo troll que vive en el puente fuese un rol agradable. Pero alguien tiene que desempeñarlo, si no queremos las consecuencias del párrafo anterior. Y ese alguien somos nosotros, nadie va a venir a hacerlo en nuestro lugar. «Susto o muerte», que decía el chiste.
Al final el troll debe tener un único objetivo: que las prioridades sean prioridades de verdad, que los compromisos sean verdaderos compromisos, y que nos sirvan para conseguir nuestros objetivos.

Encabronamientos cotidianos

Angry
Esta mañana, tras un agradable paseo por el centro de Madrid, me dispuse a tomar el autobús. Me dirigí a la parada, y esperé. Un minuto, dos… tres… cuatro… El autobús no venía. Los letreros con información online no mostraban información. Poco a poco se iba sumando gente a la espera. Un señor mayor empezaba a calentarse: «dónde narices está el autobús», «esto cada día va de mal en peor», «no hay derecho», «estos son unos cabrones, siempre están igual». Y el autobús sin aparecer. Todavía tardó unos minutos más, durante los cuales el señor se sulfuraba más aún, y conseguía contagiar a dos o tres personas más. Yo los observaba.
Por fin, el autobús llegó. «Ya era hora», le espetó el señor al conductor nada más abrir la puerta. «Si no es una cosa es otra, siempre estáis igual». Y todavía se fue refunfuñando en busca de su asiento.

Las expectativas no cubiertas

Qué ganas de amargarse el rato, ¿no? Sí, es verdad; el autobús tardó un poco más de lo previsto (se ve que había una manifestación por las calles de Madrid). Teníamos una expectativa de esperar pocos minutos, y nos ha tocado esperar alguno más. Expectativa no cubierta, frustración, cabreo. Reacción química en nuestro cuerpo, pérdida de control, malestar para nosotros y para los que nos rodean.
¿Y todo por qué? Porque teníamos una expectativa, un ideal contra el que comparar. «El autobús estará esperando en la parada, y si no, tardará pocos minutos en llegar». Pero resulta que el mundo, por mil y una circunstancias, no es ideal. Vete acostumbrándote, nunca lo va a ser. ¿Y si renunciásemos a esa expectativa, a ese ideal? ¿Y si asumimos un rango más amplio de posibilidades satisfactorias? «El autobús llegará en 5, 10 o 15 minutos… y tampoco pasa nada; y mientras tanto estoy aquí tan tranquilo». Porque no pasa nada, el impacto real de esa demora es minúsculo, nulo.

Realmente… ¿es para tanto?

Es solo nuestra expectativa defraudada, nada más. ¿Consecuencias reales? Nada. Pero incluso aunque hubiera consecuencias más importantes («si el autobús no sale a tiempo no llegaré al aeropuerto y perderé el avión»), éstas se pueden relativizar. «Bueno, y qué».
Porque además… ¿qué ganamos encabronándonos? ¿Conseguimos que el autobús llegue antes? En absoluto. ¿Conseguimos llegar antes a nuestro destino? No. Si hay que tomar alguna decisión, alguna acción alternativa («pues me cojo un taxi»), lo podemos hacer igual (incluso mejor) desde la tranquilidad y el análisis racional y no desde el cabreo.

La toxicidad del encabronamiento

Y encima, el cabreo tiene un increíble potencial tóxico, se extiende como un virus en el espacio y en el tiempo. Nos estropea ese momento, y nos estropea los siguientes. Porque el señor siguió rumiando durante gran parte de su viaje, negándose a sí mismo la posibilidad de disfrutar del momento, de otros pensamientos agradables, del hecho de ir tranquilamente sentado y calentito, en dirección a donde quería ir con apenas unos minutos de retraso. Las personas que se contagiaron, tres cuartos de lo mismo. El conductor que recibió el exabrupto nada más abrir las puertas posiblemente se encabronó a su vez, empezó a rumiar sobre lo desagradable que es su trabajo, condujo con mayor agresividad, igual llegó a casa mustio y acabó teniendo movida con su mujer o sus hijos ¿Y si el saludo hubiese sido un «buenos días» y una sonrisa?

¿Cuántas veces te encabronas al día?

Esta situación tiene mil réplicas en nuestro día a día. Que si no nos hemos despertado a la hora que queríamos, que si hemos tenido una discusión con la pareja, que si los niños lían alguna, que si fulano no ha hecho la tarea que esperabas que hiciera en el trabajo, que si tu equipo de fútbol ha perdido, que si un cabrón te hace una pirula con el coche, que si un vecino te niega el saludo, que si un amigo no te contesta los whatsapps, que si se ha terminado la leche… etc, etc, etc. Y todo sigue el mismo patrón: una expectativa, una frustración, una reacción automática, un cabreo y una onda expansiva.

Reacciones alternativas al encabronamiento

No merece la pena. Leo Babauta se refería a esto hace un tiempo, mencionando una serie de herramientas útiles para enfrentar ese ciclo. Ser conscientes de nuestras expectativas, e intentar analizarlas de forma crítica (y dejarlas ir, en la medida de lo posible). Percibir la respuesta automática ante la frustración, observarla; porque en el momento en el que somos conscientes de ella, deja de ser automática y nos da la oportunidad de actuar. Y entonces podemos elegir una acción alternativa, racional, más útil (a lo mejor es simplemente sonreir, que es gratis) o que simplemente nos hace sentir mejor. Podemos acotar el impacto que tiene en nosotros, centrándonos en el momento y tratando de ver lo positivo que hay en todo.
Y seguir caminando.
«Eso es más fácil decirlo que hacerlo; habría que verte a ti». Pues sí, es más fácil de decir que de hacer. Y yo disto mucho de ser perfecto. Pero cada día me voy dando cuenta de más cosas; y cada vez que ejerzo ese «superpoder» (el de abortar o limitar el efecto de un encabronamiento), me ahorro minutos (¿horas? ¿días?) de sufrimiento a mí y a los que me rodean. Eso que gano.

