Las 4 etapas en tu camino al nirvana del aprendizaje

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Photo by Holly Mandarich on Unsplash

El nirvana del aprendizaje

«Tienes claro lo que quieres aprender, el por qué y el para qué. Eres capaz de concentrar tus esfuerzos, y de aplicar técnicas y herramientas que te permiten sacarles el máximo partido. Desarrollas tus habilidades a voluntad, y así construyes tu perfil ideal; ése que te coloca en la mejor posición posible para aprovechar las oportunidades y a enfrentarte a los retos.»

Suena bien, ¿verdad? Yo leo esa descripción y pienso “sí, yo quiero ser así”. Quiero ser esa “máquina de aprender”. Máxima concentración, máximo rendimiento. Pero quiero ser capaz no sólo de aprender de forma eficaz, si no de hacerlo con un sentido, un propósito. Saber dónde quiero ir, y recorrer el camino que me lleva hasta allí. Es el nirvana del aprendizaje.
Pero como sucede en el budismo, el nirvana no se alcanza con un chasquear de los dedos. El nirvana es el resultado de recorrer un camino, un camino que puede ser largo y exigente, y que requiere atravesar distintos niveles de conciencia.

La bendita ignorancia


Quizás seas una persona todavía joven, metida en un sistema educativo que funciona como un tren en el que tú solo tienes que ir subido. Vas pasando curso a curso. Son otros los que te dicen lo que tienes que hacer, y tú lo haces. En realidad no importa mucho aprender, sólo “aprobar” e ir avanzando por el camino que te han marcado. Cuando termines de estudiar crees que encontrarás una “colocación”, que te dará dinero para que puedas hacer tu vida. En todo caso, eso ya llegará. Hoy no te preocupa.
O quizás seas un adulto con un puesto de trabajo fijo, que te da seguridad. Tienes tu contrato indefinido, y cuanto más tiempo pasas más te protege la indemnización. Y esta empresa es una roca, va fenomenal. Tu objetivo es llegar sin sobresaltos a la jubilación, y crees que si no haces nada raro lo tienes hecho.
En este estadio no hay inquietud por el futuro, ni necesidad de tomar las riendas del mismo. No quiere decir que no te esfuerces, o que no trabajes. Pero puedes dejarte llevar, confías en que las cosas irán bien mientras tú hagas lo que otros te dicen, y que por lo demás puedes vivir la vida tranquilamente. Aprender es una opción, si te apetece lo haces y si no tampoco pasa nada.

La inquietud


Algo te ha sacado de tu bendita inconsciencia, y empiezas a verle las orejas al lobo.
Quizás estés acabando tu ciclo de estudios, y empieces a pensar en “cómo me voy a ganar la vida”. Oyes noticias sobre la tasa de paro juvenil, o sobre los contratos basura, o sobre la dificultad de tener una cierta estabilidad. Las vías del tren en el que venías montado llegan a su fin. Intentas retrasar lo inevitable, prolongar la vía un poquito más (¿un máster, quizás?), pero inevitablemente despiertas de repente a una realidad en la que ya no hay camino señalizado que seguir.
O quizás empieces a oír rumores en tu empresa, sobre reducciones de personal, EREs, o una fusión que amenaza puestos de trabajo. Quizás te des cuenta de que los jóvenes que se incorporan están mejor preparados que tú, y que cobran menos. O que hay una nueva tecnología que permite hacer lo que haces tú de forma más eficaz y por menos dinero. Y echas cuentas, y te das cuenta de que igual al empresario le sale rentable pagarte tu indemnización. O simplemente caigas en la cuenta de que tu empresa, sometida a la dura competencia del mercado, es incapaz de dar beneficios y se verá abocada al cierre más pronto o más tarde. Tus sueños de llegar tranquilamente a la jubilación saltan en pedazos.
O simplemente ya eres uno de tantos profesionales y empresarios plenamente conscientes de que la vida es difícil, que salir adelante en un panorama de competencia, de globalización, de aceleración tecnológica… pone un montón de presión sobre tu día a día y sobre tu futuro. Llevas tiempo en el paro, o encadenando contratos temporales y de prácticas, o luchando mes tras mes por sacar adelante tu pequeño negocio.
Sea cual sea tu caso, sientes la inquietud. Sufres pensando en “cómo voy a salir adelante”. Intentas no pensarlo demasiado, pero está ahí. Te frustra esa sensación, te parece injusta, no es lo que te prometieron. Quizás busques un culpable: la globalización que hace que la competencia sea más dura, los robots que hacen lo mismo que nosotros más barato, los inmigrantes que vienen a quitarnos nuestros trabajos, los políticos que no nos dan soluciones, los empresarios que no nos dan trabajo. El sistema, que no funciona.
Es posible que estés esperando una solución: un Estado que dé trabajo público para todos, o mejor aún, una renta básica que nos permita olvidarnos de los problemas. O un sistema proteccionista que al menos nos guarde nuestros trabajos para nosotros: unos aranceles, unos límites a la inmigración. O leyes que obliguen a los empresarios a montar empresas y a contratarnos. Que alguien haga algo, por favor.

La responsabilidad individual


Has llegado a una conclusión. Las cosas son como son, y no como te gustaría que fueran. Es un entorno difícil, pero hay que pelear. Y el primero que tiene que coger el toro por los cuernos eres tú. Lo que no hagas tú por ti mismo no lo va a hacer nadie.
Has llegado a aceptar que nadie te debe nada. Que no puedes esperar que nadie te asegure un trabajo, o una forma de vida. Que eres tú el que tiene que conseguirlo, y que la forma de hacerlo es proporcionar valor a otros. Que hay una correlación positiva (no perfecta, porque en la vida no hay nada perfecto) entre lo que tú puedes ofrecer a los demás y lo que los demás te dan a cambio. Y que por mucho que tú valores lo que haces, son los demás los que deben hacerlo.
Te das cuenta de que en esa lucha no estás indefenso. Tienes una serie de armas, que son tus habilidades. No tus títulos, no los cursos a los que has ido, si no lo que eres capaz de hacer de verdad, de forma consistente. Esa combinación de habilidades es la que te permite dar valor a los demás, y mejorar tus posibilidades de futuro. La suerte sigue existiendo, claro, pero cuantas más habilidades tienes, y más desarrolladas están, más probabilidades tienes de que la suerte te favorezca.
Así que decides formarte. Te apuntas a cursos, lees libros, dedicas tiempo, esfuerzos, y recursos. Pero sientes que no avanzas lo rápido que te gustaría. Tienes tendencia a dispersarte, te interesan muchas cosas, y el tiempo y la energía son limitados. Te cuesta mantener la tensión el tiempo suficiente como para ver una mejora real en tus habilidades y tienes la sensación de que tanto esfuerzo no está siendo útil.

La máquina de aprender


Te ha costado, porque cuesta. Pero has sido capaz de analizar lo que eres, y lo que quieres ser. Tienes muy claro en tu mente cuáles son las habilidades que necesitas desarrollar para alcanzar ese futuro deseado. Tienes claro lo que quieres aprender, el por qué y el para qué. Ya no hay sitio para la dispersión, porque has definido un camino muy bien señalado que te dice cuáles deben ser tus siguientes pasos. Ni tampoco para la falta de motivación, porque ese camino te lleva a un sitio al que quieres ir, al que necesitas ir.
Y además has aprendido e incorporado un conjunto de técnicas y herramientas que te permiten sacar el máximo partido a tu esfuerzo. No importa si tienes mucho tiempo o poco, el que tienes lo aprovechas. Conoces las claves del aprendizaje eficaz, y las aplicas para que tus habilidades mejoren de verdad. No siempre es rápido, ni fácil, ni divertido. Pero funciona, y eso te permite tener las habilidades que necesitas.
Así, día a día, aprendizaje tras aprendizaje, construyes tu perfil ideal; ése que te coloca en la mejor posición posible para aprovechar las oportunidades y a enfrentarte a los retos. Ése que aumenta tus posibilidades de tener suerte.

¿Dónde estás tú?

El camino para convertirse en una máquina de aprendizaje implica ir atravesando cada una de estas etapas. Una detrás de la otra. Y en realidad nunca termina, porque siempre puedes refinar tu sistema para aprender cada vez mejor, con mayor claridad respecto a tus objetivos y tus técnicas.
La cuestión es… ¿en qué punto de ese viaje estás? ¿qué necesitas para ir al siguiente nivel?
[Skillopment es una iniciativa para promover el aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades. La lista de correo es el canal donde compartir periódicamente reflexiones, herramientas, enlaces interesantes… todas con el mismo objetivo: ayudarnos a convertirnos en máquinas de aprendizaje.. Puedes suscribirte aquí, y te unirás a más de 400 personas inquietas y comprometidas con su desarrollo profesional. Además podrás descargar gratis la guía «Cómo diseñar un plan de autoaprendizaje eficaz».