Si la cabeza se te alborota, escribe

Esta mañana me desperté temprano sin querer. Y antes de darme cuenta, la cabeza se me había puesto en marcha. Empecé a darle vueltas a unas ideas. Las visualizaba, las describía, las relacionaba, las reformulaba. Cada vez más rápido, tenía la sensación de que mi cerebro estaba revolucionado, como sucede a veces con los ordenadores cuando se les exige demasiado y empiezan a resoplar los sistemas de ventilación. Algunas de las ideas parecían interesantes, pero se me escapaban entre los dedos. En otros momentos me daba cuenta de que estaba dando vueltas una y otra vez al mismo detalle, como en bucle.
Un trabajo cerebral interesante… y por sí mismo bastante improductivo. Sí, es verdad, el cerebro necesita tiempo para trabajar por sí mismo, sin que haya un ejercicio consciente de «foco», y está bien que así sea. Pero también es verdad que, si uno se encuentra asistiendo de forma consciente (o al menos parcialmente; sospecho que esa sensación que tenía era producto de esa fase de transición entre sueño y vigilia) al proceso, es una pena no aprovechar para tratar de «solidificar» parte de esos pensamientos.
Así que eso es lo que he hecho. Me he levantado a por el portátil, y me he puesto a escribir en un documento las ideas que estaban pululando por mi cabeza. No he tardado mucho, y tampoco he tratado de elaborarlas demasiado. Un simple listado de puntos que me ha parecido interesante dejar por escrito, y sobre los que ya volveré más adelante para trabajarlos.
Lo curioso es que tras este ejercicio, mi cabeza se ha relajado. Las ideas ya no están rebotando unas contra otras a toda velocidad. Están en otro lugar, capturadas para poder procesarlas más adelante, (como plantea el método GTD) con mayor foco.

 

Hace tiempo encontré por ahí esta ilustración (rascando un poco, veo que es del ilustrador Asaf Hanuka). Me pareció muy representativa. Muchas veces, la mejor forma de que la cabeza se «desalborote» es fijar las ideas en un papel.

Soy una nube (de tags)

Tras un periodo más o menos largo de relativa estabilidad profesional, vuelvo a enfrentarme a uno de mis temas recurrentes: el de»cómo definirme», el de «cómo presentarme». Los más viejos del lugar recordaréis que es algo que he tratado en el pasado (de hecho, ¡desde el primer mes de blog!), que cada X meses sentía esa inquietud sobre cómo reflejar mi yo «polímata» y si era posible reducirlo a un nombre. Incluso llegué a preguntar cómo me veían los demás a ver si por ahí sacaba algo en claro.
El otro día charlaba con un compañero que estaba un poco en esa misma tesitura… «¿Qué pongo en mis tarjetas de visita?». En ese momento lo vi claro… «¿por qué no lo ponemos todo?». Porque eso es lo que somos. Es imposible que cualquier simplificación nos haga justicia, y en el camino perderemos muchos matices relevantes.
Así que planteé (para él, y para mí) lo siguiente: hagamos un brainstorming en el que pongamos todas las características que creamos que nos definen. Áreas de interés, valores, rasgos de la personalidad… nos salieron decenas de palabras. Intentemos agruparlos/simplificarlos, pero solo hasta donde tenga sentido; a lo mejor pasamos de 90 a 60, pero lo importante es no dejar fuera ningún matiz que nos parezca importante. ¿Somos capaces, además, de establecer una cierta jerarquía entre ellos? ¿De separar los «esenciales» de los «complementarios»? Hagamoslo también.
Y para poder mostrar este batiburrillo, recurrí a la «nube de tags» o nube de etiquetas, una interesante representación visual de texto jerarquizado, donde una serie de conceptos «pesan más» (aquellos que has definido como más relevantes) y otros «menos» (pero ahí están). El que quiera quedarse con lo esencial, se fija en las «letras gordas». El que quiera bucear en los matices, a la letra más pequeña.

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Me gustó el ejercicio. Me sentí representado, mucho más de lo que me he sentido por otras vías. Tanto, que voy a empezar a usar mi «nube de tags» para identificarme. Porque «lo que soy» son muchas cosas, entre las que creo que tienen mucha importancia el «cómo soy». Es más, esta nube de tags representa a quien yo soy a día de hoy (o creo ser; que siempre hay una distorsión entre lo que uno cree que es y lo que los demás perciben)… y es muy posible que a lo largo del tiempo (semanas, meses, años) vaya variando; posiblemente no en lo esencial, pero si puliendo matices, añadiendo o eliminando áreas de interés, etc.
Seguramente sea un enfoque confuso para muchas personas, acostumbrados como estamos a «encajonarnos» en clasificaciones cerradas. Pero yo ya me cansé de intentar definirme en dos o tres palabras; son demasiado pocas.

¿Cuándo dejaste de dibujar?

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«Aprender a dibujar» es, si lo piensas, un concepto extraño. No ves un solo niño al que no le guste garabatear como loco sobre un papel. Lamentablemente, esa inquietud se va perdiendo con el tiempo para la inmensa mayoría, enterrada bajo un montón de «saberes» más esenciales, más prácticos. Renunciamos al placer del «hacer por el gusto de hacer», y desterramos todo lo que no nos permita obtener resultados inmediatos, todo lo que no tiene un «para qué». Una pena…
Reflexión de Puño en su conferencia de 2011.