Mi plan 2017-2018

Antes de empezar…

Aviso, éste es un post largo. Me ha costado un montón escribirlo, y no sólo por la longitud. Probablemente sea el post más personal que he escrito en todos estos años. De hecho, una vez terminado, me da cierto apuro ponerlo en público. Pero ése ha sido parte de mi problema durante mucho tiempo: la tendencia a guardarme para mí determinadas cosas, y rumiarlas en solitario (o simplemente evitarlas, según la ocasión). Habla sobre mi situación profesional, cómo he llegado hasta aquí, y qué quiero del futuro.

Un nuevo curso

Termina agosto, y en breve volverán las rutinas. Aunque hace ya 18 años que terminó mi vida de estudiante, los “cursos escolares” no han dejado de tener para mí su relevancia tanto en el ámbito profesional como en el personal. Diría que más incluso que el cambio de año natural. Todo empieza de nuevo, hay que preparar las mochilas, los lápices y los cuadernos, con esa mezcla de ilusión e incertidumbre por lo que nos traerá el nuevo curso. Es el momento de pararse, reflexionar, mirar al futuro y planificar.

Un poco de contexto

Tengo 41 años, camino a los 42. Y nunca he tenido claro qué hacer en la vida.

Es una confesión dura, que me ha costado poner negro sobre blanco. Pero es así. Ya desde bien joven envidiaba a quienes tenían algo parecido a una “vocación”. Más adelante también he envidiado a quienes guiaban sus pasos profesionales con cierto sentido de “carrera”, tomando decisiones que les hacían avanzar hacia algo.
Yo nunca fui así. Se me daban bien los estudios. Estudié Administración y Dirección de Empresas, pero igual podría haber estudiado Ingeniería (estuvo encima de la mesa hasta que pude ver un listado de asignaturas y me di cuenta de que ni entendía de qué iban la mayoría de ellas, ni sabía a qué se dedicaba en realidad un ingeniero… solo sabía que “los que tienen buenas notas pueden ir allí”). Cuando acabé la carrera, empecé a trabajar en una firma de servicios profesionales como podía haber empezado en un banco de inversión: eran el tipo de empresa que iban a mi Universidad a hacer procesos de selección, y fui allí donde me cogieron (junto con otro buen puñado de compañeros de promoción). Era uno más de los “consultores junior”, y si acabé haciendo proyectos de consultoría de RRHH y formación fue por puro azar (podrían haberme asignado a implantar SAP, o a hacer proyectos de normativa financiera, y la historia hubiese sido distinta). Cuando me pasé al “blogging profesional” fue porque un día se me ocurrió ir a un evento de “blogs y empresas”, y porque coincidió que Julio estaba poniendo en marcha su proyecto. Mi proyecto más significativo de los últimos años, que se convirtió en toda una etapa profesional, surgió por una llamada de un conocido que “buscaba a alguien que supiese de Excel”. Y así tantas otras situaciones que me han llevado hasta aquí; una hoja movida por el viento.
Y conste que sé que no puedo quejarme. La vida me ha tratado bien. He trabajado en sitios interesantes, con gente interesante. Me han pagado bien. Pero cuando leo a Covey, o a Allen, o a Robbins… no puedo evitar una punzada de angustia. Todos hablan de la importancia de la visión, de “empezar con un fin en mente”, de “saber cuáles son tus objetivos a largo plazo”. Y yo, cada vez que he intentado mirar ahí y definir ese “futuro deseado”, me he encontrado mirando a un pozo negro. Como consecuencia, siempre he tenido la sensación de carecer de esa guía, esa fuerza motivadora, que te da el saber a dónde vas y lo que quieres conseguir. Lo cual en determinados momentos puede no importar demasiado (por ejemplo si estás en la rutina de un trabajo en el que simplemente son otros los que tiran de ti), pero que en otros (como cuando todo depende de tu impulso) puede ser devastador.

El punto de partida

Desde que acabó mi última etapa profesional digna de llamarse así (con recurrencia, estabilidad en los ingresos y un cierto “sé a lo que me estoy dedicando”) han pasado dos años y medio. En este tiempo no he hecho nada relevante. Es así de crudo.

Los primeros meses fueron de “reposo”, de lamerse un poco las heridas profesionales (no me di cuenta en el momento, pero aquella etapa me dejó más cicatrices de las que pensaba) y sobre todo de recomponer muchas cosas a nivel personal (fueron cuatro años de disociación entre el yo que trabajaba en Madrid y el yo que tenía una familia en Aranda; y aunque parecía que “lo llevaba bien” fue necesario un periodo de reajuste). No me urgía trabajar, necesitaba dejar que las cosas se asentasen y se fuesen encajando por sí solas. En estas surgió a través de un amigo un proyectito de consultoría para una pequeña empresa, que podría haber estado bien pero que acabó de forma abrupta tras un par de meses (no estaba la situación financiera de la empresa para consultorías de ningún tipo… de hecho quebró).
Mientras tanto, yo conceptualizaba Kuraĝigi, una marca para hacer consultoría. ¿Habéis oído hablar de ella? Seguro que no, porque después del impulso creativo inicial, no puse ningún interés en promoverla. Me di cuenta de que aquello no fluía. Podía tener sentido conceptualmente, pero era yo intentando encajar en un rol que se suponía que me iba bien (al fin y al cabo eso es lo que mi trayectoria dicta que soy, ¿no?), pero que no me encajaba, no me inspiraba, no me ponía en marcha. No tenía alma. Y eso, cuando eres tú el que tiene que tirar del carro, no funciona.
Pasados unos meses, surgió la oportunidad a través de un antiguo compañero de volver a explorar la “gran consultoría”. De vuelta a las Big Four. De vuelta a intentar encajarme en el molde de “lo que se supone que soy”… Pero la realidad es tozuda. El choque de culturas fue brutal… si ya diez años antes había salido por patas de aquel mundo, regresar a estas alturas de la vida produjo unos chirridos escalofriantes. Afortunadamente lo habíamos planteado con toda la honestidad y todas las precauciones del mundo como una colaboración “para ver qué tal encajamos”, así visto lo visto tras un par de meses y un proyecto lo dimos por cerrado. No, mi futuro tampoco iba por ahí.
Ha sido (está siendo) un periodo extraño. Aunque en realidad siempre ha sido más o menos igual, en cuanto a no saber qué estaba haciendo; solo que durante la mayor parte de mi carrera hacía un trabajo por el que me pagaban a fin de mes (aunque no me convenciera), y ahora no. Al principio, como digo, lo viví con calma. Una especie de “sabático”. Había colchón, podía permitírmelo, y necesitaba que las cosas volviesen a su cauce. Sabía que debía hacer una reflexión sobre el futuro profesional, pero siempre encontraba la excusa para posponerla. “No corre prisa”, me decía, “un día lo verás con claridad”.

Pasaban los meses, y la inquietud iba creciendo de forma sorda. Esa inquietud me llevó a mover algunos hilos, pero de nuevo sin haber hecho la reflexión de calado, sin haber resuelto el problema de base. De nuevo sin visión. Mientras tanto, las conversaciones con amigos y conocidos se hacían cada vez más incómodas. “En qué estás, qué estás haciendo, ¿tienes ya trabajo?”. Al principio no me costaba defender mi “periodo de reposo” (lo hacía incluso con orgullo), pero con el paso de los meses las miradas se tornaban más escépticas, y yo me revolvía más en mi asiento. Empecé a “torear” las preguntas con respuestas del tipo “bien, con mis proyectos, ya sabes”. O a evitar directamente situaciones donde pudiese darse esa conversación. Don’t ask, don’t tell. Mejor no hablar de eso, porque hablar de esto supone enfrentarme a pensamientos que dan miedo. “¿Cuanto tiempo vas a estar así? Tendrás que hacer algo con tu vida, ¿no? Porque el dinero se acabará en algún momento. Pero realmente… ¿para qué vales? ¿de qué vas a vivir? ¿y si te has equivocado? ¿y si te has metido en un lío del que no puedes salir?”.
He gestionado esa inquietud creciente como he podido. Afortunadamente no he caído en la rumiación excesiva (aunque ha habido su buena ración de días grises), pero para ello me temo que sí he abusado de la evitación. “No pasa nada, dejemos que la vida siga su curso”. Pero al final, la realidad es la que es; y si quiero que cambie, tengo que hacer algo al respecto. Y lo primero es abordar el problema de fondo.

La visión

Antes me he definido como algo parecido “una hoja movida por el viento”. Como que he llegado hasta aquí fruto de las circunstancias. Pero eso no es exactamente así. La realidad es que he tomado decisiones de bastante calado a lo largo de mi vida. Decidí abandonar la carrera de consultor, porque aquello no iba conmigo. Decidí dejar de vivir en Madrid, porque aquello no iba conmigo. Dejé de escribir en blogs comerciales, primero, y de promover blogs para empresas después, porque aquello no iba conmigo. Cerré mi última etapa profesional cuando vi que aquello había dejado de tener sentido. Durante mucho tiempo he pensado en mí como alguien “sin una visión que le motive a hacer cosas”, pero lo cierto es que he hecho muchas cosas y he tomado muchas decisiones en mi vida, siempre a la búsqueda de “algo más”. Quizás algo etéreo, algo que nunca he sido capaz de conceptualizar, pero que desde luego me ha dicho “por aquí sí” y, sobre todo, “por aquí no”.
En el relato de esta última época me he saltado algo importante: Skillopment. Lo que empezó como un par de reflexiones en el blog se consolidó en una charla, que luego pasó a ebook, que dio lugar a una reordenación de los contenidos del blog, y a lanzar una newsletter, y un podcast, a plantear hacer cursos… A diferencia de otras cosas que he intentado poner en marcha, siento que esto fluye. Es una iniciativa con la que me siento cómodo, en la que creo, y que (casi sin darme cuenta) me impulsa a hacer cosas, a probar, a salir de mi zona de confort. En definitiva, me ilusiona. Quiero ver en ella la demostración de que “la hoja mecida por el viento” no está tal, de que esa visión sí existe, y que el reto está en ser capaz de acotarla primero, y de actuar en sintonía con ella después.

En los últimos tiempos he venido haciendo un esfuerzo para intentar trasladar a palabras esa visión. No está siendo fácil, y creo que sigue siendo un trabajo en curso, aunque me siento cerca de una versión satisfactoria (un “mínimo producto viable” de visión, si queréis). Curiosamente, 12 años de blog me han ayudado bastante porque, cuando uno mira atrás, se da cuenta de que hay una serie de “obsesiones” que aparecen de forma recurrente. Estaban ahí todo este tiempo, esperando a ser condensadas.
Así pues, ¿cómo aspiro a que sea mi vida?

  • Consciente: siempre me ha dado pánico el meterme en esa rueda en la que desconectas el pensamiento, y vas de casa al trabajo, y del trabajo a casa, y de ahí a hacer zapping o a mirar Facebook o a evadirte en fines de semanas y vacaciones para volver a empezar, cualquier amago de reflexión ahogado rápidamente por la rutina. Quiero darme cuenta de las cosas, quiero fijarme en lo que está bien, y en lo que está mal. Es verdad que la consciencia a veces trae dolores de cabeza, o te pone frente a frente a realidades desagradables o decisiones difíciles. Pero también es la que te permite disfrutar de las cosas y avanzar.
  • Dirigida: vinculada a la consciencia, es en realidad el paso siguiente. De nada vale ser consciente de lo que pasa si luego no actúas. Si no trasladas todo lo que hay en tu cabeza a la realidad, a acciones, a hábitos… que te lleven al destino al que aspiras, para tener en tu vida más de lo que quieres, y menos de lo que no quieres.
  • Equilibrada: el ocio y el trabajo, lo creativo y lo productivo, lo físico y lo intelectual, lo solitario y lo social, la familia y los amigos, lo divertido y lo serio, la calma y la aventura, lo material y lo “no material”, el campo y la ciudad… la vida está hecha de dualidades, o más bien, de relaciones múltiples complejas unidas a una limitación (de tiempo, de energía) que hace difícil mantenerse en un punto en el que todo conviva en armonía. Pero pese a la dificultad, incluso asumiendo que ese equilibrio será dinámico y necesariamente flexible, se trata de evitar que pase demasiado tiempo prescindiendo de algo importante.
  • Autónoma: nunca me he sentido bien en entornos gregarios, aceptar cosas por el mero hecho de que otros las dicen. Necesito poder mantener mi independencia, mi libertad. Ser el dueño de mis palabras, de mis compromisos, de mis decisiones. Hacer las cosas a mi manera. Escuchar a los demás, claro, pero reservándome la última palabra. Hacer las cosas convencido es la única manera que conozco de hacer las cosas.
  • Acompañada: tiendo a la soledad, a la independencia y a la introversión. No me interesa “la gente” en términos generales, y me cuesta “ser sociable” así porque sí. Y sin embargo, de vez en cuando aparecen personas con las que me siento bien. Personas con las que tengo feeling, con la que hay una afinidad más profunda. Quiero rodearme de personas así, compartir más momentos, más cafés, más conversaciones, más proyectos…
  • Variada: y aquí es algo llamativo, porque vivo con una dualidad curiosa. Porque para algunas cosas soy totalmente un “animal de costumbres”, poco dado a las sorpresas y con cierta aversión al cambio (nunca he necesitado de experiencias novedosas, viajes a sitios exóticos, hacer cada fin de semana un plan distinto…) pero, sin embargo, a nivel intelectual (tanto en lo profesional como en las aficiones) me aburro con facilidad y enseguida busco nuevos estímulos. La idea de tener un trabajo repetitivo, o de hacer varias veces un proyecto que ya he hecho… me da escalofríos. Me interesa explorar, entender nuevas realidades, darle vueltas a cosas diferentes, aire fresco.
  • Con impacto: tanto a nivel personal (que las personas que se relacionen conmigo consideren que su vida es aunque sea un poquito mejor por ello), como a nivel profesional. He tenido mi dosis de proyectos y trabajos en los que pensaba “y todo esto… ¿para qué vale?”. La consciencia de que todo aquel tiempo, esfuerzo y dinero empleados no servía para absolutamente nada me machacaba. Sí, me pagaban por ello… pero aspiro a otra cosa.
  • Honesta: nunca me ha gustado guardas las apariencias, decir una cosa en un sitio y otra en otro, el postureo… entiendo que hay que vivir en sociedad, y a veces hay que hacer concesiones. Pero quiero que lo que digo, lo que pienso y lo que hago estén lo más cerca lo uno de lo otro.
  • Sostenible: la pieza clave. Porque a veces parece que no sea posible, que para “poder comer” hay que renunciar en mayor o menor medida a muchas de las cosas a las que aspiro. Pero la sostenibilidad es el objetivo. Nunca he querido “hacerme rico”, ni todo el status que parece que viene con el dinero; me vale con poder vivir con un mínimo de bienestar.

La buena noticia es que creo que, en bastantes aspectos, no estoy tan lejos. De una manera quizás no explícita, esa “visión” ha motivado muchas de las decisiones que he ido tomando a lo largo de los años y que me han traído hasta aquí. E incluso cuando veo las cosas más grises, miro alrededor y me encuentro muchas cosas buenas y pienso que “algo habré hecho yo”.
Pero por supuesto, faltan cosas. Nunca me he considerado ambicioso en el sentido habitual del término (el dinero, el poder, el éxito, la posición social…) y sin embargo, cuando pienso en mi visión, me doy cuenta de que es verdaderamente ambiciosa. Un auténtico desafío. ¡Habrá que ponerse manos a la obra!
Fruto de toda esta reflexión, estos son los cinco vectores principales que quiero que guíen mi actividad en este nuevo curso

Skillopment…


Quiero seguir construyendo Skillopment, dándole visibilidad y creando reflexiones y herramientas valiosas para que los individuos y las organizaciones fomenten el aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades.
Lo he dicho más arriba: Skillopment llegó de una forma discreta y poco a poco, de manera muy orgánica, ha ido creciendo y tomando protagonismo. Me gusta la pinta que va teniendo. Me gusta el discurso, me lo creo, me parece interesante, positivo, útil y que merece la pena; no solo por la parte de la “eficiencia” (aprovechar mejor el tiempo que pasamos aprendiendo) si no también por la finalidad (cuantas más habilidades tienes, y más desarrolladas están, más probable es que tengas suerte). Un mensaje que en este mundo complejo en el que vivimos creo que es importante difundir. Exageraría si dijese que se va a convertir en mi “cruzada personal”, pero casi.
Puedo visualizarme haciendo de Skillopment mi dedicación principal, y me gusta lo que veo. Haciendo charlas por ahí, creando contenidos, ayudando a individuos y a organizaciones a mejorar la forma en la que se aprende… Hay algunas cosas en las que ya he ido avanzando: alguna charla, el ebook, la lista de correo, el podcast… Alguna más está en desarrollo, como cursos (presenciales y online). Como “deberes” me tengo que plantear darle visibilidad de forma más decidida (especialmente la idea de buscar más oportunidades de hacer charlas, artículos en otros sitios, estrechar lazos con iniciativas afines, etc…) y de buscar un equilibrio entre la “difusión gratuita” y la sostenibilidad económica. En este sentido la idea de cursos y talleres puede tener sentido (pero está por demostrar que haya alguien al otro lado que quiera pagar por ello; también tengo que aprender mucho sobre la distribución de este tipo de iniciativas), al igual que determinados servicios a empresas.

… y otros terrenos relacionados con mi visión


Realmente, cuando pienso en Skillopment, no lo veo como una iniciativa aislada. Forma parte de una gran constelación de ideas que orbitan todas alrededor de los elementos que planteaba en mi visión. Antes mencionaba las “obsesiones” que a lo largo de los años he ido plasmando en el blog, y es a esto a lo que me refiero. Skillopment quizás es la primera que ha tomado una forma más concreta, más “accionable”, pero hay otras que siguen en forma menos definida pero que me atraen igual, en las que creo y que creo que merece la pena difundir. Algunas más personales, otras más profesionales. La consultoría artesana, las metodologías ágiles, los profesionales independientes y las nuevas formas de organizar el trabajo, la carrera profesional, la “conciliación” de vida personal y profesional, los hábitos, la autoconsciencia, la efectividad, el minimalismo, el pensamiento crítico, las organizaciones centradas en las personas, la gestión humanista, los ecosistemas económicos de las ciudades pequeñas, la paternidad… en fin, los que me leéis de forma habitual ya sabéis que hay una serie de cosas sobre las que vuelvo de forma recurrente. Son esas cosas en las que piensas cuando nadie te obliga.
La idea es seguir “rumiando” sobre todas esas ideas. En el blog, en el canal de Youtube… No solo por reflexionar en voz alta, si no también intentando difundir esas ideas que creo positivas y atraer a más personas hacia ellas.
Habrá quien diga que eso es diluir el foco, pero yo no lo veo así. Creo que, dentro de su aparente dispersión, son temas que tienen relación entre sí, que forman parte de una forma determinada de ver el mundo. Explorarlas es, en primer lugar, un ejercicio de autoafirmación y de consolidación. Creo que refuerzan y dan consistencia, más que diluyen, mi “marca personal”. Además, hacerlo en público creo que me permitirá conectar con personas afines, construir relaciones enriquecedoras (como ya ha venido sucediendo a lo largo de estos años) y abrir las puertas a oportunidades que vayan en sintonía con lo que quiero.
El objetivo es dejar que todas estas ideas vayan fluyendo, sin expectativas a priori, pero abierto a que surjan oportunidades de darles forma más concreta/productiva. Quizás un día me apetezca escribir un texto un poco más largo sobre alguna de esas cosas, o preparar una charla, o participar en un proyecto, o idear un curso… y ver qué sale de todo ello.
Dentro de este punto, hace poco un amigo me decía que me veía en el rol de “coach”. Me hizo pensar, porque cuando alguna vez me lo he planteado… me cuesta verlo. Es verdad que, a lo largo de los años, me he dado cuenta de que hay personas a las que les genero confianza, que me utilizan como “frontón” de sus ideas y que encuentran en lo que les digo (a veces por cosas que escribo en el blog; a veces por intercambios individuales tanto en el ámbito personal como en el profesional) elementos interesantes de reflexión. Y me resulta muy satisfactorio, la verdad; lo que quizás me cuesta más es la idea de transformar esos intercambios en algo más formalizado, estructurado y “con precio”. En decir que “ofrezco ese servicio”. Pero quién sabe…

El consultor siempre estuvo allí


A lo largo de los años he reflexionado mucho sobre la consultoría. Sobre lo que es realmente, y sobre muchas cosas que se llaman “consultoría” pero que no lo son. La consultoría de verdad tiene mucho de exploración, de generación de complicidades, de confrontación de ideas, de intervención a muchos niveles en la organización, de acompañamiento a lo largo del tiempo; no de diseño e implantación de proyectos prefabricados, ni de externalización de tareas o decisiones que son propias de la organización. Durante mucho tiempo me he sentido muy ajeno a la etiqueta de “consultor”, porque la industria como tal me resulta decepcionante.
Y sin embargo, la consultoría de verdad me sigue resultando atractiva. Mucho. Llegar a una organización, empezar a explorarla y a entenderla, a establecer conexiones, a proponer cosas y ver cómo resultan… Es apasionante, y además creo que tengo la experiencia y los recursos necesarios para hacerlo bien. Desde luego, sí me veo en el futuro haciendo ese tipo de colaboraciones con empresas. El problema es que es un tipo de consultoría muy específica, muy “alternativa” (en términos de lo que se ve en la industria y de lo que los clientes están acostumbrados a comprar), difícil de poner en el mercado, que requiere que se den una serie de condiciones de confianza difíciles de encontrar, que tiene sus tiempos…
En todo caso, sí quiero promover ese tipo de proyectos. Todavía no sé muy bien cómo, pero quiero que estén en mi “menú” de futuro profesional.

La compañía de los afines


Lo decía en la visión. Quiero una vida “acompañada”, quiero rodearme de gente afín, con la que tenga ese feeling que no es tan fácil de tener. Quiero compartir charlas, lecturas, momentos, alegrías y zozobras… Quiero conocer sus proyectos, ofrecerles mi ayuda y aceptar la suya, quiero ponerlos en contacto entre ellos, quiero ayudarles a pensar y que ellos me ayuden a mí, quiero abrirme a colaborar…
Como he dicho más arriba, en general tiendo a la soledad y a la introversión. No soy un ser “sociable” por naturaleza. Gracias a las redes sociales he ido construyendo un entorno de “personas con las que tengo feeling”, pero a veces tengo la sensación de que me ha faltado un poco más de resolución a la hora de fortalecer esas relaciones, de dar un paso más y hacerlas más sólidas. Con algunos he dado más pasos, pero aun así creo que puedo hacerlo mejor; proponer vernos a menudo, conversaciones por skype, exploración de posibles colaboraciones, etc…
Desde hace mucho tiempo tengo una especie de “mantra”, que es “mover el árbol”. Creo que muchas veces hacemos cosas sin la seguridad de que obtendremos resultados directos, pero convencidos de que es algo positivo y que tarde o temprano, de una forma directa o indirecta, acabará volviendo a nosotros. Hacer cosas, y ver qué sale. Pues se trata de eso mismo pero aplicado a las personas; cultivar esas relaciones de forma positiva, desprendida… y ver qué sale. Y disfrutar en el camino, que ya en sí mismo es una recompensa.
Por otro lado, creo que es importante abrir el abanico de esas relaciones. Se da una paradoja, y es que soy quisquilloso con la gente con la que quiero relacionarme. Es decir, no me vale cualquiera… lo cual, por estadística, me obliga a salir mucho y conocer a mucha gente nueva (dado que a la gran mayoría las voy a acabar “descartando”), lo cual va en contra de mi naturaleza introvertida. Es algo a lo que le he dado muchas vueltas, y sin duda me he dejado llevar demasiado por esa naturaleza “introvertida”. Si quiero ampliar mi círculo de “gente con la que tengo feeling”, tengo que exponerme mucho más, dejarme ver mucho más, ir a más sitios… No será fácil ir contra natura, pero quien algo quiere, algo le cuesta.

Pero hay que comer…


Y llegamos a la madre del cordero. Por que todo lo que he planteado más arriba es estimulante, apetecible, lo que quiero seguir construyendo. Y creo que tiene potencial de ser “rentable”, de ofrecer una vía de ingresos recurrente y sostenible… con el tiempo. El objetivo es que sea así, que cada vez vengan más ingresos por esas vías, y que esa evolución se produzca lo más rápido posible. Pero la realidad es la que es, y las facturas hay que pagarlas hoy. No es urgente, todavía tengo colchón, pero el colchón mengua, y hay que seguir abasteciéndolo. Toca ponerse el mono de trabajo y, mientras sigo construyendo ese futuro, hacer algunos trabajos alimenticios.
Afortunadamente, me encuentro muy cómodo con la idea de la “gig economy”, es decir, la posibilidad de establecer colaboraciones puntuales sin necesidad de un compromiso mayor. No necesito integrarme en tu estructura, no tengo intención de “hacer carrera”, no compito por un puesto. De hecho, no quiero dedicarme a esto en el futuro. Simplemente vengo, hago un trabajo, lo cobro y tan amigos. Creo que hay muchas situaciones en las que pueden ponerse en valor mis habilidades, conocimientos y experiencia de estos 18 años, y creo que hay espacio para hacerlo en una relación “no exclusiva”, que me ocupe x días al mes, o quizás periodos más intensos pero intermitentes.
¿Qué tipo de cosas tengo en mente? Por ejemplo, formación (presencial u online) en temas variados (habilidades directivas, RRHH, internet…). También proyectos de consultoría más “típica”, tanto en materia de organización y gestión de personas como en temas más de procesos, estrategia, tecnología… Gestión de proyectos. Coordinación de equipos editoriales. Apoyo a la gestión general. Etc. En definitiva, cualquier cosa que haya hecho ya o en la que entienda que mi experiencia, conocimiento y recursos pueden ser útiles y ponerse en valor.
Aquí el reto es doble. Por un lado, generar los contactos necesarios para procurarme ese tipo de colaboraciones; y hacerlo de una manera honesta, planteando claramente lo que yo puedo ofrecer y también los términos en los que lo ofrezco. Y por otro lado gestionar mis propias sensaciones: ya sé que estas cosas no son “lo que quiero hacer”, pero si he llegado a la conclusión de que es “lo que tengo que hacer”, toca hacerlo y punto. Es algo que en el pasado no he gestionado bien, y tengo que partir de la aceptación de esa realidad para poder mejorarlo.
¿Descarto entonces la posibilidad de tener un trabajo más… “estable”? No necesariamente. Dentro de mi esquema mental, la idea de las “colaboraciones puntuales” tiene más sentido en la medida en que me permitirían (a priori) equilibrar mejor el tiempo que dedico a “mis cosas”, y también creo que tiene más sentido para las organizaciones con las que colabore (siempre he pensado que asumen menos riesgo). Pero quizás surja la posibilidad (o la necesidad) de tener que darle un carácter más “formal” a la relación, bien sea a tiempo parcial o a tiempo completo, por un periodo determinado de tiempo. Y si eso surge, aunque no es mi prioridad, no estoy cerrado en banda ni mucho menos. De hecho, incluso me planteo la posibilidad de ponerme a “hacer entrevistas” de forma proactiva, como mecanismo para “mover el árbol” que decía antes. Al fin y al cabo, si se trata de pagar las facturas, habrá que mover el árbol de todas las maneras posibles porque nunca se sabe por dónde va a saltar la liebre.

Preparados, listos… ¡ya!

La reflexión queda hecha, y es el momento de actuar. Del dicho al hecho hay mucho trecho, y lo complicado es gestionarse a uno mismo, pero tengo la esperanza de que con las ideas más claras sea más sencillo.
«Vamos a hacer el camino, con decisión y coraje».
PD.- No sé qué impresión dará esto leído desde fuera. Pero realmente para mí poner todas estas ideas negro sobre blanco ha sido (está siendo) un proceso introspectivo bastante intenso. Enfrentarme a la realidad, a mis debilidades, a mis dudas, a mis autoengaños… Muchas veces siento que me muevo en la bipolaridad del iluminado, con días donde siento que estoy yendo por donde merece la pena ir aunque sea a contracorriente, y otros donde siento que soy un loco al que se le ha ido la olla, un inconsciente que busca lo que no existe y que se está despeñando. Aparte de servirme para ordenar mis pensamientos, compartir estas reflexiones en público le añade un componente de catarsis que espero que cumpla su función. Quizás además dé lugar a conversaciones interesantes que me sirvan para profundizar. A los amigos que habéis leído hasta el final… gracias :_). ¡Cuento con vosotros!

El vértigo de estar por tu cuenta

Angustia
Hace unos días me confesaba un amigo, que daba sus primeros pasos como «profesional independiente», la montaña rusa emocional en la que se encontraba. Después de unas semanas de optimismo desbordante, afrontaba una etapa más oscura, de miedo y dudas paralizantes, de noches sin dormir.
Le entendí tan bien…
Salir a «campo abierto» tiene un primer efecto euforizante, «soy dueño de mi propio destino, las posibilidades son infinitas, todo está en mi mano». Pero hay fases de agorafobia profunda, «qué voy a hacer yo, ¿estoy yendo a algún sitio?, no tengo ni idea de por dónde ir, quién me manda, y si no funciona, yo no valgo para esto, los hay mucho mejores que yo». Pasa un día, pasa otro, lo que pensabas que iba a funcionar no funciona, te agobias. Es así, le pasaba a mi amigo, como me pasa a mí, y le pasa a todo el mundo… solo que esa parte la barremos bajo la alfombra y tendemos a comérnosla en solitario.
Cuando vienen esas etapas oscuras, empezamos a añorar la otra situación. La de trabajar por cuenta ajena, la de estar metidos en una rueda donde hay otros que marcan nuestro día a día (sin recordar lo hasta el gorro que estábamos de reuniones inútiles, de jefes que dan bandazos, de politiqueo asqueroso, de no ser dueños de nuestro tiempo…), la de la nómina calentita al final de mes. Empezamos a sentirnos como Ícaro, a reprocharnos a nosotros mismos que quisimos perseguir una quimera y acabamos volando demasiado cerca del sol. Debimos conformarnos con lo que teníamos, ¿quién nos creímos que éramos?.
Pero la realidad es que ese «mundo feliz» que añoramos no existe. Me lo contaba un antiguo jefe con el que charlaba de estas cosas: «No te pienses que trabajando por cuenta ajena la situación es muy distinta; si no vendes, si no eres rentable, las organizaciones prescinden de ti. Quizás tengas unos meses más de margen de maniobra, pero la realidad es la misma». Lo decía él, socio de consultoría, que era el responsable directo de generar negocio. Pero al final, todo el que trabaja por cuenta ajena está en la misma situación: dependes de que el negocio vaya bien, dependes de que tu trabajo sea rentable. Si no, cualquier día llega el recorte, el ERE, el finiquito… y estás en las mismas. Pensar que por «tener un empleo» eres inmune a la dinámica del mercado es querer ponerse una venda en los ojos, una ficción de cartón piedra para tranquilizar la conciencia. Pero el día menos pensado se cae la venda y te enfrentas a la cruda realidad.
Así que no queda otra que, partiendo de la aceptación de la realidad, y asumiendo la gestión de las emociones que de forma inevitable van a ir surgiendo, seguir adelante. La parálisis no es una opción, hay que seguir. Seguir andando nuestro camino, seguir probando cosas, seguir fallando, seguir corrigiendo. Seguir buscando, seguir aprendiendo.

[Entrevista] Gonzalo Álvarez Marañón y el Arte de Presentar

Entrevista Gonzalo Alvarez El Arte de PresentarHace unas semanas estaba comiendo con un buen amigo, y le contaba mi aventura de Skillopment. Y de repente me dijo: «te tengo que poner en contacto con una persona… estuve haciendo un proceso de coaching con él para temas de hablar en público y hacer presentaciones… y los ejercicios que hacíamos iban mucho en esa línea que me cuentas. Mira, se llama Gonzalo Álvarez, y su web es algo así como El Arte de Presentar»…
Lo que mi amigo no sabía es que yo a Gonzalo le tenía ubicado desde hace casi diez años. Por aquel entonces él empezaba su aventura con su blog «El Arte de Presentar«, y yo no hacía tanto que había dejado de ser el «consultor anónimo». Seguía interesado por los temas de «presentaciones eficaces», escribía sobre ello… y de hecho por ahí anda un comentario de Gonzalo en este mismo blog de aquella época :).
Lo cierto es que no habíamos tenido mayor contacto en estos años. Pero a raíz de la conversación con mi amigo, pensé que podía ser interesante tener una charla con él. Tenía curiosidad por ver cómo aplica él en concreto, cuando trabaja con sus clientes ayudándoles a desarrollar las habilidades de comunicación, los principios de los que yo hablo de forma más genérica en Skillopment. Se lo propuse, y aceptó muy amablemente.
El resultado es esta conversación, que quizás sea el inicio de una nueva aventura «podcastera». Lo cierto es que ha sido un rato muy agradable, Gonzalo es (como podréis escuchar, y como posiblemente no podría ser de otra manera) un excelente comunicador, ameno e interesante. Así, la verdad, da gusto estrenarse.
Os dejo aquí insertado el audio; también podéis encontrarlo en Ivoox y en iTunes. Recuerda que puedes revisar todos los episodios del podcast, y suscribirte al mismo tanto en iVoox como en iTunes.

Éstos son los temas de los que hemos estado hablando:

  • 1:20 – La historia de Gonzalo, o de cómo un Ingeniero de Telecomunicaciones experto en seguridad y criptografía acaba formando en habilidades de comunicación.
  • 5:10 – La importancia de la habilidad de comunicación para casi cualquier profesional, y el contraste con lo poco y mal que se cultiva tanto en el ámbito académico como en el empresarial.
  • 17:00 – El objetivo de la comunicación, y cómo las metáforas que utilizamos («enfrentarnos al público») revelan nuestro modelo mental. Deberíamos considerar la comunicación como «hacer un regalo» (me recordó a Tamariz en esto), en el espacio de intersección entre la pasión y la aportación de valor.
  • 24:22 – No hay aprendizaje sin esfuerzo y sin dedicación. No hay pastillas mágicas. De nuevo, aquello de las verdades incómodas y las mentiras reconfortantes.
  • 27:42 – No todo el tiempo que pasamos practicando es igual de eficaz. La práctica deliberada, de nuevo a escena.
  • 30:58 – Estamos rodeados de ejemplos, y a veces puede ganarnos la ansiedad de «no ser tan bueno como…». Pero no todos tenemos que ser el número uno; cada uno tenemos nuestros objetivos de aprendizaje, y podemos disfrutar igual a nuestro nivel.
  • 34:10 – El talento vs. el trabajo, y las distintas mentalidades con las que afrontamos este dilema. La mentalidad de crecimiento y la mentalidad fija a las que aludía Carol Dweck en su «Mindset«, y cómo para crecer, para diferenciarnos… hay que asumir riesgos y aceptar la posibilidad del error sin complejos. Pero siempre riesgos controlados, suficientes como para hacernos crecer pero no tan grandes como para garantizarnos el fracaso.
  • 45:35 – La importancia de tener referencias externas que nos sirvan para ir probando cosas, pero también de irnos llevando las cosas a nuestro terreno, destilando nuestra propia manera de hacer las cosas.
  • 48:48 – La figura del maestro, en dos roles diferentes: la figura que nos inspira, que nos impulsa a ser como él; y la que desde su conocimiento y su experiencia nos ayuda a corregir lo que hacemos mal.
  • 49:54 – La eficacia del aprendizaje, lo importante que es obtener el máximo rendimiento al tiempo y al esfuerzo que realizas, y hacerlo de forma que ese aprendizaje se consolide y sea real; porque si no sabes aplicarlo, en realidad no lo has aprendido.
  • 51:55 – Cómo se equilibran las acciones formativas puntuales (cursos) con la necesidad de persistir en el esfuerzo para un desarrollo real de las habilidades.
  • 54:58 – Cómo se plantea habitualmente la formación en las empresas, y cómo a veces se pone más énfasis en indicadores fácilmente controlables más que en lo que de verdad importa.
  • 58:04 – Consejos para mejorar tus habilidades de comunicación, con dos grandes protagonistas: cambiar el concepto de la comunicación tradicional (el del emisor y el receptor) por un enfoque mucho más centrado en la empatía, en ser capaz de ponerse en el lugar del otro y, desde ahí, entender qué mensajes necesita y cómo podemos hacérselos llegar. A nivel táctico, grabarse y verse en una cámara (superando el primer trago de «qué mal nos vemos») ayuda a observarnos desde una posición externa, y a mejorar desde ahí.
  • 1:05:45 – El aprendizaje como proceso en el que, más que ser «ingeniero», hay que ser constante y enfrentarse a una serie de miedos, y cómo en ese proceso el papel protagonista corresponde al aprendiz mucho más que al maestro (recupero mi «modelo curling de desarrollo«), y donde lo que puedes aportar al que aprende es gradualidad y acompañamiento.

Aprendelotodo

Satya Nadella learn-it-all aprendelotodo
En una reciente entrevista, Satya Nadella (CEO de Microsoft) hablaba sobre la cultura interna de su compañía y, haciendo referencia a la teoría de la «mentalidad de crecimiento» que esbozaba Carol Dweck en su libro «Mindset», decía lo siguiente:

We want to be not a “know-it-all” but “learn-it-all” organization.

Frente a la visión del «sabelotodo» (personas que lo fían todo a su talento y a sus conocimientos) apuesta por la visión del «aprendelotodo» (personas con motivación y energía para aprender lo que no saben). Frente al talento estático apuesta por el talento dinámico, enfatizando la capacidad de «aprender cosas nuevas» que sin duda es fundamental a nivel individual y a nivel organizativo.
En un artículo posterior, Kathleen Hogan profundiza en esta idea:

We want to infuse lifelong learning into our culture to help employees develop beyond what they “know” right now, and encourage ongoing learning through education, growth, and stretch opportunities. The fact is, without continuous learning, upskilling, and re-skilling, we’re looking at a workforce that could potentially lack the skills needed to do the jobs of the future

La lógica es, sin duda impecable. Y el reto es mayúsculo, porque nuestras organizaciones no están acostumbradas a gestionar empleados «inquietos» ni a ponerse a su servicio. Más bien al contrario, si por algo se distinguen las organizaciones es por la tendencia a homogeneizar, a controlar, a ajustar a las personas a un patrón prestablecido. ¿Formación? Sí, claro: siempre y cuando sea en lo que yo diga, cuando yo diga (fuera de horario laboral, que lo importante es lo importante), como yo diga, y tenga claro que se hace para algo concreto y con rendimiento a corto plazo. Y subvencionable, que si no para qué.
Y esta nueva tendencia lo que plantea básicamente es lo contrario: un ejército de profesionales inquietos, responsables de su propio aprendizaje, con la organización alentando y dando soporte a esa inquietud.
Como digo, un reto mayúsculo.

Desaprender: la trampa del pasado

Una dirección

Todos tenemos un pasado, que es el que nos ha traído hasta aquí. Pero… ¿te has planteado hasta qué punto ese pasado restringe nuestras opciones? ¿Es útil aferrarnos a él? Y si la respuesta es no… ¿cuánto nos cuesta olvidarlo y desaprender?

Atrapados por nuestro pasado

En la peli de los 90 «Atrapado por su pasado» se cuenta la historia de un narcotraficante que, después de pasar una larga temporada en la cárcel, sale con la intención de alejarse de ese mundo. Sin embargo, a pesar de su firme voluntad, el entorno le acaba volviendo a atrapar, y no consigue escapar de su quizás inevitable destino.
Recordaba esta peli hace poco, mientras reflexionaba sobre el futuro. Y es que, cuando uno se pone a pensar en definir su «visión», resulta muy complicado abstraerse de lo que arrastra. Y cuanto más años pasan, mayor es el equipaje. Qué estudiaste, en qué trabajaste, qué decisiones tomaste… determinan, de forma casi inconsciente, el rango de opciones que te planteas. No nos damos cuenta, pero el pasado puede ser una losa. Desaprender, deshacernos de ese lastre, es necesario. Aunque cueste.

La inconsciente necesidad de ser consistentes

Porque dicen que uno de los sesgos psicológicos que tenemos los humanos es la necesidad (casi enfermiza) de «ser coherentes con nosotros mismos». Somos capaces de alterar nuestros recuerdos (o inventárnoslos, directamente) si eso hace que nuestras acciones tengan «lógica» para nosotros mismos. De hecho, este rasgo puede ser utilizado como mecanismo (perverso) de influencia: si conseguimos que una persona nos diga que sí a algo pequeño, luego le resultará difícil decirnos que no cuando le pidamos algo más grande. Romper con nuestro pasado exige asumir un cierto nivel de incoherencia, o en su defecto buscar una explicación que nos permita justificarnos la transición.
Pero es que además, dirá alguno, es normal. Si siempre has hecho una cosa, es ahí donde tienes experiencia relevante. Serán esas, y no otras, las habilidades que has desarrollado. Tu círculo de contactos está en ese mundillo, así que lo normal es que te vuelvas sobre ellos. Sí, quizás sea lógico. Has «invertido», y no vas a deshacerte de tu inversión, ¿no? Y sin embargo…

Sostenella y no enmendalla

¿Recuerdas la fiebre de las .com de principios de siglo? ¿Recuerdas Terra? Hubo un momento en el que «comprar acciones de Terra» parecía la forma más segura de ganar dinero, y que eras tonto si no lo hacías. La cotización subía y subía, y muchos se subieron al carro. Pero inevitablemente la cotización llegó a su máximo, y empezó a bajar. Muchos de los que habían comprado mantuvieron sus acciones, con la esperanza de que fuese un ajuste temporal. Incluso cuando ese ajuste llevó la cotización por debajo del precio al que habían comprado: «no, ¿cómo voy a vender ahora y perderle dinero?«. Pero la acción no volvió a subir, y perdió prácticamente todo su valor.
Esa sensación de «estar invertido» en algo es muy habitual. Cuando uno hace una inversión financiera, debe tener claro que en la decisión de mantener o vender no debe influir para nada el precio al que compró; únicamente las expectativas de futuro. Y aun sabiéndolo, resulta casi imposible no mirar de reojo ese punto de referencia del pasado.
Hemos invertido tiempo y esfuerzo en desarrollar unas habilidades, en conocer un sector, en formar una red de contactos, en tener una presencia en el mercado. ¿Cómo vamos a renunciar a todo ello? ¿Cómo vamos a «desperdiciar» esa inversión? Y sin embargo, la forma racional de afrontar esa decisión no es mirando al pasado, si no al futuro. ¿Qué crees que va a pasar en el futuro? ¿Qué quieres que pase? Esa inversión que hiciste… ¿es útil? ¿te lleva a donde quieres ir? Si no… ¿tiene sentido mantenerla solo por esa sensación de «no desperdiciarla»?

Soltar lastre para decidir mejor

En un entorno incierto y cambiante, la habilidad de desaprender, de desembarazarse del pasado por útil que fuese en su momento, es fundamental para poder adaptarse y evitar que las inercias te arrastren.

El management y los huevos

Hace no demasiado tiempo comer huevos era algo que había que hacer con prudencia. Que si demasiada proteína para el hígado, que si ojo con el colesterol… Luego no, luego resulta que comer huevos es estupendo y no causa problemas. Salvo que tengas enfermedades coronarias, que entonces bueno, mejor no. Entonces… ¿es bueno o es malo comer huevos? Y más concretamente, ¿cuántos huevos puedo comer a la semana? Pues depende. Porque comer huevos tiene cosas buenas, y tiene cosas malas. Y a lo mejor no depende tanto de los huevos, como de ti.
Me venía esto a la cabeza leyendo la noticia de que IBM, que en su día fue pionera en la política de trabajar de forma remota, está ahora dando un giro y promoviendo (a la fuerza ahorcan) que los equipos trabajen juntos de forma presencial. Hace no mucho leía algo parecido referido a si es bueno trabajar en «open spaces» o si es malo. Y podemos aplicarlo a casi cualquier decisión de gestión. Hay quien dice una cosa, hay quien dice lo contrario. Lo que antes era bueno, ahora resulta que no. Y a lo mejor pasado mañana sí. Entonces… ¿qué hago yo?
Los humanos, y las organizaciones, lidiamos regular con la incertidumbre. Queremos certezas. Queremos que nos digan qué tenemos que hacer para que nos vaya bien. Buscamos las recetas infalibles, los consejos que no fallen, los benchmarks que nos aseguren que por lo menos no estamos haciendo nada distinto de los demás, las metodologías impecables, los gurús del momento que bendigan nuestras iniciativas. Y con toda seguridad que, sea lo que sea lo que nos estemos planteando, encontraremos algún experto que afirme lo que queramos, un «estudio» de alguna «universidad americana» (aunque sea pequeñito y poco significativo y cogido por los pelos, pero estudio científico al fin y al cabo), un libro editado por algún brillante escritor de management, un curso donde nos enseñaran a hacer las cosas «de forma correcta», una cita de algún autor clásico (¿real o inventada?), una encuesta que diga que es una buena idea (aunque se haya hecho a cuatro amigos), un consultor que te diga que él lo ha hecho con varios clientes y les va de fábula, unos cuantos «casos de éxito» contados a bombo y platillo, varios artículos en las revistas del ramo y una miríada de contenidos en redes sociales (refritos de refritos) que apoyen esa idea…
Bueno, qué alivio. Ahí tenemos nuestras certezas. Ya podemos gestionar, ¿verdad? Lo malo es que esas «certezas» no son tales, por mucho que queramos darles la apariencia de que lo son, y sirven solo para apaciguar nuestra inquietud. De hecho, casi con toda seguridad, podríamos encontrar un buen número de «certezas» similares que apoyasen la tesis contraria. Porque la realidad es que cualquier curso de acción que emprendamos tendrá sus cosas buenas, y sus cosas malas; y no hay forma de saber a priori cuál de las dos pesará más. Porque encima, en un mundo complejo, las interrelaciones son tantas que lo que puede ser bueno para mí puede no serlo para ti, y viceversa. O lo que funciona hoy puede que no funcione mañana. Pero eso, a quien te vendió la certeza, le va a dar igual; ellos no van a estar ahí cuando apliques sus recetas y no funcionen.
Pero entonces… ¿qué hacemos? ¿Cómo vamos a tomar decisiones, sin tener ninguna certeza? ¡Qué angustia! Y sin embargo creo que, una vez aceptamos esa incertidumbre, nos encontramos ante un panorama liberador. Como no hay un «camino correcto», no tenemos la presión de elegir «bien». Podemos apostar por cualquier curso de acción, y ver qué pasa. Con prudencia, sí, por si hay que dar marcha atrás. Atentos a los resultados que vamos obteniendo, para corregir el rumbo a medida que avanzamos. Con humildad, conscientes de que podemos equivocarnos, pero también aprovechando las cosas que sí funcionan. No tenemos que ser perfectos, porque de hecho es imposible que lo seamos.

Historias de profesionales independientes: Maider Gorostidi

(Esta entrevista pertenece a la serie de «Historias de profesionales independientes«, puedes ver más en este enlace)
Continúo con la serie de profesionales independientes. Esta vez la protagonista es Maider Gorostidi, y su proyecto Funts Project. Dentro de esta serie de entrevistas, el caso de Maider es importante para mí, porque es la primera vez que salgo de mi «círculo inmediato»; sí, hay conocidos comunes, y compartimos mundillo de «cambio organizativo» y «consultoría artesana», pero no dejaba de ser abordar a una persona sin la seguridad que te da el tener una relación previa. Así que estoy doblemente agradecido a Maider, por haberse dejado «asaltar» y permitirme explorar más allá del terreno conocido, y dejarme hurgar en su vivencia como profesional independiente.

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Cuéntanos un poco tu trayectoria profesional, ¿cómo has evolucionado? ¿cómo llegaste a ser un “profesional independiente”?
Llegué a ser profesional independiente hace un año y medio. Tengo 43 años. Creo que este era un paso más en mi desarrollo profesional. Hace unos años hice análisis de mi trayectoria profesional y me di cuenta de que tenía patrones que se repetían cada 3 años: empezaba un nuevo trabajo en una nueva organización o en otro departamento y al de 3 años sentía “un techo” al que había llegado. Tenía la sensación de que yo ya no iba a aportar más al lugar en el que estoy y de que ese lugar o trabajo tampoco me iba a aportar más. En esos ciclos se produce un “choque” y es este el que me hace avanzar hasta donde estoy hoy.
Confieso que estos ciclos han sido dolorosos porque, culturalmente, tampoco estamos acostumbrados a que sea algo natural la necesidad de cambio; vivimos más en un estado de semi-resignación y cultura de permanencia que de cambio. Y esto no me ha ayudado a que los procesos de transición hayan sido tranquilos. En ocasiones los he vivido con sentimiento de culpabilidad por sentir esa punzada de insatisfacción recurrente.
Pero lo positivo que acompañaba estos procesos siempre ha sido el impulso, la necesidad de hacer cosas diferentes, de aprender algo nuevo, de sentir la tensión del reto; a esta sensación se le une, en esta última etapa, la necesidad de hacer algo propio, algo que cree yo.

Culturalmente, no estamos acostumbrados a que sea algo natural la necesidad de cambio; vivimos más en un estado de semi-resignación y cultura de permanencia que de cambio.

 
¿Qué es FuntsProject, y qué buscabas con el proyecto?
Buscaba crear algo propio y crear algo en lo que creo.
En estos momentos, tras haber vivido varios «ciclos profesionales» de esos a los que te referías… ¿dirías que te has «acostumbrado» a esa sensación de cambio? ¿cuentas ya con la idea de que, dentro de X tiempo, volverás a estar en esa disyuntiva? ¿Te preparas para «asomarte al vértigo» de alguna manera; dirías incluso que lo buscas?
Paradójicamente, en el momento de mayor incertidumbre de mi vida profesional el futuro no me preocupa. Sé que se cerrarán fases y se abrirán otras nuevas, pero “me trabajo” para no reproducir patrones que no me ayudan. Creo que el vértigo está presente en mi opción profesional como autónoma, profesional independiente; pero también siento que el crecimiento es exponencial cuando soy capaz de afrontar ese vértigo. En ese sentido, y respondiendo a tu pregunta de si lo busco o no, te diré que conscientemente no lo busco, pero tengo conciencia y experiencia del poder del subconsciente y no me extrañaría que desde ahí fuese una situación buscada.
¿Qué es lo que más valoras de ser “profesional independiente”?
La diversidad. Trabajar con gente distinta, trabajar en proyectos diferentes, trabajar para organizaciones diversas y hacer distintos tipos de trabajos.
La libertad de la autogestión, con el peligro que eso supone por el “enganche” que produce trabajar en aquello que te gusta y de la manera que te gusta.
El contraste, la compañía. En mi caso, embarcarme con alguien en esta andadura. Tener contraste diario de lo que hacemos.
¿Cuáles son las mayores dificultades que ves en el camino de un «independiente»?
Como mujer, madre y compañera, la desconexión de mi trabajo. Disfruto con lo que hago y de lo que hago. Trabajo en mi casa y me resulta complicado dejar de trabajar y activarme en modo, por ejemplo “madre”. Esto me obliga a estructurar mejor los tiempos y las dedicaciones y a controlar la necesidad de seguir haciendo.
En mi caso particular, vender lo que hago. El acompañamiento en el cambio en las organizaciones no siempre se ve ni se prioriza. Necesitamos facturar para vivir y, como decía una amiga mía: “ahí fuera hace mucho frío”.
El aguante, la paciencia que se necesita para resistir momentos más bajos en los que las cosas no salen como una desea.
En ese proceso de venta, que planteas como «dificultoso»… ¿qué estrategias te planteas? ¿Cómo sería tu proceso de venta?
El proceso de venta es una conversación, un diálogo donde pretendo conocer “al otro” y ofrecerle una mirada desde mi lugar por si le pudiera servir. Las herramientas que tengo las pongo a disposición de la propuesta que trabajemos. Esta manera de hacer o vender no es sencilla pero es en la que creo. Planear sobre hipótesis para construir posibilidades conjuntas de abordarlas.

El proceso de venta es una conversación, un diálogo donde pretendo conocer “al otro” y ofrecerle una mirada desde mi lugar por si le pudiera servir

En esa necesidad de «facturar para vivir» muchas veces corremos el riesgo de perder el foco, de hacer «trabajos alimenticios» que no son lo que nos habíamos propuesto y así diluir nuestros esfuerzos. ¿Cómo gestionas tú ese equilibrio?
De momento no me he visto en la situación extrema de tener que aceptar “trabajos alimenticios” pero no porque haga cosas que según ojos ajenos puedan desviarse de nuestro propósito, seguro que hay gente que lo ve así. A todos los trabajos que hago, aunque no parezcan centrados en lo que en apariencia nos “atañe”, les encuentro un sentido y me parecen una oportunidad de aprender algo nuevo.
¿Qué estrategias sigues para intentar «separar» (o «combinar mejor», quizás) esas facetas profesionales/personales que tanto se nos suelen mezclar?
No puedo parcelar mi vida, soy un todo y ambas facetas se alimentan. Tengo la suerte de compartir proyecto de vida con alguien que también piensa y vive así.

No puedo parcelar mi vida, soy un todo y lo profesional y lo personal son facetas que se alimentan

¿Qué habilidades crees que son fundamentales cuando uno está por su cuenta?
Paciencia, como decía antes, para afrontar tormentas.
Tener una buena red de apoyo y contraste, de confianza, que te ayude a crecer.
Saberte siempre incompleta y actualizarte constantemente en habilidades o conocimientos propios de la profesión.
Tener un hobby o más de uno que te ayude a “salir” de tu monotema.
Disfrutar con la sensación de reto.
Compartir sin pensar en que compites con otras personas que hacen cosas similares.
Conversar mucho y bien.
Aprender de otras personas y enseñar a otras personas.
Asomarte al vértigo cada “x” tiempo para avanzar.
Hablas de la importancia de la «red de apoyo» y del contraste. ¿Cómo enfocas tú el desarrollo y cuidado de esa red?
Llamadas, cafés, comidas, skypes, que mensualmente se buscan, se provocan, se cuidan para que sucedan. En esos encuentros hablo de las cosas en las que estoy y pregunto a esas personas de la red en qué cosas están.
También confío en mi capacidad para conectar ideas aunque obedezca a la mera intuición. En ocasiones, mientras escucho a las personas con las que he quedado, no sé si llego a comprender del todo lo que me quieren decir pero lo que escucho me conecta a otras conversaciones u otras personas. Tener la libertad de expresarlo, de hablarlo con todas esas personas, de contrastarlo y de intentar hacer algo con esos hilos transparentes es cómo yo enfoco ese cuidado y desarrollo de la red. Hacer esto con frecuencia es un lujo porque hay mucha gente muy interesante alrededor.
¿Qué herramientas utilizas para facilitarte el trabajo?
Ordenador, libros, buenas bases de documentación y búsqueda de información para la investigación. Aplicaciones en red de archivo y gestión de documentación, accesible, sencilla y gratuita.
¿Qué reacciones sueles encontrar a tu alrededor (entorno familiar, amigos, conocidos, etc.) cuando conocen tu forma de trabajar?
De mis pares hubo un reconocimiento de “valentía” por dar el salto y establecerme mi cuenta. Algunas personas manifestaron sentir envidia y reconocían que no podían permitirse esa situación.
A medida que avanzo en mi trabajo, algunas personas no entienden a lo que me dedico al no ser una actividad fácil de encasillar en trabajos clásicos.
Hay quienes confiesan que les gustaría gozar de la libertad de la autogestión y el trabajo desde el domicilio propio.
¿Y en el ámbito profesional? ¿Qué reacciones sueles encontrar de posibles clientes, etc. cuando conocen tu forma de trabajar?
Ninguna extraña de quienes conocen esa manera de trabajar.
¿Cómo crees que evolucionará el mundo del trabajo? ¿Qué rol crees que jugarán los profesionales independientes en él?
El futuro del mundo del trabajo me lo imagino mixto, un espacio donde convivirán estructuras y trabajos de todo tipo, más clásicas, más modernas. Todo ello convivirá en el ecosistema laboral.
Los profesionales independientes son pequeños nodos que se juntan en función de las respuestas a armar para las necesidades que se tengan que hacer frente. Rápidas, variadas, complementarias, pueden llegar lejos. Son necesarios por su versatilidad, flexibilidad, adaptabilidad. Las empresas tienen en los profesionales independientes el recurso fácil a la hora de contratar para desarrollar proyectos distintos en sus propias organizaciones: más rapidez para crear productos o servicios distintos sin que la empresa arriesgue demasiado.
Cuando hablamos de las empresas que trabajan con profesionales independientes… ¿cómo crees que es el encaje actualmente? ¿qué crees que podría hacerse mejor, tanto desde el punto de vista de la empresa como de los profesionales, para que esas relaciones fuesen más fluidas?
Creo que el valor del profesional independiente en la empresa es positivo, no tanto por el profesional en sí o sus conocimientos como por el lugar que le otorga la empresa en la relación que establecen. Es ese “externo”, ese “ajeno”, ese con el que no existe una relación jerárquica. Y esto también sucede desde el lado del profesional: se siente libre para hablar, opinar, aflorar cuestiones que estando dentro del sistema tal vez no haría. Creo que el lugar en el que ambos interlocutores se sitúan es positivo para avanzar en los desafíos de las organizaciones para navegar estas nuevas aguas.
Pienso que estos modelos necesitan explorarse más, mejorarse, explotarse para que todas las partes sigan ganando y el sistema también.

Creo que el lugar en el que profesional independiente y empresa cliente se sitúan es positivo para avanzar en los desafíos de las organizaciones para navegar estas nuevas aguas

La buena gestión empieza por uno mismo

¿Qué es un gestor? Hace tiempo reflexionaba que

La gestión es un “área técnica” en sí misma, una serie de conocimientos, habilidades, herramientas… que tienen que ver más con “la labor de dirigir” que con el contenido específico de “lo que estoy dirigiendo”

Sobre esta base, creo que ser un «buen gestor» es sobre todo cuestión de saberse gestionar a uno mismo. Si eres capaz de dominarte a ti mismo, serás capaz de adquirir y desarrollar esa serie de habilidades necesarias para gestionar. Y luego, en tu día a día, serás capaz de aplicarte en el uso de esas técnicas y herramientas. No tienes que inventar, no tienes que tener «talento». Simplemente seguir las instrucciones.
Hay infinidad de recursos que te explican cómo hacer un análisis de negocio, cómo definir una estrategia, cómo hacer unos presupuestos, cómo gestionar equipos, cómo ejecutar un plan, cómo establecer objetivos, cómo gestionar conflictos, cómo realizar entrevistas… lo que quieras. Ahí están, a un click de distancia. Solo hay que poner foco, y ejecutar. Solo con eso seguro que alcanzas un nivel de solvencia notable.

Me atrevería a decir que es un importante factor de éxito, que está al alcance de cualquiera. Cíñete al puñetero guión. Elige la metodología, el proceso, la herramienta… que te de la gana, y luego cíñete a lo que has elegido. Hazlo el tiempo suficiente, y con el rigor necesario, como para poder valorar si funciona o no. Consolida. Y luego, si tienes que refinar, refina. Si puedes adaptar, adapta. Pero para entonces seguro que ya estás varios pasos más cerca de lo que querías conseguir, y desde luego mucho más cerca que si vives a base de improvisación e impulsos.

Así pues, más que encontrar la herramienta definitiva o la idea brillante, la labor del gestor es sobre todo la de desarrollar sus habilidades y la de aplicarlas de forma consistente, buscar la «maestría» en ese ámbito específico de la gestión.

Los sueños de Jiro

Jiro hace sushi. Lleva haciéndolo 80 años. Tiene un pequeño restaurante (10 asientos) en Tokio. Y tres estrellas Michelin.
Jiro’s dreams of sushi cuenta su historia, y su filosofía de trabajo. Esa que le lleva a seguir trabajando a diario a sus 85 años (en el momento del documental), esa que le lleva a seguir pensando en mejorar, esa que le ha llevado a la excelencia.
Éstas son algunas de las cosas que me parecen destacables de la historia de Jiro:

  • El camino a la maestría: a través de su propia historia, y de la de quienes trabajan con él (incluyendo sus hijos), Jiro transmite la idea del «shokunin«. El conjunto de dedicación, de pasión, de exigencia, de constancia… que te impulsa siempre a mejorar. El aprendizaje es largo, nunca termina.
  • El valor de la experiencia: «veo cosas que otros no ven, porque llevo décadas haciéndolo»; «lleva años desarrollar esa intuición». El aprendizaje (el de verdad) deriva en esto, en que acabas desarrollando superpoderes. En que terminas haciendo de forma natural y «fácil» cosas que a otros les parecen imposibles.
  • Excelencia es exigencia: cuenta uno de sus cocineros cómo, durante su aprendizaje, tuvo que repetir decenas y decenas de veces un plato hasta que se lo aprobaron. Cuando van al mercado, descartan montones de piezas porque solo quieren lo mejor; y si eso implica volver sin ese producto, vuelven sin ese producto. El pulpo se masajea durante 50 minutos para que se haga tierno. Todos los platos se prueban y, si no están perfectos, se rehacen. Etc. Si quieres ser excelente, el listón debe estar alto y debes respetarlo.
  • El poder de la especialización: Jiro hace sushi. Y nada más que sushi. No hay aperitivos, no hay distracciones. Su restaurante es especializado, trabaja solo con proveedores especializados. Solo así, mediante el foco, consigue elevar su nivel de conocimientos y, a través de eso, incrementar su valor.
  • Lo pequeño es hermoso: Jiro tiene un restaurante pequeño. No ha sucumbido a la tentación de tener un restaurante más grande. O de franquiciar. De dedicar tiempo a otras cosas que no fuesen su oficio. Quizás hubiese ganado más dinero, pero quizás el dinero no es lo más importante.
  • La cultura de lo personal: Jiro está en su restaurante. Todos los días, mañana y noche. Atiende a los clientes, les despide. Sigue haciendo tareas en el día a día. Enseña y supervisa a su pequeño equipo. Está encima de los detalles. Quizás de forma obsesiva. Pero así es como consigue que las cosas sean exactamente como quiere que sean.

La pregunta es… ¿podemos ser tú o yo como Jiro? ¿Deberíamos seguir su ejemplo? ¿O es que Jiro ha acabado siendo así porque estaba en su naturaleza, y solo desde ahí se entiende su forma de ser y de actuar? ¿Es su camino al éxito el único camino posible?